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Capítulo 100

David contra Goliat.

Subieron a la parte más alta del alminar a la carrera. Desde aquella elevada plaza gozaban de una perspectiva incomparable de toda la ciudad.

Las murallas concéntricas que descendían hasta la medina ya se perfilaban con claridad bajo una aurora de colores cambiantes.

Albert dirigió su atención hacia la aljama. Una voluta de humo indicaba que había sido tomada, así como la corte del cadí. Las cuatro facciones habían logrado sus objetivos.

Pero fue otra visión lo que aceleró su pulso.

Desde la alcazaba, en la parte oriental de la ciudad, se veía la Puerta de Bab al-Qantara y el puente de acceso a la ciudad. Y en aquel momento lo atravesaba toda una razia a caballo con los baluartes del emirato ondeando.

Thorffin lo miró con preocupación.

—Bueno, queda claro que el emisario que mandaron el rabino y el basi hebreos y que viste partir aquella noche no fue alcanzado por los jinetes que envió Isaac.

—Y más claro queda aún que el emir posee el don de la oportunidad —repuso Albert turbado.

—¡Esta ciudad es nuestra, maldición! —bramó Thorffin.

—La pregunta es… por cuánto tiempo —murmuró Albert en tono derrotado y la mirada perdida en las largas hileras de monturas que conformaban las mesnadas del emir.

Era todo un gran ejército lo que acudía en aquel momento a sofocar una revuelta de la que el emir tenía todo el conocimiento. Y de la que estaba seguro, a tenor de la ofensiva que enviaba, que había ordenado su aplastamiento inmediato y la captura de los líderes amotinados.

—Nos atrincheraremos y aguantaremos el asedio, hermano. Y si la cosa se pone fea podemos negociar una salida, tenemos al valí y al cadí como monedas de cambio.

Albert refunfuñó inmerso en sus propias cavilaciones. En su mente surgían alternativas que descartaba a favor de otras que parecían más eficaces. Y, sumido en aquel maremágnum de opciones dispares, una de ellas se impuso a las demás, incluso siendo la más arriesgada.

—El al-hizam bien defendido es inexpugnable, incluso siendo pocos hombres los que lo protejan —concordó con expresión tensa y tono grave—. Pero la medina está desamparada, lo que significa que los otros dos grupos liderados por Sigurd e Hiram serán los primeros en caer. Y, si caen ellos, nos obligarán a rendirnos utilizando sus vidas como coacción. Por no mencionar que las mujeres y el resto de las familias escondidas en cuevas, subterráneos y grutas en las colinas no resistirán sin alimento muchos días y saldrán de ellas siendo cazadas como conejos.

—La rendición significa la muerte. Nos ajusticiarán públicamente como escarmiento —aseguró Thorffin.

—No hablo de rendirnos —concretó—, hablo de distraerlos para lograr infiltrar en la alcazaba a los nuestros. Y, cuando estén a salvo, negociarás un salvoconducto para salir de la ciudad.

Thorffin lo observó ceñudo y reflexivo, se rascó su barba rala del color del cobre viejo y frunció los labios, consciente de la extrema dificultad y el riesgo que entrañaba aquello, pero también de lo necesario que era.

—Un momento…, ¿negociaré? —interpeló contrariado.

—En efecto —adujo Albert.

El gesto del gigante continuó desconcertado y confuso, pero de momento obvió aquel significativo detalle.

—Hay que perfilar el plan cuidadosamente —repuso Thorffin concienzudo—. Las aceifas del emir ya están entrando y se dirigirán a la medina, apenas tenemos tiempo y no hay forma de avisarlos del peligro que corren.

—Por eso necesitamos una buena distracción —insistió Albert escrudiñando con mirada calculadora las huestes que entraban ya a la ciudad.

—¿Qué se te ocurre?

—Salir con el valí a recibirlos.

Thorffin agrandó los ojos mirándolo como si se hubiera vuelto loco.

—Mientras yo aparezco con el gobernador bien sujeto bajo mi filo y los conduzco hacia los arrabales, tú y seis hombres más correréis como liebres fuera de aquí. Luego os dividís para llegar cuanto antes a los tres enclaves: la corte del cadí, la aljama y las cuevas. Y de vuelta al al-hizam con todos ellos.

—¿Y qué pasa contigo?

—El valí es el cuñado del emir. Intentarán protegerlo cuanto les sea posible. Y yo solo tengo un modo de escapar de tanta caballería, y es adentrándome en el río. Sé dónde hay una embarcación oculta entre los juncos, si logro llegar a ella y cruzar el río estaré a salvo.

—¿Y cómo te reunirás con nosotros? —cuestionó Thorffin poco convencido—. Rodearán el al-hizam, no podrás acceder a él.

—No necesito entrar ya. Sois vosotros los que debéis llegar a mí.

—Sin el valí, estamos perdidos.

—Los llevaréis hasta él, y hasta mí. Me vas a entregar a los soldados. Esa será tu negociación ahora.

La expresión desencajada de Thorffin habría resultado irrisoria si la situación hubiera sido otra.

—¡Ni hablar! ¡Jamás traicionaré a mi hermano! —exclamó ofendido y furioso.

—No me traicionas —musitó Albert regocijado ante aquella vehemente lealtad—, sigues mis órdenes. Y deberás confiar plenamente en mí. Y sé qué sitio elegir para la entrega. Y qué hacer a continuación para poder escapar airosos.

—Te juro por los dioses que a tu mente deberían ponerle un altar y hacerle sacrificios de sangre.

Albert sonrió y agitó la cabeza.

—Los llevarás al cerro del Bu, un lugar hechizado habitado por una bruja, donde hay grutas que se pierden en el interior de las montañas y las atraviesan, de las que dicen que algunas conducen al infierno. Un poco de suerte, algo de teatro y crearemos otra leyenda.

Thorffin lo observó desconfiado y preocupado.

—Confía en mí, amigo mío. Sé lo que me hago.

El hombretón pelirrojo asintió.

Albert posó su mano en el hombro del guerrero y le dedicó una mirada porfiada.

—Te detallaré cada paso que seguir mientras me llevas a los calabozos.

No hay tiempo que perder.

—¿Y si te capturan antes?

—Deberás trazar otro plan.

Tragó saliva y asintió con tal gravedad que pareció que el peso del mundo caía sobre sus hombros.

Decidió salir de la alcazaba a lomos de un caballo, con el valí prolijamente atado montado delante de él, a modo de parapeto. De esa forma podía manejar las riendas con una mano y con la otra presionar su espada contra la garganta del hombre, que temblaba como una hoja en su regazo, cuando llegara la ocasión.

Inspiró profundamente mientras se abría el portalón de salida y le dedicó a Freya su último pensamiento como hombre.

Cerró los ojos y pidió a Odín que la protegiera. De todo su plan, por muy complejo y arriesgado que fuera, lo que más le preocupaba era el traslado de doña María.

Sabía que Freya no saldría de la cueva sin ella, y que su salida de la alcazaba hasta el cerro con una persona casi moribunda sería toda una hazaña. Era más que factible que muriera en el camino, y aquel varapalo en aquella delicada situación podía complicar más las cosas.

Lamentó en el alma el estado de doña María, y en su conciencia los remordimientos y las dudas por lo que podría haber pasado si él hubiera cedido a los caprichos de la druida lo acompañarían toda la vida. Y para poder soportarlos solo le quedaba repetirse que todo aquel alarde de sus poderes y su sabiduría no era sino un ardid más. Que nada garantizaba que pudiera salvarle la vida. No obstante, no estaba dispuesto a quedarse con esa duda. Por eso iba a volver al cerro, para comprobar si la fuerza surtía el mismo efecto que la seducción.

Ese era el verdadero motivo de citarlos allí.

Espoleó la montura y abandonó el al-hizam dejando tras de sí sus pensamientos de hombre y adquiriendo los de un guerrero feroz.

El ruido de los cascos del animal resonando sobre los adoquines de piedra, con un eco hueco y rítmico que reverberaba entre los altos muros de la ciudad, de algún modo acompasó sus latidos.

Albert cabalgó todo lo velozmente que pudo, teniendo en cuenta el angosto y laberíntico trazado de una ciudad en la que empezaba a aflorar gente confusa y curiosa por el humo de los incendios.

Pensó en la perdida oportunidad de matar a Jamil y a Said; paradójicamente, ahora eran sus vidas las que peligraban. No dejó de lamentar la condenada suerte de aquellos chacales y confió en que el destino les hiciera pagar cada infamia.

Atravesaba la Puerta de Mohaguía cuando oyó el atronador sonido de los cascos de todo un regimiento ascendiendo hasta su posición, rumbo a la medina.

Tomó aliento y detuvo su montura justo bajo la arcada de la puerta. Por fortuna, los había interceptado antes de que llegaran.

Enrolló las riendas a su muñeca y desenvainó la espada.

Llegados a ese punto, las mesnadas del emir solo podían acceder a la medina por aquella puerta. No podría haber elegido mejor lugar para entretenerlos.

Lo arduo sería salir de aquella arcada y enfilar hacia el río por la calleja que se abría a su derecha.

Cuando los vio doblar un recodo y asomar, se sintió un pobre ingenuo chiflado.

El grueso de la caballería del emir ascendía la cuesta formando hileras bien dispuestas. Los jinetes iban bien pertrechados para la batalla.

Tintineantes cotas de malla, bruñidas armaduras y puntiagudos cascos destellaban bajo el sol, que ya emergía poderoso. Alabardas, alfanjes, lanzas y escudos danzaban amenazantes al trote de los corceles. El equipamiento de las monturas resultaba incluso más amedrentador que el de sus jinetes. Las cabezas y los cuellos de los lustrosos animales iban cubiertos con una cota compuesta por pequeñas piezas de metal. En sus lozanos lomos lucían un tupido manto rojo bordeado de un cintón dorado y las colas iban enjaezadas con cintas rojas con las que habían trenzado el largo pelo bruno de los caballos.

Una estampa marcial aterradora que se aproximaba a él, como llegaría una gran ola a un pequeño embarcadero, con el ímpetu de sepultarlo bajo sus aguas.

Inspiró hondo, cuadró hombros, tensó mandíbula y agitó brevemente las riendas para salir de la sombra y dejarse ver.

El oficial al mando alzó el brazo y el regimiento se detuvo.

Albert sintió la escrutadora mirada del hombre posarse primero en su rehén y, luego, tras un afectado velo de reconocimiento, la deslizó sobre él, evaluándolo.

No percibió asombro descubriendo por su aspecto su origen nordumâni. El emisario de Samuel debía de haberle pasado un informe detallado al emir de lo que acontecía en la judería. Y, por supuesto, debía de estar al corriente de los paganos norteños que instruían a los mozárabes para la revuelta.

Tras un tenso silencio, tan solo roto por los relinchos de los caballos y algún coceo aislado, el oficial se adelantó flanqueado por dos soldados.

Albert aferró al valí con más determinación y posó el filo de su acero en la garganta del hombre que permanecía envarado delante de él.

—¡Libera al valí al-Masua y saldrás con vida de aquí!

—Ambos sabemos que eso no es cierto —respondió.

—¿Qué es lo que quieres, norteño?

—Quiero que le digáis a vuestro emir que la ciudad ha sido tomada por el pueblo. Que estamos dispuestos a seguir bajo su mandato si nos confiere el gobierno de sus instituciones y nos dispensa la yizia, otorgándonos la libertad de culto. En caso contrario…

Hizo una pausa para alargar todo lo posible la conversación.

—¿En caso contrario…? —repitió impaciente el oficial.

—Entregaremos la ciudad al Reino Astur. Seguro que el rey Ordoño estará encantado de ganar esta plaza.

Creyó ver una leve crispación en el rostro del oficial al nombrar al rey astur.

—El valí de la Marca Superior, Musa ibn Musa, lo derrotaría antes de acercarse a Tulaytulah —aseguró inmutable el oficial—, estáis sitiados por las razias del emir. Nuestras órdenes son aplastar el levantamiento.

—Pero no a costa del cuñado del emir, imagino —recalcó Albert.

El hombre entornó los ojos y lo miró con acusada inquina.

Sabía que aquel contratiempo lo forzaría a tomar una decisión que podría costarle algo más que el puesto. Aquella delicada situación tan cercana a su emir le estaría abriendo un cruento debate en su interior: la vida del valí, o la recuperación de la ciudad. En aquel preciso instante, Albert podía imaginar cómo su mente elucubraba veloz buscando soluciones para conseguir ambas cosas.

—Tengo una curiosidad que desearía satisfacer antes de aniquilar esta revuelta y rebanarte el cuello —porfió el oficial.

—Nada me apetece más que complaceros antes de morir —repuso socarrón.

—¿Por qué os enfrascáis en guerras ajenas cuando tanto éxito tenéis en las vuestras? Tengo entendido que una expedición de mayus ha saqueado Iria Flavia y sitiado el monasterio de San Paio, quizá busquen ultrajar la reliquia de ese apóstol que llaman Santiago Matamoros. Con lo cual, los reinos cristianos no estarán muy predispuestos a pactar con paganos.

Al contrario de lo que creía el oficial, aquella información lo beneficiaba.

Si sus gentes estaban de nuevo incursionando las costas de la Península, podía utilizar su ardid de ofrecer alianzas en beneficio propio, en ese caso, con el emir.

De momento debía ceñirse al plan que había hilado con Thorffin.

—Asentarse en un lugar implica tomar partido por las gentes que nos acogieron. Además, y por imposición del cadí, que, por cierto, está también en nuestro poder, me bautizaron. Por tanto, soy cristiano, un mozárabe, como lo son los ciudadanos de Tulaytulah. Y es lo que queremos seguir siendo, por mucho que desee el emir convertirnos en muladíes.

El oficial asintió impasible y se volvió en su montura para susurrar algo al soldado que tenía a su derecha.

Albert sabía que se le acababa el tiempo. Miró de soslayo hacia la calzada que se abría a su derecha y que descendía hacia la ribera de la Vega Baja.

Rezó para sus adentros por que lo acordado con su amigo tuviera lugar en breve o sería hombre muerto.

Cada músculo de su cuerpo se tensó expectante. Todo su ser se agudizó, presto para la acción.

—Entréganos al valí y te dejaremos con vida. No está en mi mano ofrecerte nada más.

Alargó otra pausa simulando que lo estaba meditando.

Y entonces sucedió.

Un rugido infernal sonó más atrás. Algunos caballos se encabritaron y relincharon nerviosos. El oficial y los dos soldados que estaban frente a él dieron un respingo en sus monturas y desenvainaron sus alfanjes. El oficial retrocedió haciendo girar a su alazán, seguido por su escolta, y Albert supo que era su oportunidad.

Espoleó a su caballo y agitó las riendas con apremio, enfilando al animal por el sendero del río. Partió a todo galope por la pendiente de adoquines que comenzaban a perderse en un pedregoso camino de tierra.

Oyó tras él los atronadores cascos de varias monturas y aceleró la marcha.

Thorffin había logrado accionar los mangoneles que había descubierto en la muralla exterior del al-hizam, lanzando sobre el puente de Bab al-Qantara, donde aún estarían entrando las largas hileras de aceifas musulmanas, cualquier cosa pesada a la que pudiera prender fuego.

Tras algunos recodos en los que el caballo se deslizó peligrosamente impactando con los muros, a punto de caer, llegó a la ribera y se infiltró entre los altos cañaverales. Tuvo que lidiar con la reticencia de su montura por adentrarse en la espesura. El valí, amordazado y maniatado a la silla y encajado entre su cuerpo y el cuello del animal, traqueteaba como un fardo entre gruñidos aterrados.

Albert se atrevió a mirar atrás para comprobar que no lo seguían, todavía.

Detuvo el avance cuando el agua del río comenzaba a cubrir los cascos de su caballo. Miró a su alrededor para ubicarse y, satisfecho, desmontó y cargó con el gobernador sobre su hombro. Por fortuna, era un hombre menudo y enjuto.

Trabajosamente, y chapoteando en la marisma, logró llegar al tronco caído de un gran roble, medio sumergido en la orilla. Allí se encontraba varada una embarcación vieja, pero todavía útil. Imaginó que pertenecía a algún pescador.

Jadeante, ya la alcanzaba cuando oyó piafar de caballos. Estaban muy cerca.

Lanzó rudamente el cuerpo del valí al interior del bote y comenzó a desanudar la maroma que lo sujetaba al tronco. En ese momento aparecieron dos soldados de entre los juncos a su espalda. Se habían separado para registrar la orilla.

Albert se enfrentó a ellos a golpe de espada, ninguno fue rival para él.

Oyó gritos y órdenes aproximándose y se afanó en impulsar la embarcación hacia el río. Gruñó a causa del esfuerzo hasta que notó la ligereza de la quilla lamiendo el agua.

Embarcó, cogió los remos y los hundió apresuradamente en la plácida superficie para separarse de la orilla.

Conforme se alejaba, varias siluetas lo apuntaban con espadas. Si hubiera habido algún arquero, sus posibilidades de escapar habrían disminuido considerablemente.

Remó y remó siguiendo la corriente, procurando mantenerse en el centro del caudaloso río. La ciudad en realidad se alzaba sobre un gran meandro que la rodeaba. Fue fácil orientarse para dirigirse al cerro.

Contempló el rostro del gobernador, su mirada desorbitada y asustada eran fiel testigo del pánico que lo invadía.

Se preguntó si esa expresión no la tendría él cuando acabara el día.

CONTINUARA