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Capítulo 106

Una sombra entre rejas.

La gran prisión de Qurtuba estaba en plena medina, junto al alcázar.

Era una mole de piedra y rejas de planta cuadrangular y recios muros.

Contrastaba en sobriedad con la arquitectura decorativa de las fachadas colindantes.

Cuando llegué a los grandes portalones, llamé de manera contundente, golpeando el frío aldabón de bronce que pendía en el centro de una de las hojas.

Un ventanuco se descorrió chirriante y, a través de una pequeña reja, asomó un rostro torvo. Me pidió el nombre y yo se lo di.

Un chasquido sonó tras las puertas y luego el largo quejido de las bisagras al ser abiertas, como el gemido de una doncella al ser desflorada impunemente.

Una figura alta y corpulenta se recortó contra la oscuridad que prevalecía tras ella.

Se ladeó para dejarme entrar y de inmediato cerró echando el pestillo.

Mis ojos tuvieron que acostumbrarse a la penumbra, me costó distinguir una especie de recibidor decadente, con una mesa y una silla. Varios hombres se hallaban en una esquina ordenando manojos de llaves que colgaban de unos ganchos.

El hombre me escrutó receloso y me pidió que alzara los brazos.

Me dirigió una mirada burda y lujuriosa antes de empezar a cachearme.

Tuve que apretar los dientes para contener el acceso de rabia que sentí al notar sus sucias manos toqueteando mi cuerpo. Su registro, como era de esperar, fue libidinoso y repulsivo.

Cuando terminó no tuvo ningún reparo en acomodarse la dureza de su entrepierna con gesto impúdico. Sonrió para mostrarme que le faltaban varios dientes y su aliento fétido me golpeó.

Reprimí una arcada.

—Eh, Romualdo, la próxima inspección me toca a mí, bribón —graznó otro guardia— deja algo para los demás.

Los demás rieron divertidos y el tal Romualdo lanzó un escupitajo al suelo plagado de heno seco y se pasó toscamente el antebrazo por la boca para retirar los restos del gargajo.

Aparté asqueada la vista y el hombre rio perversamente divertido.

—Sígueme, preciosa.

Caminamos por un corredor sombrío y lúgubre seguidos del eco de nuestros pasos resonando en la piedra. En cada celda había un ventanuco pequeño en la parte superior del muro trasero por el que se filtraba un torrente de luz que se proyectaba como un haz potente en el centro, pero que no alcanzaba los rincones y mucho menos el pasillo central.

Este albergaba antorchas apagadas en sus anclajes del muro. Pensé que los días grises allí la oscuridad debía de ser casi total de día. También oí un sonido regular, como gotas de agua salpicando en la piedra. Percibí la humedad de aquel lugar como un abrazo frío que aumentó los escalofríos que me acompañaban

Mis peores temores y yo doblamos varios recodos hasta que nos detuvimos frente a una celda en particular. El carcelero la señaló con gesto vacuo, y ya se retiraba cuando lo llamé.

—¿No vas a abrirla para que entre?

El hombretón me miró como si hubiera perdido el juicio. Acto seguido, estalló en carcajadas.

—Ninguna de las tres preciosidades que acuden a visitar a esta panda de animales me había preguntado eso antes. Pero no, no puedes entrar, y si lo haces es para quedarte dentro y pudrirte con ellos.

Le lancé una mirada airada y el carcelero se encogió de hombros y se alejó.

Me volví ansiosa hacia el interior de la celda, y, aunque vi varias figuras que se me acercaron, solo una me llamó poderosamente la atención, la que se ocultaba.

Bajo el círculo de luz que proyectaba el ventanuco reconocí a Hiram y a Thorffin. De un extremo aparecieron Jorund y Sigurd.

Mi mirada enloquecida escudriñó la silueta que permanecía en la penumbra.

—¡Albert, mi amor! —gemí con voz rota, aferrando los barrotes con los dedos y ciñéndome a ellos como si pudiera atravesarlos.

Oí su tos y alargué los brazos en una muda súplica.

La figura se acercó. Una alta sombra se cernió sobre mí y todo mi ser se agitó ante su cercanía. Necesitaba tocarlo, sentirlo, oírlo.

Pero no llegué a alcanzarlo. Él se había detenido, cobijado en aquella maldita penumbra.

—¡Amor mío, necesito abrazarte! —rogué llorosa. La más absoluta desesperación me desgarró. Sentí como si se abriera un vacío a mis pies.

—Estoy algo resfriado y no quiero contagiarte —alegó entre toses.

Esta vez, un acceso de furia me poseyó.

—¡Me importa un carajo, maldito seas! ¡Moriré si no me abrazas!

Mi voz se quebró en un sollozo furioso. Gruñí impotente y estiré más los brazos, hasta que los hierros se me clavaron dolorosamente en el cuerpo.

Capté la mirada afectada de los hombres, que me observaban conmovidos.

—¡Aaalbeeer…! —gemí atormentada.

Y, de repente, un cuerpo se abalanzó sobre mí y unos brazos me rodearon a través de los barrotes. Su calor me envolvió y su rotundidad me alejó del vacío que me constreñía el alma.

—Freya…, mi amor…

Oír su voz…, sentir su cuerpo… aumentó mi llanto, pero esta vez de felicidad, de alivio, de necesidad colmada al fin. Habían pasado cinco meses desde su captura, uno en el trayecto y el resto confinado en aquella infecta celda. Y ahora, por fin, lo tenía entre mis brazos.

Lloramos juntos, incapaces de articular palabra. Liberando todas las emociones contenidas. Tocándonos, sintiéndonos, amándonos en cada gesto.

Albert tomó mi rostro en sus manos y me observó un largo instante en silencio. Se ladeó ligeramente para que la luz del ventanuco incidiera en mi rostro. Las yemas de sus pulgares acariciaron mis mejillas. Suspiró.

—Tan arrebatadoramente hermosa como siempre…, moriría contemplándote.

—Deja que yo te vea…, lo necesito.

Pero él volvió a ponerse frente a mí y depositó un beso en mi frente.

Alcé el rostro para recibir uno en los labios. Pero no llegó.

—No voy a besarte aunque me muera de ganas —advirtió.

—Pues me matarás a mí.

—Lo haré si intentas esa locura —murmuró con enojo.

—No es una locura, es necesario, estás enfermo y…

—Y me pondré bien —aseguró—, pero debes prometerme que…

—No, condenado cabezota, no voy a prometerte nada.

Necesitaba verlo, pero su rostro estaba en sombras, la luz del ventanuco recortaba su silueta.

Llevé las palmas de las manos a su rostro y lo palpé. Una tupida y rala barba le llegaba al pecho. Lo que la punta de mis dedos reveló me partió el corazón. Pómulos afilados, ojos hundidos y prominente mentón.

Mi dedos volaron por sus hombros y su torso, encontrando más hueso del que esperaba. No había pasado tanto tiempo como para que su aspecto se hubiera deteriorado tanto, o quizá la enfermedad lo estaba consumiendo a pasos agigantados.

—Albert… —proferí en apenas un afectado susurro.

—Debes olvidarme —pidió con voz trémula.

Cerré los ojos y posé la frente en los barrotes. Lo acerqué a mí y su calor me golpeó. En ese momento descubrí que tenía fiebre.

—No puedo olvidar respirar, mi amor, eres mi vida, sin ti nada tiene sentido —respondí sintiendo cómo se me abría el pecho en dos.

—Debe tenerlo, debes seguir adelante sin mí. Estos meses ya has estado haciéndolo. El tiempo te ayudará a empezar de nuevo; aunque no me olvides, tienes que rehacer tu vida. Quizá encuentres a quien amar.

Aquello me superó. Lo empujé colérica, impotente y frustrada. Me alarmó verlo trastabillar hacia atrás, su extrema debilidad me heló la sangre, me maldije para mis adentros, lo maldije a él y maldije a los dioses por ponernos otra prueba más.

—¡Sois una panda de malditos cobardes! —les grité fuera de mí—. ¡Os habéis rendido! ¿Qué clase de guerreros sois, que renunciáis al Valhalla?

¿Que no lucháis?

Me acerqué de nuevo a la reja, me agarré a ella y los miré desbordada de resentimiento.

Los hombres bajaron la cabeza avergonzados y derrotados. Todos estaban delgados, magullados y harapientos, pero era su alma la que estaba realmente presa. Sus ojos no eran los mismos, ni sus portes. Me pregunté qué grado de sufrimiento les habrían provocado para someterlos así.

—Freya —comenzó Albert; su tono era paciente, aunque tan sombrío como los muros que los confinaban—, estamos en la prisión de la capital del imperio, condenados a muerte, esperando la ejecución. Hemos pensado mil formas de escapar sin implicaros a vosotras y… —un acceso de tos lo interrumpió. Se dobló en dos y su cuerpo se sacudió con violencia un buen rato hasta que logró recomponerse. Sentí punzadas en el pecho— y no hemos hallado ninguna.

—¿De veras crees que iba a quedarme de brazos cruzados viendo cómo te ahorcan en una maldita plaza? Cada día he ido al palacio a esperar al emir, a suplicar un indulto, aunque a cambio hubiera tenido que ofrecer mi alma. Y, si no hubiera funcionado, habría pagado a mercenarios para sacaros de aquí.

Lo que sea, antes de aceptar la derrota. Y vosotros… ¡vosotros bajáis puerilmente la cabeza mientras que nosotras luchamos día a día! ¡No os reconozco!

Sabía que estaba siendo injusta e incluso cruel, pero necesitaba hacerlos reaccionar.

—¡Escuchadme bien, el plan ya está en marcha y vamos a sacaros de aquí!

—¿Cómo? —fue Hiram quien preguntó.

Albert profirió un gruñido desaprobador e irritado que el guerrero ignoró acercándose a mí.

Tenía el cabello rubio largo y enmarañado, barba espesa un tono más oscura que su pelo y se le marcaban las clavículas.

Había mentido en cuanto al plan, así que mi cabeza funcionó veloz en busca de algo que sonara convincente.

—Vamos a prender fuego a la prisión.

Cuando aquella frase salió de mis labios, supe que podía funcionar.

—Bueno, yo casi prefiero la horca a morir en la hoguera —adujo Sigurd tras un bufido.

—El edificio es de piedra —resaltó Albert—, dudo que se queme.

—Por eso no moriréis calcinados —argüí más animada—, solo se llenará de humo.

—Esa muerte es parecida a la de la horca, ¿qué diferencia hay entonces?

Fulminé a Sigurd con la mirada.

—¡No vais a morir!

—¿Y qué se va a prender fuego? —intervino Thorffin curioso.

—El mobiliario de la entrada —comencé—, las vigas de madera y el suelo.

—¿El suelo? —remedó Sigurd sardónico.

—Sí, está cubierto de heno seco, perfecto para que se extienda y provoque mucho humo.

—Y, en lugar de intentar apagarlo, los guardias saldrán corriendo y dejarán todas las llaves a mano, ¿no? —expuso Albert intentando desmontar el plan.

—Bueno, no lo haremos solas.

Aquel dato compuso en los hombres casi el mismo gesto de asombro y desconfianza. Alzaron las cejas suspicaces y recelosos.

—¿Sabes lo peligroso que es confiar en desconocidos? —reprochó ofuscado.

Un nuevo y virulento ataque de tos sembró un silencio lleno de desazón y preocupación. Thorffin se apresuró a cogerlo cuando le flaquearon las rodillas. Mi corazón se encogió y las ganas de derribar aquella maldita puerta me devastaron.

Aferré con tanta fuerza los barrotes que se me quedaron los dedos blancos.

Se había quedado privado de aire, y Thorffin lo arrastró hacia el haz de luz de la ventana.

—Debe darle el sol, eso nos dijo ella —musitó Jorund, ayudando a sentarlo justo en el charco de sol que formaba un cuadrado enrejado en el suelo.

«¿Ella?»

Y entonces lo vi.

Me cubrí la boca con la mano sofocando un sollozo. Su aspecto era deplorable y estaba tan consumido que no parecía el mismo hombre. En su rostro huesudo, enmarcado por una larga melena enredada castaña clara y semioculto por aquella barba rala y sucia, solo destacaban sus brillantes ojos celestes, pero no era un refulgir como el de antaño, era el destello de la fiebre que prendía su cuerpo.

Comenzó a temblar y se tumbó de lado, acurrucándose sobre sí mismo.

Aquello me partió el corazón.

Caí de rodillas y lloré desconsolada sin soltar la reja, agitándola con vehemencia, presa de la impotencia y la desesperación.

—¡Voy a sacarte de aquí, lo juro por los dioses!

Hiram se me acercó intentando consolarme.

—Se pondrá bien, Freya, pero tienes que sacarnos de aquí como sea.

Necesita cuidados y tratamiento.

—Lo conseguiré, aunque sea lo último que haga.

Oí el eco de unos pasos al principio del corredor.

—Pero Albert lleva razón —susurró—, cuidado con los extraños, no te fíes de nadie.

Miré ansiosa hacia el pasillo y vi al carcelero doblar el recodo en mi dirección. La visita se acababa.

—Amor mío, aguanta, volveré por ti…

Albert intentó incorporarse para acercarse de nuevo, no lo consiguió, pero pronunció un débil «te amo» que viajó en el aire hasta mí y me rodeó por entero. No necesitaba nada más.

Me puse en pie, me limpié las lágrimas con el antebrazo y asentí con firmeza tras una última mirada a los hombres.

—Una visita dura, por lo que veo —masculló el guardia.

Antes de seguirlo, volví a mirar a Albert y lo que vi me paró el corazón.

Tenía restos de sangre en la comisura de los labios.

Estrangulé un gemido dolorido y me marché todo lo dignamente que pude sin revelar exteriormente el infierno que se había desatado en mi interior.

Salí de la prisión trémula y rota, pero me conminé a no derrumbarme.

Necesitaba estar lúcida y fuerte.

Ahora mi única prioridad era sacarlos de allí.

Después…, bueno, después me ocuparía de curarlo, aunque tuviera que recorrer medio mundo para encontrar al mejor médico de todos. Pero se curaría, mi razón de vivir no podía morir.

No había regresado a mi tierra para perecer en ella. No todavía.

CONTINUARA