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Capítulo 125

Confesiones de alcoba.

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Tras seis horas de trayecto, con un par de breves descansos, llegábamos a Toledo.

El bronco ronquido de la Harley seguía en mi cabeza aunque no estuviera en marcha. Aquella moto era la preferida de Albert, y verlo sobre ella aguijoneaba los sentidos, pues ofrecía una estampa impresionante. Su largo cabello rubio asomando bajo el casco destacaba sobre la cazadora de cuero negro, llevaba botas de motero, guantes, y sus ojos celestes refulgían a través de la visera con la excitación por dominarla a golpe de octano.

Como un caballo que domar y que poner a prueba en la batalla, donde las riendas estaban en los puños, y el manejo en su propio cuerpo.

La había alquilado en Madrid y, por la soltura con que la manejaba, daba la impresión de pertenecerle desde hacía años.

Parecía una extensión de su propio cuerpo, era fiera y hermosa como él, rugía potente, ronroneaba melosa, era ágil y rápida, pero también elegante y dócil.

—¿Hay algo que no sepas manejar?

—Mi angustia cuando no estás cerca.

Se quitó el casco, yo hice lo propio y lo besé.

—Siempre sabes qué decir, y eso es una ventaja para ti.

—También sé qué hacer, excepto ahora.

Nos habíamos detenido en la Puerta del Cambrón, la entrada a la judería, y aquel lugar nos trajo recuerdos a ambos, a pesar de su distinta apariencia, ya que fue remodelada en el siglo XVI.

Ahora era una formidable fortaleza de estilo renacentista, con un gran patio de armas en el centro y rematada por cuatro torres con chapiteles de pizarra, nada que ver con lo que fue.

Saqué mi teléfono del bolsillo y marqué el número de Miguel.

Eran las ocho de la noche, debíamos buscar alojamiento y cenar algo antes de infiltrarnos en el centro de restauración.

—Ya estamos aquí —fue mi saludo cuando descolgó.

—De acuerdo —respondió Miguel—, esperaremos a la medianoche para entrar. Os espero en la entrada de la cuesta. Espero que tengas un plan.

—Lo tengo.

Albert alzó las cejas con gesto incrédulo.

—¿No tendrás por casualidad una furgoneta?

—Lo que tengo es una paciencia de santo y una inconsciencia que estoy nominado a tonto del pueblo.

—Bueno, pero te has ganado unas vacaciones gratis a Noruega, cuando quieras, por santo.

—¿Las noruegas son como tu vikingo?

—Parecidas, sí.

Albert volvió a poner los ojos en blanco, pero esta vez sus labios se arquearon con diversión.

—En tal caso, y aunque necesite subirme a unos zancos para ligar, acepto que metas un ataúd en mi furgo.

—Las noruegas nunca sabrán el gran sacrificio que harás por ellas —murmuré con sorna.

—Bueno, tengo intención de contárselo a la que me deje.

Reí divertida.

—Allí estaremos.

Colgué y suspiré repasando mentalmente mi plan.

—Estaría bien que me contaras con detalle ese plan tuyo, yo también estoy dispuesto a regalarte unas vacaciones indefinidas a Noruega.

Sonreí y me colgué de su cuello.

—Acepto, le tengo echado el ojo a un vikingo en particular.

Albert me alzó por la cintura estrechándome contra su pecho y me besó.

—Y encima te ahorras los zancos —murmuró contra mi boca.

—Vamos, ya sé dónde nos alojaremos.

—¿Dónde?

—En casa de mi madre.

Cuando nos abrió la puerta el encargado de los apartamentos turísticos Casa de los Mozárabes, me miró reconocedor y esbozó una sonrisa cordial.

Su gesto pícaro se suavizó al reparar en el imponente hombre que iba conmigo.

—Veo que esta vez vienes acompañada de tu señor Andrew.

—Dado que soy propensa a los desmayos, en lugar de sales me he decidido por mi marido.

El hombre rio y se retiró para dejarnos entrar.

Albert admiró el patio con la misma sensación de irrealidad que yo, sumido en otro siglo, atrapado por el pasado y los recuerdos.

Se adelantó unos pasos, completamente fascinado por cuanto veía.

—Espero que él no se desmaye, necesitaría una grúa para levantarlo —me susurró Diego mordaz—. Además, arruinaría mi reputación de donjuán.

Lo miré y, en aquel momento, otra pieza encajó en mi esquema mental.

Era como si ambas vidas, pasado y presente, comenzaran a ensamblarse, adquiriendo todo un sentido providencial.

Sonreí con cierta vaguedad, más atenta a la reacción de Albert que a aquel hombre.

En aquel momento se había acercado al brocal del aljibe, que, rodeado de varias macetas donde la exuberante aspidistra crecía bajo la luz de la claraboya, vestía de un verde profundo la piedra que tenía de fondo. Miró hacia arriba, hacia la galería rematada por la balaustrada de punta de diamante, y admiró embebido los aleros aquillados, los alfarjes grabados con decoración heráldica y la exquisita yesería.

Pero en realidad lo que veía eran escenas pasadas, a sus amigos y aquella vida que había transcurrido entre aquellas paredes.

—Necesitaríamos un apartamento para dos, Diego.

Pareció complacido de que recordara su nombre, aunque no era uno que yo pudiera olvidar fácilmente.

Me condujo hacia la recepción y se puso tras el mostrador.

—¿Para una noche?

—Sí, mañana partimos para Madrid.

Albert se acercó al mostrador y se apoyó en él.

—Necesitaría un carnet.

Ya revolvía en mi bolso cuando Albert me detuvo con un gesto y una sonrisa. Extrajo su cartera y sacó su documento de identificación.

—Mejor a mi nombre, y pagaré al contado.

El hombre asintió con una sonrisa formal y procedió al registro.

Nos ofreció la llave, indicándonos la ubicación de la habitación en el primer piso.

—Veo que nuestro patio ha llamado poderosamente su atención.

—Es una belleza, como toda la ciudad —respondió Albert.

—¿Es la primera vez que viene?

—No, estuve aquí hace ya algunos años para llevarme la mejor joya de la ciudad.

Me miró intencionado y el hombre sonrió captando el cumplido que me hacía.

Ascendimos la escalinata y recorrimos la galería hasta la puerta del apartamento.

Ambos nos miramos asombrados. Aquella fue nuestra alcoba.

—¿No sientes como si el destino nos diera una segunda oportunidad de hacer las cosas bien? —preguntó solemne—. Es como si hubiéramos regresado.

—Bueno, partiendo de que las casualidades no existen y de que el destino al final sabe devolver lo que quita, estoy segura de que podremos restablecer el equilibrio de las cosas.

Albert abrió la puerta y nos adentramos en una salita coqueta, con un sofá de piel marrón oscuro, una mesita y una tele. Al fondo, unas puertas de vidrio esmerilado daban paso a una habitación rectangular, con uno de los muros en mampostería, y una bonita cama junto a una ventana.

—Deberías descansar —sugirió—, aún no me explico cómo te tienes en pie, yo estoy molido.

Se quitó la cazadora y la camisa, quedando solo con una camiseta blanca de tirantes, y se tumbó en la cama.

—Anda, ven —incitó palmeando el sitio contiguo.

Yo me quité las mallas negras que llevaba y, arropada por mi jersey de lana blanco, me acurruqué a su lado.

—¿Qué tal tu cabeza? —preguntó besándola.

—Sigue pegada al cuerpo.

—Dime algo que no vea.

—Lo mucho que te deseo —musité subiendo la tela de algodón de su camiseta para acariciar la cálida piel de su acerado vientre.

Comencé a puntear de besos su mentón, mientras mis dedos trazaban líneas erráticas sobre su torso.

—Lo voy viendo… —gimió contenido.

Me incorporé de rodillas, me alcé ante él y me quité el jersey de lana con un movimiento lento, calculado y provocador. Abrí las piernas y me puse a horcajadas sobre sus caderas. Albert llevó las manos a mi espalda y me desabrochó el sostén. Me lo quitó con la boca y abarcó con sus manos mis senos para devorarlos a voluntad. Me incliné hacia atrás saboreando el placer que me procuraba. Posó sus manos en mis caderas y me instó a moverme sobre él.

Comencé a ondularme sobre el prominente bulto que tensaba su ingle y mi propia excitación se descontroló.

Albert introdujo su mano entre mis piernas para desabrochar su bragueta con gesto urgente y torpe. Me alcé ligeramente y él aprovechó para arrancarme la ropa interior de un tirón, penetrándome de una brusca embestida. Adoraba esos arrebatos bárbaros que emergían imperantes cuando el deseo lo nublaba.

Me moví sobre él, lentamente al principio, gozando de cada sensación, paladeando la fricción, las caricias, los besos, las miradas…, pero luego el placer aumentó desbordando mi juicio, enloqueciendo mis sentidos.

Albert abarcaba mis nalgas marcando el ritmo, mordía mi cuello, devoraba mis senos, apresaba mi boca con tan desaforada pasión que el clímax llegó catártico, arqueando mi espalda como si me atravesara un rayo. Me convulsioné sobre él liberando un gemido largo y rasgado… Albert se quebró en un gruñido ronco derramándose en mí.

Me incliné laxa sobre él, sintiendo cómo sus brazos me rodeaban, cobijándome en su pecho.

—Freya —susurró jadeante—, siento que se me sale el corazón del cuerpo, que muero y renazco al tiempo, que todo cobra otra dimensión cuando estoy dentro de ti. Por eso salir de ti, alejarme incluso unos pasos, sentirte lejos o irritada conmigo hace que la realidad me resulte a veces insoportable. Y esto que siento…, amor mío, ha sido siempre, antes y ahora.

Erguí la cabeza para mirarlo.

—¿Por eso tu temor a que tu confesión cambiara mi actitud contigo?

—Por eso.

Salió de mí y me tumbó en la cama para acomodarse a mi lado. Flexionó el brazo para apoyar la cabeza sobre su mano.

—Eso sucedió en otra vida, Albert, y…

—Yo no lo veo así —interrumpió—. Tú acabas de recordar y yo tenía eso guardado en mi interior y me quemaba las entrañas ocultártelo. Es otra vida, sí, pero en realidad es el preludio de esta, con lo cual el pasado está presente, siempre lo ha estado desde que nos reencontramos, como si nos persiguiera hasta que resolvamos las cuitas pendientes o paguemos las deudas adquiridas.

De tal forma que, bueno, lo que acabas de recordar está demasiado fresco en tu mente, lo que significa que sigues conectada emocionalmente con aquellas vivencias. Y encima yo sentía la necesidad de no guardarme nada dentro, porque pienso que es esencial que lo liberemos todo para poder empezar desde cero, cerrando por fin esa puerta, para abrir la de un futuro completamente desligado del pasado. —Hizo una pausa en la que su faz se ensombreció con la inquietud que había sufrido todo ese tiempo—. Y, bueno, yo temía que mi confesión te afectara de algún modo.

—No obstante, fuiste valiente y me lo has contado incluso cuando yo acababa de revivir ese momento —murmuré.

—Era el momento, quizá el más delicado —apuntó grave—, pero para mí fue una traición hacia ti haber tenido ese pensamiento, y me angustiaba. A eso súmale que me sentía culpable por habernos abocado a la muerte. Me preocupaba mucho que eso te alejara de mí.

—¿Fue uno de los motivos por los que no quisiste contarme esa última parte de la historia?

—El motivo real fue que ansiaba cerrar esa puerta. Sufrimos mucho, luchamos demasiado y al final perdimos. Mejor no mirar atrás, preferí mirar adelante y vivir felices sin remordimientos, culpas ni sinsabores. No obstante, las cosas que no se cierran como es debido regresan a ti una y otra vez.

—Cierto —coincidí clavando mis ojos en los suyos—, pero quiero que te quede claro a ti también que no hay nada en este mundo, ni en ningún otro, que pueda alejarme de ti.

Atrapó mi nuca y apresó mi boca, vertiendo en el beso todo el alivio y la dicha por sentirse liberado de su carga.

—Y ahora, dime, ¿qué pasó cuando morí?

—Que tuve la oportunidad de cambiar las cosas.

Su expresión se tornó intrigada.

—No confiaba en ella —comencé—, ni en toda esa palabrería sobre compensarnos y sobre que merecíamos una nueva oportunidad. Pero ni yo ni tú ni nadie podíamos cuestionar lo que nos decía. Sin embargo, decidí confiar en mi instinto. Y mis tripas me gritaban que nos estaba engañando. Así que, cuando me llevó a sus piedras, a ese lugar sagrado, y sentí la magia del sitio brotando de aquel enorme saúco, decidí forjar mi propio plan.

Albert entornó curioso los ojos.

En ellos reconocí un brillo admirativo.

—Caminé hacia el árbol, sentí, al igual que me pasó el otro día con Miguel, un fuerte vínculo con él. Un magnetismo inexplicable pero tan palpable como la rotunda rugosidad de su viejo tronco. Y fui hacia él. Allí, puse las manos en los nudos de su madera y, como si hubiera conectado directamente con la Madre Tierra, sentí un flechazo eléctrico atravesándome.

Le hice una pregunta y me contestó. No necesité nada más.

—¿Qué le preguntaste? —inquirió completamente absorbido por mi relato.

—En realidad, algo que ya sabía, que ella jamás permitiría que volviéramos a encontrarnos, que ya nos había maldecido. Y entonces fue cuando me vi obligada a tomar aquella decisión.

—¿Qué decisión?

—Matar a Frianda.

Albert me miró boquiabierto. Su ceño se intensificó, el estupor cubrió sus facciones como un tupido y sombrío paño.

—Dime que no lo hiciste. —El tono angustiado de sus palabras me irritó.

Suspiré hondamente, cerré los ojos y rememoré aquella larga y dura noche.

—Lo hice, era el único modo de romper la maldición que nos separaría.

Pero ella me lo puso fácil, se enfrentó a mí.

—¿Y la niña? —preguntó preocupado.

—Vino con ella, atada a su pecho en aquella fría madrugada. Esa criatura no merecía tener ni esa madre ni esa vida. Y, cuando me dejó el cuerno hueco con la infusión de hojas de tejo, me preguntó por qué no la había obligado a rehacer el hechizo. Aquello la inquietaba y le hacía sospechar que yo tenía otra cosa dispuesta. Por eso se encaró conmigo, para hacerme hablar…

Me alejé del cuerpo frío de Albert, bañado por la luz de la luna, y me enfrenté a ella.

Aquella pequeña gorjeando entre nosotras era su escudo. No podía mirar la carita de la pequeña sin sentir unos atroces remordimientos por lo que estaba a punto de hacer.

—No necesito que rehagas nada, no te necesito para nada —respondí a su recelosa pregunta.

Frianda entornó los ojos con aguda suspicacia y retrocedió unos pasos.

—¿Y qué es exactamente lo que piensas hacer? ¿Has cambiado de opinión? ¿Ya no deseas morir con él?

—Sé exactamente lo que debo hacer —repuse ladina—, lo contrario de lo que tú deseas y esperas.

Sus labios se fruncieron en una mueca amenazadora.

Intentaba provocarla para que soltara a la niña y se enfrentara abiertamente a mí, pero necesitaba más acicate.

—¿Sabes que tu hija ya está condenada por tu maldad? Me lo dijo el gran saúco, que no verías su primer año de vida.

—¡Mientes! —exclamó colérica—. Se convertirá en la hechicera más hermosa y poderosa que nunca haya existido. Lo he visto en las piedras.

Incluso sé cómo la llamarán: Myrna, la Gata Negra. Viajará a mi tierra de origen, Ériu, y echará a los norteños que se han asentado en el lago negro, en Dubh Linn. Por eso la hice venir al mundo de la semilla del mejor de los guerreros, su sangre pagana y celta la convertirá en una líder única, porque su sino será crear una nación, proteger su magia y sus tradiciones, y expulsar al invasor. Ella no morirá, está llamada a hacer grandes cosas, será venerada, amada y traicionada, pero se convertirá en la única mujer que comande ejércitos, que una un pueblo y que sea temida en medio mundo conocido.

Miré la dulce carita de la niña, sus ojos azules me contemplaron ingenuos y hermosos, los ojos de Albert. Su cabello negro, como el de su madre, resaltaba el pálido óvalo de su rostro. El frío de la noche arrebolaba sus mejillas y la punta de su nariz. Su apariencia era tan adorable y tierna que me sentí tentada de acariciar su tez.

Sería hermosa, eso era indiscutible, y quizá también heredara los dones de su madre, solo esperaba que también gozara de la sabiduría y la bondad de su padre para utilizarlos debidamente.

—Yo solo corroboro que no verás su primer año de vida —musité obligándome a apartar los ojos de la niña y clavándolos en su madre, refrendando con mi mirada la amenaza que entrañaban mis palabras.

—¿Vas a obligarme a que te meta en ese maldito ataúd?

—Me temo que sí, Frianda de Kent.

Asintió levemente, se descolgó a la niña de su pecho y la dejó bajo un árbol, envuelta en aquel trapo con que la transportaba.

Luego se acercó a mí con gesto depredador. Su mirada brilló letal en medio de aquella noche que se cobraría el alma de dos mujeres enfrentadas.

Saqué mi daga y ella su puñal. Y comenzamos a tantearnos moviéndonos en círculos.

Lanzamos varias tentativas para calcular las distancias. Frianda sonreía pérfida, disfrutando del preludio de un combate que ya desprendía el inconfundible tufo de una muerte inminente.

—Vamos, loba, saca tus garras…

Apreté los dientes y, como si mi animal interior hubiera roto la cáscara de mujer que lo cubría, se oyó un largo aullido en la noche. Pude ver cómo el semblante confiado de Frianda titubeaba en pos de una máscara de prudencia y respeto hacia mí. Sería un grave error subestimarme, y ella era muy lista.

Lancé la primera embestida, rápida y certera. Un tajo se abrió en el costado de la hechicera. Gimió y saltó hacia atrás protegiéndose con varios lances, que esquivé. Ella podía ser letal con las pócimas, pero yo lo era con las armas.

Frunció el ceño furiosa y yo sonreí artera ante la visión de la sangre de mi contrincante. Me relamí ávida de más sangre.

—¿Dónde está ahora tu poder, maldita?

Comenzamos a girar en un amplio círculo, aguardando un ataque del contrario. Ya me decidía a nueva embestida, esta vez más letal, cuando, al estirar el brazo para enfocar la estocada en el cuello, ella giró sobre sí misma, ágil como un gato, y se lanzó contra mí. Su daga se hundió en mi vientre. La sacó rápidamente y la sangre brotó de mi herida. Apenas sentí dolor, pero su pequeña hoja estaba empapada en mi sangre.

Apreté los dientes, gruñí y cargué contra ella, descargando varios lances cortos y rápidos que la hicieron retroceder jadeante. Se cobijó tras un árbol, esquivando mis ataques. Me costó hacerla salir de su escondrijo, pero cuando la tuve a mi merced de nuevo en el claro, supe que o acababa pronto el combate o la herida que horadaba mi vientre acabaría debilitándome.

Desplegué todas mis habilidades teñidas de furia y desesperación y, tras varios giros que la desconcertaron, logré ponerme tras ella y la desarmé. La cogí por el torso y desde atrás posé el filo de mi daga en su garganta. La respiración agitada de la bruja rezumó su miedo y su desesperanza.

—Déjame que me despida de ella —gimió suplicante.

Me volví para encararla hacia el árbol donde su hija parecía dormitar cubierta por el manto y la ignorancia de lo que acontecía frente a ella.

—No voy a soltarte. Despídete de ella, tus dioses te esperan.

Pronunció una frase larga y apasionada en una lengua extraña, reconocí el nombre de Myrna al final. Luego agregó algo que, aunque entendí, no comprendí:

—El alma que aquí habite no podrá renacer de entre las aguas.

Cuando terminó, sentí en mi puño la cálida humedad de una lágrima. No me conmovió. El lobo que habitaba mi ser carecía ya de piedad alguna.

Deslicé la hoja penetrando en su carne. Un reguero espeso y oscuro manó a borbotones. Con cada latido la vida salía de su cuerpo palideciendo su piel.

La solté y me puse frente a ella.

Intentó hablar, pero no pudo. Su mirada desorbitada me taladró, cargada de odio e impotencia. Se desplomó de rodillas sobre las crujientes hojas del bosque.

La noche ya agrisaba, la muerte acudía presta a colmar su implacable apetito. Yo solo esperaba alimentarla tras haber terminado mi cometido.

Observé cómo Frianda boqueaba en busca de aire, cómo el aroma herrumbroso de la sangre precedía al rocío del amanecer, cómo la vida emergía en volutas de vaho del cuerpo de la bruja. La bruma que abrazaba los helechos comenzaba a diluirse huyendo de una mañana incipiente que se intuía clara.

Cuando la mujer cayó inerte sucumbiendo a su fatal destino, la niña lloró como si intuyera aquella trágica pérdida. Sin poder adivinar que tendría la mejor de las madres, la mía.

Oprimí la herida de mi abdomen y, medio inclinada sobre mí misma, me acerqué hacia el árbol. Me dejé caer junto a la pequeña y la tomé en mis brazos, acunándola.

—Chisss…, todo saldrá bien, pequeña. Si estás llamada a ser Myrna, la Gata Negra, reina de los celtas, lo serás. Pero vistiendo los valores que precisarás para ello.

En aquel preciso instante supe qué debía hacer con ella, y, en honor a la predicción de su madre, decidí, si la vida me concedía ese tiempo, escribir su destino y entregarla con él cuando tuviera edad para cumplirlo.

Regresé con la niña en brazos junto al cuerpo de Albert y me tumbé junto a su lado con ella entre nosotros.

—He ahí tu padre, el mejor de los hombres y el más temible de los guerreros.

Aguardé al alba, a que los hombres nos encontraran, rezando por que mi vida se alargara lo suficiente para disponer el destino de aquella niña y el nuestro.

Mientras la mañana clareaba, pintando de colores el bosque, perfilé en mi cabeza cuanto habría de hacer para marcharme en paz…

CONTINUARA