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Epílogo

La Navidad en Noruega, el famoso Yule, era un sueño infantil, un cuento de los hermanos Andersen, una fábula de los Grimm, pues, a pesar de haber vivido ya muchas, siempre lograba despertar en mí ese sentimiento de ilusionada inocencia que anidaba oculto bajo mi capa de madurez.

La nieve caía en gruesos copos, engrosando capas anteriores, formando un mullido y níveo manto sobre los tejados, las cercas de madera y las copas de los árboles. La escarcha refulgía iridiscente en aquella noche fría, como una enorme telaraña de colores cambiantes. Las luces navideñas parpadeaban solazadas adornando las fachadas, las farolas y los árboles.

Pasear con mi familia por aquel mercado, donde la magia estallaba en cada puesto, en forma de objetos decorativos, de risas que cascabeleaban rizándose en la noche, junto con el humo de las chimeneas, y la algarabía de los niños jugando en la nieve llenaba de dicha mi pecho.

Amin se detenía en los puestos de dulces y señalaba entusiasmado las pastas y las galletas típicas de la época, como los krumkake, goros, berlinekrans, o la tradicional casa de jengibre.

Algunas resultaban verdaderas obras de arte, más dignas de admirar que de degustar.

—Mamá, solo uno más… —pidió mi hijo con su verde y chispeante mirada suplicante.

—De acuerdo —acepté revolviéndole su rubio cabello.

Amin era un niño muy alto para su edad, de hermosas facciones nórdicas en las que apenas comenzaba a dibujarse la madurez de un rostro varonil que atraería más de una mirada femenina.

A su lado, la belleza racial de Fátima, de cabello y ojos oscuros, contrastaba con la claridad de mi hijo. La niña aplaudió exaltada dando saltitos y se alzó de puntillas para elegir el dulce.

En su alborozo, al alargar el brazo para coger el elegido casi desmonta medio puesto.

—Fátima, ve con cuidado —amonestó Karen poniendo los ojos en blanco—. Esta niña va a acabar conmigo. Yo creo que, si la metiéramos en una rueda de esas de hámster enchufada a un generador, daría luz a toda la ciudad.

—No sé de qué te quejas, es igualita que tú —apostilló Yusuf divertido.

Karen sonrió dejando entrever cierto orgullo.

—Ya que no por fuera…

Albert se adelantó para pagar los dulces, sonriendo al comprobar que Fátima ya lo tenía metido en la boca.

—Ya sabes que has de lavarte bien los dientes antes de dormir —advirtió Karen con ceño firme.

—Mami, ya no hace falta —farfulló la niña dando buena cuenta de la galleta—, en el cole nos han dicho que se nos van a caer todos los dientes igual y nos saldrán unos más bonitos y grandes.

Contuve una carcajada.

—Me da igual, debes mantenerlos limpios para evitar caries.

—Las caries no son malas —reivindicó la niña.

—Sí lo son, son manchas negras que afean la dentadura.

—Pues los dálmatas tienen manchas negras y son bonitos —insistió tozuda.

Yusuf no pudo reprimir la risa, recibiendo a cambio la mirada reprobatoria de su mujer.

—Tú ríele las gracias, que a este paso no conseguiremos ni que se ponga el pijama.

—El otro día me acosté con mi vestido preferido —confesó la niña— porque quería estar guapa en sueños.

Karen resopló rendida y Yusuf se mordió el labio para estrangular otra carcajada.

—¿Te refieres al que te asomaba por debajo del abrigo cuando bajaste a desayunar? ¿Por eso no te quitaste el abrigo?

—Estaba arrugado, mami, y como siempre regruñes por todo, pues pensé en hacerte feliz.

—¿Fuiste al colegio con el vestido arrugado?

—En realidad, da igual —respondió Fátima encogiéndose de hombros mostrando a la vez las palmas extendidas de las manos—, porque suelo atarme las faldas a la cintura para jugar al fútbol.

—¡Ay, Dios, dame paciencia…!

Albert se inclinó para coger a la niña en brazos, le retiró un rebelde rizo negro de la cara y besó su gordezuela mejilla.

—Y, dime, ¿qué le has pedido a Papá Noel?

Fátima arrugó el cejo y frunció los labios adorablemente pensativa. Y, tras reflexionar unos instantes, miró a su madre y sonrió complacida.

—Paciencia para mamá —contestó.

Esta vez, todos reímos al unísono.

—Anda, ven aquí, trasto. —Karen alargó los brazos y la niña se lanzó sobre ella para comérsela a besos.

—Es imposible enfadarse con ella, creo que estamos perdidos —aseveró Yusuf con mirada embelesada.

Albert palmeó divertido la espalda de su amigo.

—Me temo que sí. Es toda una embaucadora.

—Bueno, pues tú vete preparando para que una pequeña mujercita entre en tu corazón —replicó guiñándole un ojo.

En la última ecografía ya nos habían confirmado que esperábamos una niña.

—Amin y yo ya nos estamos haciendo a la idea de que seremos meros títeres en sus manos.

Albert posó la mano en el hombro de Amin y lo miró orgulloso. El niño sonrió ilusionado.

—Si es la mitad de divertida que Fátima, lo pasaremos bien —aseguró.

Cuando su madre la depositó en el suelo, Fátima corrió hacia el niño y se abrazó a su cintura.

—Prométeme que no dejarás de quererme cuando llegue tu hermanita —rogó adelantando el labio inferior.

—Claro que no, os querré a las dos.

—¿Cómo se llamará?

—Pues todavía no hemos pensado el nombre —alegué.

En aquel momento pasábamos por el puesto de un artesano carpintero que exhibía letras de madera en colores llamativos decoradas con motivos navideños. Había multitud de letreros con nombres que colgaban de hilos de nailon transparentes.

Los niños comenzaron a leer los nombres femeninos en voz alta.

Cuando se detuvieron en uno, se me paró el corazón unos segundos.

—Myrna —pronunciaron.

Albeet se demudó.

El hombre nos sonrió al reparar en mi vientre abultado.

—Es de origen celta —explicó el artesano—, significa «la que es amada».

—Me gusta, mamá —opinó Amin risueño.

Y en aquel preciso instante, como si un viento gélido se hubiera levantado y me rodeara, recordé aquella mano helada que sentí en mi vientre cuando la espectral voz de Frianda llamaba a su hija dentro de la furgoneta. En aquel entonces, y sin yo saberlo, ya estaba embarazada.

Un escalofrío me asaltó erizando cada vello de mi cuerpo.

«¿Y si…?»

Tragué saliva y me forcé a sonreír a mi hijo.

—Es bonito —acepté envarada.

Albert me miró con una inusual gravedad tensando sus facciones. Yo le había contado lo sucedido durante mi ataque de pánico en el interior de la furgoneta y a su mente acudió el mismo pensamiento que me asaltaba a mí.

«¿Y si…?»

Recordé con viveza la hermosa carita de aquel bebé de cabello negro y felinos ojos azules.

A mi mente acudió un deseo que se había arraigado en aquellos aciagos días…, el ser yo la madre de aquella niña.

Continuamos paseando por el mercadillo, pero aquel nombre nos persiguió ensombreciendo nuestro ánimo.

Los niños se adelantaron corriendo, persiguiendo al trineo tirado por renos con un orondo Papá Noel que reía y lanzaba caramelos con efusivo entusiasmo. Karen y Yusuf salieron tras ellos.

Albert enlazó su mano en la mía y me detuvo parándose frente a mí.

—No pude ser su padre antes, ni tú su madre, pero quizá ahora se nos esté dando otra oportunidad —musitó mirándome a los ojos.

—¿Crees que es posible…?

—No lo sé, pero si tú ya lo crees, lo estás haciendo real.

Suspiré largamente, intentando apartar la ominosa inquietud que ahora se había instalado en mi ser.

—Es inevitable que pensarlo me perturbe, los recuerdos siguen tan frescos, yo maté a su …

—¡No! —Tomó mi rostro entre las manos y clavó su penetrante mirada en la mía—. Lo estás enfocando mal, estás confundiendo las cosas, sea o no su alma la que ahora more en tu vientre, es un principio nuevo, tú eres su madre, yo su padre. El pasado está enterrado, amor mío, por fin lo está. No hay que mirar atrás, sino al frente. Nosotros tuvimos una segunda oportunidad, ¿por qué no ella?

Sostuve su intensa mirada dejando que me calaran sus palabras, sabiendo que eran ciertas, que no podía dejarme condicionar por el pasado, que aquella niña fue una víctima inocente de cuanto pasó. Y que en realidad fue criada por mi madre de aquel siglo. Y, de pronto, un chispazo clarividente iluminó aquella noche en la furgoneta.

Frianda no pudo hacerme daño porque yo ya llevaba a su hija en mis entrañas. Eso fue lo que me salvó.

Asentí afectada, Albert besó mis labios y se apartó para mirarme con infinita ternura.

—El nombre es lo de menos —profirió con dulzura.

Negué con la cabeza y bajé la vista a mi vientre. Una patada confirmó mi opinión. Lo acaricié suavemente y asentí de nuevo, convencida de mi decisión.

Me solté y retrocedí hasta el puesto del carpintero.

—Quiero el nombre de Myrna.

El hombre sonrió afable y se dispuso a descolgarlo del expositor. Lo metió en una bolsa y, tras pagar su precio, me lo entregó.

Albert a mi lado me observaba emocionado.

—Los nombres son importantes —murmuré sintiendo mi corazón más ligero—, son nuestra identidad, nuestra fuerza, y en nuestro caso nuestra continuación. Tú mismo te bautizaste Albert al recordar, porque es el único nombre al que responde tu corazón. Yo sigo extrañándome cuando me llaman Candy, pues es un nombre postizo que nunca adopté realmente. Hubo un tiempo en que tuve tres nombres, y fue el último el que marcó mi destino y al que responde mi alma. Soy Freya, mitad loba, mitad mujer, y ningún otro nombre podría designarme. Y, si ella renace de mí, si consiguió ser reina de los celtas, si almacenó grandes hazañas, lo justo es que sea su nombre el que la encarne.

Albert tomó mis manos en las suyas. Sus celestes ojos centellearon deslumbrados, húmedos e impresionados.

—Hubo un tiempo en que pensé que no podía amarte más de lo que ya lo hacía, pero me equivocaba. No hay nada en el mundo que no haría por ti, nada, pues eres todo cuanto necesito para vivir. Y si pido algo al cielo es que me permita demostrarte ese amor cada día de mi vida como mereces.

—Ya lo haces, ya lo hiciste —aduje conmovida—. Incluso siendo tu esclava, incluso recibiendo mi odio, incluso huyendo de ti, todos y cada uno de tus gestos y tus actos estaban movidos por el amor que me profesabas.

—Y te profeso —apostilló acercándome a su pecho.

Enlacé su cuello con mis brazos y él inclinó su rostro hacia el mío, juntando nuestras frentes.

—Cada paso que di, que doy y que daré son para acercarme a ti.

—Albert, vamos a derretir la nieve…

—Como hiciste con mi corazón la primera vez que posaste tus hermosos ojos sobre mí.

Sus labios se entreabrieron para apresar los míos. El beso nos envolvió en un halo que nos alejó del mundo. Y allí, en nuestra particular burbuja, flotamos ajenos a nuestro alrededor hasta que oímos la vocecita de Fátima:

—¡Mira, mami, están fabricando otro bebé en plena calle! ¡Seguramente tendrás dos hermanas, Amin!

Albert rio y se apartó de mí para mirar a la pequeña.

—Solo se están besando, lo hacen mucho —comentó Amin con cierto reparo.

Karen y Yusuf nos observaban sonrientes y cómplices, cogidos de la mano.

—¿No podéis esperar a llegar casa, tortolitos? —barbotó ella jocosa.

—¿Qué es un tortolito? —preguntó curiosa la niña.

—Un pájaro para hacerte hablar —respondió socarrón su padre.

—Pero yo ya sé hablar.

—Puedo jurarlo —farfulló Yusuf.

—¿Hay pájaros que hablan? —continuó Fátima incansable.

—Los loros —le contestó Amin.

—¿Esta niña duerme callada? —inquirió Albert riendo.

—Yo lo dudo mucho —apuntó Yusuf.

—¡Mami, quiero pedir a Papá Noel un tortolito!

Todos estallamos en carcajadas.

—Y yo le pediré un minuto de tranquilidad —anunció la aludida tras un resoplido agotado.

—¿Uno solo? —replicó Fátima—. ¿Y qué harás el resto de los minutos?

—Rezar por mí.

Continuamos paseando, riendo y probando dulces, cantando villancicos y disfrutando de una Navidad que se perfilaba única.

Y allí, envuelta en el calor de una noche mágica rodeada de nieve, envuelta por luces de colores en medio de un páramo blanco, de un mercadillo junto a un lago helado, del profundo amor de mi hijo y de mi esposo y de mis grandes amigos, supe que cada lágrima vertida, cada lucha librada, cada dolor sufrido estaban siendo generosamente recompensados.

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F I N

Con este último libro El Último Aullido, se da por concluida la trilogía Los Tres Nombres del Lobo de Lola P. Nieva.

La verdad que puedo decir, me ha maravillado tanto como los otros dos. Cada libro es muy diferente; en este libro me ha gustado mucho volver a encontrarme con la ciudad natal de Alondra, el reencuentro con María, Flora y el fiel sirviente, además de todo el toque mágico que tiene el desenlace de su historia de amor.

Tambien sufri muchísimo en este libro y les confiezo que tenía miedo de leerla, pero menos mal que lo hice y compartí con ustedes, porque esta historia fue maravillosa, me introdujo en su mundo desde la primera frase y me ha hecho reir, llorar, sufrir y disfrutar de ella en igual medida, sinceramente me fascinó el final de esta ultima novela llena de cultura, drama, magia, sufrimiento y amor.

Mil gracias por leer conmigo y sus comentarios y mensajes, no se cuando volveré a traerles otra adaptación, pero si estoy segura que será igual de maravillosa que esta increíble historia de Vikingos.

Un abrazo a todas y que Dios las bendiga hoy, mañana y siempre.

Aby.