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Capítulo 98
Una noche oscura y apasionada.
Acudió a la última reunión en la judería asegurándose de que nadie iba tras él, ocultando su identidad bajo una gruesa capa de sarga y cubierto con una gran capucha.
Habían sido extremadamente cuidadosos al respecto. Sus continuas visitas a la judería habían despertado recelos y, aunque al recinto amurallado no se podía acceder sin una invitación del basi o, en su defecto, del rabino, y ambos estaban presos por los incitadores de la revuelta, una orden del cadí habría bastado para que irrumpieran en su interior y descubrieran que planeaban un motín.
No supo bien a qué dios agradecer aquella dispensa, pero hasta el momento ninguna autoridad mahometana había atravesado la Puerta de Bab al-Yahud.
Albert había asignado el mando de cada una de las cuatros facciones, compuestas por quince soldados, a uno de sus hombres.
El primer grupo, a cargo de Sigurd, sería el encargado de asaltar la aljama.
El segundo, con Hiram al mando, atacaría la corte del cadí.
La incursión al recinto fortificado que presidía toda la ciudad, el al-hizam, sería cuestión de Thorffin y Albert. El primero debía tomar el palacio del valí, y él se encargaría del alcázar, repleto de guarniciones de soldados y la armería. De él dependía que Thorffin tuviera alguna oportunidad, pues si no lograba contener las pertrechadas mesnadas que albergaba su interior, aunque su amigo redujera a la guardia de palacio, los aniquilarían antes de llegar al valí.
Jorund y Ahmed quedarían a cargo de las mujeres, que serían llevadas a unas antiguas cuevas romanas, llamadas cuevas de Hércules, unos subterráneos que acumulaban varias leyendas. Una de ellas, la más variopinta, extendida por el moro Rasis, rezaba que en su interior se habían ocultado multitud de alhajas, oro y piedras preciosas y objetos de gran valor, como la mesa de Salomón, donde se había practicado la magia y la alquimia.
En aquel momento repasaban las estrategias de cada grupo.
Albert escuchaba de cada uno de los hombres los pasos que habían memorizado del plan, que variaba en función del objetivo.
Cuando estuvo satisfecho, les dio un último consejo:
—Si uno falla, el plan se desmorona y todos moriréis. Vuestras vidas dependerán del resto. Es vital que seáis uno.
Los hombres asintieron graves. Lo complació comprobar que, a pesar del temor que empañaba sus rostros, la determinación les confería entereza y lucidez. No vio pánico en ninguno, todos estaban más que preparados para morir luchando por su libertad y la de los suyos. Pero, sobre todo, por su fe.
Aquello no dejaba de sorprenderlo: morir por un dios. Ellos batallaban por cosas terrenales, por discordias, por tierras, por poder, pero nunca por los dioses. Y eso que tenían bastantes. Nunca se les había ocurrido imponer sus creencias a ninguno de los pueblos invadidos. Aunque, a excepción de algunos territorios, no solían quedarse el tiempo suficiente.
Tras algunas recomendaciones más, cada cual marchó a su hogar, para disfrutar quizá por última vez del calor de un abrazo, de la pasión de una entrega que sabría a despedida, de una conversación plena de palabras pendientes por decir o temas difíciles de enfrentar. De un modo u otro, cada cual pondría en orden sus tribulaciones, y a buen seguro paladearían cada aliento de aquella noche aciaga.
Albert también necesitaba poner su alma en paz. Y, aunque estaba curtido en un sinfín de batallas, la angustia por no regresar junto a la mujer que amaba era lo único que lo consumía. Todos los guerreros de sus tierras marchaban a la batalla sin miedo a perecer en ella, pues les aguardaban las bondades del Valhalla, que prometía una vida de excesos y dicha inagotable.
Pero él no quería ir ni allí ni a ningún otro lugar sin ella. Y, en verdad, quizá su bautismo, por muy impuesto que fuera, habría enfurruñado tanto a Odín que lo único que le esperaba ahora fuera su furia o su indiferencia.
Cuando entró en la casa, sus hombres se despidieron con fuertes palmadas en la espalda y gruñidos ininteligibles. Se preguntó dónde y con quién dormiría Zahira, y cómo estaría Valdis. Lo que sí supo sin tener constancia de ello fue que la serpiente de Said no había regresado. No sería tan estúpido ni tan temerario de compartir techo con quien acababa de amenazar.
Y la inquietud que más lo acuciaba era el estado de doña María y lo que debía contarle a Freya sobre lo ocurrido en el cerro y su decisión.
Si al día siguiente iba a morir, no deseaba llevarse ningún secreto al otro lado.
La encontró despierta. Apoyada en la cabecera del lecho, leyendo a la titilante luz de un candil de aceite.
Cuando ella alzó el rostro ante el quejido de las bisagras de la puerta, toda su faz se iluminó. Albert sonrió y absorbió su imagen como las raíces de un árbol nutriéndose del alimento del suelo que las cobijaba.
Su espeso cabello dorado y ondulado se derramaba por sus hombros, resaltando sobre la nívea organza de su camisola de dormir. Sus grandes ojos, del color de la esmeralda más pura, destellaban húmedos como lagunas. Sus rizadas pestañas oscuras los enmarcaban, embelleciéndolos todavía más. Tenía las mejillas arreboladas, y sus carnosos y perfilados labios se entreabrieron trémulos de emoción.
Pensó que ninguna valquiria podría rivalizar en hermosura con ella.
Apenas se dio cuenta de que permanecía inmóvil cuando ella ya había depositado el libro en la mesilla y tendía los brazos hacia él. Como no se dio cuenta de que había contenido el aliento en su arrobada contemplación.
Acudió a ellos, sin más necesidad que la de perderse en aquel amor que los envolvía de manera tan subyugante, alejándolos de cuanto los rodeaba.
Freya lo acogió en su pecho y acarició su larga y despeinada melena.
Escondió su rostro en el cuello de su esposa e inhaló su perfume.
Si la muerte se lo llevaba, estaba seguro de que, al cerrar los ojos, sería ese olor el que lo conduciría a ella.
—No dejo de recriminarme haber aceptado regresar —murmuró Freya en tono contrito—. Siento como si nuestra presencia hubiera complicado la vida de cuanto hemos hallado aquí. Siento que os he puesto en peligro a todos.
Que han sido mis hermanos y el tenso pulso de mi ciudad lo que nos ha vuelto a meter en una trampa mortal.
Albert alzó el rostro hacia ella y por un instante se perdió en su cautivadora boca.
—No, amor. Fui yo quien pensó que este podía ser nuestro hogar. Quien deseó acercarte a la familia de la que te separé. Debes alejar esos infames pensamientos, pues no son ciertos. Todo el tiempo que hemos vivido aquí hemos intentado mantenernos apartados de todo conflicto, pero parece que la vida se empeña en ponernos a prueba, como si se encelara de la pureza de nuestro amor.
—No hemos vuelto para morir aquí —susurró ella en un constreñido hilo de voz—. No cuando hemos superado tantos trances.
—Saldremos de esta, amor mío, como hemos hecho ya tantas veces.
Hizo una pausa, inspiró profundamente y volvió a mirarla con un nudo en la garganta.
—Tengo algo que decirte —comenzó.
Ella enterró los dedos de su mano en su cabello y lo miró con almibarada ternura.
—Todo este tiempo han estado envenenando a tu madre.
Sus dedos se detuvieron y su mandíbula se desencajó en una expresión consternada que tensó su rictus.
—Estoy seguro de que ha sido Said, secundado por Jamil. Pero no creo que su intención fuera matarla, sino enturbiar su mente.
Freya boqueó como un pez antes de lograr articular palabra.
—Di… os mío…, no…, no…
—Creo que tu madre conoce el paradero de algún legado de tu padre, don Diego, unas joyas valiosas, por lo que ella mencionó en uno de sus delirios que presenciamos con Jamil presente. Quizá tu madre les contó algo, o quizá ellos lo descubrieron por su cuenta. De esa forma, pensaron que ella conocía el paradero de ese tesoro y buscaban sonsacarle. No sé muy bien de qué modo, ni si lo que digo se sustentará en alguna prueba que no sean mis propias conclusiones, pero si algo sé a ciencia cierta es que usaron cicuta, y que… y que ya es demasiado tarde.
Sus manos se cerraron en furiosos puños. Gruesas lágrimas brotaron como regueros de una sinuosa cascada y su semblante se contrajo preso de un agudo dolor. La abrazó con fuerza, sofocando sus rotos sollozos, dominado por la rabia, la impotencia y el odio, más que por la tristeza.
Dejó que el llanto la agotara en sus brazos. Y entonces fue él quien se tumbó a su lado y la acunó entre caricias y arrullos.
Cuando logró calmarla, inspiró nuevamente, esta vez más pesaroso.
—Hay algo más.
Besó sus lágrimas y acarició su mejilla con el dorso de los dedos. Su palma estaba encallecida de tanto usar la espada.
—¿Qué puede ser peor que lo que acabo de oír?
—No sé si peor, pero debes saberlo todo.
Le habló de Frianda de Kent. De cómo la conoció en las mazmorras de la corte. De su encuentro en la judería aquella tarde con ella y de cuanto le dijo.
Del dictamen de Abraham y de su reciente visita al cerro del Bu, junto con el pago por el antídoto.
Y, mientras hablaba y las expresiones de Freya se tornaban en un dispar abanico de emociones cambiantes, las hizo suyas, asimilando en su propia piel lo que él mismo sentiría estando en su situación.
Contrariamente a la reacción que esperaba, ella permaneció inmóvil, muda y ausente. Al cabo, y tras un preocupante momento, ella lo agarró del pelo, apresando un buen mechón en su puño, lo obligó a mirarla y se cernió ansiosa sobre su boca.
Fue un beso salvaje, dominante y hambriento. Un beso posesivo, territorial, furioso. Un beso que incendió hasta el más recóndito rincón de su ser.
Freya gruñó en su boca. El beso cobró intensidad, y las manos, vida.
Pero ella se las apartó. Separó su boca de la de él y lo miró con resentimiento e ira. Lo abofeteó con saña y él solo se prestó a calmar su indignación con el destino, con la maldad que los rodeaba, y su necesidad de desquitarse como fuera, dejando que lo usara para tal fin.
Movida por una urgencia desmedida, se incorporó y se puso a horcajadas sobre él. Desgarró con ferocidad su túnica, lo tomó de las muñecas y se las apresó por encima de la cabeza con una mano. Él la dejó hacer cuando rebuscó con rudeza en su ingle y liberó su latente miembro. Gruñó impaciente, alzó las caderas y lo cobijó de un rudo empellón.
—¡Eres mío, maldito bárbaro!
Lo montó con desatado paroxismo. Clavó las uñas en su pecho, lo abofeteó y lloró entre gemidos. Fue brusca y violenta, imperante y desesperada por encontrar alivio a su dolor y una salida a su frustración.
Aquel acto de dolor y de placer los llevó a un clímax feroz que los convulsionó al tiempo.
Freya liberó sus muñecas y se derrengó sobre su pecho, jadeante y llorosa.
Albert rodeó su trémulo cuerpo con sus fuertes brazos, susurrándole cuánto la amaba.
El sueño los venció y no fue hasta bien entrada la madrugada cuando oyó a sus hombres bajando la escalera seguidos del tintineo metálico que emitía la contera metálica de la vaina de la espada contra la cota de malla.
Suspiró hondamente y, aunque la más profunda negrura, apenas rota por el mortecino resplandor de una luna menguante, pendía pesada en el cuarto, acertó a besar a Freya en la boca antes de salir del lecho.
Se calzó las botas. Se puso sobre la túnica rasgada un coleto de piel curtida y, sobre este, la cota de malla. Tanteó sobre la silla el tahalí que portaba su espada y se lo ciñó a sus caderas procurando hacer el menor ruido.
Y finalmente se cubrió con la capa.
Ya se marchaba cuando la voz de Freya emergió de entre las sombras.
—Más vale que vengas por mí a las cuevas, o tendré que ir yo a sacarte a patadas del maldito Valhalla.
Albert sonrió y se regodeó en el amor que escondía aquella amenaza.
—No dudo de que hasta Odín se ocultaría de tu furia y me liberaría.
—No permitiré que ninguna druida ni valquiria te arranque de mi lado.
Además, tenemos mucho que hacer cuando tomes esta ciudad.
—¿Como qué?
—Como obligar a una arpía a que nos dé un antídoto.
Albert se acercó a tientas al lecho y ella lo recibió saliendo de él. Se besaron apasionadamente hasta que oyeron unos débiles y titubeantes golpes en la puerta.
—No tengas piedad —susurró ella.
Albert supo que no se refería a los soldados del valí.
CONTINUARA
