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Capítulo 109
Vientos helados que abren puertas.
La enfermedad remitía y las fuerzas de Albert aumentaban en consecuencia.
La tos persistía, aunque ya sin flemas sanguinolentas. La respiración dejó de ser sibilante y ahogada y su aspecto mejoró considerablemente. Y mi corazón… mi corazón se aligeró por fin.
Paseábamos por los embriagadores jardines de palacio entre arrumacos, chanzas y risas, cogidos de la mano, saboreando momentos de absoluta dicha, a pesar de que la incertidumbre nos aguardaba agazapada detrás de esos muros y delante de un trono.
Cada día recibía noticias del arrabal y enviaba los progresos de Albert por medio de una doncella que se prestó a ser mi emisaria. Mi madre estaba bien, y Helga podía disponer de su tiempo para trabajar en el hospicio mientras Ahmed se erigía en sempiterno protector de Erik. Ya no había habido más desapariciones, quizá porque los progenitores velaban más por sus pequeños, quizá porque el culpable se había vuelto más cauto. Sea como fuere, todo parecía tranquilo.
Al fondo de aquel vergel, un grupo ruidoso de guerreros rompía el misticismo con sus potentes vozarrones y sus carcajadas estruendosas.
Ellos también estaban siendo mimados por el emir. Y sus vigorosos aspectos así lo demostraban.
—Gustavo empieza a ser el que era —profirió Thorffin socarrón.
—Y pronto volverá a vencerte en los combates, Torcuato.
—Mira, si empezáis con los dichosos nombres, mejor me retiro a mis aposentos —intervino Hiram irritado.
—Cuidado, chicos, que podemos ofender la sensibilidad del dulce Hilario —se mofó Sigurd.
Los hombres estallaron en carcajadas ante el ceño de Hiram.
—Vete al cuerno, Segismundo.
—Pues yo no veo que sea muy dulce —adujo Jorund con fingida ingenuidad.
—Venga, dejadlo ya, que anda malhumorado, y con razón —repuso Thorffin haciendo gestos hacia un rincón del jardín.
Deslicé mi mirada hacia allí para descubrir a Valdis paseando melosa junto a Martín. Escruté con atención a la pareja, intentando detectar si en algún momento ella miraba subrepticiamente, pero nada indicaba que fuera un ardid para poner celoso a Hiram. Martín acaparaba toda su arrobada atención. Por otra parte, me desconcertaba que en tan poco tiempo hubiera logrado sacar al apuesto guerrero de su corazón para poner a otro en su lugar.
Valdis no era así. De cualquier modo, fuera como fuese, solo me importaba la felicidad de ambos, aunque fuera por separado.
Cuando volví la atención a Hiram, su gesto torvo y su mirada furiosa no me hicieron compadecerme de él.
—Fuiste un necio —musitó Albert— y mira que te lo advertí.
Hiram clavó en él una mirada resentida y luego la fijó en mí; su expresión se tornó extraña, como si me culpara del comentario de mi amado.
—Fui un necio, sí.
Su gesto apesadumbrado y arrepentido y su ceño afligido sí lograron ablandarme ligeramente.
—¿Dé dónde demonios ha salido ese tipo? —masculló con acentuado disgusto.
—Yo lo encontré —confesé.
Los hombres me miraron con diferentes expresiones que iban desde el desconcierto hasta el reproche. De todas ellas me asombró la de Jorund, que, tras sus pullas hacia Hiram y el rencor por la traición a su hija, ahora me observaba tan sombrío como él. En el fondo, apreciaba al guerrero y lo prefería a aquel herrero mozárabe que ahora llevaba a Valdis de la mano.
—Necesitábamos ayuda —justifiqué encogiéndome de hombros.
—Claro, y elegiste a un hombre apuesto y fortachón al que le gustaran las pelirrojas —me increpó Hiram.
—En eso ella no ha tenido nada que ver —alegó Albert en mi defensa, aunque en su tono reverberó una indignación que no terminé de entender—, pues como ya sabrás el corazón no elige a quién querer. Lo que quiera que exista entre ellos ha surgido solo, y ha sido recíproco.
No hay más que verlos.
No supiste valorar lo que tenías y lo perdiste. Perseguir sueños es peligroso cuando no están al alcance.
Tuve la sensación de que había algo que compartían y que yo desconocía respecto a aquel asunto.
Hiram dejó escapar un gruñido áspero, nos regaló un ceño tormentoso y se alejó con los hombros hundidos.
—Parece que al final sí está enamorado —advertí con cierto pesar, ya que la situación parecía irreversible.
—Lo está, pero no de Valdis. Su enojo no es más que su orgullo de macho herido.
Todos miraron al avieso Sigurd. Pero él solo me miraba a mí.
Un pesado e incómodo silencio pendió sobre nosotros. Pude sentir la tirantez en el porte de Albert.
—Regresemos al cuarto, estoy cansado —murmuró.
Asentí y desanduvimos nuestros pasos. No me atreví a preguntar nada, él tampoco a explicar.
Permaneció reflexivo y silencioso todo el camino de vuelta. Pero cuando atravesamos las puertas de su cuarto, se volvió hacia mí abruptamente y me ciñó contra la hoja que acababa de cerrar. Aferró con rudeza mi mentón, me taladró con una mirada penetrante y tomó mi boca con desatada urgencia.
Solo pude aceptar su imperante beso, dejando que descargara en mí aquel arrebato posesivo y celoso que yo ya conocía. Si albergara alguna duda sobre lo que había movido a Hiram a los brazos de Zahira, aquel fogoso beso la habría despejado.
Cuando se apartó, en su mirada vidriosa titilaba la llama de un deseo insatisfecho y voraz.
Me arrastró apremiante hacia la cama, furioso e impaciente, y me lanzó sobre ella. Cuando se subió y se puso de rodillas para abrirme las piernas, su expresión ceñuda y ardorosa me excitó.
—¡Eres mía! —gruñó entre dientes, como si alguien se lo discutiera.
—Demuéstralo, maldito bárbaro —acicateé.
Rugió ante el desafío y se abalanzó sobre mí arrancándome la ropa con brusquedad. Alcé las caderas para recibirlo y aquella invitación lo enloqueció. Aferró mis muñecas con una sola mano y las inmovilizó por encima de mi cabeza. Gemí ansiosa, lo deseaba tanto que mi piel se erizó.
Cada fibra de mi ser vibraba impaciente. Casi noté un dolor físico ante el desgarrador anhelo de sentirlo en mi interior.
Atrapó un pezón en su boca y lo mordisqueó, me arqueé gustosa y entonces me penetró. Gruñí de puro placer y él alzó la cabeza para mirarme mientras se movía dentro de mí. Sus empellones eran secos, duros y desesperados. En cada uno de ellos remarcaba su dominio sobre mí, sobre mi corazón, sobre mi alma.
«¡Mía!…», jadeaba él en cada embestida.
«¡Tuya!…», gemía yo en cada incursión.
Y, así, nuestra unión volvió a sellarse, con el fuego de un placer que devoraba nuestros sentidos. Un deseo que no éramos capaces de colmar por mucho que nos entregáramos a él, porque nunca parecíamos tener suficiente.
Nos rendimos a un clímax catártico, con las miradas enlazadas, los jadeos encadenados y los corazones fundidos.
El mundo había desaparecido a mi alrededor, solo un rostro lo ocupaba.
Uno que no podía dejar de mirar.
—Siento como si el corazón se me fuera a salir del pecho —pronunció él en apenas un rasgado susurro.
—Está en el mío.
Albert asintió y salió de mí para acomodarse junto a mi costado y cobijarme entre sus brazos.
Inhaló mi cabello y me estrechó con fuerza.
—El hakim estaría complacido con tus progresos —musité socarrona.
—Espero que menos que tú.
Se me escapó una carcajada que cascabeleó en el aire, esparciendo la inmensa felicidad que me embargaba.
Fuimos requeridos aquel mismo día en el salón real, como si el emir hubiera adivinado la recuperada fortaleza de Albert.
En aquel fastuoso palacio no habría resultado descabellado pensar que las paredes tenían ojos.
Que aquellos singulares relieves de las paredes enteladas ocultaban aberturas secretas para espiar. Aquel pensamiento me desazonó, pero lo descarté al instante, pues en realidad resultaba absurdo. Los mismos siervos ya eran los ojos y los oídos del emir.
El salón real destilaba solemnidad. No supe si por los majestuosos arcos de herradura que nos rodeaban, por las decorativas columnas que los sostenían o por la escasez de mobiliario. En aquella inmensa estancia solo había una larga alfombra bermellón y, al fondo, un sillón de alabastro y oro.
En el ostentoso trono se encontraba sentado un hombre menudo y nervudo, de aspecto regio y mirada ladina. Tocado con un turbante negro, una túnica adamascada en oro con fajín rojo y calzas abombadas en seda del mismo color. Lucía una barba puntiaguda y corta que afilaba su rostro y unos sagaces ojos oscuros que nos observaban con sumo interés. A su lado se hallaba un visir, y el hakim.
El grupo en su totalidad, los presos a los que les habían cambiado los barrotes por muros de setos y enredaderas, aguardaban tensos tras su líder.
Martín, Valdis y yo permanecimos más atrás, en un tercer plano. Aquella disposición no le pasó inadvertida al emir Muhammad.
Tras su minuciosa inspección, el emir se puso en pie y se dirigió hacia Albert. Que el trono se hallara sobre un entarimado no le evitó al hombrecillo tener que inclinar la cabeza para poder mirar al guerrero a los ojos. La imponente estatura de Albert avasallaba incluso a un hombre tan poderoso como aquel.
Admiró sus hechuras y, por su gesto complacido, pareció más que satisfecho.
—Todavía no está recuperado —comenzó el médico—, pero dentro de unos…
—Yo lo veo en bastante plena forma —interrumpió el emir, que aleteó desdeñoso la mano dirigida al hakim, desestimando así su cautela—. ¿Cómo te encuentras? —dijo a continuación, dirigiéndose a Albert.
Aquella pregunta directa y sin tratamientos me sorprendió. Al parecer, era un hombre al que no le gustaba perder el tiempo.
—He estado mejor —respondió él, conciso.
—Pues debías de parecer temible.
—Ese era mi apodo.
El hombre asintió, casi regocijado por la actitud dura y seca de Albert.
—Tu mirada es fiera pero brilla con inteligencia, y eso me agrada —repuso el emir—. Además, eres insolente y descortés, y eso es un signo de lealtad, aunque también denota temeridad.
—Si vuestra intención es analizarme, adelante. Pero creía que no os gustaba perder el tiempo. A mí tampoco me gusta.
La actitud de Albert era provocadora, y lo maldije en silencio. Oprimí los labios aguardando el enojo del emir.
Para mi completo desconcierto, sonrió ampliamente.
—No estoy muy habituado a tratar con un igual —objetó admirado—, el infame rey Ordoño no es muy dado a conversar, pudiendo alzar la espada contra mí. Pero tú rezumas autoridad y poder.
Debes de ser un rey desterrado de tus lejanas tierras del norte.
—No era ningún rey, ni siquiera un jarl, tan solo un hersir que gobernaba una pequeña aldea.
—¿Qué son un… jarl y un hersir?
—Un jarl es algo así como un conde, y un hersir es como un valí, pero a mucha menor escala.
—Entiendo.
Muhammad deslizó la mirada por el resto de los hombres y sonrió solazado.
Aquella extraña actitud comenzó a inquietarme.
—¿Qué hacemos aquí y qué queréis de nosotros? —preguntó Albert con impertinente impaciencia.
—Os han traído mis oraciones. Alá misericordioso me envía su aliento cuando más lo necesito.
Albert decidió esperar a que Muhammad continuara con su respuesta; seguramente valoraba si debía seguir mostrándose tan audaz, a pesar del agrado del emir con su talante.
—Concedí el perdón a los levantiscos habitantes de Tulaytulah. Y allí me informaron de que un reducido grupo de norteños había conseguido instruir y liderar a los grupos implicados en el motín. Me parece toda una hazaña que tan pocos hombres tomaran los cuatro centros de gobierno de la ciudad. Un plan tan arriesgado como brillante, que habría salido bien si uno de los vuestros, el rabí Samuel, no os hubiera traicionado y mis razias no hubieran llegado a tiempo para sofocar la revuelta. Y ante mí tengo al hombre con esa mente tan prodigiosa, tan ducho en el combate como en la estrategia. Y justo en el momento que más útil puede serme.
—¿Y ese momento es…?
El emir alzó una ceja, y esta vez su rostro adquirió gravedad.
—Los nordumâni han regresado —comenzó—. Una flota de unos sesenta qaraqir ha incursionado en el reino de los francos y vienen directos al mío.
Mi tropas ya los han enfrentado en las costas de al-Garb, y mucho me temo que regresarán a Isbiliya a hacer de las suyas, o incluso quizá se atrevan a adentrarse hasta Qurtuba siguiendo el curso del río Wad al-Kabir.
Lo que los árabes llamaban qaraqir eran los temibles snekker, las embarcaciones de guerra más temibles de los hombres del norte. Y, por la cifra, la flota debía de ser impresionante.
—¿Y qué es exactamente lo que requerís de mí y de mis hombres?
—Que repitas lo que hiciste en Tulaytulah con los rebeldes.
Albert guardó silencio. Aunque no había nada que decidir en esa ocasión.
—Nadie mejor que uno de ellos para combatirlos. Tú los conoces, de hecho, participaste en la incursión a Isbiliya hace casi catorce años. Y lo que quiero exactamente es que alecciones a mis soldados y que plantees una estrategia defensiva para repelerlos mientras mis flotas los masacran.
Lo que le estaba pidiendo en realidad es que traicionara a su corazón y sus orígenes. En aquel momento habría deseado estar a su lado para poder estrechar su mano en la mía.
—Sobra decir lo que os ocurrirá si te niegas, ¿no es cierto?
—Es fácil de adivinar —musitó Albert con dureza.
El emir asintió con agrado, inspiró hondamente y regresó a su trono.
—Mañana comandarás una tropa de mis mejores hombres, los instruirás y dentro de unos días partiréis hacia Isbiliya para defender sus muros, evitar que entren en la ciudad y contenerlos hasta que llegue mi flota. —Le dedicó una mirada ladina y regocijada. Después añadió—: Parece que el destino te da la oportunidad de pagar todo el daño que le hicisteis a esa ciudad. —Hizo una pausa para inspeccionar el gesto de Albert.
Desde mi posición me era imposible verlo, pero imaginaba que su rostro debía de ser un roca impenetrable, carente de toda expresión. En situaciones tan delicadas, sabía esconder información a su oponente—. De tu éxito no solo dependerá que Qurtuba no sea atacada y mi reino no sufra más invasiones de los nordumâni.
De tu éxito dependerá la vida de los tuyos. En especial, la de tu esposa.
En aquel momento, dos guardias aparecieron por una arcada y me apresaron. Decidí no resistirme por temor a la reacción de Albert.
Cuando se volvió y comprobó lo que estaba ocurriendo, su impulso fue acudir en mi ayuda, pero por fortuna fue contenido por Thorffin.
Casi al instante, ante el amago de Albert, dos largas hileras de guardias reales nos flanquearon apuntándonos con largas alabardas.
El taimado emir volvió a ponerse en pie y se acercó a él. Esta vez, Albert retrocedió, pero no por temor, como creyó al principio Muhammad por la sonrisa de superioridad que esbozó, sino para obligarlo a bajarse de la tarima si quería doblegarlo con la mirada. No bajó.
—Como comprenderás, necesito una prueba de fe. Será bien cuidada y atendida y estará bajo mi protección. Solo debe preocuparte tu encargo. Si todo sale bien, no solo volverás a verla, sino que os firmaré a todos un perdón real.
—Quizá yo también necesite una —profirió con frialdad.
—Tienes la promesa de un emir de la dinastía Omeya.
—Un hombre al fin y al cabo, uno que no conozco.
Muhammad compuso un ceño admonitorio ante la osadía de Albert.
—Convendrás conmigo en que, en tu situación, seguir respirando ya es un favor que te concedo. Así pues, no te queda más remedio que confiar a ciegas. Estáis en mis manos, y solo hay una manera de salir de ellas. Y para que empieces a conocer mi buena disposición, dejaré que esta noche la pases con ella. A partir de mañana estarás a mi completo servicio, tus hombres y tú.
Entonces tuve la audacia de dirigirme al emir.
—Vuestros hombres somos también nosotras dos —proferí señalando a Valdis—, ambas somos escuderas y hemos combatido junto a ellos. Podemos defender como cualquier otro esas murallas.
El emir alzó las cejas con asombro y se dignó descender de la tarima para acercarse a mí.
—Permíteme que dude de tus palabras.
—Puedo demostrarlo —alegué con firmeza.
Capté la mirada ceñuda de Albert y lo que intentaba pedirme. Lo ignoré.
—¿Cómo?
—Dadme una espada y un oponente.
—Ella se queda aquí —intervino Albert ofuscado.
El emir me escrutó con creciente interés, mostrando en su semblante un mohín curioso.
Se acercó a uno de los lanceros y le arrebató la espada que llevaba al cinto.
A continuación ordenó a otro que esgrimiera la suya.
Luego el emir regresó a mi lado y me entregó la espada que portaba.
—¡No! —exclamó Albert revolviéndose entre los brazos de Thorffin. Los alabarderos acercaron amenazadores las puntas de las armas a su cuerpo.
Hiram contribuyó a detenerlo susurrándole algo al oído.
Miré a mi esposo, que me observaba angustiado y furibundo. Respiré hondo y empuñé con arraigada determinación aquella espada curva. No era como las que yo solía manejar, pero era una espada al fin y al cabo y la técnica era lo único que importaba, o eso esperaba. Me centré en estudiar a mi adversario, recordando cada lección aprendida y cada combate librado.
El soldado comenzó a balancear la hoja y a moverse de un lado a otro. Yo alcé el alfanje y me puse en guardia, observando sus movimientos para anticiparme a ellos. De repente descargó un envite que esquivé grácilmente.
Decidí seguir tanteándolo antes de atacar para asegurarme un golpe certero.
Un nuevo lance y esta vez lo detuve con mi hoja. Descubrí que, girando la espada, la hoja curva hacía más fácil desestabilizar el arma del oponente.
Continué esquivando y frenando embates, hasta que pude hacerme un patrón de sus movimientos. Casi todos era repetitivos, y como su misión allí no era matarme, sino evidenciar mis habilidades, aproveché aquella ventaja y afiancé mi posición. Dejé de retroceder y gané confianza. Descargué varios ataques que mi adversario contuvo, pero mientras los repelía mi agilidad y mi rapidez volvían a sorprenderlo con otro ataque más incisivo.
Algo que recordaba vivamente de mi instrucción con la espada era que la victoria solía esconderse en la sorpresa. «Sorprende a tu enemigo y lo vencerás». Y con aquel consejo en mente, y tras una pertinaz serie de ataques, en mitad de un giro me puse tras él y lo golpeé en el costado con la empuñadura. El hombre se dobló en dos y no lo dudé, alcé la rodilla y la hice impactar contra su mandíbula. Lo derribé.
—Me has impresionado gratamente, muchacha. Hablas con la verdad.
Podrías formar parte de mi guardia personal.
El emir me sonrió admirado.
—Seré más útil en las murallas que confinada en una jaula de oro.
—Por cómo me mira tu esposo, me temo que, sin prueba de fe, no tengo garantía alguna de que no escape. Tengo hombres de sobra para suplantarte, no te necesito. No quiero mujeres en mis filas que puedan distraer a mis soldados.
—Rezad para que la próxima incursión no la realicen mujeres, o vuestro reino estará perdido con tanta distracción —mascullé frustrada.
—Gozas de la insolencia de tu esposo, sin duda. Te vendrá bien un tiempo sola, quizá la sumisión y la dulzura de mis súbditas amanse tu carácter.
—O quizá no —objeté irritada.
—Habremos de descubrirlo —concluyó el emir, aleteando de nuevo la mano, un gesto que parecía habitual en él cuando desestimaba algo que carecía ya de interés. Supe en aquel instante que nada podría hacerlo cambiar de parecer.
Se encaminó hacia Albert, que seguía punteado de lanzas, y, tras un sutil gesto, los guardias se retiraron. No obstante, Thorffin e Hiram no soltaron del todo a Albert.
—Disfruta de esta noche, las siguientes que desees pasar con ella habrás de pelearlas.
CONTINUARA
