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Capítulo 121
No te soltaré.
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El dolor es la emoción más traicionera de todas.
El dolor juega al escondite para atormentarte implacable.
El dolor es engañoso, cruel y déspota.
Pues goza de un poder encubiertamente piadoso.
Embota los sentidos hasta adormecerlos, ofreciéndote así una breve tregua con intención de que te recuperes lo suficiente para aguantar otra tanda de punciones sin que pierdas la conciencia por muy agudas que estas sean. El dolor emocional es más vil que el físico en ese aspecto. Y, aunque vislumbras una ansiada negrura, no llegas a alcanzarla.
En aquella marea inclemente, mi ser bamboleaba vapuleado.
Abrazada al pecho de Albert, soportaba una ola tras otra, descansando a intervalos. En aquellas fugaces pausas, mi mente me consolaba negando lo que mi corazón ya había aceptado. Y me aferraba a la negación y, junto a esta, mi mente hilvanaba mil finales felices.
De repente, y movida por un impulso irrefrenable, me puse en pie y me dirigí a la bruja.
—¡Tú puedes curarlo! ¡Hazlo, haré lo que me pidas! —le grité, provocando el llanto de la niña.
—Ya lo hice una vez.
—¿De qué estás hablando?
—Me curó la tisis —contestó él.
—Os seguí porque deseaba ayudarlo —comenzó ella con mirada perdida. La niña volvió a agarrarse a su pecho—. Las piedras me mostraron su destino.
La fatalidad lo llevaría a esa prisión donde moriría de tisis. Por eso os seguí, para impedirlo, para cambiar su destino. Y lo hice.
»No suelo usar mi magia, a pesar de lo que muchos creen, sino mi extenso conocimiento del arte de la curación. Pero, cuando la uso, debo ofrecer sacrificios. Los dioses de la muerte solo perdonan una vida si se llevan otra.
La tisis es incurable. Ningún remedio conocido es capaz de obrar el milagro, por eso tuve que recurrir a la magia. Le ofrecí un remedio, pero en realidad era un hechizo. Y eso mantuvo la enfermedad a raya. Los niños que murieron en Qurtuba fueron, de hecho, mi ofrenda, enmascarada hábilmente en la petición desesperada de la esposa del emir. En realidad, los problemas de vigor sexual del emir tan solo se deben a la ausencia total de deseo por su mujer. Con la favorita no los tenía.
—¿Por qué niños?
—Porque a los dioses celtas de la muerte les gustan las almas cuanto más jóvenes y puras mejor.
Tragué saliva e intenté acompasar la respiración ante el acceso de náuseas que me acometía. Aquella confesión demencial me había embotado, espesando mis pensamientos, pero deteniendo un instante la marea punzante que ya se alzaba de nuevo contra mí.
—Entonces… ¿por qué vuelve a estar enfermo?
—Porque quise alejarlo de tu vida. Las piedras no mienten, y en ellas vi todo el sufrimiento vivido y el que os esperaba por vivir, porque ambos estáis malditos. El destino os ha maldecido con un duro pago por vuestro amor.
Nadie puede gozar de más favor que los dioses, y vosotros compartís algo que ellos jamás podrán tener. Os veneráis el uno al otro, por encima de cualquier poder terrenal o divino. —Hizo una pausa para acariciar la gordezuela mejilla de su hija con aire ausente. Cuando alzó la vista, descubrí asombrada que ella también naufragaba en aquel mar oscuro que ya me había engullido a mí—. Supe que, a pesar de todo, mientras siguiera a tu lado, la muerte no dejaría de perseguirlo, así que le ofrecí venir conmigo y con su hija. Solo a mi lado su vida sería larga y pacífica, o incluso viviendo en soledad, lejos de ti. Pero no aceptó mi propuesta. Dijo que preferiría morir a separarse de ti. Y, bueno…, yo… revoqué el hechizo presa del despecho y la frustración. Le di lo que quería.
Si no hubiera estado amamantando a la criatura creo que la habría matado allí mismo.
La furia sacudió mi cuerpo para que finalmente la ola me sepultara de nuevo haciendo flaquear mis piernas. Me derrumbé de rodillas frente a ella y la miré suplicante.
—Vuelve a usar tu magia, yo… yo me iré…, pero sálvalo, te lo ruego…
La mirada de la bruja se oscureció. Miró a su hija y negó con la cabeza.
—No estoy dispuesta a sacrificar a mi hija. ¿Estás acaso dispuesta tú a sacrificar a la tuya? ¿Pagarías ese alto precio por conservarlo? ¿Podrías vivir con eso? ¿Podría él perdonártelo? Además, no hay garantías de que funcionara una segunda vez.
—Pero estoy dispuesta a sacrificarme yo.
Frianda suspiró pesadamente. Hundió los hombros y bajó la mirada.
Cuando al cabo volvió a alzarla, creí ver un deje culpable en su faz.
—No eres pago suficiente. Y créeme que me gustaría que lo fueras.
No podía recriminarle lo mismo que yo sentía. Deseaba su muerte al igual que ella la mía si con eso él pudiera salvarse.
—¿Cómo lo capturaste?
—Cuando se abalanzó contra la guardia que lo había herido, logró escapar, pero se dio de bruces con otro grupo, en el que iba Jamil. No fue rival para él y logró matarlo antes de que lo apresaran. Esperé a la noche y embauqué con mis artes a los soldados, lo liberé, sin soltar sus manos, podría haberme matado a la menor ocasión. Le dije que te había hecho prisionera en las cuevas del manantial, a decir verdad, fue el refugio de mi gente en otros tiempos, y así logré llevarlo a mi guarida junto al árbol sagrado. Me urgía convencerlo de su fatal destino si seguía a tu lado, pero de nada sirvió.
Cubrí mi rostro con ambas manos y sollocé contra ellas. Aquello no podía estar pasando, tenía que ser una maldita pesadilla. Sí, eso era, no podía ser real. Albert se pondría bien, yo lo cuidaría.
Tras un quebrado hipido, me refregué las mejillas, endurecí el mentón y negué con la cabeza componiendo un ceño tozudo.
No. No iba a morir, yo no iba a permitirlo. Quizá todo aquello no era más que el juego cruel y despechado de una bruja que usaba una simple recaída para torturarnos. Sí, eso debía de ser, toda una sarta de mentiras que enarbolar para intentar separarnos.
Me puse en pie y me dirigí hacia la ribera. Me arranqué los bajos de mi falda en una tira y la sumergí en el agua, la retorcí para escurrirla y me acerqué a Albert. Su semblante mostraba una desolación que me partía el alma.
—Te pondrás bien —afirmé convencida, pasándole la tira helada por la frente y el rostro.
Él me observaba en silencio, con un dolor tan profundo prendido en sus ojos que evité mirarlo para no derrumbarme.
—Conseguiremos un barco, ya lo verás, y encontraremos ese lugar del que hablas, esa tierra de glaciares, y allí nadie podrá hacernos daño. Allí seremos muy felices, amor mío. No debes creer las palabras de una bruja, solo saben decir mentiras y maldades. Ella te ha enfermado, estoy segura, pero lejos de aquí, de su magia, te pondrás bien. Yo te cuidaré y tú… tú construirás una granja, como siempre deseaste, y pastorearás ganado y hasta podrás tener tu propio terreno de cultivo. Olvidarás hasta cómo se empuña una espada, te lo prometo, cariño.
—Freya…
Continué pasando el lienzo por su frente y lo dejé en ella con la esperanza de que le bajara la temperatura.
—Y veremos crecer a la pequeña Raquel, y… ¿sabes?…
—Freya…, escúchame…
—Creo que Valdis ya ha perdonado a Hiram. Y, lo que es mejor, Hiram por fin ha descubierto que la ama. Estoy segura de que ahora sí podrán ser muy felices juntos.
Hablaba rápida y atropelladamente sin atreverme a mirarlo, negándome a escucharlo.
—He pensado que podrías enseñarme a pescar. ¿Recuerdas cuando lo intentaste la primera vez? —Proferí una risita extraña que sonó delirante, pero continué. No podía detenerme—. Dios, fui tan torpe para eso, ¡y cómo te burlaste de mí…! Reías a mandíbula batiente…
—Freya, te lo suplico… —gimió él.
—Al menos fui más diestra en aprender a cabalgar… —suspiré con una sonrisa nostálgica—. Recuerdo aquella tarde sobre tu montura, cabalgando juntos, cortando el viento… Yo… yo alargué los brazos y creí volar, tú detrás sujetabas mis caderas y gozabas ante mi exaltación… Llegamos a un acantilado, jamás olvidaré ese paisaje. Me golpeó con la misma fuerza que tus sentimientos cuando me besaste. Te hice una pregunta…, ¿la recuerdas?
Asintió. Esta vez, lo miré. Tenía el rostro arrasado en lágrimas.
—Me preguntaste qué quería de ti…
—Y tú me contestaste que algo que solo tú podías darme —continué besando sus húmedas mejillas—. Entonces no creí entender, pero mi corazón ya era tuyo. Lo ganaste cada día, con cada gesto, con tu tesón, con tu entrega… Y, ¿sabes?, lo único que lamento fue haberme resistido tanto a la verdad.
—Deberías lamentar el día en que te sentencié. El día en que te capturé en Isbiliya, decidido a hacerte mía en cuerpo y alma. Mi amor te ha causado demasiados quebrantos. Y ahora…
Bajó la cabeza. Su largo cabello ocultó su rostro, pero sus hombros se sacudieron presos de silenciosos sollozos.
Me abracé a él y hundió la cabeza en mi hombro. Apenas podía abarcarlo, pero lo estreché con toda la fuerza de la que fui capaz, desgarrada por la necesidad de fundirlo en mi interior. De protegerlo del mundo, de alejarlo del dolor. Sentí ganas de gritar, ganas de golpear. Sentí un odio atroz por cuanto me rodeaba, y una rabia malsana contra el mundo, contra el destino, contra el aire que nos separaba.
—Ese día volví a nacer. —Posé ambas manos en su rostro y lo obligué a mirarme—. No sabía lo que era amar hasta que te conocí, y no cambio ninguna lágrima vertida por cada beso recibido.
Albert alzó su mano hacia mi mejilla y la acarició con el dorso de los dedos. Sus ojos me recorrieron con penetrante intensidad. El azul cielo de su mirada, aclarado por las lágrimas, refulgía henchido de amor.
Posó su frente en la mía y cerró con fuerza los ojos.
—Amor mío —susurró con infinita dulzura—, debes aceptar mi partida.
—No irás a ningún sitio sin mí. Dijimos que juntos podríamos enfrentarnos a todo, también a esto.
—No podemos vencer a la muerte. Debes vivir por mí, por nosotros…
Negué con la cabeza y me aparté airada.
—¡No vas a morir, maldita sea! ¡No te rindas, no la creas!
Una tos bronca y silbante fue su respuesta.
Me puse en pie y trastabillé aturdida. Caminé de un lado para otro, dando patadas a las hojas, a las ramas y a las piedras. Bufaba y gruñía, lanzaba imprecaciones y maldiciones, aferrada a mi negación.
Luego me detuve. Respiraba agitadamente, el fresco aire otoñal quemaba mis pulmones.
Miré a la bruja y me encaminé a ella.
—Te juro por los dioses que si él muere te mataré —siseé.
—No harás tal cosa… —musitó él.
Me volví hacia Albert, que intentaba ponerse en pie.
—Ella… ella te ha condenado… —repliqué.
—Su hija… mi hija la necesita. Y no va a morir un solo inocente más —sentenció alzándose en toda su imponente altura. Estaba apoyado en el muro, su debilidad le impedía caminar.
—Quizá pueda ofreceros una compensación —propuso ella.
Frianda se puso en pie, tomó un largo lienzo de paño que desató de su cintura y lo cruzó sobre su pecho para colocar al bebé en la unión. Ató los extremos a la parte baja de la espalda y avanzó decidida hacia Albert. La seguí.
—¿Podrás salvarlo? —inquirí ansiosa.
—No he dicho eso —aclaró—, pero hay una forma de que os reencontréis.
De que volváis a nacer y el destino repare vuestro infortunio y os conceda una vida juntos, larga y feliz. Puedo enlazar vuestras almas para que nazcan al tiempo, y en la época adecuada.
—¿Cómo? —preguntó Albert entre jadeos ahogados.
—Hay un hechizo para eso. Pero requiere de una serie de condiciones para que se cumpla.
Me miró fijamente escudriñando en mis ojos.
—Antes has dicho que estabas dispuesta a sacrificarte tú —comenzó—. Y que él no iría a ningún sitio sin ti. Para que el hechizo os una, debéis ocupar el mismo espacio, debéis partir juntos.
—¡No! —exclamó Albert tajante—. ¡Ella no morirá conmigo!
—Tú lo hiciste por mí, cuando me creíste muerta. No soportaste la vida sin mí, no te atrevas a condenarme a mí a ese tormento. No viviré siendo una sombra sumida en la agonía de respirar.
—¡He dicho que no! —rugió feroz. Aquel exabrupto le provocó un violento ataque de tos que lo dobló en dos y lo dejó lívido.
Me ceñí a su pecho para sostenerlo y, cuando se recompuso, negó rotundo con la cabeza.
—Estoy dispuesta —acepté dirigiéndome a Frianda—. Deseo partir con él y renacer cuando él lo haga para encontrarnos de nuevo. Nos deben una vida, y pienso reclamarla.
La druida asintió. Me contempló con envidiosa admiración.
—Ahora entiendo por qué os pertenecéis. El destino es sabio y a menudo indescifrable. Y ahora sé que no soy más que su mero instrumento. Le alargué la vida creyendo que podría alejarlo de ti, y en realidad nos ha llevado a este punto. Os regala la posibilidad de renacer juntos.
Finalmente se apiada de vosotros ofreciéndoos esa oportunidad. Y nadie más que yo podría hacerlo.
No existen las casualidades…, y aquel día en la prisión de Tulaytulah ya estaba predestinado que lo conociera.
Ahora entiendo que mi misión, mi deuda con el padre de mi hija era esta. Ayudarlo a partir con la mujer que ama.
Albert sacudió la cabeza y profirió un gemido sufrido.
—No hay nada que puedas hacer para impedirlo —musité apartando los mechones de su rostro.
Sus hermosos ojos celestes, enrojecidos por el llanto, me contemplaron con una gravedad nueva. La aceptación se asentaba en él.
Enlacé mi mano en la suya y la apreté con fuerza.
—No te soltaré, iré allá donde tú vayas…, juntos.
—Si te sirve de consuelo —espetó Frianda—, la tisis es contagiosa, cuando anulé sus efectos con el hechizo también desaparecieron sus consecuencias en los demás. Pero ahora es bastante posible que ella ya la haya contraído.
—De acuerdo, partamos juntos. ¿Qué necesitas?
La bruja suspiró hondamente, su semblante adquirió un velo concentrado y solemne.
—Muchas cosas. La primera, un ataúd sagrado, donde reposaréis en ese descanso eterno hasta que llegue vuestra merecida compensación.
—Me temo que no estoy en condiciones de sostener un hacha…
—Salta a la vista, norteño. Pero, aunque no puedo arrancar la enfermedad de tu cuerpo, sí puedo mejorar tus síntomas y enlentecer el proceso. Al menos, lo suficiente para que seas útil.
Asintió y, tras otro acceso de tos, se derrengó de nuevo hasta sentarse en el suelo.
—Luego hay que elegir la morada adecuada. Debe ser un medio líquido, a poder ser lo más recóndito posible. El agua mantendrá vivo el hechizo y ayudará a que su fluir preserve vuestra unión.
—Conozco ese lugar, y es el idóneo, rebosa magia y paz.
La poza donde nos habíamos amado aquella noche sería nuestra última morada.
En efecto, el destino tenía escabrosas formas de guiarnos hacia sus brazos, nos iba dejando miguitas de pan, pequeñas pistas que seguir para luego descubrir que en verdad todo tenía un sentido, nada era casual. Hasta aquella noche bajo las estrellas flotando en la poza parecía estar predestinada.
—Bien, prepararé el remedio y os lo traeré junto con comida y alguna manta. E iré reuniendo poco a poco lo que precisaré. Necesitáis la dispensa de vuestros dioses, habremos de honrarlos a todos.
—¿Por qué nos ayudas en esto?
Frianda fijó su vista en Albert, bajó la mirada apesadumbrada y suspiró.
—Acabo de presenciar algo que no creía que existiera. Y verlo ante mis propios ojos me ha hecho sentir deseos de preservarlo. Hace falta mucho amor en el mundo, amor como el vuestro, el que empequeñece todo lo demás, el que eclipsa la ambición, el poder, las tentaciones, la malicia de un mundo podrido, el que brilla con más fuerza que los astros. —Volvió a mirar a Albert, de sus ojos brotó un anhelo frustrado—. Lo codicié en cuanto lo vi, y vi más allá de su hermosa hombría, vi un corazón puro, valiente y noble. Se convirtió en un reto para mí, deseé su simiente, pero también su corazón. Creí que una mujer con mis dones y mis poderes sabría seducirlo, pero solo pude doblegarlo con mis artificios. Obtuve lo que quería, pero también me gané su desprecio.
Se acuclilló frente a él y lo cogió por la barbilla para obligarlo a mirarla.
—Sabía que serías incapaz de hacerle daño a nuestra hija, fui en busca de tu loba por una sola razón: porque tú y solo tú me has hecho conocer emociones que desconocía. La última es la culpa, como si esa luz que emerge de ti hubiera despertado mi conciencia. Y sé que, aunque ahora selle la tapa de vuestro ataúd y os enlace en la eternidad de los tiempos, seguirás mirándome con desprecio desde el más allá. Y ese será mi castigo.
Albert alargó una mano y acarició la redonda cabecita del bebé, que ya dormitaba saciada.
—Cuídala, deja las malas artes y dedícate a la sanación y prometo no atormentarte desde el otro lado.
—Volcaré en ella todo el amor que no me has dejado volcar en ti.
Se puso en pie y me pareció ver una mirada húmeda y un rictus trémulo.
Una nueva tanda de lágrimas ovaladas de colores cobrizos planeó sobre nosotros mecidas por la brisa. El roble lloraba de nuevo, como lo haríamos nosotros aquella larga noche que nos aguardaba.
Triste y amargo final, pero con una dulce promesa futura.
—Cobijaos en el molino, la noche será fría.
Frianda desapareció casi flotando sobre la hojarasca, que se arremolinaba tras ella siguiendo sus pasos.
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CONTINUARA
