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Capítulo 119

Buscando mi corazón.

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Días después, Martín se despidió de todos nosotros manteniendo estoicamente al margen sus emociones. Tan solo su escudo titubeó cuando abrazó a Valdis. Resultó innegable el esfuerzo que le suponía apartarse de ella.

La muchacha lloraba desconsolada, sabiéndose la causante de aquella decisión y sintiéndose culpable y necia por no haber sabido amarlo como merecía.

Tras agradecerle su última y valiosa aportación a la causa, partió con la admirable entereza y dignidad del guerrero que sabe retirarse tras una derrota.

Nosotros ascendimos colina arriba buscando una guarida segura.

Tras cada asentamiento provisional, los hombres salían de dos en dos para comprobar los alrededores. Los turnos de guardia también concernían a las mujeres.

Aquella noche nos despertó Helga. Un grupo de soldados rastreaba la zona cerca de donde nos encontrábamos. Cuando los hombres salieron a explorar, se dieron de bruces con aquel regimiento y regresaron a la carrera.

—Tenemos que dividirnos para despistarlos —urgió Albert, tomándome de la mano—, intentaremos atraerlos hacia nosotros para que os dé tiempo a huir.

Me conmovió la expresión culpable que me dedicó.

—Ahora mi instinto de protección no implica separarte de mí, si no es vital. Ahora soy más egoísta, o más inconsciente, pero me ahoga no tenerte cerca, aunque te exponga más por estarlo.

Le planté un rápido beso en la boca para borrar su ceño.

—Muero en cada paso que te alejas de mí —susurré contra su boca—. Sea lo que sea lo que enfrentemos, lo haremos juntos.

Se inclinó sobre mí y besó la punta de mi nariz.

—Vamos, mi loba, demuéstrame lo rápido que corres.

Tiró de mí y nos adentramos entre los matorrales mientras los demás formaban grupos y se diseminaban por el lugar.

Albert me conminó a hacer todo el ruido posible sin que resultara exagerado, para atraerlos hacia nosotros.

No tardamos en toparnos con los soldados. Nos hicimos los sorprendidos y corrimos en dirección contraria, sorteando arbustos y rodeando árboles.

Salieron a nuestro encuentro entre órdenes y gritos.

El bosque latía.

La noche amparaba sonidos inquietantes que mi agudizado oído intentaba identificar, mientras mis ojos escudriñaban la plateada penumbra.

Nos perseguían. Podíamos oír ramas quebradas tras nosotros; el susurro hosco de hojas molestas por tan brusco despertar, el jadeo sofocado de hombres que se abrían camino entre el denso follaje, el alerta ulular de las lechuzas y la opresiva atmósfera del peligro más latente vibraban a nuestro alrededor, acelerando nuestros pasos. Albert tomó mi mano, obligándome a alargar mis zancadas, guiándome a través de los gruesos alcornocales, siguiendo el rumor del río.

Llegamos a una pared rocosa y me ayudó a subir a ella. A continuación, se encaramó con presteza a sus puntiagudas aristas y continuamos ascendiendo.

El familiar sonido de una cascada enmudeció todo lo demás.

Albert se detenía cada tanto para atisbar tras nosotros y, después de un ligero asentimiento, proseguíamos con renovada urgencia.

De pronto…, un silbido atravesó el aire. Me encogí instintivamente.

Albert masculló una imprecación y se aproximó a mí, cubriéndome con su cuerpo. Las metálicas puntas de las flechas rebotaban en la pared de piedra caliza a la que nos aferrábamos. Permanecí inmóvil, elevando una plegaria al dios que quisiera escucharme mientras el pulso latía desbocado en mi sien.

Un gemido dolorido se mezcló con los afilados sonidos de una nueva lluvia de flechas. Voces apremiantes y exaltadas llegaron hasta nosotros… Apenas asimilaba que una de ellas había alcanzado a Albert y que estábamos atrapados, cuando una imperiosa orden susurrada me estrujó el pecho:

—Sigue subiendo…, yo los distraeré…

—¡No! —repliqué rotunda.

—No hay más alternativa, me desharé de ellos y te buscaré. Continúa río arriba —insistió tajante.

—Son demasiados… —balbuceé, luchando contra la angustia.

—Mi amor…, obedece…

Su tono suplicante me arrancó un sollozo roto. Negué con la cabeza, mientras mi mente buscaba alguna otra posibilidad.

—Estás herido…, no podrás con todos…

—He salido airoso de peores situaciones…, confía en mí.

Tenerlo adherido a mi espalda sin poder moverme, sin poder mirarlo a los ojos, sin poder besarlo ni enlazar mis manos a su nuca me rompía por dentro.

—Te encontraré —prometió.

Le temblaba la voz. Cerré los ojos y las lágrimas contenidas se desbordaron en un torrente incontenible.

—No hay tiempo que perder —apremió.

Su tono adquirió más firmeza, supe que no podría hacerlo cambiar de opinión. Y, si no hacíamos nada, dispararían de nuevo sus arcos.

—¡Me rindo! —gritó entonces por encima del hombro. Luego acercó sus labios a mi oído y susurró—: Cuando comience el descenso, saltaré sobre ellos. Arriba hay una poza, sigue escalando la roca hasta llegar a una planicie, es el nacimiento del río, escóndete en las grutas que se abren allí.

—Te juro por los dioses que te arrancaré la piel a tiras si dejas que te maten —lo amenacé entre dientes.

Cada latido laceraba mi pecho. Mi miedo se trocó en furia y la impotencia se diluyó en una fiera determinación.

Un amago de risa retumbó en su poderoso pecho, sacudiéndome ligeramente.

—Jamás osaría contrariar a una loba furiosa.

—Más te vale…

—Vamos… —urgió, depositando un beso en mi cuello y un «te amo» rasgado en mi oído.

Comenzó a deslizarse hacia abajo, y el frío de la noche ocupó su lugar.

Inspiré profundamente y empecé a escalar repitiéndome que volvería a buscarme. Confiaba en él. Sí, vendría a por mí.

Una nebulosa acuática comenzó a envolverme, salpicándome de gotas.

Cuanto más ascendía, más furibunda rugía la cascada.

Aquella bruma vaporosa me ocultó a la vista, pero también dificultó mi agarre a la roca, que, húmeda, se volvía peligrosamente resbaladiza.

Evitaba los lugares donde palpaba musgo, y si no encontraba un asidero lo suficientemente fiable no me encaramaba a él. Apenas veía y ascendía guiada por el tacto y el instinto. A punto estuve de caer en varias ocasiones, escurriéndoseme una mano o la otra, pero lograba aferrarme de nuevo, tanteando otra hendidura cercana.

Me escocían las yemas de los dedos y las piernas comenzaban a flaquearme por el agotamiento. Pero apreté los dientes y continué subiendo.

Finalmente llegué a la cima de aquella pared pedregosa.

Impulsarme sobre la superficie implicó un esfuerzo titánico, dada mi extenuación.

Me puse en pie trémula y agradecí que la luna bañara aquella planicie de roca. Me encontraba en el nacimiento de un manantial que brotaba vigoroso de una pared de piedra. A ambos lados se horadaba en cavernas, algunas ciegas, otras parecían grutas más profundas. Y, un poco más allá, un pequeño claro donde algunos arbustos florecían en tan duras condiciones.

No me animé a explorar las cavernas, así que me tendí entre los arbustos, sintiéndome cobijada. De esa forma podía estar atenta a quien subiera por la cascada.

Nadie subió.

La mañana despuntó con la misma intensidad que mi angustia. Apenas había dormitado dando cabezadas que solo me traían más inquietud, pues estaban plagadas de pesadillas abominables que me despertaban jadeante y más desazonada todavía.

Me levanté y bebí agua del manantial. Su fresca tersura no aligeró la tenaza que prensaba mi estómago. Debía confiar en él; aunque tardara un poco más, vendría como había prometido.

Albert se había enfrentado a peores circunstancias y a mejores contrincantes y había salido indemne.

Ahora no sería diferente.

Estiré las piernas y caminé en círculos por aquel lugar. La única forma de salir de aquella planicie era o seguir ascendiendo o descender, algo que veía incluso más complicado. Así que me decidí a explorar las cavernas.

Me adentré en una hasta que la luz dejó de alumbrar mis pasos. Y en una de aquellas paredes descubrí unos curiosos símbolos grabados en la piedra.

Eran líneas verticales, atravesadas por otras más cortas. Algunas solo nacían del eje central y otras lo cruzaban en oblicuo. Repasé las muescas con los dedos y me pregunté qué significarían. Eran similares a las runas, pero mucho más básicas en sus formas, pues solo se trataba de líneas con orientaciones diferentes y en mayor o menor número en cada tramo.

La curiosidad avivó mi ingenio e intenté prender un fuego para continuar mi exploración.

No fue difícil encontrar dos guijarros, arranqué brotes secos de palmito como yesca y lo enmarañé formando una bola, y sobre aquel lecho comencé a frotar las dos piedras con golpes secos y rotundos. Una de las piedras se desmigajó con los golpes y tuve que buscar otra más resistente. Tras varios intentos fallidos, logré que varias chispas incandescentes cayeran en la yesca, y esta comenzó a humear. Me agaché y soplé suavemente hasta que del espeso humo surgió una tímida llama.

Añadí varios palitos secos y me regocijé ante el crepitar voraz de aquel incipiente fuego.

Mientras crecía, arranqué una gruesa rama del arbusto y me apercibí de que estaba plagado de bayas oscuras. A pesar de tener hambre, decidí ser prudente al no reconocer aquel fruto. Bien podía ser venenoso.

Alimenté el fuego hasta que maduró brioso. Y confeccioné mi particular antorcha rasgando los bajos de mi túnica y anudándolos en un extremo. La prendí y me encaminé de nuevo hacia la cueva.

Como había supuesto, los grabados continuaban. Y, en mitad de ellos, el resplandor anaranjado reveló un árbol de raíces a la vista, dentro de un círculo, que a su vez se encontraba rodeado de lo que parecían piedras.

Fascinada, continué mi exploración y, ante mi sorpresa, vislumbré un atisbo de luz natural al fondo. Seguí caminando hasta emerger al otro lado de la montaña, y de ahí sí partía un sendero que descendía entre la ladera hacia un valle.

Cuando Albert regresara podríamos escapar por ese lado.

Volví sobre mis pasos y me tendí entre el aligustre, obligándome a ser paciente.

La tarde dio paso al ocaso, y con aquel moribundo día perecían también mis esperanzas. Algo había pasado, y no algo bueno.

Me debatí entre esperar una noche más o salir a buscarlo. Mis tripas se decidieron por lo segundo. Con una nueva antorcha en la mano, volví a la cueva y la atravesé. Caminé ya de noche por la ladera, sin el amparo de la antorcha para no llamar la atención. Y, cuando llegué al valle, intenté orientarme, pero aquella zona me era desconocida.

Mi sentido común me dijo que debía retroceder rodeando la montaña para volver al punto de partida, así que eso hice.

Fue una noche larga y agotadora. Y, cuando la luz del alba asomó perezosa, apenas me tenía en pie.

Al menos, había encontrado el río y aquellos ya familiares alcornocales y quejigos. Y, conforme avanzaba, ya trastabillando, empecé a reconocer aquellos parajes.

Fue un chistido lo que me sobresaltó. Di un respingo y puse mi mano en el pecho cuando de entre la retama asomó Hiram.

Respiré aliviada y a punto estuve de derrumbarme en sus brazos.

—Llevamos todo el día y toda la noche intentando dar con vosotros.

¿Dónde demonios está Albert?

Esta vez sí me fallaron las rodillas, e Hiram me sostuvo contra su pecho.

Me tomó en brazos y comenzó a caminar raudo.

—No sabéis nada de él…, eso es que …

La aterradora posibilidad de que lo hubieran capturado me prensó el pecho.

—Albert sabe cuidarse, seguro que aparecerá antes de lo que imaginas con los soldados andalusíes colgando de su cinto, como las liebres del otro día.

—Estaba herido, nos lanzaron flechas y…

—No te preocupes, yo estoy convencido de que es inmortal y cuenta con la bendición de Balder.

Bajé la mirada y asentí. El cansancio cerraba mis ojos, la preocupación me los abría.

Dejé que cargara conmigo un buen tramo hasta que llegamos a los alrededores del robledal. Hiram me depositó bajo la sombra de sus copas y me cubrió con su capa.

—Intenta dormir y, sobre todo, no te muevas de aquí. Volveré a buscarte.

Aquella última acotación me arrancó gruesas lágrimas que zigzaguearon cálidas por mis mejillas.

—Palabra de Hilario —bromeó para hacerme sonreír.

—Si encuentras a Gustavo, dile… dile que… le haré pagar este susto…

Hiram sonrió y asintió.

—Intenta dormir, el bosque está tranquilo desde ayer.

Se marchó a toda prisa y yo dejé que el sueño me venciera, alejando toda brizna de desasosiego, aunque en el fondo de mi mente sabía que si el bosque estaba tranquilo solo podía suponer una cosa.

Desperté rodeada de todos ellos, de mi gente, de la que se había convertido en mi familia. Mi madre acariciaba mi frente con ternura.

Me froté los ojos y busqué a Hiram con la mirada.

Estaba allí, junto a Valdis, que tenía posada una mano en su hombro. Lo miré inquisitiva.

—Fue capturado —confirmó—, pero logró escapar. Parece que se lo haya tragado la tierra.

Negué con la cabeza, aquello no tenía sentido. Sentí náuseas y la cabeza embotada.

—Si hubiera escapado, habría regresado aquí y me habría encontrado.

Algo no va bien. —Me incorporé ansiosa—. Debemos salir a buscarlo.

—Hemos recorrido cada palmo de terreno, Freya —intervino Thorffin apesadumbrado—, incluso apresamos a un soldado andalusí y lo interrogamos antes de matarlo. Lo que nos contó fue que lo habían capturado, que estaba herido y que luego alguien lo ayudó a escapar.

—¿Alguien?

—Sí, y eso es lo que más me desconcierta.

—Ese alguien lo tiene escondido.

Y en aquel preciso instante un súbito halo clarividente me dijo que ese alguien era una mujer.

Ella.

Las cuevas. Esos símbolos que bien podrían ser druídicos. La aguda intuición que me atravesaba. Todo indicaba lo que más temía.

—Lo tiene ella —sentencié.

—¿Ella?

—La bruja —aclaré con un nudo en la garganta.

Thorffin me observó incrédulo.

—¿Una sola mujer se ha enfrentado a un grupo de soldados y se ha llevado a Albert contra su voluntad? No lo creo. Incluso si estuviera inconsciente, le habría resultado imposible transportarlo ella sola.

—Bueno, una mujer tiene muchas maneras de disuadir. Y más una tan artera como ella —opinó Sigurd.

—No, no es persuasión —rebatió Thorffin—. Albert la detesta, sea lo que sea lo que haya podido hacer, si acaso ella es la culpable de su desaparición, ha sido contra su voluntad.

—Debe de haber esgrimido un motivo de peso —barajó Sigurd.

Y en aquel momento solo se me ocurrió uno.

Y creo que todos los hombres pensaron en el mismo, por las miradas sombrías que me dirigieron.

—Debe de haber un lugar oculto por aquí cerca —dilucidé— donde lo tenga preso. Arriba, en el nacimiento, hay cuevas, pero dudo que haya podido llevarlo hasta allí, incluso por el otro lado de la montaña. Pero debe de haber más. Ella siempre las habita. En Tulaytulah, en Qurtuba…

—Un momento…, ¿fuiste a buscarla en Qurtuba? —intervino Thorffin con gesto sobrecogido.

—Una curandera me dijo dónde encontrarla.

Los hombres resoplaron reprobadores.

—¿La amenazaste?

Asentí, recibiendo sus miradas condenatorias.

—¡Quería alejarla de nosotros! —me defendí con voz quebrada.

Hiram se refregó el rostro con las manos y sacudió inquieto la cabeza.

—Amenazar a una bruja es provocarla, retarla, ¡maldita sea! —increpó tras un bufido.

—Ella nos estaba siguiendo, está obsesionada con Albert, lleva a su hijo en su vientre, y yo…

Un repentino sollozo trabó mi voz. Las lágrimas afloraron.

Mi madre me abrazó y me acunó contra su pecho.

—Ella no tiene la culpa, solo quiso protegerlo. Esto habría pasado igualmente —replicó acariciando mi cabello.

—Vamos a ver, estamos hablando sobre suposiciones —apuntó Valdis—, en realidad no sabemos qué ha podido pasarle. Quizá debamos esperar noticias suyas, más no podemos hacer.

Me revolví resentida hacia ellos.

—¿Por qué nadie me dijo que ella había ido a la prisión a ver a Albert?

Thorffin apartó la mirada, Hiram me la sostuvo ceñudo.

—Albert estaba muy enfermo, ella nos pasó un remedio para curarlo, pero él se negaba a tomarlo. Cargaba furioso contra ella las primeras veces, y luego optó por darle la espalda e ignorarla. Al final logramos conseguir que lo tomara con el agua que bebía. Fue ese remedio el que lo curó, y no el del hakim. Ella dijo que tardaría en hacerle efecto, pues la enfermedad era muy seria; también nos aconsejó que se pusiera bajo la luz del sol todo el tiempo posible.

Me abalancé sobre Hiram y lo empujé furiosa.

—¿Y creísteis sus palabras, panda de necios? Fue ella quien lo envenenó, fue ese remedio que le dabais lo que lo enfermó, ¡maldición!

Thorffin me tomó de los hombros, me inmovilizó y me obligó a mirarlo.

—Albert había comenzado a enfermar mucho antes de que ella viniera.

El carcelero dijo que era tisis y que moriría pronto, como tantos otros.

Estábamos desesperados, Freya. Lo veíamos consumirse día a día y no sabíamos cómo ayudarlo. Esa mujer es una bruja, un ser maligno, todo lo que quieras, pero es poderosa y sabia, y no quiere el mal de Albert.

—¡¿Ah, no?! —bramé fuera de mí—. ¿Y por qué se lo ha llevado ahora?

¿Por qué lo persigue?

—Quizá para velar por él.

Aquellas palabras me atravesaron como si fueran puñales en mi pecho.

Clavé mi dolida mirada en Hiram. Estupefacta y herida, observé a los guerreros de uno en uno, sin poder creer que ninguno de ellos condenara aquella injusta opinión.

—Cuando estuvo allí, dijo que se sentía en deuda con él, y que solo por ser portadora de su semilla, a pesar de no ser un acto voluntario por su parte, deseaba protegerlo.

Y entonces recordé el reproche de la bruja, acerca de que Albert no dejaba de meterse en problemas por mi culpa. No era posible que ellos también pensaran lo mismo…

Me puse en pie rechazando la ayuda de mi madre. Necesitaba estar sola, necesitaba…

Aparté las manos que intentaban detenerme. Me alejé del grupo rumbo al río y, antes de perderme en la espesura, me volví hacia ellos envuelta en lágrimas.

—Todos sabéis cuánto nos amamos. Habéis vivido con nosotros todas nuestras penurias, sabéis que daría mi vida por él y él por mí, que es la Providencia la que se empeña en ponernos a prueba constantemente y que nosotros siempre hemos luchado contra ella. Y ahora… —perdí la voz, cerré los ojos y apreté los puños aguardando a que pasara aquella punzada— ahora pensáis que está mejor con un demonio que conmigo.

—¡Yo no he dicho eso…! —exclamó Hiram airado—. Solo he dicho que esa mujer desea velar por él.

Caminé hacia ellos de nuevo. La ira me invadía con la misma fiereza que la angustia.

Llegué hasta él y lo empujé con violencia.

—¡Dime, ¿crees que yo tengo la culpa de todos estos infortunios?!

Adelante, ¡sé franco!

Miré a los presentes y les extendí la pregunta.

—Tanto como la tiene él.

La respuesta provino de quien menos lo esperaba: de mi madre. Su voz suave y su gesto compungido logró apagar mi furia e incrementar mi pesar.

—Yo sé lo que es sufrir por amor y no poder hacer nada por mucho que sepas que ruedas colina abajo. No hay nada a lo que agarrarte para no caer; es más, ni lo intentas, porque no deseas dejar de girar en esa miasma de emociones. Ni tú ni él habríais sufrido tanto si tras tanto obstáculo os hubierais rendido. Preferís mil tormentos a la muerte que supondría la separación. Y eso os honra y convierte vuestro amor en indestructible, aunque complique tanto vuestras vidas. —Su tierna y conmovida expresión me hizo desear ese abrazo que le había negado—. Albert jamás estará mejor sin ti, ni tú sin él, aunque vuestras vidas gocen de paz monacal.

—Nadie duda de eso —aseveró Thorffin.

—Tanto es así, que hasta os envidio —afirmó Hiram.

Los hombres me rodearon en gesto de apoyo, ofreciéndome así su consuelo.

—Lo encontraremos —prometieron uno tras otro.

Thorffin me eclipsó con su inmenso cuerpo y me dedicó una sonrisa confiada.

—Es mi hermano, mi amigo, mi líder, siempre nos cuidó a todos. Lo devolveremos al único lugar donde desea estar, a tu lado. El único sitio donde es feliz.

Y en aquel momento de hermandad, de promesas y de cariño, apareció una figura oscura e inesperada.

Frianda de Kent nos miraba fijamente desde el otro lado del claro. Oí a mi espalda un gemido sorpresivo, no supe de quién procedió.

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CONTINUARA