Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de Stephenie Meyer y la autora es Payton79, yo sólo traduzco sus maravillosas palabras.

Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of Stephenie Meyer and the author is Payton79, I'm just translating her amazing words.


Thank you Payton79 for giving me the chance to share your story in another language!

Gracias a Yani por ser mi beta en esta historia.


Epílogo: Parte II

Volvió a tomar mi mano en la suya, acariciando su anillo que ahora había encontrado su hogar en mi dedo.

—Hay una razón por la que te traje aquí hoy. Este es un lugar especial para mi familia y para mí.

Ya había asumido que él había planeado algo. Tal vez quería que nos casáramos en esta hermosa capillita.

—Mis padres se casaron aquí y mis abuelos también. Emmett y yo fuimos bautizados aquí. —Jugueteó un poco con mi anillo, y esperé a que dijera lo que quería decir en realidad cuando sus ojos se volvieron a encontrar con los míos—. Nena, quiero que te cases conmigo aquí… mañana.

Agrandé los ojos a causa de la sorpresa y me quedé boquiabierta.

—¿Mañana? Edward, ¿cómo… por qué…? —No podía formar una oración coherente.

—Déjame explicarte, ¿de acuerdo? —Estaba tranquilo y sereno, así que solo asentí y esperé—. Mis padres no solo se casaron aquí. Se fugaron. No querían la boda masiva que sus padres estaban planeando. Querían hacer algo simple y pequeño, y celebraron sus treinta y cinco años de casados aquí el verano pasado. Quiero para nosotros lo que ellos tienen. Que dentro de treinta y cinco años yo siga viéndote de la forma en que mi papá mira a mi mamá. Quiero que nuestros hijos nos digan que somos asquerosos y que nos busquemos una habitación. Creo que ellos lo hicieron bien. Querían que su boda fuera solo para ellos. Yo quiero que nuestra boda sea sobre nosotros. Quiero que sea especial para ti y para mí, y nadie más. Y mañana es el primer aniversario del día en que nos conocimos. Esa es la fecha perfecta, ¿no crees?

Durante su explicación había escondido bien su nerviosismo. Pero lo conocía lo suficiente para escuchar un poco de inseguridad en su voz que por fuera se mostraba llena de confianza.

La cabeza me daba vueltas mientras los ojos de Edward se clavaban en los míos. ¿Cómo es que pasamos de "Cásate conmigo" a "Cásate conmigo mañana"?

—Edward, ¿qué hay de nuestras familias y amigos? ¿No crees que se decepcionarán si les decimos que nos casamos y ellos no fueron parte de eso? —Extrañamente, esa fue la primera, y probablemente única, razón que se me ocurrió para objetar.

Edward se rio entre dientes, pero luego se volvió a poner serio.

—Te aseguro que mis padres lo entenderán. De lo contrario serían unos hipócritas. Y las otras personas, bueno, me refiero a eso exactamente. Esto debería ser sobre nosotros. No quiero esperar otro día para que te conviertas en mi esposa, mucho menos meses. Pero si quieres un compromiso más largo, lo haremos. Si quieres una boda grande y todo lo demás, lo haremos. Pero solo imagina cómo Alice convertirá todo esto en un circo.

Resoplé, pensando en lo mucho que nos había desquiciado Alice durante los últimos meses mientras planeaba su boda, y ya me había prometido que también un día planearía la mía. Pensar en esa amenaza me provocó un estremecimiento.

Respiré profundo y miré a mi alrededor dentro de la capilla por un momento.

—Me encanta este sitio. Sería maravilloso casarnos aquí. Y sería genial poder saltarnos toda la planeación y esas locuras. Pero no quiero herir a mi padre y a nuestros amigos. —Me entristecía un poco porque de verdad podía imaginarnos solo a nosotros dos parados frente al altar, jurando amarnos hasta que la muerte nos separe.

—Hay una manera de poder tener ambas cosas. —Mis ojos, que habían estado fijos en el altar frente a nosotros, regresaron de golpe a los de Edward. Él sonrió travieso al explicarme—. Podemos tener una boda privada si eso es lo que queremos. Sería solo para nosotros. No tendríamos que decirle a nadie. Luego, en unos meses, tendremos una segunda boda para todos los demás. Pero tú y yo siempre sabremos cómo fue que nos casamos en realidad.

Por muy extraño y loco que sonara, de verdad creía que eso podría resultar para mí. Una boda solo para nosotros, de la forma en que lo queríamos, y otra para el resto del mundo. Si lo hacíamos de esa manera, podría dejar que Alice se divirtiera y no sería demasiado malo si yo lo detestaba porque no era nuestra boda de verdad. Sonreí al pensarlo antes de ponerme seria otra vez.

—Pero ¿cómo sería esto de la boda? ¿Nos vamos a casar en jeans y playeras? Porque eso es todo lo que tengo conmigo en el hotel. ¿Y sabes si la capilla está libre mañana?

La sonrisa presumida de Edward me indicó que él ya se había encargado de todo eso.

Si aceptas casarte conmigo aquí mañana, y eso es solo si de verdad quieres hacerlo, entonces después de aquí iremos al registro civil para obtener nuestra licencia de matrimonio. Te hice una cita en una tienda de vestidos de novia para hoy en la tarde. La capilla está reservada para mañana a las cinco de la tarde. Te hice citas para un spa, cabello y maquillaje para mañana. Todo está planeado y listo si estás de acuerdo. Pero quiero que aceptes solo si de verdad lo quieres. Lo haremos de cualquier manera que quieras.

Era una locura, era impulsivo, y probablemente sería estresante, pero sabía que era lo que yo también quería. Edward se había esforzado mucho en la planeación y todo sería tan perfecto como el anillo y la capilla.

—Bien, hagámoslo —dije con voz ahogada y Edward me jaló a un fuerte abrazo de inmediato.

—¿Estás segura? —preguntó al apartarse para buscar en mi cara cualquier señal de duda.

Le dediqué una brillante sonrisa y asentí.

—Sí, lo estoy. Nunca he estado más segura en toda mi vida.

~*~POMH~*~

Una hora después salíamos del registro civil con la licencia en las manos.

—¿Y ahora qué? —pregunté, alzando una ceja curiosa.

Edward solo sonrió e hizo un gesto hacia el Mercedes negro que estaba estacionado en un lado de la calle justo frente a nosotros. Un hombre de mediana edad que llevaba puesto un traje negro estaba parado junto a la puerta trasera, sonriéndonos.

—Él es George. Será tu chofer hoy. Te llevará a la tienda de novias y a cualquier otro lugar al que requieras ir. Solo dile lo que necesitas y él te llevará.

Miré de George a Edward unas cuantas veces, confundida y sorprendida a la vez, antes de que Edward tomara mi mano en la suya para acercarme al carro negro.

—Hola, George —lo saludó.

—Hola señorita Swan, señor Cullen. Estoy a su servicio el resto del día. —Me sonrió cálidamente y le correspondí la sonrisa.

—Gusto en conocerte, George. Gracias —dije tímidamente antes de voltearme hacia mi prometido.

—Que tengas un buen día, nena, y disfruta. Tómate todo el tiempo que necesites. Te veré más tarde en el hotel para cenar. —Plantó un beso amoroso en mis labios y George me abrió la puerta de atrás. Me deslicé sobre el asiento un poco deslumbrada.

Un minuto después, George arrancó anunciando:

—Siguiente parada, Paraíso de novias.

~*~POMH~*~

Ya era la hora de la cena cuando entré a nuestra suite después de pasar una tarde de compras. No podía creer que había encontrado todo lo que necesitaba en unas cuantas horas.

Al abrir la puerta el delicioso aroma de la comida me golpeó la nariz. La habitación principal estaba vacía excepto por el carrito de servicio a la habitación que estaba cargado de platos. La mesa estaba puesta y nos esperaban dos copas llenas de vino tinto.

Justo cuando estaba a punto de dar a conocer mi presencia, Edward salió de la habitación y sus labios formaron una sonrisa al verme.

—Hmmm, ya regresaste, al fin. Te extrañé. —Me rodeó con sus brazos y tocó mis labios con los suyos—. ¿Encontraste todo lo que necesitas para mañana? Sigues planeando casarte conmigo, ¿cierto? —Frunció las cejas mientras que una rápida ola de duda pareció cruzar su mente.

—¡Intenta detenerme! —ronroneé, haciendo desaparecer de inmediato las líneas de preocupación.

Edward exhaló audiblemente.

—¡Uff! Temía que hubieras cambiado de parecer luego de tener tiempo para pensar en todo.

—No, señor Cullen, no te desharás tan fácilmente de mí, y a partir de mañana, nunca más sucederá. —Sonreí antes de darle la espalda para inspeccionar la comida—. Entonces, ¿me vas a alimentar o todo esto es solo por aparentar?

Edward se rio entre dientes mientras me sacaba una silla.

—Tengo que mostrarte que puedo cuidarte, ¿no?

~*~POMH~*~

La cena estuvo genial y después de terminar con los tres platillos, ya eran las diez de la noche.

—Ya es tarde y necesitas descansar. Reservé una segunda habitación para esta noche. Ya sabes que es tradición que el novio y la novia no duerman en la misma cama una noche antes de la boda —dijo Edward mientras me ayudaba a levantarme de mi silla para luego deslizar sus brazos alrededor de mi cintura, intentando desearme una buena noche.

—No quiero dormir sola —me quejé—. ¡Al carajo con la tradición! ¿Cuándo hemos hecho algo de forma tradicional?

Mis manos se metieron en el cabello de su nuca, llevando sus labios a los míos. Dejé que mi lengua trazara su labio inferior con determinación hasta que gimió y me otorgó entrada a su boca. Después de provocar su lengua durante algunos momentos, me aparté brevemente.

—Por cierto, estaba planeando tener unas cuantas rondas de sexo sucio y salvaje antes de estar condenados a ser una pareja de casados aburridos y sin imaginación.

Nos reímos juntos, nuestros labios se volvieron a acariciar.

—¿Quién soy yo para negarme a eso?

~*~POMH~*~

Y sí que fue sucio y salvaje. Estábamos acostados jadeando y sonriendo en los brazos del otro un rato después.

—¿Cumplí con tus expectativas? —preguntó Edward, sin aliento.

—Las excediste —respondí con una risita, esperando que siempre fuera así entre nosotros.

Nos quedamos callados un rato, recuperando el aliento. Como ya era costumbre, mi mano izquierda jugaba con el vello en el pecho de Edward. Aunque por primera vez mi atención no estaba en su precioso pecho esculpido. En vez de eso, mis ojos estaban pegados al anillo en mi dedo, las piedras verdes captaban un poco de luz que derramaba la lámpara del buró. Me estaba maravillando con la belleza del anillo cuando caí en cuenta de algo.

—Edward, um, ¿puedo preguntarte algo? —empecé de forma tentativa.

—Puedes preguntarme lo que sea. —Su voz sonó baja y tranquilizadora.

Me mordí el labio un momento, insegura de cómo comenzar.

—Bueno, sé que no te gusta hablar de Tanya, y a mí tampoco me gusta sacarla a tema, especialmente esta noche. Pero hay algo que me he estado preguntando. —Normalmente Edward se tensaba cuando se mencionaba el nombre de su exnovia. Aunque esta vez no sucedió así, lo cual me hizo sentir lo suficientemente valiente para continuar—. Um, recuerdo que me dijiste que regresabas de recoger su anillo de matrimonio cuando la encontraste engañándote con tu amigo. ¿Por qué tuviste que comprarle uno cuando ya tenías el anillo de tu abuela? No me malinterpretes, me alegra tenerlo yo en vez de ella, solo que no lo entiendo.

Edward resopló mientras su mano me acariciaba la espalda de arriba abajo.

—No tendrías que preguntarlo si la conocieras. Tanya nunca aceptaría un anillo usado. Me dejó en claro más de una vez que esperaba un diamante de tres quilates o algo en una banda de platino. Debí haber sabido entonces que ella no era la mujer indicada para mí. En cambio, cuando te escuché hablar del relicario de tu abuela, supe que tú atesorarías el anillo de mi abuelita. —Tomó mi mano, se la llevó a la boca y besó el anillo en mi dedo.

—Me encanta. Como dije, es perfecto para mí, igual que tú. —Me alcé para besar castamente sus labios.

Apoyando la cabeza en el pecho de Edward, cerré los ojos para formular otra pregunta.

—Hay algo más.

—¡Dime! —Fue su única respuesta.

—No me pediste un acuerdo prematrimonial —dije con voz ahogada. En realidad, nunca habíamos hablado sobre dinero, pero había visto la casa de sus padres y había pasado tiempo con Emmett y Rosalie. Sabía sin duda alguna que Edward tenía dinero, muchísimo más del que yo tenía. Esperé a que dijera algo.

—¿Para qué lo necesitaríamos? Como te dije antes, no eres Tanya. Lo que es mío será tuyo para mañana a esta hora. Además, un contrato prematrimonial solo tiene sentido cuando hay un divorcio. ¡Y jamás me divorciaré de ti! —Sus palabras eran definitivas y no dejaban espacio para discusión.

Un segundo después nos dio la vuelta y quedé de espaldas con el cálido peso de su cuerpo sobre mí.

—Mencionaste rondas de sexo sucio y salvaje, sabes, en plural. Se está haciendo tarde, así que ya deberíamos empezar la siguiente ronda.

Los labios de Edward ya estaban en mi cuello y solo pude gemir para mostrarme de acuerdo cuando su aliento barriendo sobre mi piel me hizo estremecer a causa de la excitación.

~*~POMH~*~

Al despertar la mañana siguiente mi mano se estiró hacia el lado de Edward de la cama, el cual parecía estar vacío. Confundida, abrí los ojos y sonreí al ver una solitaria rosa roja apoyada en su almohada con un pedazo de papel debajo.

Agarré la flor y me llevé los pétalos a la nariz, la olí antes de besarla ligeramente. Luego tomé el pedazo de papel y de inmediato reconocí la elegante caligrafía de mi prometido.

Mi amor,

No fue fácil dejarte ahí durmiendo tan pacíficamente, pero no quería estorbarte hoy. Y tampoco quería tentar al destino.

A las diez te llevarán el desayuno.

Después de eso, recibirás un masaje de cuerpo completo seguido de una manicura y pedicura.

A las dos de la tarde llegarán las personas del peinado y maquillaje a la suite para ayudarte a alistarte.

Luego, a las cuatro, George te estará esperando en la recepción para llevarte a San Juan.

No puedo esperar para hacerte mi esposa. Te esperaré impacientemente al final del pasillo.

Te amo,

Edward.

Llevándome la carta al corazón, respiré unas cuantas veces, luego miré el reloj. Eran las nueve de la mañana, así que tenía tiempo suficiente para darme una larga ducha antes de que comenzara mi tratamiento especial.

Media hora después, al salir de la ducha, de pronto me golpeó una ola de náuseas. Vacilé por un momento, respirando profundamente para intentar alejar los mareos. Pero fue inútil. Corrí hacia la taza para vaciar mi estómago. Al deshacerme de los restos de la cena de anoche, me enderecé sintiéndome mejor de inmediato. Sacudiendo la cabeza, me acerqué al lavamanos para enjuagarme la boca y lavarme los dientes.

Pensando en Edward y con la esperanza de que él no se hubiera contagiado también de este virus estomacal, me puse una pantalonera y un top justo antes de que el servicio a la habitación entregara mi desayuno. Extrañamente, aunque había vomitado hacía poco, me sentía hambrienta. Feliz de que al parecer ya estaba bien, prácticamente inhalé el platillo de huevos, panqués y wafles.

~*~POMH~*~

Me peinaron el cabello con dos trenzas a cada lado de la cabeza que se juntaban elegantemente en un chongo suelto y rizado en la parte de atrás. Mi cara brillaba gracias al maquillaje ligero que el estilista me había puesto hacía poco. Mi vestido, que me habían entregado esa mañana, estaba en una bolsa de ropa blanca colgando de la puerta del armario.

De forma lenta y cuidadosa, abrí el cierre y descubrí las capas de gasa. Me había enamorado de inmediato del vestido blanco de corte imperio. La cinta hermosamente detallada con perlas debajo del pecho y los tirantes anchos captaron mi atención mientras veía cientos de vestidos en la tienda. Me quedó justo a la medida y se sentía increíblemente suave sobre mi piel. La corta cola en la espalda me hacía sentir como una mezcla entre diosa griega y princesa del siglo dieciocho.

Las comisuras de mi boca se alzaron ante el recuerdo de mi conversación con Jane, la vendedora.

Te ves perfecta, Bella. El vestido parece como hecho para ti. —La expresión de su rostro parecía genuina cuando me giré frente al espejo gigante por centésima vez.

También se siente muy bien, pero ¿cuánto cuesta? No veo la etiqueta del precio. —Me preocupaba un poco no poder pagar un vestido como este. La tienda parecía estar en el rango de precios altos para tiendas de novias y nada aquí se veía barato.

Jane se rio y sus ojos brillaron con picardía al responder.

Se supone que no debes conocer el precio. Nos indicaron que le quitáramos las etiquetas a todos los vestidos que quisieras ver. El señor Cullen dijo que deberías tener el vestido perfecto sin importar el costo. Ya nos entregó la información de su tarjeta de crédito. También nos indicó que no te dejáramos discutir. Debes aceptar su generosidad por una vez; esas son sus palabras, no las mías.

Sabía exactamente a qué se refería ese comentario. Unos meses atrás Edward me había llamado del trabajo para pedirme que entrara a su oficina en casa para buscar algo por él. Me dijo que tomara un fólder específico de una repisa y que buscara una factura en particular para enviársela por fax. Al buscar en el fólder me topé con la factura de una tienda de antigüedades. Aunque sabía que no era de mi incumbencia, la curiosidad me ganó y la miré con más atención. Resultó ser que ese pedazo de papel era el recibo del relicario que Edward me había dado en Navidad. Casi se me salieron los ojos cuando vi que había pagado mil quinientos dólares por mi regalo. No era necesario decir que le había leído la cartilla cuando llegó a casa esa noche por gastar semejante cantidad de dinero en un simple regalo de Navidad. A partir de ese día se aseguró de que, siempre que me daba algo, yo no pudiera descubrir el precio.

No me decidía si me divertían o me molestaban las órdenes de Edward, pero no tenía otra opción más que hacerle caso.

Bien, entonces creo que este es mi vestido —dije, resignada, pero feliz al mismo tiempo.

Jane me sonrió.

Estás tomando la decisión correcta. Llorará al verte, te lo prometo.

Suspiré, esperando que a Edward le gustara el vestido que probablemente le costaría una pequeña fortuna…

Me tomé mi tiempo para ponerme el vestido. Luego de subirme el cierre de la espalda, me puse mis sandalias blancas de tacón medio. Para completar el conjunto me puse mi relicario y los aretes a juego que Edward me había dado en mi cumpleaños.

Mirándome una última vez en el espejo, jadeé ante mi reflejo. Nunca me había visto más hermosa que en ese momento. Y no solo era el maravilloso vestido o el peinado y maquillaje profesional. Era la expresión de mi rostro, el brillo de mis ojos al saber que, dentro de dos horas, sería la señora de Edward Anthony Cullen.

Mi celular sonó, sacándome de mi ensoñación, para recordarme que era hora de reunirme con George en la recepción. Así que tomé el chal de gasa blanca para cubrirme los brazos desnudos y me apuré a salir de la habitación en dirección a mi futuro.

~*~POMH~*~

El viaje a la capilla pareció tardar mucho más que el día anterior. George me sonreía mucho por el retrovisor mientras que yo jugueteaba con mi chal o miraba por la ventana, admirando el paisaje. Cada árbol que pasaba me acercaba más a convertirme en la esposa de Edward y no podía esperar.

Era difícil creer que apenas hacía doce meses casarme era lo último en mi mente. Había tenido tanto miedo de dejar que alguien se acercara a mí lo suficiente para lastimarme. Durante siete años, me las arreglé para permanecer apartada y proteger mi corazón del dolor. Luego, en unas cuantas semanas, Edward había puesto mi vida de cabeza. Su amor y perseverancia no me dejaron más opción que abrir mi corazón para dejarlo entrar. Y ahora aquí estaba, a punto de convertirme en su esposa.

Después de lo que se sintieron como horas, al fin nos detuvimos frente a la capilla. En vez de hacerme caminar a través del bosque como lo habíamos hecho ayer, George detuvo el carro justo frente a la entrada. Me abrió la puerta, me ayudó a bajarme del carro y me guio hacia las puertas dobles donde me entregó un hermoso ramo de rosas rojas y alcatraces.

—Le deseo toda la suerte del mundo, señorita Swan. Se ve impresionante —dijo con una sonrisa, dejando un pequeño beso en mi mejilla.

Le agradecí y tomé una profunda respiración antes de estirar la mano hacia el pomo, abriendo la puerta para entrar al recibidor.

—Oh, señorita Swan, aquí está. —Una ancianita se apuró hacia mí y me dio un rápido abrazo—. El señor Cullen empezaba a ponerse nervioso, aunque llega justo a tiempo. —Se rio como colegiala—. Todos los novios son así. Oh, soy la señora Cope, por cierto. Mi hermano es el sacerdote que los casará. Son una pareja tan linda. Solo espere aquí y le diré que ya podemos empezar. —La animada mujer con aspecto de abuelita se fue deprisa antes de poder decir una palabra y me dejó sola con mis pensamientos un rato.

Me preguntaba por qué mis náuseas de la mañana no habían regresado. Era raro. Esa mañana no me había sentido nerviosa para nada, pero mi estómago había pensado lo contrario. Al estar ahí parada en la capilla esperando a que comenzara la ceremonia, empezaba a sentirme un poco nerviosa de verdad. Pero no había ni una señal de vómito. Lo que sentía justo entonces era una excitación positiva. No dudaba de mi decisión de casarme con Edward. Ni siquiera estaba indecisa sobre hacerlo aquí y ahora, sin nuestras familias ni amigos. No, estaba impaciente por empezar con esto. Quería ver a Edward parado al final del corto pasillo. No podía esperar por ver la expresión en su rostro cuando me viera caminar hacia él. Ansiaba que me pusiera otro anillo en el dedo y yo ponerle una banda a él también, uniéndonos para siempre.

Paseé de un lado a otro por varios minutos, esperando el regreso de la señora Cope, solté un largo suspiro cuando al fin regresó caminando hacia mí.

—Pues, querida, todo está listo. ¿Está lista? —preguntó, quitándome el chal de los hombros cuando empezaron a tocar el Canon de Pachelbel.

—Más de lo que sabe —respondí.

La señora me sonrió brillantemente, luego abrió las puertas dobles que daban a la sala del altar. Jadeé en voz baja ante el escenario que apareció frente a mis ojos. Edward se había superado. La sala estaba llena de velas y arreglos florales que hacían juego con mi ramo en color y estilo. Las orillas de las bancas estaban decoradas con una rosa roja o un alcatraz blanco. A la izquierda del altar estaba un cuarteto de cuerdas.

Al escanear el resto de la sala, noté a un sacerdote mayor parado en la parte de atrás, pero me olvidé de él y de todos en la sala en cuanto posé la mirada en Edward. Hice un inventario rápido de su ropa. Llevaba un traje gris oscuro con un chaleco a juego. Alrededor del cuello llevaba una corbata color esmeralda sobre una reluciente camisa blanca. Se veía más guapo que nunca en su traje de bodas. Sin embargo, en cuanto nuestros ojos se encontraron, ya no pude ver nada más.

Mis pies empezaron a caminar por voluntad propia, cada paso me acercaba más al hombre que era mi destino. Sonreí tan alegremente que casi me dolió mientras que él parecía jalarme con fuerza magnética. Los ojos de Edward resplandecían a causa de la humedad, su expresión era una de asombro.

Cuando estaba a unos pies de distancia, me ofreció su mano izquierda y yo me apuré los últimos pasos hacia él, poniendo felizmente mi mano derecha en la suya. Me acercó a él, besando suavemente mi frente antes de susurrarme al oído:

—Eres lo más hermoso que he visto en mi vida.

El cuarteto dejó de escucharse y el sacerdote se acercó, nos saludó e inició la ceremonia.

No escuché mucho ya que mis ojos estaban clavados en los de Edward. En silencio, nos prometimos el mundo el uno al otro. En repetidas ocasiones capté las palabras amor y confianza en el sermón del padre Cope, pero nada importaba además de Edward y yo. Era nuestro día, justo como nosotros queríamos que fuera.

Llegado el momento de decir "Acepto", ambos lo hicimos sin vacilar ni un segundo. Y justo así, exactamente un año después de esconderme en una esquina oscura durante una fiesta para encontrar a un extraño ahí que terminaría siendo el amor de mi vida, todo lo que había esperado y más, me convertí en su esposa. Una sensación de euforia como nunca antes había sentido me llenó desde adentro.

Poco después sentí que Edward deslizaba una sencilla banda de oro junto a mi hermoso anillo de compromiso antes de poner yo una banda a juego en su dedo. Luego tomó mis manos en las suyas mientras el padre Cope nos declaraba marido y mujer, y le decía a Edward que podía besar a la novia. Me acercó a él y tocó mis labios con sus labios ardientes. El tiempo se congeló en ese momento, y sentí que duramos una pequeña eternidad besándonos antes de que el padre carraspeara con una risita. Terminamos nuestro beso y nos reímos, viéndonos amorosamente.

La ceremonia fue sencilla, corta y absolutamente perfecta para nosotros. Poco tiempo después, avanzamos por el pasillo con mi mano en el brazo de mi esposo mientras él me sonreía con orgullo. La señora Cope nos esperaba en el recibidor junto con George.

—Señora Cullen, felicidades —me saludó con un suave beso en la mejilla mientras la señora Cope abrazaba a Edward.

Intercambiaron lugares, George le dio un apretón de manos a Edward mientras la señora Cope me jalaba a sus brazos, deseándome suerte, una vida maravillosa y muchos bebés hermosos.

Nos tomamos unas cuantas fotos en el claro con la señora Cope como nuestra fotógrafa. El crepúsculo y los coloridos árboles hacían que la atmósfera fuera perfecta.

~*~POMH~*~

—¿Eres feliz? —me preguntó Edward en el asiento trasero del coche mientras George nos llevaba de regreso al hotel.

—¡Perfectamente feliz! —respondí con convicción mientras me acurrucaba más en sus brazos.

~*~POMH~*~

Al llegar al hotel nos despedimos rápidamente de George antes de que Edward me llevara al elevador para subir a nuestro piso. Una vez estuvimos frente a nuestra puerta, me cargó en brazos, abrió la puerta con su cadera y cruzó el umbral conmigo.

—Bienvenida, señora Cullen —dijo sonriendo, besándome los labios. Amaba cómo se oía mi nuevo nombre—. Esta no es nuestra casa, pero te cargaré allá después. —Me tenía en sus brazos cuando comenzó a mover sus labios sobre los míos, acariciando cuidadosamente mi labio inferior con su lengua. En automático abrí la boca para invitarlo a entrar.

Después de varios minutos de besos apasionados, ya me sentía muy excitada.

—¿No sería mejor seguir esto en la habitación? —sugerí juguetonamente.

—¿Y dejar que se desperdicie todo esto? —respondió Edward, me puso de pie y estiró el brazo para presentarme nuestros alrededores.

Miré por primera vez la habitación y no la reconocí. Todas las superficies estaban cubiertas de velas. La mesa estaba lista con un festín y justo entonces noté que una versión especial de Flightless Bird, American Mouth de Iron and Wine sonaba desde el estéreo. Una vez más Edward había planeado todo a la perfección.

Sin decir una palabra, me jaló a sus brazos y empezamos a mecernos. Apoyé la mejilla en su pecho, amaba la forma en que me abrazaba. Este era nuestro primer baile como marido y mujer. Tenía la esperanza de que nunca terminaría.

—Vamos, señora Cullen, hay que comer —dijo Edward sonriendo cuando terminó la canción. Me besó amorosamente antes de llevarme a la mesa, me ayudó a sentarme y ocupó su lugar frente a mí. Luego agarró el teléfono que estaba ahí cerca, presionó un botón y un minuto después llegó un mesero del servicio a la habitación empujando un carrito con una botella de champaña enfriándose en una cubeta frente a él.

—Señor y señora Cullen, felicidades por su boda. Esto es de parte del hotel —dijo mientras llenaba nuestras copas con el líquido brillante. Después de poner las copas frente a nosotros, hizo una ligera reverencia y salió otra vez de la habitación.

—¡Por nosotros! —brindó Edward—. Por nuestro amor y nuestro futuro.

Choqué mi copa con la suya y bebimos por eso.

Comimos, bailamos mucho, nos tocamos todavía más y nos besamos. Fue romántico, fue dulce, fue perfecto. Solo nosotros dos estando juntos así era muchísimo mejor que celebrar una boda con cientos de personas cerca.

Después de terminarnos el postre, Edward se puso de pie y tomó mi mano, guiándome a través de la puerta abierta de la habitación.