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Capítulo 115

Renaciendo de las aguas.

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Desperté en la carreta, rodeada de rostros preocupados y llorosos.

Mi madre tenía mi mano entre las suyas. Sonrió entre lágrimas y su aliviado gesto me conmovió.

Me dolía todo el cuerpo, pero sobre todo la cabeza. Era como si un pico la martilleara insistente. El dolor se proyectaba en ondas hasta mis sienes, donde se asentaba punzante.

El solo hecho de parpadear acrecentó el dolor, provocándome náuseas.

No me atreví a hablar, aunque las preguntas se apiñaban en mi cabeza. No obstante, una de ellas relumbró por encima de las demás, empujándome a intentar vocalizarla.

—El… niño…

Mi madre negó con la cabeza y oprimió mi mano.

Una gruesa lágrima zigzagueó por mi mejilla.

—Hiciste cuanto pudiste y casi mueres por ello.

Cerré los ojos y me dejé llevar por el sopor, huyendo de aquel dolor que aprehendía mi cuerpo y mi mente con garra firme.

Despertaba a intervalos, momentos que aprovechaban para alimentarme.

Día a día fui recuperando mis fuerzas y permanecía más tiempo despierta.

La pequeña Raquel gorjeaba y gateaba a mi lado, regalándome sonrisas que curaban mi alma.

Aquel día, la curiosidad pudo más que la jaqueca.

—¿Qué pasó?

—Martín, Ahmed, Valdis y Helga llegaron justo a tiempo. Flora y yo nos quedamos con la pequeña.

Hizo una pausa e inspiró hondo con semblante angustiado ante los recuerdos.

—Eran cinco, contando a Jamil, pero cuatro de ellos estaban… apedreándote. —Esa última palabra le quebró la voz. Se aclaró la garganta y continuó—: Cuando los atacaron, Jamil huyó a caballo, pero lograron matar al resto, excepto al imán, que sigue vivo y es nuestro prisionero.

Regresamos a por la carreta y reanudamos el sendero original, solo que ahora tenemos cuatro caballos más.

Un impetuoso brote de ira quemó mis entrañas ante la mención de Taliq.

—Enterramos a Zahira junto a su pequeño.

Asentí. Intenté incorporarme y lo conseguí entre quejidos doloridos.

—¿No tengo ningún hueso roto?

—No, y es todo un milagro. Nos preocupaba mucho la brecha en la cabeza. Helga aconsejó no cubrir la herida y no coserla hasta que dejara de sangrar. Y así lo hicimos.

Llevé mi mano a la cabeza y palpé la tira de lino que la rodeaba.

—Está muy hinchado y sensible todavía —murmuró—, pero cura bien.

—Quiero verme.

Mi madre me acercó un espejo y dejó que me mirara.

—Lo peor lo recibió tu espalda y tu lado derecho.

Observé el lado derecho de mi cara, amoratada e inflamada. Tenía una brecha ya seca en la ceja y otra algo más grande en el pómulo.

—Necesito salir de aquí y caminar.

Mi madre asintió y me ayudó a bajar de la carreta.

Dolorida pero más despejada que días atrás, agradecí el frescor fragante de la brisa que perfumaba los hermosos parajes que tenía ante mí. Un bosque plagado de alcornocales y robles, surcado de arroyos y pozas, donde los mirlos y los pinzones chapoteaban calmando su sed para volar saciados entre las copas de los árboles. Su canto se entremezclaba con el murmullo del agua y el susurro de las hojas.

Una reconfortante paz me invadió al instante.

Cerré los ojos e incliné el rostro hacia el sol, paladeando su caricia.

—¿Dónde estamos?

—En la cora de al-Yazira. No queda mucho para llegar a la ciudad.

La sola perspectiva de reencontrarme con Albert dibujó en mi rostro una anhelante sonrisa. Todo mi ser ansiaba hambriento fundirse en su pecho, llorar en él y dejar que su luz cegara el oscuro abatimiento que teñía mi ánimo. El mal desgastaba el espíritu y yo necesitaba cargarme de amor y de luz para seguir soportando un mundo tan lleno de bestias.

Habían acampado junto al río, que el sol besaba con destellos de oro, convirtiéndose así en una cicatriz brillante en mitad de aquel abrupto terreno rocoso.

—Es hermoso, ¿verdad?

—Mucho —respondí admirativa.

Caminamos hasta la orilla. Mi madre aferraba mi cintura, no muy segura de mi equilibrio. Me encontraba débil, pero mis piernas lograron sostenerme.

—Sus aguas son dulces, por eso lo llaman wadi al-Asal, «río de la Miel».

Me ayudó a acuclillarme en el borde. Ahuequé mis manos recogiendo en las palmas aquella brillante agua. La llevé a mis labios y sorbí sintiendo cómo su frescura revitalizaba mi interior.

En efecto, su sabor era dulzón, bebí varias veces y me lavé la cara sintiéndolo como un líquido reparador, como si estuviera cargado de fuerza y vitalidad. El agua era fuente de vida, y yo necesitaba beber de ella para volver a la lucha, para huir del horror y para encontrar por fin la paz que tanto ansiaba.

Sentía mi cabello pegajoso y duro adherido a mi cráneo. Me picaba y me rasqué molesta.

—Necesito un baño —murmuré ávida por sumergirme en el río.

—Lavamos tu cabello como pudimos para retirar toda la sangre pegada a él, pero no quisimos remover la herida.

Asentí y me puse en pie con su ayuda.

—Pero aquí cerca, en un tramo más elevado, he descubierto unas pozas muy íntimas, horadadas en la roca, donde podrás bañarte tranquila —repuso mi madre con una sonrisa animada.

Volví a asentir, devolviéndole la sonrisa.

Fijé la vista en la arboleda donde se cobijaba el campamento y todo mi bienestar se esfumó ante la visión de Taliq atado a un árbol, sentado en el suelo con la cabeza inclinada sobre el pecho.

—¿Por qué sigue vivo? —musité en un estirado hilo de voz.

—Porque es el único que sabe qué hay en ese maldito cofre y para qué lo necesitan.

—¿Os lo ha dicho?

El hermoso rostro de mi madre compuso un mohín apesadumbrado.

—Hemos esperado a tu recuperación, porque eres tú quien debe sonsacarle esa información. Todos deseaban matarlo y, de haber permitido que lo torturaran para que hablara, lo habrían hecho. Eres tú quien debe acabar con él tras conseguir la información. Ese hombre debe morir.

—Sí —coincidí—, el mundo contará con un demonio menos.

A veces solo se podía combatir la maldad con las mismas armas. Ya no por venganza, sino por evitar que volviera a hacer daño. Porque si algo me quedaba claro es que las almas oscuras se alimentaban del dolor que infligían.

Y cuantas menos hubiera en el mundo, más a salvo estaría el resto.

Erigirme en justiciera era una capa con la que el destino había decidido cubrirme. No había en mi corazón ni una gota ya de piedad ni de clemencia para quien nos dañara del modo que fuera. No había perdón para ellos, ni olvido, solo la necesidad de ejecutar mi papel de exterminadora, como el arcángel Uriel, que con su espada de fuego sembraba la cólera divina.

—¿Estás con fuerza para ese baño? —preguntó inspeccionando mi rostro.

—Necesito renacer de las aguas.

—Pues vamos, hija mía. Volveré a bautizarte.

Caminamos abrazadas hacia unos peñascos que tuvo que ayudarme a subir. Y, aunque el acceso a la poza no fue fácil, mi determinación y mi madre me llevaron a ella.

La belleza mística del lugar me sobrecogió.

Grandes rocas la ocultaban a la vista, una pequeña cascada burbujeaba en ella alimentando su caudal para derramarse en otra como una escalera de charcas que descendía hasta el río. Una cortina verde de grandes helechos y ramas de sauces la aislaban del bosque, que, curioso, asomaba sus copas sobre aquel vergel, envidiando sumergirse en él.

—Iré por el jabón, lienzos y una túnica limpia. Disfruta del baño.

¿Necesitas ayuda para meterte al agua?

Negué con la cabeza y comencé a desnudarme. Ver los moretones violáceos y amarillentos tachonando mi piel trajo a mi mente el pequeño cuerpo del bebé contra mi pecho. Sentí un violento acceso de furia que incendió más la espada de fuego que estaba decidida a esgrimir. Aparté la vista y respiré hondo. Ahora era el momento de dejarme acariciar por aquellas aguas, que tan mágicas se me antojaban.

Me deslicé en la poza lentamente, agradeciendo el frescor que apagaba la quemazón de mi piel. Gemí placentera y me zambullí por entero. Braceé bajo sus aguas, inmersa en un mundo verdoso surcado por diminutas perlas de agua, ondulantes crines de algas y vivaces peces que huían de mi presencia.

Cuando salí a la superficie, me puse boca arriba con los brazos extendidos, dejando que el agua me meciera y el bosque me cubriera. Entre las frondosas copas se atisbaban retazos de un límpido cielo azul. Y la paz era tan profunda que pude sentir cómo mis heridas cicatrizaban y mi alma encontraba solaz.

Cerré los ojos dejándome llevar por aquella sensación de ligereza y placidez, casi de irrealidad.

No sé cuánto tiempo transcurrió, pero cada instante flotando en aquella poza limpió mi espíritu, renovó mi corazón y aclaró mi mente.

Tras el regreso de mi madre, me enjaboné a conciencia, más decidida a borrar la maldad con que me habían tatuado que la suciedad que acumulaba.

Me aclaré bajo la cascada y salí de la poza, donde mi madre me cubrió con lienzos y me ciñó a ella.

Sentí cómo se estremecía en un silencioso llanto, liberando todavía el miedo a perderme. Y allí, entre sus brazos, volví a nacer, alumbrada esta vez en una poza y acunada por quien lo había hecho la primera vez.

Me dejé secar y vestir por ella, como si hubiera vuelto a la infancia, colmando de ese modo su sentido de protección. Su necesidad de cuidarme igualaba a la mía de dejarme cuidar. Y así, abrazadas, lloramos juntas decididas a dejar en aquel cautivador paraje el miedo y el dolor sufrido, para regresar más fuertes y agradecidas de seguir unidas en ese mar que llamaban vida, tempestad tras tempestad.

Aquella noche, frente al fulgor de la hoguera, decidí tocarme con la capa de Uriel y enarbolar su espada de fuego.

Ofrecí la punta de mi daga a las llamas para que purificaran su filo y, cuando brilló incandescente, me dirigí hacia Taliq, que me miraba horrorizado.

—A los demonios se los marca al igual que a las reses, para que cuando vayan al infierno no haya duda de su procedencia.

—Por… por favor…, no… —balbuceó lloroso.

Sin un ápice de compasión, adherí la punta a su pecho. La carne chisporroteó y retrocedió chamuscada. El alarido que emergió del imán no igualó al llanto del bebé que su maldad había sentenciado.

—¿Qué hay en ese cofre? —pregunté imperturbable.

El hombre jadeaba conmocionado y aterrado.

Me encogí de hombros y me encaminé de nuevo a la hoguera.

—¡Noooo…! —exclamó suplicante—. Hablaré…

Regresé junto a él sin soltar la daga ni mi máscara de frialdad.

—Adelante.

Asintió repetidas veces acometido por temblores.

—En ese… cofre hay un reliquia de Santiago Matamoros, el apóstol Santiago el Mayor, también conocido como el martillo de musulmanes. La fe que despierta ese santo vuestro lo ha convertido en el emblema de los reyes cristianos prestos a sublevarse contra el emir en su afán de reconquista.

Gracias a una aparición del santo, el rey astur Ramiro nos venció en la batalla de Clavijo. Ahora que combatimos a los paganos, los cristianos se reagrupan.

Arrebatarles esa reliquia y exhibirla en el combate minará su fe y los desmoralizará. Por eso es vital que la llevemos intacta al emir.

—Me cuesta creer que no podáis abrir el cofre sin la llave.

Apartó la mirada, su rictus se tensó, y supe que me ocultaba algo vital.

Regresé a la hoguera y el imán suplicó piedad entre sollozos rotos.

Cuando volví a su lado recordé de pronto algo que me había dicho Rashid en aquella tienda escarlata donde deseaba negociar mi rescate.

—¿Qué fue de Raissa?

Aquel giro en la conversación lo desconcertó hasta el punto de boquear confundido y mirarme contrariado.

—Rashid me dijo que se había casado con otra mujer, llamada Raissa, y que había tenido un hijo con ella —añadí con franca curiosidad.

—Huyó cuando supo que él iba a rescatarte, discutieron, ella me dijo que él soñaba contigo cada noche y te llamaba en sueños, no pudo soportarlo. No sé nada de ella ni de mi nieto. Y todo por tu culpa…

—No reniego de mis culpas, pero sí de las que no me pertenecen, y esa no es mía. Como tampoco la de hacerte pagar tus pecados. Tú has venido a mí para recibir tu castigo, tus actos te han atado a este árbol, yo solo seré tu guía al infierno.

La vidriosa y enrojecida mirada del hombre me fulminó desprendiendo un odio feroz.

—Y serás tú quien decida lo largo que será ese camino.

Volví a la hoguera. Acerqué el filo del puñal al fuego y esperé hasta ver cómo el acero relucía anaranjado.

Regresé sobre mis pasos y alcé la daga a la altura de los ojos del imán.

—No mereces ver el mundo, ni llevarte una brizna de la belleza de este lugar.

—Noooo… —gimoteó suplicante—, te lo ruego…

—Abristeis el cofre, ¿verdad?

Asintió repetidas veces, sudaba y jadeaba. El pánico constreñía su semblante.

—¿Qué había dentro?

—Un pliego… diciendo dónde estaba la reliquia.

—¿Y dónde está?

—Es la llave. La que ha llevado tu madre al cuello todo este tiempo.

Lo miré boquiabierta.

—¿Esa llave de nácar? —inquirí incrédula.

—Solo es de nácar la cabeza con forma de concha, el resto es una falange del santo, de uno de sus dedos, el índice.

Lo miré estupefacta, asimilando aquella información.

—La concha… era una pista… Es… es la concha de los peregrinos —balbuceé atónita.

El imán asintió.

Entonces recordé las numerosas hazañas que mi madre narraba de mi padre cuando era niña.

Entre ellas, la del eremita Paio, que durante varias noches consecutivas ve unas luces extrañas, como una lluvia de estrellas, en el bosque Libredón, sobre un montículo de una necrópolis antigua. Aquel fenómeno le llama mucho la atención y decide ponerlo en conocimiento del obispo Teodomiro, de la vecina Iria Flavia. Este, considerándolo un milagro, avisa a su rey, Alfonso, y marcha hacia allí para investigar el suceso, su fiel caballero don Diego de Antúnez lo acompaña.

Al investigar aquellas ruinas, descubren atónitos tres tumbas, la del apóstol Santiago y sus dos discípulos, Teodoro y Atanasio. Y el rey decide levantar un monasterio para proteger las tumbas, el monasterio de San Paio.

Por algún motivo, mi padre recibió esa reliquia como obsequio de su rey, seguramente para alentar a sus tropas contra los musulmanes, para enarbolarla como heraldo de la victoria que les reservaba.

Respaldados por un santo, todo milagro es posible. Y la Reconquista cobró fuerza.

—¿Cómo descubrió el emir dónde estaba la reliquia?

—Ofreciendo una suculenta recompensa por ella —respondió, ya cabizbajo—. Todos los imanes de las coras recordábamos en las mezquitas lo importante que era tener alguna pista sobre alguna de las reliquias del santo.

Hasta que un día, un muchacho vino a mí para decirme que su madrastra escondía un cofre que venía del mismísimo rey Alfonso, y cuál fue mi sorpresa al descubrir que se trataba de doña María.

En aquel momento reflexioné sobre lo paradójico que resultaba que la reliquia de un santo casi llevara a la tumba a mi madre, y que el remedio de una bruja la sacara de ella.

Abrí el cuello de mi túnica y tiré del cordel que rodeaba mi cuello. Extraje la llave y sentí un hereje brote de aprensión al saber que llevaba el hueso de un dedo contra mi piel. Pensé en lo ingenioso que resultaba camuflar de llave un tesoro, dejando que las miradas ambiciosas se centraran en el interior del cofre y no en el instrumento que lo abría.

Taliq clavó sus ansiosos ojos en la llave y yo la acaricié pensativa. Al final, mis actos tendrían un carácter religioso, después de todo.

Y había llegado el momento de convertirme en arcángel.

—Jamil está cerca, ¿verdad? Él no se rendirá.

—Ningún siervo de Alá desoye sus peticiones. Alá es grande, no hay más dios que él, y Mahoma es su profeta. Y el infiel repetirá esa sura entre borbotones de sangre.

—Creo que la corriente martirial que provocó Eulogio contradice tus palabras. Los cristianos morirán antes que ensuciar su boca con tu dios.

Sonreí con malévolo gesto y balanceé la reliquia ante él.

—Y ahora más, cuando reciban la fuerza del apóstol —resalté gozando de su aflicción—. Creo que el amigo de Eulogio, Paulo Álvaro, busca unir a los mozárabes en una rebelión apoyada por los reinos cristianos; seguramente esta llave abra la puerta de vuestra expulsión. La Reconquista está cerca. Y ahora reúnete con tu Alá en la Yanna.

Y, tras mis palabras, rebané su cuello con una frialdad metódica.

Limpié mi daga en su pecho, lentamente, como si fuera parte de un ritual de sacrificio, y luego la envainé.

Cuando me giré me topé con las miradas sobrecogidas y demudadas de los demás.

Estaban junto al fuego, asando varias liebres, pendientes de lo que acontecía frente a ellos, y en sus semblantes pude leer el asombro por mi absoluta insensibilidad. No obstante, a excepción de Helga y Valdis, ninguno de los presentes conocía mis avatares pasados en las tierras del norte.

Ninguno de ellos me había visto enfrentar la muerte como skjaldmö en las duras y frías tierras del norte, en un campo de batalla frente a temibles guerreros, ni sabían que yo hacía tiempo que había estrangulado mis remordimientos con quienes no los merecían. Arrebatar la vida al enemigo era pura supervivencia, ejecutar a un demonio era un deber para quien se preocupaba de purgar el mundo de ellos. No había cabida para la piedad ni la conmiseración, pues allá donde escaparan derramarían la negrura de su pútrido corazón.

Suspiré pesadamente, prometiéndome acabar con cuantos se cruzasen en mi camino.

Mi madre se levantó y se acercó a mí. En su rictus impresionado subyació además un deje compasivo que la llevó a darme un abrazo.

—No soy capaz de imaginar lo mucho que habrás sufrido para acerar así tu corazón.

—O te endureces o mueres. Y regresé —musité entre sus brazos—. Un enemigo que huye es un paso que te acerca a la muerte. Y aprendí a alejarme de ella.

Mi madre se apartó y me tomó de los hombros. Asintió y me miró plena de orgullo.

—Eres toda una guerrera. Si el rey Ordoño se entera de tu valía, te pondrá al frente de sus huestes.

—Ni siquiera somos válidas para opinar, madre, mucho menos para decidir una batalla.

—Confío en que eso algún día cambie.

—Deberían tomar ejemplo de los nordumâni, los toman por bestias cuando son más tolerantes e igualitarios en cuanto a géneros.

—Una sociedad avanzada.

—En eso, sí —reafirmé.

—Vamos, tu hija desea dormir contigo.

Era la primera vez que usaba aquel apelativo para referirse a Raquel, y aunque a la pequeña hacía tiempo que la sentía como tal, no me veía con derecho a llamarme madre por el simple hecho de no haberla albergado en mi vientre. Sin embargo, en aquel instante me pareció tan absurdo que sonreí ante mi descubierta condición.

Contra todo vaticinio, era madre.

CONTINUARA