Hola! Siento muchísimo la tardanza, el trabajo y la vida real me han tenido terriblemente absorbida la semana pasada. Para compensar, traigo dos noticias buenas:

-Al final no he partido el capítulo en dos. Es MUY largo, pero era anticlimático partirlo. Así que preparaos un café, un té o un chocolate y leerlo con calma.

-A final de semana (no voy a decir día, que sino no lo cumplo) publicaré un mini epílogo. (Tengo pensado dos muy breves, pero dependerá un poco de la acogida de este capi y el próximo).

Por supuesto, la historia la he cambiado ya a 'M' porque el tono ha subido bastante. ¡Sin más os dejo leer y nos leemos abajo!


.

.

JET LAG – PARTE 3

.

.

.

Durante todo el silencioso camino en taxi hasta el hotel de Ochaco, Izuku estuvo intentando descubrir si realmente estaba malinterpretando o no la situación.

O sea, no había que ser muy listo para saber que Ochaco le había propuesto sexo.

Eran adultos, esas cosas se saben.

Sin embargo, eso no lo hacía sentir menos raro. ¿De verdad su amiga quería acostarse con él? ¿Había estado bien que él aceptara de aquella manera? A ver, si era sincero consigo mismo, claro que quería acostarse con ella. O sea, lo había querido siempre. Sonaba fatal así verbalizado, pero llevaba enamorado de Ochaco Uraraka más años de los que pudiera recordar. Sin embargo, sentía algo frívolo en todo aquello, como dos extraños que se conocen en una discoteca y se van con el calentón a follar a un motel.

Además, llevaba sin acostarse con una mujer desde lo de Melissa y se le hacía muy raro todavía el hecho de estar con otras mujeres. Y lo peor es que Ochaco Uraraka no era 'otras mujeres', era su mejor amiga y su primer amor. No era un polvo de una noche o al menos a él no le gustaría que así fuera. O peor, que para ella sí lo fuera. Se sentía tan miserable sin saber por qué... ¿De verdad después de años sin verse todo iba a terminar en esa dirección? ¿Y si luego ella prefería volver a poner distancia entre ellos?

No lo soportaría.

No soportaría volver a alejarse de ella, no después de tener su sonrisa grabada de nuevo en la piel. ¿Por qué había sido tan idiota de decirle que sí? ¿Qué clase de amigo era? No podía hacerlo… ¿estaba a tiempo de cambiar de opinión? Inhalar. ¿Quería cambiar de opinión? Exhalar.

—¿Deku-kun estas bien? —le preguntó entonces Ochaco preocupada desde el asiento contiguo, cortando el hilo de pensamientos acariciándole el brazo.

Aquella caricia lo tranquilizó y lo trajo a la realidad. Eso y su sonrisa de siempre. Inhalar y exhalar.

—Sí, sí, estoy bien, tranquila—hizo el esfuerzo de sonreír también—. De verdad.

Sin dudarlo, Uraraka dejó su asiento junto a la ventanilla y se sentó en medio del asiento trasero, echándose sobre el hombro de Izuku y tomando su mano para acariciarla. Una compañía tácita que lo invitaba a que recordase cómo se respiraba.

Así estuvieron todo el viaje, jugando con los dedos del otro en silencio.

Delineando sus dedos, Izuku tomó valor para hacer lo que nunca había tenido valor de hablar con ella.

Algo que solucionó en un instante y que le había costado años intentando verbalizar. Algo que se solventó cuando tocó el muñón del dedo pequeño de Ochaco, ese que había sido parcialmente mutilado. Todavía le dolía pensarlo y mucho más recordarlo. Por supuesto, ella le devolvió la caricia con simpleza, sin ápice de duda, incomodidad o rechazo.

Esa era una fea historia de la que nunca habían hablado. Un pequeño trozo de dedo que había arruinado la carrera de Ochaco.

Una de las principales razones por las que Uraraka estuvo año y medio sin poder usar sus poderes y finalmente decidió meterse en el servicio de inteligencia. De ahí que muchos ya no la recordaran sin su traje de heroína.

Izuku también había estado ahí ese fatídico día y de alguna forma se sentía responsable. Quiso pedirle perdón tantas veces y ninguna fue capaz… Al final, todo volvió a la normalidad como siempre, con la salvedad de que ambos se habían distanciado años luz. De hecho, tal vez esa era una de las razones por las que llevaban casi cuatro años sin verse. O tal vez no, pero Izuku siempre se sintió culpable.

Wǒmen yǐjīng dàodá nín de mùdì de—dijo el taxista.

No lo entendieron, pero no había mucho que entender. Pagaron y se bajaron, entrando a un lujoso hotel.

Nada más entrar por la gigantesca puerta de cristal, perdiendo la extraña e íntima aura del taxi. Y una vez que Uraraka tuvo en su poder la tarjeta-llave de su habitación que había pedido en recepción, retó a Izuku a subir por las escaleras.

Por supuesto, él aceptó.

—¿Pero por Dios qué piso es? —se iba a volver loco Izuku, después de doscientas escaleras con la risa de Uraraka pisándole los talones.

Ella no dejó de reírse hasta que se acabaron las escaleras en el último piso, junto a un muy jadeante Izuku que no sabía si devorarla a besos o matarla por hacerle pasar por ese suplicio. Ella sólo se reía con las mejillas rojas del esfuerzo.

—Se equivocaron con mi reserva—jadeó Uraraka, con la tarjeta en la mano para abrir la puerta del último piso—. Y como estaban completos por el congreso, me dieron la suit nupcial… del ático. Creo que es tan cara que nadie la usa, pero a mí me salió gratis por el error.

—Tan tacaña como siempre—se apoyó en la pared Izuku, recomponiéndose—. Eso lo podías haber dicho antes de retarme a subir por las escaleras.

Ochaco se apoyó en la puerta, pasó la tarjeta por el lector y la abrió.

—¿Te hubieses echado atrás por ochenta pisos de nada? —dijo extrañamente coqueta y sensual—. Y yo que pensaba que estaba invitando a mi habitación al héroe número uno.

Su actitud desencajaba un poco con sus pintas, ya que estaba despeinada, con tinta en la nariz y vestida aun con la sudadera de conejo y las zapatillas de enfermero. Además, seguía con las mejillas tintadas por el esfuerzo y el alcohol.

Tiró divertida de la camisa de Izuku para hacerlo entrar y cerró tras ellos. La falta de aire, la borrachera y el mal dinamismo de la textura de la moqueta contra sus zapatillas de plástico, hizo que ambos se tropezaran e Izuku cayera sobre su acompañante. De hecho se dieron un buen cabezazo contra el otro.

—¡Au! —maulló Uraraka bajo él, riendo dolorida mientras se tocaba la frente.

—¡Perdona Uraraka! —quiso morirse Izuku de la vergüenza, consciente de que la estaba aplastando. También se llevó la mano a la frente. ¡Menudo golpe!

—Perdona tú, Deku-kun, no me ha dado tiempo a quitar la gravedad.

—¿Estás bien? —preguntó preocupado, tocando la frente de ella.

Ochaco sólo le sonrió, quitándole importancia. E Izuku se dejó mirar por sus bonitos ojos, en aquella extraña postura.

El ambiente se sintió extraño, sobre todo estando tan cerca. Tanto que la punta de sus narices se rozaron. Eso y otras muchas zonas de su cuerpo, claro.

A Izuku se le aceleró el corazón, como si hubiese llegado el momento de dar un paso al vacío pero no tuviera valor suficiente. Y lo peor era tener el cuerpo caliente de Uraraka bajo el suyo, vibrando, con su olor a Vainilla, dos Whisky de más y una Piña Colada. Con sabor a cereza y caramelo de ese pintalabios que llevaba, ese que se le había perdido hace horas pero que Izuku todavía podía intuir en sus labios. Esos que…

—Deku-kun…—lo sacó de su trance Uraraka, hablando bajito, literalmente contra su boca—. Me estás aplastando.

Por su puesto, se levantó del suelo como alma que lleva el diablo y le ofreció la mano a su amiga.

La chica fue directa a encender la luz, mientras se quitaba los pendientes y se acercaba a la cama.

—¡Ay qué vergüenza! —dijo entonces al ver que tenía toda la maleta abierta y deshecha sobre la cama.

Izuku estaba demasiado ensimismado para prestarle atención. Sólo podía pensar… 'SOY IDIOTA'. ¿Qué diablos quería Uraraka? ¿Qué hacía allí con ella? ¿A qué había venido eso? ¿Qué esperaba? ¿De verdad creía que alguien como ella quería algo con él? ¿Tenía que haberla besado? ¿Quería eso ella o no? ¡Aggg! ¿Por qué sentía que sólo estaba pensado con la poll…?

—¡Ah! ¿Podrías poner el cartel de no molestar? —le dijo entonces Uraraka, sacándose la sudadera y mostrando de nuevo aquel vestido que llevaba debajo.

También se levantó un poco la falda, para bajarse y quitarse las medias rotas. Izuku se volteó acelerado, dirigiéndose pasillo atrás hacia la puerta para poner el maldito cartel de 'No molestar', más confuso que otra cosa. Ojalá hubiese podido poner el mismo cartel en sus pantalones para la terrible erección que tenía entre las piernas.

Cuando regresó a la habitación, no vio a Uraraka.

—¡Ve quitándote la ropa! —gritó ella desde la otra habitación contigua que parecía tener aquella enorme suit de lujo.

Aquello lo dejó blanco.

¿Qué se quitara la ropa? ¿Así sin más?

¿Sin preliminares? ¿Sin besos ni juegos previos? Empezó a hiperventilar mientras se quitaba la chaqueta y se desabrochaba la horrenda camisa de palmeras.

Inhalar y exhalar. Exhalar e Inhalar.

Terminó sacándose la camisa por la cabeza, era incapaz de aclararse con los botones.

Inhalar y exhalar. El aire dentro, el aire fuera.

Se descalzó, se bajó la cremallera y se quitó los pantalones. De los nervios hasta se le había bajado la erección… ¡Ahora que la necesitaba!

Inhalar y exhalar. Zen. Todo estaba bien. ¿No? Inhalar…

—¡Deku-kun! —gritó entonces Uraraka, llevándose las manos a la boca—. ¡Lo sabía!

Izuku no entendió nada. ¿Había metido la pata? ¿Acaso su amiga no quería eso? Su voz sonó de repente enfada y preocupada. No tuvo tiempo ni de preguntar.

—¡Estás herido!—indicó la chica acercándose a él.

Izuku se sonrojó al verla. Ella estaba sólo en ropa interior. No era nada provocativa, de hecho todo el conjunto era de tela negra básica y las bragas eran algo faja, seguramente por el tipo de vestido que llevaba. Sin embargo fue suficiente para que su cerebro dejara de pensar.

—¿Me has oído? —llamó su atención Ochaco—. ¿Por qué no me has dicho que estabas herido?

Fue la preocupación en su voz lo que lo trajo de nuevo a la realidad. Se miró a sí mismo y vio el vendaje que se había hecho antes de salir del hotel, cuando pensó que su noche se iba a resumir en dormir bajo aquellas sábanas frías e impersonales. Suspiró y sonrío, intentando tranquilizarla. Sobre todo porque la cara de Ochaco realmente expresaba una sincera y profunda preocupación.

—Tranquila, no pasa nada, no es nada grave, te lo prometo—aclaró—. Es una vieja herida.

Quizás podía ser el alcohol, que lo intensifica todo, pero a Ochaco se llenaron los ojos de lágrimas. Luego bajó la mirada, de aquella venda hacia más abajo y en su cara se mostró un gesto contrariado.

Le dio por reírse y llorar por igual.

—¿Cómo puedes ser tan idiota? —sonrió para sí misma Ochaco, apartando la mirada mientras se sorbía los mocos.

Izuku también se miró y sintió su cara arder. 'Maldito Hiroshi'. Se había olvidado de ese detalle.

—Ya… ya te he dicho que me han robado la maleta con toda la ropa…

Uraraka intentó calmarse, mientras se limpiaba las lágrimas de la cara. Izuku llevaba unos calzoncillos de 'All Might' de marca blanca. Tanto, que All Might era un chino tintado con músculos claramente falsos que parecía pertenecer a una mafia.

—Y también que mi representante piensa que tengo cinco años—añadió Izuku rojo como una manzana de caramelo.

—¿Te los ha comprado él? —preguntó Uraraka pícara, aguantando la compostura.

—También me ha comprado el traje.

Uraraka tomó aire, procurando no herir la sensibilidad e Izuku.

—Bueno Deku-kun, con el traje sí que parecías todo un hombretón maduro.

Se sonrieron.

—Perdón, no quería asustarte—fue lo último que dijo Izuku, compartiendo la mirada con ella.

La chica le hizo un tour rápido a Izuku por la suit, mostrándole que la otra habitación era una especie de baño-spa. Y allí estaba lo que ella quería enseñarle: un jacuzzi enorme con hidromasaje y vistas a todo Hong Kong.

—¿No te lo había dicho mientras cenábamos? Pensaba que sí.

La chica ya lo había encendido y ahora leía con cautela las instrucciones de uso.

—Era un poco triste usarlo sola y más cuando todo esto está pensado para dos—le explicó a Izuku, mostrando que aquella habitación tenía todo lujo de detalles para parejas—. Anda, siéntate ahí. ¿Puedes bañarte con la herida?

—Sí, no hay problema.

Izuku obedeció y dejó que Uraraka le ayudara a quitarle el vendaje. Se sentaron juntos sobre la cama, apartando un poco la maleta abierta y el caos. Al principio había estado terriblemente nervioso al sentir sus manos desnudas sobre su cuerpo. Eso y porque se sentó tras él, rodeándolo con su cuerpo y sus bonitas piernas. Luego se relajó al oírla hablar de idioteces cuyo único propósito estaba claro que eran hacerlo sentir cómodo.

—Sinceramente pensé que tendrías más moratones—añadió entonces Uraraka—. Por la tele vi cómo te lanzaban contra ese edificio y caías desde un cuarto piso. Tenía pinta de doler.

—Con los años he aprendido a caerme muy bien—aceptó el cumplido Izuku, quien efectivamente estaba seguro que mañana no iba a poder moverse.

Sintió un escalofrío cuando Uraraka pasó los dedos con suavidad sobre la cicatriz de su costado.

—Es mala zona… —observó—. Al menos está cicatrizando bien.

No supo por qué, pero Izuku se sinceró con ella, pensado que estaba cansado de minimizar sus problemas.

—Casi pierdo el riñón—dijo—. Por suerte no ha sido nada, pero me sigue doliendo horrores cuando duermo de este lado o me agacho mucho rato.

—¿Y no te duele cuando vas al baño? —preguntó curiosa, sin malicia.

—Sí, ha sido bastante desagradable, pero ya estoy bien.

Uraraka le sonrió y le besó con naturalidad el hombro desnudo antes de levantarse de la cama e invitarle a seguirla. Era raro verla así de cariñosa. O al menos de manifestarlo con él.

El momento Jacuzzi fue menos glamuroso y sexy de lo que pensaban, lo cual fue casi un alivio. Uraraka se agobió con el sistema de luces de colores que traía incluido y dijo que prefería quitarlo porque temía que se electrocutaran o les diera una epilepsia. Luego probó a echar unas sales, pero se le acabó derramando medio paquete dentro—aun algo torpe por la borrachera—, lo que formó montañas y montañas de espuma que empezó a resbalar por el suelo. Tanta, que mandó la mayoría a flotar por la habitación porque no sabía dónde meterla.

Por supuesto, cayeron en la tentación y se hicieron barbas y pelucas de espuma.

—¿Por qué cuándo estoy contigo parece que tengo diez años? Espero que estoy no arruine mi reputación en China—se reía Uraraka—. Sigo siendo la jefa del servicio de inteligencia japonés.

—Yo no he dicho lo contrario.

Luego abrieron una caja gigante que tenía unos corazones y que daba a entender que era un regalo del hotel para los 'enamorados'. Dentro había champán, puros, licor, chocolates, fruta, lubricante y preservativos de sabores. Y unos muy molones albornoces a juego.

—Sé que lo que voy a decir es de gorda pero…

—Uraraka—la cortó Izuku—, abre de una vez los bombones.

Estuvieron bebiendo champán y comiendo bombones en el jacuzzi fingimiento que eran reyes europeos hasta que casi se terminaron la caja, viendo a través de la ventana cómo la noche empezaba a abandonar Hong Kong. Sin duda mañana iban a tener un terrible resaca y un buen dolor de tripa. Al final, el cansancio y el amanecer los hizo permanecer un buen rato en silencio.

—Muchas gracias, Uraraka—rompió el mutismo de las burbujas Izuku, absorto en el espectacular Skyline de la ciudad—. Creo que llevaba meses sin sentir que realmente estuviera vivo.

Uraraka jugó levemente con el agua. Taciturna.

—No te mereces lo que la prensa te ha estado haciendo los últimos meses—le dijo su amiga sincera, hablando de la realidad de la que habían estado huyendo toda la noche.

—Supongo que es parte de ser una figura pública…

Ochaco miró a Izuku, con ese gesto tan ausente, tan triste. Realmente se había convertido en un hombre. Uno extrañamente solitario que se había encerrado en sí mismo.

—¿Desde cuándo te pasa lo de hoy? —preguntó entonces preocupada, abrazándose las rodillas y recogiéndose los mechones de pelo que se le escapaban del moño improvisado que se había hecho—. Lo… lo de quedarte sin aire.

Izuku la miró decaído, profundamente cansado. Suspiró.

—Llevo años así, supongo que es de estrés…

—Izuku el estrés en nuestra profesión es inevitable—opinó ella—, pero no por ello deberías dar por hecho que es normal lo que te pasa. ¿Has pensado tomarte unas vacaciones? Desconectar te vendría bien.

Izuku tomó aire.

—No sé, ahora tengo mucho lio, no puedo desaparecer sin más.

—¿Y un psicólogo? —propuso—. O planificarte un día a la semana para ti, para tus cosas, para invertir tu tiempo en algo que realmente te guste… aunque sea leer los comics horribles esos que lees o hacerte una maratón de 'Héroes'.

Por lo general, cuando la gente decía que se preocupaba por Izuku, el propio Izuku sabía que se preocupaban por Deku. Por el héroe que tenía la obligación y el deber de estar bien para salvar a los demás con una sonrisa. Aquella noche por primera vez oía a alguien preocuparse de verdad por Izuku Midoriya.

—He pensado en volver a Japón—confesó.

—Eso me parece bien—opinó Ochaco—. Cambiar de aires te sentará genial. Y volver a casa también, ¡por no hablar del Katsudon tan rico que hace tu madre!

Aquello le sacó una sonrisa sincera.

—¿Te sigues acordando de eso? —preguntó curioso.

—¡Cómo olvidarlo! No he comido mejor en toda mi vida.

Ochaco se refería al día de su graduación. Aquel día, después de tres años de aventuras y desventuras, no solo recibieron el título oficial de héroes, sino que lo celebraron por todo lo alto. Tanto, que muchos ni se acuerdan de aquella noche. Izuku tiene sus propias lagunas de lo que pasó. Bailaron, bebieron, comieron e hicieron el idiota por todo Tokio. Ni siquiera recuerda cómo llegó a su casa ni quién pago el taxi (todos creen que fue Bakugo, al menos fue el último en bajarse del coche). Como habían perdido el tren para ir hasta la UA y estaban muy borrachos, Izuku les ofreció a Ochaco y Iida (los que vivían más lejos) dormir en su casa, que quedaba cerca del último bar de Karaoke dónde habían estado.

Llegaron ya con el sol en el cielo y su madre, tan tierna y hospitalaria como es, los ayudó a poner una cama extra en su habitación. Por supuesto, la intención era que Iida e Izuku durmieran juntos en el futón improvisado del suelo y Ochaco en la cama. Sin embargo, a los dos minutos de escuchar roncar a Iida concordaron en que eso era imposible.

—¡Cómo puede roncar así! —susurró una Ochaco muy adolescente, cómplice y embutida en un pijama de Izuku.

—Es como si se hubiera comido una moto—se quejó molesto Izuku, que además estaba apretujado al final del futón y contra su propia cama.

—¿Seguro que estáis bien ahí?

Ochaco se asomó, viendo a Iida espatarrado, con un pijama que le quedaba ridículamente pequeño y pateando a un Izuku en el suelo. Se puso la mano en la boca para no reírse.

—Como puedes observar, hemos nacido para dormir juntos—bromeó Izuku, con los primeros estragos de un inicio de resaca.

—Almas gemelas separadas al nacer—sonrió ella, abriendo la cama de Izuku para invitarlo a entrar.

—No te preocupes, Uraraka-san, estamos bi…—Iida se movió, le pegó una patada y al menos dejó de roncar al ponerse de lado.

Uraraka se rio contra la almohada.

Izuku no sabía si eso estaba bien o no, pero aceptó la oferta de Uraraka y se metió en su cama con ella. Al principio su yo adolescente estuvo temblando e hiperventilando al borde del colapso, seguro de que no sería capaz de dormirse con ella a su lado, en su cama. ¡Y si entraba su madre y los veía! Luego respiró el maravilloso olor a vainilla y paz y se le pasó. No tardó ni dos minutos en dormirse.

De hecho, cuando se despertaron estaban abrazados. Izuku jamás lo dijo, pero se despertó un rato antes y no dijo nada, porque pensó que estar en los brazos de Uraraka era la mejor sensación del mundo. Tal vez ella también se despertó antes y no dijo nada. El caso es que al final la madre de Izuku entró a las 16:00 de la tarde, diciéndoles que como héroes que eran no podían levantarse tan tarde. Ellos dos se separaron como dos imanes de polos iguales y jamás volvieron a mencionar el tema. De hecho, Izuku se puso tan nervioso que se cayó de la cama y se dio una buena torta contra Iida que lo regañó por ser tan poco amable a la hora de despertar a las visitas.

—¡Vamos, que os he preparado algo de almuerzo!—dijo su madre amable y emocionada.

¡Y vaya festín! Iida y Ochaco se lo siguen recordando desde hace años como la vez que mejor comieron en toda su vida. Tal vez que fuera su primera resaca también tuvo algo que ver.

—A veces he pensado que tu madre nos pilló ese día—dijo entonces Uraraka, tocando el tema tabú.

Izuku se ruborizó, metió la cabeza en el agua y le echó valor.

—¿Sabes que cuando os fuisteis…?

Uraraka abrió los ojos, dibujando una sonrisa.

—¿Qué? —preguntó curiosa.

—Mi madre… —Izuku se mordió el labio—. Mi madre me echó 'la charla'.

Ochaco abrió la boca y se la tapó con las manos.

—¡No!—gritó incrédula—. ¿Nos vio tu madre? ¡Qué vergüenza!

Izuku se pasó la mano por cara, nervioso.

—Sí, estaba convencida de que eras mi… mi novia… —confesó sonrojado—. Desde que me defendiste a las puertas de la UA cuando lo de Shingaraki creía que estábamos juntos. Mira que le dije que no varias veces…

La madre de Izuku siempre había sido una mujer discreta, pero no tonta. Y conocía a su hijo. Más de lo que él pensaba.

—Si además por aquella época tú ya estabas con Melissa, ¿no? —hizo memoria Ochaco.

Se había hecho la tonta, pero en el fondo se acordaba perfectamente de aquello. Fueron tiempos confusos y complicados. Sobre todo el semestre que Izuku se había ido de intercambio a Estados Unidos.

—Sí, bueno… estábamos y no estábamos, ya sabes cómo era ella al principio—aquello lo dijo con algo de desdén—, bueno, cómo es ella en general.

Se hizo un silencio terriblemente incómodo del que Ochaco se sintió responsable. No debía haber sacado el tema de Melissa.

Uraraka bajó la mirada. No sabía si estaba bien preguntar, pero quería hacerle saber a Izuku que ella estaba dispuesta a escucharle si necesitaba hablarlo con alguien. Hace años, solían contarse las cosas…

—No tienes que contestarme si no quieres pero, ¿lo que dice la prensa es cierto? Que… que no es tuyo.

Izuku apretó los labios y asintió, incapaz de mirarla.

—Perdón, no tenía que haber preguntado—se arrepintió Ochaco de inmediato.

Izuku negó.

—No, no pasa nada—le dijo—. Es sólo que se me hace raro hablar sobre eso… últimamente siento que estoy viviendo la vida de otro… como si las cosas que me pasaran no me estuvieran pasando realmente a mí.

Uraraka comprendía esa sensación. Todos aquellos que tienen una vida pública pasan por eso.

—Lo mío con Melissa lleva roto desde hace varios años… —confesó Izuku—. Siempre hemos querido cosas diferentes, viviendo en países distintos, pensado cosas opuestas… yo pensaba que querernos bastaba, pero supongo que me equivoqué.

—Las relaciones son complicadas, Deku-kun.

Ochaco también hablaba por ella misma.

—Lo sé, pero después de casi diez años de idas y venidas siento que he estado saliendo todo el tiempo con una desconocida.

Uraraka meditó aquello. Realmente entendía que Izuku tuviera problemas de ansiedad. Lo suyo con Melissa Shield había sido siempre tan raro... A veces, la más bonita historia de amor del mundo; otras, desconcierto y vacíos.

—Todo lo que está saliendo en la prensa está siendo tan confuso…—siguió Izuku—. A veces no puedo creer que todo eso hable de nosotros.

—La prensa es muy cruel Deku-Kun…

Izuku pareció perder entonces el enfado en su voz, cambiándose por una ligera tristeza.

—Yo sólo quiero que al menos la dejen en paz y dejen de acosarla.

—¿Has hablado con ella? —preguntó cauta.

A ver, obviamente Ochaco Uraraka mataría siempre por sus amigos, pero antes que nada era una mujer justa. Y Melissa le caía bien, siempre le había parecido una chica con un gran corazón. Tal vez por eso llegó a la vida de Izuku, porque las personas con corazones bondadosos se atraen. O eso le gustaba pensar a ella. Aunque eso le doliera.

—Hablé con ella hace tres semanas, para… para lo del divorcio—se movió incómodo—. Está muy nerviosa y completamente aterrada por lo del bebé… y la prensa no ayuda.

Ochaco pensó que volvería el silencio incómodo, pero de repente Izuku tomó valor para sincerarse. Parar abrirse con alguien. Para empezar a soltar lo que no le dejaba respirar.

—Ella… —empezó, con una pausa— ella tiene diagnosticada endometriosis desde los quince años. Los médicos le dijeron que era casi imposible que se quedara embaraza. Sinceramente, nunca pareció importarle hasta hace bastante poco…

Ochaco se quedó muda.

—Si te soy sincero… yo no quería tener hijos—aclaró Izuku—. Al menos no todavía, pero Melissa se empezó a obsesionar con que era su última oportunidad de ser madre. El problema se agrava con la edad, así que los médicos le dieron un ultimátum hace dos años. O se decidía o no podría tener hijos jamás. Y probamos de todo. Fechas de gestación, control de temperatura, medicamentos, examen de semen, gestación in vitro… llegamos a tener hasta tres abortos en un año y medio.

Uraraka abrió los ojos sorprendida y entristecida por eso último. ¿Por qué no les había dicho nada a ella o a Iida sobre algo como eso? De repente empezó a ser consciente de la pesadilla por la que debía haber pasado su amigo.

—Lo siento mucho Izuku, no lo sabía… no tenía ni idea.

—No pasa nada, no tenías por qué saberlo—la disculpó con una sonrisa cansada y los ojos brillosos—. Lo peor es que todo eso empezó a destruirnos. Yo le dije que no se preocupara, que siempre podíamos adoptar en el futuro o dejar que la naturaleza decidiera, que todavía éramos muy jóvenes… pero ella sólo pensó que yo era un egoísta que no tenía ningún interés en tener hijos con ella. Empezó a echarme en cara que me había casado con ella por la nacionalidad estadounidense, pero que en el fondo yo no quería comprometerme. O peor, que me daba vergüenza, porque nuestros hijos seguramente serían quirkless. Como si yo hubiese olvidado de dónde vengo…

La castaña no había caído hasta ese momento en aquel factor. Aunque era un secreto de cara a la sociedad, ella sí sabía sobre el origen del don de Deku. Y siendo Melissa y sus padres también quirkless, aquello era una estadística bastante certera.

—Uraraka tú sabes cómo es esto de ser héroe, realmente me paso la mitad del año viviendo en hoteles en el extranjero o jugándome la vida —hizo hincapié Izuku—. A mí también me daba miedo morir cualquier día y dejar a mi hijo sin padre, o que estuviera en peligro por mi culpa… o que me odiara por estar siempre ausente. Yo… estaba seguro de que no podía hacerlo. ¿Cómo iba a saber cómo ser padre si yo nunca he conocido al mío?

Aquella entereza inquebrantable acabó opacándose por las lágrimas silenciosas.

—¿Sabes que me dejó por teléfono? —se limpió la cara Izuku, intentando calmarse—. Ni siquiera me llamó, sólo me dejó un mensaje diciendo que habíamos terminado, que ella no podía seguir así. Y yo como un idiota destinado cuatro meses en la otra parte del mundo sin poder hacer nada. No me devolvió ni una sola vez las llamadas y cuando llegué aquí…

Estaba embarazada de dos meses. Eso sí lo había leído Uraraka en la prensa. Eso y todos los cotilleos que afirmaban que el hijo no era de Deku, sino de un amante de la científico.

Ochaco se acercó a él y lo rodeó con el brazo silenciosa.

—Ven aquí, anda…

Él se sorbió la nariz y obedeció, apoyándose en ella y dejándose arropar por su cuerpo. Le dolía el corazón. Y eso siempre tiene difícil cura.

El jacuzzi era enorme, pero acabaron los dos apretujados en una esquina. Ella contra el borde de burbujas e Izuku apoyado en su pecho, de espaldas. Ambos observando el amanecer.

—Lo peor es que me siento un idiota… —confesó—. Sale de cuentas dentro de dos semanas y en vez de enfadado me siento… ¿feliz por ella? Melissa es una mujer increíble y ha sufrido mucho con…

—Izuku, no creo que ella sea la única que haya sufrido por los abortos—le dijo con honestidad su amiga.

Él tomo aire, sintiendo cómo las lágrimas le ardían en las mejillas.

—A veces siento que es como un castigo por no haberlo querido suficiente.

—No te digas eso, estoy segura que no es verdad—le regañó, abrazándolo más fuerte—. No es justo y lo sabes.

—Me siento tan idiota, Ochan… —se le quebró la voz—. Lo peor es que con todo lo que hemos pasado juntos no sé cómo gestionar que me haya echado de su vida de la noche a la mañana y haya pasado página así de fácil…

—No creo que seas un idiota, Izuku—le acarició el pelo Uraraka—. Que alguien te eche de su vida es muy doloroso. Y tampoco creo que esté mal tener sentimientos contradictorios… puedes estar feliz por su embarazo—se explicó—. Y también puedes estar enfadado porque te engañara. Ambas cosas son válidas si las sientes así. Lo que no debes es culparte por lo del bebé, eso no es justo.

Izuku meditó aquello. En el fondo su amiga tenía razón. Lo difícil era ahora no sentirse como se sentía. No despertarse por las noches pensando que toda la culpa era suya, por sus miedos y sus ausencias.

—No es la primera vez que me engaña con él—reveló entonces—. Pensé que era mi culpa por estar siempre ausente… por el tipo de relación que hemos tenido, casi siempre a distancia.

Su amigo parecía luchar por calmarse, en una larga lucha que se había prolongado demasiado.

—Con los meses he comprendido que simplemente no tenía valor para decirme que estaba enamorada de su mejor amigo. Y se me hace raro… pero no sé si puedo perdonarla. Nunca me había sentido así antes, pero estoy… furioso y dolido. No sé por qué me cuesta tanto aceptarlo.

Ochaco lo besó detrás de la oreja y apoyó la barbilla en su hombro.

—Pues porque eres demasiado bueno, Izuku—le dijo con una sonrisa sincera en los labios—, pero hasta los mejores héroes tienen sus sombras y no pasa nada. Yo también he sentido mucha ira en los últimos tiempos. Estás en todo tu derecho de estar enfadado, tienes motivos de sobra. El perdón llegará con el tiempo, te lo prometo.

Izuku creía saber a qué se refería. Lo que le habían hecho a Ochaco había sido terrible, sobre todo cómo los héroes le habían dado la espalda. Cómo él mismo no había estado para ella cuando más lo necesitaba. Le aterraba sacar el tema, pero algo le decía que no podía seguir huyendo de esa conversación. ¿Pero qué le iba a decir? ¿Qué lo sentía? ¿Eso era suficiente? Aunque ella no parecía molesta con él…

—Uraraka…—tomó valor—. Yo… quería pedirte perdón.

La chica lo miró sin entender.

—¿Perdón por qué?

—Por todo lo que te pasó…

Uraraka se movió, extrañada.

—¿Pero qué dices Deku-kun?

—Siento que de alguna forma, te dejé abandonada en el peor momento.

Ella sonrió triste y negó. Volvió a pegarse contra su espalda, colocando despacio sus manos a su alrededor, frente a él. Mostrándole eso que tanto le aterraba, que le congelaba la sangre.

—¿Qué ves cuándo ves mis manos? —dijo muy bajito, amable. La mirada perdida.

Izuku la miró. Era raro tenerla tan cerca, con su cálido aliento a unos centímetros. Aquella mujer era tan admirable… cómo pese a todo, tenía esa ternura y esa bondad en la mirada. Luego miró esas manos, esas que no había podido dejar de mirar en toda la noche.

—Veo tus manos—dijo limpiándose los restos de lágrimas.

Ochaco rodó los ojos.

—Vamos, Izuku—dijo amable—, puedes decirlo, no pasa nada. Creo que es evidente.

Izuku tomó aire antes de hablar.

—Veo tus manos… y un dedo amputado en cada una.

Ochaco suspiró, con un gesto triste.

Le faltaba por completo el dedo pequeño de la mano derecha y un trozo superior del dedo anular de la izquierda. Una forma casi poética de arruinar un matrimonio. Y una muy perversa de destrozar su don.

—Cuando me miro las manos…—empezó—. No veo sólo dos dedos amputados, sino la ojos de terror y sorpresa de mi compañera Izumi cuando le pegaron un tiro en la cabeza.

El corazón de Izuku se aceleró ante aquel recuerdo y la entereza con la que la había soltado su amiga.

—También veo la cara de Bakugo llorando mientras me cargaba en brazos y maldecía a gritos pidiendo una ambulancia. Siempre he pensado que tiene algo terrorífico, pero ese día me pareció un ángel.

Izuku no se atrevió a decir nada.

Estaba mudo. Un nudo enorme en el pecho.

Era cierto que había sido Bakugo el primero en encontrarla en aquel barco de carga. Quien literalmente le salvó la vida, porque cada hora contaba y en aquel momento a ella no le quedaban muchas…

—Lo que quiero decir es que cuando me veo las manos, siento que es un recordatorio—se explicó Ochaco—. Un recordatorio de lo arbitrario, peligroso e injusto que es el mal, pero también de la bondad infinita de los que arriesgan su vida por otros, de lo que es ser un héroe. Es un recordatorio que me dice que yo también sigo siendo una heroína, incluso cuando algunos duden sobre ello.

Hacía cuatro años de aquello.

Por aquel entonces Izuku ya se había traslado a América y trabajaba en el extranjero como muchos de sus compañeros. Ochaco por el contrario acababa de regresar a Japón tras años en Francia gracias a una beca. La idea era infiltrarse en una misión secreta para desmantelar una red de tráfico de personas y dones. Ella y su compañera hicieron de chivo expiatorio desde dentro, por varias semanas. El golpe estaba planeado desde meses atrás y todo apuntaba a que sería un éxito… hasta que hubo un chivatazo. Aquello se retransmitió en streaming. Cómo mataban en directo a la compañera de Ochaco y hacían una advertencia a los héroes. Por supuesto, los héroes no podían acceder al chantaje. Ante el terror, Ochaco había aceptado su muerte. Sabía que los héroes no negocian con terroristas. Y así fue como llegó el primer dedo a la comisión de héroes de Japón, el inconfundible dedo de ella, como un recordatorio de que el tiempo se les acababa. Y después llegó el trozo de otro.

La presión ciudadana y de sus compañeros puso en marcha una misión secreta de rescate en paralelo a la negociación. Izuku recuerda haber dejado todo para ir hasta allí. Nada importaba en el mundo si algo le pasaba a Uraraka.

—Ochaco…

—Izuku, tú nunca me has fallado—lo cortó muy segura y tranquila—. Sé que ese día estabas allí jugándote la vida como todos los demás. Y también sé que eres un buen héroe e hiciste lo que debiste, respetaste la misión por tus compañeros.

Izuku tragó salvia.

—Eso no cambia cómo me siento…

Ochaco suspiró, dejándose caer contra las paredes del Jacuzzi.

—¿Y cómo te sientes?

—Siento que no hice lo suficiente.

—Te cruzaste medio mundo para ir a una misión dónde no te habían llamado—le recordó Uraraka—. Para mí eso es suficiente.

Pero para él no.

Fue él quien se encargó de atrapar al líder de la mafia. Y quien acabó también en urgencias. Recuerda haberse despertado el en hospital con Bakugo sentado en una silla, haciendo guardia.

—¿Y Uraraka? —fue lo primero que preguntó.

—Está viva—le respondió algo ronco, con un tono bastante tranquilizador para ser él—, pero no está muy bien, está muy nerviosa—se hizo el silencio antes de que hablara—. No… no puede usar sus poderes.

Por supuesto, Izuku se desconectó de las máquinas con ayuda de Bakugo y salió corriendo a buscarla. Pero cuando llegó a su habitación no fue capaz de entrar. No fue capaz de entrar y decirle que no había llegado a tiempo.

Ella estaba abrazada a Kenji, su prometido de aquel entonces, llorando desconsolada, rota. Le habían rapado la cabeza y estaba cubierta de golpes, heridas, moratones y vendas. Tenía ambas manos escayoladas. Lloraba con tal desesperación que le rompió el corazón. Eso y la mirada que compartió con Kenji, que sí se dio cuenta de su presencia. Esa mirada que le decía que odiaba a los héroes por no haber llegado a tiempo. Esa que le decía que si tanto la quería, cómo le podía haber fallado de esa manera. Que no había luchado lo suficiente por ella. Que no se la merecía.

—No le des más vueltas—le dijo Ochaco al verlo tan taciturno, encerrado en sí mismo—. Lo que pasó pertenece al pasado Izuku y la vida continúa, yo seguí adelante.

—Es que me siento responsable de lo que pasó después, lo de tus poderes, lo de la comisión de héroes, la cancelación de tu matrimonio…

Uraraka lo cortó con una risa suave y amable.

—¿Pero qué dices Izuku? —se rio cariñosa—. No seas dramático, ni que te hubieses presentado en la iglesia en el último momento para decir que no me casara.

Aquello hizo que se sonrojara.

—Bueno, dicho así…

Ochaco fue noticias durante semanas después del incidente. Al principio todo eran palabras de agradecimiento y milagro, luego rumores sobre que había perdido sus poderes y por último escándalos de que había cancelado su boda a tres semanas de celebrarse.

Aquello se hizo debate público, sobre si la heroína había cancelado por lo que había pasado, por problemas en su relación o porque quería dejarse crecer el pelo. Ochaco siempre había dado mucha caña a la prensa diciendo que no le importaba cómo se veía su cuerpo, que no quería hacer campañas de lencería porque no estaba cómoda con eso y que todas debían quererse tal y como era. Así que el tema de su pelo y sus dedos abrió debates a que era una hipócrita.

Izuku ni siquiera había tenido el valor de preguntarle personalmente a su amiga. Sólo había seguido la noticia desde la distancia, agradecido de que al menos con el tiempo su amiga recuperara los poderes… aunque su carrera y matrimonio se fuera al traste.

—Cancelé mi boda porque Kenji me dijo que me retirara.

—¿Qué te retiraras?

—Sí, solía pedírmelo muy a menudo. Él nunca ha entendido mi profesión, es feliz siendo contable… y eso me gustaba de él—recordó Ochaco—, pero un día todavía en el hospital, estábamos mirando muebles para la casa y me dijo textualmente: 'Ochita —la chica intentó imitar su voz—, ¿y qué tal si tu padre nos ayuda con los muebles? Como tendrás mucho tiempo para estar en casa, podríais tomar medidas y hacer algo juntos. Lo mismo la carpintería puede ser una nueva vocación antes de que lleguen los niños'.

Izuku arrugó los ojos, confuso.

—O sea, él daba por hecho que con lo que me había pasado había terminado mi carrera y que cuando nos casáramos al fin me iba a retirar de ser heroína para ser esposa y madre—se explicó Ochaco—. Izuku, ¡acababa de pasar por la experiencia más traumática de toda mi vida! No quería paz, ni medir muebles, ni ponerme a parir hijos—expresó rotunda—, ¡quería y necesitaba recuperarme! Quería volver a estar fuerte, poder usar mis poderes con los dedos que me quedaban y que me volviera a respetar la comunidad de héroes. ¡Que la gente dejara de mirarme con lástima! Nadie mira a los héroes con lástima, ¡por qué a las heroínas sí! ¿Alguna vez te han mirado con lástima porque te partieras los dedos? ¿los brazos? ¿las piernas? ¡A mí sólo me faltan dos malditos dedos! No me pasaba nada malo.

—Lo siento…

Ochaco tomó aire, calmándose.

—Ay Dios Izuku, perdona… —dijo entonces, llevándose la mano al tabique de la nariz—. Me he alterado un poco.

—Es normal, no te preocupes…

Se hizo un silencio raro.

—Por un momento he pensado que me ibas a pegar—se animó a bromear Izuku para quitarle importancia.

—¿Qué? —se rio— ¡Pues ahora verás!

Ochaco sonrió, abalanzándose sobre él.

Cuando Ochaco había dicho que estar con Izuku la hacía volver a tener diez años lo decía totalmente en serio. No se explicaba sino cómo, después de abrirse en canal y hablar sobre las peores experiencias de sus vida, habían terminado haciéndose 'ahogadillas' en un jacuzzi, o haciéndose llaves de Karate.

—Mira, tú me das la mano así… y pones el pie ahí —le había explicado Ochaco—. Relaja los hombros.

Por supuesto, tras cuatro inmovilizaciones, dos luxaciones, caídas y forcejeos, ambos recordaron:

Que Izuku estaba herido.

Que tenían más de treinta años.

Que estaban prácticamente desnudos.

—¿Te he dicho alguna vez que Kenji viene de una familia súper rica y conservadora que quería celebrar una boda sintoísta tradicional?

Izuku negó, abrumado por ella y por la segunda copa de champán de la noche. Habían decidido tácitamente que no iban a hablar ni de Melissa ni de la comisión de héroes que había echado a Ochaco hasta su reincorporación al servicio de inteligencia. No querían terminar la noche así. Aquella noche era para ellos, no para sus fantasmas.

—Dime que tienes fotos…—pidió Izuku al escuchar aquello.

Sin saber muy bien cómo acabaron en la misma postura que antes sólo que a la inversa, con Ochaco echada sobre el pecho de Izuku, mientras le enseñaba en el teléfono las fotos del ensayo de su boda.

—Por dios, ¡mira cómo era mi traje de novia! —le había dicho Ochaco, con su bonita risa.

—¿Qué es lo que llevas en la cabeza? —preguntó confuso Izuku, quien venía de un entorno más occidental dentro de su propio país. Eso por no decir que llevaba casi ocho años viviendo en occidente.

Su madre ni siquiera se había casado y él lo había hecho en el juzgado de Los Ángeles con su traje de héroes porque habían tenido una urgencia de última hora. Era raro reencontrarse con la cultura de su propio país después de tanto tiempo.

—Es un tsunokakushi—le explicó Uraraka—. Significa literalmente 'Escondite de cuernos'. Se supone que simboliza que la mujer oculta su egoísmo y celos para mostrarse pura y gentil al marido. Ya ves tú… Le tenían que haberle puesto uno a él en la cabeza.

Izuku no lo reconocería en voz alta, pero la Uraraka adulta y mordaz era bastante divertida. Siempre lo había sido, pero el descaro de la edad le había sentado bien.

—¡Que te liaste con Mei! —gritó al rato ella, ante tal confesión que soltó Izuku.

—No exactamente, fue ella la que me besó en un baño…

—¡Pero Izuku! ¿Quieres dejar de atraer mujeres en baños públicos? ¿Y Melissa?

El chico estaba rojo como un tomate. Rememorar vivencias de esas era bastante comprometedor, no sabía ni por qué habían sacado ese tema.

—Fue de aquella vez que lo dejamos, cuando lo del tornado—intentó explicarse Izuku—. Y no fue nada… ¡sólo un beso! Tú te besaste con Iida una vez y yo no dije nada.

Ochaco abrió los ojos sorprendida y divertida. ¿En serio Izuku se acordaba de esa tontería?

—¿Acaso estás celoso? —soltó indignada—¡Eso fue una apuesta y lo sabes!

Luego sacaron su tema favorito.

—Sigo asimilando que Bakugo sea un icono gay.

Ochako era incapaz de contenerse, riéndose en los brazos de Izuku.

—En serio, en América es súper famoso— quiso dejar claro Izuku—. Hay hasta camisetas con su cara con el color de la bandera gay.

—Deberías verlo en la agencia… con la mala leche que tiene y luego lo mono que es con Tiago. Realmente está colado de ese chico.

Cuando aquello salió a la luz fue un escándalo en Japón. Katsuki, de entre los cinco primeros del ranking en la lista de héroes, pillado besándose apasionadamente con un médico de urgencias en el lugar de un ataque.

La foto había dado la vuelta al mundo.

A los pocos minutos estada en todas partes: en redes, en camisetas, en memes, en portadas de revistas... Todo el colectivo había alzado la voz y habían reclamado a Katsuki Bakugo como el icono gay que necesitaban, incluso cuando él mostraba un tipo de masculinidad socialmente bastante aceptada. Pero estaba en lo alto del ranking y eso era suficiente para dar visibilidad. Todas las cadenas querían entrevistarle:

—¿Qué opinas al ser un nuevo Icono entre los jóvenes? ¿Cómo piensas defender la libertad y derechos del colectivo?

—¡A mí dejadme en paz!—había respondido de malas maneras—. Yo no quiero ser ningún puto icono. Lo que quiero es que dejéis de meteros mi jodida vida privada.

Esa frase sigue a día de hoy en muchas camisetas. Al igual que lo que dijo después:

—No creo que que me gusten los rabos tenga que ser noticias y si lo es tenéis un puto problema. Si tanto os importa el colectivo, preocuparos más por pensar por qué he bajado veinte puestos en el ranking de la noche a la mañana en vez de con quien me acuesto.

Y en aquello tenía razón, porque la sociedad japonesa, al igual que muchas otras, tenía un problema de raíz que tenía que hacerse mirar.

—La verdad que nunca imaginé que Katsuki acabara con alguien así—dijo Ochaco—. Tiago es tan encantador, tan dulce, tan alegre… Y Bakugo es...bueno…

—Bakugo—concluyó Izuku, riéndose—. Kacchan nunca cambiará.

Sí, nadie se explicaba cómo Bakugo había acabado con Tiago. Con un filántropo y comprometido médico de urgencias brasileño ocho años mayor que Katsuki. Tan guapo, tan alto, tan moreno… y sobre todo tan dispar al rubio en todo.

—Son la pareja perfecta—había terminado por resumir Uraraka.

Después de toda la charla, todo el alcohol y todas las emociones, se quedaron en silencio. No es que se les hubiese acabado el tema de conversación, de eso tenían para cinco días más al igual que un terrible Jet Lag, pero simplemente prefirieron quedarse en silencio. Estar en el presente. Sentirse.

Era raro tener al otro tan cerca después de tanto tiempo y que se sintiera tan cómodo, tan extrañamente normal.

Ochaco jugó con las manos de Izuku como había hecho en el taxi, dibujando con sus dedos las cicatrices del chico. Sintiendo la aspereza de sus palmas, la firmeza de sus brazos. También lo arrugados que estaban ambos después de tanto rato en el agua. Luego cerró los ojos, apoyada contra su pecho y se concentró en el calor que emanaba su cuerpo rodeándola. Su olor y esa agradable sensación que tenía siempre que estaba con él.

Izuku se relajó cuando ella se echó contra él, en calma. Sentía tanta paz en ese instante. Por un momento se permitió dejar de estar en su vida como un espectador y terminó por abrazarla con la cintura. Porque eso quería, abrazarla. Y ella entrelazó sus manos con él, aceptando aquel abrazo tan cálido. El vientre de ella subía y bajaba con el compás de la respiración tranquila, meciendo aquel instante.

Izuku nunca había sentido nada así como ese momento.

Fue entonces que algo le llamó la atención y posó su mano en una de las piernas de Ochaco, confuso. Su muslo era tan suave. Tenía unas piernas preciosas, nunca entendería por qué su amiga siempre se empeñaba en taparlas.

—Nunca te había visto esta cicatriz…—paseó los dedos Izuku por la cara interna de su muslo, hasta la ingle.

Tenía una forma realmente rara, como de ocho o serpiente rizada y se le extendía de manera irregular desde la ingle hasta casi la rodilla. Parecía muy profunda y antigua. ¿Cuándo y con qué se había hecho eso? Era la primera vez que se la veía.

Ochaco se rio contra él, dulce.

—Eso es porque nunca nos habíamos visto con tan poca ropa, Deku-kun…

Izuku notó el calor abrasador subirle desde la boca del estómago hasta el corazón. Apartó la mano de inmediato, pensando que qué demonios estaba haciendo tocando a su amiga con esa confianza.

—¡Perdona! —se disculpó muerto de vergüenza, pensando en apartarse, aunque Uraraka no le dejó.

—¡Oh vamos, Izuku! —le riñó divertida, llamándolo por su nombre—. Que hace más de quince años que nos conocemos. Me has visto vomitarte sangre encima, creo que hay confianza suficiente como para que me toques la ingle sin que me escandalice.

—Perdón—volvió a disculparse Izuku, nervioso—. Es que no quiero hacerte sentir incómoda.

—¿Tú estás incómodo? —preguntó Ochaco.

Izuku meditó aquello. Se estaban abrazando y acariciando prácticamente desnudos dentro del Jacuzzi de la suit de un hotel. De hecho, él estaba medio empalmado desde hacía rato y dudaba que con aquella postura y esos calzoncillos tan poco discretos Uraraka no se hubiese dado cuenta ya de aquello. No obstante y contrariado, se sentía terriblemente cómodo con ella. Exhaló.

—Ochan yo… yo no me he sentido así de cómodo con nadie en toda mi vida —confesó con timidez, buscando la mirada de ella.

Pese a parecer que había tenido el control toda la noche, Uraraka se sonrojó hasta las orejas cuando Izuku la miró y le dijo aquello.

—Es sólo que… —intentó seguir él, incapaz ahora de mirarla—, me… me da miedo estropearlo.

El chico no sabía si eran las burbujas o el corazón de Uraraka lo que sentía palpitando en pecho.

—¿Estropear el qué? —preguntó Ochaco, sabiendo que estaba avanzando hacia un lugar de no retorno.

Izuku tragó antes de hablar.

—Lo… lo que hay entre nosotros.

Lo que hay entre nosotros.

De repente ella parecía agitada. Tomó aire y se movió incómoda. Izuku se apartó levemente para dejarle algo despacio, sobre todo porque la chica se puso de pie y salió del Jacuzzi. La vio ponerse el albornoz, llenarse una copa del licor que no habían abierto y bebérsela de golpe. Carraspeó antes de hablar.

—Creo… que me voy a dormir, estoy cansada—sentenció.

Aquella reacción hizo que saltaran todas las alarmas de Izuku, quien salió también del jacuzzi.

—Oh tranquilo, Deku-kun, puedes quedarte un rato más si quieres—quiso hacerle saber ella, aparentando falsa normalidad, llenándose un segundo trago—. Te dejo un hueco en la cama, es tarde para volver a casa… pero no te preocupes, es bastante grande, intentaré no molestarte. ¡Una vez me duermo caigo muerta!

Izuku simplemente la miró serio, ligeramente contrariado y molesto. ¿A qué venía esa reacción?

—¿Te ha molestado algo de lo que dicho? —preguntó sin vacilar, angustiado.

Uraraka bajó la mirada avergonzada, negando con la cabeza.

—Izuku, dejemos la conversación aquí por favor—pidió, en una mezcla de tristeza y cansancio—. Yo tampoco quiero estropearlo…

Algo hizo click en la cabeza de Izuku en ese instante. Y tomó aire. Mucho aire. Y el aire le llegó por primera vez a la cabeza en meses. Se pasó las manos por el pelo mojado, pensativo.

Ochaco lo miró algo insegura, apretándose el cuello del albornoz.

—Deku-kun…—hizo amago de hablar ella—. Creo que esto ha sido un error.

La mirada esmeralda de Izuku se le clavó como un clavo ardiendo. No sólo había sorpresa en su mirada, sino un ligero temor.

—¿Un error? —consiguió que las palabras le salieran del pecho.

Ochaco empezó a ponerse nerviosa, incapaz de sostenerle la mirada.

—O sea, dicho así suena horrible—intentó justificarse—. Y no es lo que pienso para nada…Quizás error no es la palabra—se recogió el pelo detrás de las orejas—, me ha encantado verte hoy…

—¿Pero? —preguntó Izuku, con el corazón en un puño.

—Pero siento que pedirte que vinieras no ha estado bien—aquello último no lo dijo muy convencida, entrando en una especie de conflicto—. O sea, sí ha estado bien, quería pasar un rato más contigo y que habláramos tranquilos, en privado. Quería, no sé, estar contigo a solas…

Izuku soltó el aire despacio, con una sonrisa triste. Sobre todo cuando vio que los ojos de Uraraka se ponían vidriosos.

De alguna forma, aquello lo hizo empezar a despertar de un largo sueño. Comprender que ella no había entendido a qué se refería cuando había mencionado lo que había entre ellos dos.

—…tenía tantas cosas que contarte y ¡caray! Soy una amiga pésima, con todo lo que te ha pasado este tiempo y no he estado ahí para ti… me concentré en mi vida y me alejé de ti no sé muy bien por qué…—aunque claro que lo sabía—. Los amigos no se hacen eso y tú siempre has sido mi mejor amigo…

Siempre duele ver el amor en una mirada que no va dirigida para ti.

—Y… de verdad que prefiero que no hablemos del tema—intentó coger aire Ochaco, apretándose con más fuerza el cuello del albornoz—. Mejor vámonos a dormir. No quiero estropear la noche de hoy, para mí ha sido muy especial, lo que hay entre nosotros siempre ha sido muy especial y…

Izuku soltó el aire antes de acercarse a Uraraka.

Sin dudas.

Sin el temblor que siempre había tenido en su presencia, con el corazón lleno de certezas.

Le quitó la botella de licor de la mano y la dejó en el poyete del lavabo, cortando su discurso. No es que fuese bruto ni agresivo el gesto, pero a Uraraka la pilló completamente desprevenida. Sobre todo esa repentina cercanía.

—¿Qué haces? —dijo extrañada e hiperventilando, sorprendida.

A unos centímetros de él. De Izuku.

—Pues estropearlo todo de una vez—susurró Izuku con obviedad y una sonrisa, apartándole el pelo de la cara y cunando el rostro de ella entre sus manos.

No tuvo mucho tiempo de reaccionar cuando Izuku la atrajo hacia él y la besó dulce en los labios.

Y aquello hizo templar la tierra, como un volcán que entra en erupción.

Como si el epicentro de su cuerpo ardiera y gritara por salir ahí fuera, amenazando con quemarlo todo a su paso.

El contacto fue algo tímido y superficial al principio, pero la embriaguez del momento hizo que sus labios se abrieran deseosos de probarse, de acariciarse, de dejarse querer de una vez por todas.

Y aquel beso se hizo profundo, borracho, húmedo y algo desesperado. Izuku no apartó las manos de Uraraka, pero sí que la sujetó con más fuerza, enredándose en su pelo. Y ella le correspondió al beso con efusividad, suspirando, abriendo los labios y dejándolo entrar. Lamiendo su lengua, aferrándose a su espalda mojada para no dejarlo escapar.

Porque aquella era su nueva misión, no dejar escapar de su vida a Izuku nunca más. Aunque siendo sinceros, Izuku no iba a poner resistencia alguna, estaba rendido a ella desde que la vio sonreírle a la entrada del congreso. Y nada en el mundo iba a alejarlo de ella en ese instante.

Bajó las manos y la rodeó por la cintura, pegándola a su cuerpo. Quería emborracharse de ella, de su colonia de vainilla, de su piel de melocotón, del sabor de sus labios de caramelo. Porque Uraraka sabía a licor, a noche y a hambre. Una tan grande como la necesidad de sus cuerpos, de su cercanía. De eliminar toda la distancia y kilómetros que habían puesto entre ellos con los años. Una distancia que no recordaban y que claramente les molestaba en ese momento.

Separaron los labios para coger aire y mirarse, sin atreverse a soltar al otro.

—Ochaco yo…—susurró Izuku muy bajito, intentando decir algo.

Ella pegó su frente a la de él.

—No digas nada—pidió con una sonrisa, volviendo a besarle.

Y aquel beso ya no tuvo nada de tímido o inocente. Era un beso lleno de deseo, una rotunda declaración de intenciones. Tal vez por eso las manos torpes comenzaron a recordar una danza bastante primitiva. Un camino que los dos ya se sabían.

Para sorpresa de ambos, fue Izuku quien tomó la iniciativa, desabrochando el nudo barato que su amiga le había hecho a ese albornoz de hotel. Lo abrió con suavidad, sin dejar de besarla y metió sus manos dentro, para abrazarse a su piel.

—Ah…—suspiró Uraraka contra su boca, en una risa muy cortita.

—¿Tienes frío? —preguntó Izuku, al notar su piel de gallina.

Y es que toda ella templaba, todo su cuerpo se había erizado como las agujas de un imán que encuentra a su polo opuesto. Toda su piel ardía ahí dónde Izuku la sujetaba con esa fuerza, esa firmeza. Con la comodidad del cariño y la extrañeza de las manos ajenas.

Uraraka negó despacio a su pregunta, moviendo los hombros con agilidad para deshacerse del alborzo, que cayó a sus pies. Lo apartaron a un lado sin mucho mimo y siguieron besándose, aferrándose al cuerpo ajeno. Devorándose, buscando saciar lo insaciable. Y tocándose. Tocándose cómo nunca se había tocado, cómo nunca habían imaginado poner las manos encima del otro.

En aquella lucha, acabaron topándose con el lavabo e Izuku sin pesarlo demasiado levantó a Uraraka y la sentó en el poyete.

—¡Dios esto sí que está frío! —se quejó ella de inmediato, riéndose con su bonita risa contra su oreja y abrazándose a Izuku.

—Perdona—se disculpó el chico—Me he dejado llevar.

No tuvo tiempo de decir nada más cuando ella lo atrapó entre sus piernas y lo envolvió con su calor.

—Pues dejémonos llevar…—lamió su oído sensual y coqueta, acariciando su nuca.

Aquello fue una grata invitación a perder la cordura, así que Izuku abandonó definitivamente la poca sensatez que le quedara aquella noche. Si pensaba echarse atrás en algún momento… ese momento ya había pasado.

Enterró ávido la lengua en su boca y luego la abandonó para lanzarse a su cuello. Decidió que aquella madrugada pensaba saborear todo el cuerpo de Uraraka Ochaco. Sin miedos ni complejos. No pensaba perder más el tiempo, no pensaba alejarse de ella nunca más. Y pensaba aferrarse a ese momento, a su calor, a su piel que lo acariciaba con esa devoción y ese cariño que tanto le dolía en el corazón. Le dolía tanto haber estado tan lejos de aquella mujer… sobre todo ahora que correspondía a sus besos con la misma certeza que él. Con la certeza de que Ochaco lo quería con ella, que quería besarlo con las mismas ganas, acariciarlo, rodearlo con sus piernas… Y él quería probar todo de ella, tocarla, recorrerla, besarla, lamer todo de ella. Quería, literalmente, comérsela.

—Oh, Izuku…

Oírla suspirar fue casi un castigo y más estando preso entre sus piernas. Notando cómo la humedad de su mojada ropa interior se calentaba, cómo su propio deseo dejaba de caberle en los calzoncillos. Cómo Ochaco lo abrazaba y lo enterraba contra ella, cómo le acariciaba la nuca, la espalda, el culo…

La chica acabó echando la cabeza hacia atrás, aferrándose al pelo de Izuku. Dejando que él la lamiera, la mordiera, la besara… Siempre imaginó a su amigo como alguien tímido o inexperto en aquella cuestiones, pero cuando notó como él le desabrochaba el sujetador con una sola una mano, se dio cuenta de lo equivocada que estaba.

Ninguno de los dos era ya un niño. Y ambos sabían lo que querían.

Si Izuku pensaba que Uraraka era perfecta, verla así expuesta para él fue cómo toparse con un ángel que había caído del cielo para arrastrarlo hasta el infierno. Y él estaba dispuesto a caer esa noche.

Siguiendo el hilo de saliva que había dibujado en su cuello, continuó descendiendo desde su clavícula hasta sus pechos, encarándose con sus rosados y perfectos pezones. Besándolos, mordiéndolos, haciéndola suspirar, gemir. Amasándolos con alevosía con la rugosidad de su manos. Eran tan tersos, tan suaves, tan cálidos y demandantes…

—Izuku…—lo llamó Ochaco casi sin voluntad—.Ven—lo tomó de la barbilla.

Y él obedeció si cuestionarla, volviendo sediento a su boca. Recorriendo la suavidad de sus piernas, apretándose contra su humedad. De hecho, fue la propia Ochaco la que recortó distancia con él, abrazándose a su espalda, contorneándose contra su cálido cuerpo.

También fue la que puso después algo de aire entre sus cuerpos, acariciando sus pectorales, probando con sus dedos la firmeza de su abdomen, contorneando por encima de la tela su apretada erección.

—Ocha…—suspiró el chico, sobreestimulado.

Esa era una línea delicada a cruzar.

Pero esa advertencia no llegó a ninguna parte. Y Ochaco empezó a acariciarle la erección sobre la tela, bajo los suspiros de Izuku que empezó a ponerse rojo de vergüenza y excitación a partes iguales. Que su amiga lo tocara ahí le resultaba raro, pero también lo más excitante que le había pasado nunca. Y a ella parecía gustarle, al menos ver al contenido de Izuku tan fuera de control, besándola desesperado, moviéndose contra la mano de ella.

Al final se abrió paso entre la tela, metiendo la mano hasta dar con la carne de su erección. Palpitante, caliente, húmeda. Suplicante. Izuku se reprimió un gemido entre dientes al verse envuelto por su suave mano, completamente rendido. Enterró la cabeza en su hombro. Ella sonrió traviesa.

—Izuku—lo llamó para que la mirara a los ojos, demandante, masturbándolo con una suavidad abrumadora—. Vamos de una vez a la cama—le pidió.

Con menos voluntad que un esclavo, asintió. La alzó entre sus brazos y dejó que sus piernas se aferraran a su cuerpo, que los pasos los guiaran en automático hasta la cama, porque ellos dos estaban demasiado ocupados besándose con un salvajismo muy poco natural de su carácter amable.

Ochaco perdió la respiración al caer sobre la cama, pero la recuperó tan pronto el peliverde se recostó sobre ella.

—Ay, espera—dijo ella, con la sonrisa tonta.

Izuku le dejó un poco de espacio, viendo como la chica sacaba de su espalda un cepillo de dientes y unas pulseras. ¡Maldita ella y su caos vital!

Por alguna razón, Izuku no pudo evitar sonreír como un bobo.

—¿Te ayudo? —se ofreció él.

—No hace falta—dijo la chica, dándole una patada y echando fuera de la cama la mitad de las cosas—. Tenemos un asunto más urgente que atender.

E Izuku estuvo totalmente de acuerdo. Tanto que decidió seguir con su labor de hacer suspirar a aquella mujer, como si fuera su única labor en la tierra. Y volvió a rehacer su camino de besos por su cuerpo, por su piel suave llena de valles y curvas, de cicatrices y aroma a vainilla. Y ella se deshacía debajo suya, se derretía, se contraía, se humedecía y se apretaba contra él. Y también se dejaba apretar, porque Izuku ya había perdido toda timidez inicial y no se reprimía de tocarla, de acariciar y besar sus pechos, de contornear sus caderas, sus muslos mojados, su apretadas nalgas. De rozarla con los dedos por encima de la única tela que llevaba. Se hacerla suspirar. De querer escucharla gemir.

Uraraka elevó las caderas cuando Izuku tiró de sus bragas para quitárselas. Le costó más que el sujetador. Al haberlas usado en el Jacuzzi estaban bastante mojadas y se le pegaban a los muslos.

—Joder…—llegó incluso a blasfemar el bueno de Izuku, bajo la risa burlona de ella.

Las lanzó sin ningún mimo hacia alguna parte del caos y calló la risa de su amiga con un beso húmedo y caliente. Aquello pareció encenderla, porque sin dudarlo agarró el trasero de Izuku, obligándolo a apretarse contra ella para frotarse contra su erección. Para mojarse con aquella fricción insoportable, con aquella tensión dilatada y sofocante. Lo quería dentro de ella. Lo deseaba. Lo había deseado siempre. Y los gemidos ahogados de Izuku corroboraban que era bastante mutuo.

—Quítatelos de una vez—ordenó casi en una súplica, lamiendo su cuello, metiendo las manos por debajo de la tela y palpando aquel regalo de los Dioses de Izuku tenía como culo.

Ahogado, obedeció, poniéndose en pie para quitárselos. Seguían siendo ridículos con aquella cara de All Might falso, pero Uraraka tenía cosas más importantes en las que pensar cómo en lo que había debajo de ellos.

Sin duda, Izuku tenía muchos dones. O eso pensó ella cuando aquella prenda cayó al suelo.

El chico volvió a posicionarse sobre Ochaco, pero al contrario de lo que deseaba la castaña en su desesperación, él regresó a sus pechos y siguió bajando peligrosamente por su vientre, por sus muslos, dejando un hilo de saliva que dibujada un camino sinuoso y bastante concreto. Desde su ombligo hasta enterrarse en su centro de gravedad.

—Eh…Iz… Izuku… —atinó a decir su nombre.

Luego se le olvidó qué iba a decirle. ¿Qué parara? ¿Qué no hacía falta que hicier…

Uraraka se agarró a su pelo en cuanto notó la lengua de Izuku lamerla. Cuando su labios la acariciaron de aquella manera y su lengua entró hábil en ella. Tuvo incluso que morderse para evitar gemir como una poseída al notarlo succionar su clítoris con aquella suavidad enfermiza. Aquello era peor que una tortura, porque se sentía tan increíblemente bien que pensó que sería capaz de correrse en su boca y eso que acababan de empezar. E Izuku parecía bendecido con ello, con la posibilidad de beber de una diosa. Porque no había mayor placer que escuchar a Ochaco Uraraka gemir de placer ni mejor sensación que la vibración de su cuerpo, de sus manos aferradas a su pelo, del calor de aquella zona que invadía sin piedad con su lengua. Tan suave, tan caliente, tan húmeda.

La probó de arriba abajo y de dentro a afuera, buscando el lugar que la hiciera estremecerse. Luego se separó algo tímido, susurrando contra ella.

—¿Puedo?—preguntó.

Ella asintió y gimió como respuesta, así que Izuku aprovechó también para mojarse un par de dedos e invitarlos a jugar, frotando su clítoris, introduciéndolos ahí donde se acababa el mundo. La chica se contrajo, succionándolos, perdida en aquella maldita tortura.

—¿Te gusta así?—fue lo único que escuchó salir de los labios de Izuku, ronco y tímido, sin dejar por ello aquella labor que tan bien se le daba.

Quién lo diría.

—S…sí—silbó Uraraka con gran esfuerzo.

El calor se hizo sofocante ahí abajo a ritmo de dedo. Y Uraraka empezó a mojarse en exceso, no solo de la saliva de Izuku, sino de ella misma. Aquello era demasiado. El simple hecho de que Izuku fuera el responsable de todo aquello ya hacía que le hormiguearan los pies, pero escucharlo suspirar contra ella, con su cálido aliento, su suave lengua, en mitad de aquel sonido obsceno de humedad y de golpeteo hizo que no pudiera más. De su dedo entrando y saliendo con aquella violencia certera, de su boca devorando su clítoris. Literalmente era imposible que pudiera contenerse, que no fuera a explotar. Y empezó a hiperventilar, a gemir sin control, a sentirse abrumada, sin aire, a contraerse. Como un volcán que hierve antes de estallar, como un árbol que oscila antes de partirse por un rayo, como la tierra cuando vibra antes de abrirse en dos.

E Izuku lo sintió y aumentó el ritmo.

—Joder, me voy a correr—maldijo entre gemidos ella, aferrándose con fuerza a la cabeza del chico, enterrándolo más en ella.

Y él no necesitó más instrucciones. Empezó a penetrarla más rápido con los dedos mientras la succionaba sin piedad. Mientras su piernas lo atrapaban y se movía espasmódica y su pelvis se elevaba hacia la electricidad.

Oír gemir a Uraraka contraída en el orgasmo fue sin duda una de las experiencias más eróticas de toda su vida. O al menos eso pensó Izuku cuando sus dedos se mojaron de ella.

Al rato sus piernas dejaron de retenerlo y sus manos perdieron fuerza. La presión que ejercía con sus dedos se transformó en una larga caricia que jugaba con los rizos de su pelo verde. Y respiraba errática, con su bonita piel erizada.

Izuku sacó los dedos de ella y besó su humedad antes de separarse un poco.

A su alrededor, la gravedad había desaparecido.

Literalmente.

O al menos eso descubrió el chico al ver cómo la mayoría de objetos de la habitación levitaban en el aire, junto con la maleta y la ropa que antes estaba esparcida por el suelo.

—No sabía qué podías hacer eso…—dijo fascinado Izuku, mirando a su alrededor.

Uraraka rio con suavidad, retomando el aire, con las mejillas sonrosadas.

—Yo tampoco sabía que tú podías hacer eso—bromeó.

Izuku se puso rojo hasta las orejas, observándola desde su vientre. Uraraka le acarició la cara con suavidad y lo atrajo hacia ella para besarlo. ¡Qué bonitas eran las pecas de Izuku!

Se besaron despacio, probándose en boca ajena. Izuku sabía a ella y a sales de baño. Tenía los labios hinchados, su cuerpo hirviendo y la erección palpitante contra su vientre. Se notaba que estaba ansioso, pero no se lo quiso hacer saber.

Fue Uraraka la que rompió el beso.

Kaijo—susurró muy bajito, juntando las manos alrededor de Izuku.

Las cosas empezaron entonces a descender, pero muy despacio y de forma gradual, como si la gravedad se restaurara en ellas de forma progresiva. Izuku por supuesto estaba maravillado. Todo le fascinaba de aquella mujer. De su progreso, esfuerzo y trabajo duro.

Uraraka se enredó entonces en su cuello y comenzó a contornease debajo él. Besándole la oreja, envolviendo su pene entre sus dedos, haciendo que Izuku perdiera la respiración.

—¿Quieres que baje y te devuelva el favor?—preguntó sensual.

Realmente Izuku no podía pensar. ¿Qué le devolviera qué? Estaba demasiado mareado de la excitación.

—No… —consiguió decir abrazado a ella, moviéndose contra su mano—. No quiero eso.

La sola idea de que Ochaco quisiera chupársela era suficiente para que se corriera. Y prefería reservarse eso a otro momento. Ahora quería disfrutar del calor de su cuerpo envuelto al suyo. De abrazarla.

—¿Y entonces qué quieres? —subía y bajaba su mano ella.

Las manos de Uraraka eran tan suaves… Se iba a volver loco si no paraba de masturbarle.

—Ufff….Quiero follarte—dijo sin dudas, moviéndose más rápido contra su mano.

Por supuesto, al decir aquello despertó de la ensoñación. La sangre le hirvió en las mejillas y en la punta del pene. Y buscó la mirada de Uraraka avergonzado por haberle dicho aquello.

—Só…sólo si tú quieres, claro—añadió lo más rápido que pudo—. No tenemos que hacerlo si tú no quieres… Por qué tú quieres, ¿no? Si no quieres no pasa nada…

Uraraka rio suave, callando sus dudas con un beso encendido. Y fue una respuesta bastante concisa.

—¿Te importa si lo hacemos con condón? —preguntó entonces Izuku.

Ella sonrió.

—Mejor, sí.

Izuku se levantó raudo y regresó con varios. Le preguntó casi templando si Uraraka prefería algún sabor, pero la chica sólo se rio, diciendo que no creía poder saborearlo con la vagina. Eso lo puso nervioso. Nervioso y rojo como un tomate. Uno que Uraraka quería comerse.

Al final acabó siendo ella la que le puso el condón y quien lo abrazó para envolverlo con sus piernas. Para rodearlo mientras se hundía en su boca. Para sentir el peso de Izuku sobre ella, su respiración errática, su deseo.

—¿Estás bien? —le preguntó con cariño al ver que Izuku se movió algo raro.

Suspiró.

—Perdona—se disculpó él—. Es que me duele un poco la herida tumbado así.

Izuku se llevó las manos a su miembro, intentando que el dolor no le bajara la erección. ¡Su cuerpo no podía hacerle eso!

Pero Uraraka Ochaco era una mujer de acción.

Izuku tenía que admitir lo buena que era su amiga tumbando a cualquiera, fuera y dentro del agua. Cómo con un solo movimiento de sus piernas lo había tirado a él contra el colchón y se había subido encima suyo. No sólo dejándolo inmóvil, sino también sin aliento.

Y ahí estaba ella, dibujada por las primeras luces del día y delimitada por las últimas sombras de la noche de Hong Kong. Fuerte y atlética, curva y suave. Con el pelo corto y salvaje, las mejillas rojas, los ojos sensuales y los labios húmedos. Retándole con una sonrisa, tímida y valiente. Feroz y tierna. Húmeda moviéndose contra él.

—¿Mejor así? —le preguntó cómplice, con la voz ronca.

Él asintió, perdiendo por completo la gravedad. Flotando en la nada, guiado por ella. Por la mujer más hermosa y poderosa de la faz de la tierra.

—Eres preciosa, Ochaco.

Su sinceridad la hizo sonrojar. Y ambos se buscaron de manera casi automática, para abrazarse. Con los brazos abiertos, de corazón a corazón.

—Tú también, Izuku—lo besó en la mejilla ella, luego tomó su miembro con suavidad—. Avísame si te duele, ¿vale?

Y entonces Uraraka lo guió a su entrada y se lo metió dentro.

Estaba tan mojada que para sorpresa de ambos fue una penetración profunda. Una que se intensificó cuando Uraraka se irguió encima, llenándose por completo de él. Suspiraron en un gemido ronco, acostumbrándose al cuerpo del otro, a la calidez abrumadora, al tacto y a la humedad. Y aquello se sentía tan maravillosamente bien… tan perfecto. Izuku la miró hipnotizado, embrujado por ella y sus bonitos ojos, esos que lo miraba como nunca lo había mirado nadie.

Y entonces Ochaco comenzó a moverse.

No es que en ese momento se les acabara la ternura, pero aquello subió de nivel. De hecho, saltó varios niveles de golpe. Se les acabó el aire y se le calentaron los bajos. Les terminó por dominar el deseo y la necesidad. O al menos Izuku pensó que se le fue la cabeza y se dejó dominar por el salvajismo. Y se besaron sin tregua, se mordieron en la cara y en el cuerpo, se lamieron los dedos, se agarraron a la piel del otro en un vaivén casi enfermizo. Porque eso necesitaban, poseer al otro. Tenerlo dentro y meterse hasta lo más recóndito. Saciarse y calmar el hambre.

Uraraka se frotaba contra él y gemía obscena, mirándolo, tocándose y dejando que Izuku la tocara, que amasara sus pechos, flotara su clítoris y agarrara su trasero; que reclamara el control en varias ocasiones. Los besos se hicieron torpes y las penetraciones necesitadas, abusivas, profundas. La chica se contorneaba encima de él, moviendo las caderas, profundizando, frotándose, lamiendo los dedos de Izuku, su pecho, su cuello, sus pezones… Realmente el chico estaba 'bueno'. Sólo había que verle. Izuku podía ser popular por ser carismáticamente dulce y tierno, pero todo el que tenía ojos en la cara podía ver que además era atlético, fuerte, sexy y caliente... Al menos eso pensó Uraraka cuando plantó ambas manos en su abdomen y lo notó, con los músculos apretados, las pecas bañando su cuerpo, las pupilas dilatadas de deseo… sólo quería tenerlo dentro de ella, hacerse uno con él, profundizar las embestidas.

Embestidas que iban a volver loco a Izuku, como el calor del cuerpo de Uraraka, sus gemidos, su boca, su entrada húmeda y apretada que lo succionaba sin compasión. Y sentía un calor animal, una fricción insoportable. Quería follársela, comérsela, penetrarla, hacerla gemir, que temblara, correrse en ella. Quería todo de ella, de sus besos, de sus caderas, de sus pechos… Querría agarrarla para no soltarla, enterrar las manos en su pelo, controlar aquella fricción irresistible.

—¿Te duele? —preguntó en algún momento ella, echada sobre él, restregándose con alevosía.

—No—la agarró del trasero Izuku, tomando el control de las penetraciones—¿A ti?

Ella negó, mordiéndole la oreja y aumentando el ritmo. E Izuku no fue capaz de aguantarlo mucho más. Y menos con Uraraka gimiéndole descontrolada al oído mientras se lo follaba de aquella manera. Mientras su interior lo succionaba y apretaba sin misericordia. Con su humedad empapándole en bajo vientre. Con su manos acariciándole sitios que nunca otra mujer le había tocado…

Uraraka lo notó palpitar dentro y entonces empezó a tocarse descarada, ardiendo. Quiso aumentar las penetraciones pero no tuvo tiempo, porque un Izuku desesperado se la quitó de encima y se lanzó sobre ella como un animal en celo. Y entonces ninguno de los dos se hizo de rogar. Izuku perdió la voluntad tan pronto notó cómo las paredes de Uraraka se contraían en el orgasmo y gritaba. Y él se derramó en ella, rozando el cielo.

Fue tan intenso que ambos se hundieron en un abrazo en busca de aire, sudados y rojos por el esfuerzo. Con el cuerpo temblando en un hormigueo de éxtasis. Llenos del otro, embriagados del calor ajeno.

En algún momento Izuku sacó fuerzas para besar a su amiga en la mejilla y Uraraka terminó por acariciarle el pelo, abrazada a su espalda.

—¿Te has corrido? —le preguntó ella, cuando le llegó el aire a los pulmones.

Izuku asintió en respuesta, besando su hombro donde estaba enterrado.

—¿Sí, por? —preguntó—. ¿Tú no?

Ella asintió con una ligera risa. Por supuesto que se había corrido. Tanto que podría haber cambiado la gravedad de todo un planeta.

—La sigues teniendo dura…—consiguió decir, a modo de aclaración.

Izuku se alzó un poco para mirarla y no aplastarla.

—Perdona—dijo saliendo de ella con cuidado, sujetando el condón—. A veces me pasa cuando… estoy muy excitado.

Uraraka tomó aire, aceptando las consecuencias de sus actos.

—Yo también sigo cachonda… —confesó sensual.

—Ah… —fue lo único que consiguió salir de la boca de Izuku.

Sin más tregua, volvieron a besarse y a poner en práctica un petting bastante arrollador. Total, estaban en plena forma como para asumirlo y habían perdido el tiempo demasiados años.

En algún momento de aquel toqueteo Izuku se cambió el condón y volvieron a la acción, sin mucho preámbulo. El único problema era la herida, que le estaba matando. ¡Ya podían haberle herido en otra estación del año o lo que fuera!

—¿Te duele erguido de rodillas? —preguntó Uraraka, en referente a eso mismo, leyendo el rostro de Izuku que no parecía querer aguar la fiesta, pero que se veía con ciertas dudas en algunas posturas.

Y digamos que ella quería hacerlo disfrutar, no matarlo.

—Creo que no… es sólo cuando me agacho.

—Vale, probemos así…

Izuku nunca pensó que Uraraka le dejaría hacerlo a cuatro patas, pero no iba a ser él el que se negara y menos con aquellas vistas de Diosa. Le dio algo de vergüenza, como si estuviera haciendo algo irrespetuoso, pero se le pasó tan pronto volvió a entrar en ella y escucharla gemir con esa voz de caramelo.

Terminaron un buen rato después, sudados y jadeando, de lado. O bueno, más o menos de lado, porque Uraraka estaba prácticamente sobre él, con las manos de Izuku enterradas en su entrepierna y su pecho en una sujeción bastante placentera.

Necesitaron un momento más para coger aire y calmarse, el suficiente para que Izuku saliera con cuidado de ella y transformara aquella postura en un abrazo. Y Uraraka se dejó abrazar por su cuerpo y sus brazos. Igual que dejó que él la besara en la nuca y en el hombro con esa falta de aire, cariño y devoción.

Se lanzaron una mirada tímida y se sonrieron como dos idiotas.

—¿Te ha gustado?—se dijeron al unísono—. Perdona—repitieron también.

—Al final era verdad lo de que eras un tigre en la cama…

Izuku se puso rojo.

—Creo que prefiero seguir siendo un conejo...

Después se rieron. Y se abrazaron más fuerte, piel con piel . Aquello era lo más parecido a estar en el cielo.

Luego los envolvió el silencio, uno suave y discreto que se rellenaba con el sonido de algunos besos tímidos que Izuku le dio en el cuello o el roce de los dedos de Uraraka con los suyos. Prácticamente ya era de día afuera.

—¿Te confieso algo? —dijo entonces Ochaco, muy bajito, pegando su espalda al pecho de Izuku.

Él afianzó el abrazo.

—Claro, soy todo oídos—respondió cómplice Izuku.

Ochaco se mostró algo tímida antes de hablar.

—Siempre pensé que si alguna vez pasaba esto entre nosotros, sería diferente…

Izuku no supo qué decir. ¿La había decepcionado?

—¿Diferente en qué sentido? —preguntó, jugando con su mano.

—No sé… como…—intentó explicarse, con una sonrisa en los labios—, lento, suave, romántico… como de película americana en la que los protagonistas siempre están tapados con las sábanas.

Aquello alarmó a Izuku.

—¿Te he hecho sentir incómoda? —se apresuró en preguntar él, angustiado.

Ochaco se rio suave, girándose para mirarle. Para observar esa estúpida cara de pánico. ¡Cómo era capaz de pensar algo así!

—Oh Deku-kun, ¡por supuesto que no! —le acarició la mejilla, apartándole el pelo de la cara—. Si de hecho creo que nunca me había acostado con nadie tan entregado y generoso en la cama.

Aquello hizo que sus mejillas ardieran.

—Es que me da vergüenza decírtelo… —confesó—, pero tú madre tenía algo de razón…—hizo una pausa, indecisa. Luego debió aceptar que el pasado es el pasado y que por callarse tantas cosas se había alejado de Izuku y de la gente que quería—. De adolescente siempre fantaseaba con que perdía la virginidad contigo. Y que sería así, ¿sabes? Como en las películas.

Izuku sintió cómo se le aceleraba el corazón ante aquella declaración.

—¿Lo dices en serio? —preguntó con timidez y una extraña tristeza, pegando su nariz a la suya.

Ella asintió y él cerró los ojos antes de hablar.

—Ochaco yo estaba completamente enamorado de ti— se declaró Izuku.

Uraraka lo miró sorprendida, sin saber cómo sentirse o cómo encajar eso.

—¿De verdad?

Izuku abrió los ojos y la miró, con una mezcla de emociones. Con sus bonitos y sinceros ojos verdes.

—Pues claro—sonrió triste y cercano—. Siempre pensé que era evidente, pero que tú sólo querías ser mi amiga y no quería estropearlo. Siempre has sido mi mejor amiga, Ochaco.

Uraraka pensó que el mundo se desvanecía a sus pies.

—Yo pensaba que eras tú quién no me veía de esa manera—dijo—. Por eso nunca te dije nada y luego… bueno, llegó la guerra, la restauración del orden, las agencias… Teníamos que estar concentrados en otras cosas. Tú y Iida-Kun sois mis mejores amigos, me aterraba la idea de que eso cambiara si te lo decía… —Uraraka, que había estado firme toda la noche, empezó a quebrarse—Y luego supongo que apareció Kenji y tú empezaste a salir con Melissa… Y os veíais tan felices juntos, erais la pareja perfecta. A ti te brillaba la cara cuando estabas con ella y ella es tan guapa, tan alta, tan inteligente, tan deslumbrarte…

Los ojos se Izuku se humedecieron.

—Pues vaya par de idiotas somos entonces—respondió Izuku con una sonrisa—, porque llevo toda la vida intentando sacarte de mi cabeza, Ochaco.

Ambos soltaron el aire en un intento de risa que tenía como finalidad no echarse a llorar. Se miraron, despeinados, sudados y se sorbieron los mocos como dos tontos.

—Bueno, el pasado no se puede cambiar—intentó sonreír Ochaco, limpiándose las lágrimas—. Y además la edad nos ha sentado muy bien, ¿no? —intentó ser positiva—. Ambos somos dos héroes consagrados, jóvenes, ricos, seguros de sí mismos… De hecho, hace años no te habría imaginado así en la cama.

—No digas eso, que me voy a morir de vergüenza—se limpió los ojos también Izuku, sonriendo como un bobo—. Cuando me invitaste a tu hotel sentí que volvía a tener quince años, estaba que me moría de los nervios.

Aquello la hizo reír. Y se besaron y se abrazaron, y se enredaron con las piernas del otro.

—Si te soy sincera pensé que no aceptarías… Cuando dijiste que sí, me temblaron las piernas.

Izuku se mordió el labio. Se le colorearon las pecas.

—Yo pensé que te había malinterpretado, que sólo estabas siendo amable conmigo y yo estaba pensando… con… bueno, ya sabes.

Izuku se calló, terriblemente avergonzado. Así que Uraraka tomó las riendas.

—¿Con el pene? —dijo medio broma medio enserio, riéndose—. Pues acertó.

—Ay Dios, me siento fatal.

—¡Ay no! ¡Deku-kun! —jugó ella—. Vamos, fui yo la primera que te lo propuso. Ahora que lo pienso no sé si cómo se me ocurrió, estaba más borracha de lo que creía.

—La verdad es que aunque sólo hubiera venido para bañarme contigo en el Jacuzzi hubiese merecido la pena—quiso dejar claro Izuku, apretándola contra sí—. Ni siquiera iba a ir a la fiesta hasta que leí tu mensaje. Me sentía fatal.

—¿En serio? ¿Y por qué fuiste al final si no te encontrabas bien?

—Pues porque me moría de ganas de verte.

La chica se sonrojó, incapaz de aguantarle la mirada.

—Me lo he pasado en grande esta noche—siguió Izuku ante su silencio—. ¡O sea no por esto! Bueno, también por esto, pero ¡no sólo esto! Que ha estado muy bien, pero lo otro también…

Uraraka sonrió, le encantaba cuando Izuku se hacía un lio él solo.

—Lo que te había dicho antes es verdad—intentó aclarar Izuku—, mi vida no puede ir peor últimamente y… llevaba mucho sin pasármelo tan bien. No quería que se acabara la noche. No quiero que se acabe.

Ya era de día fuera. Uraraka se echó en su pecho.

—Quédate—pidió muy bajito, cómplice.

—¿Puedo?

—Pues claro que sí, bobo—lo besó con suavidad en los labios.

Fue un beso muy cortito e inocente, pero suficiente como robarle la respiración a Izuku.

—No pienso dejar que te escapes, —bromeó Uraraka en un susurro, abrazándose a él.

—Créeme, no hay otro lugar donde quisiera estar.

En ese instante, abrazado a ella, pensó que no podía ser más feliz. Bueno, tal vez sí…

—Ochaco…—susurró a la chica, que parecía empezar a sucumbir al sueño.

—¿Si?

—¿Te importa si nos giramos? —pidió con algo de apuro—. No puedo dormir de este lado con la herida.

Ochaco se rio suave.

—Pues gírate y yo te abrazo.

Y sí, ahora sí que no podía ser más feliz. Con el cuerpo cálido de Ochaco Uraraka abrazándolo desnuda, con su dulce olor a vainilla. Con esa promesa silenciosa de que pasara lo que pasara al día siguiente, ninguno de los dos estaba dispuesto a perder más el tiempo.

—Te quiero, Ochaco.

—Y yo a ti, Izuku.

.

.

.


Aggg muero de ternura. Creo que nunca había escrito una cosa tan blandita, pero es que ellos no merecen menos. Y más tras lo mal que los ha tratado la vida a nivel personal.

Muchas gracias a los que habéis llegado hasta aquí, espero que lo hayáis disfrutado mucho. Quiero dar las gracias a Beruni y Sakura88 por animarse a dejarme una review. Sin duda, me animan mucho a escribir y sobre todo a saber que compartir esta historia tiene sentido.

Como os decía arriba, querría publicar dos mini epílogos, pero dependerá un poco de si la historia tiene buena acogida o no (al final implica mucho tiempo y no sé hasta qué punto esto le llega a la gente).

Por lo demás, decir que me ha gustado mucho escribir sobre estos dos (quien sabe, lo mismo me animo con otra historia corta) y creo firmemente que son la pareja más bonita del fandom, no sólo porque sea adorables, sino porque tienen una relación basada en la amistad, el apoyo y la admiración. Y creo que eso es muy bonito.

Espero que no me odiéis por hacerles sufrir tanto, pero siempre he pensado que ser héroe de élite no es algo tan divertido, ni siempre se puede salir ileso. Hay muchas cosas en esta historia que he decidido no explicar o sobre explicar, pero que creo que se intuyen y que reflejan esa presión que sufren los protas.

Sin más, aprovecho (con mucha vergüenza) para comentaros que si os gusta MHA tengo también un one-shot Bakudeku.

Si os ha gustado, agradecería una review y que me contéis 😊

REVIEWS

Sakura88: muchas gracias por animarte a dejar una review. Me animan muchísimo a seguir escribiendo. Y sí, el problema de Izuku es terrible, la ansiedad es bastante seria y debe tratarse. Justo lo que quería reflejar es que no es idílico ser un héroe, incluso cuando es tu sueño. Y sí, Ochaco llegó a poner algo de aire. Tenías razón con sus manos, qué guay que cogiste la referencia. Y lo del hotel jajaja el alcohol puede desatar bestias. Mil gracias!

Beruni: ¡ay pero qué ilusión me hacen tus reviews y saber que te está gustando esta historia! Me he sentido muy arropada jajaja Espero que este capi haya cumplido tus expectativas. Lamento la demora, pero la semana pasada fue muy caótica en mi vida. Me alegra que sientas real a los personajes. Yo he querido hacerlos Canon, con la salvedad que ya son 'adultos'. Por supuesto que están más sueltos, menos tímidos y maduros, han vivido mucho. Que guay que te gustara su travesía por las calles de China. Yo también estuve muy modo shippeo jaja Y sí, para Izuku, Ochako siempre han sido su perdición, su abismo. Uno al que le daba miedo saltar y por inseguro se alejó. Pero los sentimientos siempre han estado ahí, incluso cuando hizo su vida en otro país y con otra mujer. Espero que el capítulo haya solventado tus dudas y te guste.

Muchas gracias a todos los que leéis.

Un abrazo!

PD: sobre la fiesta de graduación que nadie recuerda, me gusta mucho pensar que todo ha sucedido como en las ilustraciones de 2021 de nikkiya_arts (Instragram) las podéis encontrar en su perfil. Son muy divertidas.