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Capítulo 105
Buscando niños, encontrando hombres.
Caminaba de un lado a otro nerviosa, frotándome las manos y asomándome a la calle.
Helga ya debería haber regresado de su visita a la prisión.
Volví a otear la larga calleja que se bifurcaba con una gran vía. Y, como era habitual en aquellas tierras, las gentes solían salir de sus casas y conversar con sus vecinos. A menudo sacaban las sillas a la calle y hacían corrillos.
Pero aquella mañana percibí que, en lugar de las carcajadas y las chanzas con las que solían relacionarse, sus semblantes eran sombríos y sus voces tenues murmullos.
Me envolví en mi manto y, movida por la curiosidad, me acerqué al primer grupo que encontré.
Una mujer me regaló un ceño receloso y cesó la conversación que mantenía.
Los hombres me miraron dubitativos.
—¿Ocurre algo?
—Están desapareciendo niños.
Miré demudada al hombre que me había contestado.
—¿Quiere decir que se los llevan?
—Los críos salen a jugar cerca del camposanto, y ayer se perdió uno y esta mañana otro.
—No se pierden —señaló la mujer ceñuda— como dice la muchacha, alguien se los lleva. Y no quiero ni pensar para qué.
Se apresuró a persignarse y susurró una letanía tan rápida que fue ininteligible.
—Hay que correr la voz, para que las madres anden atentas y no despeguen la vista de sus hijos —repuso el otro hombre con gesto preocupado—. Ya se han formado grupos de búsqueda, pero a los pequeños parece que se los haya tragado la tierra.
De inmediato pensé en el pequeño Erik. Había salido aquella mañana a jugar tras la partida de su madre. El pulso se me aceleró.
Agradecí la información y me encaminé rauda a la enorme necrópolis, que bordeaba el arrabal.
Ya alcanzaba la esquina cuando vi asomar de ella a Helga con el pequeño Erik a su lado. Solté el aire contenido y sonreí aliviada.
—¡Gracias a Dios! —mascullé.
Debía cuidarme mucho de no nombrar a los dioses paganos en público; si ya nos miraban con recelo, aquello habría logrado que nos echaran a patadas de allí.
—¿Te has enterado? —preguntó Helga en tono ansioso.
—Ahora mismo.
Se llevó la mano al pecho. Sus dedos aletearon nerviosos sobre él.
—Se lo oí decir a uno de los guardias de la prisión. En otros barrios ya han desaparecido cerca de cinco niños más. Cuando me enteré, corrí a la necrópolis, casi me echo a llorar cuando lo vi.
Cogió la mano del niño y se la besó.
Erik, que contaba ya seis años, miraba a su madre asustado y confuso.
Revolví el trigueño cabello del niño y le sonreí tranquilizadora.
—¿Te apetece un poco de pastel de pasas?
Erik asintió entusiasmado y me ofreció su otra mano.
Caminamos hasta el hospicio y, de repente, un grito horrorizado nos sobrecogió.
Nos volvimos y vimos a una mujer con un niño pequeño en brazos, sollozando y trastabillando.
La mujer cayó de rodillas y se llevó al pecho el cuerpo inerte del chiquillo.
Los vecinos corrieron hacia ella alarmados y la rodearon.
—Llévate a Erik al hospicio, voy a ver qué está pasando.
Helga asintió con rictus angustiado y siguió avanzando, apartando a su hijo de aquella dramática escena.
Me volví hacia el corrillo que la intentaba arropar para ver cómo ella acunaba al niño sin permitir que nadie se lo arrebatara.
Me partió el alma presenciar aquel dolor tan desgarrador. Era una madre acunando a su hijo muerto, rota por el dolor.
Desquiciada y rabiosa. La gente a su alrededor, con semblantes compungidos y angustiados, la miraban sin saber qué hacer, algunos llorando su pena, otros acompañándola en silencio, respetando su duelo. Solo otra mujer se arrodilló a su lado para acunarla a su vez, abrazando a ambos. Transmitiéndole fuerza, consuelo y calor. Un ancla en la que poder apoyarse.
Por fin, la madre se rindió y, casi desfallecida, permitió que la ayudaran a ponerse en pie, pero sin soltar al pequeño, que tendría unos cinco años. Los llevaron a ambos entre dos hombres hacia una casa al final de la calle.
Yo regresé al hospicio con una aflicción que me prensaba el pecho. Y eso que no era capaz de imaginar una pérdida semejante.
Atravesé el zaguán y me detuve entre la entrada y el murete que separaba el patio interior para liberar el llanto que tenía atorado en la garganta. Lloré por esa madre y por ese niño, y deseé fervientemente que el tiempo aliviara esa herida, porque si algo sabía era que hasta los hijos no nacidos también dejaban una brecha incurable en el alma.
Respiré hondo y me adentré en el patio. Helga estaba sentada en una silla bajo la galería del primer piso.
—No has de esconderte para llorar —dijo— yo llevo un rato haciéndolo.
—¿Será uno de los niños desaparecidos esta mañana?
—Es bastante probable —contestó desazonada.
La posibilidad de que alguien secuestrara niños para matarlos era aterradora.
—Erik no debe salir sin vigilancia —repuse sentándome a su lado.
—Por supuesto, yo misma no me despegaré de su lado.
—A ese malnacido le va a ser muy difícil encontrar niños sin protección a partir de hoy.
—No creas, Freya, hay muchos chiquillos sin hogar que malviven en las calles y que serían las presas perfectas para esos miserables. Lo que se ha de hacer es encontrar al culpable para que podamos vivir tranquilas.
—Espero que así sea, y pronto.
—Hasta entonces yo no volveré de visita a la prisión.
—Es comprensible.
—Hice lo que me pediste —comenzó respirando hondo.
La miré expectante.
—¿Le contaste que tengo un plan para que se fuguen?
—Sí, claro. Y Albert estalló furioso. Dijo que era una locura, y que él no estaba dispuesto a escaparse poniéndote en riesgo. Me pidió que te convenciera de que era una locura.
—¿Y qué le dijiste?
—Que te lo dijera él, que tú a mí no me escuchabas.
—¿Quiere verme?
Mi tono fue tan esperanzado que Helga hasta me miró con compasión.
—Quiere verte y matarte, las dos cosas.
Eso era bueno. Sonreí complacida.
—Mañana iré… Dios, no puedo creerlo, después de estos meses de agonía…
—Bueno, ya que vas a ir y lo verás por ti misma, me veo en la obligación de avisarte sobre lo que te vas a encontrar.
Esta vez, mi dicha se convirtió en prudencia y la miré ansiosa.
—Verás —comenzó titubeante, se frotó las manos sobre el regazo y me rehuyó la mirada—, Albert no es el que era. En realidad, todos se han desmejorado, pero él mucho más.
Cerré los ojos e intenté acompasar los alocados latidos de mi corazón.
—¿A qué te refieres exactamente?
—A que apenas es una sombra de lo que fue. Es el más deteriorado. Se erigió en protector de cuantos comparten celda con él, que creo son unos veinte, y ha recibido latigazos casi por todos. Está muy delgado, débil y… enfermo.
La miré angustiada, intentando adivinar en su expresión el grado de gravedad de su estado.
—Aun así, es un hombre fuerte —se apresuró a añadir, cogiendo mi mano entre las suyas. Aquel gesto fue el que me indicó que la situación en efecto era preocupante.
Tragué saliva e intenté sosegarme. El pulso rebotaba en mi sien y mi estómago se encogió con un malestar opresivo.
—¿Cuánto tiempo lleva enfermo y qué síntomas tiene? ¿Y por qué diablos no me lo habías contado? —increpé alzando el tono.
—Albert me hizo prometérselo —justificó afligida.
—Nunca he tenido tantas ganas de matarlo —resoplé furiosa.
—No quería preocuparte, de todos modos, nadie puede hacer nada por él.
Me puse en pie y apreté los dientes. Comencé a deambular de un lado para otro completamente ofuscada e impotente.
—Voy a sacarlos de allí.
Lo dije en voz alta, en tono rotundo, otorgándole un sonido a mi determinación como prueba de que lo lograría.
Helga me miró con asombro y una gran dosis de escepticismo.
—Y no puedo esperar a que regrese el emir. Debo sacarlos de ese agujero como sea.
Mi cabeza comenzó a trazar planes, cavilando sobre la forma de pulir el plan original adaptándolo al interior de la prisión.
—Lleva así unas tres semanas, pero día a día la enfermedad se agudiza.
Ahora tose mucho, demasiado, una tos seca que a veces lo priva de aire.
La angustia se intensificó. Y el apremio se me clavó en el pecho como una bola de espinas.
—¡Necesita un médico! —gemí.
—Es un hombre condenado a muerte que espera su ejecución, no mandarán a un médico para curarlo.
Aquella aclaración tan obvia fue tan desgarradora como la imagen de Albert enfermo, tirado en una inmunda celda. Mi primer impulso fue salir corriendo para verlo y matar a quien me impidiera liberarlo. Pero debía pensar, y debía hacerlo cuidadosamente.
—Pero yo puedo buscar un remedio y llevárselo.
—Te registran al entrar en la prisión —advirtió Helga.
En aquel momento, Zahira apareció por el pasillo que llevaba a las cocinas. Ambas nos callamos hasta que la vimos subir la escalera que conducía a las habitaciones.
—No confío en ella —musitó Helga.
—¿A qué te refieres?
—A veces tengo la sensación de que nos vigila. Siempre parece estar acechando. Anoche salió del cuarto diciendo que iba al retrete, y al rato, cuando decidí ir yo, al abrir la puerta me la encontré parada en el pasillo.
Tuve la sensación de que tenía la oreja pegada a vuestra puerta.
Aquello me puso alerta, porque la noche anterior Valdis y yo habíamos estado planeando la fuga de nuestros hombres. No obstante, lo habíamos hecho en susurros, no era muy probable que se pudiera oír nada a través de la puerta. Aunque la intención en sí ya era más que sospechosa.
—No me gusta dormir con ella cerca.
El otro cuarto lo compartían ellas dos con el pequeño Erik. Flora y Ahmed dormían en las cocinas, junto a los calderos y las brasas, por decisión de ambos.
—Seremos cautas —le dije—, y a partir de ahora no se hablará de los hombres delante de ella.
—Yo estaré pendiente de cada paso que dé.
—Perfecto. Valdis y yo nos encargaremos del resto.
Aquella tarde paseábamos por el arrabal posando nuestras miradas en los jóvenes de aspecto más aguerrido, que, inmersos en sus oficios, permanecían ajenos al escrutinio al que estaban siendo sometidos.
El hijo del herrero me llamó poderosamente la atención, no solo por su hechura y su apostura, sino por la mirada interesada que derramó sobre Valdis.
Esta apenas detuvo su atención en él, pero sí en la fragua que manejaba su padre con mano hábil.
—¿Por qué aquí las espadas son tan largas y pesadas? —le preguntó al herrero.
El hombretón detuvo su martilleo sobre el acero que aplanaba sobre el yunque y la observó contrariado.
—Para que solo puedan alzarlas los buenos guerreros.
—En las tierras de donde procedo las mujeres también las empuñan.
—¿En serio? ¿No os basta con tener una lengua afilada?
Valdis arrugó el ceño, se plantó delante del herrero con los brazos en jarras y se encaró retadora.
—Pues no. Me sigue faltando una espada para cortar la tuya.
El hombretón prorrumpió en estruendosas carcajadas.
—¿Y cómo son en tus tierras las espadas? —inquirió el fornido hijo del herrero.
Valdis se volvió hacia él, todavía con ceño ofuscado.
—Son más cortas y anchas, ligeras, y algunas con bonitos labrados en la hoja.
Ella esperó alguna chanza más, pero el muchacho se limitó a sonreír ante el desconcierto del padre.
—Yo puedo hacerte una si lo deseas.
—¡Si lo desea no, si lo paga! —señaló el padre.
—Quizá podríamos explicarte cómo deseamos esa espada mientras nos acompañas al mercado —sugerí ejerciendo de alcahueta.
—Tenemos mucho tra…
—Claro que sí —se apresuró a responder él ante el bufido de su progenitor. El muchacho se desprendió del mandil de cuerpo y lo colgó de un gancho.
—Pero, Martín…, no pue…
—Esto también es trabajo, padre. Es un encargo y debo tomar buena nota de lo que nuestra clienta desea.
De lo que no cabía duda era de lo que deseaba el joven herrero por la forma en que miraba a Valdis.
Nos dirigimos a la calle mientras padre e hijo seguían discutiendo.
—¿Puedo saber qué pretendes?
—Conseguirnos un aliado.
Cuando el muchacho salió a la luz del sol, sus grandes ojos avellana refulgieron y su cabello oscuro destelló azulado. Era muy apuesto y varonil, y Valdis pareció caer en la cuenta de lo que realmente yo pretendía.
Me lanzó una mirada reprobadora que, tras otro vistazo al mozuelo, se suavizó considerablemente.
—Dicen que la venganza es un plato que se sirve frío —susurré guiñándole un ojo—. Y, para ello, debemos sacar a la víctima de ella de esa maldita prisión.
—Lo hago por mi padre, pero no niego que me muero por ver la cara del bueno de Hilario cuando me vea del brazo de este portento.
—Utiliza tus encantos y lo tendremos de nuestro lado.
Asintió y, acto seguido, le regaló al muchacho una sonrisa arrebatadora que lo dejó mudo todo el trayecto.
Ya entre los tenderetes, aprovechaba para entretenerme mirando toda clase de productos para darles a ellos cierta intimidad. Valdis lo seducía en cada gesto, en cada mirada, en cada sonrisa, y Martín caía rendido a todos ellos.
Fue tan creíble que hasta pensé que ella lo estaba disfrutando de veras. Y es que yo bien sabía que intentar enamorar era un arma de doble filo, pues, mientras se desplegaba la seducción, se abrían puertas que de otro modo estarían cerradas, y se corría el riesgo de que emergieran sentimientos encontrados y extraños que, si no eran estrangulados a tiempo, florecían, se expandían y conquistaban. Y entonces se pasaba de verdugo a víctima sin que nada pudiera evitarlo.
El destino era caprichoso y travieso, y solía esconder verdades en los lugares más insospechados. Mi verdad, mi razón, se hallaba tan lejos de mí que fue la barbarie la que me llevó a ella. Y estaba tan escondida que luché contra ella, que me revolví como la loba que moraba en mí, hasta que los ojos de mi corazón se abrieron a la luz. Bendito el día en que aquella verdad me fue descubierta. Ese fue el día que Albert me llevaba a los brazos de mi primer esposo, Rashid, para que fuera feliz con él, cuando mi vida, mi felicidad y mi alma ya le pertenecían por entero.
¿Quién sabía si aquel chico sería la verdad de Valdis?
Me acerqué al puesto de una curandera.
Bajo los maderos del toldo escarlata que lo destacaba de su alrededor colgaban ramilletes de hierbas desecadas, y en el tablero se exponían una amplia variedad de tarros y potes de tamaños y formas diferentes. Una mujer de rostro cuarteado por el tiempo y mirada pulida por la sabiduría fijó sus pequeños ojos en mí.
—¿Qué mal te aqueja, muchacha?
Su voz sonó como un papel rasgado. Pude contestar que muchos, y pensar en todos ellos humedeció mis ojos. Bajé la vista y respiré hondo.
—Busco un remedio para la tos, mi esposo lleva tiempo enfermo.
La curandera asintió brevemente, amusgó la mirada y emitió un sonido extraño, como un ronroneo reflexivo mientras paseaba la vista por los potes.
—Hay muchos tipos diferentes de toses. Y distintas causas que las provocan. ¿Cuál es el oficio de tu esposo?
Decidí ser franca.
—Está en prisión, lleva tiempo en ella.
La mujer asintió circunspecta.
—Cuando tose, ¿sus esputos son sanguinolentos?
—No… no lo sé. Mañana sabré decirte.
—Pues vuelve mañana, es un dato importante.
—¿Y qué pasa si lo son?
La curandera clavó en mí una mirada penetrante y grave.
—Pues que mi remedio podrá aliviarlo pero no curarlo, porque si escupe sangre está condenado.
Tragué saliva, cerré los ojos y me conminé a no derramar las lágrimas que pugnaban por salir.
—Entiendo. Todavía debo pensar cómo hacerle llegar el remedio.
—Sobornando al guardia —repuso con experimentado convencimiento—, todos se dejan sobornar.
Asentí agradecida.
La mujer eligió un pote de barro, lo abrió y vertió unas semillas en el interior de un pequeño saco de sarga. Lo cerró y me lo entregó.
—Son semillas de amapola. Debes machacarlas hasta convertirlas en polvo y añadirlo a un líquido para ingerirlas esta noche.
—Ya te he dicho que el enfermo es mi…
—Son para que esta noche logres dormir —interrumpió suavizando su tono—. La congoja y la preocupación arrebatan el sueño. Tómalo como un acto de buena voluntad. Tus ojos son viejos, muchacha, has vivido muchas penurias, permite que esta pobre anciana aligere al menos una.
Alargó el brazo y me entregó el saquito. Sus dedos eran nudosos como ramas de árbol.
—Te lo agradezco.
La anciana sonrió, acentuando las profundas arrugas que surcaban sus ajadas mejillas.
—Estaré aquí mañana.
Asentí, me guardé la bolsita y me volví.
Localicé a Valdis y a Martín entre dos puestos, entre risitas y coqueteos.
Cuando llegué hasta ellos pude descubrir el absoluto embeleso de él, y en aquel instante sentí una punzada de remordimientos.
—¿Le has explicado ya cómo ha de ser la espada?
—Sí, pero le he prometido hacerle un dibujo y llevárselo mañana.
Valdis compuso ante él un semblante inocente y dulce que prendó la mirada del joven herrero. La sola perspectiva de verla al día siguiente había pintado de entusiasmo su rostro.
—Bueno, he de regresar a la herrería —alegó con evidente desgana—, nos vemos mañana.
Tras una última y arrobada mirada a Valdis, desapareció entre los tenderetes.
—A eso lo llamo yo un flechazo —aduje impresionada.
—Es tan extraño —profirió confusa—, la forma en que me mira es…, no sé, me hace sentir especial, como si solo yo existiera en medio de todo este gentío.
—Sé de lo que hablas —repuse nostálgica y afligida.
—Mañana te sentirás igual —animó consoladora.
—Albert está muy enfermo. Tenemos que sacarlos de allí cuanto antes.
Valdis alzó las cejas conmocionada con la noticia.
—Me lo ha confesado Helga —expliqué—, y yo… tengo tanto miedo, Valdis.
Bajé la cabeza en un fútil intento de evitar el llanto. Pero este llegó y me rompió por dentro. Allí, en medio de aquella bulliciosa plaza, sollocé en los brazos de Valdis, liberando parte de la angustia que me atenazaba.
—Se curará, todo saldrá bien, confía en ello. Habéis pasado por situaciones mucho más adversas y las habéis superado. Albert es un hombre fuerte y vigoroso, con unos pocos cuidados y mucho amor se restablecerá muy pronto, ya verás.
Acarició mi espalda y me estrechó con fuerza.
No solo me repetí a mí misma sus palabras de aliento, sino que me las grabé a fuego en el corazón para convertirlas en realidad.
De pronto se nos acercó un grupo de mujeres curiosas que murmuraban entre sí y me miraban con gesto compasivo.
—¿Vivís en Cercadilla?
Valdis me soltó y ambas asentimos.
—¿Eres la madre del niño que ha aparecido muerto?
Me limpié las lágrimas y negué con la cabeza.
Ellas se miraron confusas y algo abochornadas.
—Pero ¿la conocéis?
—Solo de verla por el barrio.
—¿Cómo fue asesinado el pequeño?
La mujer que había hablado tenía la mirada crispada y el rostro tenso.
—No lo sé —respondí—, presencié cómo su madre lo llevaba en brazos, pero lo tenía pegado a su cuerpo y no quería soltarlo.
La mujer crispada de repente se llevó un puño a la boca y se lo mordió, sofocando un sollozo. De inmediato, otras dos se la llevaron.
—Su hijo es uno de los desaparecidos —explicó otra, casi tan afectada como la madre que acababan de llevarse las demás.
—Lo lamento mucho.
La mujer asintió con semblante compungido y se alejó tras ellas.
Las observamos en silencio hasta que se fundieron con la muchedumbre.
—¿Quién se estará llevando a esos pobres niños? —preguntó Valdis.
—Alguien sin corazón.
CONTINUARA
