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Capítulo 104

El frío de mi alma.

Qurtuba, año 859 d. C. (244 de la Hégira).

Encontré la libertad en el mismo instante en que él encontraba el cautiverio.

Y, aunque se me permitía visitarlo en la prisión, él denegaba mis visitas. Y un día tras otro, el desánimo me obligaba a tomar otras medidas.

La ejecución había sido postergada porque requería la presencia del emir, que se hallaba negociando alianzas con los Banu Qasi, una poderosa dinastía muladí que reinaba en Navarra. Y yo cada día acudía al palacio del emir, en la alcazaba, temiendo su regreso y dispuesta a pedir una audiencia, sin saber qué demonios podía ofrecer una pobre mozárabe por la vida de su esposo.

Los días pasaban angustiosos, a pesar de que cada amanecer alimentaba mi esperanza. En mi desesperación, incluso trazaba un plan para poder liberarlos. Había sido una skjaldmö, una escudera en los reinos del norte, Valdis también, y a pesar de su resentimiento y su rabia contra Hiram, estaba tan dispuesta como yo por intentarlo todo.

Habíamos logrado asentarnos en el arrabal de Cercadilla, situado en la parte nororiental, fuera de la muralla que rodeaba la gran urbe. Era un barrio mozárabe en torno a un templo cristiano levantado en honor a san Acisclo, el primer mártir cristiano que murió a manos de un emperador romano.

Fue la caridad lo que nos acogió en el hospicio, gracias a una parroquiana que ayudaba durante los oficios y que nos había visto dormir al raso bajo los aleros de la iglesia. Tanto yo como Valdis, Helga, Flora, el fiel Ahmed e incluso Zahira nos ocupábamos de las labores domésticas en el albergue para ganarnos el sustento.

Qurtuba era la gran capital del imperio y era imponente y próspera. La medina era inmensa y fastuosa, llena de alminares, de baños públicos, alcantarillados, fuentes, jardines, bibliotecas, necrópolis y el dār al-tirāz, la casa real de manufacturas y tejidos, almunias diseminadas y fructíferos terrenos de cultivo que proveían a toda la ciudad.

También contaba con un gran zoco y una alcaicería, sinagogas y mezquitas, pero la aljama masŷid ŷāmi, junto al río Wad al-Kabir, que atravesaba la ciudad, era de incomparable belleza. Incluso habían construido un malecón para contener las continuas crecidas del río y habían, además, logrado canalizar sus aguas para llevarlas al alcázar instalando una gran rueda en el molino de Kulaib.

En la ciudad de las siete puertas también latía el germen de la sublevación, aunque acallado por el miedo y el recuerdo de lo que había acontecido hacía cuarenta años. El anterior emir había arrasado con todo un barrio levantisco, Saqunda. Decían que habían muerto decenas de miles de hombres, mujeres y niños, y que los supervivientes habían sido exiliados. Aquel cruento aplastamiento todavía lograba aplacar la rebeldía de los ciudadanos.

La mujer que regentaba el hospicio, doña Casilda, servía un guiso de carne en las escudillas con semblante ausente. Aquella noche apenas había sobrado para nosotras.

La mujer se sentó a la mesa y comió con la mirada perdida. Valdis me miró preocupada y luego fijó la vista en la escasa cena que reposaba en su cuenco. Yo repartí la mía entre Erik y Raquel.

—Caerás enferma si sigues sin cenar —apuntó Valdis masticando un buen bocado.

—Apenas tengo apetito —mentí.

—Hay quien recibe ración doble y no comparte —resaltó lanzando una mirada resentida a Zahira.

—Yo estoy encinta —recalcó ella ceñuda.

Su curvo vientre era el motivo por el cual Valdis no había acabado con ella el día en que descubrió su mancebía con Hiram, bueno, y yo, que logré calmarla mientras el dolor y la rabia la sacudían. Odié a Zahira tanto como ella, deseé echar a empellones a la maldita sarracena de nuestras vidas, pero Hiram la protegió. El hijo que albergaba en su vientre era su escudo. En cuanto a él, bueno, si la pena y la culpa que lo rasgaban por dentro no fueran suficientes, una condena a muerte era ya un excesivo pago.

A mi lado, comía mi madre. Y era su aliento y su pulso lo que hacía soportable que otro pulso latiera dentro de otra mujer. El pulso de un hijo que yo también sentí en mi interior y que me fue arrebatado por la posesión. El latido de un bebé que debería haber albergado yo, y no una maldita bruja.

Porque en mi fuero interno sentía que lo había conseguido. Y ver cada día a Zahira, sabiendo que compartían tiempos de gestación, era un duro recordatorio de su triunfo.

Como si leyera mis sombríos pensamientos, mi madre posó una mano en mi antebrazo y lo presionó dedicándome una dulce sonrisa. No estaba recuperada del todo, y la larga convalecencia le pasaba factura. Estaba más delgada, bueno, en realidad todos lo estábamos, pero su mirada había cambiado, solía perderse con más frecuencia o mostraba un brillo apesadumbrado que me encogía el corazón. Su debilidad resultaba dolorosamente patente cuando caminaba. El maldito veneno había afectado a su cuerpo, aunque por fortuna su mente había recuperado la lucidez.

Decían que escapar de la muerte conllevaba un precio, y las secuelas que le quedaban tanto físicas como emocionales así lo demostraban. Pero eran las segundas las que a mí me preocupaban. La traición era un veneno mucho más nocivo que la cicuta, y continuaba devorando su corazón. Dar cobijo, amor y protección a los hijos del hombre que tanto había amado para recibir tanta maldad a cambio resultaba muy duro, pero cuando esa maldad se extendía a los seres queridos se convertía en algo desgarrador, pues en el dolor también subyacía la culpa, por muy irracional que esta fuera.

En cuanto a ellos, la intervención de las razias del emir les había salvado la vida. Y además les había otorgado un triunfo anticipado, pues la casa les pertenecía, junto con todo lo que albergara dentro. Ya solo podía confiar en que el destino pudiera vengarse por nosotros.

Zahira se levantó de la mesa tras apurar su escudilla, se acarició el vientre con cierto regodeo y mi promesa a Hiram de cuidarla se tambaleó al ver el dolor en la mirada de Valdis.

Apreté los dientes y mordisqueé un duro trozo de pan negro.

Cuando la agarena se retiró, un grueso lagrimón zigzagueó por la mejilla de Valdis.

Imité el gesto de mi madre y posé mi mano en su antebrazo en señal de apoyo.

Doña Casilda, que pareció salir de su ensimismamiento, fijó la vista en nosotras. De inmediato, su mirada rebosante de ternura nos reconfortó.

Había personas en el mundo que lo hacían más habitable. Personas que con un simple gesto lograban hacer sentir mejor. Que tenían la facilidad de transmitir un abrazo en una sola mirada, o aliento en una breve sonrisa.

Personas llenas de luz, de magia, de amor. Personas que sufrían por los demás, que se desvivían por ayudar, que eran capaces de sacrificarse incluso por gente que no conocían, porque su alma así lo demandaba.

Aquella noche su mente había estado inmersa en la falta de recaudación en las colectas dominicales. Cada día llegaba más gente necesitada y tardaban más en irse, y aquello mermaba las reservas de comida considerablemente.

—Los árabes son muy sabios —comenzó con aquella voz dulce y acariciadora—, y sus proverbios lo demuestran, pero yo tuve un huésped que había viajado por medio mundo y que solía dar grandes consejos. Hay uno en particular que me viene ahora al pensamiento y que quizá sosiegue la congoja que os aqueja, dice así: «Siéntate en la puerta de tu casa y verás el cadáver de tu enemigo pasar».

—La paciencia no es una de mis virtudes, en mis tierras me llamaban Valdis Fuego Rojo, y no solo era por mi cabello.

—Es fácil ver tu temperamento, muchacha, pero a veces nada puede hacerse más que esperar.

—Pero otras sí puede hacerse, se puede dar un pequeño empujón al destino —profirió mi madre ante el asombro de las presentes.

La miré inquisitiva y ella me sostuvo la mirada con gesto tenaz.

—¿A qué te refieres, madre?

—A bajarle los humos de vez en cuando. Según la ley islámica, ella es una fugitiva. Una simple denuncia podría devolverla a los brazos de su esposo, que lo sigue siendo, para que sea castigada. —Se dirigió a Valdis y agregó— Utiliza eso, bájale los humos, amenázala, que al menos sienta la decencia de mostrarse humilde y prudente.

—Bueno, veo que no dejan de sentarse sabios a esta mesa —musitó Casilda con una sonrisa traviesa.

—Quizá porque esta mesa está hecha con madera de abedul, el árbol de la sabiduría —adujo mi madre.

Casilda agrandó los ojos y observó fascinada la mesa.

—Voy a tener que vestirme de abedul.

Reímos envueltas en el calor del afecto, abrazadas por la hermandad y unidas por un caprichoso destino. Nunca había habido tanto mestizaje cultural y racial en una misma casa y tanta complicidad al tiempo.

Y, como cada noche, Valdis, mi madre y yo acudimos al cuarto que compartíamos. Un jergón en el suelo para cada una y, en el mío, la pequeña Raquel, que ya contaba con ocho meses y dormía profundamente, cubierta por un manto de lana. Tener a aquella pequeña a mi lado, poder abrazarla, hacía más soportables las largas noches de desvelo por ansiar tanto el calor de Albert, su rotundidad en torno a mí, sus enamorados susurros cuando se despertaba en medio de la noche y me ceñía a su cuerpo. Dejarme arropar por su amor era lo único que alejaba el frío de mi alma. Y ahora, ya no solo no estaba a mi lado, sino que se negaba a verme.

Suspiré y enterré el rostro en los suaves rizos de la pequeña. Un acceso de llanto sacudió mi pecho y decidí liberarlo. En ocasiones, me aguantaba tanto que sentía un dolor físico, una opresión aguda en el pecho. Era mucho mejor llorar hasta que el sueño me venciera. Aunque algunas veces no lo conseguía.

En un principio creí, neciamente, que Albert me evitaba porque se sentía avergonzado. Luego, en mi supina estupidez, pensé que me castigaba por haber reaccionado de aquel modo en el cerro. Eso me persiguió un tiempo, cuando más me necesitaba más le fallé; en aquella reacción instintiva y rabiosa olvidé que él jamás me traicionaría, que era el hombre más honesto, fiel y leal que había sobre la faz de la Tierra, y que su amor por mí era inconmensurable. Pero después… después supe que se negaba a verme porque en realidad intentaba protegerme.

Prepararme para lo inevitable, agrandar la distancia para que su muerte fuera menos dura. El muy cretino me ayudaba a olvidarlo.

¡Qué terco y necio, el maldito bárbaro del demonio! ¡Si hubiera sabido que así solo conseguía que lo amara todavía más…!

¿Acaso no le había dicho ya que ni en mil vidas podría olvidarlo? ¿El muy mentecato no sabía que era mi vida y yo la suya? ¿Por qué no se dedicaba a intentar escapar en lugar de hacer más duro cada día que pasábamos separados?

Miles de reproches e imprecaciones salpicaban mi mente, consiguiendo que quisiera abofetearlo de tener ocasión. Las ganas de verlo eran tan desgarradoras que estaban germinando en mí una rabia que a duras penas podía controlar. A veces incluso pensaba que mis deseos de liberarlo eran en parte para darle una soberana paliza.

Pero aquello se volatilizaba ante la apremiante y acuciante necesidad de cubrirlo de besos, de abrazarme a su cuello y enterrar mi rostro en su pecho.

Incluso de poder sumergirme tan solo en aquellas dos pozas azules en las que solía perderme para navegar hasta su corazón.

Si aquella distancia me estaba matando a mí, no fui capaz de imaginar lo que estaría haciéndole a él. Al menos, sabía que estaba bien, porque Helga sí iba cada día a visitar a Thorffin y los veía a todos. Y me constaba que él preguntaba cómo nos iba y cómo estaba yo. Un día hasta pensé en hacerme pasar por Helga, pero eso era harto complicado, teniendo en cuenta que nuestros aspectos no podían ser más opuestos. Ella era un hada de la nieve, de cabellos tan claros y lacios que parecían de plata, ojos azules y piel nívea.

Su apariencia casi albina solía llamar mucho la atención de los vecinos. Y yo, bueno, mi tez era acanelada, mi cabello rubio como el oro y ondulado, y mis ojos del color de las esmeraldas al sol.

Y, pensando en aquello, otra idea titiló en mi cabeza.

—Valdis, ¿estás despierta?

Tardó un rato en responder.

—Ahora sí —gruñó.

—Se me acaba de ocurrir algo para lograr que Albert quiera verme.

—Mientras no sea conseguir que te metan en prisión… —rezongó adormilada.

—No, que Helga le diga que yo estoy tramando sacarlos de la cárcel.

—Lo hemos hablado ya, y no tendríamos ninguna posibilidad. Aunque…

Me incorporé ligeramente y me volví hacia ella, cuidando de no despertar a la pequeña.

—Verás, si él se entera de que tengo esa intención, querrá hablar conmigo para desalentarme y… —Me detuve, cayendo de pronto en el comienzo de la frase inacabada de Valdis—. Aunque ¿qué…?

—Aunque sería mucho más fácil liberarlos durante el traslado a la plaza de ejecuciones públicas.

En la penumbra del cuarto apenas distinguía su silueta sobre el jergón.

—Aun así, fugarnos y escapar de la guardia del emir hasta salir de la ciudad será toda una hazaña. Y yo no soy Asleif —agregó desesperanzada.

La mención a mi mentora en el manejo de las armas, la mejor skjaldmö de todas, que había caído en la batalla por salvarme a mí, imprimió más gravedad al plan. Era arriesgado y mucho, y poner vidas en peligro era algo que no estaba dispuesta a asumir.

—No lo eres, pero si urdimos un plan ingenioso, ni siquiera tendremos que mancharnos las manos de sangre. Además, somos mujeres y tenemos armas más sutiles pero igual de eficaces, bien utilizadas.

Valdis permaneció en silencio un largo instante, imaginaba que cavilando sobre aquello.

—Si lo hago no será por ese perro traidor de Hiram, sino por mi padre.

Su tono estrangulado contradijo sus palabras.

—A veces el deseo nubla el entendimiento de un hombre —proferí.

—A él nadie le embotó la cabeza con ningún veneno —recordó Valdis.

—A veces la lujuria lo es. No debería haber sucumbido, pero lo hizo y lo lamentará toda su vida.

—Si me hubiera querido lo suficiente, habría resistido la tentación.

Su tono compungido me hizo salir del lecho para acercarme al suyo. Le abrí mis brazos y ella se cobijó en ellos. Acaricié su largo cabello trenzado y la consolé mientras lloraba por un amor que se resistía a abandonar su corazón.

—Compartimos un destino parecido, Freya. Nuestros hombres van a tener hijos de otras mujeres, y nosotras solo podemos pensar en salvar sus vidas para poder seguir amándolos. Solo que yo, encima, debo convivir con esa… arpía y saber que, si Hiram escapa, lo hará con ella… ¡Por Odín, debo de ser estúpida!

—No lo eres, eres una mujer con un corazón tan grande como la necedad de Hilario.

Eso la hizo reír.

—Hilario…, ¿acaso hay nombre más ridículo para un guerrero del norte?

Me gustaba provocarlo con eso. Se pone tan guapo cuando se enfada…

«Y sin enfadarse», pensé yo. La belleza casi aniñada de Hiram, de grandes ojos esmeraldas, voluptuosos labios, sonrisa pícara, nariz recta y facciones armoniosas, robaba corazones allá donde fuera. Y tanta tentación al alcance de la mano no era fácil de sobrellevar para un hombre con apetitos tan voraces.

A mi vez, pensé en el ceño de Albert cuando se ofuscaba por algo, en cómo relampagueaban sus rasgados ojos celestes y cómo me aceleraba el corazón la poderosa fuerza que emanaba.

No solo era un hombre condenadamente apuesto, desprendía además un magnetismo irresistible, un carisma que cautivaba, una inteligencia prodigiosa y una masculinidad apabullante. Su rostro poseía facciones más duras y marcadas, su gesto era más fiero y maduro, y su porte rezumaba poder y liderazgo. Era un hombre soberbio en todos los aspectos. Y era mío, me dije con orgullo. Y por Dios que lo recuperaría.

Sentí un pellizco en el corazón ante la fuerza de aquella necesidad.

—Hemos de buscar hombres para nuestro plan. Con un par será suficiente.

Valdis se sorbió la nariz y alzó el rostro. La plateada luz que entraba por la ventana reveló una expresión inquisitiva.

—¿Para qué?

—Mientras nosotras distraemos a los guardias, alguien debe robar las llaves de las argollas. Y otro debe acercarse a los prisioneros y liberarlos.

—¿En serio crees que eso puede funcionar? ¿Liberar a cinco prisioneros en medio de la calle sin que nadie avise de que se escapa el primero? —objetó suspicaz.

—Los días de ejecuciones públicas son días festivos. Las calles estarán abarrotadas de gente que se apiñarán en el trayecto como insectos curiosos.

Algunos incluso se atreverán a increpar, insultar y echarse encima de los prisioneros. Será caótico, y debemos aprovecharlo.

—Y una vez libres ¿cómo escaparán entre la turba?

—Sumergiéndose en ella —respondí—. Hay que buscar dónde esconderlos, mientras la guardia rastrea todas las salidas de la ciudad.

Valdis inspiró hondo y asintió.

—Hemos de intentarlo al menos.

—Bien, y uno de los hombres ha de ser guapo —añadí ante su asombro.

—¿Y para qué demonios debe serlo?

—Porque si el plan sale bien…, tengo otro —contesté misteriosa.

Besé su frente y regresé a mi jergón. Esta vez pude conciliar el sueño casi al instante.

CONTINUARA