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Capítulo 101
La bruja del cerro
Subía la colina llevando tras él a trompicones al maltrecho y gimiente valí.
Tuvo que hacer un par de descansos, no porque su rehén tropezara continuamente, sino porque él mismo estaba exhausto.
Cuando llegó a la cima no lo sorprendió encontrar a Frianda en la puerta de la choza que había construido aprovechando una de las muchas cuevas del cerro.
Tampoco esperaba sorprenderla a ella. Y así era, a tenor de su semblante regocijado y su mirada relamida. Al fin y al cabo, había predicho con bastante fortuna que volvería a ella. Y, en efecto, empuñaba una espada.
—¿Buscas cobijo, norteño?
La doble intencionalidad de esas palabras relució en su pícaro gesto.
—Si eres tan adivina como parece, y tan sagaz como creo, conoces sobradamente la respuesta.
Lanzó una mirada desdeñosa sobre el trémulo y magullado prisionero y se encogió de hombros con reveladora indiferencia. A continuación, posó la mirada en el guerrero y sonrió artera.
—¿Vienes a convertirme en aliada de la causa? Porque, si eres tan necio como pareces y tan fiel como crees, conoces de sobra la mía.
Albert estiró la comisura de sus labios en una suerte de sonrisa que pendió insolente en su boca.
—Yo no planto semillas en terreno emponzoñado, pues solo podrán crecer malas hierbas.
—De las hierbas me ocuparía yo. Y ahora sembrar es tu única salvación.
Y la de los tuyos, no solo de la buena de doña María.
Albert ató al prisionero a un árbol y se acercó a ella. Frianda alzó el rostro para poder sostener su celeste mirada. A pesar de la diferencia de altura y complexión, ella no se amilanó.
—Me necesitas, norteño —sentenció petulante.
—Nos necesitamos —puntualizó él enarcando una ceja.
La mujer lo miró con un deje contrariado y curioso.
—Me acabas de dar refugio, así que eres aliada de la causa rebelde. O nos buscas una salida, o nos capturan a todos.
—Muy astuto, norteño —concedió poniéndose de puntillas para acercar su boca a la suya.
Albert enlazó la cintura de la mujer y la ciñó a su pecho.
Frianda exhaló un suspiro anhelante y entreabrió los labios.
El guerrero inclinó el rostro hacia su cuello y ella gimió.
—Tienes una daga apuntando a tu costado —le susurró en el oído—. Así pues, o preparas el maldito antídoto, o no vas a preparar nada nunca más.
Frianda clavó una mirada letal en él y se revolvió entre sus brazos. De repente, en mitad de su arrebato, logró atrapar la boca del hombre y lo besó con desespero. Él notó un sabor extraño, amargo, y, en el acto, un extraño cosquilleo que comenzó a adormecerle los labios y a doblegar su voluntad.
Intentó por todos los medios apartarla de su lado, pero ella se había adherido a su pecho como el musgo en la roca.
Cuando por fin logró arrancársela de encima, trastabilló hacia atrás y se relamió con la intención de quitarse ese amargor extraño, tan parecido a la hiel.
—Ya lo hice —murmuró la druida con gesto triunfal—, y con algo de suerte doña María se salvará.
Albert la observó anonadado y confuso.
Sintió una laxitud inquietante extendiéndose por todo su cuerpo. También flotó en su cabeza una niebla densa que comenzaba a nublar su entendimiento. ¿Estaría imaginando aquello? ¿O simplemente ella mentía?
¿Cómo era posible que doña María ya hubiera tomado el antídoto?
No supo bien qué estaba pasando, pero notó de nuevo el cuerpo cálido y curvilíneo de la mujer contra el suyo, solo que esta vez él no pudo alzar los brazos para apartarla. Y aquella turbadora niebla se espesaba en su mente, aturdiéndola.
De nuevo, una boca apremiante tomó la suya, y no solo la saboreó, sino que la conquistó hambrienta.
—Sabes tan bien como imaginé —oyó apenas con sus embotados sentidos.
Aquella voz… sinuosa, melosa y ardiente despertó en él recuerdos que lo encendieron.
Pero no, ella no era su Freya… No lo era.
—El estramonio comienza a hacer efecto… Ven…, estás a punto de desvanecerte. Vamos dentro…, no tenemos mucho tiempo.
Notó que lo tomaban de la mano y lo introducían en un sitio oscuro y sofocante.
—¡Suéltame, bruja!
La empujó con las fuerzas que pudo reunir y la tiró al suelo. Agitó vehemente la cabeza para sacudirse aquel condenado sopor que lo invadía y miró a su alrededor. Estaba en el interior de la choza, que tenía forma circular.
Hierbajos basculantes colgaban del techo, un tímido fuego crepitaba en un extremo apartando apenas las pesadas sombras que dominaban cada rincón.
Y un picante olor acre manaba de un agujero que se abría en la pared del fondo, una entrada a la cueva que perforaba la pedregosa colina y que estaba medio oculta por una cortina raída.
La mujer se puso en pie y le cerró la salida. Le había arrebatado su propia daga y la empuñaba amenazante.
—Estás en mi poder, maldito norteño. Tu vida y tu voluntad son solo mías ahora.
Se acercó a él, apuntándole el vientre con la daga, mientras su otra mano se ahuecaba en torno a su entrepierna y la frotaba.
—Y ahora también tu semilla.
Albert sintió cómo liberaban su hombría. Y en su confusa conciencia se mezcló la lujuria y la repulsa en una batalla a la que se sumó su desesperada necesidad por salir de aquel estado casi hipnótico que lo paralizaba.
Cerró los ojos, apretó los dientes y rugió furioso, combatiendo contra aquella maldita lascivia infame que burbujeaba en sus venas. Logró tomar la muñeca de la mujer y hacer que soltara su erguido miembro. La empujó de nuevo, esta vez con menos ímpetu, descubriendo angustiado que sus fuerzas mermaban.
Oyó una risa maléfica y de sus labios brotó una imprecación, solo que no supo bien cuál. Dio varios traspiés hacia la salida, pero no llegó a ella. Se desplomó pesadamente cayendo de rodillas.
—Entrada la madrugada, antes de despuntar el alba, vino tu esposa a verme.
Albert alzó el rostro e intentó enfocar la vista. El semblante de la bruja se desdibujaba ante él. Luchó por mantener la conciencia todo lo que pudo.
—Reclamaba el antídoto, amenazando mi vida —prosiguió ella. Su voz sonó lejana y carente de emoción alguna—. Reconozco a una mujer curtida en la vida y en la muerte en cuanto la veo. Y ella es una guerrera, una superviviente. No dudé de sus palabras y le preparé el brebaje. Se lo entregué y se marchó. Pero, a pesar de sus muchas cicatrices vitales, pecó de ingenua al creer que no iban a tener pago mis servicios. A menudo un exceso de confianza puede ser fatal. Ambos me habéis subestimado y lo lamentaréis mucho. Esto apenas es el principio, norteño.
Lo ayudó a ponerse en pie de nuevo. Lo condujo hacia un banco pegado a la pared de roca y lo sentó.
—Cualquier otro hombre ya habría sucumbido al estramonio que puse en mis labios, pero tu fortaleza es sublime —alabó cogiéndolo del pelo y obligándolo a mirarla.
—Los… soldados del emir… lle… garán de un momen… to a otro. Y… nos matarán a todos…
—Lo sé, olvidas que las piedras me muestran el futuro…, y el nuestro está unido.
La bruja se alzó las faldas y las arremolinó en torno a sus caderas para sentarse a horcajadas sobre sus piernas. Tomó su miembro entre las manos y comenzó a frotarlo para endurecerlo.
—Todo un guerrero bien pertrechado…, mmm… —Mientras lo acariciaba, tomó su boca de nuevo, enturbiando aún más sus sentidos—. Tus dioses han sido generosos en todos tus dones, norteño. Te deseé desde que puse mis ojos sobre ti en aquellas mazmorras. Supe que era tu semilla y no ninguna otra la que debía germinar en mi vientre. La semilla de un ser formidable en todos los aspectos.
Se revolvió como pudo y, de nuevo, logró empujarla, haciéndola caer.
Otra risa, esta vez cargada de lujuria y perversión.
—Supones todo un reto para mí… —masculló la bruja irguiéndose—. ¡Por los dioses celtas, cuánto voy a disfrutar sometiéndote!
—Me repugnas —escupió él, tratando en vano de ponerse de pie.
—Pues no es eso lo que parece: tu espada blande firme deseando entrar en mí.
Profirió otra risotada que le taladró la cabeza.
—¿Sabes? Los antiguos romanos usaban el estramonio para sus famosas orgías en honor a Baco. Inhibe la voluntad, desata la libido, convierte al hombre en un animal en celo y lo libera de todas sus ataduras morales.
Ahora mismo, mientras pugnas por rechazarme, el animal que llevas dentro ansía poseerme. Luchas, pero esta victoria es solo mía, guerrero. Además, pronto morirás, aunque no del todo, gracias a mí. No sería justo que un hombre como tú partiera de este mundo sin dejar descendencia.
—No… no voy a morir…, no…
—Serás ajusticiado en Qurtuba junto a todos los amotinadores, eso vi en las piedras.
Volvió a arremangarse las faldas y comenzó a tocarse frente a él. Aquella visión lo atormentó y volvió la cabeza cerrando los ojos a la tentación.
—Debo lubricarme bien para cobijarte, norteño, hace tiempo que no yazco con varón alguno y tu dotación sobrecoge.
La oyó gemir e intentó cerrar sus abotargados sentidos a lo que acontecía ante él. Se revolvió de nuevo cuando notó sus dedos húmedos aferrando su falo para guiarlo.
—Que la diosa Dana bendiga esta unión.
Y, sin más preámbulos, se encajó en él con un gemido estrangulado, entre dolorido y triunfal.
El rechazo emergió desesperado del centro mismo de su ser. Su negativa a lo que estaba sucediendo retumbó en su cabeza incesante, pero no encontró una puerta por la que salir. Su cuerpo y su voluntad se habían doblegado miserablemente, traicionándolo. Y aquel puñal de la más aterradora impotencia se hundió en su pecho, despertando a su vez un acusado desprecio por sí mismo. Por su debilidad, por su necedad.
Al menos, su traicionero cuerpo no alargó aquel suplicio. El placer físico no controlado y carente de toda emoción cumplió su cometido, liberar un orgasmo desolador, con el más acerbo sabor de la derrota titilando en cada espasmo. No fue lo único que se liberó. El odio, la rabia y el sopor lo derrengaron laxo cuando ella salió de él y se tumbó en el suelo con las piernas en alto sobre una silla.
Habría deseado abalanzarse sobre ella y matarla. Pero ni siquiera tuvo fuerzas para enjugarse del rostro las gruesas lágrimas que lo recorrían.
Jamás en toda su vida había experimentado una vulnerabilidad igual, una impotencia tan devastadora. Era como soltar las amarras de tu barco y que otro tomara el timón guiándolo hacia la tormenta.
En aquella todavía espesa neblina que obnubilaba su mente y la discapacidad de su cuerpo para conectarse a ella, solo pudo rezar para que ese vínculo roto no tardara en restablecerse.
Sumido en la inmovilidad y la sensación de derrota más apabullante que nunca había vivido, sintió aflorar una fragilidad y una indefensión que lo devolvieron a su infancia con un recuerdo que lo saeteó inmisericorde… El día que los Ildengum aniquilaron a toda su familia…, incluso vio el cuerpo de su hermano y de la que había sido su madre sobre sendos charcos de sangre…
Un agudo escalofrío lo sobrecogió. Ni siquiera pudo sacudírselo, ni abrazarse a sí mismo. Se sintió ese niño compungido y asustado que sollozaba sobre los cadáveres de su familia, sin más protección que la de los dioses.
No supo bien el tiempo que había transcurrido hasta que oyó relinchos de caballo. Parpadeó confuso y se frotó la cara.
La pesadez de su cuerpo comenzaba a desaparecer, y empezó a tener control sobre sus movimientos. Al principio no coordinaba a la perfección, la torpeza lo hizo ponerse en pie y caminar a trompicones hacia la puerta. Pero al menos podía hacerlo.
Necesitaba aire fresco con urgencia. Descubrió que la choza estaba vacía, y lo primero que su instinto le gritó fue que cogiera un arma. La bruja le había quitado su tahalí. Solo vio cuchillos pequeños para cocinar y un hacha clavada en un madero. Luego pensó que no los necesitaba para acabar con ella.
Impelido por la furia, pero todavía recuperándose de aquella atadura física, logró salir del chamizo, apartando de un empellón la puerta de cañas.
La intensa luz del día lo hizo entornar los ojos. Cuando por fin pudo enfocar la vista, lo que vio ante él lo consternó.
El oficial de la razia y su escolta, acompañados de un pequeño destacamento, estaban apostados frente a la chabola. Junto a ellos, el valí, libre de ataduras, ceñudo y resentido. Paralizado, Albert descubrió a los suyos de rodillas en el suelo con las manos atadas a la espalda, flanqueados por soldados. Su angustiada mirada se clavó en Freya, que lo observaba tan atónita como él.
Comenzó a avanzar hacia ella cuando un soldado se interpuso y lo derribó con el mástil de su alabarda.
Creyó haber gemido de dolor, pero no fue él, sino Freya. La miró de nuevo intentando ponerse en pie. Pero un nuevo golpe impactó en su espalda y volvió a morder el polvo.
Apretó los dientes y gruñó de rabia. Una vez más, se incorporó y avanzó a gatas hasta que un violento puntapié en el costado lo derribó hacia un lado.
Esta vez, el gemido sí fue suyo.
Se arrastró maltrecho hasta ella. Necesitaba sentirla cerca, explicarle…, necesitaba que lo abrazara.
Cuando alzó la vista y, apoyado en las palmas de las manos, se irguió, la asombrada mirada de su esposa relució dolida. Su expresión se había endurecido y la desolación pintó de aflicción su gesto. En sus ojos leyó una pregunta que su boca no quiso pronunciar: «¿Por qué?».
Entonces reparó en la figura femenina que estaba junto a ella con semblante complacido.
Frianda de Kent lo miró con absoluto regocijo, paladeando su victoria.
—¡Maldita perra del infierno! —imprecó furibundo.
Ella se encogió de hombros, componiendo una mueca flemática.
—Este es un final muy justo, a mi parecer. Yo tengo lo que ansiaba, el emir también, tu esposa gana una madre pero pierde a su hombre. Y tú, bueno, tienes al menos el consuelo de saber que parte de ti seguirá viva.
Se acarició significativamente el vientre y sonrió maliciosa.
—Además, me has hecho gozar como nunca —añadió relamida.
Albert no pudo más y, en un fiero arrebato, se lanzó sobre ella. Dos soldados le impidieron alcanzarla.
Se debatió con ellos y los redujo con los puños. Solo que esta vez no fue a por Frianda, sino que se cernió sobre Freya, tomándola en brazos.
Sentir el envaramiento de su cuerpo fue como si le clavaran un puñal en el corazón.
—Amor mío…
Freya lo miró embargada en un aciago llanto que lo asoló por completo.
—No te he traicionado, te lo juro por mi vida, me hechizó con una de sus hierbas y…
—No me toques… Nos has condenado a todos —siseó rabiosa.
Unas fuertes manos lo separaron de ella. Él se resistió, pero fue golpeado hasta que cejó. Le latía el rostro y le daba vueltas la cabeza. Pero lo que más le dolía era el pecho.
Vio las miradas condenatorias de sus hombres. Menos Thorffin, que lo observaba apenado y compasivo. No vio a doña María por ninguna parte, ni a Helga con el pequeño Erik, ni a Valdis. Imaginó que se habían quedado a cuidar de ella.
Todo estaba perdido.
Solo importaba una cosa: salvarla a ella como fuera.
Bajó la cabeza derrotado cuando el oficial se le acercó. Lo mantenían de rodillas mientras maniataban sus muñecas.
—Has sido acusado de sedición y la pena es la muerte. Serás ajusticiado en Qurtuba en presencia del emir. Tus hombres compartirán la misma pena, así como los líderes de la revuelta. El resto serán aniquilados como ratas en cuanto los apresemos.
—Ella… es mi esposa, no ha participado en esto.
—Será liberada en cuanto llegues a la capital del imperio. Ella es nuestra garantía de que no intentarás escapar hasta que llegues a la prisión de Qurtuba.
Fue arrastrado a empellones hasta uno de los caballos, pero no fue subido a él, sino que ataron el extremo de la soga que envolvía sus muñecas a la silla para que caminara tras la montura.
Cuando el animal fue arreado y salió al galope colina abajo, Albert fue impelido al suelo y traqueteado como un fardo, hasta que oyó la orden de aflojar la marcha. El arrastre fue tal que, cuando quiso ponerse en pie, le flaqueaban las rodillas y apenas veía de la sangre que cubría su rostro.
Un grito rasgado y agónico pronunció su nombre tras quebrarse en un sollozo desesperado y sufrido.
Lo repitió varias veces hasta que la distancia lo diluyó en el fragante aire de la sierra.
Con cada sollozo fue su corazón lo que se desangró.
Marchó roto, acompañado del tormento de la mujer que amaba, vilipendiado, ultrajado y contrito, para morir como un traidor por una causa que no era suya y por una fe que no sentía.
Aquel llanto fue cuanto oyó de camino a Qurtuba, encerrado en aquel carromato celda que traqueteaba por los agrestes senderos que atravesaban el al-Ándalus. Y su rostro dolido cuanto vio.
No fue consciente de que en realidad ya estaba muerto; sin ella a su lado, no había vida posible.
CONTINUARA
