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Capítulo 108
No dejaré que la muerte te lleve.
De todas las cábalas disparatadas que podría haber imaginado, de todos los sitios a los que podrían habernos llevado tras ser capturados, el lugar que habitábamos y la situación en la que nos encontrábamos eran sin duda los más inconcebibles.
Contemplaba desde la celosía del ajimez los bellos jardines reales, sumida en aquellos pensamientos, en cómo la rueda giraba en el momento más inesperado, manipulando nuestras vidas como si fuéramos títeres de un inmenso teatro.
El cadencioso y regular goteo de las fuentes imprimía una serenidad al entorno que hacía tiempo no saboreaba. Espesos setos formaban pasillos entre los parterres de flores aromáticas.
Altos cipreses, frondosas palmeras y fragantes naranjos y limoneros salpicaban los jardines con su sombra. Un largo y estrecho estanque se abría en medio, captando en su superficie rielada un cielo brillante con alguna guedeja algodonosa entreverada.
Una galería porticada rodeaba el jardín, celando sus encantos al exterior.
Bancos de piedras asomaban invitadores bajo techumbres vegetales que los guarecían del sol, otorgándoles una romántica privacidad. Si en realidad existía el edén, debía de parecerse mucho a eso.
Oí un ligero susurro de ropas y me volví hacia la fastuosa cama donde Albert dormitaba.
Estaba siendo atendido por el médico del emir, el hakim, una eminencia venida de Damasco. No obstante, sus valoraciones no eran muy halagüeñas.
Y, aunque Albert estaba siendo cuidado con esmero, su estado continuaba siendo delicado.
Una tos seca lo sacudió, me apresuré a su lado y lo ayudé a incorporarse.
Sobre la mesilla habían prendido en un platillo hojas de eucalipto y menta, que desprendían sinuosas volutas de humo esparciendo en el aire su intensa fragancia. Según el médico, inhalarlo beneficiaba la afección pulmonar de Albert; también lo hacían tomar infusión de jengibre y romero. Pero, aunque los síntomas se suavizaban, aquella maldita tos que arrancaba sangre de su interior no cesaba.
Según se nos comunicó, el emir había ordenado de manera imperante la curación de Albert y el restablecimiento del resto de sus guerreros.
Desconocíamos el motivo, pero resultaba obvio que requerían algo importante de nosotros.
—¿Cómo te encuentras, amor mío?
Me senté a su lado y besé su frente. Enredé mis dedos en su cabello y le sonreí.
—Quitando lo malo, estoy bien.
Aquello me hizo reír. Había perdido peso, demasiado, pero no habían podido arrebatarle su humor.
Lo observé esforzándome por no mostrar la desolación que sentía por lo que veía. Su antaño fornido pecho se había hundido mostrando la forma de sus costillas. Su rostro, ya afeitado y lavado, continuaba macilento, ojeroso y desgarradoramente huesudo. Había descubierto heridas purulentas en la ya maltrecha piel cicatrizada de su espalda, donde se había quemado, y en su costado y su pecho, moretones y rojeces.
Había sido apaleado y azotado. Lo habían castigado sin comer, y lo poco que había ingerido había sido lo que sus hombres habían podido compartir con él, aunque lo rechazaba por no dejarlos sin su ración. Se había granjeado la antipatía de los guardias al abogar por otros presos. Incluso se había ofrecido a recibir el castigo de un anciano deslenguado que estaba en la celda de enfrente. Lo habían aislado en la cámara de castigo, que no era más que un agujero en el aljibe con un palmo de agua infecta, minúsculo y sin luz. Lo que realmente me extrañaba es que siguiera vivo después de aquello.
No obstante, sus hermosos ojos rasgados, tan azules como el cielo más azul de primavera, habían recuperado la fuerza y la claridad. La fiebre había remitido, y sus ganas de luchar refulgían de nuevo.
Su madre, y mi ángel de la guarda en aquellas tierras lejanas del norte, donde mi corazón se abrió a la verdad, mi querida Eyra, solía decir que por muchos conocimientos de hierbas medicinales que se poseyeran o habilidades de curandera, sin el empeño, la determinación y las ganas de vivir no había nada que pudiera hacerse. Al menos, eso me reconfortaba, porque si algo era el hombre que amaba era un guerrero, un luchador infatigable.
Albert pareció adivinar mis pensamientos y cogió mi mano entre las suyas para acercarla a sus labios y besarla. Su mirada me ofreció una disculpa que no entendí hasta que su boca sumó una explicación.
—¿Podrás perdonar mi cobardía?
Sostuve su afectada mirada y negué con la cabeza.
—Tu rendición no fue un acto cobarde, mi vida, todo lo contrario. Te rendiste para liberarme a mí. Para protegerme. Fue un acto de amor, uno de los muchos que me has demostrado desde que decidiste cederme tu corazón.
Un acto de sacrificio, una entrega absoluta a mí, renunciando a ti.
Albert tragó saliva. Sus ojos se humedecieron. Tensó la mandíbula y asintió conmovido por mi comprensión. Me incliné sobre él y besé sus labios.
Sus lágrimas se mezclaron con las mías, aprisionadas por nuestras mejillas.
Sentí una opresión en el pecho, una punzada de emoción, un torrente de amor atravesándome de parte a parte. Me separé de su boca para mirarlo a los ojos. Todo mi ser vibró cuando aquellas gemas azules me acariciaron.
—En realidad, es un acto egoísta —adujo en apenas un hilo de voz—, porque vivo en ti. Y, aunque mi cuerpo deba partir, mi alma permanecerá enlazada a la tuya, vibrando al unísono.
Posé mi frente en la suya y cerré los ojos. Tenía la garganta cerrada y los ojos arrasados en lágrimas.
—Tu cuerpo no va a ningún sitio que no sean mis brazos —musité vehemente—. Y quiero… —me detuve para tragar el sollozo que asomaba molesto—, necesito que entiendas algo sobre lo que me dijiste en la prisión. —Hice una pausa para encontrar las palabras adecuadas—. Sin ti, mi vida no tiene sentido, no puede rehacerse, no hay continuación. No puedo… —un nudo me atenazó la garganta estrangulando mi voz. Respiré hondo y me impelí a proseguir—, no solo no puedo encontrar otro amor, sino que tampoco hallaría un motivo por el que comer, reír, dormir o respirar. ¿Y sabes por qué? Porque mi corazón moriría contigo, porque te lo entregué, maldito bárbaro, porque mora en tu pecho y late junto al tuyo, y así será por toda la eternidad. ¿Acaso lo has olvidado? ¿Acaso tú podrías vivir tras mi muerte?
Albert me miró con tal intensidad que me cortó el aliento. Inspiró profundamente y cerró los ojos un instante antes de exhalar el aire retenido.
Al cabo, los abrió, y el amor que brotó de ellos me cubrió como un cálido manto.
—Te juro por cuanto soy —comenzó con voz quebrada— que mientras quede un solo aliento de vida en mi cuerpo lucharé por ti, por nosotros, por mucha adversidad que nos rodee. Aquí y ahora, y en honor a cuantas promesas te he hecho y votos pronunciado, encontraré la manera de amarte en mil vidas más.
Sus dedos recorrieron mi rostro, y los míos el suyo. Las lágrimas lamían compasivas el cálido rastro que trazaban nuestras manos para ser borradas por la siguiente caricia.
—No vuelvas a pedirme imposibles.
—Nunca, amor mío —prometió.
—No dejaré que la muerte te lleve sin abrazarme a su espalda para ir contigo.
Sus grandes manos aferraron mi rostro, su cálido aliento acarició mi boca y sus brillantes ojos se sumergieron en los míos presos de una emoción tan intensa que constriñó sus facciones.
—Mi loba, mi hermosa y fiera loba, por la que moriría mil veces y por la que nacería otras mil solo para poder buscarte de nuevo.
—¿Y me raptarías en todas ellas? —pregunté sonriendo entre lágrimas.
—Hasta que me amaras de nuevo, sí.
Fue un suave golpe en la puerta lo que rompió nuestras miradas. Ya me levantaba para abrirla cuando unos fuertes brazos me devolvieron a mi lugar.
Albert aferró mi nuca y me besó con fuerza. Luego me soltó y, cuando me levanté de la cama, me dio un azote juguetón.
—Cuando recupere las fuerzas, no te dejaré salir de la cama en días —prometió fanfarrón.
—Quizá sea yo la que te ate.
Le regalé un guiño travieso y él se estiró en la cama risueño.
Abrí la puerta para dejar pasar al hakim y a su ayudante, el mutatabid, que lo asistía en las curas.
El médico se acercó a la cama y dejó un pequeño baúl a los pies. Pero fue el joven mutatabid el que lo abrió y trasteó en su interior.
—Pareces tener mucho mejor aspecto hoy —comprobó el hakim complacido—, empezaba a temer que fuera tisis.
Esa palabra provocó un escalofrío en mí. Recordaba de pequeña cómo un brote de tisis se llevó a una familia entera, amigos de mi madre.
—¿Qué pasaría si lo fuera? —preguntó Albert, incorporándose para dejarse examinar.
—Que solo podría aliviarte, pero no curarte, que la enfermedad acabaría contigo irremediablemente —respondió encogiéndose de hombros.
Esa frase trajo a mi mente a la curandera que me había regalado las semillas de amapola en aquel mercado.
El hakim comprobó la temperatura de su paciente. Acto seguido, pegó la oreja a su pecho y permaneció concentrado un largo instante. A continuación, examinó la garganta introduciendo una larga cucharilla de metal para hacer descender la lengua y, por último, le bajó los párpados inferiores.
Tras su examen pidió al mutatabid unos ungüentos y le indicó que los aplicara sobre las heridas infectadas. Albert cambió de posición, colocándose boca abajo en el lecho para someterse a la cura.
—Mi ayudante te lavará con infusión de tomillo y te pondrá unos emplastos de caléndula, y en pocos días cerrarán. Respecto a la infección respiratoria, tu aliento es trabajoso, y el sonido sibilante no me gusta.
Continúas con fiebre, aunque te ha bajado, hemos de ser prudentes. Beberás tres veces al día una buena taza de infusión de guaco con miel. Y confiaremos en que pronto te restablezcas.
—¿Para qué me necesita el emir?
El hakim miró a Albert y negó con la cabeza.
—Eso no es cosa mía. Pero creo que pronto te lo explicará.
—Necesito saber algo que sí es cosa tuya. Si fuera tisis…, ¿sería contagioso?
—Sí, y si no fuera porque el emir me lo ha ordenado, yo ahora no estaría aquí solo por tener síntomas parecidos.
—Entiendo.
—Es importante que comas bien y que duermas mucho —se detuvo para mirarme y sonrió paternal—, y si además recibes cariño, contribuye enormemente a la curación.
—De eso voy sobrado —alegó sonriente.
—Perfecto entonces.
El sabio hakim asintió quedo y aguardó paciente a que su ayudante acabara la curación de las heridas.
—¿Cuándo podrá salir a dar un paseo? —pregunté, tomando la mano de Albert entre las mías.
—Dentro de pocos días, espero. El emir no es muy paciente y su asunto lo urge mucho. Así que, por el bien de todos, seguid mis indicaciones al pie de la letra.
Ambos asentimos a la vez.
—Se pondrá bien —sentencié confiada.
—Muchas cosas dependen de ello.
Cuando el mutatabid terminó, lo guardó todo en el baúl y ambos salieron tras una cortés inclinación de la cabeza.
—Muchas cosas dependen de ello… —repitió Albert pensativo—, ahora sí que no puedo morirme.
Esta vez le di un azote yo, y me alegré al comprobar que continuaba teniendo un duro y redondo trasero.
—¡Vaya, conservas en perfecto estado tus soberbias posaderas! —exclamé jocosa.
—Pues no es lo único que no me ha menguado —repuso jactancioso—, verás cómo se hincha de orgullo cuando pongas tus manos sobre él.
Reí y palmeé las nalgas de nuevo. Le revolví el pelo y besé sus labios.
Casi pude ver la preocupación en su ceño cuando me aparté de él.
—Si fuera tisis, yo ya estaría contagiada, y mírame…
—Te miro, sí, apenas puedo apartar mis ojos de ti.
Sonreí y volví a besarlo.
—Debería ponerte en uno de esos altares para contemplarte y rezarte, aunque no durarías mucho arriba, soy un devoto muy pecador.
—Suerte que yo no soy virgen.
Ambos reímos, y ese sonido serenó mi espíritu mucho más que el agua de mil fuentes.
CONTINUARA
