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Capítulo 103
El poder del saúco
Caminamos sin rumbo fijo, sorteando peñascos y bordeando la prieta retama.
El desvaído sol de aquellas tempranas horas apenas lograba atravesar las copas de los árboles, cuyos haces sucumbían moribundos antes de poder besar el lecho del bosque. La umbría protegía las adormecidas gotas de rocío que perlaban las hojas y las oquedades de las rocas.
A medida que nos adentrábamos en la espesura alejándonos del curso del río, la quietud y el silencio pesaban más, creando un ambiente casi reverencial, como si nos adentráramos en mitad de un oficio en una inmensa catedral. Y, en lugar de incienso, eran el aroma del espliego y del romero los que perfumaban nuestra litúrgica exploración.
Incluso hasta el parpadeante destello que emergía ocasionalmente de entre las ramas podía pasar por el titilante resplandor de los sagrados cirios.
—¿Lo notas? —preguntó Miguel.
Asentí mirando a mi alrededor.
—El bosque respira, observa y nos guía —murmuró solemne.
Yo también lo sentía. Era un pulso subterráneo que vibraba bajo mis pies.
Era la caricia de una mano invisible que mecía mis cabellos. Era el susurro de la naturaleza en una lengua que solo el alma podía comprender. Era ese vínculo que el tiempo y la civilización habían roto, pero que a veces serpenteaba buscando reconectarse, porque esa reconciliación era vital para ambas partes. Y en aquel momento, y en aquel lugar, la energía que me envolvía era poderosa, atrayente e imperiosa.
Vagábamos sin rumbo, dejando que fueran nuestros pasos los que decidieran adónde ir, cediendo el timón a nuestros más primigenios instintos.
Sintiendo un profundo respeto por ese magnetismo que nos conducía hacia donde quisiera llevarnos.
Hubo un momento en que incluso mi mano se adelantó a mi cuerpo, como si alguien tirara de mí.
Por la afectada expresión de Miguel supe que estaba completamente bajo el hechizo de aquel misticismo que nos envolvía en su boscosa crisálida.
Ni siquiera fui consciente del tiempo que llevábamos caminando, como tampoco de la dirección de nuestros pasos, pero sí lo fui del mágico momento en que nos detuvimos.
Tuve que parpadear para poder vestir de realidad lo que tenía ante mí.
Un gemido maravillado se filtró en aquel pesado silencio. No supe de quién de los dos procedió.
Ante nosotros, un círculo de piedras irregulares rodeaba un árbol, que, inclinado por el peso de los años, presidía el centro de aquel crómlech.
Tardé un rato en darme cuenta de que Miguel balbuceaba algo. Alzó el brazo y señaló el árbol.
—Es… un saúco.
Era un claro en lo alto de una pequeña loma, a la que habíamos accedido por un sendero rocoso obstruido cada tanto por nudosas y gruesas raíces, flanqueado por frondosos helechos.
Las piedras apenas alcanzaban el medio metro de altura, pero el árbol era grandioso. O quizá fuera el efecto óptico ante el pequeño tamaño de estas. No eran megalitos como los de otras formaciones, pero estaban bien enterradas.
Sin embargo, aquello no fue lo más sorprendente de todo.
Avanzaba hacia ellas cuando Miguel aferró mi muñeca y me detuvo.
—No las atravieses todavía.
Aquel consejo me desconcertó.
Me aproximé a las piedras y, ante mi asombro, descubrí inscripciones semejantes a las de la tablilla.
—Encontramos a tu bruja —musitó él en tono ansioso.
De repente, esa armonía que nos había embargado en el trayecto comenzó a estirarse tensando el ambiente. Miguel me miró con gesto ansioso.
—También lo siento —me adelanté a su muda pregunta.
—Las energías de un lugar permanecen en él de forma indefinida, y, cuanto más intensas sean, más se proyectan. Y lo que aquí se percibe no es nada bueno.
Me incliné delante de una piedra puntiaguda y pasé los dedos por el grabado de varas que lucía en su superficie. Un escalofrío me recorrió.
—Es como si hubieran grabado en ellas un hechizo para proteger al árbol.
Aquello me llevó a la leyenda sobre las brujas celtas. ¿Ese árbol estaría vinculado a la druida?
—Solo hay un modo de saber si ese hechizo sigue vigente.
Me erguí y atravesé el círculo.
—¡No! —exclamó Miguel con crispada preocupación.
Continué avanzando hasta el jorobado saúco.
Seguramente debido a la sugestión y al misticismo del lugar, creí sentir una fuerza que me empujaba, impeliéndome a salir. El aire frente a mí se volvió más espeso, como si a cada paso su estado gaseoso se fuera solidificando convirtiéndose en un muro invisible. Mi visión también se distorsionó, como si mi cerebro estuviera jugándome una mala pasada. Mi alrededor comenzó a difuminarse como el lienzo de una acuarela bajo la lluvia. De manera gradual, todo se fusionó ante mí de un modo vertiginoso.
Ya no podía distinguir el cielo de la tierra, como si ambos se hubieran centrifugado. El único elemento estable y definido en medio de aquella locura era el árbol, que parecía latir con vida propia. Hasta sus nudosas ramas parecieron tenderse hacia mí, invitadoras.
El pánico me invadió e intenté dar media vuelta, pero aquel palpitar resultó tan hipnótico que mi cuerpo no respondía al desesperado grito de mi cerebro.
Fue como si un gigantesco imán me atrajera sin remedio. Aquel magnetismo arrastró mis pasos hacia aquel epicentro infernal y en mi agónico avance creí ver cómo los profundos surcos del tronco se abrían y de ellos comenzaba a refulgir una brumosa luz espectral.
Un grito desgarrado nació del centro mismo de mi ser, pero se atoró en algún lugar de mi garganta. Sí pude abrir la boca, para descubrir aterrada que ningún sonido emergía de ella.
Y fue cuando comprobé que no había sonido alguno, como si el vacío más absoluto hubiera precintado aquel círculo, volviéndolo hermético, sellándolo del exterior.
De repente, mi cabeza chocó con algo duro, oí un crujido seco que se convirtió en un eco extraño. Y aquel maremágnum sensorial se quebró bruscamente.
Todo se volvió negro, opresivo y pulsante…
CONTINUARA
