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Capítulo 117
Decisiones frente a un fuego que huele a muerte.
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El sordo estruendo del ariete golpeando con insistencia el portón de entrada a la ciudad repiqueteó incansable toda la noche.
Los invasores habían establecido su campamento a nuestras puertas para someternos a un asedio. Algo poco común en ellos, pues su costumbre eran los asaltos por sorpresa para robar, saquear y después huir para repetir lo mismo en otro lugar. Su éxito se basaba en eso, en la sorpresa, algo con lo que no contaban en las tierras ya saqueadas con anterioridad.
Albert había enviado un mensaje a la flota de al-Ghazal solicitando refuerzos. Y mientras tanto debíamos defender la ciudad como fuera. El tiempo jugaba a nuestro favor, pero los dioses eran caprichosos y los hombres del norte, persistentes.
Martín se ofreció a confeccionar unos paneles de hierro para adherirlos a los portalones y así reforzarlos e impedir que las llamas los devorasen. Desde las almenas se vertían barriles repletos de brea que luego prendían los arqueros con flechas incendiarias desde los matacanes. Y ahora, el enemigo fabricaba un entramado de madera para poder escalar los muros.
Hiram desaprobaba toda propuesta o acción que proviniera del apuesto herrero andalusí. Sus celos se habían unido a su amargura y a sus remordimientos por haberse dejado utilizar por Zahira.
Cuando les narré todo lo que aconteció en palacio y durante el viaje y lo que realmente significaba la llave por la que mi madre había estado a punto de morir, los hombres no salieron de su asombro.
Sin embargo, oculté un dato, mi encuentro con Frianda.
Nombrarla me producía un desasosiego opresivo. Era como si su maligno espectro pudiera interponerse entre nosotros, como si el ser que llevaba en su vientre tuviera el poder de arrancarme a Albert de mi lado.
Un pensamiento infundado y absurdo, pero que me perseguía implacable.
Entonces no supe del gran error que cometía.
—¡Van a entrar!
Aquella afirmación nos sobrecogió.
Tras tres largos días de asedio, en los que habían ascendido en varias ocasiones hasta las murallas plantando batalla, y a pesar de haber sido repelidos asalto tras asalto, ingeniaban nuevo métodos de abordarnos.
Habían incluso montado una fragua para fundir en ella el hierro que habían podido reunir, casi todo de remaches, clavos y cintones de los barcos para confeccionar una punta de acero con que revestir la afilada cabeza del ariete. Según Diego, aquella técnica terminaría por agujerear los refuerzos hasta conseguir horadar la entrada. También habían urdido una techumbre de escudos sobre el largo tronco del ariete para protegerse de la brea y el aceite hirviendo que les lanzaban desde las almenas.
Habían muerto muchos hombres de ambos bandos en aquellas continuas e incansables escaramuzas.
Y, después de tres días de asedio, nuestras esperanzas de recibir refuerzos se extinguían, así como los víveres y la calma.
Los ciudadanos de al-Yazira comenzaban a flaquear, sus ánimos crispados y su temor fueron enaltecidos por quien deseaba sembrar discordia y desconfianza. Y, entre corrillos y murmuraciones, la gente empezó a mirar mal a los hombres del norte, que lideraban la defensa de la ciudad. Aquella mañana había presenciado cómo un charlatán congregaba a oyentes para avisarlos de que no debían confiar en ningún bárbaro, que Alá no podía depositar el cuidado de las almas de sus devotos a unos paganos herejes, asegurando que finalmente acabarían por traicionarlos aliándose con sus iguales. Y aquel discurso se repitió en varios lugares de la ciudad, extendiéndose como el veneno de un alacrán, velozmente letal.
El charlatán no era otro más que el antiguo capitán de la guardia, que había sido destituido por órdenes del emir a favor de Albert. El orgullo herido cegaba lealtades y sentido común en pos de su restablecimiento, y además solía ser inoportuno, y tremendamente estúpido, como demostraría aquel día.
Albert inspiró hondo ante aquel esperado y temido anuncio.
Martín jadeaba enrojecido en la entrada. Venía corriendo del puesto de vigía para avisar al turno que descansaba en el salón de la torre del homenaje.
Hiram lo fulminó con la mirada, como si el culpable de aquella mala nueva fuera el muchacho, cuando lo que realmente detestaba de él era que, además de ser apuesto y fornido, fuera noble, leal y valeroso. Un rival difícilmente desbancable cuando uno, encima, ha fallado tan estrepitosamente en cuanto a lo más importante: la lealtad. Sin embargo, el corazón a veces no atendía a razones ni a lógicas racionales, tan solo sentía, por muy necio o descabellado que fuera el objeto de su entrega. Y el de Valdis continuaba latiendo por el guerrero rubio, por mucho que lamentara hacerlo. Eran tan reveladoras sus miradas… antes de que el raciocinio la reprobara internamente y pudiera controlar sus expresiones. Su gesto se obnubilaba cuando él entraba en la misma sala donde ella estuviera y sus ojos lo seguían traidores allá donde él fuera, esgrimiendo en ellos el deseo de consolar al guerrero, que deambulaba por lo general huraño y taciturno, sumido en sus tribulaciones, ajeno a la imperecedera debilidad de la muchacha por él, que equivocadamente creía haber perdido. Y, en todo aquel cruce de sentimientos, Martín se desvivía por ella, recibiendo migajas cuando merecía toda la hogaza.
Me admiraba la tenacidad del herrero, así como compadecía sus escasos frutos. Solía fingir que no veía el interés de su amada por su anterior pareja, pero no solo lo presenciaba, sino que también lo masticaba y lo escupía a favor de un nuevo intento. Que Hiram se refugiara en cuantas mujeres deseara no lo arrancaba del corazón de la escudera, sus celos así lo decían. Y el muy necio continuaba ciego a todas aquellas demostraciones de amor.
Albert se levantó de la mesa y sus guerreros lo imitaron.
—Hay algo más —agregó preocupado Martín, pasándose las manos por su espeso cabello oscuro.
—E imagino que tiene que ver con el provocador que está poniendo a todos contra mí.
Martín suspiró pesadamente y asintió.
—Ahora mismo ha reunido a una turba y los conduce a la mezquita.
—¿A la mezquita?
—Sí, dice que deben rezar. Que allí estarán a salvo de los paganos cuando irrumpan en la ciudad. Y que Alá los protegerá. La gente lo sigue y lo obedece.
—¡Maldita sea! La mezquita es el primer lugar que arrasarán si entran.
Salió furioso y todos lo seguimos.
Cuando lo alcancé, le pregunté:
—¿Qué haremos si entran?
—Tú conducirás a las mujeres y a los niños que deseen seguirte hacia la poterna; a estas alturas se habrán olvidado de que existe, se emborrachan cada noche y me asombra que puedan tenerse en pie durante el día —bufó despectivo y casi airado ante la falta de disciplina de sus compatriotas—. Dos caudillos poderosos y no saben poner orden entre sus filas. Anoche presencié cómo varios de ellos se retaban a un holmgang, tendían en el suelo un manto y peleaban a muerte; si alguno sale se convierte en un niôingr, en un paria, un hombre sin honor que es desterrado y estigmatizado. Hasta tal punto reina el desorden en sus ejércitos. Casi he llegado a creer que si pudiéramos resistir más días sin víveres ellos mismos se exterminarían.
Ya había presenciado un aterrador holmgang durante el mandato del rey Halfdan, y el recuerdo avinagró la boca de mi estómago ante la violencia de aquel duelo.
—El resto —añadió—, en lugar de meterse en una ratonera, deberían huir o combatir. De nada servirá esconderse, ellos quemarán toda la ciudad.
—Lo difícil será convencerlos.
Albert asintió. Su ceño se frunció cuando vio cómo tropeles de gentes corrían hacia la mezquita sumidos en el pánico.
Nos apresuramos hacia la entrada para descubrir que la acerada punta del ariete había atravesado los portalones, perforando incluso las planchas de hierro.
—No voy a huir —revelé determinada—, ayudaré a escapar, pero volveré a buscarte. No temo a la muerte, solo temo separarme de ti. Y nada de lo que digas podrá convencerme de lo contrario.
El martilleo constante y ensordecedor del ariete y la batahola de sonidos caóticos que nos envolvían no mermó la sensación de estar en aquel lugar solos él y yo. Cuando me miraba así…, el mundo se detenía y nuestro alrededor dejaba de existir.
—Mi hermosa y aguerrida loba, si yo puedo evitarlo, nadie podrá separarte de mi lado.
Ciñó mi cintura y me pegó a su pecho, y, ausentes y embriagados, nos besamos sellando aquella promesa.
Cuando me soltó, sus hombres nos observaban impacientes y preocupados.
—Menos mal, creía que pensabais recibir a nuestros invitados con una cópula de bienvenida —se burló Sigurd poniendo los ojos en blanco.
Jorund bufó y sacudió la cabeza con desaprobación.
Thorffin sonreía divertido. Helga y él habían hecho lo mismo antes de salir del castillo.
Hiram gruñó y nos miró con semblante torvo. Luego nos dio la espalda y desenfundó su espada.
—Bueno, ¿cómo has pensado recibirlos, mi hersir? —preguntó Thorffin componiendo un gesto marcial.
—Con un beso fogoso —respondió enigmático.
Dirigió la mirada a su alrededor. Sus ojos entornados y agudos recorrieron los puestos del mercado, que punteaban vacíos la entrada a la ciudad, y asintió para sí.
—Vamos a recopilar toda la madera que podamos y la amontonaremos junto a la puerta, debe ser una pira muy alta y a una distancia en la que las hojas no la desplacen cuando cedan. Y cuando se quiebren le prenderemos fuego. Un grupo de arqueros y ballesteros desde las torretas de vigía dispararán a los que logren atravesar el fuego, y los hombres que podamos reunir los enfrentaremos a espada en formación de flecha pertrechados por los escudos. ¿Entendido?
Todos asintieron.
Un carraspeo captó nuestra atención. Sigurd dibujó una sonrisa sardónica.
—Me temo que tendremos que sacar a patadas a esos hombres de la mezquita. No queda uno solo por aquí. Y nosotros no somos suficientes para las hordas que están a punto de entrar.
—Nos jugamos el pellejo por ellos y se esconden como ratas —graznó Albert indignado. Respiró hondo y su amplio pecho se expandió, pero su intento de calmarse pareció no funcionar—. Bien, formad esa pira, Thorffin y yo vamos a buscar ratas.
Albert tomó mi mano y nos encaminamos hacia la mezquita en el centro de la medina. Sus largas zancadas me obligaron a correr para ir a su altura.
Cuando llegamos, el imán ya cerraba las puertas. Albert les propinó tal patada que el hombre salió impulsado hacia atrás y cayó de espaldas, y las puertas batieron en sus goznes.
Soltó mi mano para desenfundar su acero y Thorffin y yo seguimos su ejemplo. Atravesamos el patio de las abluciones y nos adentramos en la sala de oración.
Su mirada letal recorrió la enorme estancia alfombrada, con ornamentados candiles que proyectaban una tenue luz dorada dibujando figuras geométricas en el cerco que iluminaban. Al fondo, en el muro de la quibla, orientado hacia La Meca, donde se incrustaba el mihrab, una especie de hornacina que se utilizaba como oratorio, estaba el alborotador, que se había asignado el papel de líder de la comunidad y en aquel momento pronunciaba las suras coránicas junto al imán.
Nuestra violenta irrupción sobresaltó a los presentes, que gimieron asustados temiendo lo peor.
Albert ultrajó aquel lugar sagrado caminando hacia el mihrab ante los atónitos y fervorosos creyentes.
Se puso delante de los oficiantes y derramó una mirada ofuscada sobre los congregados.
—Rezad, sí, porque os espera la muerte si os quedáis aquí.
—No escuchéis al pagano…
No pudo terminar la frase.
Albeet flexionó el codo y, con el puño cerrado, le partió la nariz. El tipo se la cubrió con ambas manos, trastabillando hacia atrás. La sangre se filtró entre sus dedos.
—Este hombre os condena a la muerte. Yo estoy aquí para ofreceros la oportunidad de luchar, arriesgando mi vida por ello. Los que están ahí fuera son mi gente, sé cómo piensan y cómo actúan, he participado en sus incursiones. Por eso sé que lo primero que harán será venir aquí para mataros como perros. Alá no moverá un dedo por vosotros ni por vuestras familias, ni uno solo. Debéis moverlos vosotros para salvarlas. Violarán a vuestras mujeres y matarán a vuestros hijos, y ninguna sura coránica les evitará el sufrimiento ni la muerte. El destino me ha traído aquí por una razón, y creo que es para que tengáis alguna oportunidad.
Algunas voces se alzaron condenatorias.
—¡Ha derramado sangre en este lugar sagrado! Es una bestia del norte, le hemos dado las llaves de la ciudad y nuestras vidas al enemigo.
—¡Apresadlo! Será nuestro rehén cuando entren, seguro que son cómplices.
Thorffin apuntó a los presentes, formando un círculo con su espada.
Escuchaba anonadada aquella sarta de insensateces y no pude seguir callada.
—¿Rehén? ¡Lleva tres días defendiendo esta ciudad, malditos ingratos! Si fuera cómplice de los invasores les habría abierto la puerta sin problemas. Se está enfrentando a los suyos por salvaros la vida, y está claro que no lo merecéis.
Y, no, no lo merecían, pero los necesitábamos con urgencia.
—¡No seáis necios, defended vuestras vidas, vuestros hogares, vuestras familias. Salid ahí con una espada y vuestro arrojo y plantadles batalla!
Albert los observó ceñudo y negó con la cabeza.
—Necesitamos hombres en la entrada —comenzó grave—, vamos a incendiarla. Los arqueros ya están en sus puestos para eliminar a los que logren atravesar el fuego, pero nosotros solos no seremos rivales para ellos.
Avanzó por el pasillo y se detuvo en el medio.
—¡Esta es vuestra ciudad, defendedla!
—¡Prendedlo! —ordenó el imán.
Albert enarboló su acero con gesto amenazante. Nadie se atrevió a enfrentarlo.
—De acuerdo, habéis decidido vuestro destino. Yo no pelearé por vosotros. Que Alá os acoja en su seno.
Se acercó a mí, me cogió de la mano y salimos airados de la mezquita.
—Nos largamos de aquí.
Regresamos a la entrada para descubrir consternados que la pira ya ardía y que los portalones habían cedido.
La pared de llamas dejaba entrever una turba de guerreros vociferantes que enarbolaban sus escudos mientras aguardaban a que el fuego bajara de intensidad para atravesarlo. Albert dirigió su mirada a las saeteras de los torreones para comprobar que los arqueros estaban preparados.
—Será una matanza —pronosticó apesadumbrado.
Thorffin asintió cabizbajo.
—¿Dónde están los hombres? —inquirió Hiram.
—Escondidos como sabandijas, rezando para que su dios los proteja.
—¿Y qué vamos a hacer?
—No vamos a arriesgar nuestras vidas por quienes no lo merecen.
Y, a pesar de que sus palabras sonaron convencidas, en su mirada traslucieron sentimientos encontrados. Su agudo instinto de protección y su responsabilidad con la labor que había decidido desempeñar, incluso sin ser coaccionado, martilleaban su cabeza. Pues su nobleza de corazón le impedía abandonar a una muerte cruenta y segura a personas indefensas, por muy inconscientes que estas fueran.
Sus hombres lo contemplaron leyendo su expresión con la misma clarividencia que yo.
Valdis y Martín acudieron empuñando sus aceros.
—Las mujeres y Ahmed ya están junto a la poterna, han cogido provisiones y saldrán hacia el bosque.
Albert asintió circunspecto y meditabundo, contemplando el fuego, la única barrera que lo separaba de su trascendental decisión. Una decisión que atañía a su gente, a su familia en la vida, a mí, y aquello era lo que ataba sus manos, lo que en aquel momento hacía expirar su compromiso con su conciencia, diluyéndose como las volutas de humo que ascendían rizándose en la noche.
—Vamos con ellas —proclamó envainando su espada.
Pero ninguno de nosotros se movió.
Nos miró con extrañeza.
—Nunca he abandonado una batalla —explicó Thorffin.
—Eso es de cobardes, ¿verdad, Jorund, viejo amigo? —masculló Sigurd.
—Y tan verdad; además, es la única manera de que me acepten en el Valhalla.
—Incluso así tendrás que esforzarte mucho, te huele el aliento, y Odín es muy exigente con eso. Por no mencionar que ninguna valquiria en su sano juicio te cogería de la mano.
Sonreímos ante la jocosidad del travieso Sigurd el Duende, que siempre lograba distender la situación más peliaguda del mundo con su particular humor.
Todos miramos a Hiram, aguardando su decisión.
—Nadie me va a arrebatar la diversión de una buena pelea —manifestó alzando pícaro una ceja—. Además, ahora soy cristiano, mal que me pese.
Solo por el nombre que me ha tocado ya tengo ganas de crucificarme.
Puso los ojos en blanco y reímos rompiendo la tensión que nos rodeaba.
—Pero necesito vuestro apoyo para algo importante.
Lo miramos inquisitivos.
—Deseo que Valdis y Martín salgan también de la ciudad. Y dudo que a mí me hagan caso.
Valdis agrandó la mirada y negó con la cabeza.
—No vas a librarte tan fácilmente de mí —profirió rotunda.
Aquella frase se clavó en el pecho de Martín. La expresión del muchacho se ensombreció de repente, su gesto se contrajo y su mirada se nubló. Tras un arduo instante, logró recomponerse lo suficiente para trocar su faz por una máscara imperturbable.
—Martín —musitó Albert—, como no me has jurado pleitesía alguna, debes obedecer lo que te dicte el corazón.
—No, no es mi corazón el que ha de decidir su destino, sino el de ella. Y creo que acaba de hacerlo.
Yo elijo marcharme.
Tras dedicarnos una mirada de despedida se aprestó a irse, pero yo lo detuve, llamándolo.
Me acerqué a él y lo abracé. Se estremeció apenas, pero yo pude sentir el sonido de los cristales rotos que ahora formaban su corazón.
—Eres un gran hombre, siéntete orgulloso de quién eres y de cuánto te has entregado. Y ojalá la vida te recompense como mereces. Gracias por tanto, te debemos la vida, y alguien más una lección que quizá aprenda demasiado tarde.
Lancé una mirada intencionada a Valdis, que la apartó avergonzada, mordiéndose el labio. Un rojo mechón de su cabello cubrió parcialmente su rostro.
Martín asintió con una dulce sonrisa y nos deseó fortuna en el combate y en la vida, si acaso lo primero se cumplía. Y, tras una última y afligida mirada a Valdis, se marchó.
Hiram se acercó a la muchacha y le susurró algo al oído. Ella enrojeció, pero no fue un rubor tímido o halagado, sino que sus mejillas se arrebolaron de indignación.
Por la mirada enojada que clavó en el guerrero, y por la humedad en sus ojos, casi pude adivinar qué le había dicho.
Valdis tomó aire luchando por recuperar la compostura y partió tras Martín después de abrazar a su padre.
—Has hecho lo correcto —aprobó Albert palmeando la espalda de Hiram.
—Yo también he hecho lo que me ha dictado el corazón.
—Es al único al que debemos obedecer —repuso mi esposo mirándome con arrobado sentimiento.
Un ruidoso crujido quebró la noche, acompañado de un chispazo. La hoguera devoraba su cena con rauda premura, exigiendo repetir. Pero ya no había más madera con que alimentarla, y las huestes golpeaban enardecidas sus escudos ansiosos por entrar en batalla.
—Debemos encararlos justo aquí, bajo la barbacana —aconsejó Albert—, porque así tendrán que pasar en pequeños grupos y será más fácil reducirlos. Si retrocedemos y acceden al patio central, nos rodearán y estaremos perdidos.
Nos pusimos en fila, unos juntos a otros, guardando la distancia aconsejable para luchar con soltura. Alzamos las espadas y nos miramos decididos.
En los ojos de Albert refulgió un amor tan inmenso que me encogió el corazón. Pasara lo que pasase, saliéramos vivos o no, compartiríamos destino.
Y, justo cuando el crepitar del fuego comenzaba a perecer, oímos una exaltada algarabía tras nosotros.
Nos volvimos alertas para comprobar impresionados cómo los andalusíes habían acudido a la batalla portando toda clase de armas. Finalmente habían entrado en razón.
Suspiré aliviada y sonreí. Albert cerró los ojos y suspiró reverente, como si agradeciera que se hubiera escuchado su silente plegaria.
Escudados con una buena dosis de confianza y pertrechados con el feroz deseo de sobrevivir a aquella noche, enfrentamos a los primeros invasores, que atravesaron de un salto la ya extenuada columna de fuego.
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CONTINUARA
