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Capítulo 111
Una llave manchada de sangre.
Entrada la madrugada, salí de mi cuarto arropada por la noche y alentada por la urgencia de sellar mi carta de libertad.
Había reflexionado detenidamente sobre los pasos que debía dar, pues, aunque arriesgados, eran demasiado valiosos para dejarlos escapar.
Iba a moverme sobre suposiciones, pero eran cuanto tenía a mano. Debía confiar en mi instinto y jugar bien mis cartas. Y para ello necesitaba regresar al dispensario de Yaiza.
Atravesé el jardín con la tenue iluminación de una uña plateada, que más parecía la cínica sonrisa del destino burlándose de mí. En algunos pasadizos abovedados habría necesitado un candil, así que me moví más por recuerdos que por los ojos. Fui sigilosa y cautelosa en extremo. Me deslicé por las galerías hasta llegar a la entrada a los sótanos. Moverme en la negrura y además bajando escaleras relegó mis sentidos al tacto. Palpé cuidadosamente las paredes y tanteaba con la puntera de los pies cada paso. Intenté visualizar en mi mente aquel espacio y así logré descender hasta las galerías. Allí había antorchas encendidas.
Me encaminé hacia el pequeño almacén casi a la carrera. Llegué a la puerta, cogí la llave escondida en la oquedad y la abrí con torpe premura.
Dejé abierto para que la luz de la antorcha que había enfrente alcanzara las alacenas. Comencé a revisar los potes, uno a uno. Les quitaba su cubierta de piel e inspeccionaba su interior.
Algunos desprendían una fetidez casi insoportable; otros, en cambio, una sutil y agradable fragancia.
Y entonces lo encontré.
Las inconfundibles flores del acónito, de un azul violáceo.
Nunca imaginé lo útil que podrían serme los conocimientos herbales de Eyra. Pensar en ella me despertó una nostalgia que me punzaba el pecho. Sabía que ella, desde donde se encontrara, me cuidaba. Y ahora, en aquel momento, la sentía tan cerca de mí que hasta tuve ganas de llorar.
Mi segunda madre, mi protectora, mi amiga, mi confidente, mi consejera, mi ángel. Todo eso había sido ella para mí. Y encima había traído al mundo al amor de mi vida. Suspiré afectada y sonreí. No, ella no se había ido, moraba dentro de mí, como todas las personas que de algún modo se metían en nuestro corazón.
Una vez entraban, ya no salían.
Tomé el pote lleno de acónito y salí de allí, cerrando con llave.
Desanduve mis pasos, esquivando las rondas de los guardias hasta llegar a mi alcoba.
Al día siguiente metería mi particular llave en la cerradura de una mujer sin corazón, solo me quedaba rezar porque se abriera el candado de mi jaula.
Aquella mañana, espesas nubes de tormenta tamizaron los haces de un sol tímido y sin empuje. La humedad perlaba su rocío sobre los matorrales y los parterres de flores como si hubieran diseminado minúsculas perlas transparentes por todo el jardín. Los colores eran más intensos, la piedra más gris y las sombras más audaces.
Decidida a no postergar más mi intento de salir de allí, y sin escapar, encaminé mis pasos a buscar a Yaiza. En un bolsillo escondía mi posible llave.
La encontré en la sala de costura. Reclinada en un diván de seda adamascada en color azul noche con relieves en plata, se hallaba inmersa en su labor, agudizando la vista sobre un punto en particular.
Cuando entré, no reparó en mí.
Me acerqué y me senté a su lado. El movimiento la alertó y se sobresaltó.
—No se te está permitida la entrada en esta sala —me recriminó rígida.
Yo, en cambio, me recosté indolente.
—No es en esta sala en la que ambiciono entrar. Pero sí es la antesala de lo que deseo.
Yaiza se irguió alerta y me observó con aguda desconfianza.
—Tus deseos no importan aquí —barbotó recelosa y ofuscada—. Sal de inmediato o llamo a los guardas.
Sonreí indiferente a sus palabras y negué lentamente con la cabeza.
—Te equivocas, mis deseos importan mucho, importan todo.
Y, mientras los satisfagas, no llamaré al emir.
La mujer agrandó los ojos en un gesto confuso y frunció sus delgados labios en un mohín disgustado y receloso.
—¿El emir? ¿De qué estás hablando? ¿Has perdido el juicio siendo tan insolente con la esposa de tu dueño?
—Yo no tengo dueño, pero tú ahora sí, y soy yo.
Hizo ademán de levantarse, pero la tomé de la muñeca y la obligué a sentarse de nuevo.
—¡Guardi…! —comenzó a gritar.
Me abalancé sobre ella y le tapé la boca.
—Escúchame bien, maldita —comencé siseando entre dientes— te interesa más que nadie oiga lo que tengo que decirte. Porque, si llega a oídos del emir que mataste a Hafsa, su favorita, que además esperaba un heredero suyo, vas a tener serios problemas, ¿no te parece?
Liberé su boca y, como había supuesto, ella no gritó. Su mirada estupefacta y su gesto descompuesto y crispado me revelaron una verdad que era tan certera como evidente.
—No tienes pruebas de lo que dices y, además, nadie prestará oídos a tu acusación. No eres nadie, tan solo una esclava, una garantía.
—También soy muy curiosa —añadí con una sonrisa artera—, y en mis paseos nocturnos descubro cosas muy interesantes.
Aquello la envaró. Su semblante adquirió tensión, un pulso intermitente vibró en su mentón.
El grosor de la vena de su sien se acentuó.
—Cosas tan interesantes —continué— como ver a una bruja celta reunida con la esposa del emir para entregarle maléficos ungüentos y filtros venenosos. Y cosas tan condenatorias como descubrir un pote con flores de acónito, las mismas que tiñeron la lengua de la pobre Hafsa. —Hice una pausa para saborear las dispares emociones que invadían el rostro de Yaiza—. Y, ¡oh, pobre Hafsa! —impregné mi tono con un teatral velo melodramático para dar mayor realce a la historia—, que muere convenientemente antes de anunciar al emir que van a ser padres.
Ese último golpe surtió su efecto. Su rostro se desencajó y el miedo asomó a su mirada. Comenzó a temblar sacudida por la furia y el pavor. Y, cuando creía que iba a saltar sobre mí, se echó a llorar.
—Yo solo quería evitar que naciera un hijo del mal… —sollozó para mi desconcierto.
—¿Un hijo del mal?
Alzó el rostro anegado en lágrimas y me miró rabiosa.
—¡Sí! ¡No podía nacer un engendro producto de tantas muertes!
Esta vez fui yo la que la miró anonadada y confusa.
—La mataste porque tú no puedes concebir, y los celos…
—¡No! —gritó desatada—. Yo solo quería detener todo aquello…, esos pobres niños… Es todo tan… monstruoso —gimió llorosa.
—¿Qué pobres niños?
—Los que capturaban y mataban para obtener de ellos un remedio.
Se me heló la sangre en las venas. Fui incapaz de hilar un solo pensamiento racional que diera sentido a lo que decía. No obstante, en mi cabeza chocaban piezas que buscaban encajar.
—¿Un remedio para qué?
Intenté conservar la calma y desentrañar aquella maraña de información tan confusa como aterradora.
—Para la impotencia de mi esposo.
Abrí los ojos desmesuradamente.
—Era él quien no podía engendrar vástagos, por eso acudimos a la bruja.
Y su remedio funcionó, pero la eligió a ella, ¡a ella, en lugar de a mí, su esposa!
Comencé a marearme y a sentir náuseas. Aquello estaba adquiriendo dimensiones abominables.
—Y… —inspiré una buena bocanada de aire antes de poder terminar de formular una pregunta de la que temía conocer la respuesta— ¿en qué consistía el remedio?
Yaiza sorbió sus lágrimas y dejó la mirada perdida en algún punto de la estancia.
—En grasa y sangre de infante.
Cerré los ojos pesadamente. Sentí el corazón como una piedra en mi pecho. Mi respiración se había convertido en un jadeo irregular.
—Según la bruja, se debía untar el miembro del hombre y la abertura de la mujer y mezclarse en la cópula con la simiente del hombre. Entonces Muhammad… ordenó a un grupo de hombres de confianza que le facilitaran a la bruja los… ingredientes.
Me sentí desfallecer. El horror más espantoso me atenazó, inmovilizándome. La repulsa, el odio, la desolación, la angustia, y un sinfín de emociones desgarradoras estremecieron cada fibra de mi ser, arrebatándome las fuerzas.
Me sentí incapaz de ponerme en pie y dar un solo paso. Temblaba embargada por aquella batahola emocional que me fustigaba en oleadas inmisericordes. Solo imaginar…
Refregué mi rostro con las palmas de mis manos en un fútil intento por recuperar el control y alejarme de aquella locura.
Y entonces recordé haber sumergido la punta de mis dedos en aquella grasa blancuzca y ya no pude contener las arcadas.
Vomité en mis pies, y lloré mientras lo hacía.
Y cuando empecé ya no pude parar.
—Por… por favor…, no le digas que la maté —gimoteó suplicante—. Yo te llevaré a la salita secreta y podrás marcharte de aquí.
Pero no, yo no podía irme sin clamar mi particular venganza.
La miré con todo el desprecio del que fui capaz y logré incorporarme.
Necesitaba pensar, necesitaba alejar aquella abominación y, con ella, el horror que ahora me sepultaba.
Salí corriendo de la sala de costura, donde solo se había bordado aberración tras aberración en un bastidor confeccionado con pequeñas piezas.
Cuando llegué a mi cuarto, me lancé sobre el lecho liberando los sollozos que encerraban el dolor de todas aquellas madres que habían perdido a sus hijos en pos de la locura, la crueldad y la ambición.
Mi lobo aulló de rabia.
Y la rabia daba hambre.
Y debía dejarla comer…
No fui capaz de levantarme hasta la noche.
Había dormitado entre llanto y llanto, pero también había pensado mucho.
Sí, tenía mi carta de libertad. Y tenía mi venganza.
Y ya era hora de salir de aquella jaula, donde solo habitaban pájaros endemoniados.
Me acerqué a uno de los espejos y me miré en él durante un instante.
Aquellos ojos esmeraldas ya no eran los de una mujer, sino los de un lobo vengativo.
Cogí un frasco de perfume y lo lancé contra él. Se hizo mil pedazos y mi rostro se fragmentó en otros mil. Varias esquirlas volaron por la habitación.
Me acerqué y extraje el trozo más afilado y que me pareció más manejable. Envolví un extremo con un lienzo y lo anudé.
Respiré hondo y salí del cuarto.
Sabía dónde encontrar a mi presa. A aquellas horas estaría en su alcoba real, con su esposa real y su miembro real.
Caminé decidida hasta mi destino. No fui sigilosa ni esquivé intencionadamente a la guardia. Mis pasos eran aplomados y mi semblante inmutable, como si estuviera tallado en roca.
Cuando llegué a la puerta, la abrí de una patada.
Verme asomar con aquel fragmento afilado de espejo arrancó un grito de la garganta de Yaiza. Muhammad dio un respingo en su lecho adoselado y salió de la cama fuera de sí.
Entré y, ante su completo desconcierto, me cerní sobre él y apunté a su entrepierna. Quedó paralizado y tartamudeó algo ininteligible.
—He venido a contarte un cuento infantil para dormir. Y si osas moverte, o tu esposa sale del cuarto, te castraré sin que me tiemble el pulso, ¿entendido?
El hombre asintió y tragó saliva al unísono.
—Bien, este cuento se titula «El demonio que no podía tener hijos». Y permíteme que me salte detalles escabrosos y que sea concisa, pero es que no tengo mucho tiempo que perder y aquí huele demasiado a azufre.
La mirada desorbitada del emir refulgió atemorizada.
—Verás, había una vez un hombre impotente, cuya virilidad era algo así como una planta mustia, tan árida como la esposa que ansiaba ser tierra —lancé una mirada despectiva a Yaiza, que compartía el pánico que sentía su esposo—, y entonces decidieron buscar a una bruja que pudiera ayudarlos a concebir un heredero. Daba igual cuál fuera el método y cuál fuera el precio, así que no lo dudaron cuando supieron que su hijo nacería a costa de las vidas de otros niños. Pero, ¡ah!, el cuento da un giro cuando el remedio nauseabundo no acaba en la seca entrepierna de su esposa.
El emir boqueó nervioso. Su tez palideció.
—Resulta que la elegida logra ser germinada con la semilla del hombre, y eso despierta los celos y el resentimiento de la esposa. ¿Y qué crees que se le puede ocurrir? Pues nada más y nada menos que matarla antes de que el hombre sepa que por fin su sueño de ser padre se ha hecho realidad.
En ese punto, el emir exhaló un gemido contrito.
Yaiza sofocó un sollozo contra la almohada y se derrengó en el lecho.
—Pero ahí no acaba el cuento, no. Porque en este el narrador pone su particular fin. Verás…
Hundí más la punta del espejo roto en su entrepierna. Sabía que las pelotas se le habían pegado al cuerpo del susto.
—La narradora, que soy yo, va a obtener el perdón real, de ella y de todos sus amigos, y va a salir de palacio con una garantía infalible: la de silenciar la verdad al pueblo al que le han sido arrebatados los infantes para ese remedio atroz. Porque, si ese pueblo se entera de lo que hace su emir, la revuelta de Toledo quedará en un juego de niños en comparación con la que tendrá lugar aquí. Se sublevarán y no descansarán hasta empalarte en la plaza mayor.
Hice una pausa para paladear gustosa cómo gruesas lágrimas surcaban las mejillas de aquel monstruo.
—¿Qué te ha parecido el final? Espero que sea de tu agrado, porque si lo cambio será por el de: la narradora castra al demonio y lo hace tragar sus inmundas pelotas. Y quizá de paso se haga un collar con lo que quede colgando, una especie de amuleto.
Hundí un poco más la punta afilada y el hombre chilló como un cerdo.
—Me… me parece bien.
—Perfecto, ahora firma y sella los perdones reales. Y no me verás nunca más.
CONTINUARA
