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Capítulo 107

El alto precio de la libertad.

Habían pasado tres días desde mi visita al penal.

Descarté la idea de implicar a Martín el herrero en nuestro plan de fuga.

Pero Valdis insistía en que él estaba dispuesto a todo por ella, y que lo necesitaríamos para anular a los guardias si se presentaba resistencia. O para cualquier otra cuestión donde se requiriese fuerza.

No era la primera vez que se me planteaba una cuestión moral en una situación desesperada, y bien era cierto que, en la guerra y en la supervivencia, la moralidad quedaba relegada a un segundo plano, o incluso a un tercero. Que todo valía con tal de salir victorioso o de respirar un día más.

Y, en este caso, era vital que todo saliera bien. Así pues, me encogí de hombros y acepté.

Sentada a la mesa del patio interior, introducía trocitos de hulla y turba en una bolsa de sarga. Y en otra de cuero lienzos impregnados en aceite y brea.

Me apresuré cuando oí pasos descendiendo la escalera. Cuando alcé la vista descubrí a Zahira, que me regaló una sonrisa indefinida. Aparté los dos saquitos y aguardé a ver qué dirección tomaba la sarracena.

Respiré hondo cuando se dirigió a mí.

—¿Qué haces?

—Preparo unas viandas para llevárselas a los hombres.

Deslizó su curiosa mirada sobre los sacos y asintió.

En aquel momento, una frase del carcelero acudió a mí, como si aquel comentario que no había terminado de entender hubiera estado flotando en alguna parte de mi cerebro y ahora buscara un lugar donde encajar: «Ninguna de las tres preciosidades que acuden a visitar a esta panda de animales me había preguntado eso antes»… ¿Qué tres preciosidades?

«Helga, Zahira y yo», me respondí. El hecho de que la agarena no lo hubiera mencionado era lo que me desazonaba.

—¿A ti te dejan llevarles cosas? —pregunté con absoluta naturalidad, como si lo supiera de hace tiempo.

La muchacha me miró con agudo desconcierto e incluso compuso un ceño confuso.

—¿A mí? ¿Por qué iban a dejarme a mí?

—En tus visitas, ¿nunca se te ha ocurrido llevarles comida, o algo que necesiten?

Esta vez agrandó los ojos con genuino asombro.

—Yo no los he visitado. Estoy embarazada, no es bueno en mi condición —se justificó, mostrando en su rostro la aprensión que le provocaba el solo pensamiento de pisar una cárcel.

Me pregunté qué sacaría mintiendo. ¿Enfadar a Valdis? No le encontraba un sentido razonable a su comportamiento.

—Debí de confundirte la otra mañana —aduje agitando la mano como si estuviera recriminándome mi despiste—, no me hagas caso. Aunque, si lo deseas, te diré que hay muchas abnegadas y amantes esposas que visitan a sus maridos estando encinta.

Aquella aclaración pareció disgustarla, me regocijé ante su incomodidad.

—Hiram no es mi esposo —alegó irritada.

—Pero es el padre de tu hijo. Y, si no fuera por él, ahora serías tú la que estarías en la cárcel o bajo tierra.

Sus oscuros ojos chispearon furiosos.

Me levanté y me cubrí con la capa de lana. Cogí las dos bolsas, y ya me dirigía hacia la puerta cuando me llamó. Me volví hacia ella enarbolando la más falsa de las sonrisas.

—Por cierto, no sabía que se permitían visitas de noche. Tenía entendido que solo abrían la prisión por las mañanas.

Pude ver cómo disfrutaba mostrándome que no era tonta y que me convenía su lealtad.

—Solicité un permiso especial para yacer con mi esposo —mentí descaradamente.

Zahira sostuvo mi mirada altiva.

Al cabo, se encogió de hombros, luciendo una sonrisa de suficiencia.

—En tal caso, que lo disfrutes, sería bueno que mi hijo tuviera con quien jugar.

Aquel dardo sí se clavó en mi corazón. No tuve la certeza de si ella conocía mi incapacidad para ser madre, pero de igual modo dolió.

Me volví hacia el zaguán y salí al frío aire de la noche, donde me esperaba Valdis.

Una estela de llantos asomaba por la ventana de una de las casas de nuestra calle. Los niños seguían sin aparecer.

Caminamos en silencio. Ella llevaba un candil prendido que iluminaba nuestros pasos y que era la base del plan.

En la siguiente esquina, una gran figura, robusta y erguida, aguardaba nuestra llegada. Cuando llegamos a su altura, asintió y nos acompañó en silencio. En su capa escondía dos flamantes espadas nórdicas, ligeras y de hoja corta, que se ajustaban perfectamente a nuestras manos.

No quise saber qué le había contado Valdis a Martín, y tampoco supe si el muchacho era consciente de que no solo se convertiría en prófugo si esa noche todo salía bien, sino que también arriesgaba su vida si fracasábamos.

Pero si el amor era capaz de cegar cualquier mente, aquel joven herrero debía de estar locamente enamorado.

Ya cerca de la prisión, ambos entrelazaron sus manos; aquel gesto quizá fuera el último que compartieran. Y aquel pensamiento me recordó que también podía ser la última vez que me reuniera con Albert.

Llené mis pulmones del fresco aire de la noche, intentando apaciguar mi pulso y eliminar cualquier brizna de desesperanza. Repasé mentalmente lo que debía hacer y recé a cualquier dios que estuviera dispuesto a escucharme para que nos ofreciera una noche venturosa.

Cada uno de nosotros tenía un cometido. Saqué el contenido de las bolsas y, junto con Martín, preparé la hoguera justo en la puerta de la cárcel. Valdis, mientras tanto, vigilaba en la esquina la llegada de los dos guardias que circundaban el edificio haciendo la ronda.

Justamente por ser una prisión en el centro mismo de la capital imperial, estaba peor custodiada que otras, ya que nadie preveía que el enemigo pudiera adentrarse tanto en el reino del emir. Y mucho menos los vecinos mozárabes de Qurtuba, más dados al martirio que a la sublevación.

La bella guerrera de cabellos rojos y ojos de gata se había abierto el escote de su túnica para que sus lozanos pechos asomaran más de la cuenta, preparada para distraer a los guardias si aparecían.

Martín y yo prendimos la hoguera y la alimentamos con turba para crear más humo que llama. Cuando Valdis nos miró ansiosa desde la esquina, corrimos a agazaparnos contra el muro, prestos para el ataque.

Los pasos de los guardias resonaron cercanos. Martín me entregó mi espada y alzó la suya, pegándola a su pecho. Se colocó justo tras Valdis y aguardamos.

Cuando los soldados ya casi doblaban el recodo, ella salió de la esquina y los interceptó, casi dándose de bruces con ellos.

—Vaya, vaya…, ¿qué tenemos por aquí…? —murmuró uno de ellos en tono meloso.

—Buscaba pasar un buen rato —explicó Valdis sugerente.

Sonaron unas risitas divertidas impregnadas de lascivia y, en aquel momento, Martín le dio a Valdis un empellón y, de un acertado mandoble, descargó su hoja contra ambos torsos en un movimiento fluido y continuado.

Dos brechas similares se abrieron sangrantes en sus pechos. Las miradas desorbitadas de los hombres nos contemplaron vidriosas. Cayeron de rodillas y Valdis no dudó en extraer su daga y rebanarles el cuello desde atrás, para no mancharse la ropa.

Su metódica frialdad me sorprendió.

Martín también la miraba con semblante impresionado. No supe si para bien o para mal.

Corrimos a la hoguera, que ya comenzaba a rugir vomitando el humo que buscábamos, e iniciamos la segunda parte del plan.

Valdis aporreó los recios portalones. Martín y yo nos pusimos cada uno a un lado de la entrada, adheridos al muro.

Cuando el pequeño ventanuco de madera descorrió su postigo, Valdis compuso una expresión urgente y asustada, cuidando muy bien de exhibir sus encantos mientras saltaba nerviosa.

—¡Ayuda, quieren prender fuego a la prisión!

Tras ella, el humo formaba una espesa cortina blancuzca. Contuve la respiración para evitar toser antes de tiempo.

Oí aliviada el herrumbroso quejido de los goznes. Apenas veía el perfil de Valdis rodeada de humo. Me fue imposible distinguir a Martín, pero confié en que fuera tan rápido como la situación lo requería.

Percibí un golpe seco, un gruñido sorprendido y el retumbar de la puerta contra la piedra. La difuminada silueta de Valdis desapareció y me precipité hacia la hoguera. Saqué la antorcha que escondía bajo la capa, entremetida en mi tahalí, y la envolví rápidamente con tiras empapadas en brea y manteca.

La acerqué al fuego, cubriéndome la boca con la capa, y, cuando prendió, corrí al interior de la prisión. Descubrí a dos guardias en el suelo sobre un charco de sangre mientras Martín y Valdis se batían con otros dos.

Comencé a salpicar el suelo con trocitos de hulla y turba y acerqué la voraz llama al heno del suelo. El fuego comenzó a extenderse a una velocidad vertiginosa.

Me precipité al tonel de agua que sabía que había en una esquina y empapé tres tiras de algodón. Me puse una sobre la boca y la nariz, atándomela a la cabeza, y cuando Martín y Valdis derribaron a sus oponentes les pasé sus pañuelos goteantes. Acto seguido, cogí el manojo de llaves que colgaba del gancho y lo guardé en mi zurrón.

Empuñé mi espada con una mano y la antorcha con la otra y enfilé hacia el largo corredor.

Me detuve y separé las piernas flexionándolas ligeramente para afrontar el ataque. En aquel brevísimo lapsus de ver llegar hacia mí a uno de los guardias, me dije que si me había enfrentado al gran rey Halfdan el Negro, incluso a Albert cuando su mente estaba enturbiada por el beleño, aquella inmensa bestia que se cernía sobre mí no tendría nada que hacer.

Respiré hondo, bajé la barbilla, apreté los dientes y conminé a mi lobo interior a que emergiera más feroz que nunca.

Descargué mi acero cuando lo tuve a mi alcance.

La frialdad en el combate era vital, tener la mente despierta y los sentidos alertas era cuanto se necesitaba para que la técnica aprendida fluyera de manera natural. Las emociones eran contraproducentes en un enfrentamiento cuerpo a cuerpo.

El carcelero frenó mi ataque con su hoja, pero había alzado demasiado la diestra desprotegiendo su costado. Veloz, deslicé mi hoja girándola para repeler la suya y embestí contra él. Mi espada se hundió en su carne, la ligera vibración que me transmitió el arma me indicó que había llegado a la costilla.

Arrastré mi acero fuera de su cuerpo y el hombre cayó de rodillas, tan consternado que miró su largo tajo sin dar crédito. En aquel instante hundí la punta en su garganta, ensartando su cuello de parte a parte.

Le di un puntapié en el pecho para derribarlo y liberar mi hoja.

Valdis me alcanzó. Martín se quedó en la entrada para enfrentar la llegada de más soldados. Los presos nos miraron ansiosos, asustados por el humo que nos acompañaba e impresionados al ver a dos mujeres avanzando por el corredor espada en mano.

De pronto, una idea iluminó mi cabeza.

Estaba segura de que la misma llave abriría todos los candados. Sería una llave maestra, sin duda. Era más que improbable que cada una de las puertas tuviera una cerradura distinta, con la cantidad de calabozos que había en aquella prisión.

Decidí comprobarlo y me detuve ante la primera que encontré. Un hombre anciano y decrépito se acercó con semblante esperanzado.

Introduje la llave y la giré sin problemas. Se oyó un chasquido y el pestillo saltó. El hombrecillo empujó la puerta y se abrió.

Su desdentada sonrisa en aquel rostro ceniciento mostró gratitud.

Mi intención no era tan altruista como creyó el anciano, sino que pretendía crear el caos necesario para poder escapar entre aquella masa de presos exaltados con la libertad.

Un humo denso comenzó a perseguirnos, señal de que el fuego nos alcanzaba. En un principio no me preocupó el regreso, pues como mucho tendríamos que saltar una alfombra de fuego, pero no pude evitar recordar el aterrador incendio que había vivido al poco de mi llegada a Skiringssal siendo esclava. El pánico que nos invadió a Susana, a Blanca y a mí encerradas en aquella cabaña que el fuego devoraba fue una experiencia aterradora. Jamás olvidaría el olor de la carne quemada procedente de las piernas de Blanca. Aparté aquel recuerdo y me centré en abrir todas las celdas y en alentar a los prisioneros a escapar todo lo rápidamente que pude.

El tiempo apremiaba, así que tuve que elegir al azar y sin prestar mucha atención a los presos que liberaba.

Se desató un maremágnum caótico en dirección a la entrada. Gritos, risas y confusión salieron en tropel, como si un rebaño de bueyes hubiera enloquecido escapando del matadero.

Doblamos el recodo casi a la carrera y me dirigí a la celda de Albert y los demás.

Cuando llegué, abrí la puerta y lo exhorté a salir.

—¡Vamos, no hay tiempo que perder!

Me precipité dentro y me abracé a él, que en aquel momento estaba siendo izado por sus hombres. Se me partió el alma al ver que apenas podía ponerse en pie sin ayuda.

Thorffin lo cargó en su espalda y los demás salieron tras él. Valdis se abrazó a su padre e ignoró a Hiram, que la miraba anhelante.

Por los ventanucos de la celda me pareció oír cascos de caballos. Intenté prestar más atención, pero en medio de la batahola de sonidos que se había desatado me fue imposible.

Los presos que no habían sido liberados alargaban los brazos suplicantes a través de los barrotes, gritando furiosos. Algunos golpeaban las rejas con lo que tuvieran a mano. El escándalo era infernal.

Me adelanté a la carrera, guiándolos. Un ominoso presentimiento se instaló en mi pecho. Algo andaba mal, pensé.

De nuevo me pareció oír relinchos y herrajes tintineando.

Miré hacia atrás. Albert era un fardo inerte en la espalda de Thorffin. Su cabeza bamboleaba con el traqueteo, pero no daba señales de conciencia.

Cuando llegamos a la entrada, el fuego lamía las paredes y el artesonado.

Martín había logrado apartar el heno ardiente, formando un pasillo libre de fuego. Había volcado parte del tonel de agua encima para evitar que las llamas lo alcanzaran. Algún que otro preso torpe o ansioso por encontrar la libertad había tropezado o había sido empujado por otros en su afán por salir y había terminado abocado a las llamas. Vi dos cuerpos retorciéndose en el suelo convertidos en piras humanas, más los cadáveres de los carceleros que crepitaban inmóviles y calcinados. El fétido aroma de la muerte y la carne chamuscada era insoportable allí.

Al vernos aparecer, Martín se acercó y tomó a Valdis de la cintura, estrechándola un instante contra su pecho.

Salimos a la calle justo cuando grupos de curiosos corrían hacia la prisión dispuestos a ayudar.

Mi plan era esconderlos en un desvencijado cobertizo en el interior de la necrópolis, donde se guardaba el utillaje para los enterramientos, hasta que pudiera forjar una huida segura.

Ya nos encaminábamos hacia la parte baja de la ciudad rumbo al arrabal cuando aquel sonido que había oído resonó rotundo, deteniéndome el pulso.

Una tropa de soldados a caballo apareció en la esquina.

Me llamó la atención los baluartes que ondeaban en las alabardas; parecían estandartes reales. Aquella partida no estaba allí para sofocar la fuga ni el incendio, pero, desde luego, no podrían haber sido más inoportunos.

Retrocedimos para descubrir que por la otra esquina otro séquito real nos cortaba la salida.

Reconocí el emblema que portaba el heraldo: era el mismo que ondeaba en el palacio del emir Muhammad.

Aquel era su séquito.

Comenzaron a acorralarnos. Nos apiñamos intentando protegernos los unos a los otros.

—¡Alto en nombre del emir!

CONTINUARA