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Capítulo 123

El último aullido.

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La tos regresó.

Y, con ella, la fatalidad, pero no la que esperábamos.

Jorund y Sigurd habían regresado con su encargo en una carreta. Cómo conseguían las cosas era algo que prefería no saber.

Terminaron el barco, no necesitaba mástiles, y la construcción del casco no llevó mucho tiempo; incluso se tomaron la molestia de tallar en el mascarón la cabeza de un dragón, aunque sin mucho detalle. El ataúd estaba terminado, y más que un féretro parecía un cofre gigante, daba la impresión de que albergaría algún demonio que no debiera escapar bajo ningún concepto. Y aquella sensación me sobrecogió.

Las dudas sobre la verdadera intención de Frianda regresaron, y más ominosas que antes. Mi instinto me gritaba que nos ocultaba algo, algo importante, que se guardaba una última baza en la manga.

Ese día no pude reprimir mi curiosidad.

—Parece que temes que escapemos de la muerte y te persigamos.

La druida me dedicó una mueca agria y desabrida.

—Todo tiene un fin, pero ese no es el que apuntas.

—¿Y cuál es el fin de encerrar dos cadáveres bajo llave?

Las comisuras de sus labios se estiraron en un intento fatuo por enarbolar una sonrisa descreída, pero en su lugar emergió un mohín tiznado de reproche.

—El de evitar que algún curioso que se tope con él por algún avatar del destino lo abra. Se trata de… desalentar, de amedrentar, de hacer creer que una terrible maldición caerá sobre aquel que ose abrirlo.

—¿Qué ocurriría si lo abrieran?

Frianda pareció pensar bien su respuesta. Aquel celo llamó mi atención y acrecentó mis sospechas.

—Que el hechizo se disolvería y el hilo que une vuestras almas se rompería.

—¿Quiere eso decir que nunca nos reencontraríamos?

—Quiere decir que os olvidaríais.

Indagué en sus grises ojos, buscando algún atisbo de engaño en ellos. Pero ella supo ocultar muy bien cualquier reacción.

Sostuvo mi escrutinio con la barbilla alzada y un deje altivo en su expresión.

—¿Necesitas saber algo más? Porque anoche me hablaron las piedras de nuevo.

—¿Dónde están esas piedras? —pregunté fingiendo ingenuo interés.

—¿Deseas conocerlas?

Asentí. Y esta vez no me pasó por alto su rictus complacido. La suficiencia de su gesto me reveló que había conseguido lo que buscaba.

—Sígueme, no están lejos de aquí —ofreció altiva.

Caminamos por el páramo entre quejigos y pinos, hasta que el trayecto se convirtió en apenas un paso angosto entre troncos y peñascos. Ascendimos salvando rocas y prieto aligustre. En algunos tramos, el acceso eran tan infranqueable que tuvimos que agacharnos para sortear ramas de espino.

Y, de repente, al bordear un alto farallón de piedra caliza, nos adentramos en una planicie inesperada. Era un claro habitado solamente por un viejo árbol que se alzaba en el centro y rodeado por un círculo de piedras que nos llegaban hasta la mitad del muslo. Sin embargo, sentí el magnetismo que aquel sitio ejercía. Era un lugar tan antiguo como el mismo mundo, donde todo parecía vibrar con un pulso diferente. Incluso el aire que allí se respiraba tenía una densidad distinta, un aroma a viejo, a madera carcomida, a piedra mohosa, a hierba rancia.

Un misticismo arcaico rezumaba de aquel árbol como si fuera una vela encendida en un templo. Un objeto de culto, un centro de poder.

Frianda me contemplaba absorta en mi reacción. La solemnidad y el respeto fueron las emociones bajo las que logré ocultar un temor intrínseco y áspero.

—¿Cómo te hablan las piedras?

—El viento silba entre ellas cuando susurran sus vaticinios.

—¿Y ese árbol?

—Es un saúco, el árbol venerado por los celtas. Su nombre significa 'fuego' y dentro de él habitan deidades muy poderosas, genios del aire que proyectan su sabiduría en las piedras. Es el gran oráculo de la Madre Tierra, que todo lo ve y todo lo sabe, sus raíces conectan con el corazón de la Madre y este bombea su savia hasta las ramas en un ciclo continuo y mágico. Es el principio y el final, la muerte de lo viejo y el nacimiento de lo nuevo. Aquí, las invocaciones y los conjuros son sagrados y adquieren perpetuidad, pero solo si el árbol las aprueba.

—¿Ha aprobado nuestro hechizo?

—Acércate y pregúntale tú —sugirió con mirada taimada.

La miré titubeante.

—Solo has de pensar tu pregunta y poner las manos en su tronco.

—¿Las manos?

—Sí, son las que han cincelado el hechizo. Si el saúco las bendice, habrás de ponerlas sobre la tablilla y traspasarle su poder a la piedra: de ese modo el conjuro se activará.

Quedaba claro que ella ya había previsto llevarme allí. Lo que no sabía es que yo también.

Solo había un modo de averiguar algunas cosas, y era probándolas.

Avancé entre las piedras y me introduje en el círculo. Al instante sentí como si el aire a mi alrededor fuera más consistente, como si su roce atravesara mi piel. Oí el susurro afilado del viento contra las aristas de aquellas puntiagudas rocas y a cada paso que daba hacia el interior aquel silbido pareció vocalizar mi nombre. Me estremecí.

Aquel sonido me erizó la piel, y en aquel momento deseé dar la vuelta. No obstante, aquel árbol parecía haber tendido unas invisibles ramas hacia mí.

Casi pude sentir sus huesudas nervaduras cerrarse como una garra en torno a mi cintura. Como un anfitrión conduciendo a un reticente invitado hacia el interior de una sala secreta.

El viento silbaba mi nombre, remolineando en mi cabello, acariciando seductor mi rostro. Su fresco aliento resultaba embriagador y su sonido, hipnótico.

Todo mi alrededor se desdibujó en una mezcla de colores difusos. Solo el árbol mantuvo su definida consistencia. A decir verdad, su rotundidad destacaba en medio de aquel páramo. Incluso parecía resplandecer como si fuera una llama titilando en la noche.

No recordaba haber dado los últimos pasos, pero me hallé frente al gran saúco sintiendo en lo más profundo de mi ser una reverente veneración. Su magnificencia era desbordante, su poder palpable.

Inspiré una gran bocanada de aquel denso aire y sentí cómo mi interior bullía de vida. Alcé la vista y la perdí en aquella maraña de ramas y hojas que se entretejían en una copa ovalada.

Cerré los ojos y formulé mi pregunta. A continuación, posé las palmas de las manos en el rugoso tronco. Sentí un hormigueo que se convirtió en un torrente de sensaciones chispeantes, en una vibración que recorrió mi cuerpo y mi alma.

Sobrecogida, una vaharada de calor acarició mi piel y reconfortó mi espíritu. Y entonces oí la respuesta, emergió de mi interior y yo asentí con una sonrisa agradecida. Abrí los ojos y dejé que esa paz que el árbol había impreso en mí llenara cada rincón de mi ser. Me costó despegar las manos del tronco y me costó mucho más alejarme.

Cuando salí del círculo de piedras, Frianda se acercó a mí.

Me observaba expectante.

—¿Qué te ha dicho el árbol sagrado?

—Que mi instinto lleva razón.

Ante mi enigmática e inesperada respuesta, la druida frunció el ceño recelosa.

Sin más explicaciones, con la esencia del saúco en mis manos, descendimos de la loma, desandando nuestros pasos.

Oímos el fragor de la batalla llegando al molino.

Ambas nos miramos alarmadas y echamos a correr al tiempo.

Tres cuerpos reposaban sangrantes sobre el lecho del bosque: dos inertes y un tercero que se retorcía aún. Eran soldados del emir.

—¡Allí! —señaló Frianda.

Albert se batía con dos adversarios. Sus hombres libraban sus propios combates.

No fue hasta que ejecutó un giro rápido cuando vi la herida de su costado, justo por debajo de las costillas. Cuando despachó a sus oponentes, se volvió buscando a sus hombres. Thorffin estaba rodeado de cinco soldados y retrocedía hasta la noria estancada en el tiempo. Lo estaban acorralando.

Albert acudió en su ayuda, su expresión feroz y su arrojo resultaban abrumadores. Era tal su exaltación que aquella herida no mermó sus capacidades. Logró atraer a otros dos hacia sí y los combatió con la misma intrepidez.

Contuve el aliento cuando una tos lo congestionó, distrayéndolo. Thorffin se puso a su lado, pero, al prestar más atención de la debida a su amigo, recibió una estocada que le atravesó el hombro. Gimió de dolor y retrocedió, y cuando el soldado se disponía a ensartarlo de nuevo vi con horror cómo Albert se adelantaba para cubrirlo con su cuerpo.

Exhalé un grito angustiado al ver cómo el acero penetraba en el vientre de mi amado.

El soldado extrajo lentamente la hoja de su cuerpo esgrimiendo una sonrisa perversamente triunfal. Albert se desplomó sobre sus rodillas con las manos en aquella profunda herida. Tosió sangre y alzó la vista derramándola por los alrededores. Supe que me buscaba a mí.

Thorffin bramó furibundo y cargó contra el enemigo como un animal descontrolado. Tal fue su vehemencia que los soldados no alcanzaron ni a defenderse. Los aniquiló en el acto.

Corrí hacia el claro con el corazón prensado de agonía. Caí de rodillas frente a él y me enlacé a su cuello.

Y, a pesar de haber aceptado nuestro final, que fuera distinto y más precipitado derribó las barreras que habían contenido el dolor esos días.

Se convulsionó contra mí y lo sujeté con fuerza. Podía sentir cómo la vida se escapaba de su cuerpo.

La muerte llegaba para reclamarlo y mi impulso fue intentar arrebatárselo.

Thorffin me ayudó a tumbarlo y le arremangó los bajos de la camisa para estudiar la herida. Tras echarle un vistazo fugaz, se aprestó a cubrirla para impedir que yo reparara demasiado en ella. Su lívida expresión confirmaba que era letal.

—Ansiabas una muerte digna y te la has procurado —musité entre lágrimas en un fingido deje de reproche.

Sus rasgados ojos azules me miraron expiatorios.

Alzó el brazo para acariciar mi mejilla. Cubrí su mano con la mía para ceñirla más a mi rostro.

—Digamos que el destino se compadeció finalmente de mí y me otorgó esta dispensa.

—En realidad, me la concedió a mí —intervino Thorffin con los ojos enrojecidos.

Posó su gran mano en el hombro de Albert y estranguló un sollozo.

Ver llorar a un hombre de su tamaño impresionaba.

—No podría haber tenido un amigo mejor… —aseguró Albert.

El guerrero pelirrojo asintió embargado en el llanto.

En aquel momento acudieron Hiram, Jorund y Sigurd. Los tres, con semblantes contritos, se pusieron a su alrededor de rodillas.

Albert los miró de uno en uno. Alargó la mano y sus hombres se la cogieron alternativamente.

—Hemos vivido juntos muchas aventuras que nos han hermanado a todos —comenzó con voz rasgada y débil—. Allá donde vaya, os llevaré en mi corazón.

Alzó el brazo cerrando el puño.

Uno tras otro, sus hombres cerraron sus manos en torno a él.

—Ojalá la muerte sea más compasiva de lo que ha sido la vida con vosotros. Nadie merece más una compensación.

—La tendremos —afirmó mirándome—, y ahora, deseo abrazar a mi esposa por última vez en esta vida.

Los hombres se pusieron en pie e inclinaron sus cabezas en señal de respeto a su líder.

Thorffin se enjugó las lágrimas con un gesto burdo y seco antes de darse media vuelta y marchar cabizbajo. Hiram me miró un largo instante, derramando en sus ojos su admiración, su cariño y una profunda tristeza.

—Que los dioses os guarden —profirió afectado.

—Volveremos mañana para…

Un funesto silencio completó la frase.

Siguieron a Thorffin sepultados por la misma capa de pesadumbre que hundía sus hombros.

Me tumbé junto a Albert y me abracé a su maltrecho cuerpo. Alcé el rostro hacia el suyo y nos miramos largamente. Repasé la línea de su mentón y contorneé su boca con la yema de los dedos. De sus labios escapó un suspiro emocionado que deseé beber. Me incorporé lo suficiente para besarlo.

—Deja que yo te guíe, amor mío —susurré tranquilizadora.

—Tengo frío —espetó temblando.

Aquel era el primer síntoma. Nunca se olvida el rostro de la muerte cuando acude ávida de vida para acogerte en su seno.

—Pronto sentirás un cálido bienestar, un sopor agradable y una ligereza reparadora. —Me sumergí en sus celestes ojos, su piel palidecía y sus pupilas se dilataban—. Debes mirarme y pensar en la maravillosa vida que nos aguarda.

—Tus… ojos…, quiero nadar en ellos…

Entrelacé mis dedos a los suyos y descansé las manos en su pecho.

Los latidos cada vez eran más débiles.

—No me separaré de ti, haremos juntos ese camino.

—Juntos… —repitió.

—Recuerdo el primer día que me hiciste tuya… Era la primera vez que te veía sin barba, y estabas tan arrebatador que no podía apartar los ojos de ti…

Albeet sonrió, su mirada comenzaba a apagarse.

—Ni… yo de ti.

—Y en nuestra boda… —suspiré melancólica—, cortabas el aliento, y cuando hice mis juramentos supe que mi corazón te pertenecería por siempre.

—Freya…, te amo con mi último aliento y… te amaré con el primero…

Un sollozo roto rasgó mi garganta, todas las barreras que habían contenido el miedo comenzaban a derrumbarse… Se iba… y yo…, Dios, yo… moría con él sin haber bebido el veneno.

Debía ser fuerte, debía ser su sostén en su partida. Traté de ignorar la daga que acuchillaba mi corazón y continué hablando:

—Y yo, mi bárbaro del demonio…, y juro ante este cielo que nos cubre, por los dioses que nos miran y por la tierra sobre la que reposamos, que como no me recuerdes mandaré un lobo a que te muerda el culo.

Sus ojos refulgieron con un moribundo atisbo de diversión. Las lágrimas dejaron de brotar y su mirada se clavó en la mía con una urgencia que me estrujó el pecho.

—Te… encontraré…, mi amor… Abrázame…, la oscuridad se acerca.

Ya lo tenía abrazado, pero sus sentidos perecían uno a uno.

—Chis, estoy contigo…, vas de mi mano…, sonríe, mi amor… La eternidad nos espera…

—Freya…, te he fallado.

Aquella afirmación me desconcertó.

—No…, no me has…

—Necesi… to tu perdón… —interrumpió con gesto angustiado.

Aguardé a que continuara.

Pareció reunir las escasas fuerzas que le quedaban para seguir hablando.

—Todo esto es… culpa mía. Yo… me he condenado… y te he condenado a ti.

Lo observé confusa, fruncí el ceño intrigada y en sus ojos la culpa relumbró mordiente.

—No puedes marcharte con la conciencia intranquila, escúpelo, seguro que no es tan grave como crees y…

—Yo fui en busca de… Frianda…, la mandé… llamar… y…

Su voz se rasgó quejumbrosa, quebrándose momentáneamente. Cerró con fuerza los ojos contrayendo el rostro en un mohín frustrado. Respiraba agitadamente y, cuando volvió a abrirlos, estaban plagados de remordimientos.

—Quería… conocer a mi hija… Ella… está aquí por mí… Y… —otra pausa en la que pareció sofocar una punzada de dolor— y… cuando ella me salvó, yo… intenté… —apreté más su mano.

Se apagaba irremediablemente, y verlo luchar cada aliento para terminar su relato me desgarraba

— quitarle a la niña.

Un sonido extraño y espeluznante emergió de su garganta, que vagaba a la deriva entre un sollozo y un lamento estrangulado.

—No debería…, yo… quería que… la criases tú. Y… ahora…

—Y ahora partiremos juntos para volver a nacer, para volver a amarnos, para volver a tener la oportunidad de tener hijos. Esto es solo una interrupción, un nuevo principio para los dos…

—No… nos dejará… —profirió agónico—. Sé que nos… maldecirá… allá donde… vayamos…, acabo de verlo en… su mirada… Esa noche…, en el molino…, yo…, ella…

Nuestras miradas se engarzaron. La suya, impregnada de súplica y contrición.

—Perdóname…, amor mío…

Un estertor violento lo sacudió seguido de varios espasmos más débiles.

Su mirada vidriosa se clavó fijamente en la mía, pero ya ciega. No me veía.

Besé sus labios, acaricié su frío rostro, pronuncié su nombre y en su último suspiro sonó el mío…

—Te perdono…, pero vuelve a mí, vuelve…

Lo zarandeé bruscamente, furiosa, rota y desolada.

—No, no te perdono, maldito…, no te perdono… Gánate el perdón, vuelve a mí… Te lo suplico, vuelve a mííí…

Se había ido.

El vacío desató un incontenible torrente de dolor, agitándome con tan implacable saña que me robó el aliento doblándome en dos.

Sollocé violentamente, descargando mi dolor en un llanto que no tenía fin.

Me derrumbé sobre su pecho y me entregué a un suplicio tan devastador que ansié ese veneno con desgarrada desesperación.

Aquel agónico sufrimiento solo tenía un remedio: dejar de respirar cuanto antes. La vida sin él, por escasos instantes que la viviera, era un infierno.

Pero antes tenía algo vital que hacer: aullar por última vez.

Me puse en pie y miré en derredor.

La bruja nos había estado observando todo el tiempo. Su rictus también rezumaba congoja, teñida de algo más: envidia.

Avancé hacia ella, me planté delante y estampé una feroz bofetada en su mejilla que le volteó la cara.

Gimió asombrada y, cuando volvió a mirarme, descargué otra incluso más virulenta.

Luego flexioné la pierna y hundí mi rodilla en su entrepierna. Se tambaleó hacia atrás y yo la empujé para derribarla.

En el suelo, la cogí del pelo y tiré con fuerza para obligarla a mirarme.

—Mereces mucho más y, si no fuera por tu hija, te juro por los dioses que ahora tu cuerpo navegaría sin vida río abajo.

—¿Qué diablos…?

—¡Cállate, maldita! —grité iracunda—. Tengo un mensaje para ti, de tu querido saúco.

Aquello le hizo agrandar los ojos con desmesura.

—Le hice una pregunta y me respondió. Y has de saberlo porque te concierne por entero.

Frianda intentó desasirse, gruñó y se sacudió, pero yo la aferré con más ahínco.

—Le pregunté qué castigo podía recibir una druida que miente en un hechizo. Y me contestó que la pérdida de sus poderes y de sus seres queridos.

Y allí, frente al árbol sagrado, tuve una visión, te vi a ti, frente a una pequeña tumba, vagando por el mundo como una sombra.

Sus ojos grises brillaron presos del pánico.

—No querrás que eso suceda, ¿verdad?

Negó vehemente con la cabeza.

—¿Para qué era en realidad el hechizo que me hiciste cincelar?

Volví a abofetearla sin soltarle el pelo.

Un hilillo de sangre manó de su nariz. Sus ojos desprendieron todo el encono que sentía por mí.

—¡Contesta!

—Para romper el vínculo que une vuestras almas. Albert merece ser libre —farfulló vehemente.

—Y tu hija merece tener una madre, aunque sea tan deleznable como tú, aunque lo mismo tenga más fortuna si muere sin recordarte.

—Eres una… —siseó colérica.

—Una loba, eso soy.

La solté y retrocedió para apartarse de mí.

—Tienes hasta el alba para ofrecerme el brebaje, y luego quiero que te vayas y no regreses nunca a este lugar.

Frianda se puso en pie con la melena enmarañada, el rostro magullado y el orgullo herido. Nunca sabría lo que en realidad le había preguntado al saúco.

Como tampoco sabría que el plan ahora era otro.

Tenía una larga noche por delante para dejarlo todo preparado. Para dar mi último y más desgarrado aullido.

CONTINUARA