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Capítulo 99
Un caracol en llamas.
Caminaron por las oscuras y silentes calles de una ciudad dormida hasta el primer punto de encuentro.
Allí, los quince hombres que estarían bajo el mando de Sigurd, armados y ocultos bajo sus pesadas capas, inclinaron la cabeza a modo de saludo marcial y tomaron la calleja que los llevaría a la aljama, a aquellas horas vacía. Debían encerrarse en ella, y en el momento acordado anunciar desde el minarete que la ciudad había caído en manos del pueblo. Fuera o no cierto, crearían el caos que buscaban.
Continuaron hacia la medina. Solo se oía el hueco resonar de los pasos en la piedra y el tintineo del metal, aunque si sus pulsos hubieran podido emitir algún sonido, habría sido un atronador tambor que anunciaría peligrosamente su presencia.
En el siguiente recodo vislumbraron otro ramillete de siluetas inmóviles.
Hiram se adelantó, inclinó la cabeza hacia Albert en señal de respeto y este asintió tras posar una mano en su hombro. Fue suficiente para que partieran con paso raudo y firme hasta su meta: la corte del cadí. Aquel asalto sería más peliagudo. La corte era también la residencia del juez islámico y solía estar patrullada por una guarnición.
Thorffin y él caminaron en silencio hacia el al-hizam.
Se detuvieron frente a la puerta que comunicaba la alcazaba con la medina, llamada Bab al-Yail, o «puerta de los caballos», y esperaron junto a la muralla.
No tardaron en oír un nutrido grupo de pasos que, aunque intentaban pasar desapercibidos, rompían la quietud de la noche, tensando en Albert cada músculo de su cuerpo.
Cuando llegaron hasta ellos, se puso en marcha el plan.
Se colocaron cerca de la estrecha puerta de madera que había en un lateral del muro y encendieron una hoguera en mitad de la calzada. Cinco de ellos se dispusieron alrededor de la fogata, sacaron unas jarras de barro y comenzaron a fingir que eran una panda de borrachos que se calentaban en medio de una noche fría. El resto se agazapó en la oscuridad.
Albert sabía que la guardia los espantaría. Un fuego cerca de una puerta de madera que, además, daba acceso al fortín del gobernador sería sofocado de inmediato.
Los hombres empezaron a canturrear simulando embriaguez y a reír ruidosamente.
Fueron amonestados desde el adarve de la muralla con órdenes apremiantes que los impelían a alejarse. Los alborotadores se limitaron a reírse y a invitar a los guardias a unirse a la juerga. Los amenazaron con saetarlos, y Albert rezó porque aquello solo fuera una treta para espantarlos.
En una ciudad tan levantisca como aquella, matar a unos borrachos mozárabes solo por haber elegido un mal lugar para divertirse rompería el ya delicado equilibrio que existía. Y su plan más arriesgado, la toma de ese fortín, se cimentaba en ese convencimiento.
Tras un intercambio de imprecaciones e imperativos que los ebrios jaraneros desoyeron para frustración de la guardia, Albert oyó aliviado cómo los goznes de la puerta de madera, del tamaño de un hombre, chirriaban al abrirse.
En cuanto vio asomar la silueta de un individuo se abalanzó contra él y lo degolló empujándolo dentro del recinto. Mientras se arrojaba sobre el otro guardia y lo anulaba, los hombres apagaron el fuego y lo siguieron. El resto, con Thorffin cerrando filas, que había estado oculto entre las sombras del muro, hizo lo mismo.
Una vez ambos grupos se apiñaron en el interior, cerraron la puerta y se distribuyeron en función del objetivo.
—Que los dioses te acompañen, hermano —susurró Thorffin.
—Que la ira de Thor mueva tu espada y la sabiduría de Odín guíe tus pasos —murmuró Albert.
Se inclinó sobre el cadáver degollado, empapó la punta de sus dedos en el tajo abierto de su cuello y trazó en sus mejillas y en la frente dos líneas.
Vestirse con la sangre de los enemigos proveía de su fuerza, y además amedrentaba a los oponentes, pues les otorgaba una apariencia más feroz.
Thorffin lo imitó, y el resto de las facciones mixtas compuestas por hebreos y cristianos se santiguaron. Al menos sus religiones compartían símbolos.
—Recordad —musitó Albert—, enemigo que dejéis con vida será enemigo que os traerá la muerte. Hay que evitar que den la señal de alarma hasta que ya sea demasiado tarde. Solo hay tres consignas: ser veloces, letales y silenciosos mientras podamos.
Todos asintieron. Y, tras un breve instante de concentración, los dos grupos se separaron.
Albert se encaminó hacia el alcázar, rodeando la segunda muralla. Buscó la puerta por la que se hacía el cambio de guardia y, al llegar a ella, llamó con firmeza. Dio un paso atrás para que fuera otro de sus hombres el que hablara.
—¡A mí la guardia, traemos presos a unos alborotadores!
Sabían que desde las almenas los guardianes de la segunda muralla los estarían observando sin poder reconocer más que unas siluetas imprecisas. La menguante luna había sido tan elegida como los soldados que lo acompañaban.
La puerta gruñó al abrirse y obró con la misma rapidez que momentos antes. Aniquiló a ambos guardias, les arrebató las alabardas y una la empuñó él y otra se la cedió al miembro más habilidoso y grande de su grupo. Era una lanza pesada y larga acabada en una especie de hacha curva; si no se sabía manejar resultaría más un peligroso estorbo que un objeto ofensivo.
Accedieron al segundo recinto. Allí se abría un amplio patio de armas, imponentes almenaras de vigía con amenazadoras saetas y un puente que cruzaba un foso, el que daba nombre a la trágica noche en la que se había descabezado literalmente a la nobleza más insurrecta, en la sangrienta Jornada del Foso.
Ciñeron sus cuerpos al muro de piedra y lo recorrieron evitando atravesar aquel patio. En los adarves de los muros protegían la parte este de la alcazaba al menos media docena de guardias.
Observó sus recorridos, calculando el punto en el que se alejaban unos de otros lo máximo posible. El resplandor de las antorchas enclavadas en la pared de los muros del adarve los destacaba entre aquella negrura, convirtiéndolos en objetivos de fácil alcance para un arquero experimentado.
Para tal fin, había elegido y entrenado cuidadosamente a un muchacho versado en aquella lid. Tras probar a los elegidos, aquel muchacho, llamado Ginés, había resultado ser todo un virtuoso en el manejo del arco.
—Derríbalo cuando sobrepase la antorcha de la esquina, la más alejada de la garita —acotó Albert.
Aquel paso resultaba crucial, pues si alguno de los guardias de la ronda se apercibía del ataque, ahí acabaría la incursión.
El muchacho asintió y, tomando aire, colocó el arco en posición, estiró la cuerda, enganchó el culatín de la flecha en ella y mantuvo con firmeza aquella tensión mientras apuntaba y esperaba que el objetivo alcanzara el lugar exacto.
Un silbido rasgó el aire y Albert contuvo el aliento. El astil de la flecha cruzó la noche y, aunque no pudo distinguir dónde se clavaba la punta, sí vio cómo la sombra de un cuerpo se desplomaba. Rezó para sus adentros para que el impacto fuera mortal. Apuntar a una garganta y a aquella distancia no era fácil, todo lo contrario, pero era lo más eficaz para evitar que pudiera dar la voz de alarma antes de perecer.
No oyeron nada, y la ronda continuó en su repetitivo recorrido. Al haber caído fuera del charco de luz que iluminaba aquel punto, el siguiente centinela no podía ver el cuerpo, pero sí lo echaría en falta cuando no regresara. Y, cuando se acercara a la esquina a buscarlo, Ginés debía acabar con él antes de que tropezara con el cuerpo de su compañero.
Ardua tarea en la que la suerte también desempeñaba un importante papel.
Cuando el soldado se encaminó hacia la atalaya circular que coronaba las esquinas, Ginés preparó su arco y apuntó cerrando un ojo.
La anaranjada luminiscencia de las antorchas en medio de aquella noche tan cerrada cerraba el foco del arquero, afinando su puntería.
Otro silbido que cruzó la noche con la velocidad de un rayo derribó al guardia sin que ningún sonido saliera de su boca. Albert miró apreciativamente al muchacho y palmeó su espalda, halagando su destreza.
Sin duda era todo un portento.
Aquel lado ya estaba ciego, y aunque el resto de la guardia recorría el otro tramo, no les estorbaba para lo que tenían pensado hacer.
Corrieron pegados al muro hasta llegar a la atalaya, ya desprotegida. En un lado asomaba el voladizo de un matacán. Albert había memorizado cada parte de aquel fortín gracias al dibujo que le había hecho el amigo ingeniero de Isaac. Y basándose en aquel plano había trazado el asalto.
Sin perder el tiempo, uno de los hombres comenzó a desenrollar de su propio cuerpo la soga que envolvía su torso. Otro sacó un gancho de metal con puntas en varias direcciones para agarrarse bien al elemento donde fuera izado y ataron la cuerda al extremo de la argolla. El encargado de enganchar aquel artilugio al matacán dio unos pasos hacia atrás y comenzó a sopesar la cuerda con aquel gancho anudado en la punta. Lo hizo oscilar de un lado a otro y, cuando estuvo satisfecho, lo hizo girar sobre su cabeza en varios y rápidos círculos hasta que lo impulsó con todas sus fuerzas hacia el voladizo de piedra.
Oyeron un sonido rasposo, pero el gancho volvió a caer. El hombre repitió la operación dos veces más, hasta que logró encajarlo en el matacán. Albert, que era el guerrero más fornido y pesado del grupo, cogió el extremo flácido de la soga y tiró de ella con todas su fuerzas.
Gruñó complacido. La pieza se había ensartado bien y podían ascender a la torre.
Su complexión no era la mejor para escalar un muro, pero no podía confiar en otro para que les abriera la puerta. En el interior era muy probable que se topara con algún que otro centinela y no podía dejar la parte más delicada del plan en manos inexpertas.
Le pasó la alabarda a un hebreo llamado Matías y se enredó la soga en el antebrazo y en la pantorrilla. Tiró de nuevo para asegurarse y comenzó el ascenso.
Se impulsaba con saltitos, flexionando las piernas y, cuando ganaba terreno, se aferraba con ambas manos al áspero cáñamo, volviendo a ajustar los tramos que tenía enrollados para evitar caer. Y así logró trepar lenta y dificultosa pero metódicamente, hasta que alcanzó el saliente del matacán.
Necesitó de todas sus fuerzas para impulsarse al interior del adarve.
Agotado y con calambres en los brazos, se permitió recuperar el aliento agazapado contra la atalaya. Jadeante, centró su atención en unos mecanismos que se hallaban fijados a la muralla. Entornó los ojos agudizando la vista en la penumbra para descubrir que aquellos artilugios se asemejaban a catapultas de pequeño tamaño.
Se limpió el sudor de la frente, inspiró hondo y se acuclilló en la esquina para atisbar por ella. Los dos cuerpos caídos apenas se distinguían en la oscuridad.
Enfiló agachado por el muro oeste hasta dar con la escalinata que llevaba al alcázar, un imponente y sobrio edificio de planta cuadrada y gruesos muros de mampostería. En su interior dormía casi toda la guarnición del al-hizam, a excepción de los turnos de guardia.
Descendió la angosta escalera de piedra adherida al muro interior con extremo sigilo y empuñó su daga, alerta a cualquier imprevisto.
Descubrió a un par de hombres junto a la puerta principal que charlaban animosamente. Oteó los alrededores para evitar sorpresas antes de atravesar el patio de instrucción hacia la puerta principal cobijada en la barbacana.
Barajó la posibilidad de no matarlos y cruzar el patio esquivando el resplandor de las antorchas, pero de inmediato supo que era mejor no dejar nada al azar. Así pues, se aproximó cauteloso a ellos y los redujo con un par de movimientos de muñeca. Degollar en una emboscada era la mejor táctica.
Limpió el filo de su daga en la capa, la enfundó en su bota y caminó furtivo entre las sombras rumbo a la entrada principal.
Quizá por ser el tercer parapeto que lo separaba de la ciudad, la portezuela que se abría en uno de los portones solo tenía un pestillo, que deslizó con facilidad para abrirla al exterior.
Sus hombres, que ya esperaban ansiosos, se adentraron en las inmediaciones del alcázar.
El objetivo era sellar todas las puertas desde fuera y prender fuego al edificio. Albert calibró la posibilidad de solo encerrar a las tropas en el interior, pero si lograban escapar estarían perdidos. Los muertos nunca habían sido un problema para nadie.
Buscaron grandes maderos en un cobertizo destartalado que solo tenía techumbre de cañizo y una barandilla y, con ellos, apuntalaron las dos salidas que tenía el edificio. Albert oyó los nerviosos relinchos de los caballos, que se guarecían en caballerizas con compartimentos y una cubierta similar al cobertizo.
En caso de que tuvieran que escapar, aquellas monturas podrían ser su salvación.
Mientras unos sacaban de sus anclajes las antorchas, otros cogían grandes puñados de heno seco de los rudimentarios establos y los apilaban junto a las puertas.
Albert observó que la noche comenzaba a aclarar y que no podían perder más tiempo.
Miró hacia la parte alta de los muros. En la planta superior imaginaba que estaban los cuartos de los oficiales, y lo alivió comprobar que las ventanas que se abrían en ellos tenían la suficiente altura para que ningún hombre pudiera caer por ellas sin romperse la crisma. Observó a sus hombres, que aguardaban la orden.
No sabía a cuántos iba a condenar a la hoguera, pero en la guerra, era morir o vivir, sin más diatribas morales que la de respirar un día más.
Asintió, y la hambrienta llama de la antorcha lamió voraz el pasto seco.
Todo el grupo desenvainó las espadas y se ocultó a la sombra de la muralla.
Apostó a Ginés en un lugar estratégico para poder disparar sus flechas a todo aquel que bajara del adarve, y un par de hombres al pie de las tres escalinatas que daban al patio de instrucción.
El resto se dividieron en las dos puertas del alcázar, para aniquilar a todo aquel que emergiera de ellas cuando el fuego las hubiera devorado si antes no había muerto asfixiado.
Sin embargo, algo no iba bien.
Por el tamaño del edificio, por mucho artesonado en madera que hubiera en el interior, los muros eran de piedra y tardaría demasiado en incendiarse por completo. Debía acelerar el proceso.
Se dirigió a los establos, cogió más heno, formó algunas bolas apretándolo entre las manos y buscó con la mirada un tonel en particular. Hundió los amasijos de pasto en la brea que contenían y con la que impregnaban las antorchas para que aguantaran toda la noche y a grandes zancadas se acercó a Ginés.
Extrajo de su carcaj unas cuantas flechas y clavó en ellas las bolas embreadas.
—Dispara a las ventanas —pidió pasándole la primera.
Una vez encajado el culatín en la muesca del arco, tensó la cuerda y apuntó al objetivo. Albert acercó una antorcha encendida a la punta y, cuando prendió con una violenta llamarada, la lanzó.
La primera se clavó en la celosía de las contraventanas, la segunda se perdió en el interior de la siguiente. Y, así, fue inundando el interior de flechas incendiarias.
Comenzaron a oír gritos de alarma. Al cabo, forcejearon intentando abrir la puerta fútilmente. No tardaron en aporrearla clamando ayuda. En aquel momento, el resto de la guardia comenzó a bajar hacia el patio de instrucción, alertados por las llamas que ya resultaban visibles asomando por las ventanas.
La volutas de humo ascendían en espiral en aquella noche rota ya por un incipiente albor.
Albert se apresuró a respaldar a sus compañeros, uniéndose a los combates que libraban al pie de las escaleras. Arrebató la alabarda del hombre que la aferraba titubeante y la descargó contra el vientre de un soldado que en aquel momento bajaba a la carrera. Lo ensartó y luego lo lanzó por los aires, como si hubiera capturado un gran pez con un arpón. Se apercibió de que aquel movimiento le robaba tiempo y lo exponía demasiado mientras se libraba de su presa. Así pues, se dedicó a descargar ataques con el hacha que sobresalía del extremo de la lanza.
Fue veloz y mortal. Y, cuando se libró de sus oponentes, corrió a las otras escaleras para impedir que ningún centinela pudiera acceder al alcázar ya en llamas.
Ginés, que, además de puntería y temple, estaba mostrando una iniciativa admirable, se había aprovisionado de más bolas incendiarias y disparaba flechas a los agujeros llameantes en que se habían convertido las ventanas y el tejado.
Los atronadores impactos en ambas puertas de acceso indicaban que la guarnición intentaba derribarlas con algún objeto pesado. Posiblemente usaban una mesa como ariete.
Aseguró los puntales y, separando la abertura de sus pantalones, se dedicó a mear en las llamas para crear humo. Con la punta de la alabarda apiló el heno humeante en el quicio de la puerta y rezó para que la gruesa puerta no se calcinara antes de que los hombres se hubieran asfixiado o quemado en el interior de aquella ratonera. Aunque no confió mucho en ello.
Corrió al otro extremo del edificio e hizo lo mismo. Echó un vistazo hacia la muralla y maldijo para sus adentros al ver asomar a varios guardias que combatían en el patio para lograr llegar a la puerta del alcázar y liberar a sus compañeros.
Lo sorprendió la dura resistencia que oponían sus hombres, aunque vio tres cuerpos inertes tendidos en la tierra.
Se apresuró a ayudarlos y con pocas ofensivas logró reducirlos.
Hubo un instante de paz que quebró un gran estruendo.
Miraron hacia el edificio justo cuando parte del techo se derrumbaba. Los golpes del interior enloquecieron y la puerta del lado norte cedió.
Una horda de soldados convulsionados por las toses se precipitaron al exterior. Albert dio buena cuenta de ellos.
—¡Aprisa, id a la otra puerta! —ordenó a sus hombres mientras combatía, ya a espada, con los pobres desgraciados de ojos enrojecidos y rostro tiznado que, buscando la vida, encontraban la muerte bajo su acero.
No obstante, no todos salieron confusos y asustados. Un soldado fornido y combativo se enfrentó a él como un titán salido del averno. Luchó denodado con una cimitarra curva que manejaba con envidiable pericia.
Lo enfrentó en un combate justo, ambos guerreros experimentados.
Albert sorteaba sus feroces lances, contratacando con mandobles que eran frenados una y otra vez. Comenzó a frustrarse y decidió arriesgarse en un movimiento que solía desconcertar a los oponentes. En medio de un cruce de espadas que repelió imprimiendo toda su fuerza, clavó una rodilla en tierra, ladeó el cuerpo y hundió su acero en el costado del soldado. Notó pasar la curva cimitarra por encima de su cabeza y se encogió en un acto reflejo.
Por fin, su oponente se desplomó sobre la arena, flácido y moribundo.
Durante el combate, tres hombres más habían logrado escapar. Los persiguió y los derribó con certeros lances. Tras asegurarse de que nadie más huía, corrió a la puerta sur para comprobar aliviado que seguía en pie, aunque el edificio entero ya era pasto de las llamas.
Lo habían logrado, pensó jadeante y triunfal, al menos ellos.
Condujo a sus hombres por el puente levadizo que llevaba al palacio del valí y vio que allí también el fuego hacía su trabajo.
Deseando sumarse al grupo de Thorffin, corrieron hacia las inmediaciones del palacio pasando por debajo de un gran arco labrado. La elaborada yesería de los frisos del recinto, las majestuosas columnas, el vergel lleno de fuentes en que se había convertido aquel amplio patio indicaban claramente que se hallaban en una residencia real.
Más allá se alzaba un hermoso palacio con arcos de entrada decorados en alfiz, ornamentados ajimeces de doble arco decorando la fachada y ostentosas puertas de metal tallado que impresionaron, por su suntuosidad, a todos los hombres que lo admiraban tan embebidos por la bella edificación como por el fuego que emergía de uno de los alminares.
—Por aquí no han entrado —resaltó Ginés.
Albert, seguido de sus hombres, corrió hacia la parte trasera del palacio para descubrir que habían derribado la puerta de las cocinas, y que el silencio del interior solo podía interpretarse por la muerte de sus ocupantes.
El asalto no debía cobrarse la vida de los altos cargos omeyas de la ciudad: ellos serían su salvoconducto y su moneda de cambio en las negociaciones.
No dudó de que Thorffin no habría olvidado esa premisa.
Apostó cinco hombres en el exterior y se adentró con el resto tras él.
Sala a sala, se toparon con cadáveres, tanto de mujeres como de hombres, todos sirvientes.
La fastuosidad del interior aún resultó más opulenta. La lujosa magnificencia en la decoración, en el mobiliario y en cada objeto capturaba la atención a cada paso.
Intuyó que las habitaciones estarían en la planta superior. Ya se encaminaba hacia la amplia escalinata cuando oyó pasos y ruidos arriba.
Ordenó guardar silencio y ascendió con sigilo.
Una luz tenue atravesaba las geométricas celosías de las ventanas, proyectando sombras en el suelo.
El amanecer despuntaba, y un plan que pintaba catastrófico parecía haber salido a la perfección.
Cuando llegaron arriba, una enorme figura emergió de un largo pasillo.
—Empiezo a pensar que hemos sido dotados por los dioses con el don de la inmortalidad —se jactó Thorffin con una burda risotada que sembró sonrisas satisfechas en los demás.
—Yo lo llamaría suerte —respondió Albert tan sonriente como el resto.
El gigante pelirrojo se encogió de hombros con acusada diversión.
—¿Dónde está el valí y su familia?
—En los calabozos que hay en el subterráneo del palacio. Tuvimos que enfrentarnos a su séquito y a una tropa de centinelas. Hemos perdido siete hombres, pero lo hemos conseguido ¡El al-hizam es nuestro! —clamó victorioso.
Los hombres vitorearon y entonces el sonido de unas cornetas los enmudecieron.
Albert solo pudo pensar en una cosa: en que lo malo de la suerte es que no suele durar mucho.
CONTINUARA
