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Capítulo 97

Una flor entre peñascos.

No fue un paciente, sino dos, los que tuvo que atender el médico judío cuando acudió a su llamada.

Resultaba impensable que la furia de Valdis hubiera podido liberarla de los fornidos brazos de Hiram, pero así había sido. Y no para escapar, no, sino para abalanzarse sobre él con la fiereza de una gata salvaje. Es más, si no hubiera sido por Ahmed, a esas alturas Hiram habría vuelto a cambiar su apodo por el de Ojos Huecos.

—He visto esterillas con menos surcos —adujo Sigurd, fijando su sorprendida mirada en la arañada cara del guerrero.

—Pues para mí son pocos; si por mí fuera, le habría hecho uno mucho más ancho en mitad de la cabeza —barbotó Jorund, clavando un hacha visual en Hiram.

—Puede sentirse bendecido por los dioses de conservar las pelotas todavía —observó Thorffin.

—Yo aún no descarto arrancárselas —musitó Albert huraño.

Abraham los miró de uno en uno con expresión censuradora.

—Resulta reconfortante estar curando a un hombre al que todos amenazan en mi presencia —pronunció sardónico el médico.

—Lo merece —respondió Albert, dedicándole un ceño amenazador.

Freya había logrado llevarse a Valdis al piso de arriba, aunque aún podían oír su llanto. Los amantes, cada uno en una silla, recibían sus curas en silencio, pero con expresión contrita y arrepentida.

Albert le había pedido al médico que certificara el embarazo de la sarracena. Y, para su desconsuelo, la muchacha no mentía, al menos en lo referente a su estado.

Y todo aquel ardid solo había sido una estrategia de Jamil para echarlos de la casa y anular así sus derechos de patrimonio por línea agnaticia, de la manera más vil posible. En efecto, lo había subestimado.

Sin embargo, el precursor de aquellos nefastos acontecimientos seguía despertando en él una furia que a duras penas contenía. Si hubiera escuchado sus avisos, no estarían en tan delicada situación.

No hacía falta que se disculpara, el tormentoso ceño que lucía y el pesar que irradiaba eran prueba suficiente. Aun así, no le inspiraba ninguna compasión.

—Estamos en manos de ese par de sabandijas —se lamentó Jorund—. ¿Crees que se conformarán con que nos vayamos? Yo creo que no.

—No, de momento nos han arrebatado la casa, pero estoy seguro de que Jamil vengará el ultraje al que lo han sometido de algún modo —respondió Albert meditabundo—. Apuesto lo que sea a que tiene otros planes para Hiram y su esposa. A ellos no los dejará escapar.

—Solo hay una solución al problema en el que os he metido —comenzó Hiram con honda pesadumbre—. Y es que yo mismo acabe con ellos.

—No solo ellos —reflexionó Albert con semblante grave y adusto—. Si los matamos, el imán vendrá por nosotros. No dudo de que tanto Jamil como Said se han cubierto bien las espaldas.

Además, nos tienen en sus manos si nos acusan de cómplices. Y nos buscarán hasta en el último rincón de estas tierras. Nos costará llegar a Isbiliya, y mucho más salir de ella. Creo que nuestra única oportunidad son los reinos cristianos. Necesitamos la protección de los enemigos de nuestro enemigo.

—¿Y qué los animará a protegernos? No van a acogernos sin más —objetó Thorffin rascándose la crespa barba cobriza.

—Podemos prometerles más incursiones en el reino del emir. Hacerles creer que podemos enviar emisarios a nuestras tierras para guiar un nuevo ataque en el al-Ándalus.

—¿Y cuando descubran que no tenemos ninguna conexión con los nuestros? —planteó Thorffin, mostrando en su ceño el desacuerdo con el plan.

Albert no tenía respuesta para eso.

—Hay otra solución.

Todos miraron a Freya, que en aquel momento descendía por la escalera con expresión determinada.

—Dentro de unos días estallará una revuelta en toda la ciudad.

Aprovechémosla.

Albert frunció el entrecejo y negó con la cabeza.

—Sabes de sobra que mi intención nunca ha sido participar en ella. Esa revuelta está condenada a fracasar.

—Pues ahora es nuestra salvación —insistió—. Convertirnos en prófugos de los musulmanes o en prisioneros de los cristianos transformará nuestras vidas en un infierno.

—El objetivo sería matarlos escudados en el alzamiento —resaltó Albert—. Matar a tus hermanos, Freya. Y al maldito imán. ¿Estás segura de eso?

Ella lo miró con gravedad. El verdor de sus ojos se oscureció y su tez adquirió un brillo afligido, pero sin empañar la determinación que endurecía su mandíbula.

Cerró los ojos y tragó saliva.

Permaneció así un instante.

Albert podía imaginar la lucha interna que libraba en su interior, y lo que más temía era el atroz sentimiento de culpa que podía anidar en su corazón, unos remordimientos que podían acabar devorándola. Preferiría mil veces probar suerte en los reinos cristianos por muy arriesgado que fuera que ver a la mujer que amaba derrumbarse.

Al cabo, abrió los ojos. Los tenía llorosos, pero su mentón permanecía firme y su boca tensa y decidida.

—Que Dios y mi padre me perdonen —murmuró—, pero estoy segura.

Ellos mismos han forjado su destino. Mi verdadera familia es la gente que quiero. Y sois vosotros.

Albert se puso en pie y la estrechó contra su pecho. Temblaba. La difícil decisión que acababa de tomar le pesaría un tiempo, pero confiaba en que acabaría por diluirse sin dejar una gran cicatriz.

Hiram bajó la cabeza. Su largo cabello rubio le ocultó el rostro, pero Albert podía imaginar que se sentía el ser más despreciable de la Tierra.

Quizá aquello fue lo que al fin lo hizo apiadarse de él.

Sin soltar a Freya, posó una mano en el hombro del muchacho y apretó en señal de apoyo. Aquel simple gesto hizo que sus hombres lo imitaran.

Necesitaban estar unidos para hacer frente a lo que estaba por venir.

Zahira miró profundamente triste al guerrero y alargó una mano para tomar la suya. Hiram no la retiró.

Albert sabía mejor que nadie lo que ataba un hijo. Y esperaba que al menos él no se dejara apresar por una atadura mayor: la mentira.

Abraham aprovechó para visitar a doña María y examinarla. Su expresión no fue muy halagüeña cuando concluyó su examen.

—Está peor. Y deseaba comentarte mis sospechas sobre el tema.

Albert respiró hondo y lo llevó a un aparte.

—Creo que está siendo envenenada.

Él guardó silencio ante la gravedad de aquella aseveración. En su mente comenzaron a aflorar toda clase de elucubraciones.

—He consultado mis libros de medicina, y responde a todos los síntomas de una flor en particular.

—¿Cuál?

—La cicuta. Es un veneno que usaban los antiguos griegos y romanos.

Una flor blanca y delicada que crece en ramilletes. Es fácilmente reconocible, también por su fetidez.

—¿Provoca alucinaciones?

—Usada en ungüento, sí. Si se ingiere en pequeñas cantidades, su toxicidad se va acumulando en los órganos hasta que provoca la muerte. Por el estado en el que doña María está ya, yo diría que la está consumiendo en pequeñas dosis pero de forma frecuente. Me temo que no le queda mucha vida.

Albert cerró los ojos y sintió una garra apresando su corazón.

Alguien muy cercano estaba envenenándola, y resultaba evidente quién era el culpable. Pero le faltaba una aclaración más.

—Basta con ingerirla para provocar la muerte, ¿no es así?

El médico asintió.

—¿Qué sentido tiene entonces alargar ese fin?

—Escapa a mi entendimiento —respondió Abraham intrigado—. Quizá solo quieran enfermarla, pero tanto tiempo sometida al veneno la ha condenado.

—Está claro que tiene alucinaciones —razonó Albert—. Confunde realidad con fantasía. Ve a su esposo muerto. Su mente está confusa casi permanentemente. Hace tiempo que dejó de ser ella. Es como si el veneno estuviera más enfocado en mantenerla en ese estado que en matarla.

—¿Y con qué fin? —inquirió el médico hebreo.

—No lo sé, pero juro por mis dioses que lo descubriré.

—Un consejo: no la dejéis sola en ningún momento hasta que detengáis al culpable. Que siga tomando la infusión de crisantemo, es un buen depurativo.

Aunque, como ya te he dicho, poco puede hacerse ya. No hay antídoto alguno conocido.

—Una pregunta más —musitó Albert intentando ordenar los numerosos pensamientos que afloraban a su mente—. ¿Dónde crece esa flor aquí?

—En el cerro del Bu. Es una cumbre sin apenas vegetación, el sol la castiga casi a diario. Y esa flor cuanta más luz recibe más veneno acumula.

De hecho, dicen que esa curandera extraña elabora filtros malignos con toda clase de plantas. Y que muchos hombres ilustres y no tan ilustres se los encargan. A ella también acuden mujeres que desean perder a un hijo o tenerlo.

Albert no necesitaba preguntarle a Frianda si reconocía a un muchacho del aspecto de Said, pues podría haber mandado a una criada a hacerse con el veneno. Pero sí necesitaba preguntarle si conocía algún remedio para salvar a doña María.

Él había perdido a su madre, que de algún modo también lo era de Freya.

No podía permitir que ambos perdieran una madre por segunda vez.

Tras marcharse el médico, sus hombres se dirigieron a la amurallada judería a organizar la revuelta. Al cabo de dos días la ciudad ardería con la llama de la insurrección. Y, bajo esa llama, él debía impartir justicia.

Antes de embarcarse en aquella ardua empresa y de reunirse con sus hombres para terminar de perfilar los ataques y erigir en cada grupo como líder a uno de ellos, atravesó a buen paso la ciudad rumbo a aquel cerro.

Rumbo a la mujer a la que había despreciado y que había vaticinado su petición de ayuda. Pensando en cómo conseguir ponerla a su favor sin perder su alma en el intento.

El recorrido fue largo, pero le vino bien para pensar. Nunca había echado tanto de menos a su montura.

Cuando ascendió la empinada colina y llegó a la cumbre, paseó entre los restos de la muralla inspeccionando la escasa vegetación que brotaba entre los peñascos. Un ramillete de flores blancas asomaba entre los riscos puntiagudos. Se acuclilló y lo arrancó, para observarlo con más detenimiento.

Lo olisqueó y lo apartó raudo. Su pestilencia le confirmó que se trataba de cicuta.

—Curiosas flores las que has decidido traerme para firmar la paz.

Se volvió para toparse con Frianda de Kent, que lo observaba con sumo interés y un dejo de diversión.

—¿Desde cuándo ves el futuro?

—Desde que el dios Ogma me eligió como su sacerdotisa.

—En tal caso, sabrás a qué he venido.

La mujer lo rodeó pasando un dedo por su torso y su espalda mientras le regalaba una sonrisa misteriosa y complacida.

—Sé a qué has venido, norteño. Pero no sé qué estarás dispuesto a ofrecerme para conseguir lo que buscas, ni si yo estoy dispuesta a dártelo. Ya una vez me aseguraste que no había nada que pudiera interesarte de mí. Y aquí estás, comiéndote tus palabras.

—Cierto —aceptó dúctil—, y la única forma de saber si puede haber algún tipo de entendimiento es que pidas lo que consideres que vale un antídoto para la cicuta.

La mujer se plantó frente a él y lo observó de arriba abajo con gesto travieso. Se mordió el labio inferior y luego se relamió provocadora.

—Eres un hombre formidable, norteño, tu semilla en tierra fértil procrearía sin duda a un semidiós. Aunque tengo entendido que solo siembras en terreno yermo.

Albert le clavó una mirada despectiva y dura que la mujer ignoró.

—No tengo tiempo que perder en tonterías —masculló empezando a impacientarse.

La druida estiró sus labios en una sonrisa maliciosa.

—Dudo que consideres una tontería el motivo que te ha traído hasta mí.

—Ya sabes el motivo, pero yo no sé si puedes anular los efectos de la cicuta.

Frianda se retiró un largo mechón oscuro de la mejilla y se lo colocó tras la oreja en un gesto indolentemente sensual.

—Puedo darte un filtro contra ese veneno, sí —manifestó con firmeza—. Pero salvar una vida exige una compensación a la altura.

Albert se irguió en toda su estatura y la contempló expectante.

—¿Y esa compensación es…?

—Una vida gesta otra.

Se miraron largamente. En los acerados ojos de la hechicera prendió un anhelo que le provocó una punzada de repulsa.

—Habrás de ser más concreta —pidió, a pesar de haber leído en su semblante lo que implicaban sus palabras.

—Salvaré esa vida si tú siembras otra en mí.

Albert endureció el rictus maldiciendo su suerte.

—No hay trato —respondió rotundo—, y de todos modos no habría garantía alguna sobre la efectividad del filtro.

—Tampoco sobre la efectividad de tu simiente.

Ya se volvía para marcharse cuando la mujer lo detuvo aferrando su muñeca.

—¿Vas a condenar una vida solo por no yacer conmigo? Tu esposa jamás lo sabría. Y no quiero en mi vida el lastre que supone un hombre, pero quiero un vástago que herede los ancestrales conocimientos de mi pueblo y mis poderes.

—A buen seguro encontrarás algún insensato que se ofrezca.

Esta vez, el gesto de la mujer se veló con un paño contrariado.

—No me vale cualquier hombre.

—Ni yo yazco con cualquier mujer.

La druida lo soltó para desenlazar los cordeles que cerraban su corpiño.

Sus ademanes fueron rápidos y bruscos. Cuando sus firmes pechos bambolearon libres de ataduras, sus rosados pezones se irguieron en una llamada que él no pensaba responder. Ella, frustrada, se subió las faldas de su túnica y le mostró unas piernas turgentes y bien torneadas de piel cremosa, que abrió invitadora.

—Ningún hombre en su sano juicio puede resistirse a esto.

—Nunca he estado muy bien de la cabeza, por fortuna.

Se soltó bruscamente y atravesó el claro con paso apremiante.

—Tus remilgos y tu estúpida fidelidad acaban de sentenciar a esa pobre mujer —escupió resentida.

Albert se detuvo en seco.

—¿Cómo sabes que el envenenado es una mujer y no un hombre?

—No hay nada que yo no sepa en esta ciudad —afirmó ella.

—Imagino que saber preparar filtros venenosos es más rentable si además puedes ofrecer un remedio al mismo. Doble ganancia, ¿no?

—¿No resulta fascinante que unas simples monedas o favores marquen la diferencia entre la vida y la muerte?

—Aunque eso me dice que no posees conciencia alguna, la muerte de doña María caerá sobre la tuya —arguyó Albert.

—Y sobre la tuya, norteño, no lo olvides. Me pregunto qué habría preferido tu esposa, si la vida de su madre o la lealtad de su esposo.

—Solo voy a añadir una última cosa —avisó indignado—. Espero no verte cerca de mi casa ni de mi esposa, porque será lo último que veas tú.

—Y yo voy a anunciarte otra —apuntó altanera—. Volverás a mí.

—Si lo hago, será empuñando una espada.

Albert le lanzó una última mirada amenazadora y retomó el camino de vuelta.

CONTINUARA