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Capítulo 102
De rumor en rumor
Algeciras, en la actualidad.
Amanecía cuando Albert concluyó su relato.
Gruesas lágrimas rodaban por mis mejillas, apenas fui capaz de sofocar los sollozos ante la última visión de él siendo arrastrado como un perro colina abajo.
La opresión que sentía en el pecho me impedía articular palabra.
La sensación de traición persistía como una piedra punzante rasgándome por dentro. Y, a pesar de saber que fue un ardid de aquella maldita bruja, el mero hecho de ser consciente de que ella lo había gozado y podía concebir un hijo suyo me llenó de emociones contradictorias, pero fue la última que demostré ante él la que palpitaba irracionalmente en mi pecho.
Sin embargo, tras un breve instante, tras aquel arrebato injusto y absurdo, la realidad me golpeó con la fuerza de una maza. Albert había sido violado, utilizado, entregado, golpeado y condenado, todo en una misma mañana, y encima yo…
Los remordimientos afloraron como las espinas de un cactus. Me sentí miserable. Mi reacción del pasado no podía ser tan injusta e inclemente con el destino del hombre que amaba. Pero, a veces, el dolor distorsionaba el enfoque, contaminándolo con emociones que, por muy incoherentes que fueran, resultaban incontrolables.
Y era ahora, doce siglos después, cuando sentía vergüenza de aquella deplorable actitud esa mañana en el cerro.
—Dios santo… —musité mientras asimilaba toda la historia, intentando tragar la bola de espinas que tenía encajada en la garganta.
Albert permanecía en silencio al otro lado de la línea. Imaginaba que mucho más afectado que yo, reviviendo aquellos duros días y aquel trágico final de su relato.
—Amor mío, soy yo la que debería pedirte disculpas por…
—No, estabas dolida, conmocionada, todos lo estábamos.
»De todos modos, mi justificación al empezar el relato no se refiere a lo que sucedió en el cerro con Frianda.
Tragué saliva de nuevo.
Por la visión que tuve sobre la huida de ambos en los alrededores de la poza, estaba claro que él no había muerto en Córdoba. No sabía cómo se había salvado ni cómo habían llegado a Algeciras, pero, por su tono, intuía que la otra parte de la historia sería al menos tan intensa como esa.
—Necesito saberlo todo, Albert.
—Y lo sabrás. Pero ahora debo darme prisa si quiero coger el vuelo directo a Madrid, y, una vez allí, buscar transporte hacia Algeciras. ¿Cuándo calculas que llegaréis?
—Hemos levantado casi todo el campamento. El equipo de escalada ya lo tiene todo preparado para el traslado. No es un trayecto largo, pero sí complicado. No sabría decirte, pero te mantendré al corriente.
—La segunda parte de la historia tengo que contártela en persona.
El tono grave y preocupado de su voz me indicó que lo peor estaba por llegar.
—Albert, no sé qué hice o qué hiciste tú, pero sí sé algo, y es que nuestro amor es suficiente justificación para cualquier cosa. Que yo por ti y tú por mí somos capaces de todo. No quiero que temas mi reacción, ni que pienses que lo que pasó en nuestra vida anterior puede separarnos, ¿de acuerdo?
Tardó en contestar, y esa simple pausa me angustió.
—De acuerdo.
Otra pausa, llena de silencios que pedían a gritos un abrazo.
—¿Tuvo ese hijo?
Oí un profundo y pesaroso suspiro al otro lado de la línea.
—Sí, lo tuvo.
Cerré los ojos, como si la oscuridad pudiera alejarme momentáneamente del atisbo de rabia que me taladró. Las emociones que despertó aquella confirmación se apilaron en mi interior como un inestable montón de rocas que amenazaban con sepultarme.
—¿Llegaste a conocerlo?
—Sí, lo tuve en mis brazos.
Un suspiro pesado y sombrío atravesó la línea…, esta vez salió de mí.
—¿Y… era tuyo?
Recordaba sobradamente, tras la regresión, lo que sucedió con Sigrid.
Cómo lo engañó para hacerle creer que el hijo de Ulf era suyo. Quizá…
—Lo era.
Aquel frágil atisbo de esperanza se esfumó en el acto.
—¿Tanto se parecía a ti?
Los celos me consumían, otra emoción irracional que no podía controlar.
—Sí, pero no fue eso lo que dejó clara mi paternidad.
—Pues no entiendo qué otra cosa pudo darte tanta seguridad.
—La marca de nacimiento que compartíamos Eyra y yo. Esa mancha ovalada y rosada, detrás del muslo. La niña también la tenía.
—Una niña…
—Sí.
Otro silencio, que nos arrastraba a recuerdos lejanos y a sentimientos dispares. Me conminé a centrarme en detalles que necesitaba saber, alejando las desazonadoras sensaciones que me invadían.
—Necesito algo de información para adelantar la investigación.
—Dime.
—Me dijiste que habías fabricado el ataúd.
—Y lo hice.
—¿Por qué elegiste madera de saúco?
—Ella me lo dijo. —Hizo una pausa y se aclaró la garganta antes de continuar— Frianda de Kent lo dispuso todo.
—Después de… de todo lo que te hizo…, ¿cómo pudimos dejar que regresara a nuestras vidas?
—Sucedieron muchas cosas, Freya. Te lo contaré todo cuando estemos juntos, al menos, todo lo que yo viví.
Aquella acotación me desazonó.
—¿Qué demonios pone en esa inscripción?
—Imagino que desvela el lugar donde se encuentra la llave que abre el ataúd.
—¿Imaginas? —inquirí.
—Sí.
—Esa es una conclusión a la que cualquiera podría llegar. Tú estuviste allí —increpé ansiosa.
—Sí, estuve allí, dentro del ataúd —recalcó paciente.
—Pero seguiste las instrucciones de esa maldita mujer.
Me mordí el labio lamentando en el acto mi injusto reproche.
—No, yo solo construí el ataúd, fuiste tú la que siguió sus instrucciones.
Tú eres la única que puede descifrar ese misterio. Y la única que debe abrir el féretro. Yo estaba muerto, por eso no sé qué demonios pasó después. Ni sé qué quiere ahora el destino de nosotros. Pero sí sé algo, y es que no me arrepiento de lo que hice.
Mi particular montón de rocas apiladas se estremeció.
—¿Qué hiciste?
—Sería un redomado imbécil si te lo contara fuera de contexto. Todo a su debido tiempo.
—Eso no me tranquiliza demasiado —aseguré inquieta.
—Ni a mí —coincidió.
—Pero esta vez, yo no recuerdo nada, ¿cómo podré averiguar qué paso? —me lamenté.
—Tendremos que apañarnos con mis recuerdos y tu investigación.
«Ojalá fuera suficiente», me dije preocupada.
El campamento despertaba. El sonido de murmullos sofocados y el tintineo metálico de las cafeteras me sacaron de aquel batiburrillo emocional que no sabía cómo gestionar.
—Debo colgar, pronto nos pondremos en marcha.
—Freya, debes tener cuidado, ¿me lo prometes?
—Claro, sea lo que sea lo que more en este lugar, mala suerte, maldición o energías negativas, hoy lo dejaremos atrás.
—Y otra cosa.
—Dime.
—Fuiste, eres y serás lo que llena mis pulmones de aire, lo que mueve mi mundo y lo que hace latir mi pecho. Eres mi todo. Y lo que el pasado nos descubra no podrá cambiar eso.
—No, no podrá.
Cuando colgó, la desesperada necesidad de su abrazo me consumió.
A pesar de oír el monofónico sonido de la línea, tuve que obligarme a soltar el teléfono.
Debía alejarme emocionalmente de la historia y centrarme en averiguar cuanto me fuera posible para poder dar continuidad a lo que pasó cuando él…
Incluso me costaba pensarlo.
Intenté ordenar mis pensamientos y hacerme una lista mental de prioridades. No fue fácil apartarme del pasado que me acababa de ser revelado, ni contener los sentimientos creados, pero la urgencia por resolver aquel enigma debía prevalecer ante todo.
Me centré en un dato que no dejaba de rondarme: la madera que había elegido la druida para el ataúd.
A pesar del cansancio por la falta de sueño, decidí no perder ni un instante.
Abrí el navegador en mi móvil y comencé la búsqueda.
Tras descartar algunas páginas y buscar fuentes originales en los blogs, di con una que me facilitó la información.
En el lenguaje ogham, el saúco simbolizaba la transición, la evolución y la continuación. De repente recordé otro singular símbolo de la tablilla, la runa Laguz.
De alguna manera, ambos símbolos compartían significados similares.
Uno hablaba de continuación y otro de fluir, de dejarse llevar. Y, si así era, el posible mensaje que se había querido grabar en el féretro estaba enfocado a que la muerte no fuera el final, sino un paso más de un camino infinito.
Quizá, y solo quizá, también el enterramiento en sí buscara lo mismo: impedir que el alma que encerraba no quedara atrapada en un paraíso determinado, sino que pudiera navegar en el más allá hasta vararse donde debía.
Aquella teoría me condujo a otras incógnitas que no supe resolver, como por qué se había cerrado con llave el féretro y con qué fin se había encriptado la ubicación de la llave. Y solo podía dar respuesta descifrando las inscripciones.
Entonces recordé que Leonardo me había dado el teléfono del paleógrafo que conocía y decidí llamarlo a una hora más prudente.
Salí de mi tienda en busca de un café cargado.
La luz del alba ya doraba los troncos de los alcornocales y los quejigos, calentando la savia de su interior. Las apiñadas copas de los árboles competían en espacio, a veces enredándose entre ellas, rivalizando por alzarse y capturar la ansiada luz. Ante aquella espesura, de vegetación similar, surgió una pregunta en mi cabeza. ¿Dónde podrían crecer saúcos en aquella zona?
Aquella cuestión me llevó a buscar a Miguel, que en aquel momento se servía una buena taza de café.
Me acerqué al hornillo de gas, cogí una taza de metal y me serví de la cafetera.
Miguel, todavía embotado por el sueño, apenas hizo un leve gesto a modo de saludo. Yo le contesté con otro. Tomé un sobre de azúcar, lo abrí y lo vacié en el negro y humeante líquido que rebosaba su taza.
—¿Una mala noche? —me preguntó él, observando la ingente cantidad de café que lamía los bordes de la taza.
—No sabría ni cómo catalogarla —confesé moviendo la cuchara en lentos círculos.
—Bueno, yo tampoco he dormido mucho. No dejo de pensar que estamos cometiendo un grave error arrancando ese maldito ataúd de aquí.
Sorbí entre soplidos, compartiendo la misma preocupación además del mismo café. Ambos bebimos en silencio de nuestras tazas, cuando una figura que salió de la tienda que colindaba con la mía, la de Aurora, se desperezó con indolencia. Era Álvaro.
Miguel alzó las cejas y me miró tan asombrado como yo.
—Y yo pensando que los sonidos de anoche eran de una gineta que cazaba… —bromeó.
—¿Álvaro es el favorito de Leonardo? —pregunté.
—Se puede decir que sí.
Miguel me miró suspicaz, regalándome una sonrisa cómplice.
—Tú tampoco crees en las casualidades, ¿verdad?
—No.
Estaba claro que, si Aurora lo había elegido como amante, gran parte podía deberse a la inclinación que Leonardo sentía por su brillante alumno, una especie de pequeña revancha que añadía placer a la conquista.
—¿Desde cuándo sabes que Aurora fue pareja de Leo?
—Solo lo sospechaba, por el resentimiento que ella le guarda.
—Elemental, querida Watson.
—Únicamente observo y saco conclusiones, no siempre acertadas.
Él bebió un largo trago y volvió a mirar a Álvaro, que rodeaba la tienda, imaginé que para echar una meada.
—¿Sabías que en ninguna novela de Sherlock Holmes se dice esa frase?
Negué con la cabeza y me encogí de hombros.
—Conan Doyle utiliza ambas expresiones, pero por separado —explicó Miguel—, nunca juntas. Fue en un filme, creo que del 39, titulado Las aventuras de Sherlock Holmes donde las unieron. Y desde ese momento se popularizó usándose posteriormente en series y películas.
—Interesante —murmuré tras un largo trago.
—La rumorología lo es, toda una fábrica de mitos que se perpetúan en el tiempo hasta conseguir que un dato falso se convierta en verdadero solo por el hecho de extenderse. Nadie se toma la molestia de constatar lo que oye.
—Ya que te gusta descubrir cosas, tengo un enigma para ti.
Miguel me observó con interés.
—Tienes toda mi atención.
—El ataúd está fabricado en saúco, ¿dónde crees que puede crecer saúco por los alrededores? Por lo que he podido observar, no es un árbol típico de la zona.
Pareció meditar su respuesta frunciendo el ceño concentrado.
—Pues es todo un misterio. Pero, aunque ahora ya no quede ninguno, sí es posible que lo hubiera en aquella época.
—Creía que la vegetación no se extinguía con el paso de los siglos, a no ser que hubiera un significativo cambio medioambiental —repuse.
—O debido a los famosos rumores de nuevo.
Lo miré tan anonadada como intrigada.
—Ahora es mi atención la que está dando palmas.
Miguel rio, sus hoyuelos emergieron y su gesto se aligeró.
Suspiró y se sirvió otra taza.
—Verás, el saúco lleva consigo una fatídica leyenda que lo convierte en un árbol maldito. Fue el árbol donde se colgó Judas tras traicionar a Cristo.
También fue la madera con que se hizo la cruz donde fue sacrificado. De hecho, muchas comunidades gitanas evitan hacer hogueras con él. E incluso la mitología celta dice que las brujas podían convertirse en saúco, y que, si eran heridas, la madera de este árbol sangraba. Y, como dato más real y cercano, hasta no hace mucho se usaban varas de saúco para medir a los muertos y hacerles el ataúd a medida.
Sentí un escalofrío que me estremeció por entero.
—¿Y qué tiene eso que ver con la rumorología?
—Pues todo. Porque la superchería de épocas pasadas, las leyendas transferidas de generación en generación sobre su fama de árbol maldito, vinculado con brujas y muertes, seguramente ha llevado a que el hombre lo arranque de su entorno. ¿Quién quiere vivir cerca de algo tan inquietante?
—Entiendo. No obstante, dudo que estos parajes tan agrestes hayan sido muy habitados.
—Bueno, a ti y a mí, e imagino que a cualquier persona de esta época, este sitio puede que nos parezca un lugar duro para vivir. Pero aquí discurre un río que proveería de comida, hay alcornoques, madera para construir una cabaña y, además, es un lugar de complicado acceso, lo que garantiza protección.
Visto desde la perspectiva de un hombre antiguo, en realidad este sitio es ideal.
—Aun así, no se han encontrado asentamientos. Es un parque natural sin vestigios humanos.
Miguel se encogió de hombros.
—Solo te estoy planteando posibles hipótesis. Lo que está claro es que debió de haber saúcos cerca.
—Y que también hubo cerca una bruja celta —recordé.
Aquella información pareció despertar una nueva chispa en su mirada, poniendo en funcionamiento cada neurona de su cerebro; casi pude oír cómo giraban los aceitados engranajes de su aguda mente. Sus penetrantes ojos color avellana me miraron con agitación y casi exaltación.
—Ningún druida celta se establece en un lugar donde no haya cerca un crómlech. ¡Debe de haber uno por aquí!
Su entusiasmo resultó contagioso. Y más cuando, a través de Albert, sabía que Frianda hablaba con las piedras. Un crómlech era un círculo de piedras, de mayor o menor tamaño y de diferente amplitud de circunferencia.
Se creía que eran monumentos funerarios, pero también existían otras hipótesis, como que eran observatorios de estrellas o lugares de culto para practicar rituales de todo tipo. Si Frianda había estado aquí, era más que posible que pudiera haber un crómlech no muy lejos de la excavación.
—Mientras terminan de embalar y etiquetar, ¿qué te parece si damos un paseo? —propuso Miguel sonriente.
CONTINUARA
