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Capítulo 114

Una pequeña luz entre tinieblas..

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Salimos de Arunda al anochecer, antes de que cerraran las puertas de la ciudad.

La luna creciente iluminó el pedregoso sendero que descendía hasta las profundidades del desfiladero. Martín se reunió con nosotros casi llegando el ocaso, diciendo, extrañado, que ningún otro forastero había atravesado las puertas de entrada.

Aquello planteaba dos cuestiones: o bien habían desistido, o bien habían dado un rodeo para tendernos una emboscada. La segunda posibilidad era la que nos acompañaba, sembrando pesadumbre en nuestro ánimo y agudizando nuestros sentidos.

Martín decidió adelantarse para explorar cada recodo y Valdis lo acompañó.

Yo cabalgaba delante de la carreta, con una mano en las riendas y la otra acariciando la empuñadura de mi espada.

Ahmed conducía el carromato, arreando a los dos caballos con hábil manejo. Su pequeño compañero de asiento dormía plácido en la parte de atrás con su madre y el resto de los ocupantes.

Las altas paredes del barranco se me antojaron amenazadoras, como si nos adentráramos en la oscura garganta de un monstruo. Tuve la opresiva sensación de que el angosto sendero aún se iba estrechando más, y en cada curva esa sensación se agudizaba. Me apercibí de que de manera ocasional el sendero ofrecía opciones, bifurcándose. Y era en aquellas encrucijadas donde podían apostarse los asaltantes.

Nuestro paso era lento, casi adormecido, pero nuestro ánimo estaba tan despierto como las lechuzas que ululaban en medio de la noche, atentas a su alrededor.

En medio del regular traqueteo del carromato, el veloz trote de una montura me envaró. Alargué el brazo en un gesto apremiante a Ahmed para que se detuviera.

Desenfundé mi espada y aguardé agitada al jinete que se acercaba. Eran dos, y solté el aire contenido cuando vi aparecer a Valdis y a Martín, aunque, por sus semblantes, las noticias que traían no eran halagüeñas.

—Hay una partida esperándonos al final del desfiladero. Los hemos oído hablar —susurró él prudente—. Este pasadizo de piedra proyecta los sonidos hacia su interior. Tenemos que salir de aquí cuanto antes. Hay una bifurcación en el siguiente recodo, es nuestra única salida.

Asentí y nos dirigimos apremiantes hacia ella.

Sin embargo, cuando llegamos oímos voces jaleando a sus monturas, y el apremio se convirtió en miedo. Cuando enfilamos por el sendero de la derecha comprobé horrorizada que la carreta no podría pasar. El de la izquierda aún era más angosto.

—Tenemos que huir a caballo —resalté—. ¡Ahmed, desbrida las monturas!

Desmonté y me precipité al interior de la carreta para despertar a las mujeres. Las ayudé a salir y organicé las parejas.

—Ahmed, monta uno de los caballos, Flora irá tras de ti. Helga, tú con tu hijo. Valdis con Martín. Zahira irá conmigo.

Me volví hacia mi madre.

—¿Podrás llevar a la pequeña Raquel delante de ti? La ataremos bien a la montura.

Asintió y nos aprestamos a disponer una sujeción segura para la niña, utilizando el cesto de mimbre a modo de silla con respaldo, donde la atamos bien al lomo del animal.

Yo elegí a propósito llevar a Zahira delante de mí, para usarla como rehén si se daba el caso.

Una vez dispuestos en los cinco caballos —los dos que tiraban del carro eran percherones, y, aunque robustos y lentos, nos tendrían que valer—, nos adentramos en el pasadizo horadado en aquella garganta asegurándonos de girar la carreta abandonada en la otra bifurcación para confundirlos, así tendrían que dividirse.

Pusimos las monturas al galope sin saber adónde nos llevaría aquel sendero. No tardamos en oír cascos tras nosotros que se acercaban peligrosamente.

Espoleamos con más apremio a los caballos y recé para que pudiéramos salir antes de que nos alcanzaran. Al fin se abrió el barranco en un claro donde la luna dibujó un cerco y me adelanté guiándolos a la espesura para ocultarnos. Justo cuando todos nos filtramos entre los árboles, del desfiladero asomó un grupo de jinetes que se adentraron en el claro. Giraron confusos sin saber qué rumbo tomar. Ya se decidían por uno cuando un llanto los detuvo en seco.

Raquel comenzó a llorar y, aunque una mano sofocaba los sollozos, en aquel silencio nocturno fue como si tocaran las campanas de una iglesia. Me volví alarmada hacia mi madre justo cuando los jinetes que nos perseguían señalaban la arboleda donde nos escondíamos. Y entonces no lo pensé, azucé a mi montura y salí al galope, atrayendo a todo el grupo tras de mí.

Zahira gritó aterrada y se agarró con fuerza al caballo. Aquello debía de ser muy duro para ella, pero no tenía otra opción.

Atravesé rauda el páramo, sorteando árboles y peñascos, en mi intento de alejarlos del resto.

En mi alocada carrera, y abrazada por la noche, no vi adónde me dirigía hasta que fue demasiado tarde.

Una pared de roca se alzó ante mí. Tiré de las riendas con brío y el caballo relinchó enfurruñado. Ya me giraba para reconducirlo cuando cuatro jinetes me cortaron el paso.

Las sombras recortaban sus siluetas, no podía verles el rostro.

—¿Qué queréis?

—Un reencuentro familiar.

Un jinete se adelantó y la luna iluminó con claridad su rostro. Jamil me sonrió artero.

—Os echaba de menos.

—Pues aquí nos tienes. ¿Y ahora qué?

—Déjame bajar, solo me quiere a mí —repuso Zahira en tono contrito y resignado.

La resignación y el sacrificio no eran rasgos que la definieran; además, detecté más ansiedad que miedo en su voz. Lo que pretendía era alejarse de mí.

—Ella me pertenece, pero en realidad todos estáis en mis manos. Según la ley, quien ayuda a un prófugo se convierte en cómplice y comparte castigo.

No obstante, he decidido ser magnánimo y llevarme solo a mi esposa. A cambio quiero la llave que tu madre lleva al cuello.

Aquello era lo que realmente quería, como había supuesto.

Ahora era el momento de probar suerte con otras suposiciones.

Extraje mi espada y la coloqué en la garganta de Zahira. La muchacha exhaló un gemido sorprendido y el rictus de Jamil se tensó visiblemente.

—No serás capaz de matar a una mujer embarazada —alegó con una sonrisa confiada.

—No sería la primera rata que degüello —aseguré vehemente.

—Adelante entonces, me ahorrarás tener que apedrearla.

Escruté su mirada tratando de descifrar qué había de verdad en sus palabras. Si mis suposiciones no eran acertadas, estaba en un aprieto. Y la única forma de averiguarlo era dando un paso más en el camino que había iniciado, por arriesgado que fuera.

—Como desees.

Ceñí más el filo de mi acero a la garganta de la sarracena hasta conseguir que sangrara, rezando por arrancar la reacción que esperaba.

Zahira se revolvió y yo la sujeté con fuerza sin dejar de mirar a Jamil con expresión imperturbable, esgrimiendo una frialdad que no sentía.

—¡Detente!

Obedecí. Había acertado, ella no le interesaba, era un peón más de su ambicioso juego, pero, por la mirada que dirigió a su abultado vientre, el niño sí. Era suyo.

Aquella baza sería lo que me sacaría con vida de allí.

—Dejaré vivir a tu hijo si me dices qué es lo que buscas realmente.

A su expresión asombrada le siguió un gesto furioso. Mi madre había dado en el clavo.

—Si la matas no saldrás viva de aquí —murmuró entre dientes.

Su amenaza fue acompañada de una mirada rezumante de inquina.

—Puede, pero tú perderás la llave y a tu hijo. Ya sé que ella no te importa lo más mínimo y que posiblemente la mates cuando dé a luz. —Eso último lo mencioné para recordarle a Zahira lo necia e ingenua que había sido al prestarse a ese juego.

La muchacha jadeaba asustada, resollando como un animal acorralado.

—Encontraría a tu madre y lo sabes, y la mataría gustoso, lenta y dolorosamente, tras arrebatarle la llave.

—Ella ya no lleva la llave encima —anuncié despertando el desconcierto y el recelo en su gesto.

—¡Mientes!

—Estando en Arunda me la entregó y la escondí allí. Solo yo sé dónde está. Así que comienza a hablar, que al menos sepa por lo que va a morir tu hijo.

Entonces un jinete se adelantó, colocándose junto a Jamil. En su severa expresión traslució un fulgor de odio y rencor que se me clavó como una daga.

—Todo sacrificio es poco, Jamil, lo que hay en juego es mucho más importante que nuestros afectos egoístas y personales.

El pérfido Taliq compuso una mirada aviesa cargada de fervor.

Jamil se envaró en su silla, su ceño se arrugó y su rostro se congestionó en una máscara contrariada y feroz.

—Pero es mi hijo —repuso con trémula obstinación.

—Por culpa de esa perra sé lo que es perder a un hijo. Comprendo cómo te sientes, pero al menos tú podrás tener más hijos. Puedes sacrificar a este en nombre de Alá todopoderoso.

El cariz que estaba tomando la situación comenzó a angustiarme. No sabía de lo que hablaban. Pero sí que, si Jamil transigía a los deseos del taimado imán, yo estaba perdida.

El titubeo de Jamil desgarró su rostro en un pulso que evidenciaba el cruento combate que se libraba en su interior.

—Habrás de llevar en tu conciencia la muerte de tu propia sangre —comencé, decidida a que aquel debate moral se decantara a mi favor—, y eso será como una maldición que acabará por devorarte. No sé qué hay en ese cofre, pero no vale la vida de tu hijo. Ninguna hazaña por sagrada que parezca exige un pago tan alto. Y ningún dios que se precie lo exigiría.

—¡Cállate, puta! —estalló Taliq—. Alá merece eso y mucho más.

—Jamil, tu propio padre sacrificó su vida por salvaros. Sé digno hijo de él, no traiciones tu propia estirpe. No te condenes en nombre de una fe que es utilizada a favor de la ambición y la venganza. No escuches a quien te pide semejante sacrificio. En vuestras oraciones ensalzáis la misericordia de Alá, apela a ella en lugar de ofrecerle tu sangre. De tu decisión dependerá el resto de tu vida.

Tras un angustioso silencio, un débil y desesperado gemido afloró en la noche entre amargas lágrimas.

—Te lo suplico, Jamil, he hecho cuanto me has pedido, y lo he hecho por amor y por lealtad absoluta hacia ti. No puedes hacernos esto —sollozó Zahira, y yo aflojé la presión de mi espada en su garganta por temor a que en su afectado llanto se hiriera de muerte—. Este niño no tiene culpa de nada, ni debe pagar las deudas de los demás. Debe de haber otro modo, amor mío.

Otro modo de encontrar la llave. Yo… yo las vi hablando recelosas en la puerta del al-funduq, seguramente debieron de esconderla allí.

El rostro de Jamil no solo no se suavizó, sino que se constriñó en una mueca de frío desdén.

—¿Acaso no disfrutaste entre los brazos de tan apuesto guerrero? —escupió con desprecio—. ¿De veras crees que yo consideré que hacías un sacrificio por mí? Supe que te gustaba desde el primer momento que posaste sus ojos en él. Así que no insultes mi inteligencia, perra infiel. Yo simplemente utilicé tu debilidad por él a mi favor. De no llevar mi hijo en tu vientre, ya me habría deshecho de ti.

Zahira sollozó con más pesar, y entonces todo se precipitó sin que yo pudiera evitarlo.

Ante mi sorpresa, la sarracena aferró con ambas manos el filo de mi espada y se lo hundió en la garganta. Oí un gorjeo espeluznante del aire que emergió de su garganta entre borbotones de sangre. Cuando aparté la espada, ella se inclinó hacia delante y yo intenté sostenerla. Un torrente de sangre cálida brotó incontenible ante mi consternado estupor.

La tomé en mis brazos para evitar que cayera del caballo y, al mirar la horrible brecha que seccionaba la delicada piel de su cuello, supe que estaba condenada.

Cerré los ojos con el corazón encogido. Dos vidas perecían entre mis brazos, y la impotencia y la culpa me devastaron.

Empapada en su sangre y temblando de rabia y de aflicción, sentí deseos de gritar y de cargar contra los demonios que observaban la escena impasibles.

—Ya no hay nada que decidir, espero que el Todopoderoso olvide tu pequeño acceso de rebeldía —pronunció Taliq con regocijado alivio y un deje recriminatorio en su tono.

Jamil contemplaba inmutable y pensativo la agonía de la muchacha, ya presa de los últimos estertores.

Y en aquel espantoso instante, rodeada de muerte y de maldad, me pregunté cómo había personas que podían vivir sin corazón. Para mi absoluta desgracia había conocido ya la maldad en su estado más puro, y todas las almas que la habían cobijado compartían el mismo rasgo: adolecían de no tener corazón. En ellas solo habitaba la negrura, la ambición, el poder, la posesión, el egoísmo, el vacío, incluso el placer de someter, torturar y matar a sus semejantes, quizá envidiando ese corazón que irradiaba luz en el alma de las personas de bien.

Y era esa luz lo que atraía a las tinieblas, ávidas por apagarla, para que no resaltaran con su brillo la mísera negrura de sus almas.

Frente a mí, aquellos seres oscuros no mostraron ni un ápice de humanidad ante la muerte de una mujer y su hijo. Solo unas lágrimas la acompañaron al otro lado, las mías. Y, aunque tener corazón era inherente a sufrir, lo preferí mil veces. Zahira quedó inerte en mis brazos, despojada de toda vida, pero su vientre se movía, y aquella lucha por la vida me desgarró por dentro. No pude permanecer sorda a aquella agitada súplica.

Bajé del caballo y la arrastré conmigo. Jadeé entre lágrimas, apartando de mi cabeza dolorosos recuerdos e intenté centrarme en lo que debía hacer.

La tumbé en el suelo y palpé su vientre con las manos. Gemí ante la patada de aquel bebé que se agitaba en su intento por escapar de la muerte.

No lo dudé. Cogí mi daga, alcé su túnica y desnudé su vientre. Recordé mi propia cicatriz y lo que Eyra tuvo que hacerme para salvar mi vida y me aventuré a intentar imitarla.

Ella no había abierto mi vientre de arriba abajo, sino que había trazado la incisión de manera horizontal, justo sobre el pubis. Y eso fue lo que hice.

Nadie me detuvo cuando hundí la punta del puñal en su carne ya sin vida y la rasgué abriendo una hendidura de parte a parte. En aquel instante un líquido caliente y translúcido, aunque arrastraba sangre del corte, manó incontenible. Había roto la bolsa donde iba el bebé.

Sin vacilación alguna, metí la mano en el pronunciado corte y comencé a rebuscar en su interior. El tacto era suave, cálido y resbaladizo. Atrapé un pie.

El niño aún no estaba colocado. Tiré suavemente hasta que lo vi asomar.

Contuve el aliento y metí la otra mano. Con toda la suavidad y la delicadeza que pude imprimir a mis movimientos, arrastré el pequeño cuerpo fuera de su jaula de carne hacia un mundo ingrato y quizá atroz, pero que merecía descubrir, enfrentar y tal vez mejorar.

Cada vida nueva, cada ser que venía al mundo, no era más que la esperanza de que sus actos, su luz pudieran iluminarlo de algún modo. Y esa esperanza se sacudió entre mis trémulos brazos plena de vida. Lloré tan emocionada como preocupada. Aquel minúsculo cuerpo sanguinolento se sacudía en pequeños espasmos asido al cordón umbilical de su madre como si se resistiera a perderla. Tragué saliva y respiré hondo para aligerar la piedra que sentía en mi pecho. Tomé de nuevo la daga y seccioné el cordón, anudándolo como pude. Luego rasgué una tira del bajo de la túnica de Zahira y lo envolví con ella.

Lo abracé contra mi pecho y lo acaricié, sabiendo que la muerte también lo querría a su lado y lucharía por él.

Era un niño. Y, por su vigoroso llanto, supe que plantaría batalla si se lo permitían.

Impregnada en lágrimas y sangre, acunando al hijo de un hombre sin corazón, logré ponerme en pie, aunque me fallaban las rodillas.

—Aún existe una oportunidad para ti, Jamil. Todavía puedes redimirte.

Esta vez, su rostro sí mostró el desgarro de su indecisión. Había presenciado mi desesperado acto por salvarlo, y ver con sus propios ojos a su hijo no era igual que imaginar algo que todavía no estaba en el mundo como tal.

Ahora estaba frente a él y era un niño fuerte y vigoroso, a pesar de los dos meses de gestación que le quedaban.

—Toma a tu hijo y marcha con él.

Alargué los brazos separando al pequeño de mi pecho y lo tendí hacia él, ansiando que aquella invitación llena de luz calara en su negro corazón.

Por un fugaz instante percibí en su rostro un atisbo de ternura y la esperanza hizo mella en mí. Quizá de haber estado solo, quizá si todo no hubiera sido tan rápido, habría tenido mi propuesta alguna oportunidad. Pero había demasiada oscuridad en torno a aquel momento, demasiada.

Yo no me había percatado de que todos habían desmontado, excepto Jamil. Ni de que habían cogido piedras en sus manos. Pero sí fui consciente de lo que sucedería a continuación. Me di la vuelta a tiempo cuando la primera impactó en mi espalda. Gemí dolorida y me curvé protegiendo al niño que llevaba en mi pecho. Una piedra tras otra, me golpearon hasta derribarme.

Me puse en pie de nuevo, gritando el nombre de Jamil en un fútil intento por despertar la piedad por su hijo.

Supe que los hombres me habían rodeado porque recibí pedradas en los costados. Me pegué a la pared de roca y me ahuequé contra ella para proteger al bebé. El dolor era lacerante y un impacto en la cabeza nubló mi conciencia.

Un líquido espeso y cálido cubrió mi visión. Y, cuando caí de costado, la lluvia de piedras continuó inclemente.

Ya no oía el llanto del niño, pero sí otro sonido, el entrechocar de metal, gritos y relinchos. Y entonces todo cesó.

Quise levantarme, pero no pude. Luché contra la negrura, contra el dolor y contra la conmoción y me arrastré penosamente entre los peñascos con intención de escapar.

Oí mi nombre en una voz conocida y me volví hacia ella. La sangre que manaba de mi cabeza apenas me dejaba ver, pero tampoco pude limpiarla.

Sentí cómo alguien me alzaba en brazos y las sacudidas apremiantes de las zancadas. De fondo, el sonido de la lucha.

Intenté abrir los ojos, pero ya no pude, tampoco supe si seguía abrazando aquel cuerpecito pegado al mío.

Recuerdo temer que se cayera y mi sensación de frustración al no poder sujetarlo. Pero, al ser ceñida contra un inmenso pecho, sí noté el relieve del niño contra el mío. Fue en aquel momento cuando me rendí… y la oscuridad me llevó..

CONTINUARA