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Capítulo 110

Entre afeites, secretos y duelos.

Nunca había odiado tanto un amanecer.

Maldije cada haz de luz que brotaba del horizonte, cada destello que asomaba por la celosía del ajimez, cada pueril retirada de las sombras hacia los rincones. Maldije al sol por alzarse y arrebatarme aquella noche. A la luna por su cobarde retirada, por no escuchar mis ruegos de hacerse eterna. Al destino, por ese cruel empeño en separarnos, en cubrirnos de tragedia y vestirnos de adversidades. ¿Tanto nos envidiaban los dioses, que no soportaban presenciar algo tan puro y profundo? ¿Tanto habíamos de sufrir para pagar ese inmenso amor que nos reventaba en el pecho?

Era tan injusto y estaba tan cansada…, sin embargo, algo en mi interior se había despertado con más fuerza que nunca, quizá en respuesta a todo lo vivido, a cada dura prueba, a todo el tormento que habíamos logrado superar.

Porque, si ahora nos rendíamos o nos derrotaban, nada de todo aquello tendría sentido. Por eso ahora debíamos luchar encarecidamente contra ese nuevo trance. Porque si algo sentía dentro de mí es que era el último.

Tuvieron que arrancarme de los brazos de Albert, tras una noche de promesas, pasión, lágrimas y amor. Él prometió regresar por mí, pero yo me hice una promesa a mí misma, la de ir a buscarlo y huir. Porque si algo había aprendido de los hombres poderosos era que la ambición estaba siempre por encima de la honestidad. Tener a su servicio a un hombre como Albert resultaba demasiado tentador. Era un aliado valioso que podría usar en todas sus lides, ¿por qué soltarlo en la primera empresa cuando podía servirle de por vida?

Verlo partir fue desolador, pero también un acicate a mi determinación.

Ningún taimado emir, ningún dios envidioso, ninguna bruja artera podrían separarme de él. Y entre acerbas lágrimas comencé a sentir fortalecerse en mí a ese lobo que ya anhelaba devorar a quien se le pusiese en su camino.

Albert había hecho algo más antes de marchar a Isbiliya. Había conseguido la libertad de Martín y Valdis, como condición para su completa lealtad.

La vida en palacio era tediosa y pacífica, tanto que crispaba mis nervios.

Adquirí como costumbre pasear por cada rincón, fingiendo vagar como alma en pena, sin prestar atención a mi alrededor, cuando en realidad memorizaba cada detalle, cada pasillo, cada ventana y cada puerta. Logré acceder a las estancias de las concubinas, con las que trabé cierta amistad, e incluso conocí a la esposa del emir, una mujer desabrida y poco agraciada que contrastaba con la belleza de la favorita, una sarracena lozana de carnes prietas y sensuales maneras. Era fácil adivinar con quién pasaba el emir sus noches.

No se me permitía comer en el salón real. Y lo hacía en las cocinas, entre los anafes y los calderos, escuchando las conversaciones de doncellas y criados, de donde extraía la información más valiosa.

Que se me consintiera recorrer el palacio y sus jardines no preocupaba al emir, pues todas las salidas estaban custodiadas día y noche. Además, en mis continuos paseos, era seguida de cerca por un sempiterno guardián. Nunca era el mismo, quizá temían que pudiera ganarme su simpatía. No obstante, yo permanecía atenta, trazando planes mentales, decidida a buscar la oportunidad de escapar de aquella celda de piedra, azulejos y rosas.

Día tras día, la nostalgia y la impaciencia hacían mella en mi ánimo. No se me permitía recibir visitas, pero sí mandar mensajes y recibirlos. De ese modo pude comunicarme con mi madre y los que ya se habían convertido en mi familia. Todo estaba bien en el hospicio, excepto porque, al parecer, habían regresado las desapariciones de niños.

Durante mis caminatas había descubierto una sala privada cuya puerta siempre estaba cerrada. Estaba ubicada muy cerca del muro exterior, y tenía la certeza de que había otra puerta en su interior que quizá fuera una salida discreta y desconocida para los siervos de palacio. Una salida trasera que solo podría usar la familia del emir en caso de invasión. Aquella hipótesis la había convertido en un reto para mí.

Decidí escapar de mi cuarto en plena madrugada para gozar de más libertad en mi inspección.

Deambulé sigilosa por los amplios corredores, apenas iluminados por diseminadas lucernas parpadeantes. Atravesé el jardín hacia la parte oriental del palacio y me cobijé en la sombra de los pórticos al toparme con la inoportuna ronda del guardia de turno.

Una luna menguante que se dejaba acunar por una noche estrellada, adormecida, apenas iluminaba mis pasos. Algo que me beneficiaba pero que ralentizaba mi avance por temor a tropezar o darme de bruces con algún obstáculo imprevisto.

Cuando al fin llegué a aquella sala, la oscuridad me descubrió una abertura que el día me había ocultado. Sobre la puerta, un calado en la pared con forma de estrella relucía con la luz del interior. La sala estaba ocupada aquella noche. Y yo no podía dejar escapar aquella oportunidad. Miré a ambos lados y elegí una alta maceta con forma de ánfora. Comencé a empujarla trabajosamente hasta arrastrarla frente a la puerta. Mientras lo hacía, un intenso aroma se deslizó por el quicio. Eran los efluvios de un afeite de belleza, la acidez y la frescura de algún cítrico y el espeso perfume de las rosas. Pero también impregnaba el aire un aroma extraño que no supe reconocer.

Me subí al borde de la maceta y atisbé por el calado de la pared.

Se me reveló una especie de salita, decorada con tapices y cojines y, más allá, otra puerta que estaba segura daba al exterior. Pero lo que más llamó mi atención en aquel momento fueron las dos mujeres que parecían conversar en susurros.

Una le untaba a la otra una especie de pomada en el dorso de la mano mientras le mostraba un tarro. No pude distinguir qué contenía.

Pero cuando la mujer que extendía el producto ladeó ligeramente la cabeza hacia mí y reconocí su rostro, mis rodillas fallaron y a punto estuve de perder el equilibrio. Filtré mis dedos por los huecos del calado y me aferré con fuerza para no caer. No obstante, sacudí la puerta y aquella vibración captó la atención de las dos mujeres. Por fortuna, miraron la puerta, y no la estrella decorativa en su parte superior, pues de haber sido así habrían visto mis dedos asomando.

Decidí permanecer inmóvil, rezando para mis adentros para no ser descubierta. Ellas continuaron hablando, me fue imposible desentrañar la conversación, pero el secretismo que exhibían era más que evidente. Aquel era un encuentro furtivo, y habiendo identificado a ambas mujeres, supe por qué.

Quedarme allí más tiempo habría sido demasiado imprudente, así que me deslicé todo lo silenciosamente que pude de la maceta y apreté los dientes para que el arrastre no despertara la atención de las ocupantes de la sala.

Una vez en su lugar, me apresuré a marcharme con la cabeza bullendo de figuraciones sobre aquella cita secreta. Y preguntándome qué utilidad podía sacar de ello.

En aquel momento no supe la importancia de aquel descubrimiento.

Dos días después, murió la favorita del emir.

Amaneció muerta en su lecho, ni siquiera el hakim pudo dictaminar la causa de la defunción con seguridad. Pero la muchacha tenía la lengua azul, único vestigio de anomalía. No había signos de violencia en su cuerpo, y tampoco hubo ningún interés en descubrir lo sucedido.

Pero incluso si yo no hubiera presenciado aquella reunión secreta, sabía que, si la lengua estaba azul, un veneno había pasado por ella.

De cualquier modo, mi única intención allí era escapar, y para eso debía vigilar noche y día a la mujer que tenía la llave de la salita que llevaba a mi libertad. Y esa mujer condujo mis pasos hacia los sótanos de palacio.

La esposa del emir se adentró en una galería abovedada, no muy grande, y no cerró la puerta tras de sí. Pude atisbar desde fuera lo que parecía un almacén lleno de alacenas. El aroma allí era acre, casi fétido, y me sorprendió que guardara bajo llave aquella hilera de potes. Sin embargo, reconocí el singular tarro que le había sido entregado la otra noche. La observé untarse el contenido en la cara con curiosa veneración.

Cuando salió de la ciega galería y cerró con llave, la depositó en el escondrijo de donde la había sacado: una oculta oquedad en la roca por encima de la puerta.

Aguardé a que se marchara y me dispuse a indagar más detenidamente.

Abrí la puerta y me adentré en el almacén. Tomé el pote que acababa de usar y aparté la tela que lo cubría. Hundí mis dedos en aquella sustancia blancuzca y untuosa, la froté entre las yemas y la olí. Tenía la consistencia de la manteca, pero su olor era mucho más intenso y desagradable. Sentí una vaharada de aprensión y me limpié en la túnica. Luego me dispuse a escrutar el resto de los tarros. No supe reconocer la mayoría, pero sí los que contenían hierbas y flores desecadas. Me sorprendió descubrir adelfa en uno de ellos.

Ante aquella pequeña y letal flor blanca, los recuerdos me golpearon con vehemencia. Ya había vivido muertes por envenenamiento. Demasiadas para no reconocer el dispensario de una asesina.

Guiada por mi instinto, rebusqué en todos los potes hasta que hallé lo que buscaba. No conocía el nombre, pero supe al instante que aquella frágil flor azulada era la causante de la muerte de la favorita del emir. Y entonces lo recordé…: era acónito.

Salí de aquel contenedor de muerte y belleza, cerré con llave y regresé sobre mis pasos.

Cuando llegué al jardín me topé con la esposa del emir y me sobrecogió descubrir que se hallaba frente a la puerta de mi alcoba.

Su anodino rostro no pareció mostrar ninguna emoción particular cuando me vio. Aun así, me tensé.

—Mi esposo te reclamará esta noche para que entretengas a sus invitados.

Aquello me hizo ponerme en guardia.

—No soy muy divertida —argüí mordaz.

—Pero eres bella y, según tengo entendido, manejas bien la espada.

—Mi esposo la maneja mejor, y ya la estará usando en su nombre. No pienso ser el divertimento de nadie.

Creí ver en su rictus un deje divertido.

—Posees carácter y una lengua más afilada que cualquier espada. Me gustará ver cómo te opones a los caprichos del emir.

—No entra en mis deseos ser su nueva favorita.

Aquel apunte confirió rigidez al huraño rostro de la mujer. Pero, al cabo, esbozó sin tapujos una sonrisa satisfecha que curiosamente afeó más su rostro.

—Para tu desgracia, esa decisión solo compete al emir.

—Dudo que el emir desee ponerse en contra de su nuevo aliado. Y dudo también que se arriesgue a que una mujer lo castre.

La mujer no pudo reprimir una abierta carcajada. Pareció incluso regocijada ante aquella posibilidad.

—Yo de lo que no dudo es de que será una noche más que interesante.

A continuación, me observó complacida y se marchó.

Entré en mi alcoba y me senté en el diván junto a la ventana por la que ascendía la madreselva. La esposa del emir había venido a tantearme ante el interés de su esposo en mí, y seguramente con la sibilina intención de desalentarme. No obstante, encontrarse ya con mi resistencia le había ahorrado ese trabajo y se marchaba tranquila.

Asomé los dedos por la celosía recordando la escena que había presenciado la otra noche. Sentí una punzada de inquietud, intriga y envidia casi a partes iguales. La redondeada silueta de la otra mujer y saber lo que cobijaba en su interior sembraron un amargo poso de tristeza que oscureció mi ánimo.

Frianda de Kent era la que aprovisionaba a la esposa del emir de filtros, venenos y toda clase de potingues que ella necesitara. Se reunían furtivamente de noche en aquella salita secreta para ese fin.

Me pregunté si era casual que me volviera a topar con la maldita druida, o si tal vez ella nos seguía. Fuera cual fuese el motivo, la desazón era la misma.

Y entonces aquella pieza que no había terminado de encajar en mi mente lo hizo. Frianda era la tercera preciosidad que había estado visitando a Albert.

Y a mi pensamiento acudieron las palabras de Jorund: «Debe darle el sol, eso nos dijo ella».

Me recosté entre los cojines del alféizar y suspiré largamente. Acaricié mi vientre yermo y lamenté no portar en él al hijo de Albert.

No sé bien cuánto tiempo pasé sumida en mis cavilaciones, pero cuando llamaron a la puerta, el sol ya se ponía.

Un criado vestido completamente de blanco me pidió que lo acompañara.

Asentí, decidida a enfrentarme a los deseos del emir.

Al entrar en el salón real, la diferencia con la primera vez fue sustancial.

En esta ocasión, la disposición era diferente. Lo habían amueblado para convertirlo en un amplio comedor. Habían retirado el trono para colocar en su lugar una larga mesa de madera engalanada con finos manteles de lino y de seda. Bandejas de oro salpicaban el tablero, unas con frutas variadas, otras con carnes asadas con coloridas hortalizas, fuentes de arroz aderezado con ricas especias y hogazas de pan ácimo. Entre ellas, numerosas jarras repletas de vino aguardaban a ser vaciadas por los sedientos comensales.

Me condujeron a un extremo de la sala, donde se encontraban las concubinas; ocupar aquel lugar me irritó por lo que suponía mi presencia entre ellas.

Una muchacha vestida de sedas me observó contrariada.

—¿Eres la nueva favorita?

Negué con la cabeza, tan desconcertada como ella.

—¿Y por qué te sientas en su lugar? Por Alá, si todavía estará caliente en su tumba —recriminó compungida.

—Es donde me han indicado que me siente —respondí tan disgustada como ella.

La muchacha asintió e inclinó la cabeza hacia su pecho, ocultando la triste humedad de sus ojos.

—La pobre Hafsa iba a tener un niño. Estaba tan ilusionada…

—¿Lo sabía el emir?

—No, Hafsa quería darle una sorpresa esta noche. Hoy cumple años nuestro emir.

Tragué saliva y comprendí el motivo de su muerte. Conocer su estado lo convertía en un crimen aberrante. Solo alguien sin corazón podía matar a un niño…

Y entonces… aquel pensamiento me llevó a otro similar que había tenido no hacía mucho. Y una sensación ominosa se instaló dentro de mí.

—¿Tiene el emir hijos?

La muchacha se limpió las lágrimas del rostro y negó con la cabeza.

Luego se inclinó hacia mí y susurró:

—Su esposa, Yaiza, no puede concebir.

Y si ella no podía, nadie más había de poder, pensé reprimiendo un escalofrío. Poder colocarme en su lugar en aquella cuestión me confería más derecho para condenar su maldad, pues nada había más inocente que una criatura en ciernes.

En aquel momento, junto a aquella compungida concubina, supe que había conseguido la llave de mi libertad.

En el centro de la sala, un espadachín trazaba florituras con su acero, haciendo gala de un arte innato. Más parecía una danza que una exhibición de lucha. Aun así, su dominio con la espada era sublime.

No fue un criado quien vino a buscarme a la mesa, sino el mismísimo emir, enjaezado con sus mejores galas. No me pasó inadvertida la expresión disgustada de Yaiza.

Cuando llegó a mi altura, desenfundó su espada y me la tendió en un gesto cortés.

—Mis invitados arden en deseos de disfrutar de tus habilidades en un duelo con mi mejor espadachín —invitó en tono suave, pero con mirada despótica.

—No soy un bufón de vuestra corte —musité temeraria.

—Mientras duermas bajo mi techo, serás lo que yo quiera que seas —masculló entre dientes, manteniendo una sonrisa congelada en su cara.

—No duermo por mi gusto, sino por el vuestro.

—Y vas a pelear también por mi gusto, si quieres dormir una noche más bajo mi techo —murmuró iracundo. Hizo una pausa, entornó amenazador sus oscuros ojos y añadió— He de aclarar que no dormirás bajo mi techo ni bajo ningún otro, lo harás bajo tierra.

Derramé sobre él una mirada cargada de odio mientras me ponía en pie.

Cuando me pasó la espada, mi primer impulso fue descargarla sobre él. Por la rapidez con que se dirigió hacia su mesa, seguramente temía lo mismo.

Avancé a largas zancadas hacia el centro. ¿Querían divertirse?, ¡pues por Odín que lo harían!

Sería bueno dar de comer al lobo para que empezara a calentar, pues estaba decidida a ofrecerle todo un festín.

Contaba con la ventaja de haber visto su pomposa demostración, lo que me había dado bastante información sobre sus movimientos más habituales.

Mi contrincante, un hombre de porte altivo, grácil figura y mirada arrogante, se plantó ante mí para ejecutar una elegante reverencia. Yo lo observé con el desdén que me provocaban sus teatreros ademanes. Un guerrero no se prestaba a convertir el arte de la lucha en un espectáculo de feria. Me limité a asentir circunspecta y me posicioné para el combate. Ante la previsión de tener que moverme mucho, alcé los bajos de mi túnica y los entremetí en mi fajín, de modo que quedaron desnudas mis pantorrillas y mis rodillas, algo que escandalizó a la concurrencia. Sus gemidos asombrados y sus expresiones reprobadoras me arrancaron una sonrisa insolente.

Tanteé el peso de la espada con ambas manos, pasándola de una a otra, y luego la empuñé con la diestra. Tracé varios arcos en el aire para conocer sus distancias y hacerme a su manejo. Era curva, como todas las espadas árabes, una bella cimitarra de hoja labrada, empuñadura de piel, y, por fortuna, ligera. Gracias a mi primer combate había aprendido varias ventajas sobre aquella versátil hoja. Y las pensaba utilizar.

Ambos comenzamos a tantearnos, caminando lateralmente y en círculos.

En el gran salón real flotó un silencio grave y expectante.

Si debía acogerme a alguna premisa, esta era la rapidez. Debía ser veloz, imprevisible y dominante. Esas tres cosas lo descentrarían lo suficiente para tener la oportunidad de derrotarlo.

Mi oponente comenzó como había previsto, trazando esos aparentes y vistosos arcos en el aire antes de descargar la hoja contra mí. Choqué mi acero contra el suyo, la vibración prensó mi muñeca y se proyectó hacia el codo. Tenía más fuerza de la que había supuesto. No debía subestimarlo.

El hombre sonrió con relamida superioridad. Eso era bueno, así me subestimaba a mí.

Compuse intencionadamente un gesto preocupado y temeroso y su sonrisa se amplió confiada.

Esquivé varios envites y retrocedí para que él tuviera ocasión de girar sobre sí mismo como el bailarín que era, haciendo un exuberante alarde de su habilidad ante las damas que suspiraban arrobadas admirando su técnica.

Me dediqué a confiarlo hasta que estuvo más pendiente de sus admiradoras que de mí. Y entonces comencé mi ofensiva.

Descargué dos embestidas inesperadas que lo hicieron trastabillar y, sin darle tiempo a recuperarse, hinqué la rodilla en tierra y lancé una estocada lateral que le abrió el costado. La sangre comenzó a manar, empapando el ligero lino de su camisola blanca.

Mi oponente observó su herida con la mandíbula desencajada y mirada atónita. Apretó los dientes y gruñó furibundo y se cernió sobre mí completamente fuera de sí. Otro gran error. Frené tres coléricos lances y, cuando se volvió para ejecutar el cuarto, hice lo mismo, rasgando la piel de su otro costado. Retrocedió apabullado ante los gemidos sorpresivos y horrorizados de los concurrentes. Y, sin perder tiempo, me adelanté y posé la punta de mi espada en su pecho.

La tenía empuñada con ambas manos, dispuesta a hundirla en su pecho.

—Ríndete o muere —amenacé.

Mi oponente tiró la espada, clavando en mí una mirada llena de rencor y de asombro.

Pero yo no lo miraba a él, sino al emir.

CONTINUARA