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Capítulo 113

Una llave abriendo sospechas.

Partimos de Qurtuba al amanecer en una carreta. Pero nuestro destino no fue Isbiliya.

Al parecer, las huestes del emir, comandadas por el temible pagano, habían repelido las hordas del norte y las flotas enemigas habían retrocedido y ahora estaban asentadas cerca de otro enclave estratégico, la ciudad de al-Yazira al-Jadra, la denominada «isla verde».

El maldito emir Muhammad había ordenado a Albert que fueran a defender esa ciudad amurallada. Y yo debía llegar a tiempo para hacerle saber que ya no le debía vasallaje alguno.

Curiosamente, Zahira fue la única que se quejó por tener que viajar.

Yo entendía que en su estado el traqueteo de un carromato no era lo más indicado, pero sus lamentos se extendían a todo.

Reunirse con el hombre que se suponía que amaba y huir del que buscaba su muerte, al parecer, no merecía tanto sacrificio.

Aguantamos con proverbial estoicismo su irritabilidad permanente. Y a menudo bufábamos pacientes para sofocar el deseo de lanzarla por algún barranco. Martín nos acompañaba, entregado en cuerpo y alma a la mujer a la que había cedido su corazón. Un corazón que quizá Valdis no valoraba como debería.

El viaje fue largo, duro y desesperante.

La pequeña Raquel enfermó y tuvimos que detenernos en una aldea para descansar. Tras dos días de descanso, Zahira comenzó a sentir contracciones.

Mi madre y una anciana aldeana la exploraron por temor a que el parto se adelantara cuando aún le aguardaban más de dos meses de gestación.

Ninguna detectó ninguna señal de alumbramiento, pero Zahira continuaba con sus lamentos y yo empecé a sospechar que quizá solo pretendía descansar un poco más.

Decidí reanudar el viaje frente a las continuas protestas de la agarena. La carreta la manejaba Ahmed, con el entusiasta y curioso Erik junto a él. En el interior, Helga, Flora, Zahira y mi madre con la pequeña Raquel en un cesto.

Valdis, Martín y yo montábamos a caballo, abriendo el camino.

Tras varias jornadas duras, Martín se me acercó, colocando su montura junto a la mía, echó un fugaz vistazo atrás y murmuró:

—Nos están siguiendo.

Lo miré inquieta y me revolví en la silla.

—Desde que salimos de la aldea —añadió.

—¿Una mujer? —pregunté ansiosa.

—No, un grupo de jinetes, hombres. He contado cinco, pero puede que sean más.

Respiré hondo y toqué instintivamente la empuñadura de mi espada.

—Serán ladrones —aventuré.

—Si quisieran asaltarnos, ya lo habrían hecho. Solo nos siguen.

De inmediato pensé en hombres del emir. Pero, si hubieran sido ellos, ya nos habrían aniquilado para evitar que Albert obtuviera su perdón y su libertad. Aquello resultaba tan extraño que todavía me desazonó más.

—Debemos permanecer en guardia ante un ataque.

—Lo que hemos de hacer es despistarlos —sugirió Martín—. No queda mucho para llegar a Arunda, es una ciudad en lo alto de una meseta rocosa, rodeada de abruptas sierras y desfiladeros estrechos. Estamos en la cora de Siduna, solo hemos de atravesar el barranco para pasar a la cora de al-Yazira.

Debemos aprovechar el terreno peñascoso para escondernos y que nos pierdan de vista.

Asentí conforme; yo no conocía aquella región y agradecí a los dioses el día que entré en aquella herrería.

—También aconsejo viajar de noche. Sé que es un riesgo dado el relieve, pero nos ayuda a ocultarnos. Nosotros recorremos el sendero principal y ellos se internan en la sierra por caminos pedregosos para vigilarnos: les costará mucho más recorrerlos en la oscuridad.

—Sabio consejo, Martín, no sé quién te puso en nuestro camino, pero alabado sea.

Valdis, que había llegado a nuestra altura, oyó nuestro plan y le regaló una sonrisa admirada a su enamorado.

El moreno y apuesto herrero relumbró satisfecho y se inclinó en su montura para besarla. Yo no era la única que debía agradecer al cielo la presencia allí de aquel valeroso muchacho.

Aquel beso despertó en mí un desgarrador anhelo por recibir uno similar.

Por sentir en mis labios la boca del hombre que tanto amaba.

Azucé a mi montura para darle intimidad a la pareja, que entre dulces arrumacos cabalgaban juntos.

Nos detuvimos a la sombra de un pinar apretado, rodeados de retama y espinos, para descansar y comer algo. Alargamos la tarde en aquella arboleda para iniciar nuestra ruta nocturna más vigorosos. Un sinuoso arroyuelo abrazaba aquel tramo del trayecto, enterneciéndolo con su acuosa calma. El sonido de sus aguas burbujeando contra las rocas confería una serenidad engañosa, haciendo olvidar al viajero el afilado terreno que lo rodeaba y lo dificultoso que sería atravesarlo. O quizá regalándole la fortaleza que precisaría, dándole de beber en aquel oasis de tranquilidad.

La noche cayó y la luna pintó de nácar aquellos agrestes parajes. Martín agradeció el camuflaje que nos otorgaba el murmullo de aquel arroyo y se mostró confiado con el plan. Tras una duermevela intermitente, con las espadas a mano y los sentidos despiertos, nos dispusimos a continuar viaje.

Con la carreta no podíamos desviarnos de la cañada, pero urgía entrar al alba en la ciudad de Arunda, donde podríamos aprovisionarnos y perdernos entre las quebradas, rumbo a al-Yazira.

No dejaba de pensar durante el trayecto en quiénes serían y en lo que buscaban de nosotros. Pero sí sabía que descubrirlo no sería grato.

Discurrió la noche entre siluetas oscuras y destellos de plata, bordeando peñascos y arboledas, sorteando aligustres y colinas en un ascenso gradual.

Cuando las primeras luces de la aurora pintaron las piedras de oro, vislumbramos en lo alto de un gran promontorio rocoso la población de Arunda. Sus altas murallas eran una prolongación de aquella garganta de piedra, que parecía elevarla al cielo.

Aquel enclave confería a la ciudad un añadido valor estratégico y defensivo, por su difícil acceso y por dominar toda la sierra desde su particular trono empedrado.

Accedimos por la puerta de la medina, tras ser inspeccionados por la guardia de la ciudad.

Las apiñadas casas creaban calles sombreadas bajo aquel sol inclemente.

En algunas incluso habían dispuesto toldos escarlatas de tejado a tejado para proteger de él, o voladizos de cañizo en la puerta de algunos hogares. La mezquita se hallaba casi adherida a la muralla, su alminar parecía una flecha clavada en el cielo, tan cerca de las nubes que incluso Alá oiría el cántico del muecín y las oraciones de sus creyentes.

Martín decidió quedarse remoloneando en las puertas para poder ver de cerca a nuestros perseguidores.

Habíamos quedado en encontrarnos en la salida sur, al otro extremo de la ciudad, tras habernos provisto de alimento.

Los pocos dírhams que nos había dado Casilda del cepillo de la iglesia apenas llegaron para comprar pan, queso y una vasija de leche de cabra para la pequeña Raquel.

Mientras cargábamos las provisiones, mi madre me cogió de la muñeca y me llevó a un aparte.

—Quizá deberíamos dejar aquí a Zahira —propuso con gravedad.

Alcé las cejas dedicándole una mirada asombrada.

—Le prometí a Hiram…

—Ya, ya lo sé. Pero puedes decirle que venga aquí a por ella. Su estado es avanzado y el viaje duro, aquí podrán hacerse cargo de ella. Creo que es lo mejor que podemos hacer.

—Hiram no lo aprobaría.

Mi madre clavó su cerúlea mirada en mí y frunció el ceño ofuscada.

—Ni Albert aprobaría que esa sarracena del demonio nos esté poniendo en peligro.

—¿En peligro?

Doña María de Blanco asintió. Su semblante se endureció y su rictus adquirió una férrea convicción.

—Esos hombres que nos siguen la siguen a ella, no a nosotros. Pero hay algo que no logro entender.

La observé pensativa, sopesando aquella posibilidad, maldiciendo a Valdis en silencio.

—Si fueran Jamil y sus hombres, no encaja que no nos hayan atacado para reclamarla, ¿eso es lo que no entiendes?

Mi madre negó con la cabeza y clavó sus ojos en la figura de Zahira, que en aquel momento asomaba por uno de los pórticos de entrada del al-funduq, donde los forasteros se hospedaban, comerciaban y se proveían de mercancías de todo tipo. Me hizo un gesto sutil advirtiéndome de su cercanía y yo asentí queda.

La muchacha daba mordiscos a una manzana y, tras mirarnos indiferente, regresó sobre sus pasos.

Nos apartamos algo más de la entrada y mi madre respiró hondo antes de continuar:

—No, lo que no entiendo es por qué ella nos entretiene para que nos alcancen y nos sigan.

Esta vez la miré atónita por el sinsentido de aquel comportamiento.

—Es una interpretación tuya, madre: si ella albergara alguna duda de que es su esposo quien la persigue sería la primera en correr. Remolonea porque está cansada y aprovecha cualquier parada para alargar el reposo.

Mi madre oprimió los labios en claro desacuerdo y sacudió la cabeza. Su mano derecha se cerró sobre el colgante que siempre llevaba al cuello y lo manoseó nerviosa. Aquella llave siempre se había cobijado oculta entre sus pechos. Y, con ella, yo había jugado cuando me acunaba de niña. Recuerdo que una vez le pregunté qué abría, y me dijo que el corazón y que por eso solo podía tocarla quien ella permitiera. Yo sabía por mi tío Roberto que aquella llave no era más que un regalo de mi padre, o el que creí que lo era, don Diego de Antúnez, leal caballero del rey astur Alfonso II. Y, de repente, vinieron a mi cabeza las suposiciones de Albert sobre un tesoro que habría escondido mi madre, un legado de su esposo muerto en batalla y que era lo que Jamil estaría buscando cuando la envenenó para conocer el paradero.

—Madre, ¿cuándo recibiste ese colgante?

María alzó las cejas con extrañeza por la inesperada mención a lo que sus manos toqueteaban en aquel momento.

—Me fue enviado por el rey, por encargo de mi esposo, cuando este falleció ante el ataque de las aceifas musulmanas en el norte, como pago por sus servicios.

—¿Y no lo acompañaba una nota, un cofre, nada?

—Roberto se hizo cargo. Dijo que era un cofre con joyas que debíamos preservar como legado familiar y lo escondió en el aljibe. Yo he custodiado esta llave todos estos años, pero no sé en qué parte lo ocultó.

—¿Y nunca has sentido curiosidad por abrir el cofre?

—Cuando te casaste con Rashid quise abrirlo para entregarte el día de tu boda alguna joya apropiada al momento, pero Roberto se opuso, arguyendo que el legado debía conservarse íntegro por si algún día lo necesitábamos para salir adelante.

—Entiendo. ¿Recuerdas algún dato más que te dijera Roberto?

Mi madre lo meditó un largo instante y, por su expresión, supe que había recordado algo.

—Me dijo que la llave era aún más valiosa que lo que contenía el cofre.

La curiosidad me llevó a apartarle las manos y a tomar en las mías aquella curiosa llave decorativa. La estudié entre mis dedos, pero solo me pareció una simple llave de nácar con una pintoresca cabeza en forma de concha.

—Si Jamil sabía lo del cofre, ¿por qué simplemente no te quitó la llave, además de sonsacarte su ubicación?

—A los ladrones no les importan las llaves —repuso ella—, imagino que pensaba romper el cofre para acceder a su interior. ¿Y por qué estamos hablando de mi llave?

—Porque puede ser la clave de esta conversación —espeté mientras en mi cabeza se gestaban diferentes cábalas que acababan por convertirse en flechas que apuntaban a un mismo lugar.

Mi madre compuso un semblante concentrado mientras intentaba desgranar el significado de mis palabras. Entonces su rostro se iluminó con el entendimiento y sus ojos se fijaron en aquella llave.

—Es esto lo que buscan. Han descubierto su valor.

Asentí, cada vez más convencida de ello. No obstante, continuaba sin entender a qué estaban esperando para atacarnos y llevársela.

—¡Zahira está con ellos! —aseveró mi madre en un exabrupto clarividente que me aceleró el pulso.

Parpadeé atónita, asimilando aquella revelación.

—No puede ser —gemí conmocionada.

Por muy descabellado que aquello sonara, si eso era cierto, Zahira había sido una espía todo ese tiempo, una griega entre troyanos. Una pieza envuelta intencionalmente de víctima que ocultaba en su interior su verdadera naturaleza. Y aquella presunción me llevó a otras, y si el ardid había sido tan bien urdido, quizá…

—Si llevo razón, el hijo que lleva en su vientre no es de Hiram —adujo mi madre con expresión ansiosa—. Todo esto ha sido una artimaña maliciosa para que ella se integrara entre nosotros.

—Sedujo a Hiram para endosarle la paternidad, y recibió los golpes para vestirla de víctima y que nos compadeciéramos de ella y la acogiéramos. De ese modo se instaló entre nosotros y ha tenido informado a Jamil de nuestros pasos. Pero es todo tan… tan enrevesado.

—Entonces, la denuncia de Valdis…

—Estoy segura de que Jamil ya estaba en Qurtuba antes incluso de que Valdis perdiera los estribos —musité siguiendo aquel peliagudo hilo.

El semblante de María se oscureció con un paño triste y culpable.

—Hiciste lo que te dictó tu corazón, madre.

Asintió compungida, pero forzó una sonrisa resignada.

—Es curioso cómo una buena acción puede convertirse en un error —reflexionó apenada.

—No, una buena acción es siempre eso, el error es de quien no solo no sabe agradecerlo ni valorarlo, sino que muerde la mano que le da de comer. Y los errores se pagan, así como las bondades. Confía en ello.

Asintió, me cogió la mano y se la llevó a los labios.

—Algo muy bueno debí de hacer para que el cielo me regalara una hija como tú.

La estreché contra mi pecho. Nos fundimos en un abrazo emotivo y tierno, unidas por las vicisitudes de un destino ingrato, pero fortalecidas ante él solo por el amor que nos profesábamos. Porque el amor todo lo puede, el amor es luz, y por muchas tinieblas que lo rodeen, uno solo de sus rayos diluye cualquier negrura.

—Todo eso son suposiciones —resalté cuando nos separamos—, pero estaremos atentas.

Mi madre llevó sus manos al colgante y lo desabrochó para tendérmelo.

—Pero si estamos en lo cierto, mejor llévalo tú. Ellos vendrán a por mí. Y, si eso ocurre, no dejes que lo consigan. Siento que esta llave es más importante de lo que creemos. Ningún cofre repleto de joyas merece tanta estratagema y esfuerzo.

Traté de rechazarlo, pero ella insistió y dejé que me lo pusiera.

Cuando se acomodó entre mis pechos, oculto en la túnica, tuve un mal presentimiento.

Respiré hondo y lo aparté de mi cabeza, repitiéndome que todo saldría bien. Que al menos estábamos preparadas y que la cautela a veces era el mejor escudo.

CONTINUARA