'Tengo que seguir…', se repetía mentalmente el primogénito, el invierno era una temporada que amaba, pero también detestaba, más en las noches, no le gustaba caminar durante las noches del gélido invierno.
Tan perdido en sus pensamientos que apenas noto la presencia de un sujeto que lo venía siguiendo.
"Disculpe", el sujeto hablo muy formal.
Tanjirou se detuvo. Un potente aroma metálico ocasiono que se tensara. Siempre ha odiado ese aroma sobre todas las cosas, pues siempre es señal de que una tragedia sucederá. Miro a la persona que le hablo, vestía de manera muy elegante a pesar de la brisa que acompañaba la noche.
"¿Sucede algo…?", arrastro sus palabras, "¿Necesita que lo ayude en algo?" vacilando un poco en su última frase. Solo rezaba que aquel olor se debiera a que estaba herido o algo por el estilo.
"Si." Aquellos ojos rojos ciruela le dieron un mal presentimiento.
"¿En qué…?" No logro contener un pequeño temblor al notar como aquella mano más grande que la suya se estiraba para sujetar levemente los aretes que le heredo su padre. El mayor debió notar eso pues una pequeña sonrisa de burla se instaló en su rostro.
"Primer me puedes consentir respondiendo una pregunta" Por algún motivo se sintió más como una orden. Solo atino asentir, jugo un poco con los aretes "¿Dónde los conseguiste? Acaso un familiar tuyo te los dio o heredo" Declaro.
"Mi padre me los dio antes de que falleciera…" Respondió con honestidad, su instinto le gritaba que corriera y se salvara, pero otra parte de él también le decía que era pésima idea, que si corría no terminaría nada bien para él o para su familia.
Medito un poco. "¿Te los entrego junto a unas técnicas o movimientos?" Estaba siendo demasiado preciso para su gusto. Jalo un poco el arete, como si quisiera destrozarlo.
"El…" Dudo un poco, la mirada ciruela se afilo ante el signo de desconfianza que estaba mostrando. "El no hizo eso, pero si una danza que hacemos cada año para que no tengamos accidentes durante el trabajo…", odio, eso es lo que comenzaba a desprender el hombre, tenía que salir de esa situación pronto.
"¿Qué tipo de trabajo?" No intento sonar amable.
"Carbón… Nosotros trabajamos con carbón para venderlo", alzo un poco los hombros, estaba señalando aquella canasta.
"Entiendo…" El odio se comenzó a disipar, pero un nuevo olor inundo sus fosas nasales. Era maldad. Oh, que alguna deidad se apiade de él. La mano se alejó de sus aretes.
"Si eso es todo lo que necesitas, ¿me puedo marchar…?" no entendió porque pregunto, pero aun así lo hizo.
"No"
Fue la respuesta que resonó en los alrededores antes de caer sobre sus rodillas. El sonido de una canasta cayendo y unos aretes se perdió en los ruidos del chico.
Le dolió los oídos y su pecho, se sentía mareado, su respiración salía entre cortado, el sonido de sus jadeos era la única melodía que lo acompañaba esa noche.
No comprendía que paso hasta que lo vio, unas manchas rojizas estaban tiñendo la blanca nieve. Sus manos temblaban, pero aun así se atrevió a llevarlas arriba, donde descansan sus aretes, ya no estaban, pequeñas gotas escurrían de sus lóbulos, al tocarlas más podía sentir como fueron divididos.
Se tocó su pecho, aquel carmesí salía de su cuerpo sin su consentimiento.
Alzo su vista, aquel hombre tenía una mirada de leve satisfacción.
"Aquel que estará de mi lado no necesita llevar cosas de un ser tan despreciable…"
Que crueles palabras. Ni siquiera tiene idea a que se refiere. La pérdida de sangre hizo efecto.
Todo fue oscuridad.
La nieve es rara, puede ser blanca, pero también se puede teñir de otro color, por ejemplo: rojo. Y aunque sea un agradable color, siempre es una señal de que una tragedia los estará esperando.
Por una vez desearía estar equivocada. Pero no lo está.
La primera vez fue cuando su padre tuvo un accidente y no estaban presentes su madre y su hermano.
Aparentemente su hermano ya sabía lo que sucedía con su padre, por eso corrió a pedirle ayuda a su madre.
Y así, consecutivamente desea estar equivocada, aún mantiene la esperanza de que aquel carmín no sea una señal de una tragedia.
Muy ingenua de su parte.
La última vez que deseo estar equivocada fue cuando su hermano mayor desapareció una noche, dejando atrás sus aretes de hanafuda y la canasta destrozada con la que siempre llevaba el carbón…
Abandono todo eso y la única señal de que algo malo le sucedió era la mancha de sangre que decoraba la nieve.
Aquel evento fue un golpe muy duro para la familia, nadie del pueblo fue capaz de darles una respuesta, todos habían dicho lo mismo:
"Se marchó al anochecer…"
"Le había ofrecido quedarse por la noche, pero declino…".
Nadie tenía ninguna pista de lo que le sucedió.
Sin embargo, toda la familia lo sabía, el primogénito estaba vivo… Muchas veces fueron capaces de ver su sombra, en otras podían jurar que les hablaba que les decía que pronto estarían juntos…
Inocentemente creían que se refería a que pronto volvería con ellos, que volverían a ser una familia feliz.
Dos años habían pasado desde aquel evento.
Ahora ella es la que se encarga de ayudar a su familia, había tomado el papel que antes le pertenecía a su hermano mayor. Era su turno de cuidar a toda la familia tal y como él lo hizo antes de su desaparición.
Hablando de su hermano… ¿Se encontraba bien? ¿Ha estado comiendo correctamente? Está vivo, lo sabe, entonces, ¿Por qué se niega a verlos a enfrentarlos…?
Una pequeña imagen nació en su mente, era de la última vez que platico con él, como le regalo unas dulces palabras y después se marchó al pueblo… Para jamás regresar…
Su corazón se estruja ante el pensamiento de la cálida sonrisa de que siempre poseía.
Daria lo que fuera para volver a verlo…
Suspiro pesadamente, cargar con todo ese carbón era más tedioso de lo que imaginaba, ahora admira y respeta mucho más a su hermano por hacer esa tarea siempre y nunca quejarse.
Los aretes se sintieron más pesados de lo normal.
El lado bueno era que ya había terminado, actualmente se encuentra caminando de regreso a su hogar. Tenía que apresurarse. No quería preocupar a su madre.
Escucho una voz llamándola, volteo de inmediato, no había nadie ni nada.
Trato de prestar más atención a su alrededor, nada.
Estaba alucinando.
Se encogió de hombros y continúo.
Cuando llego a su hogar, por algún motivo se sintió raro, como si algo no estuviera bien.
Se acercó a la entrada de se casa, al shoji, dudosa se atrevió a tocar una vez.
Un sentimiento de que algo estaba mal se comenzó apoderar de ella.
Nadie abrió.
Lo volvió a intentar.
El sonido de algo cayendo resonó.
Una vez más, esta vez con más desesperación.
Pequeños quejidos se escucharon.
Otra vez. Comenzó a golpear la puerta.
"¡Mama, soy yo, Nezuko. Estoy aquí, ábreme!", grito desesperada.
El ruido se detuvo…
Lo intento una última vez.
La shoji se recorrió, dejando ver una escena horrible.
Su respiración se detuvo, olvido como respirar, el color la abandono. Toda la fuerza que antes poseía se desvaneció en un instante, sus piernas cedieron ante su peso, cayó de rodillas. La nieve ocasiono que su ropa se comenzara a humedecer, un escalofrió recorrió su cuerpo.
Una mano le fue extendida, una con afiladas uñas, semejantes a unas garras.
Alzo su vista. Sus ojos se encontraron con unos tan conocidos, sin embargo, esta vez no eran los que conocía…
"Bienvenida, Nezuko…"
Su cuerpo dejo de temblar y se tensó ante aquella feroz mirada.
Cuando despertó, no sabía que pasaba o donde estaba, de lo único que estaba seguro es que tenía mucha hambre, pero tenía que controlarse. Intento moverse, estaba atado.
"Me alegro que despertaras" Era el mismo hombre de aquella vez.
Por algún extraño motivo se vio obligo hacer una reverencia ante su presencia.
"Ahora mismo puede que te estés preguntando qué está pasando y porque tienes tanta hambre, descuida te explicare todo…"
Se estremeció, pero aun así asintió.
La plática fue sencilla, el sujeto, Muzan, logro convencerlo de todo lo que decía a pesar de que podía oler una que otra mentira, no le importo, todo su ser le gritaba que todo lo que decía su 'rey' era completa verdad. Que no tenía razones para dudar.
Y así, ciegamente decidió creer en todo lo que le dijo.
Recuerda haber conocido en algún momento a las lunas, aun así a estas no les importo su existencia.
Todos sabían que la razón por la cual aún existían era porque tenían que ser útiles y obedecer en todo lo que le ordenara su rey.
Él también se obligó a seguir ese camino, se mantendría a su lado y le serviría de cualquier manera posible.
Por alguna extraña razón le ordeno vigilar a su familia.
Quería un reporte acerca de todo.
Poco después de eso le concedió el poder de convertirlos a ellos también, para que no mueran en la guerra que está por nacer.
A veces su rey puede ser muy raro, pero jamás lo cuestionaría.
Y tal como se lo pidió espero pacientemente a que la noche ocupara la luz del día. Había veces en las que lo extrañaba.
Toco solo una vez.
"Nezuko, me alegro que regresaras…" Se detuvo ante la presencia que tenía al frente, su amado hijo finalmente había regresado a casa. Lagrimas recorrieron sus mejillas. "¡Oh, Tanjirou!", lo nombro, esperaba que su cerebro no le estuviera jugando una mala broma. No importa lo diferente que se vea ahora su hijo, sigue siendo el y eso nadie lo cambiara.
"Si mama. Ese soy yo…" Trato de tranquilizarla mientras la envolvía en un abrazo, sin duda ha cambiado.
"Por favor, pasa hijo… Estas en casa…" Lo obligo adentrarse y el obedientemente la siguió.
Sus hermanos dejaron de hacer lo que estaban haciendo y lo admiraron un minuto, incluso se tallaron los ojos, esperando no estar alucinando. Cuando se dieron cuenta de que no lo estaban de inmediato se lanzaron a él. Se negaban a soltarlo otra vez.
Realmente los extrañaba, nunca le basto cuidarlos desde las sombras y murmurarles unas promesas que en ese momento fueron vacías, pero ahora, ya no lo son, son completamente reales.
Repitió lo mismo que su maestro le repitió a él, no quería obligarlos a ser como el a la fuerza pues existía el riesgo de que perdieran sus recuerdos y él no quiere eso.
Sus hermanos aceptaron de inmediato pues no querían dejarlo.
Su madre. Ella dudo. Sabía que esto pasaría. Justo cuando planeaba convencerla su rey hizo acto de presencia, de inmediato le dio una pequeña reverencia, una mano acariciando su melena fue lo suficiente para saber que estaba haciendo un buen trabajo y eso lo hacía sentir bien.
"Cuando despierten llévalos al pueblo a cazar…" Ordeno, el asintió.
Después de aquello, cuando volvió alzar la vista su maestro había desaparecido y su familia estaba en suelo, dejando que la sangre de demonio los infectara, sintió un poco de lastima por como sus cuerpos se retorcían de formas que serían prácticamente imposible, el no recuerda ese momento.
La shoji fue ligeramente golpeada.
Finalmente Nezuko llego.
Ah, debió avisarle a su maestro que faltaba ella.
Su hermana volvió a tocar.
Se acercó un poco para abrirla y giro levemente su cabeza su hermano, Takeo, se intentó parar, pero cayó miserablemente.
Otra vez tocaron con mayor desesperación.
Su madre comenzó a susurrar varias cosas. Después nada. Su voz desapareció.
El shoji fue golpeado con más fuerza.
Tiene que abrir pronto o su hermana terminara derribando la entrada.
"¡Mama, soy yo, Nezuko. Estoy aquí, ábreme!", se escuchaba y desprendía un olor a temor.
Al menos el asunto parece que ya casi acaba la transformación de su familia.
Esta vez la shoji emitió un pequeño sonido.
Al recorrer el shoji su hermana quedo impactada por la escena, si bien su familia pareciera que está a punto de morir no es así, solo están terminando a convertirse, pero su hermanita no lo sabe aún.
Nezuko ha cambiado, sin duda su linda hermanita ha madurado y eso lo hace sentir orgulloso. Vio como aquella mirada rosada vago por toda la habitación. Tiene que hablar para que se dé cuenta de su presencia.
Extendió su mano a su hermana, con la esperanza de que ella lo aceptara como antes.
"Bienvenida, Nezuko…" Le sonrió cálidamente, pero la mirada de terror que le regalo no era buena señal, no logro contener la mueca de disgusto que se formó en su rostro. De inmediato la borro, quería que su hermana aceptara ese 'regalo' por las buenas.
"Te hemos estado esperando…" Susurro mientras obligaba a ponerse de pie a su hermana.
Escucharon pequeños quejidos, sus hermanos finalmente estaban recobrando la conciencia.
Nezuko grito al ver como sus hermanos se abalanzaban a ella.
"Discúlpenme, hermanos…" No comprendía porque se disculpaba, pero aun así lo hizo.
Quería marcharse sin ningún arrepentimiento.
Cerró los ojos y un grito resonó en la montaña desolada.
Fin
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¡Esto es OS por el momento!
