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Capítulo 127

La última piedra del camino.

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—Nos siguen —aseveró Albert mirando el espejo retrovisor.

Miré por las ventanillas traseras y vi que, tras la curva, asomaban dos faros blancos.

—Quizá solo se dirige a algún pueblo cercano.

Él negó con la cabeza tras echarle un rápido vistazo a la pantalla del GPS.

—A partir de este tramo ya no hay ningún desvío. Vamos directos al embalse.

—Pero ¿quién podría seguirnos? Nadie sabe nada. Quizá sea una pareja que pretende dar un paseo o busca un lugar tranquilo.

Albert me lanzó una mirada alzando incrédulo una ceja y volvió a negar con la cabeza.

—Ese coche nos sigue desde que salimos de Toledo. Frena cuando yo lo hago y lo mismo acelera. Veamos si se detiene cuando yo…

Frenó y enfiló hacia el arcén, activando las luces de emergencia.

Aguardamos tensos hasta que el vehículo nos sobrepasó. No pudimos apreciar muchos detalles del coche, excepto que era un vehículo de alta gama en color oscuro.

Aproveché para derramar más agua sobre la tablilla, estirándome sobre el respaldo del asiento.

—Deberíamos buscar otro embalse —sugirió Albert.

—Cerca de Toledo está el de Guajaraz, elegí este justo por la distancia y porque es más tranquilo. Tendríamos que regresar cuarenta kilómetros aproximadamente.

Frunció el ceño reflexivo.

Finalmente se encogió de hombros y resopló.

—No llevamos tanta agua, y, además, nos seguirían igualmente.

Arrancó y se incorporó a la solitaria carretera.

Respiré hondo intentando aligerar el velo de inquietud que comenzaba a ensombrecer mi ánimo.

—¿Crees que Miguel ha podido contarle a alguien el plan? —preguntó Albert.

—Estaba pensando en lo mismo, y realmente no lo creo.

—Pues pronto lo averiguaremos.

Llegamos al embalse. No vimos ningún coche estacionado en aquel lugar.

La carretera se bifurcaba. Un tramo se dirigía hacia la presa y el otro, hacia el borde del pantano.

En aquel punto, una casona de piedra abandonada se alzaba sobre una loma.

Albert se dirigió hacia el pantano, intentando acercarse todo lo posible al borde.

La luna iluminaba la ribera, rociando de pequeños diamantes la oscura superficie del agua. Más allá se alzaba la presa, un pasillo con barandilla la recorría.

Salimos de la furgoneta y Albert abrió las puertas traseras.

—Voy a dar una vuelta —me susurró—, no tardaré. Simula que haces algo aquí dentro. Pero estate alerta.

Asentí y desapareció furtivamente entre los altos matorrales.

Hacía frío y una sinuosa bruma se rizaba entre los arbustos lamiendo la orilla, como si titubeara al tener que caminar sobre las aguas.

La paz de aquel lugar solo se rompía por los desacompasados latidos de mi corazón, preso de una desazón que iba en aumento. Fingí trastear en el interior de la furgoneta, pero una casi imperceptible vibración me detuvo el pulso.

Procedía del ataúd.

Angustiada, comprobé que el resplandor de la inscripción se apagaba.

Me precipité a la cabina y cogí la botella de agua. Las puertas traseras se cerraron de golpe. Gemí sobresaltada y se me cayó la botella, derramándose en el suelo.

—¡Joder, no!

Intenté salir, pero las puertas laterales parecían bloqueadas.

Y entonces, una extraña brisa gélida y espectral impactó contra mí, susurrando mi nombre.

Quedé paralizada.

Esta vez, las vibraciones de la tapa fueron evidentes y el pánico me invadió. Frianda quería salir.

Busqué algo con lo que romper las ventanillas para abandonar el vehículo.

Miré ansiosa bajo los asientos, en la guantera y en todo recoveco que encontré. Papeles, unas llaves, bolígrafos, clínex, unas gafas de sol, pastillas y unos chicles…

«… Myrna…»

Lo oí con aterradora claridad. Un violento escalofrío sacudió mi cuerpo.

¡Dios santo, llamaba a su hija!

Comencé a golpear enloquecida los cristales y a gritar desaforada. Aquella brisa helada me envolvió como una garra, sentí un tacto resbaladizo en mi nuca y me revolví como si estuviera cubierta de hormigas.

—¡Aléjate de mí, maldita!

Me pareció oír una risa de ultratumba, hueca, oscura y siniestra. Mi piel se erizó y mi pulso se desbocó.

«… Myrna…»

Y, en aquel preciso instante, una mano helada se posó en mi vientre y, como si una vaharada de hielo se extendiera por mi piel, sentí cómo aquel tacto se adentraba en mi carne, alcanzando cotas más profundas de mi ser.

Permanecí inmóvil, inmersa en ese estado de absoluto pavor que enmudece los sentidos para protegerte del horror. Que intenta alejarte de la realidad porque no puede asumirla con racionalidad.

Que te protege creando una parcela aparte en tu mente en la que almacenar ese recuerdo para luego cerrar la puerta con llave y olvidar que algún día existió.

Y, en ese justo momento, las puertas traseras se abrieron.

Y ante mí apareció Albert.

Y la insidiosa quietud que amordazaba mis emociones se rompió en mil pedazos.

Y comencé a gritar como si de esa forma pudiera expulsar de mi cuerpo aquel frío atroz que congelaba mi ser.

Unos brazos me rodearon. Un fuerte y cálido pecho me cobijó. Y las lágrimas emergieron, liberando el miedo. Y el calor derrotó al frío. Y el amor silenció a la bruja.

—Chisss, ya estoy aquí, amor mío. Todo está bien. Todo.

—¡Aléjala de mí! —supliqué.

—Esto acaba aquí y ahora —prometió.

Salimos de la furgoneta. Yo corrí hacia la orilla, ahuequé las manos en el agua y la vertí sobre mi rostro. Luego regresé con paso decidido al vehículo e insté a Albert a hacer lo mismo.

—Vamos, ayúdame a sacarlo.

Comenzó a arrastrarlo trabajosamente fuera de la cabina de carga y, cuando intenté sujetarlo por el otro extremo, se me resbaló debido al peso.

—Parece que necesitáis ayuda…

Albert se volvió turbado y yo di un respingo. De entre los matorrales surgió una figura que, conforme avanzaba hacia nosotros, la luna identificó.

Parpadeé perpleja.

—¿Qué… haces tú aquí?

Aurora me sonrió enigmática.

—Os vi llevándoos el ataúd con ayuda de Miguel. Salisteis del centro como si os persiguiera un fantasma —miró el ataúd y se abrazó a sí misma—, imagino que el que está dentro. Y decidí satisfacer mi curiosidad.

Albert me miró aprensivo y alarmado.

Pero yo decidí confiar en mi instinto y en mi mente empecé a atar cabos.

—Imagino que nos hemos adelantado —aventuré.

Por la expresión taimada de Aurora, supe que iba bien encaminada en mis especulaciones.

—Siempre es gratificante ver cómo otros hacen el trabajo sucio —afirmó.

—Y, si sigo imaginando, es posible que piense que esta es la venganza más cómoda y segura de la historia.

Aurora se encogió de hombros con ligereza, pero en su semblante complacido se dibujó la verdad.

—No sé qué demonios estáis haciendo, pero se ajusta exactamente a mi objetivo: hacer desaparecer este maldito féretro.

—Para que Leonardo sufra el gran fracaso de su vida. Y viva frustrado porque le han arrebatado delante de sus narices el proyecto de su vida.

—Entre otras cosas —aceptó.

—¿No te bastó con acostarte con su alumno?

—No, me robó una tesis brillante para un máster, lo publicó con su nombre y se ganó el favor de la comunidad. Me utilizó, me sedujo y me engañó solo para obtener méritos. Juré arruinar su carrera, y vosotros os habéis convertido en cómplices providenciales.

—Y te rompió el corazón porque, en realidad, es homosexual y siente inclinación por Álvaro.

—Me gusta vestirme de karma —confesó con sonrisa ladina.

—Pues sí —interrumpió Albert impaciente—, necesitamos ayuda.

Aurora asintió y se acercó.

Entre los tres logramos llevar el féretro hasta la primera tanda de piedras.

Por fortuna, algunas tenían una superficie plana, donde pudimos depositarlo mientras recuperábamos el resuello.

El siguiente paso solo consistía en deslizarlo al agua.

Me fijé en que la inscripción estaba apagada, y, sin embargo, ningún fenómeno paranormal estallaba a nuestro alrededor. Aun así, aquella aparente calma despuntó mis nervios igualmente.

—Un último esfuerzo —animó Albert izando un extremo.

La madera de saúco era pesada y, al estar engrosada por la humedad y el barro de tantos siglos, mucho más, pero lo que realmente confería peso al ataúd eran esos cintones de hierro que lo cerraban.

Apretó con fuerza los dientes y avanzó unos pasos sobre las piedras.

Nosotras, una a cada lado, lo ayudamos a empujarlo hasta que el chasquido del agua nos anunció que estaba dispuesta a recibirlo.

Las inscripciones en contacto con ella se iluminaron de nuevo con un resplandor intenso que arrancó de Aurora un gemido asombrado.

Contemplamos cómo el fulgor de la tablilla iba opacándose a medida que el pantano devoraba el ataúd en sus negras aguas.

A pesar de su peso, pareció descender lentamente y aquel fulgor terminó desapareciendo para perderse en el fondo.

—Así que Miguel llevaba razón, el ataúd estaba maldito —profirió atónita—. Por eso los accidentes…

—Además de vengarte, has evitado que una bruja regrese al mundo.

—De momento —murmuró misteriosa—, porque a veces hay cosas que no pueden impedirse, por mucho que pongamos de nuestra parte.

Aquella acotación despertó de nuevo la inquietud.

—Como cómplices que somos, esto morirá con nosotros —apostilló Albert mirando a Aurora.

—Lo que va a morir conmigo será la cara que pondrá mañana Leonardo cuando descubra que le han robado el proyecto de su vida.

Sus ojos brillaron impacientes.

—Imagino que no volveré a verte —añadió.

—Imaginas bien, no tengo intención de regresar.

Aurora me dedicó una sonrisa indefinida y con expresión dúctil inclinó la cabeza a modo de despedida.

Desapareció entre las sombras escabulléndose por el espeso aligustre.

Albert se acercó a mí y me estrechó entre sus brazos. Siempre sabía cuándo necesitaba un abrazo, un beso, una mirada tranquilizadora, una sonrisa, una palabra de ánimo, un guiño. No solo leía en mí con una clarividencia apabullante, sino que sabía actuar en consecuencia.

—Se acabó, mi amor —susurró en mi oído—. Es hora de regresar a casa.

Alcé la vista y negué con la cabeza ante su desconcierto.

—Aún queda una última cosa que hacer. Bueno, en realidad dos.

Me miró inquisitivo.

—La primera es visitar una colección privada, necesito saber qué ocurrió después. La segunda, despedirme de un árbol.

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CONTINUARA