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Capítulo 96
Mensajes de ultratumba.
Como cada mañana de su vida que despertaba junto a ella, aquel lazo invisible que los unía era difícil de desanudar.
La distancia, por pequeña que esta fuera, suponía todo un sobresfuerzo de pura determinación, un acto de voluntad férreo que le provocaba un dolor casi físico. Porque ella siempre había ejercido sobre él aquel extraño magnetismo que le impedía alejarse mucho, que imprimía en su fuero interno la obsesiva necesidad de tenerla cerca, de sentirla, de poder mirarla al menos.
Y tal era ese influjo que precisaba dedicar unos instantes a contemplarla mientras dormía, alargando el momento de salir del lecho para cumplir con sus deberes.
Pero mientras la observaba absorto en cada grácil línea de su hermoso rostro ella abrió los ojos y le sonrió con extrema ternura.
Alargó una mano y repasó su mandíbula sin apartar los ojos de él.
—Te respiro, mi amor —susurró Albert embebido en su mirada.
—Tu aliento es mi vida —respondió ella con voz quebrada.
Él cerró los ojos cuando Freya introdujo los dedos entre su espesa melena y la revolvió con mimo. Suspiró afectado y gimió gustoso.
—Moriría así —confesó acercándose a su boca.
Ella la entreabrió para recibirlo y toda intención de salir del lecho se evaporó en el acto.
La besó sin prisas, regodeándose en ese placer que suponía ahondar en su boca, explorando cada rincón.
Sentir su cálida y aterciopelada humedad lo abocaba a una evasión que lo catapultaba directamente al Valhalla. La saboreó con intencionada minuciosidad deleitándose en aquella dulce ambrosía, sabiendo que esa indolente dulzura moriría en las brasas de una lujuria desmedida.
Apenas se apartaba de su boca para mirarla a los ojos. Aferraba su cabeza entre las manos y manejaba el beso, como si también fuera instructor en esas artes, y ella se sometía gozosa, profiriendo ardorosos gemidos que acicateaban sus sentidos.
Amanecía cuando él por fin salió de ella, exhausto y jadeante, pero tan feliz y pleno que sintió que el pecho le reventaba de amor.
Miró la mortecina luz que entraba por la celosía, consciente de que ni el sol más inclemente podría competir en intensidad con la hermosa luz que emergía de los ojos de la mujer, llenando cada rincón de su ser y que en aquel momento lo miraba tan embriagada de amor.
Abajo, los matutinos ruidos de la casa se desperezaban aún abotargados, barriendo el silencio de la noche en susurros apagados, escabulléndose por los quicios de las puertas, agazapados en los rincones penumbrosos, huyendo del ajetreo de un día que se perfilaba luminoso.
De todos los elementos que conformaban la casa, la puerta fue el primero en recibir la bofetada de la mañana.
Freya lo miró inquisitiva. En sus ojos titiló un atisbo preocupado.
Albert salió del lecho y se vistió apresurado. Los aldabonazos sonaban apremiantes.
Cuando bajó la escalinata, Flora ya abría la puerta con Ahmed tras ella.
Una joven se precipitó en el zaguán entre sollozos, abrazándose a Flora.
La mujer la rodeó con los brazos y acarició su espalda en un fútil intento por calmarla.
Albert se acercó a ellas al adivinar que era Zahira la joven que lloraba tan desconsolada.
—¿Qué te ocurre, muchacha?
Ella alzó el rostro, que tenía enterrado en el hombro de la criada, y lo miró con ojos enrojecidos y rictus mortificado.
Cuando logró separarse de Flora pudieron descubrir que tenía el rostro magullado, congestionado por los brutales golpes recibidos. Varios moretones punteaban sus mejillas, algunos se abrían en pequeñas brechas sangrantes. Tenía el labio partido y un hilillo rojo goteaba de su nariz, el cabello revuelto y anudado y la túnica rasgada.
—¡Dios misericordioso! —exclamó Flora demudada.
—¿Quién te ha hecho esto, Zahira?
Se sorbió la nariz, hipó abruptamente y estranguló otro sollozo antes de poder responder.
—Ja… Jamil…
La sangre le hirvió a Albert en las venas. Pero lo que ella dijo a continuación se la congeló.
—Logré escapar, pero hay una cuadrilla buscándome con el alguacil y el imán al frente —gimió desesperada—. ¡Debéis ayudarme!
—¿Por qué te buscan?
—Me acusan de adulterio.
Él apretó los puños y los dientes y maldijo en silencio.
Ante su sombrío silencio, la mujer se lanzó a sus pies y se abrazó llorosa a sus pantorrillas.
—¡Llevadme con vosotros a Isbiliya! ¡Te lo ruego! —gimoteó angustiada.
Albert la tomó de los brazos y la alzó. Zahira se adhirió a su pecho sollozante.
—No puedo morir, aunque sea culpable de ese delito. Estoy esperando un hijo de Hiram.
El gemido sorpresivo de los presentes aumentó su llanto, pero fue una exhalación conmocionada a sus espaldas lo que lo envaró.
Albert volvió la cabeza para descubrir a Valdis al pie de la escalera.
Cuando Zahira reparó en su presencia, mudó su rostro y se abrazó a él con más ahínco.
En aquel preciso instante se sucedieron los acontecimientos de manera precipitada.
Hiram bajaba la escalera cuando volvieron a golpear la puerta. Al estruendo de los imperiosos aldabonazos lo siguió una voz grave y enérgica:
—¡Abrid la puerta a la autoridad!
Valdis, que ya corría para hacerlo, fue interceptada por Hiram, que la levantó en volandas aferrando su cintura por detrás y cubriéndole la boca con la mano para sofocar los rabiosos gritos que salían de ella mientras pataleaba y mordía como una fiera salvaje.
Albert le hizo una seña rápida a Ahmed, que se apresuró a coger a Zahira de la muñeca y a llevársela a toda prisa hacia las cocinas. Allí se encontraba la entrada a los subterráneos que conducían al aljibe.
Hiram siguió al gigante de ébano, portando a una Valdis endemoniada.
Tras una mirada inquieta a Flora, asintió y la mujer abrió los portalones.
Albert se puso al lado de la criada para obstaculizar la entrada, en caso de que irrumpieran violentamente.
—¿Qué se os ofrece?
Derramó una dura mirada sobre los cuatro hombres que lo miraban con expresión recelosa. Jamil estaba entre ellos. Tuvo que contener las ganas de destrozarlo con los puños.
—Buscamos a una prófuga de la justicia —musitó el alguacil.
—Una ramera miserable que ha insultado sus votos y a Alá —escupió Taliq con hondo desprecio.
—Pues seguid buscando, aquí no está.
—Sé que esa puta está aquí —barbotó Jamil entre dientes. La furia lo dominaba y a duras penas lograba contenerla.
—Eso debemos constatarlo nosotros.
—¿No es suficiente mi palabra? —preguntó Albert con el único fin de ganar más tiempo.
—¿La de un bárbaro pagano? —farfulló desdeñoso el imán.
—Soy cristiano, y juro por la sangre derramada de Cristo en la cruz que esa mujer que buscáis no está aquí.
Jamás habría pronunciado ese juramento inmiscuyendo a ninguno de sus dioses. La fe moraba en el corazón, no en el bautismo impuesto.
—Aun así, eres un infiel y un siervo del emir, por tanto, déjanos entrar o serán los soldados del cadí quienes aporrearán esta puerta para llevarte preso.
Albert se encogió despreocupadamente de hombros y se apartó para dejarlos entrar.
—Como gustéis. Comprobadlo por vosotros mismos.
Los hombres se adentraron en el patio interior y se distribuyeron para inspeccionar la casa. Albert se sentó simulando desinterés y hasta se desperezó indolente.
Oyó un altercado en el piso superior. Jorund vociferaba su reticencia a dejar que registraran su habitación, pero se guardó muy bien de oponer resistencia. Él y todos sus hombres habían visto a través de la galería cómo Albert se cruzaba de brazos indiferente a lo que sucedía. Y, por tanto, le siguieron el juego, aunque no supieran qué demonios estaba ocurriendo.
Flora, en cambio, se frotaba las manos contra el delantal, nerviosa y asustada. Albert la invitó a sentarse y le sonrió tranquilizador sin pronunciar palabra alguna.
Aguardó paciente. Y cuando Freya bajó irritada, llevando del brazo a su madre, que apenas se tenía en pie, se levantó para coger a doña María y sentarla en el cómodo sillón que usaba para coser.
—¿Qué está pasando? —susurró turbada.
—Buscan a Zahira, la acusan de adulterio.
Fue suficiente para que Freya entendiera a la perfección lo que estaba sucediendo y quién había llamado la primera vez. Su hermoso rostro se tensó un instante, evidenciando la gravedad de la situación. Pero se aprestó en relajar el rictus cuando Jamil apareció en el patio con semblante furioso.
Fingiendo preocupación por su hermano, se puso en pie y acudió a su lado.
—¿Es cierto lo que me cuenta Albert?
Jamil asintió severo.
—La ha embaucado ese maldito norteño —escupió rabioso—, ese mayus despreciable.
—¿A quién te refieres? —preguntó ella con intencionada ingenuidad.
—A Hiram. Debería haberlo visto, debería…
Apretó los puños, todo su cuerpo se envaró constreñido por el odio.
—Jamil, Hiram está enamorado de Valdis, están juntos.
—¿Y dónde diablos está? Quiero que me lo diga él.
—¿Zahira lo ha acusado? —intervino Albert—. ¿Hay pruebas del delito?
—He intentado que confesara —el muy astuto clavó sus ojos en él, esperando ver alguna reacción, pero Albert se mostró inmutable—, y me he esmerado bien en ello, créeme —añadió jactancioso— pero la muy perra ha preferido protegerlo. No obstante, su testimonio carece de importancia, existen testigos.
En ese preciso momento, doña María pareció conectar con la realidad y clavó sus cerúleos ojos en Jamil.
—¿Eres tú, Diego? Ya te he dicho mil veces que las joyas las escondió Roberto, no yo.
Albert reparó en la expresión consternada y alarmada de Jamil antes de observar a la mujer, que lo miraba con gesto hastiado.
Freya la contemplaba con gesto pensativo. Le tomó una mano entre las suyas y la acarició dedicándole una sonrisa dulce y comprensiva. Aunque tampoco le pasó desapercibido el significativo semblante de Jamil.
—Si habéis acabado será mejor que os marchéis. Doña María necesita descansar, como puedes comprobar. —Albert se puso en pie adoptando un aire impaciente y molesto.
—Dime dónde está Hiram y nos marcharemos —aseveró el aludido cuando sus secuaces emergieron de las diferentes estancias de la casa, con gesto rendido.
—Como habéis podido comprobar, tampoco está Valdis. Ambos salieron antes del amanecer. No sé hacia dónde, pero iban muy acaramelados. Quizá hayan bajado al río, suele gustarles darse un baño en él.
—El agua está helada en esta época —recalcó el ayudante del aguacil, remarcando su desconfianza con un ceño receloso.
—En comparación con la de donde venimos, para nosotros la del río es como la de vuestros hamanes —explicó Albert.
—Apostaremos guardia en esta puerta mientras buscamos a los culpables —decidió el taimado imán—. Y a vosotros os recuerdo que quien esconde a un prófugo comparte su delito.
Tras una mirada admonitoria, encabezó la comitiva hasta la puerta.
Cuando cerraron, Flora se echó a llorar. Y los guerreros bajaron la escalera de dos en dos. Freya miró a Albert con honda preocupación.
—¿Están escondidos en el aljibe?
—Sí.
—¿Dónde está Valdis?
—Quiso la mala fortuna que sorprendiera a Zahira confesándome que va a tener un hijo de Hiram.
—¡Dios santo! —masculló angustiada. Cerró los ojos, gimió y se pasó las manos por la cabeza.
—Tenemos que salir de la ciudad cuanto antes —terció Thorffin.
Albert miró a Jorund. El color de su piel se había tornado rojo a medida que la ira lo iba dominando.
—Mataré a ese muchacho —gruñó ofuscado.
—No te molestes, ya se encargará tu hija de eso —aseguró Sigurd, tan indignado como él.
Todos guardaron silencio cuando apareció Said frunciendo el ceño y mirándolos con acusada suspicacia.
El desgarbado muchacho se acercó a ellos con esa mirada ladina y astuta que caracterizaba a los hermanos.
—Ya sabía yo que tanta visita escondía otros motivos, yo mismo lo alerté contra ella, si hasta el día de la boda vi cómo babeaba por Hiram.
Los guerreros lo fulminaron con la mirada.
Si Albert albergaba alguna duda sobre la insistencia de Jamil acerca de que Said se quedara con ellos, se evaporó en ese momento. Said no era más que el informante de su hermano, lo que agravaba el problema. Fuera habría un guardia, dentro otro.
El muchacho tomó una manzana del cesto que había sobre la mesa y le dio un mordisco. Les sonrió como si fuera una mañana cualquiera y se encaminó hacia la puerta con paso ligero y despreocupado.
Antes de abrirla, se volvió hacia ellos y agregó:
—No diré que se esconden en el aljibe si os largáis de aquí sin reclamar esta casa. La boda fue tan peculiar y concurrida que llegó a nuestros oídos.
Os creía más listos. Nos habéis subestimado, para nuestra suerte.
Alzó ambas cejas con un arrogante gesto de suficiencia y una pérfida mueca de diversión pendiendo de la comisura de sus labios. Salió canturreando una canción con porte ligero y paso perezoso.
CONTINUARA
