Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de Stephenie Meyer y la autora es Payton79, yo sólo traduzco sus maravillosas palabras.
Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of Stephenie Meyer and the author is Payton79, I'm just translating her amazing words.
Thank you Payton79 for giving me the chance to share your story in another language!
Gracias a Yani por ser mi beta en esta historia.
Capítulo 32: Feliz Año Nuevo
—Damas y caballeros, acabamos de dejar la altitud de crucero y estamos empezando a descender hacia el Chicago O'Hare. Por favor, asegúrense de tener el cinturón de seguridad abrochado y de apagar todos los dispositivos electrónicos para el aterrizaje. Por favor, ajusten el respaldo de sus asientos hacia una posición sentada y cierren las mesitas frente a ustedes.
Me asomé por la ventanita para ver las luces de Chicago a la distancia. En algún punto de ahí abajo estaba Edward, en casa de su hermano, esperando el comienzo de un nuevo año y pensando que yo ya no quería saber nada de él. Dolía estar tan cerca de él, y aun así tan lejos.
Después de leer su carta y ver el regalo tan especial que me había dado, no tardé mucho en decidir ir tras él para intentar arreglar las cosas. Llamé al aeropuerto en cuanto se calmó mi llanto y pude volver a hablar con coherencia.
No fue fácil encontrar un sitio libre en un vuelo que llegara a Chicago a tiempo para Año Nuevo, y me costó bastante. Pero eso no me importó. Necesitaba llegar ahí y si tenía que sobregirar todas mis tarjetas de crédito, ni siquiera me inmutaría.
Estimaba que no llegaría a casa de Emmett y Rosalie antes de las diez, así que ya estaba usando la ropa que llevaría a la fiesta. No era para nada cómodo estar sentada en un avión durante horas usando un ajustado vestido negro, medias y tacones, pero quería verme bien para cuando él me viera. Después de todo, sabía lo mucho que le gustaba verme en tacones y con medias.
Volví a revisar mi bolsa para verificar que trajera el regalo que le quería dar a Edward antes de recargarme en el asiento a esperar a que el avión aterrizara.
—Bienvenidos a Chicago, damas y caballeros. Por favor, permanezcan sentados con el cinturón abrochado hasta que las ruedas del avión se hayan detenido y se haya apagado la señal de mantener abrochado el cinturón. El capitán Henderson y toda la tripulación se despide de ustedes ahora. Muchas gracias por elegir Aerolíneas Alaskan para su vuelo. Que tengan un buen viaje y un feliz Año Nuevo. Hasta la próxima, adiós.
El avión se tardó increíblemente mucho desde que aterrizó hasta que se detuvo al fin. En cuanto se abrieron las puertas, empujé para salir de mi fila, apartando a codazos a los pasajeros que iban frente a mí, y me apuré hacia el edificio del aeropuerto. Me dio la impresión que tardé una eternidad en el área para recoger equipaje hasta que al fin las primeras maletas aparecieron en la cinta transportadora. Cambié mi peso de forma nerviosa de un pie a otro hasta que, al fin, apareció mi maleta color rojo oscuro. La agarré en cuanto estuvo a mi alcance y salí de prisa del aeropuerto hacia el primer taxi en fila, saltándome a la gente que estaba ahí esperando.
Después de darle la dirección de Emmett al taxista, no me quedó más que hacer que esperar.
Tardamos casi media hora hasta que el taxi se detuvo frente a una casa blanca en un vecindario muy lindo. La casa era de clase media-alta, pero no era enorme ni extravagante.
Al pararme en la banqueta viendo como se iba el taxi me di cuenta de que me temblaban las rodillas. No había hecho un plan de cómo sucedería todo esto. Preparándome para lo que fuera que me esperara, caminé hacia la casa, subí los escalones y toqué el timbre.
La música que provenía de adentro de la casa sonaba muy alta. Después de esperar unos minutos, toqué otra vez el timbre, pero en realidad no esperaba que nadie me escuchara. Al pasar otro minuto, una pelirroja alta me notó cuando iba cruzando la entrada con una bebida en la mano.
—Hola, entra —me saludó amable al abrirme la puerta.
—Gracias. Hola, soy Bella —respondí al cruzar la entrada, mirando con cautela a mi alrededor. Hacia mi derecha se abría una sala espaciosa que estaba llena de gente. Pensé en preguntarle por Edward a la mujer que tenía enfrente cuando, de en medio de la multitud, apareció Emmett apurándose hacia mí.
—¡Bella! Gracias a Dios que viniste —dijo al atraparme en un fuerte abrazo—. No sabes lo aliviado que estoy de verte. Gracias por dejarla pasar, Vicky.
—No fue nada —respondió sonriendo antes de alejarse.
Cuando Emmett me soltó, retrocedí un paso para poder verlo a la cara.
—Hola, Emmett. —No sabía qué más decir. Me sentía incómoda y fuera de lugar mientras que mi deseo por ver a Edward crecía exponencialmente.
Emmett debió haber interpretado correctamente mi lenguaje corporal porque asintió con comprensión.
—Se fue a casa de nuestros padres hace rato —me informó Emmett mientras me quitaba el equipaje. Me guio entre la multitud hacia unas puertas corredizas en la parte más alejada de la sala—. ¿Ves ese camino de ahí? —Señalaba a un camino empedrado que se alejaba de la casa hacia la oscuridad—. Si lo sigues unos treinta metros, llegarás a la casa. No tengas miedo, todo el camino está iluminado. —Abrió una de las puertas y me empujó con gentileza hacia el patio—. Nos veremos luego, Bella.
Confundida e insegura, me quedé ahí parada por un momento, pensando en qué hacer después. Emmett estaba adentro, me veía mientras me hacía gestos para que me fuera. Le di la espalda a la casa y emprendí mi viaje por el largo camino a través del patio oscuro.
Tardé cerca de un minuto hasta que ya no pude ver la casa de Emmett y tampoco podía ver aún la casa de sus padres. Otro minuto después pasé unos cuantos árboles y, de repente, una enorme casa blanca con ventanas gigantes apareció frente a mí. No, no una casa. Era más bien una mansión. Había imaginado que los padres de Edward tenían dinero, pero no había estado consciente de que eran así de ricos.
Cuando estuve lo suficientemente cerca como para asomarme en la enorme sala, la cual solo estaba tenuemente iluminada por unas cuantas lámparas de mesa, noté un hombre con traje gris sentado en un banquito frente a un piano de cola negro. Tenía la cabeza en las manos y un vaso lleno de un líquido de color ámbar estaba sobre el piano. Mi corazón empezó a latir más rápido porque era inconfundiblemente la figura de Edward la que estaba ahí sentada dándole la espalda a la ventana.
Solo había unos cuantos metros entre el patio y donde estaba yo cuando Edward empezó a tocar una melodía triste. Sabía que había aprendido a tocar el piano de niño, pero no sabía que siguiera siendo tan bueno. La melodía tenía integradas armonías fuertes y encantadoras. No tuvo que tocar mucho más que unas cuantas notas antes de reconocer la canción. Era They Remind Me Too Much of You de Elvis Presley, de la película Rubias, morenas y pelirrojas. La habíamos visto juntos hacía unas semanas y estaba segura de que él pensaba en esa noche mientras tocaba la canción.
Me empezó a doler terriblemente el corazón cuando él comenzó a cantar la letra de la canción de amor. Nunca lo había escuchado cantar en otro lugar aparte de la ducha, pero justo ahora su voz era el sonido más maravilloso que había oído en mi vida.
Llévate el aroma de las flores,
Cubre el cielo de azul,
Cierro mis oídos a tiernas canciones de amor,
Me recuerdan demasiado a ti.
Estaba cantando lo que yo había estado sintiendo durante las últimas semanas. Cada una de sus palabras tocaba una fibra sensible en mí y me sentí atraída a acercarme más a la puerta corrediza que estaba abierta.
Esconde los abrazos de los amantes jóvenes,
Esconde las estrellas y la luz de luna de mi vista.
Déjame olvidar que existen semejantes lugares,
Me recuerdan demasiado a ti.
Se mecía ligeramente al ritmo de la canción, pero sus movimientos se veían cansados y resignados. Una parte de mí quería acercarse a él para tomarlo en mis brazos, mientras que otra parte me detenía de entrar a la sala y molestarlo mientras cantaba y tocaba.
¿Debo ser acechado para siempre,
Día tras día durante toda mi vida,
Por el recuerdo de cada momento
Que pasé a solas contigo?
Podía escuchar el dolor en su voz. Igual que yo, él sentía la letra de la canción. Me quité los zapatos y los sostuve en mis manos para poder entrar en la casa sin hacer ruido.
Si esas encantadoras cosas no te lastiman,
Nuestro amor no estaba destinado a ser.
Pero por favor, regresa a mí, querida mía,
Si te recuerdan demasiado a mí.
Tocó las últimas notas y cuando el piano se quedó en silencio, yo ya no pude seguir manteniéndome callada.
—Así es. —Mi voz apenas fue más que un susurro, pero Edward enderezó la espalda y, durante un segundo, se quedó tan quieto como una estatua.
—¿Qué…? —murmuró sin girar la cabeza hacia mí.
—Me recuerdan demasiado a ti —repetí con la mirada fija en su espalda.
Me quedé ahí parada, con los zapatos en las manos, viendo a Edward girarse lentamente para mirarme.
—Bella. De verdad estás aquí. No estoy soñando. —Se puso de pie y empezó a caminar hacia mí. Al mismo tiempo, me apresuré para encontrarme con él a medio camino.
Me rodeó los hombros con sus brazos, aplastándome contra su pecho, mientras yo me aferraba a él de cerca. Mis lágrimas caían incontrolablemente, empapando su camisa.
»Estás aquí. De verdad estás aquí. —Los brazos de Edward me abrazaban tan fuerte que tenía problemas para respirar. Pero no me importó. Necesitaba sentirlo lo más cerca posible—. No estabas en el aeropuerto. Creí que te había perdido para siempre. —Se le rompió la voz con la emoción que transmitía.
Dejé caer mis zapatos para rodearle la cintura con los brazos.
—No sabía. No lo supe hasta ayer. Vine lo más pronto posible después de leer tu carta. —No estaba segura de que me hubiera escuchado porque para entonces ya estaba sollozando en su pecho. El alivio, al igual que el arrepentimiento, me hacían imposible el poder hablar con claridad.
—Lo siento mucho, nena. Lamento mucho el haberte lastimado, el no haber creído en ti. —Su mejilla me tocaba el cabello y podía sentir la humedad saturando mi cabello.
La calidez de Edward, sus brazos a mi alrededor eran tan conocidos. Me sentía en casa justo aquí. Nadie me había hecho sentir nunca tan preciosa y cuidada.
Lo aparté lo suficiente para que mis manos agarraran las solapas de su saco para poder alzarme de puntillas y jalarlo hasta hacer chocar sus labios con los míos. Después de un segundo de sorpresa, su boca empezó a moverse y nuestras lenguas se encontraron en un intento desesperado por devorarnos el uno al otro. Como si intentáramos fusionarnos, compensar el tiempo perdido, olvidar la angustia y el dolor de las últimas semanas. Gemimos en la boca del otro. Nuestros dientes chocaron ya que ninguno podía controlar la intensidad de nuestro beso.
Las manos de Edward estaban en todas partes —en mi espalda, mi cuello, mi culo— mientras las mías se agarraban del cabello en su nuca con un agarre de hierro. Me arrancó el abrigo, haciendo caer mi bolsa al piso, y lo aventó a un lado antes de encontrar el cierre de mi vestido.
Fue entonces cuando noté que nos estábamos moviendo. Sin dudar ni un momento, dejé que Edward me arrastrara a través de la habitación. Abrí los ojos cuando nos detuvimos a los pies de una escalera, justo cuando me bajaba el vestido por los hombros. Unos salvajes ojos oscuros escanearon mi cuerpo que ahora solo estaba cubierto por lencería de encaje negro y unas medias negras.
—Eres tan jodidamente hermosa que duele —susurró Edward antes de volver a posar sus labios en los míos, y empecé a subir las escaleras, tropezándome al subir de espaldas.
Mientras subíamos la escalera, le arranqué el saco del cuerpo y lo tiré al piso, justo a unos metros de donde se había quedado tirado mi vestido. Mis dedos empezaron a luchar con los botones de su camisa, pero estaba demasiado impaciente para desabrocharlos. Así que con un tirón rápido, se la abrí de golpe e hice volar los botones.
Edward gruñó en lo profundo de su pecho y me empujó contra una pared cuando, en ese momento, llegamos al rellano al final de las escaleras. Se quitó la camisa de un encogimiento y atacó mi cuello con sus dientes, labios y lengua.
Sin hacerlo de forma consciente, alcé la pierna y Edward la pasó alrededor de su cadera mientras empujaba su erección sobre mis bragas empapadas. Casi grité por la intensidad de las sensaciones. Fue increíble sentir lo mucho que me deseaba, aun después de todo lo que había pasado. Unos dedos hábiles me soltaron el sostén y me lo quitaron antes de sentir sus dientes estirando mi pezón, y gimoteé en éxtasis. Justo cuando estaba a punto de explotar, su boca capturó la mía otra vez mientras sus manos me alzaban, haciéndome rodearle la cintura con las piernas para cargarme unos metros por el rellano hacia la derecha hasta entrar a una habitación. Después de cerrar la puerta con una patada provocando un estruendo, cruzó la habitación y me depositó en la cama.
Edward se quitó los zapatos y se desabrochó el cinturón, deshaciéndose de su pantalón y calcetines rápidamente, mientras yo me deleitaba con la visión de su cuerpo casi desnudo. Sus ojos nunca abandonaron los míos, me mantuvieron inmóvil con la intensidad de su mirada. Como un león que se acerca cautelosamente a una oveja, Edward se acercó a mí y se subió al colchón, pasó sus manos por mis piernas para quitarme las medias. Cuando sus dedos se deslizaron de nuevo sobre mi piel, subieron más y más hacia mis caderas. Enganchó los pulgares en la cintura de mis bragas y me las bajó.
—Te he extrañado muchísimo —dijo con voz ronca mientras enterraba la cabeza entre mis piernas sin advertencia para lamer mi centro chorreante. Gimió al probarme, y mis manos se aferraron a las sábanas para mantenerme cuerda. Edward besaba salvajemente mis pliegues, metiendo sus dedos en mí mientras chupaba mi clítoris con fuerza.
—¡Dios mío! —grité al llegar a mi clímax de golpe—. Oh, ¡carajo!
Mientras recuperaba el aliento, Edward se quitó el bóxer y se subió sobre mi cuerpo. Apoyó su peso en una de sus manos mientras estiraba la otra hacia el buró. Clavé mis ojos en los suyos, negando vigorosamente con la cabeza.
—No —dije en voz baja, pero con determinación. Estiré la mano para tocar la suya y entrelacé nuestros dedos al mover nuestras manos de regreso hacia la cama.
Edward alzó ligeramente las cejas, con ojos como platos.
—¿Estás segura? —preguntó inseguro.
Asentí, sosteniendo su mirada.
—Solo tú y yo. Te deseo a ti, solo a ti, todo de ti. —Mi voz sonaba ronca, pero firme. Nunca me había sentido más segura de nada en toda mi vida.
Edward soltó un gemido torturado.
—Ha pasado demasiado tiempo. No podré ser gentil.
—Hay tiempo suficiente para eso después —respondí al rodearle la cintura con mis piernas, acercando su punta a mi entrada.
Sus ojos verdes ardieron en mis ojos cafés cuando su mano libre tomó la mía y subió ambos pares de manos entrelazadas para apoyarlas sobre mi cabeza. Podía sentir la tensión en él al intentar contenerse de hundirse de golpe en mí.
Edward bajó la cabeza, sus labios tocaron los míos con ternura, cuando sentí su polla hinchada abriéndose camino dentro de mi dolorido calor. Solté un gemido alto ante la sensación de plenitud que me invadió. Aunque sabía que en teoría no debería sentirse nada diferente, había una infinidad de nuevas sensaciones. Tener a Edward dentro de mí sin nada separándonos era casi demasiado. Era erótico, sensual e increíblemente íntimo. Estábamos juntos, solo él y yo, sin disfraces y sin barreras protectoras.
Pareció pasar una eternidad antes de que empezara a moverse. Podía sentir lo difícil que le resultó mecer sus caderas con gentileza unas cuantas veces antes de que sus movimientos se tornaran más duros y rápidos con cada embestida.
—Oh, nena, no tienes idea de lo bien que te sientes. No puedo tener suficiente de ti —dijo con voz ahogada.
Su boca había regresado a mi cuello, mordía y chupaba la piel sensible. Sus manos soltaron las mías y mejor se alzó apoyándose con un codo mientras la otra mano se metía debajo de mi rodilla para subirla hacia mi pecho, lo cual le otorgó un acceso más profundo.
Grité cuando empezó a bombear dentro de mí con desenfreno, golpeando mi punto G con cada intrusión. Nuestra piel estaba cubierta de sudor y ambas respiraciones se tornaron entrecortadas mientras Edward me empujaba rápidamente cada vez más hacia el precipicio. Me aferré a sus hombros con todas mis fuerzas cuando, de repente, caí hacia el abismo. Sentí mi cuerpo temblar, y los músculos de mi centro se contrajeron, intentando acercar más a Edward y aferrarlo a mí. Estaba fuera de control, gritaba y me retorcía. Sentí a Edward a mi alrededor, llenando mi nariz con su seductor aroma, mis oídos con sus gemidos ahogados y mi corazón con tanto amor que sentía que iba a explotar.
En vez de bajar de mi éxtasis, llegué a un nuevo nivel de orgasmo cuando, de algún lugar en la bruma que me rodeaba, sentí a Edward correrse, su polla se sacudió, soltando su cálida semilla en lo profundo de mí.
Al recuperarme lentamente noté que tenía las mejillas mojadas y sentí que un sollozo atorado en mi garganta luchaba por salir.
Sin mover la mitad inferior de su cuerpo, Edward se alzó para mirarme a los ojos.
—Nena, ¿qué sucede? ¿Estás bien? —Su voz estaba cargada de tensión y preocupación.
Él era absolutamente hermoso. Solo le sonreí a través de mis lágrimas, pasando los dedos por su cabello salvajemente despeinado.
—Te amo —susurré, las lágrimas seguían cayendo por mi cara y hacia mi cabello. El alivio que sentí al por fin decir las palabras fue inmenso—. Te amo muchísimo. —Casi no podía dejar de repetirlo una y otra vez.
Los ojos de Edward se iluminaron y sonrió deslumbrante antes de estrellar su boca con la mía con increíble pasión. Al apartarse, me miró con una expresión muy seria.
—También te amo. Te he amado desde ese momento en que apareciste en esa esquina oscura durante la fiesta de Alice y Jasper. —Apoyó su frente en la mía, dándome un minuto para procesar sus palabras—. Quise decírtelo tantas veces, pero temía que te fuera a alejar. Intenté ser paciente y sutil, darte tiempo para aprender a amarme también. —Me limpió las lágrimas, pero su intento fue inútil. Había muchísimas más de donde esas habían salido. Se salió cuidadosamente de mí, ambos gemimos ante la repentina pérdida, y se acostó de espaldas.
Me jaló hacia él, haciendo que me acurrucara en su costado, mientras yo apoyaba la cabeza en su pecho. Durante los últimos meses había llegado a amar esta posición, y durante las últimas semanas era lo que más había extrañado.
»Cuando hablaste conmigo una noche antes de Acción de Gracias estuve seguro de que ya habíamos llegado muy lejos. Me permitiste sostenerte la mano y no me alejaste cuando me acerqué. Debí haber hablado contigo entonces. Pero fui un idiota, pensé que eras tú la que tenía que decirlo primero. Tenía tanto miedo de alejarte precipitadamente que te alejé cuando Jacob apareció. Me sentía tan celoso y enojado con el tipo que te había lastimado que no pude ver que tú solo querías que él fuera tu amigo. —Hablaba en voz baja y tranquilizadora mientras sus manos acariciaban mi brazo y mi espalda.
»Luego lo vi besándote y asumí puras estupideces. Tanya debió haberme jodido tanto la cabeza que no pude ver nada más que a ti engañándome, a pesar de que todavía no estábamos oficialmente juntos. —Podía notar que le resultaba difícil hablar, pero sentía que él necesitaba sacarse todo esto del pecho antes de que pudiéramos seguir adelante—. Cuando te dije todas esas cosas malas en la fiesta no fue porque eso pensara, sino porque sabía que te lastimaría igual que creí que tú me habías lastimado a mí. Nunca creí esas palabras. Ni por un segundo. —Puso una mano bajo mi mentón, alzando mi cara para asegurarse de que lo viera—. Eres todo para mí, nena. Sin ti siento que no puedo respirar. Te necesito tanto. He estado rezando para que algún día pudieras perdonarme. —Las palabras sonaban suplicantes mientras detenía las manos sobre mi piel.
—Yo también cometí errores —empecé a decir, sentí la necesidad de detenerlo para que no siguiera culpándose. Hablé en voz suave, pero llena de determinación. También necesitaba explicar algunas cosas—. Estaba tan acostumbrada a estar sola y esconderme de mis emociones que no me di cuenta de que eras diferente a los otros hombres. No debí haberte alejado por tanto tiempo cuando todo lo que intentabas hacer era amarme. Perdóname, por favor, por lastimarte una y otra vez. Y luego ese asunto con Jake, fui tan estúpida.
Otra ronda de sollozos violentos empezó a sacudirme y Edward comenzó a acariciar de forma tranquilizadora mi brazo y espalda otra vez.
—Ssh, ssh. Está bien, nena. Todo eso quedó en el pasado. Jamás te dejaré ir otra vez. Ahora eres mía.
Las palabras de Edward eran como un bálsamo sobre mi alma dolorida. Sus brazos a mi alrededor me aseguraban otra vez de que él se aferraría a mí, sin importar nada. Yo era suya y se sentía increíblemente bien.
Nos quedamos en silencio durante un rato, y en cierto punto mis lágrimas cesaron. Me sequé la cara y me deleité con la sensación de felicidad que experimentaba ahora que estaba tan cerca de Edward otra vez. Nuestras manos acariciaban amorosamente la piel del otro.
Después de un rato empecé a pasar de forma juguetona los dedos alrededor del pezón de Edward. No tardó mucho antes de que el pequeño botón se endureciera y al mismo tiempo sentí otra parte de su cuerpo reaccionar cerca de mi pierna.
No perdí tiempo para subirme en él, sentándome a horcajadas en sus caderas. Mi centro estaba posicionado justo sobre la tensa erección de Edward. Arqueando una ceja, se alzó apoyado en los codos con la mirada clavada en la mía.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó con tono medio juguetón, medio confundido.
Sentí que se me oscurecía la mirada al responderle.
—Quiero hacerte el amor. —Un gemido profundo retumbó en su pecho cuando alcé las caderas y cerré los dedos alrededor de su erección para alinearlo con mi entrada. Con las miradas entrelazadas, me hundí lentamente, empalándome hasta la base, incapaz de contener el gemido al estar conectados de esta manera.
Después de un momento para ajustarme a la sensación de plenitud, empecé a subir y bajar las caderas a un ritmo casi dolorosamente lento. Edward se sentó y me rodeó la cintura con el brazo para mantenerme cerca de él. En esa posición, tenía que alzar ligeramente el rostro para verme y mientras yo seguía subiendo y bajando, sus labios se encontraron con los míos en un beso tierno y apasionado.
Nos aferramos el uno al otro, nuestros pechos se frotaban, mientras consumábamos sin prisa el compromiso que acabábamos de realizar. Con las palabras de amor que nos habíamos dicho hacía poco todavía frescas en nuestros recuerdos, nos deleitamos con la sensación de al fin poder verter libremente todo lo que éramos en nuestra conexión.
Lenta y firmemente, nuestros movimientos se hicieron más intensos, la calidez de nuestros jadeos ardía sobre nuestra piel sonrojada y sudorosa. Cuando sentí que ya no podía soportarlo más, a punto de romperme a causa de la profunda emoción mientras mi clítoris se frotaba constantemente con el vello púbico de Edward, grité de repente en su cuello al sentir que remolineaba fuera de control. Al mismo tiempo, Edward respiró profundo antes de empezar a maldecir durante su liberación.
—¡Carajo, carajo, carajo! Oh, nena, te amo.
Me aferré a él hasta que pude erguirme lo suficiente para alejar la cara de la base de su cuello y mirarlo a los ojos. Nunca se había visto más hermoso que en ese momento con el cabello revuelto, piel sonrojada y gotas de sudor en la frente y sobre el labio. Sus brillantes ojos verdes sostenían los míos mientras una deslumbrante sonrisa le iluminaba la cara.
—Feliz Año Nuevo, nena —dijo antes de aplastar mis labios con los suyos.
—Feliz Año Nuevo —murmuré sobre su boca y ambos nos dejamos caer a la cama, vibrando a causa de la risa.
—Si sigue de la manera en que empezó, definitivamente será un buen año. Qué gran manera de recibir el año nuevo. —Nunca había visto a Edward tan feliz y despreocupado como se veía en ese momento.
Me quité de encima de él, suspirando cuando su polla ahora flácida se salió de mí con un chorro de nuestros jugos mezclados. Me reí cuando estiró la mano hacia el buró y regresó con unos pañuelos para limpiarnos temporalmente.
—Hagamos que esto sea una tradición, ¿de acuerdo? —sugerí al acurrucarme en su costado, apoyando la cabeza en su pecho.
Edward respondió con un pesado bostezo.
—Claro. No volveremos a hacer nada más para Año Nuevo.
No pude ahogar mi propio bostezo y Edward soltó una risita ante el sonido.
—¿Estás cansada, amor? —Sus dedos jugaban con uno de mis mechones.
—Han sido unos días muy largos —admití; me acerqué más a él al sentir un repentino golpe de arrepentimiento.
—Sí. Siento que llevo semanas sin dormir. —Se sentó y nos tapó con las cobijas—. Durmamos, mi amor. No te soltaré esta noche. —Sus brazos me pegaron a él y, envuelta en su calidez, me quedé dormida de inmediato.
