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Capítulo 124

Lagunas que llenar.

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Algeciras, en la actualidad.

Desperté en una cama del hospital de Algeciras.

Albert estaba a mi lado.

El alivio que sentí desbordó en un llanto incontrolable. Se inclinó para abrazarme y yo me ceñí a él como se adhiere el musgo a la roca.

Tardé un buen rato en poder permitirme soltarlo.

Luego, un recuerdo insidioso atravesó mi cabeza como un relámpago virulento. Fue un flash repentino que despertó aciagas sensaciones. Mi mente se retrotrajo a un momento similar años atrás y mi primera pregunta brotó ansiosa de mis labios:

—¿Está bien Amin?

—Está perfectamente, cariño.

Albert acarició mi cabello con extrema dulzura, en sus ojos vi que aquel recuerdo también había acudido a su memoria.

La habitación comenzó a darme vueltas y el mareo me provocó náuseas.

Me tumbó en la cama y besó mi frente. Accionó un pulsador que colgaba sobre la cabecera y alzó una ceja reprobador cuando vio que pretendía incorporarme de nuevo. Negó con la cabeza y yo me estuve quieta.

—¿Cuánto tiempo llevo aquí?

—Tres días, has estado todo ese tiempo inconsciente.

Alcé las cejas con asombro.

—¿Qué me pasó?

Su rostro se ensombreció.

—Según Miguel, te desvaneciste y te golpeaste la cabeza con una piedra.

Hemos estado preocupados, porque aunque el tac y la resonancia estaban perfectas, hasta que despertaras no podíamos saber si había algún tipo de lesión. Mi miedo era…

A sus ojos asomó una veta angustiosa que de inmediato se diluyó en un reconfortante alivio.

—Temías que me olvidara de ti…

—A veces estas cosas ocasionan estados de amnesia parcial o total y, de todo lo que podría soportar, que te olvides de mí, aunque solo fueran unos días, es lo que más me aterraba.

—Todavía temes la maldición de Frianda, ¿no?

Aquella aseveración le hizo agrandar los ojos y me observó fijamente escrutando mi rostro.

—¡Dios santo, recuerdas!

—Así es —corroboré—, aunque hay algunas lagunas que todavía debes llenar.

Su expresión se tensó. Llevaba una camisa arrugada y unos vaqueros desgastados, barba de dos días y tenía aspecto de cansado. Las líneas de sus ojos se acentuaron presas de la preocupación.

—Cuando estés completamente repuesta, te las llenaré —aseguró con gesto serio.

En ese momento se abrió la puerta y entraron en la habitación un médico y una enfermera.

El hombre sonrió complacido, se acercó a la cama y me estrechó la mano.

—Bienvenida, señora Andrew.

Supe que ese «bienvenida» no hacía referencia al hospital, sino a la conciencia.

—Un placer regresar —contesté.

El doctor amplió la sonrisa e inspiró hondo antes de echar una ojeada a mi historial mientras se ajustaba las gafas sobre la nariz y fruncía concentrado el ceño. Asintió para sí y se acercó a la cama. Albert se puso en pie y retrocedió unos pasos. La enfermera no desaprovechó la oportunidad de repasar visualmente a mi marido con gesto depredador antes de centrarse en sus funciones.

—Soy el doctor Almeida, debo proceder a una primera exploración para evaluarla.

Asentí y el hombre comenzó su examen.

Cuando terminó, se dedicó a apuntar los resultados en el portafolios.

—Aparentemente, todo parece funcionar con normalidad. Aun así, le haremos otro tac y permanecerá en observación al menos cuarenta y ocho horas más. A pesar de no haber fractura, sí hubo conmoción y la zona está todavía inflamada.

Lo miré con extrañeza.

El médico me señaló la cabeza.

Alargué el brazo y palpé la venda que la circundaba.

—También es normal que tenga cefaleas, mareos y náuseas al principio, hasta que la inflamación baje. Le administraremos calmantes para ello y estaremos pendientes de su evolución. Pero, por lo que puedo apreciar, su pronóstico es bastante favorable.

—Gracias, doctor —murmuré acompañando mis palabras de una sonrisa tibia.

El envaramiento de Albert me distraía y me preocupaba. Su rostro reflejaba una gravedad que no entendía.

—Cualquier cosa que necesite solo ha de pedirla. Y si los síntomas se agravan no dude en avisar a las enfermeras. Estas cuarenta y ocho horas son cruciales.

Asentí y el médico me sonrió afable.

—Ahora debe descansar, pero cuando se encuentre con fuerzas sería conveniente que caminara.

Después se despidió y se dirigió a la puerta seguido de la enfermera, que, más que mirar, dejó sus ojos adheridos a Albert hasta que se vio obligada a volver la vista al frente para no darse de bruces con la puerta.

Yo también lo observé. Su desaliño le confería un atractivo extra. Su cabello rubio largo y alborotado cubría sus hombros, imprimiendo a su aspecto un toque más salvajemente sensual. Sus felinos ojos azules eran como dos faros en la noche, dos topacios azules tan claras y brillantes que ejercían un magnetismo irrefrenable. Y, por si todo aquello no fuera suficiente para infartar a todas las mujeres que se cruzaran con él, una boca llena y carmesí destacaba, perfilada y jugosa, entre aquella incipiente barba que la rodeaba.

Deseé perderme en ella, pero Albert había alzado un muro entre nosotros.

—Veo que ahora tu temor es otro —observé confusa.

Su mandíbula se tensó. Caminó hacia la amplia ventana y dejó su mirada perdida en el horizonte. Estaba muy lejos, concretamente, a siglos de distancia.

Me embebí en ese apuesto perfil y me recreé en las hechuras de su soberbio cuerpo. La tela de la camisa de cuadros canadienses se tensaba sobre sus anchos hombros y moldeaba sus impresionantes bíceps. Se entallaba ligeramente a sus caderas, lo que las remarcaba y dejaba a la vista lo bien que le sentaban aquellos vaqueros. Su duro y redondeado trasero remarcaba unos bolsillos bajos, los elásticos y acerados músculos de sus piernas se adivinaban bajo la fina y desteñida tela vaquera. Y, en conjunto, su apabullante masculinidad y su apostura golpeaban obnubilando. Y, aunque en Noruega llamaba la atención, en España desarmaba a cuanta fémina se cruzara con él.

Era fácil ver al guerrero antiguo bajo aquellas ropas actuales. Y ese poder, esa fuerza y esa sabiduría añeja lo cubrían con un halo que subyugaba.

Tampoco había perdido su condición de líder; su seguridad y su confianza reforzaban su atractivo, imantando todo su alrededor.

—No tiene ya mucho sentido retrasarlo más —alegué tras un profundo suspiro—, estoy bien, y eso que tanto temes te aleja de mí. Y no te quiero lejos, no soporto sentirte lejos.

Albert bajó la vista y asintió, pero permaneció inmóvil, como si la ventana ejerciera algún tipo de hechizo paralizante sobre él.

Finalmente pareció reaccionar, inspiró hondo, cogió un taburete y lo acercó. El hecho de que no se sentara en la cama me irritó.

Se frotó los muslos con las palmas de las manos, como si le sudaran, y se agitó incómodo en el asiento. Tras otra larga inspiración se decidió a enfrentar mi intrigada mirada.

—¿Qué ocurrió aquella noche en el molino con Frianda?

—Quiso enlazarse a mí.

Aquella imprecisa respuesta me inquietó.

—Define «enlazar».

—Ella… veía el futuro… Ella sabía que naceríamos juntos, y quería impedirlo. Me dijo que poseía el poder de unirnos y también el de separarnos.

—Lo sé —repuse—, el hechizo de esa tablilla era para romper nuestro vínculo.

—¿Lo sabías antes de tomarte el veneno?

Asentí. Su mirada se clavó en mí, contrariada.

—Por eso decidí alterar un poco las cosas, con ayuda de los guerreros.

Albert frunció el ceño y me observó demudado.

—¿Qué hiciste?

—No, primero debo saber lo que pasó entre vosotros.

Sus ojos adquirieron gravedad y su rostro se endureció.

—Aquella noche intentó convencerme para alejarme de ti. Yo también tenía un interés en ella y la escuché. Tampoco la aparté cuando me besó, ni cuando me acarició… Quería distraerla lo suficiente para…

—Para que te liberara y así poder quitarle a la niña —completé malhumorada.

Incluso siglos atrás, en otra vida y en otro mundo, saber que otra mujer había tenido esa intimidad con él me sulfuraba.

—Le… le dije que, si me entregaba a la niña, no la mataría. Ella al principio se burló de mí, pero cuando se acercó subestimándome, la ataqué.

Luchamos y ella sacó su puñal, lanzándome estocadas que logré esquivar.

Podría… podría haberla matado, pero la niña lloraba, y yo… fui incapaz.

Contuve la respiración, sus vívidos recuerdos me hicieron ver la escena.

—Entonces ella descubrió que jugaba con ventaja, estaba furiosa, y me juró que iba a lamentar haber intentado quitarle a la niña. Así que, bueno…, me apoyó la daga en el cuello y se puso sobre mí.

Hizo una breve pausa que pesó en el aire como si fuera plomo.

—Estaba maniatado —recordó, sus mejillas se encendieron, y aquel rubor, que podía resultar enternecedor en otras circunstancias, acicateó mi furia—, y ella…, bueno, lo aprovechó.

Cerré los ojos e intenté espantar a manotazos mentales las imágenes que acudían a mi cabeza.

—Por Dios bendito, ¿volvió a…?

—No —se apresuró a responder—, ella no me montó.

Abrí los ojos y lo miré desconcertada.

—Ella me tomó en su mano, me puso un puñal en el cuello y me… masturbó. Y, mientras lo hacía, susurraba cosas en una lengua extraña, como una serpiente silbando su veneno. Yo me revolví, pero… sucumbí al placer físico.

—Bueno, eso es inevitable, y te apuntaba con un arma. No debes…

—Quería mi esencia —continuó—, para vengarse de mí, de nosotros.

Yo… fui tan redomadamente estúpido que, ¡joder!, me condené y a ti conmigo. Ella se marchó con mi… simiente… y, cuando regresó, yo empecé a toser, a enfermar de nuevo, pero a pasos agigantados. Me dijo que si no era de ella no sería de nadie, y que yo había decidido mi fatal destino, y no… no podía morir ahí como un perro, en un maldito molino derruido sin al menos despedirme de ti, sin volver a verte. Así que en algún momento del día logré reunir fuerzas y la enfrenté de nuevo. Conseguí coger a la niña y la amenacé con ella, le pedí que te trajera a mi lado. Y lo hizo, el resto ya lo sabes. Podría habernos salvado no una vez, sino varias, y eso me persiguió en el más allá.

—Pensaste más en tu hija que en las posibles consecuencias de aquello. Y eso solo indica que para ti era importante la sangre. Que lamentabas incluso más que yo no poder tener hijos propios —razoné compungida, vistiéndome con la piel de aquel tiempo.

—No, yo solo deseaba que esa niña tuviera la mejor madre del mundo. Era mía, sí, y por eso me creí con derecho a decidir sobre su destino.

—¿Cuándo empezaste a sentir ese sentimiento paternal que te llevó a eso?

Fue cuando te visitaba en prisión, ¿verdad?

Por la mirada que me lanzó, tuve la certeza de que su confesión iba a ir más lejos.

—Sí, ella venía y me hablaba de la niña, yo veía su vientre abultado, y un día me tentó a tocarlo, yo lo hice y sentí una patada, y fue tan… especial… En esos momentos creí que me moría, pero que gracias a aquella niña seguiría vivo, y yo…, bueno, yo… me alegré de algún modo de que Frianda me hubiera forzado a que…

Aquello sí me dolió.

El plomo del aire se electrizó, cargado de emociones intensas y explosivas.

—¿Soportarías esta vez estar conmigo si no te hubiera dado un hijo? —increpé herida.

Albert me miró atónito.

—Claro que sí, eres mi vida…, ¿qué clase de pregunta es esa?

—Una lógica, tras saber que te alegraste de que abusaran de ti, maldita sea.

Su mirada contrita y culpable aguijoneó la herida que habían abierto sus palabras.

—Necesitaba liberar mi conciencia —confesó—, tener en mis brazos a la niña suavizó mi corazón y me alegré de que ella existiera. Incluso implicando una deslealtad hacia ti. Me sentí mal por ello, sigo fustigándome por haber sentido eso, y más odiando a Frianda como la odiaba y amándote a ti como te amo.

—¿Tienes idea de lo mucho que lamenté entonces no poder darte un hijo?

¿Tienes idea de cuánto me dolió que otra mujer, una como ella, te lo diera?

—Sabía cuánto lamentabas no poder ser madre, veía cómo te entregabas a Raquel, cómo tu instinto maternal afloraba con ella.

—Mi pena era no tener un hijo tuyo, ¡tuyo! —Mi tono fue más afilado de lo que deseaba.

—Ya lo tenemos —musitó él—, y por fortuna la maldición de Frianda no funcionó.

—Funcionó con ella, o eso espero. Nadie debe abrir ese féretro.

De repente, los días que había pasado allí despertaron todas mis alarmas.

Me incorporé como un resorte y miré en derredor buscando mi teléfono.

Albert, que todavía asimilaba mis palabras, vio mi urgencia y abrió el cajón de la mesita auxiliar para mostrármelo.

—¿A quién vas a llamar?

—A Miguel, solo él puede ayudarme.

Encendí el móvil y busqué su contacto. Pulsé la tecla de llamada y aguardé con el pulso acelerado.

—Cógelo, joder… —susurré nerviosa.

Un tono, dos, tres y saltó el contestador…

—¡Mierda! —exclamé frustrada.

Albert me contemplaba preocupado. Se pasó la mano por la cabeza y oprimió los labios conteniendo su impaciencia.

Volví a marcar y esperé.

—¿Candy? —Su alegre tono cubrió de alivio mi angustia.

Activé el altavoz para que Albert pudiera oír la conversación.

—Sí, soy yo, escucha, necesito…

—¡Cómo me alegra oírte…!

—Ya, ya —interrumpí—, pero es vital que me escuches.

—Dime, ¿ocurre algo?

—Ocurre que nadie debe abrir el ataúd.

Un silencio me transmitió la turbación de mi interlocutor.

—Mañana se procederá a la apertura —informó titubeante—. Estamos ya en Toledo, Candy, en el centro de restauración.

—¡Debes impedirlo! —exclamé ansiosa.

—¿Por qué? ¿Qué has descubierto? ¿No sigues en el hospital?

—Sí, sí, sigo aquí, pero ya sé qué pasó y lo que significan las inscripciones de la tablilla.

—Candy, no tengo argumentos para evitar la apertura, a menos que me los des tú. Y que, por supuesto, no tengan que ver con maldiciones.

Blasfemé entre dientes.

—No sé —balbuceé—, invéntate algo, retrásalo al menos hasta que llegue yo.

La cabeza comenzó a dolerme, como si el pico de un pájaro carpintero estuviera haciéndose un nido en ella.

—Dime al menos qué está pasando.

—Pasa que, si el ataúd se abre, el mal saldrá de él. Ya emergió cuando extrajimos el drakkar del fondo de la poza. Por eso los accidentes, la maldición nos advertía del riesgo que correríamos si abríamos el féretro, llevabas razón, Miguel.

Albert me observaba completamente conmocionado.

Un resoplido impresionado sonó al otro lado de la línea.

—No te prometo nada. He de pensar qué mierda me invento, pero no imaginas las ganas que tiene Leo de abrirlo. Ha convocado a todos los medios para una rueda de prensa a mediodía. Su ansia de popularidad está convirtiendo el hallazgo en un circo.

—Pues te puedo asegurar que no le va a faltar espectáculo, y encima en directo.

Otro bufido, podía imaginar la cara descompuesta de Miguel.

—Me estás acojonando.

—Yo también lo estoy, y mucho más que tú.

—Pues como no vengas con tu gigante vikingo y se líe a hachazos con Leo, dudo que pueda convencerlo de que cancele la rueda de prensa.

Miré a Albert y me encogí de hombros cuando puso los ojos en blanco.

—¿Tienes las llaves del centro?

—Algunas veces las cojo cuando quiero acabar algún trabajo.

—Cógelas hoy —le pedí—, esta noche estaremos allí.

—Candy —replicó—, dime, por favor, que todo esto es producto de una alucinación por culpa del golpe en la cabeza.

—Créeme que me gustaría, pero no.

—Bueno, pues mira, aunque sea de mal gusto, con que me digas que es una broma adelantada del Día de los Santos Inocentes, yo tan feliz.

Esta vez me hizo sonreír, a pesar de la gravedad de la situación.

—Debes confiar en mí, Miguel, yo sé que crees en esto, que estuviste conmigo en el crómlech, que sentiste la magia del lugar, que viste lo que en realidad me ocurrió allí.

Guardó silencio un breve instante y, tras una profunda inspiración, murmuró:

—Llámame cuando llegues a Toledo, tendremos que poner fin a esta aventura, ¿no?

—Gracias, Miguel, no sabes cuánto te lo agradezco.

—Bueno, en realidad lo hago para no tener que llevar colgado del cuello un pentagrama o un collar de ajos.

—Nos vemos esta noche.

Colgué y me recosté mareada y con el estómago revuelto. Albert se acercó a mí y esta vez sí se sentó en la cama. Aunque continuaba envarado.

—¿Estás en condiciones de viajar seiscientos kilómetros en moto?

—¿En moto?

—Sí, vine desde Madrid en una Harley Breakout.

Posó su mano en mi frente y me miró compasivo.

—Dime lo que debo hacer y lo haré yo, estás convaleciente y es una locura ese viaje para ti. Mañana te harán pruebas y debes descansar.

—¿Te parece poco descanso tres días de sueño?

—Tu cabeza se apagó para recuperarse, yo no lo llamaría descanso precisamente.

Me incorporé de nuevo, dispuesta a defender mi postura.

—Debo ir yo. Yo empecé esto, yo lo planeé y yo lo cerraré.

Albert entornó los ojos y me evaluó poco convencido de dejarme ir.

—Cariño…

—No, me medicaré y acabaré con esto de una maldita vez. Es nuestro último obstáculo, nuestra última deuda con el pasado, y entonces seremos libres para siempre.

Asintió conforme, pero su ceño se agravó.

—Bueno, si estás fuerte para viajar en moto a Toledo, lo estás para esto…

Lo miré sin entender, y entonces él se abalanzó sobre mí, aferró mi nuca con inusitada vehemencia y me besó.

Su boca fue ruda, ansiosa, voraz. Su lengua fue minuciosa, dura e implacable. Dominó el beso con una pasión arrolladora, dejándome sin aliento, y cuando me soltó ambos jadeábamos.

—Nunca, ¿lo oyes? Nunca vuelvas a cuestionarte que no vivo por ti. ¡Con o sin hijos, eres mi todo!

Entreabrí la boca para decir algo, pero mi mirada se prendó hambrienta en aquella boca que ahora parecía más hinchada.

—Y, aunque ahora estés resentida conmigo, o dolida, por algo que pasó en otra vida, ya te aviso de que no voy a permitir que te alejes de mí, ni siquiera en actitud. Y si tengo que desarmarte a base de besos, por Dios que lo haré a cada segundo. Porque todavía recuerdo esa sensación agónica de aquel día que siendo mi esclava lograste escapar y yo corrí tras de ti. Jamás en toda mi vida he sentido una angustia semejante. Era como si corriera tras mi propio corazón, como si cada paso que dabas para escapar fuera un paso que yo daba a la tumba. —La intensidad de su mirada me quemó—. Y, joder, si sigues mirándome así, atrancaré esa jodida puerta y te demostraré lo mucho que te necesito.

La cabeza me seguía martilleando, pero ahora era otro pulso el que predominaba en mí.

Me costó no pedirle que atrancara la puerta, pero no me privé de probar otro beso. Lo cogí de la pechera de la camisa y lo atraje hacia mí.

Mi enfado se volatilizó en pos de la acuciante necesidad que imperaba en mí y del irremisible impulso que me empujaba hacia su boca. Era absolutamente incapaz de resistir la lejanía, el resentimiento y la frialdad, cuando lo tenía tan cerca nublando mis sentidos. Lo amaba con todas mis fuerzas y mi cuerpo clamaba el suyo con una urgencia dolorosa. Nada más importaba, solo él y yo.

—Si me necesitas la mitad de lo que yo a ti, vikingo mío, bésame y hazme olvidar dónde estoy, lo que pasó y lo que pasará, hasta que esa condenada puerta se abra.

—Vas a hacer que saque el hacha… —gruñó lascivo.

Reí aviesa y lo miré incitadora.

Sus ojos desprendían un fuego que conocía sobradamente.

Atrapé su boca y la devoré a voluntad, regodeándome en su calor, en su sabor y en todo el amor que brotaba de ella.

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CONTINUARA