Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de Stephenie Meyer y la autora es Payton79, yo sólo traduzco sus maravillosas palabras.

Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of Stephenie Meyer and the author is Payton79, I'm just translating her amazing words.


Thank you Payton79 for giving me the chance to share your story in another language!

Gracias a Yani por ser mi beta en esta historia.


Epílogo: Parte I

En retrospectiva, lo mejor que había hecho en mi vida fue dar ese salto de fe al volar hacia Chicago para decirle a Edward lo que sentía. Casi todo en mi vida había cambiado a partir de ese día.

Once meses después nos encontrábamos otra vez en Chicago. Faltaba una semana para la boda de Alice y Jasper, y Edward y yo habíamos despejado nuestros horarios para tomarnos unos días juntos. Él había sugerido que llegáramos antes a Illinois para relajarnos en un hotel pequeño pero elegante en medio de la nada durante unos días mientras él me mostraba los sitios donde había crecido.

Me desperté por unas manos que recorrían mi cuerpo mientras algo muy largo y duro se apoyaba en mi espalda. Una sonrisa se formó en mis labios antes de abrir los ojos. Esta era la mejor manera de despertar y estaba increíblemente agradecida de poder despertar todas las mañanas en brazos de Edward.

Las cosas habían avanzado con mucha rapidez luego de regresar a Seattle en Año Nuevo. Seis semanas después, el día de San Valentín, Edward me pidió que me mudara oficialmente con él, luego de estar prácticamente viviendo en su casa desde que habíamos regresado. No pude evitar que mi mente recordara esa tarde tan maravillosa del 14 de febrero…

Estábamos sentados en una pequeña mesa en un restaurante romántico en la costa. Edward me había dicho que me pusiera algo bonito, así que estaba usando un ajustado vestido azul oscuro con medias y tacones negros. Edward estaba sentado a mi lado, llevaba puesto un deslumbrante traje gris clarito con una camisa blanca y una corbata que combinaba a la perfección con el color de mi vestido.

Después del plato principal, él metió la mano a su chaqueta y sacó una cajita negra de unos diez por diez centímetros. Parecía una caja de regalo de joyería.

Edward, no. Ya me diste rosas y chocolates esta mañana. Esto es demasiado —me quejé cuando tomó mi mano y depositó la caja en mi palma.

Meneó la cabeza con una sonrisa en los labios.

No es lo que crees. Y no es solo para ti. —Fruncí las cejas con confusión y Edward empezó a reírse—. Solo ábrelo.

Me preparé para cualquiera que fuera la costosa joyería que me hubiera comprado y presioné un botón para levantar la tapa. Al abrir la caja, en vez de un collar o lo que sea que hubiera temido encontrar, había una pequeña placa de bronce grabada con dos nombres.

I. Swan / E. Cullen

Alcé los ojos, encontrándome con la brillante mirada de Edward. Confundida volví a mirar mi regalo, inspeccionándolo un poco más de cerca. Sabía que había visto placas como esta antes, pero no podía recordar dónde. Intrigada, permití que mi dedo rozara sobre la elegante caligrafía. De pronto lo entendí. Había visto placas como esta todos los días por seis semanas, ya que en el edificio de Edward había una larga línea de buzones en recepción y cada buzón tenía una de estas.

¿Qué…? —Tuve que carraspear mientras mi mirada se volvía a encontrar con los orbes color esmeralda de Edward—. ¿Qué se supone que significa esto?

Nena, significa que quiero pedirte que te mudes oficialmente conmigo. Quiero que vivas conmigo. Quiero irme a la cama contigo todas las noches y despertarte todas las mañanas. Te amo, y no quiero desperdiciar ni un día más que podría pasar contigo. —Había tomado mis manos en las suyas y sus pulgares frotaban círculos en los dorsos de las mías. Su expresión estaba tan llena de emoción que mis ojos se llenaron de lágrimas.

Podía notar que actuaba más cauteloso cuando siguió hablando, probablemente temía estarme alejando.

»Prácticamente te has estado quedando conmigo desde Año Nuevo, y si quieres, si te hace sentir más segura o independiente, puedes quedarte con tu apartamento y alquilarlo…

Puse mi mano sobre su boca para detenerlo.

No. —Miré que decaía su expresión, así que me apresuré en seguir hablando—. No, no quiero quedarme con mi apartamento. Quiero vivir contigo y quiero hacer esto bien. No necesito mi apartamento como un plan de respaldo por si acaso, porque sé que no lo necesitaré. Quiero estar contigo, todos los días y todas las noches. —No pude decir ni una palabra más porque justo entonces Edward me jaló hacia él, se inclinó sobre la mesa y aplastó mis labios con los suyos. Nos dejamos de besar solo hasta que el mesero carraspeó.

En vez de pedir el postre, Edward pidió la cuenta y nos apresuramos hacia casa para bautizar cada superficie disponible en nuestra casa. Nuestra casa.

Una semana después ya habíamos dejado vacío mi apartamento y pegamos la pequeña placa de bronce con nuestros nombres en el buzón que compartiríamos de ahora en adelante…

—¿En qué estás pensando, nena? —me ronroneó Edward al oído—. Puedo notar que estás muy, muy lejos. Veamos si puedo traerte de regreso al presente.

Con eso, se deslizó lentamente dentro de mi centro que ya estaba mojado.

~*~POMH~*~

Una hora después, satisfecha, recién bañada y hambrienta, entré a la habitación principal de nuestra suite donde Edward ya estaba poniendo el desayuno en la mesa. Igual que la mañana anterior, había ordenado una porción de todos los desayunos que ofrecía el servicio a la habitación. Parecía empecinado en consentirme durante estos últimos días de nuestras vacaciones.

—Hmm, se ve delicioso —lo saludé con un beso en la mejilla antes de sentarme en la silla que sacó para mí.

—Para ti lo mejor apenas es suficiente, nena —respondió, sentándose frente a mí.

Sintiéndome hambrienta, empecé a comer mis huevos revueltos con entusiasmo. Edward me miró, riéndose en voz baja, antes de empezar a comer sus panqués.

~*~POMH~*~

Era una mañana muy soleada y extremadamente cálida para ser inicios de noviembre. Habíamos llegado dos días atrás y Edward ya me había enseñado el sitio donde habían crecido sus padres y donde solía ir de visita con sus abuelos. Me impresionaba el tamaño de las fincas que pertenecieron a los Platt y los Cullen. Ambas habían sido vendidas después del fallecimiento de sus abuelos.

Esta mañana íbamos en nuestro carro rentado por una pequeña carretera de tierra hacia un lugar que Edward insistía en que yo tenía que ver. Se veía muy nervioso, lo cual era totalmente inusual en él. Al decírselo, le quitó importancia diciendo que yo estaba imaginando cosas. Sabía que no era así, pero lo dejé pasar.

Al pasar por varios pueblecitos, contemplé lo que nos esperaba con la boda en la siguiente semana. El martes dejaríamos nuestro escondite y regresaríamos a la vida real. Por un lado, me sentía triste al saber que tendría que compartir a Edward con el resto del mundo otra vez. Por otro lado, me emocionaba la visita a su familia. Hacía un mes había habido una adición a la familia Cullen cuando Rosalie parió a su primer hijo con Emmett. El pequeño Henry era un bebé bonito y regordete que parecía no solo haber heredado los rizos oscuros de su padre, sino también su brillante disposición. Desafortunadamente todavía no habíamos tenido la oportunidad de conocerlo en persona. Pero estábamos decididos a cambiar eso en cuanto regresáramos a Chicago.

Pensar en el bebé me hizo recordar una conversación que Edward y yo habíamos tenido hacía casi un mes…

Estaba sentada en el sofá de la sala, mirando a la nada. Llevaba un buen rato sentada ahí intentando leer un libro que había empezado unos días atrás, pero mis pensamientos seguían regresando a la cita que tuve con el doctor hoy en la tarde. Había sido una revisión de rutina con mi ginecóloga. Antes de empezar el examen físico, la doctora Taylor me había preguntado si tenía algo en particular que quisiera discutir con ella. Le dije que durante los últimos meses había sufrido de un ligero sangrado irregular y cólicos anormales. Me examinó a fondo e incluso me hizo una ecografía para asegurarse de que todo estuviera bien.

Al terminar me dijo que mis problemas eran muy comunes entre mujeres que llevaban muchos años tomando la píldora, y su mejor consejo era que me abstuviera de anticonceptivos hormonales por un tiempo. Me sugirió que me diera un respiro de la píldora por tres meses y después de eso reevaluaríamos la situación, para ver si el asunto había mejorado y así decidir con cual anticonceptivo procederíamos.

Decir que me sentía frustrada era un eufemismo. Tuve que esforzarme por no llorar. Edward y yo nos habíamos tardado muchísimo tiempo en encontrarnos y deshacernos de los condones. La intimidad que provenía de estar juntos así, sin estar separados por una barrera de látex, era algo muy especial para los dos.

Estaba contemplando cómo decirle que teníamos que volver a usarlos cuando lo escuché abriendo la puerta.

Hola, nena, ya estoy en casa. —Echó sus llaves al tazón junto a la puerta—. Lamento llegar tarde, pero Jasper me detuvo cuando iba de salida. El pobre se está volviendo loco con Alice en modo planeadora de bodas.

Se rio entre dientes y lo escuché acercarse.

»Esta mañana ella irrumpió en su oficina haciendo un berrinche por el tono de las muestras de las rosas. Dijo que quería un rosa pálido, no el rosa de Miss Piggy. Te juro que a veces no sé cómo… —Dejó de hablar de inmediato cuando me vio sentada en el sofá con las rodillas pegadas al pecho y lo que era probablemente una expresión ansiosa en la cara—. Nena, ¿qué sucede? ¿Pasa algo malo? —Edward se sentó a mi lado y le dediqué una media sonrisa triste—. Hoy tuviste una cita con la doctora, ¿cierto? ¿Estás enferma, nena? —Su voz sonó pesada a causa de la preocupación y frunció las cejas.

Me quedé perpleja por un momento antes de comprender que él probablemente creía que había recibido un mal diagnóstico.

No, no, estoy bien. No es eso. —Bajé la vista a mi regazo, respirando profundamente antes de contarle a Edward lo que había pasado—. Sabes, hablé con la doctora Taylor sobre mi sangrado y los cólicos. Todo está bien físicamente, pero sugirió que me diera un descanso de la píldora.

Estiró la mano y me alzó el mentón para hacerme mirarlo. Tenía las cejas alzadas al preguntar:

Entonces, ¿estás bien? ¿No hay nada malo contigo? ¿Por qué no estás feliz por eso?

Me alegra estar saludable. Es que… —me mordí el labio inferior, buscando las palabras adecuadas—… tendremos que volver a usar condones por unos tres meses, y no me gusta la idea. —Exhalé un pesado aliento, me aliviaba haberlo dicho.

Esperé a que Edward dijera algo, pero no dijo nada. En vez de eso, tomó mis manos y las acarició tranquilizadoramente. Estuvo un rato mirando lo que hacía antes de que sus ojos volvieran a encontrarse con los míos.

Nena, ¿alguna vez has pensado en tener hijos? —preguntó con cautela.

Fruncí el ceño un poco. Por supuesto, llevábamos juntos más de medio año, y estábamos viviendo juntos. Así que en realidad era extraño que no se hubiera mencionado el tema antes. Pero ¿por qué ahora?

Edward se veía tranquilo y sereno mientras yo contemplaba mi respuesta.

Por supuesto que sí, o sea, en teoría. —Asintió ligeramente, invitándome a elaborar más en mi respuesta—. Siempre he sabido que quiero tener hijos algún día, pero siempre ha sido más una idea abstracta. Sabes, con el hombre correcto y demás. —Bajé la vista a nuestras manos unidas, temía decir algo equivocado—. Desde que te conocí, estoy segura de que quiero tener tus hijos; algún día, cuando sea el momento adecuado.

Me mordí el labio otra vez, esperando la respuesta de Edward. No tenía idea de a dónde iba con su pregunta. Su voz sonó suave, pero muy feliz, al hablar.

También quiero que tú tengas mis hijos. Te amo.

También te amo, Edward —dije sonriéndole y me correspondió la sonrisa antes de que su expresión se tornara seria otra vez.

Habiendo dicho eso, ¿habría gran diferencia si tenemos esos bebés más pronto que tarde? Quiero decir, el momento nunca es el perfecto en realidad.

Me quedé boquiabierta a causa del shock por lo que estaba sugiriendo.

¿Me estás diciendo que quieres que intentemos tener un bebé ahora? —No podía creerlo. Todavía ni siquiera teníamos un año juntos.

Sus ojos se clavaron en los míos.

No estoy diciendo que debemos intentar tener un bebé ahora. Lo que digo es que, tal vez, podríamos no intentar no tener un bebé. Quiero decir, ¿por qué no dejamos que la naturaleza siga su curso? Te tomas un descanso de la píldora, y veremos qué pasa. Sabes que es muy poco probable embarazarte durante los primeros meses después de tener tanto tiempo tomando hormonas como tú. Cuando se terminen los tres meses, y si no ha pasado nada, volveremos a usar anticonceptivos si quieres.

La mirada de Edward era intensa, y aunque su voz había sonado ligera y tranquila, podía notar que me estaba rogando en silencio para aceptarlo. Él lo quería, y lo quería ya, en vez de en unos años.

Una ola de emociones me invadió. Me hacía feliz que él quisiera que tuviéramos un compromiso todavía más grande. Me sentía asombrada y un poco sorprendida al no estar muerta de miedo ante la idea de comenzar una familia. De hecho, luchaba contra la estúpida sonrisa que quería aparecer en mi cara al imaginar a un pequeñito con un despeinado cabello bronce y ojos esmeralda. Nunca había sabido en realidad lo mucho que deseaba tener una familia con Edward, pero seguía sin estar segura de que el momento fuera el adecuado. Al mismo tiempo, no tenía razones válidas para objetar. ¿Y cuándo era en realidad el momento adecuado? Tal vez Edward tenía razón y no existía el momento perfecto.

Entre más giraba mi cabeza con las posibles opciones, más preocupado parecía sentirse Edward.

Lo siento, nena, por presionarte así. No tenemos que decidirlo hoy.

¡Bien! —dije con voz ahogada.

Me esbozó una pequeña sonrisa.

Hablemos de esto en unos días.

Dije que bien —repetí, casi explotando a causa de la emoción.

Me miró como si estuviera loca.

No entiendo. ¿Qué está bien?

Sonreí brillantemente porque sabía que él se sentiría eufórico por mi respuesta.

Que no intentemos no tener un bebé.

¿Estás segura? —preguntó con ojos como platos.

Sí, lo estoy. —Con eso, atacó mis labios y me pegó al sofá con su cuerpo sobre el mío.

Hicimos el amor varias veces esa noche, y en cierta manera tuvo una nueva cualidad. El sexo fue genial, como siempre, y fue divertido, pero fue también mucho más…

… Estaba un poco sonrojada a causa de los recuerdos al hacer el amor cuando regresé al presente, notando que el carro se había detenido. Miré a mi alrededor, no veía nada más que unos prados y un pequeño bosque más adelante.

Confundida, me giré hacia Edward, que sonreía indulgente.

—¿A dónde dijiste que íbamos?

—De hecho, no te lo dije. Solo dije que quería enseñarte algo. Vamos. —Se rio entre dientes al bajarse del carro. Después de rodearlo por el capó, me abrió la puerta y me ofreció su mano para ayudarme a bajarme—. Confía en mí, nena, estoy seguro de que no te decepcionarás.

Con las manos unidas, me guio a través de árboles que resultaron ser solo un espacio de árboles en vez de un bosque grande.

Al salir del sendero sombreado, me detuve de inmediato cuando mis ojos ubicaron una hermosa capilla rústica. Era un edificio de estilo gótico con una única torre de campana justo sobre la entrada. Las puertas dobles estaban sombreadas por una pequeña marquesina que se apoyaba en dos columnas de piedra.

La capilla estaba construida con descoloridas piedras blancas y se veía muy pintoresca, rodeada de muchos árboles con unas maravillosas hojas multicolores. La fotógrafa en mí quería sacar su cámara y hacer una sesión de fotos escénicas.

—¡Vaya! Es hermosa. ¿Qué es? —dije con voz rota, abrumada por el paisaje.

Edward se movió detrás de mí y me rodeó la cintura con sus brazos, jalándome hacia él.

—Es la capilla de San Juan el Bautista. Sabía que te gustaría. Ven, vamos a entrar.

Me agarró la mano otra vez y me jaló detrás de sí hacia la entrada. Me sorprendí cuando encontró la puerta abierta. Poniendo su mano en la parte baja de mi espalda, me empujó con cuidado a través de la entrada hacia la sala del altar.

Me impresionó lo que vieron mis ojos. Por dentro la capilla era tan hermosa como por fuera. Aunque la pequeña sala principal tenía un techo abovedado hecho de madera oscura y las bancas estaban hechas de una madera similar, se veía todo muy ligero y amigable. Las paredes, que estaban hechas de la misma piedra descolorida que el exterior, se veían interrumpidas con ventanas de cristales de colores estilo Tiffany, las cuales sumergían la sala en colores claros y brillantes.

Una vez más me sentí obligada a tomar al menos cien fotografías de este lugar. Avancé por el pasillo y me detuve frente al altar, girándome para ver hacia la entrada. Edward estaba ahí parado con una sonrisa complacida en el rostro.

—¿Te gusta, nena? —preguntó cuando empezó a caminar hacia mí con las manos extendidas para tomar las mías.

—¿Gustarme? Me encanta. Esto es, vaya, no tengo palabras para describirlo. —Nos sentamos en la primera banca y Edward empezó a acariciarme las manos mientras las veía con intensidad. Por alguna razón, el momento se sentía importante. No tenía idea de por qué me había traído aquí, a una capilla en medio de la nada, pero podía notar que lo había hecho con una intención en específico.

Antes de poder preguntarle, finalmente alzó la vista y empezó a hablar. Sus ojos estaban llenos de emoción.

—Nena, sé que apenas tenemos casi un año de conocernos, pero para mí se siente como toda una vida. De hecho, no puedo recordar un momento en el que no fueras parte de mi vida, y tampoco quiero. Desde el momento en que te acercaste a la esquina en esa fiesta, todo fue diferente. Una semana después, cuando te llevé a casa después de tu primer fin de semana conmigo, supe que tú eras la indicada para mí. Nunca me he sentido tan conectado con alguien en toda mi vida y nunca sentiré lo mismo por nadie más.

Tenía la voz ronca. Aunque seguía sin saber qué estaba pasando, sentía una especie de anticipación nerviosa que me llenó de lágrimas los ojos cuando Edward metió la mano en su chaqueta de piel y la sacó con una cajita de terciopelo negro. Agrandé los ojos al verla y mi corazón empezó a latir más rápido.

Abrió la tapa y volteó mi mano derecha, poniéndola sobre mi palma abierta. Mantuve la mirada fija en su rostro cuando se deslizó del asiento y se puso en una rodilla frente a mí. Me esforcé por no bajar la vista hacia la cosa que sostenía en mi mano.

—Isabella Swan, eres el amor de mi vida, mi mejor amiga y mi compañera de aventuras. No puedo soportar la idea de pasar ni un solo día sin ti a mi lado. Quiero que seas mi esposa y la madre de mis hijos. Por favor, Bella, ¿te casarías conmigo? —Casi se ahogó con las últimas palabras y todo en él me transmitió la seriedad con que decía esto.

Creí que debí haberme sentido aterrada. Debí haber sentido la desesperada necesidad de salir corriendo, de escapar y esconderme debajo de una roca. Pero no fue así. Sentí el amor que irradiaba de Edward tocando mi corazón y envolviéndolo en una gruesa manta de confianza y seguridad. Y, de pronto, solo había una posible cosa que podía responder.

—¡Sí, sí, acepto! —Las lágrimas se derramaron cuando me lancé hacia él, abrazándolo a mí con todas mis fuerzas.

Pude sentir la tensión abandonar los músculos de sus hombros mientras se sacudían con risas de alivio.

—Oh, nena, me haces el hombre más feliz del mundo.

Edward puso sus manos en mis mejillas y jaló mi cara a la suya para un beso ardiente. Fue bastante casto para nosotros, pero adecuado para el momento. Era una expresión perfecta de lo abrumado y feliz que se sentía.

Al soltarme, y luego de tener la oportunidad de recuperar el aliento, al fin me atreví a mirar la caja que había puesto en mi mano. Una vez más me quedé sin aliento al mirar el anillo más hermoso que había visto en mi vida.

—¿Te gusta? —preguntó Edward un poco inseguro al sacarlo de la caja y ponérmelo en el dedo anular de mi mano izquierda. Me quedó como si hubiera sido hecho justo para mí.

—Es perfecto. Me encanta. —En realidad no podía ver el anillo muy claramente porque las lágrimas en mis ojos me ponían borrosa la vista, pero parpadeé para alejarlas y así poder ver mi nuevo acompañante permanente.

El anillo era una banda de oro estrecha por la parte de atrás, pero que doblaba su anchor en la parte de enfrente. En el centro había una esmeralda en forma ovalada del tamaño de un chícharo. A ambos lados había perlas y esmeraldas más pequeñas. Con tan solo verlo se notaba que el anillo era una antigüedad y estaba segura de que era exactamente la clase de anillo que habría elegido para mí. El peso del anillo se sentía maravilloso en mi dedo.

La suave voz de Edward me sacó de mi bruma.

—Es una herencia familiar. Era el anillo de compromiso de mi abuela Platt. Me lo dejó en su testamento. En cuanto vi tu relicario supe que éramos una pareja tan perfecta como la joyería de nuestras abuelas. —Sus labios se curvaron en una sonrisa tímida.

—Es increíble. No hubieras podido encontrarme un anillo mejor de haberlo intentado. —Una vez más presioné mis labios sobre los suyos, intentando transmitirle mi felicidad y gratitud.

—Nena, hay más —dijo Edward cuando al fin lo solté.

Me sentí fruncir las cejas con confusión.

—¿Más?