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Capítulo 118

En lo profundo del bosque.

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Fue una noche larga, sangrienta y desgarradora, en la que las hordas enemigas nos obligaron a replegarnos y a separarnos.

Albert se había convertido no solo en emisario de la muerte, sino en mi ángel protector. La premura con que aniquilaba a su oponente estaba motivada por su feroz deseo de acabar con el enemigo que me abordaba a mí.

Nunca lo había visto luchar tan denodadamente y con tanta urgencia, pero tampoco con tanto miedo. Miedo a que me mataran.

Cuando me hirieron, aunque no de gravedad, se convirtió en una bestia salvaje que masacró a seis hombres con una celeridad y una virulencia pasmosas. Su excesiva preocupación por mí lo exponía demasiado y lo descentraba más, algo que me hizo lamentar haber decidido combatir a su lado.

Y cuando lo hirieron a él en un costado, porque descuidó a su oponente para anular al mío, lo tuve claro. Yo resultaba más un riesgoso estorbo que una ayuda.

Los invasores ya campaban libremente por la ciudad, ajusticiando a quien se topara con ellos sin impunidad ni piedad alguna. Saqueaban las casas que encontraban a su paso y las incendiaban, arrasando la medina. Los que habían decidido neciamente cobijarse en la mezquita habían sido masacrados, y ardían con el templo que habían elegido de ataúd.

El aspecto nórdico de los guerreros consiguió camuflarlos entre las tropas de Ragnarsson y Hastein, evitándoles entrar en combates que perderían de antemano y eligiendo de manera furtiva los que sabían que podían vencer. Y fue eso lo que nos salvó la vida en numerosas ocasiones.

La muerte descargaba su guadaña a un ritmo vertiginoso, pintando de sangre una ciudad que estaba condenada por el abandono de sus gobernantes.

La esperada flota de al-Ghazal no había acudido, seguramente por órdenes del emir, más decidido a perder una ciudad que estaba seguro de recuperar que a dejar con vida a unos paganos que tanto podían perjudicarlo.

Una venganza que se cobraría la vida de centenares de inocentes.

Cuando la derrota ya era evidente, pudimos reagruparnos y enfilar hacia la poterna a través de los pasadizos en las murallas.

Escapamos de una ciudad en llamas con sus calles plagadas de cadáveres con, al menos, el convencimiento de haber obrado correctamente y haber intentado por todos los medios evitar la tragedia. No fue posible, pero aquella derrota no era culpa nuestra.

Corrimos hacia la espesura del bosque, dejando atrás los lamentos, el rugido del fuego y los vítores de los ganadores.

Aquella noche, una impresionante luna llena derramaba su plata sobre la poza, nacarando aquel recóndito escondrijo boscoso para vestirlo con su magia.

El misticismo que rezumaba aquel lugar incluso podía sentirse en la piel.

Si de día resultaba evocador, de noche crepitaba con un embrujo ancestral, como si en lo profundo de aquella poza habitara el corazón del bosque. Un corazón que latía en cada roca, en cada rama, en cada hoja, en aquella agua oscura y refulgente que invitaba a transportarte al interior de la misma madre naturaleza.

El murmullo de las pequeñas cascadas de las que se alimentaba aumentaba su influjo y la sensación de evasión que ofrecía, como si aquella melodía fuera en realidad un escudo invisible que aislara aquel lugar del resto del mundo.

Albert admiraba la poza cautivado por su encanto.

Me puse delante de él y comencé a desnudarme lentamente.

Despojada de toda vestidura, dejé que su subyugada mirada me acariciara.

—Cuando pensaba que este lugar no podía ser más hermoso, decides mejorarlo —murmuró embelesado—, incluso eclipsarlo.

Me pegué a su pecho y me alcé de puntillas para besar su boca. Sus grandes manos recorrieron mi espalda desnuda para acabar en mis nalgas.

Profirió un gruñido satisfactorio y el beso se volvió más urgente.

Me aparté para desnudarlo. Y él se dejó hacer, tan absorto en mí que parecía hechizado.

Cuando sus ropas formaron un montón a sus pies, lo tomé de la mano y lo acerqué al borde de la poza. Me detuve para admirar su cuerpo bajo el resplandor hipnótico de la luna. No pude impedir que mis manos persiguieran mi mirada, recorriendo casi con reverente solemnidad aquel soberbio cuerpo que me robaba el aliento.

Acerados músculos se perfilaban bajo su piel, imponentes y poderosos. Su torso era una vasta y prominente extensión en la que perderse, hendida de cicatrices que resaltaban azuladas bajo aquella noche clara. El vientre era un mapa con relieves marcados surcado por pequeñas mesetas que acaricié minuciosa.

Rodeé la herida de su costado, que, recién cosida, mostraba sus tiernos bordes atravesados por el hilo de cáñamo. Repasé sus estrechas caderas y me acuclillé para seguir los largos y elásticos músculos de sus piernas. Ante mí, su sexo se alzaba enhiesto sobre el vello de su pubis, envidioso del mimo que le ofrecía al resto de su cuerpo. Lo tomé entre mis manos y Albert gimió gozoso. Su tacto sedoso y cálido me instó a regodearme en cada caricia, sabiendo que aquello inflamaba su deseo.

Me puse en pie sin soltar su latente dureza y lo besé con ardoroso apremio.

Hundí la otra mano en su larga cabellera, aferrando su nuca, y enredé mi lengua en la suya. Bebí sus gemidos y le regalé los míos.

Cuando solté su verga, esta basculó reclamando más caricias, pero mis manos ya perfilaban su duro trasero para ascender ávidas por su espalda, donde los senderos que trazaban sus poderosos músculos se hallaban interrumpidos por piel cicatrizada, rugosa y áspera. Un cuerpo curtido en el dolor, la lucha y la resistencia, un cuerpo que hablaba de un corazón fuerte y un espíritu que no se doblegaba.

—¿Tienes idea de lo que me estás haciendo…? —susurró con voz ronca.

—Grabarte en la yema de mis dedos —respondí absorta en su afectada expresión—. Proclamar bajo esta luna y ante este bosque que eres mío.

Asintió apenas y respiró hondo. Sus ojos se humedecieron.

—Es mi corazón el que ha quedado prendido en tus manos.

—Y nunca lo soltaré —manifesté vehemente—. Y ahora, vamos al agua.

Lo tomé de la mano y nos zambullimos a un tiempo.

Una miríada de burbujas cosquilleó mi piel. La fría tersura del agua me envolvió en un abrazo reparador. Aquella paz que sentí la primera vez regresó, pero impregnada de algo nuevo, algo tan estimulante y revitalizador que recorrió mis sentidos con la arrolladora intensidad de una tormenta de verano.

Cuando emergimos, Albert me atrajo hacia su pecho y me encerró en él.

—¿Lo notas? —mascullé plena de vida—. ¿Notas cómo vibra este lugar?

—Percibo su pulso, su latido, rebosa vida y sabiduría.

—Esta agua es como el líquido materno, te hace renacer.

Asintió y suspiró profundamente.

Cuando me soltó, ambos nos dejamos mecer tumbados boca arriba sobre la superficie, flotando casi incorpóreos, degustando aquella sensación única de desapego con la realidad, de comunión con la naturaleza, con nuestros más primigenios orígenes. Casi fuera de nuestras envolturas terrenales, elevados sobre ellas, en medio del todo y de la nada.

La luna y las estrellas sobre nosotros, un manantial bullendo de vida sosteniéndonos. Y la inmensidad de aquel lugar nos empequeñeció, convirtiéndonos en una hoja más, en una gota de agua, en un pequeño guijarro, en una parte insignificante pero a la vez vital de ese universo.

—Si la magia que rebosa esta poza concediera deseos, yo pediría reposar mi alma en ella para renacer junto a ti de nuevo —pronunció Albert incorporándose para acercarme a él.

Y entonces recordé una runa en particular: Laguz, la runa del agua… Una frase dicha por Eyra se perfiló en mi mente con claridad: «Laguz simboliza el nacimiento y la muerte, uniéndolos en un bucle imperecedero, en un ciclo interminable. Representa una fuerza vital única, un poder invisible que conecta y nutre.

Referida al destino de dos almas, solo esta runa puede hacer que coincidan en el tiempo, inmortalizando así el vínculo que las enlaza».

Enlacé mis brazos a su cuello y rodeé con las piernas sus caderas. Aquella invitación no se hizo de rogar. Me penetró mirándome a los ojos, derramando sobre mí todo el amor que desbordaba su pecho.

Sus manos en mis nalgas marcaron un ritmo lento, meloso, que nos permitió paladear cada sensación, sumergirnos en las despuntadas emociones que nos sacudían con la suavidad de las ondas que se formaban a nuestro alrededor.

—Quiero morir en ti…, quiero nacer para ti…, mi loba… Una vida no es suficiente…, solo la eternidad lo sería.

—Albert…, amor mío…

Se perdió en mí y yo en él.

Y nuestros gemidos rotos flotaron entre aquella bruma acuática, evaporándose en la noche.

Habíamos establecido un campamento en medio de aquel bosque de alcornocales. Su relieve agreste nos procuraba un escondite perfecto. Nuestra intención era regresar a la costa en algún lugar más tranquilo y buscar una embarcación que nos sacara del reino del emir. Y, aunque no sabíamos dónde terminarían nuestros pasos, Albert ansiaba un sitio lejano, apartado del mundo.

Había oído hablar en una ocasión a un constructor de barcos, allá en Tønsberg, de una isla remota, más al norte, despoblada y salvaje. La llamó «tierra de nieve», pero también «refugio de dioses», pues la poblaban grandiosas cascadas, furiosos volcanes, numerosos fiordos y bloques de hielo de un azul tan límpido como un cielo de verano. Y, según ese hombre, un carpintero prestigioso, cuando la Tierra se enfurruñaba, escupía chorros de agua y vapor de sus entrañas. Y de todo aquel relato a Albert solo le interesó un detalle: que estuviera deshabitada.

Ahora éramos prófugos, expulsados de sus tierras y de las mías, perseguidos por sus compatriotas y por los míos, aislados en un mundo hostil y vapuleados continuamente por un destino ingrato. Sin embargo, estábamos juntos, y solo eso conseguía que la esperanza renaciera una y otra vez.

Rendirnos no era una opción. El mundo era grande, y finalmente encontraríamos nuestro lugar.

Aquella mañana, Martín había salido a explorar los alrededores. Cada día se turnaban para asegurarse de que nadie rastreaba la zona en nuestra busca.

Albert y Thorffin habían salido a cazar y el resto haraganeaban en el campamento sin más distracción que la de sumirse en sus pensamientos, conversar o tararear canciones.

Valdis jugaba con Raquel y con Erik, siendo observada por Hiram, que trazaba dibujos en la tierra con el extremo de una rama. Su expresión compungida llevó mis pasos hasta él. Me senté en una roca junto al río, cogí varios cantos y comencé a lanzarlos al agua, intentando que saltaran sobre la superficie cuantas más veces mejor.

—No se te da mal —masculló taciturno.

—Ni bien —reconvine.

—Pero te sirve de excusa para echarme la reprimenda que llevas tiempo conteniendo.

Alcé las cejas ante su astuta percepción y respiré hondo.

—En realidad, me está costando mucho lanzar estas piedras al río y no a tu cabeza —confesé mirándolo reprobadora.

Dirigió una mirada de soslayo hacia Valdis y se encogió de hombros.

—Bueno, no eres la única.

—¿Qué le dijiste aquella noche en al-Yazira, cuando salió detrás de Martín?

Suspiró quedo y fijó sus verdes ojos en el río.

—Que había sido la mejor funda para mi espada, aunque no la que ansiaba.

Agrandé los ojos horrorizada y lo fulminé con la mirada.

—Eres un…

La expresión «cerdo desalmado» se atoró en mi garganta cuando comprendí el motivo de su burda ofensa.

—Me sorprende que aquella noche no te ensartara con la suya.

—Cuesta reaccionar cuando te apuñalan el corazón tan vilmente —adujo apesadumbrado. La culpa roía su alma, oscureciendo su faz.

—Digamos que fue una manera cruel de enmascarar un acto de amor —opiné suavizando mi tono.

El guerrero oprimió sus gruesos labios en un mohín compungido y sus facciones se estiraron.

—Es bien sabido que solo se valoran las cosas que se pierden —comenzó fijando su atención en la refulgente superficie del arroyo con mirada perdida—, pero la pérdida también es reveladora en cuanto a descubrirte sentimientos que creías no poseer. E incluso va más allá, pues, a pesar de conocerlos, sientes que debes apartarte para que esa persona tenga alguna oportunidad de ser feliz, pues sientes que no la mereces.

Observé con atención el apuesto perfil del guerrero; su aflicción acompañaba aquella curiosa declaración de amor, de resignación y de sacrificio. Hiram realmente amaba a Valdis, y, sumido en su contrición, no era capaz de ver que, por mucho que él la empujara en brazos de quien consideraba merecedor del amor de la muchacha, en el corazón no se mandaba. Y, sin amor, ni el mejor de los hombres podría hacerla dichosa.

—No se trata de ser merecedor —repliqué inspirando hondo—, sino de asumir que los sentimientos no atienden a razones. Se trata de abrir los ojos de una vez y comprobar que, por mucho que Martín la merezca, ella no lo ama. Se trata de ver que tras sus miradas furibundas y resentidas se esconde una tristeza tan profunda que apaga su ser. Se trata de comprender que su corazón te pertenece a ti, que está herida, despechada y confundida, pero que solo necesita perdonar, al igual que tú necesitas pedir perdón y empezar de nuevo. Porque, cuando hay amor, hay tantos comienzos como aliento quede en el cuerpo.

Hiram volvió el rostro hacia mí y me miró con penetrante intensidad. Al cabo, asintió para sí esbozando una sonrisa cáustica con la que pareció flagelarse durante un instante, como si se reprendiera con ácida sorna.

—Digamos que yo entiendo mejor que nadie al pobre Martín.

Aquellas significativas palabras evidenciaron la frustración que había arrastrado referente a mí.

—Pues no has de compadecerlo —argüí mirándolo a los ojos—, pues decidió luchar por propia voluntad por una causa perdida de antemano, y eso lo honra y resalta su coraje. Martín es un hombre despierto y tenaz que siempre supo contra qué luchaba. Lo intentó y no lo consiguió, pero al menos tuvo una oportunidad. Hay otros que, sin ella, mantenían una absurda esperanza que ha estado a punto de malograr lo que sí merecía la pena cuidar.

Hiram bajó la mirada y hundió los hombros.

—¿A punto? Valdis es orgullosa, le he hecho demasiado daño como para que acepte mi perdón.

—No lo sabrás si no se lo pides.

En los ojos del guerrero pude vislumbrar un hálito de luz. Y, aunque su abatimiento regresó, apagándolos, supe que aquella tenue chispa de ilusión crecería con el paso de los días. Mis palabras rondarían su cabeza hasta derribar sus defensas, porque su corazón se había agarrado ya a ellas.

Me puse en pie, sacudí mis faldas y palmeé su espalda.

—Si algo sé, arrepentido Hilario, es que, cuando crees que tu destino está decidido, va este y te sorprende.

Esgrimió una sonrisa agradecida y asintió con gesto indefinido.

En aquel instante, un murmullo de hojas captó mi atención. Martín apareció tambaleante, encogido sobre sí mismo. Una flecha asomaba de su hombro.

Corrí hacia él. Valdis me siguió. Lo sostuvimos entre las dos justo cuando se desplomaba.

Logramos arrastrarlo unos pasos hasta que Hiram acudió en nuestra ayuda y se lo echó sobre el hombro. Lo llevó hacia el claro y lo tumbó con cuidado en el suelo para examinar la herida.

Flora y Helga acudieron prestas con semblantes preocupados.

Hiram partió el astil, sujetando con firmeza la parte que penetraba en la carne, y giró cuidadosamente el cuerpo del herrero para comprobar que la flecha no lo había atravesado.

Aquello no era bueno, pues tendría que extraer aquella parte, destrozando más tejido que estaba perforado, ya que la punta de extremos abiertos se abriría camino en sentido contrario, pero era necesario.

—Debéis sujetarlo para inmovilizarlo. Esto le dolerá —avisó.

Ahmed acudió a la carrera; su gigantesco tamaño era proporcional a su tierno corazón. En su faz se dibujó la apenada desazón que sentía por el muchacho, al que le guardaba un gran afecto.

No hizo falta ayuda para inmovilizarlo, el nubio se valió sobradamente.

Hiram compuso un gesto concentrado, le ofreció a Martín un trozo de rama para que la mordiera y, tomando de nuevo el astil, comenzó a sacarlo.

El rostro del herrero se congestionó en una mueca sufrida y el sonido de la carne rasgándose nos estremeció.

Una vez fuera la flecha, la lanzó lejos y aconsejó lavar la herida y aplicarle algún ungüento. Valdis se arrodilló sobre el herrero y le tomó la mano llevándosela a los labios. Hiram endureció el gesto y se puso en pie.

—¿Quién te ha atacado? —preguntó pragmático.

El muchacho sudada y temblaba, pero su mirada era lúcida.

—Una de las muchas partidas que nos buscan —respondió jadeante—. Han ofrecido recompensa por nuestras cabezas, y los mismos ciudadanos que intentamos defender ahora peinan cada palmo de terreno para capturarnos. El emir nos ha declarado traidores por ayudar a los paganos a devastar al-Yazira. Han logrado expulsar a los bárbaros de la ciudad y ahora buscan venganza.

—En nosotros… —masculló Hiram pasándose las manos por su espeso y largo cabello claro.

El herrero asintió.

Albert y Thorffin emergieron en aquel momento de la espesura. El gigante rojo llevaba un cervatillo colgando de su hombro, y Albert, varias liebres inertes atadas a su cinto.

Cuando fueron puestos al día sobre las nuevas de Martín, Albert no pareció sorprenderse.

—Debemos enviar un mensajero en busca de Paulo Álvaro. El amigo de Eulogio goza de alianzas con los reinos cristianos, y preparan una gran ofensiva contra el emir —recordó reflexivo—. Le entregaremos la reliquia del apóstol a cambio de que nos meta en un barco lleno de provisiones y se olvide de nosotros. Mientras tanto, debemos buscar un refugio seguro. No es improbable que en este relieve tan rocoso haya cavernas donde podamos escondernos. Propongo adentrarnos en el bosque, siguiendo el curso del río hasta su nacimiento.

—¿Y quién será nuestro emisario? —inquirió Sigurd.

—Lo echaremos a suertes —contestó Albert.

Los presentes se miraron entre sí con ceño inquieto.

—Yo.

Todos observamos con asombro al herrero, que, con la cabeza posada en el regazo de Valdis, nos contemplaba con gesto decidido.

Helga limpiaba su herida con un trozo de lienzo húmedo.

—Soy el único que puede pasar desapercibido. Buscan a hombres del norte, no a un mozárabe que se camuflaría entre ellos.

—No tienes por qué hacerlo —espetó Albert, dándole la oportunidad de replanteárselo.

El herrero miró a Valdis y luego a Albert de nuevo. Su expresión adquirió más resolución.

—Deseo hacerlo. He vivido con vosotros muchas aventuras y me he sentido un igual, pero ya no tengo lugar aquí. Vuestra intención es regresar al norte; la mía, regresar con mi padre y a mi vida. Tras entregar el mensaje a Paulo Álvaro, no volveré.

Cerró los ojos, dando por terminada la conversación. A su faz regresó una mueca de dolor, pero esta vez no provenía de la herida que Helga curaba..

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CONTINUARA