Hola a todes!

¿Sorpresa? Tal vez os preguntáis que hago por aquí una vez más, pero la verdad, escribir esto me hace feliz. Así que posiblemente 'JET LAG' se convierta en una historia de 3 capítulos con epílogos a modo de slice of life.

¿Por qué? Pues porque me divierte mucho este universo y me ayuda con mi escritura en los ratos libres.

Me da un poco de pena porque aunque las estadísticas indican que la gente lo lee, apenas nadie ha dejado ningún comentario. De hecho, el capítulo anterior es una de las cosas más adultas que había escrito hasta la fecha y realmente quería saber si os había gustado. Le agradezco a Sakura88 que al menos se animara a dejarme un comentario. Me hizo eternamente feliz.

Como ya sabéis, a veces escribir para otros es bastante solitario. Al final, la única recompensa o pago, son las reviews de la gente y saber que hay gente que disfruta con lo que haces. No quiero mendigaros reviews, pero os agradecería si sacaseis un huequito para saber si os gustan estos epílogos o no.

Este epílogo sucede tres meses antes que el anterior, el día en que Izuku firma el divorcio con Melissa. La primera vez que Uraraka vuela a NY para visitarle.

Después de este tengo pensados algunos más, tal vez algo más cortitos. No sé cuándo los publicaré, supongo que cuando la ilusión y la energía llame a mi puerta.

Mientras tanto, ¡ESPERO QUE LO DISFRUTÉIS!

PD: No hay nada 'X' pero sí lenguaje y temas adultos.


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JET LAG -EPÍLOGO 3

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Izuku estaba hastiado.

Nunca pensó que un olor le agobiara de aquella sobremanera.

O sea, había olido cosas peores en su carrera como héroe, desde el horrible olor de la sangre al hedor de los cadáveres. Y nunca, nunca en toda su vida, pensó que se marearía al oler el tufo a madera rancia y a moho de aquel despacho de notarios en Los Ángeles. ¿En qué siglo se habían quedado?

El aire estaba tan cargado que la luz de las cortinas, húmedas y amarillentas, entraba con una densidad sólida. Una que era irrespirable y seguramente tóxica, pensó para sus adentros el héroe.

Lo peor es que con aquel mareo no podía concentrarse en las letras de ese larguísimo testamento que habían confeccionado como su 'contrato de divorcio'. Se aflojó la corbata. ¡Qué exasperación! Y encima el notario le miraba por encima del hombro, con una extraña xenofobia y racismo que no sería la primera vez que sentía en aquel país.

—Perdone—dijo con educación Izuku—. Han escrito mal mi nombre.

El hombre canoso se puso las gafas y le quitó el contrato de las manos. Ese que había sido repasado doscientas veces por varios abogados.

—Está bien—declaró tras leerlo—. Es usted Izuku Midoriya, ¿no?

Izuku tomó aire (si es que eso era posible) antes de hablar.

—Sí, en inglés romaji está bien escrito—se explicó con educación—. Pero en mis datos personales que ha rellenado, al lado de mi pasaporte, han transcrito mal los kanjis. Mire—le señaló Izuku.

El hombre miró la fotocopia del pasaporte de Izuku y luego la trascripción de sus datos que había hecho a boli.

—Está correcto, señor Midoriya—declaró el hombre, pronunciando mal su apellido.

Izuku hizo uso de todo su saber estar.

—Bueno, realmente le falta el 'ten-ten'—quiso explicarse.

Ya le parecía bastante horrible y aberrante que hubiesen escrito su nombre en hiragana (seguramente sacado de un alfabeto de Wikipedia) en vez de con sus kanjis originales, pero peor le parecía que encima lo hubiesen escrito mal.

—No le entiendo—dijo el hombre sin ápice de interés.

—Le faltan las comillas, mire— Izuku tomó un lápiz y le escribió en una nota su supuesto nombre en hiragana—. ¿Ve lo que le digo?

El hombre tomó la nota, la puso junto a los documentos y se pasó un buen rato comparándolo.

—Yo lo veo prácticamente igual—declaró—. Está bien como está, usted tranquilo.

Tranquilo.

Sí, Izuku estaba muy tranquilo. Perfectamente tranquilo. Tranquilísimo en aquella horrible notaría con olor a muerto firmando un documento de divorcio en el que se llamaba Izuku Mitoriya. Encima su abogada estaba de vacaciones, no tenía a quién quejarse.

Dio la batalla por perdida, recuperó el documento y siguió leyéndolo. La burocracia estadounidense a veces era un poco altanera.

—¿Está seguro de que su esposa va a llegar a tiempo? —preguntó el hombre mirando el reloj.

—Démosle unos minutos más…

Era la tercera vez que intentaban firmar el divorcio.

La primera, Izuku había tenido que salir al rescate por una emergencia, así que tuvieron que cancelar a última hora. La segunda vez, después de esperar en la notaría durante tres largas horas a que apareciera Melissa, Izuku la acabó llamando para comprobar que estaba con su hijo en el hospital por no sé qué pruebas y de lo nerviosa que estaba se le había olvidado avisarle.

Ahora, aquella tercera vez, Izuku empezaba a dudar de si Melissa lo había vuelto a dejar tirado. Iban 1-1, aquello podía ser el desempate definitivo… aunque sinceramente esperaba que apareciera, porque había perdido toda la mañana en un avión desde Nueva York a Los Ángeles y encima había quedado en recoger a Uraraka en el aeropuerto de Nueva York aquella noche de madrugada. Era la primera vez que la chica le hacía una visita a su casa desde que estaban juntos y lo cierto es que Izuku estaba deseando verla. Y no, por nada del mundo podía dejarla tirada en mitad de un aeropuerto tras doce horas vuelo.

Él también miró su reloj… las 14:00 hrs. Melisa llegaba una hora tarde.

—Voy a llamarla—sentenció Izuku, bajo la mirada acusatoria del notario.

Llamó por teléfono a aquel número que se sabía de memoria, pero le saltó el contestador.

—No lo coge… —se mordió el labio Izuku—. ¿Podemos esperar quince minutos más?

—El tiempo es oro, señor Midoriya—declaró el hombre—, pero le haré el favor porque mi nieto es fan suyo.

Aquello sorprendió a Izuku.

—¿En serio? —preguntó emocionado.

—Sí—dijo con sequedad—. Y mire que en mi familia somos más del General Ultramérica.

Izuku borró la sonrisa de los labios y decidió seguir concentrándose en su contrato. Le encantaba América, ¡adoraba a América! pero la verdad es que odiaba a la gente como ese tipo.

Y eso que él no odiaba a nadie.

Bufó y siguió leyendo: separación de bienes, cesión de posesiones matrimoniales, cláusula de confidencialidad…

En aquel momento, como si hubiese sido invocada por la desesperación de Izuku, Melissa irrumpió por la puerta. La palabra sería irrumpió porque casi rompe la puerta del golpe que tuvo que darle con el hombro para abrirla.

—Perdón, perdone, estaba atascada—se disculpó cerrando con sumo cuidado—. Siento muchísimo llegar tan tarde.

Se acercó rápida y concisa y se sentó en la silla al lado de Izuku.

—¿Todo bien? —preguntó Izuku al verla tan acelerada, haciendo amago de levantarse.

—Sí, perdona Izuku, cariño—respondió tranquila, quitándose la chaqueta—. ¿Te he hecho esperar mucho?

Él negó, con una sonrisa.

—No te preocupes…

—Llega una hora y cuatro minutos tarde, señora—la cortó el notario, deslizando la copia para ella sobre la mesa.

Izuku y Melissa se miraron y ambos compartieron una mirada dónde claramente concordaron que ese señor era 'un idiota con mayúsculas'. Y sin más, Melissa se puso a repasar el contrato.

Debía haberle pasado algo, porque por lo general ella siempre era bastante formal y puntual.

Además, sonrió Izuku para sí, llevaba el pelo rubio recogido con un boli y eso solo lo hacía cuando estaba en casa o trabajando. Seguramente había salido tan a la carrera que no se había dado ni cuenta. Le pasaba muy a menudo. Por lo general, se avergonzaba mucho cuando se daba cuenta. No es que fuera una mujer presumida ¡ni mucho menos! —y eso que tenía belleza de sobra—, era más bien una cuestión de protocolo y ella ante todo se tenía por una mujer formal y elegante. No una que llegaba a una notaría una hora tarde y con un boli sujetándole el moño de la cabeza.

Se la veía distinta, pensó Izuku al mirarla. La maternidad le había sentado bien, lucía más desenfadada. También su cuerpo había cambiado y había subido unos kilitos, aunque Izuku pensó que realmente se veía muy bien con ellos.

—Izuku, cariño, han escrito mal tu nombre—dijo Melissa cuando llegó al fatídico apartado.

—No te preocupes, se entiende así…—se dio por vencido.

Ella lo miró sin comprender.

—Pero si está en hiragana, sin ten-ten y con una 'ri' que parece una 'n'—esto último se lo dijo en japonés, porque era más fácil de explicar así y porque no quería ofender al notario.

Izuku también le respondió en japonés, diciéndole que ya había discutido con el notario esa parte y que era un caso perdido. Que lo dejara estar. Que no tenía tiempo para discutir esa tontería.

Ella bufó, pero aceptó.

—Al menos está bien escrito en inglés—concluyó la rubia.

Tras decir esto, cambió de nuevo al inglés, su lengua materna y se dirigió al notario. Era una suerte ser bilingüe de dos idiomas potencia en aquellos tiempos.

—Por mi parte todo correcto—confirmó.

—Perfecto, pues—se levantó el notario, entregándoles un boli a cada uno—. Leeré el contrato en voz alta y lo grabaré para que así conste para sus abogados—le dio 'play' a una grabadora prehistórica—. Una vez finalicemos, firmen en todas las hojas, por delante y por detrás y en la última página donde aparecen sus nombres. Si en algún momento algo de lo que han negociados sus abogados no es correcto, por favor, háganmelo saber.

Izuku no era idiota. Salía perdiendo con aquel contrato y eso que Aiko, su abogada, le había dicho que si se quedaba con la casa podía conservar la doble nacionalidad registrando el certificado de residencia a la nueva ley de fronteras. Pero es que a él le daba igual quedarse o no con la nacionalidad estadounidense. Al ser un héroe internacional no necesitaba visa para ningún país. Y lo que menos ilusión le hacía era quedarse con esa casa de Los Ángeles. Esa donde Melissa le había engañado con otro.

Así que en aquel contrato se lo cedía todo a ella: la casa, el coche (él no tenía ni carnet de conducir, tampoco le servía para nada), el seguro del hogar, todas las cosas que habían comprado a medias… Lo único que se quedaba eran sus bienes personales, sus derechos de imagen y las regadías pertinentes además de una cláusula de confidencialidad donde le pedía a Melissa que no desvelase a la presa nada sobre él (cosa que ella nunca había mostrado interés en hacer).

—Pues con esto ya estaría todo—se levantó el notario cuando terminaron de firmar, dándoles la mano—. Les confirmo que de forma oficial queda anulado su matrimonio.

Aquello sonó escalofriantemente adulto y permanente. Un 'no hay vuelta atrás' que fue un amargo peso que Izuku no sabía si se había quitado de encima o si le había dado un bofetón. Melissa se quitó el anillo que todavía llevaba puesto y se lo dio a Izuku, aunque tampoco entendió muy bien qué se suponía que debía de hacer con él. El suyo se lo había quitado casi un año atrás, el día que regresó a casa y se la encontró embarazada de otro.

—Oficialmente, señorita—le dijo entonces el notario a Melissa con formalidad inglesa—, deja usted de ser señora de Midoriya, así que recuerde de cambiar el apellido en su registro familiar. Como no hay hijos en común, el apellido Midoriya queda sin valía para sus herederos.

Ella asintió, incómoda. Aquel tema era incómodo.

—Okey, pueden irse—dictaminó—. Y de prisa, por favor, tengo más divorcios pendientes. Ingresen la suma de mi cheque a través del banco antes de treinta días.

Aquella hoja se la dio a Izuku. Una hoja reseca y añeja con una suma que era criminalmente excesiva para una señor que leía papeles a personas rotas.

Cuando salieron de allí, la vida les volvió al cuerpo. Eso y lo que más une a las personas: el odio común.

—¿En serio los honorarios de ese tarado son veinticinco mil dólares? —preguntó Melissa estupefacta, agarrando el cheque que sostenía Izuku.

—Se supone que también nos ha cobrado las horas de las citas a las que no acudimos.

—¡Será aprovechado y ostentoso! Vaya hijo de…

Izuku nunca entendía nada de lo que decía Melissa cuando insultaba. Intuía que usaba palabras demasiado complicadas, de esas que no se enseñan en las academias de inglés.

—Ay de verdad… —suspiró ella, llevándose las manos a la sien, agobiada.

—No te preocupes, si quieres lo pago yo—dijo con tranquilidad Izuku.

—¡Pues claro que no! —se quejó Melissa—. Te dije que lo pagaríamos a medias y pienso ingresarte mi mitad. ¿Sigues usando el mismo banco?

Izuku asintió.

—¿Y la misma cuenta?

—Sí.

—¿Y la misma clave?

Él volvió a asentir, sacándole una sonrisa.

—Izuku un día de estos…

—ya lo sé, ya lo sé…me van hackear y todo eso—terminó él por ella—. Ya me lo has dicho como doscientas millones de veces.

—Pero es que es verdad—le dio un golpe con el cheque—. Y por cierto, dile a Hiroshi que cambie de una vez tu clave del banco, te recuerdo que sigo conociéndola.

—Bueno no creo que necesites usarla después de lo que hemos firmado… —bromeó Izuku.

Ella captó la broma, aunque le respondió con un poco de redecillas.

—Que conste que fuiste tú el que renunció a todo, yo no te lo pedí.

—Lo sé…—dijo más conciliador.

Era bastante rara esa familiaridad que había en ellos. Esa familiaridad de un noviazgo larguísimo, años casados y pérdidas en común. Aunque más rara era esa normalidad después de cómo había acabado todo entre ellos. Además, llevaban sin verse prácticamente un año.

—¿Cómo… cómo está Hiroshi? —rompió el hielo Melissa.

—Bien, está bien—respondió educado Izuku, con su a veces estricta formalidad nipona—. Estresado.

—Bueno, ese es su estado natural—bromeó Melissa.

Luego se quedaron mirándose, a las puertas de aquel juzgando. Sin saber qué hacer ni qué decir. ¿No hacía mucha calor de repente?

—Perdona por llegar tarde—rompió el silencio ella, tratando de rebajar aquella incomodidad—. He tenido un problema de última hora con la canguro y…

—Tranquila—la cortó Izuku—, no tienes por qué darme explicaciones.

Ella asintió. Eso era verdad. Se recolocó las gafas y se ajustó el bolso que llevaba.

—Por cierto, llevas el boli…—la avisó Izuku, incómodo.

Ella abrió los ojos y maldijo bajito, quitándose el boli y soltándose el pelo.

—Ay qué vergüenza…—dijo —, gracias por avisar.

—De nada.

Volvió a hacerse un extraño silencio, uno largo y pesado. Tanto como el aire dentro de la notaría.

—¿Te he hecho esperar mucho? —preguntó por cortesía ella—. He salido como las locas, perdóname. Quería llamarte, pero me quedé sin batería y venía cargando el teléfono en el coche…

—No pasa nada, Mel—le quitó importancia Izuku—. De verdad. Lo importante es que has venido.

—Sí… —respondió incómoda—. Caray, se ha hecho de rogar—bromeó.

Izuku intentó relajarse también, aunque era complicado hablar cara a cara después de casi un año sin verse físicamente.

—Supongo entonces… —siguió nerviosa ella—, que hemos terminado definitivamente con todo el papeleo, ¿no?

Él asintió, llevándose las manos a los bolsillos.

—No sé tú…—dijo ella con algo de timidez—, pero esto se siente súper extraño, ¿no?

Irónicamente, por una vez Izuku no era el más nervioso de los dos.

—Sí que es extraño, sí…

Volvió a haber un silencio tremendamente incómodo.

—¿Cómo estás?—se preguntaron casi al unísono para rebajar la tensión.

Aquella coincidencia al menos hizo que se sonrieran, sin saber ni dónde mirar. ¡Aquello era tan raro!

—Tú primero—se adelantó Izuku, cordial.

—No, tú…

—Tú primero, de verdad.

Ella carraspeó, mirando alrededor.

—Estoy bien, con mucho lio—se explicó—. Terminé… la baja por maternidad la semana pasada y me he incorporado al laboratorio, así que estoy poniéndome al día con todo, pero está siendo un poco caos. ¿Cómo estás tú? ¿Es cierto que regresas a Japón?

Él asintió, con un extraño nudo en el estómago.

Melissa no era tonta. De hecho, era de las mujeres más inteligentes que Izuku conocía. Y aunque se hiciera la boba sabía perfectamente por qué se marchaba Izuku. Básicamente porque lo había engañado con otro. Porque había destrozado la vida en común que habían construido en ese país. País donde Izuku se había mudado por ella, donde había aprendido otro idioma por ella, dónde había entregado su juventud y su esfuerzo en construir algo que se había roto en unos meses. Roto de manera irreparable.

—¿Te apetece un café? —propuso entonces Melissa insegura—. No tienes que aceptar si no quieres—dijo a sabiendas de que los japoneses nunca decían que no por cortesía e Izuku no era la excepción—, pero… a mí me gustaría. Que… que tomásemos un café juntos, por cerrar las cosas bien.

Izuku la miró sin comprender, de repente nervioso. Sobre todo por aquella intimidad final. ¿De verdad Melissa quería tomarse un café con él? ¿Por qué? ¿Había algo que se estaba perdiendo? ¿O era algún eufemismo y él no se estaba enterando?

—¿De cafetería? —preguntó para asegurarse.

Aquello le sacó una sonrisa a Melissa.

—Pues claro que sí, tonto.

Él negó para sí.

—Perdona, ya sabes que nunca entiendo los eufemismos ingleses—se llevó la mano a la cara, avergonzado—. Voy con un poco de prisa—miró el reloj—, pero si es algo rápido, okey.

Como Izuku era muy conocido en Los Ángeles, tomar un café en una cafetería acabó siendo una opción a descartar, ya que en seguida los fans se acumularon a su alrededor para pedirle autógrafos.

Así que pidieron un café para llevar y acabaron bien ocultos paseando por un parque local.

—Como sigan subiendo los precios del café en esta ciudad, va a llegar un día en que salga más rentable pedir un whisky—señaló Melissa, intentando entablar conversación, ya que Izuku estaba muy callado.

Y cómo no estarlo.

Se sentía muy confuso estando con ella. Porque la quería, claro que la quería, —esas cosas no se van de un día para otro—, pero no podía evitar sentir cierto rencor y resentimiento hacia ella.

Uraraka le había dicho que con el tiempo sanaría esa herida y que se sentiría mejor, pero de momento todavía le dolía demasiado. Y quería creerla, pero dudaba de que pudiera volver a ver a Melissa con los mismos ojos, ignorando lo que había pasado.

—Entonces… ¿cómo estás?—siguió hablando ella.

—Bien, estoy bien—cortó por lo sano Izuku, aparentando normalidad—. Mucho trabajo, ya sabes… Nueva York es una ciudad muy grande.

—¿En qué distrito vives?—preguntó por animar la conversación.

—Al norte de Queens, aunque apenas estoy a unas manzanas de Brooklyn—explicó.

Melissa asintió. De adolescente ella vivió un tiempo al sur de Brooklyn con su padre. Por aquel entonces Izuku se acababa de mudar a América por un intercambio de seis meses. De hecho, fue a visitarla un día desde Nueva Jersey donde hacía las prácticas en una agencia de héroes.

De algún modo aquella se podía considerar como su primera 'cita'. La primera de las muchas que vinieron después.

—¿Y estás contento con el vecindario?

—Sí, es algo más ruidoso, pero me gusta—se explicó—. Me recuerda a mi barrio de Tokio. Te encantaría mi vecina, tiene como seis o siete gatos.

—¿En serio?

Melissa adoraba aquellos animales, pero como Izuku era alérgico nunca habían tenido uno.

—Sí, pero me paso la vida estornudando.

—Ay, pobre… ¿Y no estás tomando antihistamínicos?

Él negó.

—No, ya sabes que me sientan mal…

—Es verdad—recordó ella.

Izuku sabía que se iba a arrepentir de sacar el tema, pero echó valor y decidió que eran suficientemente adultos para hablar las cosas, aunque fueran incómodas.

—¿Cómo esta Erick-chan? —preguntó entonces.

Melissa dio casi un salto en el sitio al escucharle, culpable. Luego miró a Izuku a los ojos y supo que si preguntaba, es porque lo hacía de corazón. Porque así era él. Puro corazón.

—Mejor, mucho mejor—respondió—. Por suerte la operación ha salido bien y los médicos dicen que no corre peligro. En la última revisión nos dijeron que estaba todo bien, que no había de qué preocuparse.

—Me alegro mucho que no sea nada grave, Mel.

Erick era el nombre que Melissa le había puesto a su hijo.

Dadas las condiciones de su embarazo y los repetidos abortos que había tenido, los médicos la obligaron a tomar reposo absoluto y a estar muy controlada. Por eso lo detectaron a tiempo. Erick traía un soplo en el corazón. Es algo muy común que se resuelve a medida que se forma el feto, pero tras el parto los médicos vieron que algo no iba bien. Y lo operaron de urgencia.

Melissa apenas tuvo tiempo de dar ni el consentimiento, ya que el parto se hizo finalmente por cesárea y tardó muchas horas en despertar de la anestesia.

El niño había nacido apenas sin latino y tras la operación se había pasado dos meses en incubadora. Por suerte estaba bien, pero Izuku sabía que Melissa lo había pasado muy mal.

De eso hacía cinco meses ya.

—Han sido unos meses complicados—expresó ella—. Lo peor es que siento que me he convertido en una mamá helicóptero preocupada las veinticuatro horas. Es horrible.

—Supongo que es normal —le quitó importancia Izuku—. Lo importante es que esté bien.

—Sí, gracias a Dios—tragó saliva.

Ambos le dieron un sorbo al café, que empezaba a enfriarse. Septiembre empezaba a amenazar a la vuelta de la esquina para poner fin al verano e Izuku no podía evitar pensar que no debería haber aceptado ese café.

—¿Y regresas hoy mismo a Nueva York o te quedas unos días por aquí?

—Me voy en el avión de las 19:00—explicó—. Tengo que estar en Nueva York esta noche.

Ella asintió, con una mirada ausente y pensativa.

—Entiendo… —fue lo único que dijo.

Él le dio un sorbo más al café, abstraído.

—¿Sigues viéndote con Uraraka?

Aquella pregunta lo dejó frío.

Frío y desarmado. Completamente desprevenido.

—Sí—contestó algo seco.

No iba a mentirle, pero tampoco quería darle explicaciones.

De hecho, no tenía por qué. Y sin embargo, es como si ya hubiese esperado esa conversación. Ya lo esperaba desde que se lo echó en cara por mensaje de texto el día que se publicó la foto de ellos dos en Hong Kong. Uno que decía claramente y con bastante despecho: 'Por fin tienes lo que querías'.

—¿Estáis juntos entonces?

—Sí—repitió en el mismo tono.

Ella asintió, apretando los labios.

—Supongo que al final ha sido como tenía que ser…

Izuku arrugó el gesto, sin comprender.

—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó algo molesto.

—Pues que ya lo sabía…—dijo ella, encogiéndose de hombros—. Que en cuanto lo nuestro se terminara irías corriendo tras ella. Siempre has querido hacerlo, ¿no?

—¿Cómo? —se mostró incrédulo Izuku, sin creerse que Melissa realmente le estuviera echando en cara eso—. Creo que no estás siendo justa, Mel.

—Justicia… eso es lo único que te importa siempre. De lo único de lo que sabes hablar…

Aquello fue como un deja vú. Fue como verse a sí mismo años atrás, discutiendo con ella.

—Mel, has sido tú la que ha puesto fin a lo nuestro—fue claro Izuku.

—Dime entonces que tú no querías—se lanzó a decir ella, parando de caminar.

Izuku también paró, quedándose de pie, observándola.

—Dímelo—pidió ella—. Dime que tú no querías que lo nuestro terminara.

Él tomó aire, sin valor ni para pensar una respuesta.

—Melissa… lo nuestro se acabó porque me dejaste por otro—dijo dolido.

Ella negó, con el gesto molesto y los ojos brillosos.

—No, Izuku—negó ella—. Lo nuestro se acabó porque tú lo dejaste morir. Porque nunca te la has quitado de la cabeza. Siempre has estado esperando el momento para ir a buscarla.

—No sigas por ahí…—pidió Izuku, notando cómo el aire empezaba a faltarle—. Melissa has tenido un hijo con otro mientras estabas conmigo. Llevas dos años poniéndome los cuernos con él y yo te lo perdonaba una y otra vez porque me decías que no volvería a pasar, así que por favor, no me hagas ahora el culpable de que lo nuestro no funcionara.

Ella negó.

—Tú te rendiste desde el principio—rebatió ella—. Sólo estabas preocupado de lo que pasaba ahí fuera y yo mientras tanto estaba sola, contigo lejos, sin saber lo que hacías…

—Yo jamás te he engañado con nadie—se defendió Izuku, a la defensiva.

Y eso era verdad.

—La ausencia y el desapego duele más que un engaño, Izuku.

Y eso también era verdad.

—Tú nunca has sido sincero conmigo—siguió ella.

—Tú nunca quisiste escucharme—se defendió Izuku—. Me pusiste entre la espada y la pared.

—Izuku, tenía miedo de perderte.

—¡Y yo! —dijo incrédulo Izuku—, yo también tenía miedo de perderte, pero no estaba preparado para ser padre y no parabas de presionarme. Nunca quisiste mi opinión respecto al tema. Ni siquiera cuando te dije que no podía hacerlo.

—¿Presionarte? —preguntó casi escandalizada—. ¿Ahora soy yo la que te obligaba a que te acostaras conmigo? ¿Tanto te asqueaba tocarme?

El dolor habló por ella.

—Melissa, no parabas de tener abortos—tembló Izuku—. ¡Pues claro que no quería seguir siendo responsable de eso! De hecho, eras tú la que no quería tocarme. ¡Podías pasar días enteros sin hablarme! Luego ibas al médico, te decía que había oportunidad y venías a buscarme, como si yo no tuviera sentimientos—se desahogó Izuku—. Como si encima tuviera que mendigarte cariño sólo porque querías algo de mí.

—Eso no es verdad—negó ella, descompuesta—. Y lo sabes. Yo nunca te obligué a nada. ¿Ya no te acuerdas que eras tú el que estuvo casi un año durmiendo en el sofá? ¿Sabes cómo me sentía cuando nos acostábamos y luego te ibas de la cama?

—Me dijiste que como siempre estaba fuera viajando no sabías dormir conmigo en la cama—se defendió Izuku—y que insomnio era malo para el bebé. ¿Qué querías que hiciera?

—¡Pues que te quedaras y me abrazaras!

—Yo siempre quería abrazarte, pero eras tú la que se alejaba. Nunca sabía lo que querías o cuándo lo querías, no soy adivino ¿Sabes lo sólo que me sentía?

—No estabas sólo Izuku…

Izuku negó, intentando encontrar el aire, enfadado, hastiado, angustiado.

—No, claro que no… —bufó, intentando calmarse—. No estaba sólo… éramos tres.

Aquello lo dijo por el amante de Melissa.

—Mira es igual—concluyó ella, parpadeando varias veces para contener las lágrimas—. Perdona, no tenía que haber sacado el tema—luego respiró hondo y se dio media vuelta—. Creo que esto no ha sido buena idea, lo siento. Me ha alegrado verte, pero debo irme.

Melissa se terminó el café de un sorbo y lo tiró en una papelera. Luego se dispuso a marcharse, sin mirar atrás.

Izuku tomó aire varias veces, mientras la veía marcharse. Hiciera lo que hiciera, sabía que iba a arrepentirse igualmente, así que finalmente corrió tras ella.

—Espera, Mel…—la llamó, alcanzándola—. No te vayas así, por favor. Espera.

Ella no dijo nada, aunque no fue por despecho ni por orgullo. Es porque estaba llorando y no quería alzar la voz para no romperse.

Izuku se plantó delante de ella para detenerla, pero al descubrir que estaba llorando todo el enfado se le pasó.

Nunca pensó que Melissa y él pudieran hacerse tanto daño.

Sin decir nada, se acercó a ella y la abrazó. Y ella se dejó abrazar, aferrándose a él. Al menos eso se sintió reconfortante y familiar. Cerano. Real. Alejado de toda la hostilidad con la que habían lidiado en los últimos meses.

Terminaron llorando los dos. Melissa por haberle engañado de una manera tan ruin y humillante y él por haberse alejado tanto de ella. Por haberlos encerrado a ambos en la soledad de estar juntos.

—Perdona, te estoy moqueando la camisa…—dijo al cabo de un rato Melissa, separándose levemente de él, más calmada.

Las manos le temblaban aferradas a su camisa y el calor de las manos de Izuku en su cintura la hizo sentir culpable.

—Tranquila, no pasa nada—quiso quitarle importancia él, limpiándose rápidamente las lágrimas.

Luego, raudo y eficiente sacó un paquete de pañuelos del bolsillo.

—Ten—le ofreció él—. Ya sabes que soy un llorica, siempre estoy preparado para el drama...

Aquel amago de broma la hizo sentir mejor. Aceptó el pañuelo y también la disculpa tácita de Izuku por haber sido tan hostil antes.

—Lo siento muchísimo, Zuzu—le dijo de corazón Melissa—. No sé cómo he sido capaz de hacerte algo tan horrible… a ti—apenas le salía la voz del cuerpo—. No me lo perdonaré jamás. Al menos espero que tú sí puedas perdonarme.

Él negó. No quería esa disculpa. Eso no arreglaba el daño y lo hacía sentir más miserable.

—Mel, yo sólo quiero quedarme con lo bueno que ha habido entre nosotros—dijo sincero—. Si necesitas que te perdone, pues te perdono—se limpió los restos de lágrimas—, pero eso sólo son palabras y lo que realmente quiero es que no nos hagamos más daño. No lo soporto.

Ella asintió. Lo entendía perfectamente.

—Siempre podemos ser amigos…

—Mel, yo no puedo ser tu amigo.

El propio Izuku no sabía cómo estaba teniendo ese arrebato de madurez y sinceridad. Sinceridad consigo mismo. Tal vez los primeros meses de terapia empezaban a hacer efecto.

—Al menos no ahora—se explicó—. Yo… yo siempre te voy a querer—hizo una pausa—, a ti y a nuestros hijos… aunque no fuese como tú querías o necesitabas—se le cortó la voz—,pero… pero ahora necesito rehacer mi vida y necesito que me dejes hacerlo.

Los ojos se le volvieron a llenar de lágrimas y esta vez fue Melissa la que lo abrazó. Lloraron un rato más y luego se sentaron un banco para no llamar tanto la atención.

Era una visión bastante lamentable la de dos adultos llorando en un parque a plena luz del día.

Estuvieron un rato calmándose, en silencio, cada uno a solas con sus pensamientos. Tan a solas consigo mismos que lo único que daba a entender que no eran dos desconocidos sentados en el mismo banco, es que estaban cogidos de las manos.

—Uraraka también es mi amiga—fue Melissa quien rompió al fin el silencio—. Siempre me he sentido mal por tenerle celos, pero cuando te veía cómo la mirabas quería morirme. Me hervía la sangre—se sinceró—. Cómo podías dejar cualquier cosa por ella, elegir las peores misiones, saltar al vacío, dejarlo todo… como aquella vez que la secuestraron. Fue horrible lo que le pasó y yo me sentía tan culpable, como si fuera mi culpa por haberle deseado mal. Ella siempre ha sido tan buena conmigo, con nosotros…

Izuku la miró con algo de tristeza.

—Yo también tenía celos de Marc—hizo referencia a la pareja actual de Melissa—. Era como si él hubiese podido entrar en un lugar donde yo siempre me encontraba con un muro. Llegué a pensar que era incluso por el idioma.

Melissa rio algo amarga.

—¿Pero qué dices Izuku? —preguntó confusa—. Si entre nosotros casi siempre hablamos en japonés.

De hecho, Izuku se preguntó cuando habían dejado de hablar en inglés.

—No es eso… no sé explicarlo—se pasó la mano libre por la cabeza.

Ella intentó peinarlo levemente al ver el estropicio. Izuku seguía teniendo la misma bondad en la mirada. Apenas había cambiado físicamente en un año y sin embargo parecía otra persona. Y eso era extraño. La familiaridad de sus rasgos, de su olor, de las pecas adornando su cara casi imberbe de niño de perenne, sus ojos alegres, sus rizos incontrolables, su sonrisa de siempre…

Por un instante estuvo tentada a besarle, a sabiendas de que Izuku no se alejaría.

Esas cosas se saben.

Luego la cordura volvió a los dos y se sonrieron con algo de timidez. Avergonzados de haber pensado lo mismo.

—¿Eres feliz con ella? —preguntó entonces Melissa, más conciliadora.

Reservándose sus propios sentimientos para ella.

—Sí, mucho—fue sincero Izuku en un amago de sonrisa triste—. ¿Tú eres feliz?

Ella asintió.

—Siento mucho lo que te escribí el día de la foto de Hong Kong—pidió disculpas—. No tenía ningún derecho a meterme en tu vida privada y mucho menos a pedirte explicaciones. Uraraka es una buena chica… y si te hace feliz, te prometo no volver a entrometerme.

Él le sonrió amable.

—Yo siento mucho que te sintieras tan sola… y más después de todo lo que pasó.

—Izuku, lo de Erick fue involuntario… —intentó explicarse Melissa.

Él la calló.

—No quiero saberlo—pidió, casi en una súplica—, por favor.

Ella asintió. Luego ambos miraron la hora.

—Tengo que irme ya—dictaminó el héroe.

—¿Te da tiempo a una última parada?

No pillaba de camino, pero Izuku no se negó.

Nunca se podría negar a eso.

No era la primera vez que iban allí y puede que tampoco la última.

Melissa era judía e Izuku un sintoísta bastante ateo, pero por alguna razón que desconocían, aquella pequeña iglesia católica a las afueras de Los Ángeles era el lugar donde la vida les había regalado poder ir a llorar a sus mortinatos. A sus hijos que no habían nacido.

Llegaron a ella por casualidad varios años atrás, tras el segundo aborto de Melissa. Ambos estaban devastados, con la ausencia de un cuerpo al que enterrar pero con el dolor de que un mes más podría haber sido suficiente para que aquella criatura se aferrara a la vida. No lo había conseguido. Y ellos vagaban por la ciudad como dos almas en pena, bajo la lluvia fina que no moja pero que cala en los huesos.

Fue cuando escucharon la música, y como dos polillas se acercaron a la luz. Se sentaron al fondo, en un banco vacío, hasta que terminó aquella misa en español que ni siquiera comprendían. Debía ser la parroquia de alguna comunidad en específico. La verdad es que estaban tan agotados que apenas prestaron atención a nada. Les bastó el silencio y el cántico de voces iluminado por la imaginería de ángeles. El párroco nunca les preguntó nada, pero sin dudarlo, encendió una vela para ellos. Les dijo que cuando necesitaran consuelo, sólo debían ir y encenderla.

Fueron todas las semanas. Durante dos años. Casi siempre por la tarde noche.

Incluso después de separarse, cada uno siguió haciéndolo por separado cada vez que podían.

—¿La enciendes tú? —ofreció Melisa.

Él asintió, usando otra vela cercana para encender la suya, que estaba rodeada de algunos objetos personales y flores secas. Rezaron, cada uno a su manera y a sus dioses, por las almas de sus tres hijos que nunca llegaron a nacer. Y por los otros tantos que ni siquiera arraigaron la oportunidad de hacerlo.

Aquello siempre les daba paz, aparte de una terrible tristeza y melancolía.

Luego salieron a la calle y respiraron el aire puro, todavía cargado de olor a incienso.

—Tengo que irme ya—fue lo único que dijo Izuku después de salir de la iglesia, cuando llegó el taxi para llevarlo al aeropuerto.

—Que tengas buen viaje—le dio un abrazo Melissa—. Cuídate mucho y dale un beso a Uraraka de mi parte.

—Se lo daré—dijo por cortesía.

—Y por favor, ten cuidado—pidió Melissa, aferrada a él—. Me aterra cada vez que leo noticias sobre villanos. Prométeme que estarás a salvo y que no harás tonterías. Recuerda que tu vida es tan importante como la de la gente que salvas.

—Te lo prometo—la besó en el cuello Izuku, sin romper el abrazo—. Ten cuidado tú también. Recuerda que si tú o tu hijo necesitáis algo sólo tienes que llamarme.

—Lo sé.

Se aferraron más en el abrazo.

—Te quiero mucho, Zuzu—tuvo valor de decir Melissa.

Izuku la apretó más entre sus brazos, sin el coraje para responder a eso.

—Adiós, Mel—se limitó a decir, con una sonrisa sincera.

Por instinto y casi sin pensar, se besaron, un beso suave que apenas duró unos segundos y que supo a una terrible despedida. A un adiós definitivo. Al cierre de algo que había sido precioso pero que se había marchitado por no haberlo sabido terminar a tiempo. Era un beso que sabía a lágrimas, a pérdida, a rencor y a soledad. Pero también uno que sabía a cariño y a amor. Uno sincero. Porque a pesar de todo, eso es lo que siempre se procesarían. Un profundo respeto, amor y cariño.

Se sonrieron al separarse, uniendo sus frentes. Melissa lo besó en la mejilla y sin más Izuku se despidió de ella con la mano.

Definitivamente era un adiós.

Uno que no se sentía triste, sino como una liberación. Como una necesidad que habían tenido durante demasiado tiempo.

Y sonrieron felices, mirándose en el otro.

Fue entonces que Izuku se subió al taxi rumbo a Nueva York. Feliz. Libre. Tranquilo.

Rumbo por fin a la vida que había elegido vivir.


MIL GRACIAS POR LEER! Espero que lo hayáis disfrutado. ¿Os parece que esos dos han tenido el final que merecerían? ¿Os gustó el capi anterior?

Espero leeros en los comentarios ^^

REVIEWS:

Sakura88: ¡Un millón de gracias por tu review! Fue como la luz en la tormenta, ya que estaba un poco desanimada. Le puse mucho cariño al capi y no sabía si a la gente le había gustado. Muchas gracias por comentar las cosas que más te habían gustado. El tema del aborto es delicado, pero creo que es necesario visibilizarlo y hablar sobre él. Yo creo que a veces a las mujeres se nos exige estar preparadas para ser madres ante cualquier circunstancia y por eso creo que es justo que también se nos considere preparadas para elegir. No con ello quiero decir que haya que banalizar el tema, pero creo que es fundamental poder tener al menos la opción de elegir en las primeras semanas. Y sí, Izuku se queda un poco en shock, pero es que el pobre tiene mucho traumita con esto. Tal vez escribo un epílogo de ellos dos como papis, a ver qué pasa jajaja

Un abrazo! Nos leemos.

13/05/22