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Capítulo 120
Bajo el llanto de un roble.
La impasible expresión de la bruja contrastaba con su mirada ácida y acusatoria, aunque estaba teñida de relamida complacencia.
Avanzó lentamente hacia nosotros, saboreando nuestras dispares expresiones. Los hombres desenfundaron sus aceros, las mujeres ocultaron a los niños, yo sostuve su insidiosa mirada y me adelanté unos pasos.
—Enternecedor… —se mofó con acentuado desdén.
—No sé si eres más temeraria que estúpida, pero pienso cumplir mi amenaza —repuse.
Reparé en que ya no estaba encinta. Me pregunté dónde estaría el niño, o si estaría vivo. Extraje la daga de mi cinto y me dirigí a ella con determinado arrojo.
La mujer extendió los brazos y sacó pecho en ademán provocador, mientras en su rostro mostraba una sonrisa desafiante y casi divertida.
—Adelante, loba, cumple tu amenaza y nunca sabrás dónde se encuentra tu león.
Me detuve en seco. Como había supuesto, lo tenía ella.
Su sonrisa se amplió. Sus ojos se empequeñecieron con mirada regocijada.
Su expresión felina me hizo estar alerta.
—¿Dónde lo tienes, maldita?
—Yo no lo tengo, pero sé quién lo tiene. Y acudo a vosotros para que me ayudéis a liberarlo.
Aquello me desconcertó por completo. Y seguramente era lo que buscaba.
Pero no iba a caer en su trampa. Había conocido a demasiadas serpientes en mi vida como para volver a creer en ellas. No obstante, quizá por mi trágica experiencia, mi instinto me decía que debía seguirle el juego.
—¿Quién lo tiene?
—Jamil.
Entreabrí demudada la boca y la miré perpleja.
Los hombres se adelantaron para flanquearme, mirándola recelosos y feroces. La apuntaron con sus aceros y dejaron que yo siguiera manejando la situación.
—¿Sabes dónde está?
Ella asintió, no parecía amedrentada por estar rodeada de tan temibles guerreros.
—He venido para guiaros hacia su guarida, desea proponeros algo.
Olí el ácido aroma de la mentira en cuanto terminó de hablar. Me recordó tan vivamente a una situación similar… Ada y Rashid…
—¿Y cómo sé que no es una encerrona?
Frianda amusgó los ojos, su sempiterna sonrisa mordaz titiló en la comisura de sus labios.
—Solo podrás saberlo viniendo conmigo.
—No irá sola —apuntó Thorffin con un gruñido disconforme.
Ella clavó sus ojos solo en mí.
—Deberá decidirlo ella, la sufrida esposa. ¿Qué decides, Freya? ¿Te arriesgas tú sola a meterte en una emboscada, o expondrás al resto? ¿Quién sabe?, lo mismo no soy tan pérfida como parece, o lo mismo os capturan a todos y os ajustician a la vez. Eso sería una tragedia, ¿no crees? Y no habrá ningún escaldo que os componga un drápa, ni ningún juglar que cante vuestras gestas.
Era astuta, mucho, sabía cómo separarme del resto. No me dejaba otra opción, pero yo no la temía y, a decir verdad, prefería ir sola y enfrentar lo que me tuviera preparado.
—Iré con ella —decidí con rotundidad.
—No es buena idea —apostilló Hiram—, si es una trampa nos defenderemos. Tú sola estarás a su merced. Y así no ayudarás a Albert, sino a sus propios intereses, sean los que sean.
—Opino como Hiram —espetó Thorffin en tono grave.
El resto asintió compartiendo aquel consejo.
—¿Por qué aceptas ser la emisaria de Jamil, si no eres su cómplice? —pregunté. Aunque la cuestión que más me inquietaba era en qué estado estaría Albert para dejarse apresar así, y más por Jamil.
La druida dio la impresión de debatirse consigo misma un largo instante.
Cuando pareció decidida a responder, su rostro se tensó adquiriendo un velo de angustia que jamás imaginé descubrir en ella.
—Porque prometió matar a mi hija si no lo hacía.
Agrandé la mirada consternada por aquella revelación.
—Intenté liberarlo, pero sus hombres me descubrieron. Me arrebataron a la pequeña.
A pesar de su gesto preocupado, no podía fiarme de ella.
—¿Viste a Albert? ¿Está bien?
Asintió. Intenté leer en aquellos fríos ojos grises, pero fue inútil, los había vuelto a cubrir con una máscara de inmutabilidad.
Enfundé la daga e inspiré profundamente. Al menos sabía que podía echar mano de un arma más efectiva. Frianda podía no tener corazón para con vidas ajenas, pero lo tenía para la que había traído al mundo. Esa pequeña era su talón de Aquiles, y si Jamil la había usado en su beneficio, quizá yo también pudiera si la situación se complicaba demasiado. Aunque jamás podría hacerle daño, no me temblaría el pulso para arrancársela de su lado o para amenazarla si se diera el caso.
Hiram se inclinó sobre mí y me susurró:
—Te seguiremos…
Y, como si la bruja lo hubiera oído, advirtió con gesto duro:
—Si descubren que nos siguen, morirá mi hija y tu león.
En aquel momento, una pregunta nueva y perturbadora me rondó la cabeza.
¿Cómo sabía ella que yo era su loba y él mi león?
Miré a los hombres de uno en uno intentando imprimir en mi faz un gesto tranquilizador y confiado.
—Si desea proponerme algo, me necesita viva hasta que obtenga lo que busca.
Mi madre dirigió una significativa mirada a mi pecho, su rictus se crispó.
Los demás asintieron tan cómplices como inquietos. Todos sabíamos que lo que Jamil exigiría por la vida de Albert lo llevaba yo oculto bajo mi túnica.
Antes de reunirme con la bruja, me volví hacia mi madre y la estreché entre mis brazos.
—Si no regresamos, vuelve a tu hogar, tengo la sospecha de que pronto Tulaytulah será libre —susurré en su oído.
Me separé apenas para tirar disimuladamente del cordón que rodeaba mi cuello y me arranqué el colgante. Lo encerré en mi mano y, al tomar las suyas entre las mías, en gesto de despedida, se lo pasé subrepticiamente.
—No te atrevas a despedirte. —Su voz sonó rasgada y trémula.
—Te quiero, madre.
Me separé de ella para sonreírle presa de todo el amor que le profesaba.
Ella me miró emocionada y acarició mi mejilla.
—Y yo, hija mía, con toda mi alma. Y nos lo diremos muchas veces más.
Asentí ampliando mi sonrisa y reprimiendo mis miedos.
—Muchas más —corroboré, a pesar de sentir un desazonador nudo en el estómago.
A veces, las tripas hablan. Lo hacen con el intrínseco lenguaje de las emociones. No siempre sabemos interpretarlas, no siempre las escuchamos, pero cuando se expresan lo hacen con la verdad. Y esa verdad claveteó mi corazón de finas agujas, susurrándome que no volvería a ver a mi madre.
La miré fijamente, embebiéndome de sus regias facciones, de su expresión conmovida, de la ternura de sus ojos, y grabé cada línea en mi memoria.
La primera vez me había arrancado de ella una boda. La segunda, un secreto desvelado. Esta tercera vez lo hacía la ambición.
Luego me dirigí a la pequeña Raquel, que se escondía en brazos de Flora, y la besé acariciando su rizada melena. Besé también a Flora y a Ahmed en las mejillas, ambos tenían la mirada húmeda. Regresé junto a mi madre, le tomé las manos y deposité un suave beso en el dorso de cada una.
Me separé de ella borrando toda pesadumbre de mi faz, trocándola por una expresión segura y confiada. Desplegué en cada uno de los presentes una mirada cargada de gratitud y cariño e incliné la cabeza honrada ante tanto compartido.
Valdis, llorosa, se acercó a Hiram y este la rodeó por los hombros, ciñéndola a su costado. Helga me contemplaba con una mueca de contenida emoción, con las manos posadas en los hombros de su pequeño Erik.
Thorffin, junto a ella, tragaba saliva luchando con sus propias emociones.
Jorund fruncía el ceño afligido y Sigurd negaba con la cabeza con gesto hosco y ofuscado. Ninguno fue capaz de pronunciar una sola palabra por temor a derrumbarse.
Al parecer, no eran mis tripas las únicas que hablaban.
Bajé la mirada y me di la vuelta temiendo derrumbarme yo.
Frianda y yo nos adentramos en la densa vegetación.
Llegamos a un derruido molino junto a una noria que parecía en buen estado. A pesar de que su techo se componía más de cielo que de maderos, un compasivo roble parecía inclinarse sobre él, cobijándolo bajo su copa. En aquel momento le lloraba hojas cobrizas para alfombrar su interior. Y, como una madre con su pequeño, también intentaba ocultarlo del infame mundo.
Resultaba curioso cómo la naturaleza se imponía a todo vestigio de civilización pasada, devorando sus huellas, como si el paso del hombre fuera tan pernicioso como una enfermedad contagiosa que había que erradicar con urgencia. Y quizá así fuera, pues nos alimentábamos de nuestro alrededor con la voracidad de una alimaña.
También resultaba paradójico que, en aquel paraje tan recóndito como hermoso, la maldad hubiera encontrado donde anidar.
El otoño vestía de cobre, oro y bermellón las hojas de los árboles. Estas, a su vez, esponjaban el lecho del bosque como si fueran erráticas pinceladas de un pintor caprichoso y descuidado. También navegaban a la deriva, decorando la superficie del río, dejándose arremolinar por la corriente, enredándose en las rocas que asomaban su cabeza de las aguas, o varándose en el limo de la orilla. Otras, más audaces, se dejaban llevar por el viento volando a su antojo, ávidas de aventuras.
El débil llanto de un bebé fue arrastrado por la brisa, volando con las hojas, despertando en el corazón de dos mujeres bien distintas emociones parecidas.
Miré a Frianda. Se había detenido. Su porte envarado evidenció su crispación. Impedí que aquello derribara el férreo muro de desconfianza que había creado a mi alrededor.
Debía prepararme para todo. Mi ingenio era cuanto tenía, eso, y la fuerza del amor que guiaba cada uno de mis pasos.
—¡Aquí la tienes! —anunció la bruja.
Esta vez fui yo la que se envaró. Contuve la respiración cuando una figura se recortó en el boquete que una vez fue puerta.
Una tos familiar llegó hasta mí. Me estremecí.
Albert emergió de aquella oscura oquedad. Llevaba un bebé en brazos.
Exhalé un gemido al comprobar su desmejorado aspecto.
Su mirada estaba velada por el paño de la fiebre. Su rostro macilento y las oscuras ojeras bajo sus ojos me constriñeron de angustia. Su cabello húmedo se adhería en guedejas a su rostro, sus ropas estaban rasgadas y, por las aberturas, pude discernir un sucio vendaje en su torso. Estaba tan débil que tuvo que agarrarse al muro para mantener el equilibrio. Ceñía al bebé, de apenas dos meses, contra su pecho y me miraba con gesto sufrido y emocionado.
No pude esperar a ver aparecer a Jamil, corrí hacia Albert sin entender qué estaba pasando y él abrió su otro brazo para acogerme en su pecho.
Poder abrazarlo, sentir su cuerpo y escuchar sus latidos me inundó de un alivio tan grande que rompí a llorar.
Oí el murmullo quejicoso de las hojas bajo unos pies que se aproximaban.
Lo abracé con más fuerza. Pero Albert me separó para ponerme tras él.
Luego ocurrió algo que no esperaba.
—Aquí tienes a tu hija. Ahora lárgate.
Miré sobrecogida a la niña. Era hermosa, de cabellos oscuros y rasgados ojos claros, al parecer azules.
—¿Qué está pasando? —murmuré confusa—. ¿Dónde está Jamil?
Frianda no me prestó atención. Tenía sus ojos fijos en Albert. En su gesto se traslució una honda congoja que me desconcertó.
Alargó los brazos y cogió a la niña, pero no se alejó. Nos contemplaba con mirada penetrante y gesto contrito.
—Jamil está muerto —informó Albert—. Fue el que guio a los soldados del emir hasta nosotros.
—Ella dijo que…
Miré a la bruja completamente desorientada por aquel inesperado giro en los acontecimientos.
—¿Estás seguro? —preguntó ella enigmática.
Albert asintió. Tosió de nuevo y sus sacudidas me hicieron vibrar contra su pecho. Sus latidos eran acelerados, y su piel arrebolada brillaba perlada de sudor. La fiebre lo estaba consumiendo.
—¿Seguro de qué? —inquirí agitada.
Que Frianda me mirara con hondo rencor y a Albert con triste anhelo terminó de desquiciarme.
—¡¿Qué demonios está pasando?!
Ambos se miraron en un duelo que deseé romper. En un duelo que escondía secretos compartidos y una vivencia que los unía casi más que esa niña que gorjeaba en los brazos de su madre.
—Que te ha elegido por encima de sí mismo, por muy incomprensible e irracional que sea esa decisión.
La miré sin comprender. Mis tripas hablaron de nuevo, sin embargo, esta vez no fue en susurros, sino con un grito que ensordeció mis sentidos y despuntó cada fibra de mi ser, embargándome de un miedo tan profundo que me costaba respirar.
Me volví hacia Albert.
—¡Dios santo! ¿Qué has hecho?
La bruja se apartó unos pasos, se sentó en un tocón y, cuando la pequeña comenzó a gimotear lloriqueando, ella se abrió el escote y acercó al bebé a su seno desnudo. Aquella imagen maternal desestabilizó el muro de desconfianza y odio que había alzado contra ella.
Albert tosió de nuevo, sus rodillas flaquearon, lo sujeté presa de una angustia ominosa y lo ayudé a sentarse en el suelo, apoyado en el muro de piedra del antiguo molino. Me derrumbé a su lado, sin saber qué pensar, qué hacer ni qué decir, pero tan sumida en el pánico que solo fui capaz de temblar.
—Díselo, dile que has elegido morir —recriminó Frianda con amargura al tiempo que le lanzaba una mirada resentida.
Tenía los labios oprimidos en una mueca disgustada, pero fue el ligero temblor de esta lo que reveló que se sentía más afectada de lo que pretendía aparentar.
Aquella frase me sumergió en una tormenta de emociones encontradas.
Deseé correr hacia ella y golpearla, gritarle que él no iba a morir. Deseé abofetearlo a él por no tranquilizarme, por no negarlo, por no hacer nada. El miedo dio paso a una furia descontrolada.
Lo agarré por la pechera de la ajada camisa y lo zarandeé clamando una reacción. La que fuera.
Albert me rodeó con su brazo y me pegó a su jadeante pecho, intentando sosegarme.
—Amor mío…, debes escucharme…
Una nueva tos lo enmudeció.
—Solo dime que no vas a morir…, solo eso, te lo suplico…
—Ya morí en realidad… —respondió con voz derrotada.
El roble acompañó mi llanto…, sus hojas cayeron sobre nosotros, y yo sobre el pecho de Albert.
CONTINUARA
