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Capítulo 128

Una emotiva mirada al pasado.

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Diego nos recibió con una gran y relamida sonrisa de anfitrión orgulloso.

Mi genuino interés por su colección privada, aderezado con una estudiada muestra de avidez profesional y una promesa de aportar luz sobre algunos de los objetos que atesoraba, culminó en una invitación instantánea.

Su hogar era acogedor y se vestía con la añoranza de tiempos pretéritos.

De cada rincón emergía el origen mozárabe de la vivienda, el artesonado de los techos, los muros de mampostería y ladrillo toledano, la yesería de los dinteles, el patio interior con sus galerías acristaladas, los voladizos de tejas…, y, por si los detalles arquitectónicos de la época no te arrastraban a otro tiempo, el mobiliario, imaginaba que adquirido en tiendas de antigüedades, te hacía dudar del siglo en que habitabas.

—Veo que eres un hombre apegado al rico pasado de tu ciudad —musité embebida en aquel hermoso salón.

Diego me sonrió complacido.

—Digamos que presumo de ser un toledano de casta.

»¿Os apetece un té?

Asentí agradecida y se dirigió hacia un pasillo que imaginaba conducía a la cocina.

—Que sepas que no me pasa desapercibido su interés en ti y su disgusto en mí, puedo imaginar lo que pasaría por su mente si yo no estuviera aquí —susurró Albert frunciendo el ceño—. Y que sepas que si conserva aún todos los dientes es porque logro contener mis impulsos vikingos cada vez que clava los ojos en tu escote.

—Su dentista odiaría tu civilizada conducta, pero yo la adoro.

Albert rio y me guiñó un ojo.

—En realidad, estoy disfrutando —confesó travieso—, porque yo sí tengo acceso a lo que él ansía.

Diego apareció con una bandeja y la depositó en una mesita baja entre dos grandes butacones. Tomó la jarra donde humeaba la infusión de hierbabuena y la vertió en dos tazas.

—Ya está endulzada con azúcar moreno —explicó.

Albert tomó una taza y me la ofreció, luego cogió la suya y sorbió con cautela.

—Las he probado mejores, pero no está mal —musitó condescendiente.

Agrandé los ojos con disgustado asombro y le dediqué un mohín reprobador.

—Está deliciosa —alabé yo, tras beber precipitadamente.

—Bueno, dicen que para gustos los colores —respondió Diego dirigiéndose a Albert, luego me lanzó una mirada penetrante y agregó— Y yo que pensaba que teníamos los mismos gustos…

Albert lo fulminó con la mirada, pero al cabo compuso una extraña mueca forzada que pretendía pasar por sonrisa, después dejó la taza sobre el platillo con más vehemencia de la necesaria y se sentó en uno de los butacones, cruzando las largas piernas como si estuviera en su casa.

Censuré su conducta con una mirada disgustada para recibir una sonrisa inocente.

—¿Y dónde tienes la colección?

Diego sonrió señalando un mueble vitrina que había en una esquina de la sala. Era una urna de cristal casi idéntica a las que exponían objetos pequeños en los museos. Me dirigí hacia ella intentando disimular mi ansiedad. Me fijé en que la urna no estaba sobre un mueble, sino que formaba parte de él.

Abajo, una cajonera de la misma longitud, exhibía unos curiosos tiradores de borla, los cajones tenían cerradura.

—Hecho a medida —admiré.

—Sí, mi colección no merecía menos.

—Entiendo que son pertenencias de tus antepasados. Y que en realidad tú eres el dueño y señor de la Casa de los Mozárabes.

—Sí, lo regenta Amaya, pero yo soy el propietario.

—¿Hay muchos Diegos en tu familia?

—Unos cuantos.

Me señaló un escudo heráldico que había junto a la urna y mi corazón se encogió. El noble apellido Antúnez me golpeó, aturdiéndome.

—Pertenezco a una antigua y noble dinastía de caballeros castellanos. Uno de mis antepasados comandó las huestes del rey astur Alfonso II.

—Eso es fascinante —logré articular.

En mi cabeza estallaron mil preguntas. ¿Cómo había continuado la línea sanguínea si el ilustre don Diego de Antúnez no había tenido hijos y tampoco tuvo hermanos?

Albert se puso en pie y caminó hacia nosotros.

—Tu árbol genealógico debe de ser impresionante —musité confiando en que un hombre tan orgulloso de sus raíces tuviera uno.

—Lo es —aseguró jactancioso—. Por cierto, lo tengo por aquí.

La vanidad era un arma peligrosa en manos ajenas, pensé mientras lo veía rebuscar en otro mueble, pues el agasajo acicatea la lengua de quien adora hablar de sí mismo y de sus dones.

Sacó un pliego que no supe si era antiguo o si había sido tratado para que lo fuera hasta que me lo entregó. Por el tacto, supe que era relativamente nuevo.

—Cada nuevo miembro de la familia tiene la obligación de volver a encargar el árbol agregando su nombre —explicó.

Siguió hablando, pero yo ya no lo escuchaba. Mis ojos repasaban los nombres, hasta llegar al que me interesaba…

En una de las primeras líneas se encontraba don Diego de Antúnez, unido por una línea a doña Maŕia de Blanco. Bajo ellos, cuatro nombres que me detuvieron el pulso: Alondra de Antúnez y Blanco, Enrique de Antúnez y Blanco, Raquel de Antúnez y Blanco y Míriam de Antúnez y Blanco.

—La primogénita fue Alondra —adujo y yo tragué saliva—, pero murió a edad temprana, corrió la leyenda de que fue secuestrada por los vikingos allá por el siglo IX, en una incursión que hicieron en Sevilla. —Sentí la rotunda presencia de Albert a mi lado y supe que estaba tan afectado como yo.

Estaba claro que el grupo se había asentado en Toledo.

Mi madre los había acogido en su hogar y había dado sus apellidos a los tres niños. A Erik, que fue bautizado como Enrique, a Raquel, y a Myrna, como Míriam.

Myrna, la hija de Albert y Frianda.

Aquel hombre que se jactaba de castellano tenía en sus venas sangre nórdica, judía o celta.

Seguí la línea de Míriam y descubrí que no continuaba. Solo Raquel y Enrique tuvieron hijos y perpetuaron la estirpe.

—¿Qué pasó con Míriam?

—No se sabe muy bien, no hay constancia de matrimonio ni de defunción.

Se cree que un buen día desapareció sin más. Dicen que poseía una belleza sin igual, pero un temperamento explosivo que espantaba a sus pretendientes.

Seguramente María le había entregado el pliego que yo había escrito poco antes de sucumbir a la muerte, y ella, al conocer su destino y su verdadero origen, se habría marchado a cumplirlo. Pero todo eran hipótesis.

Albert se envaró a mi lado. Lo miré y, a pesar de que conseguía ocultar sus emociones, su mandíbula retembló.

—Yo procedo de la rama de Enrique.

En mi cabeza vi a aquel niño de trigueños cabellos y ojos claros que nada tenía que ver con la fisonomía de aquel hombre.

Aquella estirpe de la que presumía nada tenía que ver con el apellido Antúnez. Ni siquiera yo. Me pregunté cuántos secretos esconderían los árboles genealógicos de tantas familias que los exhibían con la notoriedad y el orgullo de quien presume de linaje. Cuántos hijos bastardos habrían pasado por legítimos. En este caso, el tiempo había borrado que don Diego ya no seguía con vida cuando sus otros hijos llegaron, y que además ninguno de los tres últimos no solo no eran hijos suyos, sino que tampoco lo eran de María, al menos por línea sanguínea. Con lo cual, esa dinastía de noble cuna no era sino un cadalso de fábulas que escondía mil historias, con otras mil verdades que el tiempo y el olvido habían enterrado.

Vi que Raquel se había casado con un tal Íñigo Montiel, y que había tenido tres hijos varones. Enrique había desposado a una tal Mencía Avendaño y había traído al mundo a cinco vástagos, tres mujeres y dos hombres. Las líneas se sucedían y mi mente las desdibujó. Parpadeé alejando la emoción.

Diego pulsó un interruptor que había en un lateral de la urna y un largo foco se encendió proyectando luz blanca sobre los objetos que descansaban en el interior.

La nostalgia me abofeteó en el acto.

Albert entrelazó su mano en la mía en un gesto que fingió encontradizo, cuando en realidad ambos necesitábamos el apoyo del otro.

Ahí estaba el libro que mi madre solía leerme de niña, acartonado y rígido, ondulado y oscurecido por el tiempo, pero en sorprendente buen estado. Unas alhajas que reconocí de tanto verlas sobre mi madre, un alfiler del pelo con engarce de perlas. El que yo había llevado la noche en que Rashid vino a pedir mi mano. Cerré los ojos y casi pude sentir las manos de mi madre trenzándome el cabello aquella noche, mientras calmaba mis miedos con caricias y consejos maternales. Una profunda tristeza constriñó mi pecho y cerró la boca de mi estómago, humedeciendo mis ojos con recuerdos tan lejanos y cercanos a la vez.

Diego introdujo una llave en la cerradura de la vitrina y abrió un lateral para sacar una llave que me pellizcó el corazón.

—Mira, esta es la llave que te mencioné, ¿no te parece insólita?

Me la entregó con la ligereza de quien no sabe que está toqueteando una reliquia sagrada.

Tomé en mis manos la falange del apóstol Santiago el Mayor, y ya me preguntaba qué habría sido de Martín cuando Diego me dio la respuesta a mi muda pregunta:

—Hay una historia curiosa respecto a esta llave. Se ha contado de generación en generación en mi familia que se convirtió en estandarte de la cristiandad durante una importante rebelión mozárabe en la ciudad. Que vencieron a los musulmanes y consiguieron convertirse en un estado independiente del califato con autonomía propia. Creo que tiene algo que ver con la peregrinación cristiana por el detalle ornamental de la concha.

Por un momento me sentí tentada de decirle la verdad, que aquella llave era una de las reliquias religiosas más importantes del mundo cristiano y su lugar no era aquel, pero pensé que el mundo no cambiaría aunque aquella llave se exhibiera en una iglesia o un museo diocesano. Y que, en realidad, había regresado a su hogar. Al hombre que se llamaba como su anterior dueño.

A veces, el destino tenía una peculiar y enrevesada manera de dejarnos pistas en el camino. Que aquel hombre se llamara Diego no tenía nada de casual, que fuera él quien me recibiera en mi antiguo hogar, tampoco. Todo eran señales de un destino caprichoso que gustaba de guiarnos por sendas sinuosas hasta depositarnos donde debíamos, hasta cumplir lo que debíamos hacer.

Y yo ya sentí que había cumplido mi cometido. Tan solo me restaba una cosa por hacer: recuperar mi propia reliquia.

Regresamos a Algeciras a lomos de aquella Harley que se había convertido en el caballo moderno de mi actual vikingo.

Y, cuando llegamos al Parque Natural de los Alcornocales, cada paraje me trajo un recuerdo distinto.

Caminamos siguiendo el río por rutas de senderismo. Hasta que el trayecto se convirtió en zona protegida y tuvimos que bordear unos peñascos para ascender por la accidentada geografía del cauce del río.

El pedregoso relieve nos llevó a un altiplano, donde la ruta fue más amable y el bosque más vistoso. Un poco más allá, vislumbramos el murete derruido del antiguo molino.

Albert se detuvo ante él.

—Es como acercarse a la muerte y la derrota de nuevo —musitó.

—Es nuestra última visita al pasado —aseguré.

Lo cogí de la mano arrancándolo de sus recuerdos y tiré de él avanzando hacia la espesura.

El bosque tampoco era el mismo de entonces. Era imposible que lo fuera, como tampoco nosotros lo éramos. Pero la energía proyectada por las emociones vividas de algún modo se adhería a los lugares y permanecía latente, despertando de su largo letargo para esparcir remembranzas a nuestro paso. Que además coincidiera con la época del año, el otoño, evocaba con más realismo cada imagen que surgía de entre los árboles.

El viento susurró entre las ramas, arremolinándose entre mi pelo y depositando en mis oídos el tenue y difuso llanto de un bebé.

Sonidos distorsionados pero reconocibles, el tintineo de espadas, gritos belicosos y una voz de mujer, grave y profunda.

Imaginaba que Albert oía sus propios sonidos, los que el bosque volcaba sobre él.

Avanzamos en silencio, acomodando las emociones en cajones para no tropezar con ellas, apilando los recuerdos en los rincones para que no entorpecieran nuestro entendimiento, para que no nos arrastraran al abismo que se abría a nuestros pies. Aquellos parajes habían presenciado nuestro final y, como si nos reconocieran, murmuraban maledicentes aquellos días tan duros.

La primera vez, el azaroso destino guio mis pasos hacia el crómlech.

Aquella segunda vez fue un vínculo extraño, invisible pero tangible, como una especie de cordón umbilical palpitante que conectaba los pasos del alma en aquel largo camino de evolución, lo que me llevó nuevamente hacia aquel círculo de piedras sagradas.

Y, como cada vez que las había atravesado, aquel campo magnético crepitaba, ejerciendo una poderosa atracción sobre mí.

Albert me miró con semblante grave, impresionado por la energía que desprendía aquel lugar. Nuestras manos continuaban enlazadas.

—Un sitio curioso donde reposar —comentó con cierta solemnidad.

Asentí.

—El único libre de la maldición —apunté—. Solo yaciendo en un lugar sagrado podíamos librarnos de ella. Eso fue lo que le pregunté al saúco.

—Fuiste tú quien al final consiguió que nos pudiéramos reencontrar —musitó mirándome admirado.

Suspiré profundamente recordando aquella larga noche.

—Cuando los hombres regresaron al claro al alba y nos encontraron yo ya languidecía. Pero me aferraba a la vida para cumplir mi cometido. Les entregué a la niña, junto con el pliego que a duras penas logré garabatear. Si algo se ha de respetar es el destino, conocerlo de antemano es una baza que se ha de aprovechar, y esa niña que llevaba tu sangre merecía contar con esa ventaja, además de gozar de la mejor de las madres. —Hice una pausa y miré el árbol, que de nuevo parecía resplandecer bajo el sol de la tarde—. Después les dicté las indicaciones que debían seguir. Meter a Frianda en ese ataúd, sellarlo, tal como estaba acordado, y hundirlo en el fondo de la poza. Apenas me quedó aliento para pedirles que nos enterraran a los pies de este saúco, sin ninguna señal de que hubiera una tumba. Aunque yo todavía estaba viva cuando nos trasladaron aquí.

Albert me miró contrito, imaginando aquella escena, que pintaba de angustia y pesar sus facciones.

—Vi cómo cavaban nuestra última morada apoyada en el tronco del árbol.

Yo miraba el cielo, el circular vuelo de los alimoches atraídos por el funesto aroma de la muerte, el canto vibrante de los pinzones ajenos a ella y el sonido rasposo y quejumbroso de la tierra al ser ultrajada vilmente para cobijarnos en su seno.

Aspiraba el fragante aroma del bosque despertando a la mañana, inhalando una vida que se escapaba de mi herida.

»Justo al borde de la muerte, mis sentidos nunca habían estado más despiertos, más vivos y serenos a un tiempo. Como si cada uno de ellos, conscientes de su inminente extinción, se expandiera desesperado por captar hasta el más ínfimo hálito de vida que lo rodeara. Recuerdo con absoluto detalle el sabor salado de mi última lágrima, su tacto cálido y sedoso en mi mejilla, el olor de la tierra húmeda, el ozono que pendía en el aire, la penetrante fragancia herbosa que arrancaba el rocío.

Todo vibraba con una intensidad inaudita, los colores brillaban refulgentes, la belleza de aquel paraje resultaba sobrecogedora, subyugante. La luz exterior aumentaba y la interior se apagaba, paradójicamente.

»Sentí la necesidad de acariciar la rugosa corteza del saúco, un gesto agradecido por permitirnos reposar bajo su protectora copa. Y entonces percibí bajo mis dedos una pequeña oquedad. No sé muy bien qué me llevo a quitarme el anillo de boda y esconderlo ahí.

Quizá en un primer momento la gratitud me empujaba a entregarlo al árbol sagrado como ofrenda, pero en mi fuero interno necesitaba dejar constancia de algún modo de dónde estábamos enterrados, de que allí reposaban dos amantes que se habían jurado amor eterno. Y aquel anillo sería la prueba de ello. Y, para que nuestra felicidad fuera plena, yo debía volver a llevarlo en mi dedo.

Miré mi dedo anular, donde la fidedigna réplica de aquel anillo relucía bajo el sol. Albert lo había mandado confeccionar para hacerme recordar, y había cumplido su cometido. Y ahora cumpliría otro, suplantar una ofrenda y reposar en mi dedo cargado con la magia protectora de su guardián arbóreo.

—Dios santo, ¿está ahí? —arguyó asombrado señalando el tronco.

Caminé reverente hacia el árbol, mostrándole mis respetos y mi gratitud.

—Ahora lo sabremos.

Incliné la cabeza con humildad, como si elevara una plegaria, y, tras detectar el pequeño agujero en el tronco, escondido bajo un grueso nudo, introduje los dedos en él.

Sentí por un momento que mancillaba su virtud, como si le arrebatara algo íntimo que le había pertenecido durante siglos.

Pero solo había sido su fiel custodio.

Y ahí estaba.

Cuando lo rocé, un escalofrío recorrió de arriba abajo mi espina dorsal.

Al sacarlo a la luz, Albert dejó escapar un gemido impresionado.

Se lo ofrecí y él lo tomó entre los dedos mirándolo embelesado.

Me quité la reciente réplica y la introduje en la oquedad, a modo de oculta lápida. Y le tendí mi mano a Albert como aquella mañana tras la noche de bodas, en que me agasajó con el morgingjolf.

Y, tal como ocurrió aquella vez, él, mi esposo, mi alma gemela, mi todo, se arrodilló ante mí, tomó mi mano y, pegando el anillo a su frente, repitió su juramento por tercera vez en dos vidas:

—Juro protegerte con mi vida, amarte con mi alma y venerarte con mi cuerpo. Me entrego a ti hasta el fin de los tiempos.

Esas serpientes éramos nosotros dos, nuestras almas enlazadas.

Lo deslizó ceremoniosamente por el dedo corazón, donde encajó a la perfección, pues sabía que me estaba grande en el anular.

Luego se puso en pie, me alzó la barbilla para embeberse en mis ojos y se cernió lentamente hacia mi boca, sellando con un beso largo y apasionado su promesa.

Una que ya había cumplido sobradamente en este siglo y en el otro.

—¿Crees que coincidiremos en más vidas?

—Pregúntale al saúco —respondió Albert, arqueando invitador una ceja.

Sonreí y alcé la vista hacia sus gruesas ramas.

—Dice que en todas.

—Mi juramento es indefinido en el tiempo y eterno, y soy hombre de palabra.

—Y yo una loba tenaz que te perseguirá dondequiera que vayas.

Albert sonrió dichoso, el regocijo refulgió en sus ojos.

—Una loba que ya no tendrá que aullar más, ni sacar las garras ni mostrar los colmillos. Una loba que se dejará mimar por la vida y por mí.

En aquel momento, una brisa se filtró entre la enorme y prieta copa sacudiendo las ramas, silbando entre las hojas, meciéndolas como si fueran cascabeles en movimiento.

—Parece que aprueba nuestra unión —murmuró Albert.

—Lleva muchos siglos esperando nuestro regreso.

Enlazamos nuestras manos y salimos del crómlech con paso tranquilo y ligero.

Justo antes de abandonar la planicie, un pitido anunció un mensaje en mi móvil.

Era un mensaje del doctor Almeida.

Lo leí y me dio un vuelco el estómago.

—¿Ocurre algo? —preguntó Albert alarmado.

Lo miré y asentí conmocionada.

—Ocurre que no regresaremos solos a casa.

Alzó las cejas interrogante.

Bajé la vista a mi vientre y posé la palma de mi mano en él.

Cuando lo miré, una sonrisa emocionada curvaba mis labios.

Albert agrandó la mirada atónito, comprendiendo en el acto aquel gesto.

Por segunda vez aquel día se arrodilló ante mí y besó mi vientre.

La humedad de sus ojos contrastaba con la luminosa sonrisa que resplandecía en su rostro.

El amor más puro y profundo emergió de nosotros vibrante, rivalizando con la magia ancestral de aquel lugar. Ascendiendo en invisibles volutas hacia un cielo límpido, testigo mudo de nuestra unión.

Nos alejamos de allí flotando en una nube de felicidad. Y, a cada paso que nos llevaba a casa, el pasado quedaba atrás, junto con las deudas, el dolor, las amenazas y la lucha.

Mi lobo se retraía en mi interior, curvándose sobre sí mismo, agazapado en su cueva, ansioso por hibernar como un oso, por lamer sus heridas, por disfrutar de su merecido descanso.

Por fin, tras tantos avatares, había llegado el momento de recoger los frutos, que ya se me antojaban muy dulces.

CONTINUARA