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Capítulo 126
El poder del agua..
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Tras cenar en la taberna El Embrujo, descendimos hacia el sur por la calle de Santa Leocadia y giramos a la derecha hasta la Cuesta de Santa Leocadia.
Tras doblar a la izquierda nos asomamos por la Cuesta del Cohete, donde estaba la entrada al Centro de Conservación y Restauración de Toledo.
Un poco más allá, junto al bar Caqui's, había un solo vehículo estacionado sobre la pedregosa calzada, una furgoneta blanca.
Nos dirigimos hacia allí seguidos del eco de nuestros pasos en aquel callejón oscuro.
Albert llevaba las manos en los bolsillos de su cazadora de cuero y caminaba con paso decidido pero alerta. Su enorme sombra se proyectaba en el suelo y ascendía por las paredes, oscureciendo más aquel tramo.
Yo enlazaba su brazo y caminaba con el pulso desbocado. Ya no por lo arriesgado del plan, sino por lo cerca que iba a volver a estar de ella.
Nos aproximamos al vehículo y Miguel bajó de él.
Le tendió la mano a Albert y lo miró como solían mirarlo, con ciertas reservas dado su tamaño y su aspecto.
—Bueno, vamos, que parece que Noruega me espera.
—Pero para darte asilo si esto sale mal —murmuró mi marido.
Miguel palideció y yo le di un suave codazo a Albert.
—Está bromeando —apostillé.
—Muy gracioso el vikingo —rezongó con una sonrisa cáustica.
Albert en cambio sí sonrió ampliamente, regodeándose de la lividez de Miguel.
—Pues estamos infringiendo la Ley de Patrimonio Histórico Español expoliando un hallazgo arqueológico, vamos, que es un delito con penas que varían entre…
—Varían entre que te cojan o no —zanjó Albert divertido.
Miguel puso los ojos en blanco y me miró ceñudo.
—¿Has pensado en llevarlo a «El club de la comedia»?
Lo miró de arriba abajo y agregó:
—Aunque también le iría bien en «El club de la lucha».
—Me iría mejor si nos diéramos prisa —masculló Albert—. Tengo entendido que en esto de robar hay que ser rápido —miró intencionado a Miguel y añadió— y silencioso.
Este resopló y caminó delante de nosotros rebuscando en el bolsillo de su cazadora.
Se detuvo frente a los portones de madera e introdujo una llave. La giró varias veces y nos adentramos en la oscuridad del centro.
Nos condujo por un corredor usando la luz de su móvil y franqueamos las oficinas. Sacó otra llave y abrió la puerta que conducía al patio interior. Lo atravesamos y nos detuvimos frente a la entrada reservada para hallazgos arqueológicos, donde solían realizarse los talleres, con amplias salas de trabajo.
Otra llave, otra puerta.
—Habrá que romper las cerraduras antes de irnos —sugirió Albert—, no querrás que sepan que ha sido personal del centro, ¿no?
Miguel lo miró con franca admiración.
—Lo que me sorprende es que ahora mismo no esté vomitando de los nervios —confesó con una sonrisa.
—Mientras puedas seguir poniendo un pie detrás del otro, me conformo —observó Albert socarrón—. Pero, si me permites, prefiero conducir yo.
Me miraron al tiempo con semblantes inquisitivos.
—Por cierto, ¿adónde vamos a llevar el ataúd?
—Hay que devolverlo a una tumba de agua.
Ambos alzaron las cejas interrogantes. Pero fue Miguel quien habló:
—No pensarás tirarlo al Tajo, ¿no?
—No, he pensado en tirarlo al embalse del Torcón.
—Eso está a unos cincuenta kilómetros de aquí.
—A menos de una hora, y lo suficientemente alejado de la civilización.
—Eso no es óbice para que vuelvan a encontrarlo —mencionó Albert—, ¿por qué no lo quemamos?
—Porque solo el agua puede retener a una bruja. En la antigüedad se utilizaban las ordalías del agua para desenmascararlas, es pura superchería, pero tiene un origen místico mucho más antiguo. El agua es un elemento sagrado en todas las religiones. Las abluciones musulmanas, el bautismo cristiano, el baño ritual judío, el agua vertida en un funeral budista, los templos sagrados hinduistas siempre han de estar en la orilla de un río… En las religiones paganas, el agua es expresión de vida y se utiliza en numerosos rituales. Y, aparte de eso, lo pone en la tablilla: «El alma que aquí habite no podrá renacer de entre las aguas». O sea, que no tendrá cabida en vientre alguno.
—¿Averiguaste el significado de las inscripciones en ogham? —Miguel me miró perplejo.
—Algo así. —Lamenté en el acto haber hablado de más.
—¿Cuándo? Porque la última vez que estuve contigo no tenías ni idea. Y a no ser que en tu inconsciencia te hayas iluminado misteriosamente…
—Fui yo —intervino Albert—, tengo un amigo arqueólogo experto en materia celta y druidismo, y le mandé una foto de las anotaciones que había hecho Candy en su bloc.
Respiré aliviada y Albert me guiñó un ojo cuando Miguel se volvió hacia mí.
—Pero ¿cómo sabes que es la bruja la que está ahí dentro?
Podría haberle dicho que yo había dispuesto que así fuera, que la vi dentro, que vi cómo clavaban la tapa y colocaban los cintones cerrándolos con una cerradura que no tenía llave. Que fui yo quien colocó la tablilla en la tapa y quien grabó la runa Laguz en ella, con un solo motivo, porque es la runa del agua, y deseaba reforzar el hechizo. En su lugar, dije:
—Cuando toqué ese árbol, el saúco, y me desvanecí tuve una visión, la vi dentro de ese ataúd, supe que era la bruja, supe que mi inconsciente me estaba avisando del peligro. Aquel crómlech era su santuario, conecté con ella.
Miguel me miró impresionado. Acto seguido, paseó la luz de la linterna de su móvil por la amplia estancia, deteniendo el haz sobre el ataúd, que reposaba en un soporte especial.
Los tres contuvimos el aliento ante su visión.
Albert agravó su gesto, yo sentí un opresión insidiosa en el estómago y la garganta seca. Miguel agrandó los ojos con temerosa solemnidad.
—Acabemos con esto —urgió Albert; pude ver en su rictus una aprensión preocupada.
Fue el primero que enfiló hacia el féretro, que por un segundo me pareció que latía con vida propia.
Miguel y yo lo seguimos.
A nuestro alrededor había lienzos cubiertos con sábanas, piezas sobre las mesas de trabajo, cajones apilados en las esquinas y toda clase de herramientas. No sé si fue la penumbra de la noche, la soledad de aquel vasto espacio o la presencia del ataúd, pero el ambiente se tornó siniestro y casi espectral.
Rodeamos la caja de madera de saúco carcomida por el tiempo, pero aún increíblemente resistente. Y cuando Albert puso su mano sobre la tapa, algo sucedió. Los cristales de las ventanas vibraron como si una fuerte ráfaga de viento los estuviera azotando.
Miguel dejó escapar un agudo chillido y me miró ansioso.
—Joder, parezco una nenaza… —se lamentó enfurruñado por el sobresalto, jadeando y con la mano en el pecho.
Albert no podía despegar sus ojos del ataúd. Pero había algo en su faz que me detuvo el pulso. Era como si sus manos tampoco pudieran separarse de él. Como si estuviera paralizado.
—¿Albert?
En aquel momento percibí un ligero temblor proveniente de sus brazos y me acerqué a él.
—Cariño…
Pero no me miró, su expresión era ausente y el terror me invadió.
Comenzó a sacudirlo, pero, como si fuera de piedra, no conseguí apartarlo.
Miré nerviosa a mi alrededor buscando no sabía bien qué.
Otro sonido nos hizo dar un respingo. La pila de cajas se desmoronó como un castillo de naipes.
Miguel se santiguó y me miró aterrado.
—¡Debemos alejar a Albert del ataúd!
—Esto no puede estar pasando —recitaba Miguel sin parar.
Las herramientas sobre la mesa comenzaron a vibrar golpeando el tablero.
Miguel corrió a la puerta, pero esta se cerró de golpe.
Otro grito rebotó en aquellas frías paredes, acentuando el terror que ya sentía. Albert permanecía inmóvil, ajeno a lo que sucedía, como una estatua más de aquella sala.
Corrí hacia él y comencé a golpearlo, a empujarlo. Y, frustrada y asustada, golpeé también la tapa de saúco.
—¡Maldita, suéltalo! —grité furiosa.
La sentí. Sentí su poder, su presencia. Estaba despertando de su largo letargo. ¡Tenía que hacer algo!
De repente recordé que en aquella sala había piletas en la parte de atrás.
Corrí hacia allí a toda prisa, llené un recipiente con agua y regresé a la sala. Miguel tenía las manos cerradas en torno a un crucifijo que llevaba al cuello y parecía rezar en voz baja mientras sus ojos miraban desorbitados a su alrededor.
Derramé el agua sobre la tablilla. Y, ante mis ojos, la runa Laguz al contacto con el líquido se iluminó con un resplandor azulado, el resto de los símbolos también refulgieron, y los ruidos cesaron en el acto.
En ese instante, Albert recuperó la conciencia y apartó las manos del ataúd jadeando. Su tensionado rostro evidenció el sufrimiento al que había sido sometido. Retrocedió aturdido mirándose las palmas de las manos.
—Ella… me ha cogido —murmuró entrecortado.
Temblaba.
Lo abracé y sentí sus escalofríos.
—Vamos, no hay tiempo que perder.
—Chicos, yo os presto la furgo, pero dudo que haya alguna noruega que compense esto.
—Ayúdanos al menos a transportarlo —le pedí.
Miguel asintió no muy convencido y yo corrí a llenar el recipiente.
—Espero que sea suficiente para el trayecto.
—En la furgoneta llevo siempre una botella grande de agua, por si la necesitáis.
Arrastramos el soporte de ruedas fuera del edificio inmersos en una bruma lúgubre y gélida de puro terror. Cada sombra pareció revivir cerniéndose amenazadora sobre nosotros, cada sonido se nos antojó el aliento de la muerte en nuestra nuca, cada jadeo el susurro de la bruja en nuestros oídos.
Logramos salir al exterior con el corazón desbocado, y, como si nuestros pies caminaran sobre cristales rotos, nos dirigimos hacia la furgoneta. La estrecha y escondida callejuela nos cobijó de miradas indiscretas.
Miguel abrió las puertas traseras del vehículo y, antes de que Albert volviera a tocar el ataúd, le hice mojarse las manos. Miguel hizo lo mismo, y volvió a santiguarse como si fuera agua bendita.
Entre ambos lograron no sin esfuerzo introducir el féretro y cerrar las puertas sin que ningún otro fenómeno extraño sucediera.
Miguel le tendió las llaves a Albert.
—Creo que voy a pasar la noche metido en la bañera.
Froté su brazo intentando reconfortarlo.
—Gracias, amigo mío, y siento haberte hecho pasar por este trance.
Miguel inspiró profundamente y me miró beatífico.
—Siempre he creído en lo que no se ve, en esas energías que están ahí y que nos esforzamos por ignorar. En la magia ancestral, en lo que los retrógrados denominan «lo imposible». Presenciar una creencia es algo que no sucede todos los días, y aunque en este momento estoy cagado de miedo, sé que lo recordaré como una gran experiencia. Solo te pido que, si algún día se la cuentas a alguien, omitas que grité como una beata en una orgía.
—Bueno, al menos no te has meado encima —apuntó Albert con sorna.
—Al menos no me he convertido en imán de ataúdes —contratacó mordaz.
—Un gran consuelo para el ataúd —replicó a la pulla esbozando una sonrisa conciliadora.
—Dime, por favor, que hace algo mal —murmuró dirigiéndose a mí con gesto hastiado.
Albert le palmeó la espalda divertido y contestó por mí.
—Llevo mal que hablen de mí como si yo no estuviera —le dedicó una amplia y agradecida sonrisa y agregó— Gracias, Miguel, aunque mis paisanas no valoren que casi infartas por ellas, si te decides a venir, te presentaré a unas cuantas fáciles de convencer.
—Ten por seguro que exigiré un pago a este favor.
Me miró de nuevo y no pude contener un abrazo.
—En Tønsberg tienes tu casa y en mí, una amiga.
Asintió, se pasó la mano por su revuelto cabello y sonrió emocionado.
—No perdáis más tiempo —aconsejó—, que se os seca la bruja.
Aquel curioso término que quiso sonar jocoso nos envaró a los tres.
—Por favor, llámame cuando os libréis de ella…, total, no voy a dormir. Y ya te aviso que te pasaré la factura del gas y de la luz de esta noche.
—Lárgate ya o voy a tener que abrazarte yo —amenazó Albert.
—¡Ah, no! Más sustos, no.
Alzó la mano y se alejó calle abajo.
Subimos a la furgoneta y Albert arrancó. Yo, desde el asiento del acompañante, vislumbré en la oscuridad de la cabina de carga que la inscripción continuaba brillando. Estaba claro que ese era el indicativo de seguridad en el que debía fijarme durante todo el viaje.
Orienté a Albert para que saliera de la ciudad hasta poder coger la comarcal 401 rumbo al embalse del Torcón y me apoyé en el respaldo con la mirada fija en ella…, porque en mi mente podía verla como la última vez que la tuve frente a mí..
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CONTINUARA
