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Capítulo 122

Planeando una eternidad.

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La noche era fría y lúgubre, pero hermosa porque aún nos cobijaba bajo ella.

El aullido de un lobo que merodeaba cerca del molino ascendió hasta la refulgente luna que nos presidía, filtrándose entre las ramas del paternal roble y vibrando en nuestros oídos.

Había encendido un fuego en el interior del molino, tras haber acomodado a Albert en un lecho de hojas sobre el que recostarse. Me tumbé a su lado para sofocar los tiritones de la fiebre y le daba de beber en un recipiente en el interior de una rama hueca.

Intenté buscar frutos secos para poder alimentarlo. Encontré algunas avellanas y muchas bellotas. Las casqué con una piedra y trituré el fruto para facilitar la ingesta.

La fiebre enrojecía su faz y hacía brillar sus hermosos ojos azules.

El resplandor del fuego doraba su cabello y la debilidad había relajado sus facciones, confiriéndole un aspecto dulce y casi aniñado.

—No pierdes tu gallardía ni al borde de la muerte —le susurré apoyada en un codo mientras acariciaba su pronunciado y rasposo mentón. Una barba corta lo poblaba, su boca resaltaba carnosa y tentadora entre aquel cerco rubio oscuro.

Un esbozo de sonrisa arqueó sus labios.

—Espero que ese remedio me deje despedirme de este mundo como deseo.

—¿Y cómo deseas despedirte?

—Hundido en ti, mirándote a los ojos, exhalando mi último aliento en tu boca.

—Así será.

—Siempre me ha fascinado mirar tus ojos a la luz del fuego —murmuró prendado—, verdes tan puros como las esmeraldas, que se funde en oro y este riela en varios tonos. Y, cuando miras directamente las llamas, estas parecen meterse dentro de ellos y hasta desprenden el mismo calor que la hoguera.

Aquello despertó en mí una incertidumbre desazonadora.

—¿Cómo nos reconoceremos cuando renazcamos? ¿Será posible que nos recordemos? ¿Seremos parecidos a como somos ahora? ¿Y si mis ojos no son los que tanto te fascinan y recuerdas?

—No lo sé. Pero, seamos como seamos, nos reconoceremos. El corazón nos guiará a uno en brazos del otro. Porque, ¿sabes?, yo te buscaré hasta en el más lejano confín de la Tierra.

Aquello me tranquilizó, me recosté en su pecho oyendo sus rápidos y atronadores latidos.

Posé la mano sobre su corazón y le pedí en silencio que reconociera mi esencia.

Él cubrió la mía con la suya y comenzó a acariciarla. Sus dedos repasaron mi anillo de bodas.

—Somos estas dos serpientes enlazadas, con este anillo hemos sellado la promesa de amarnos eternamente. Este anillo es el símbolo de nuestra unión, forma parte de nuestra historia y nos va a acompañar en nuestro viaje.

Suspiré y confié en ello. Decían que el último pensamiento antes de morir era el que determinaba el futuro del alma. Nuestro pensamiento sería el mismo, por ende, nuestros futuros también lo serían.

La muerte no era sino un proceso más en la evolución de un alma, un nuevo comienzo y el final de una etapa. Parte de un ciclo, de un bucle con una misión, aprender. Me pregunté si Eyra nos esperaría al otro lado, si su cariño y su sabiduría nos arroparían…, deseé que así fuera.

Quizá también vería a mi padre y a mi tío, sí, ellos alumbrarían nuestro camino.

—No dejes que ninguna valquiria te obnubile o tendré que ir al Valhalla a sacarte a patadas.

Su pecho retumbó de risa y me regocijé en aquel sonido.

—Lo mismo digo de tus ángeles, no querría empezar mi andadura en el más allá derramando sangre. No estaría bien.

Sonreí y me abracé más fuertemente a su pecho.

—Ni unos ni otras se atreverán a separarnos. Tenemos una bruja malvada protegiéndonos.

—Eso parece.

El reconfortante crepitar del fuego se vio acompañado por el ulular de una lechuza, el murmullo de las ramas agitadas por la brisa nocturna y aquel continuo aullido que parecía acercarse.

—Tus hermanos lobos parecen querer acompañarnos.

—Daré con ellos mi último aullido antes de entregarte mi postrer aliento.

Ese animal también se ha convertido en mi símbolo.

—El lobo que anida en tu interior habla del coraje de una mujer que enfrentó la adversidad y aprendió de ella. Que no se dejó someter, que luchó con honor y desplegó lealtad. Que nunca se rindió por muy cruenta que fuera la batalla. El espíritu del lobo es una luz guía, y sé que me guiará hasta ti.

Mi atribulada alma se solazó aligerando la pena que la constreñía.

Dormimos uno en brazos del otro…

La muerte tendría que esperar a que estuviéramos preparados, y eso… eso ya era una pequeña victoria sobre ella.

—¿Estáis ahí dentro?

El vozarrón de Thorffin resonó en la quietud del bosque como un trueno en un día de verano. El aleteo asustado de los pinzones se perdió en el cielo, seguido por el quebradizo susurro de hojas pisoteadas acercándose a la entrada.

Me puse en pie y salí del molino.

Frente a mí, Hiram, Thorffin, Sigurd y Jorund con sus espadas alzadas mostraban sus ceños belicosos. No iban solos, llevaban a Frianda maniatada.

La pequeña no iba con ella.

—No dejes que entren, podrían contagiarse —musitó Albert, incorporándose trabajosamente.

Una tos repetitiva acompañada de agónicos silbidos lo congestionó. Ya me acercaba a él cuando alzó una mano para detenerme.

—Estoy bien —jadeó—, encárgate de ellos.

—Llevan a Frianda de rehén, no se irán si no hablas con ellos.

Asintió y entonces aceptó mi ayuda para ponerse en pie.

—Con lo rápido y honorable que es morir en batalla como un guerrero… —se lamentó avergonzado por su debilidad.

—Me habrías privado del placer de tus quejas y de dormir abrazada a una hoguera —repuse mordaz.

Formó una mueca sardónica y me rodeó los hombros apoyándose en mí.

No dejaba de resultar incoherente o incluso contradictorio que se pudiera bromear con una situación tan dura como esa. Pero, una vez asumido el inexorable fin, la ligereza combatía la gravedad, permitiéndonos respirar. Era como si las chanzas y la trivialidad de algo tan drástico y definitivo como era la muerte nos permitieran combatir el miedo a lo desconocido. Partiríamos, sí, pero juntos, y los escasos instantes que nos quedaban en la tierra de los vivos no serían ya amargas lágrimas, pues no era el fin, era un comienzo. Y abrazar eso era soltar los miedos.

Gruñó y frunció el cejo, pero logró sonreírme con cierta diversión por mi sarcasmo.

—Ya que no llegaremos a ancianos, tendrás que conocer mi lado más recalcitrante.

—Pues ándate con ojo, que mi lado impaciente no se apiadará de un enfermo gruñón, por muy apuesto que sea.

Nos acercamos a la entrada. Los hombres nos miraron atónitos y preocupados por el deplorable estado de Albert. En la expresión de Thorffin pude ver que reconocía con horror lo que supondría una recaída ante la misma enfermedad que lo consumió en la prisión de Qurtuba.

—¡Por Odín! —exclamó Hiram demudado—. ¿Qué demonios te han hecho?

Hizo ademán de aproximarse, pero Albert alzó el brazo y extendió la palma negando con la cabeza.

—No os acerquéis, es contagioso —advirtió.

Thorffin lo ignoró y avanzó unos pasos.

—Además de terco, sordo… dudo que te eche de menos —profirió acudiendo a la sátira para combatir sus emociones.

—No, no me vas a echar de menos, porque no te voy a dejar —rezongó el gigante.

—Si de verdad quieres ayudarme, deja que la bruja me traiga el remedio.

Por difícil que sea de creer y tras un, más extraño aún, acto de contrición, desea expiar su culpa con un regalo. Una compensación. La necesitamos, así que libérala.

—¿Una compensación a qué? ¿Te ha vuelto a envenenar? —preguntó Thorffin frunciendo con aguda preocupación el ceño.

—No es un veneno, es la tisis, la que contraje en la cárcel.

—¿Has recaído? ¿Cómo es posible?

—En realidad habría muerto allí si no llega a ser por ella. Digamos que me concedió un poco más de vida.

Los guerreros miraron a la bruja desconcertados.

—¿Y por qué no puede volver a curarte ahora? Estás hecho una piltrafa —farfulló Sigurd. Luego se palmeó la frente, recriminándose su necedad—. ¡Ah, ya, para eso necesitas ese remedio!

Las miradas esperanzadas de los hombres me partieron el corazón.

—No, ya no puede curarme. Revocó el hechizo que me mantenía a salvo y no puede hacer otro.

—¿Que no puede? —Thorffin la agarró del pelo y la obligó a ponerse en pie, posando el filo de su espada en su garganta—. Quizá necesite un buen acicate.

—No, viejo amigo, no se trata de eso. Ella solo detuvo mi destino un tiempo, pero este debe seguir su curso.

—¿Qué demonios quiere decir eso? —bramó Thorffin.

—Que me estoy muriendo.

Aquella afirmación serena transfiguró sus rostros en una mueca de impactada consternación. Sabía que ahora vendría la negación, la confusión y la ira.

—Pero… eso no es posible…, tú no puedes…

—No soy inmortal —aseveró Albert.

—Pero ¡maldición, eres joven y fuerte! Y no es tu destino —blasfemó furioso y aturdido—. Tu destino es morir de viejo junto a tu esposa mientras ayudas a parir a alguna cabra o reparas una valla. Incluso si no fuera ese, mereces que algún hijo de perra te ensarte con su espada en pleno combate, y que las valquirias te lleven al Asgard, donde eructarás y mearás sobre la mesa si te place. Y yo estaré ahí, brindando, eructando y meando contigo. Y seguramente nos retaremos con los puños y yo te ganaré y hasta puede que compitamos en un buen pulso, en el que también te ganaré. Y cantaremos hasta hacer graznar a los cuervos de Odín, y patearemos culos y… reiremos hasta que nos duela la tripa… y…

Su voz fue descendiendo gradualmente hasta que pereció frente a la congoja que prensaba el semblante de Albert.

Thorffin clavó sus ojos en mí buscando algún indicativo que alimentara su esperanza, pero no lo halló.

—Suéltala —pidió Albert—, el remedio que espero es para aliviar la dolencia, tengo un ataúd que construir.

Los ojos de su amigo se agradaron con asombro.

—¿Un ataúd? —repitió perplejo.

—¿Esa maldita te empuja a la muerte y encima tiene la desfachatez de hacerte construir tu propio nicho?

—Es necesario; además, es mi deseo —me miró y añadió—: Nuestro último deseo.

—¿Nuestro?

Todas las miradas se centraron en mí.

Albert les narró nuestro plan de eternidad y los hombres no fueron capaces de parpadear ni de cerrar las bocas. El estupor los había paralizado.

El primero en reaccionar fue Thorffin. Resopló conmocionado y se pasó ambas manos por la cabeza.

—No sé en qué rodal de setas habéis caído, pero quiero un buen guiso con ellas para celebrar el próximo Yule.

Thorffin liberó a Frianda y la empujó hacia nosotros con rudo desdén.

—Anda, mujer, dale esa pócima a Albert, a ver si recupera el juicio.

La bruja dejó escapar un bufido felino y le enseñó los dientes. El guerrero gruñó hosco a modo de respuesta.

Frianda desató del cinto el cuerno hueco que llevaba atado a él y lo destapó, ofreciéndoselo a Albert.

—Bébetelo todo, esta noche te traeré otro.

Se lo tomó de un trago. Contrajo el gesto en una mueca agria.

—¡Es repugnante! —exclamó—. Lo que me extraña es que no me mate antes que la enfermedad.

—Mejor no te digo qué contiene.

Albert le lanzó una mirada suspicaz y resentida.

—Es efectivo y rápido. Pero tan potente que no pueden tomarse más de dos dosis —expuso ella.

—¿Cuánto duran sus efectos?

Frianda pareció reflexionar sobre aquello evaluando la complexión de Albert.

—Depende de cada cuerpo, pero espero que seas rápido con el hacha.

Aunque ahora… —Se volvió pensativa hacia los guerreros—. Ahora tienes ayudantes, y eso… amplía las posibilidades.

Desenrolló un pliego que también pendía de su cinto y lo examinó concienzuda. Sus afilados ojos grises relampaguearon ante alguna nueva ocurrencia.

—El pacto debe sellarse bajo vuestras divinidades. Cuantos más símbolos protejan la tumba, más respaldo tendrá. El ataúd es una práctica cristiana, necesito atributos paganos también.

—Ninguna partida llegaría a buen puerto, ni ninguna alma podría renacer si no descansa en el interior de un barco, esa es nuestra creencia —recordó Jorund.

—No veo ningún barco por aquí —apostilló Sigurd.

—No, pero puede construirse —barajó Frianda—. Naturalmente, de un tamaño pequeño, habrá de reposar en el lecho de una poza.

—¡Ni hablar! —intervino Thorffin escandalizado—. Si este cabeza de alcornoque muere, que está por ver, el barco tumba debe ser quemado o sus cuerpos retendrán el alma y no podrá liberarse.

—El hechizo necesita agua para impedir que las almas vayan por separado —explicó la bruja—, para preservarlas hasta que el destino cumpla lo establecido en el conjuro.

—Construiremos vuestra tumba —repuso Hiram. Su semblante reflejaba aflicción, pero también determinación.

Se hizo un ominoso silencio. La aceptación sobre la inminente pérdida del hombre que los había liderado todos esos años, que, además de hersir, había sido mentor y amigo, pesó sobre ellos como una losa.

Aquellos rostros tan diferentes entre sí compartieron una misma expresión: una profunda desolación.

Thorffin de repente caminó hacia su amigo y, aunque este intentó apartarse, lo estrechó en un conmovedor abrazo.

—Esa maldita tisis no va a impedir que me despida de mi hermano.

Sus ojos se velaron con un paño húmedo, pero logró contener sus emociones con un buen par de palmadas en la espalda de Albert y un carraspeo oportuno.

Luego fue mi turno. Me estrechó entre sus brazos y me sentí como si un oso me hubiera apresado entre sus zarpas. Su descomunal fuerza, sin embargo, estaba impregnada a su vez de un enternecedor cariño.

—Cuídalo allá donde vayáis.

Asentí emocionada y el guerrero se dio la vuelta y regresó junto al resto.

Uno tras otro imitaron la despedida, y finalmente los cuatro hombres se pusieron frente a nosotros e inclinaron sus cabezas en señal de respeto y lealtad.

Albert mejoró ostensiblemente. Apenas tosía y su color y sus fuerzas regresaron.

Se formaron dos grupos de trabajo, sus guerreros construían el barco fúnebre y Albert, el ataúd. Mi función fue bastante más ligera, aunque no carente de menos responsabilidad: debía grabar unas inscripciones en una tablilla de piedra. Frianda me las había dibujado con carbón en un pliego, pero era necesario que fuera mi mano quien las grabara.

En algún momento de aquel extraño día me pregunté si alguno de nosotros cuestionaba las palabras de Frianda. Porque no había modo de comprobar que fueran ciertas, que su intención fuera ayudarnos, que su pesadumbre no fuera fingida, que su intención no fuera otra.

Nadie excepto ella sabía qué significaban en realidad aquellos signos, similares a las muescas en el interior de la gruta. Sin duda era un lenguaje ancestral druídico, un alfabeto secreto cargado de magia.

La madera que utilizaba Albert para el ataúd también era específica, habían talado varios saúcos, porque, según ella, sus cualidades favorecían el conjuro.

No daba mucha más información al respecto, y aquello despertaba mi inquietud y mis recelos.

No obstante, solo nos quedaba confiar en ella. Me repetía que, si el hechizo no funcionaba, nuestro imperecedero amor sí lo haría.

Quedaba una última cuestión: preparar el veneno que yo tomaría. Frianda se había decidido por una infusión de hojas de tejo, que curiosamente era un árbol que simbolizaba la vida eterna. Apagaría mis latidos lentamente hasta detenerlos por completo.

Me ofrecería la dosis en una pequeña vasija para que yo decidiera el momento de tomarlo.

Ella y los guerreros clavarían la tapa y perforarían el casco para que se hundiera en el fondo de la poza. Sin embargo, había un problema: había que precintar el ataúd.

Sigurd y Jorund fueron enviados a una aldea cercana para conseguir que un herrero les fabricara unos cintones de hierro y una cerradura muy especial, cuya llave ella escondería en un lugar secreto donde nadie pudiera encontrarla.

La hija de Albert presenciaba todo aquello desde un canasto de mimbre.

Ver el parecido con su padre me obnubilaba, pero también me recordaba que no era mía, y aquel sentimiento contradictorio me impedía acercarme a ella.

No obstante, él sí lo hacía, y sus mimos y sus guiños a la pequeña me enternecían.

En cuanto a las mujeres, esperaban en el bosque nuestro regreso. Y saberlas tan cerca me tentaba a ir a su encuentro. Con todo, sería añadir dolor a la despedida. No era lo mismo llorar una pérdida que llorar una decisión, pues a esto último se añadía la frustración por no poder evitarlo.

Contemplar cómo Albert terminaba nuestro ataúd provocaba en mí una sensación insidiosa y opresiva. Intentaba visualizarlo como la puerta a otro mundo, uno mejor, pero aquella caja, más ancha de lo normal, no dejaba de ser un féretro.

Albert estaba de espaldas a mí. Se había despojado de su camisa y estaba cortando tablones con un hacha. Su piel brillaba por el sudor, y los poderosos músculos de su espalda ondulaban bajo ella. Las cicatrices eran un tono más claro, algunas era rosadas y de rugoso relieve, pero, aun así, su cuerpo seguía siendo hermoso, y el vigor que ahora rezumaba conseguía hacer olvidar que dentro de él anidaba adormecida una enfermedad mortal.

Al oír mis pasos aproximándose se detuvo. Ladeó el rostro ligeramente, su largo cabello se meció con el movimiento y su perfil se recortó contra el fondo boscoso. Lo admiré absorta, su salvaje masculinidad crepitó en el aire que nos separaba.

Me acerqué hasta colocarme detrás de él, rodeé su cintura y lo abracé.

Acaricié su fornido torso y suspiré. Él se volvió entre mis brazos para cobijarme en su pecho y me estrechó contra sí.

—Te deseo —susurré en su oído.

Se apartó para que descubriera el fuego en sus ojos.

No hizo falta nada más.

Me cogió en brazos y me llevó al molino.

Caía la tarde, a lo lejos se oía el claveteo de maderas, el rumor del arroyo y el silbido del viento.

Y ahí, sobre el lecho de hojas, nos entregamos a una pasión arrolladora.

Todos nuestros encuentros habían gozado de aquella intensidad tan abrumadora, como si el mundo se fuera a acabar, pero esta vez era cierto. Y esa sapiencia dotó al acto de un paroxismo desatado.

El león emergió más fiero que nunca y la loba resurgió más salvaje.

Fuimos dos animales voraces e insaciables desahogando su rabia, su angustia, sus miedos, su necesidad y su tristeza. Volcamos en el otro cuanto sentíamos, liberando nuestro espíritu de toda carga.

Llegó la noche y, entre sueños interrumpidos y pasiones insatisfechas, la madrugada. Y al alba, exangües, nos abrazamos clamando nuestro amor a aquel roble que presenciaba cada promesa, cada beso, cada latido compartido.

CONTINUARA.

Me huele a que la bruja los está engañando.

Gracias por sus comentarios.

Abrazos.

Aby.