Espero que les guste.

Cualquier cosa estoy atenta por si quieren comentar algo. Un saludo.


Capitulo dos: Términos y condiciones

La carta que había recibido hacía unos días atrás por parte de Severus Snape, continuaba abierta el mesa de la cocina de su apartamento. No se había atrevido a volver a tocarla y como si de algún modo pudiera contagiarle una terrible enfermedad con tan solo posar sus ojos sobre sus letras.

De sólo recordar un extracto de su contenido, se sentía inmediatamente mortificada.

"Y en dado caso que esté considerando casarse con Weasley o el mismísimo Potter, le advierto, señorita Granger, que la cortejaré incesantemente hasta que no tenga más opción que aceptar casarse conmigo. Le puedo asegurar que no querrá experimentarlo. No me importará en lo absoluto que sean sus amigos, no tendré piedad con ninguno.

Así que le sugiero que ni lo piense."

¿Desde hacía cuándo que ese hombre había estado pensando en una resolución así? La ley matrimonial era un poco reciente, un par de meses a lo sumo, así que le daba la retorcida impresión de que había llegado a esa conclusión mucho antes de que siquiera hubiese sido anunciada en los tabloides mágicos londinenses.

Tenía que ser. Ese hombre la había detestado durante la mitad de su vida que le conocía como estudiante en Hogwarts y ciertamente dudaba que de la noche a la mañana la hubiese considerado atractiva de algún modo y potencialmente una perfecta candidata para concebir a su "heredero".

No pudo más que reír fríamente por un momento, al escuchar sus propios pensamientos.

Él jamás había dicho que era atractiva ante sus ojos.

Hablaba de cualidades y similitudes, pero nunca dijo nada respecto a su físico. ¿Cómo podría entonces verla a la cara, de acostarse juntos, sin sentir un evidente asco de solo tocarla?

Se lo imaginó brevemente y simplemente se abrazó a sí misma, ante la imágen mental de un cuarto a oscuras, para que ninguno de los dos pudiera verse el uno al otro.

Esa era una realidad en la que no pensaba vivir ni aunque le ofrecieran todos los galeones habidos y por haber en el mundo mágico en el que se encontraban.

Y dicha resolución finalmente la motivó a levantarse de la cama en la que había permanecido discutiendo el tema consigo misma, para tomar dicha carta y doblarla de forma tosca en uno de sus bolsillos y conversarlo con la única persona con la que podía ser muy abierta sobre muchas cosas, sin temor a ser juzgada o causar otra guerra mágica, si se lo decía a Ron o Harry.

Ginny Weasley.

Visitar a sus mejores amigos siempre resultaba ser una dicha indescriptible. Pero en aquel momento sentía como si el peso de las palabras dichas y escritas por el profesor, fuesen una pesada carga que como grilletes atados a sus tobillos, no le permitieran continuar dando un solo paso.

De pronto se sentía dueña de una extraña verdad que no estaba segura de que debiera o quisiera revelar. El profesor le había hecho prometer que no se lo diría a la profesora McGonagall, pero no había dicho nada al respecto de sus amigos.

Al menos no de Ginny.

Ni siquiera estaba segura de que supiera con exactitud, quiénes eran sus amigas.

¿Qué sabían acaso, el uno del otro?

Revolvió los carbones de su chimenea, con un viejo atizador. Ya había tomado la decisión y no podía echarse para atrás. El sombrero seleccionador no la había puesto en Gryffindor por simple gusto.

— ¿Ginny? ¿Estás ahí? — nunca había logrado acostumbrarse a la sensación de una conversación por chimenea. La magia y sus infinitas posibilidades nunca dejaban de sorprenderla, aunque muchas de dichas posibilidades, fuesen un poco dolorosas y agotadoras.

Pasó un par de minutos antes de obtener una respuesta. Ginny parecía tener prisa, así que supuso que estaba entretenida con algo más y por ello se había demorado en contestar.

— ¡Oh! ¡Hola, Hermione! Discúlpame, estaba practicando un poco de Quidditch con Ron en el patio trasero de la casa. Ya sabes, como quisiera audicionar para las selecciones nacionales de Quidditch, al terminar la escuela. — casi pudo oír la sonrisa en sus palabras y por un momento logró contagiarle la dicha de sus planes a futuro, haciéndole sonreír brevemente. — Dime, ¿en qué puedo ayudarte? ¿Quieres hablar con mi hermano?

— No no. Necesitaba hablarte, pero puede ser en otra ocasión si estás ocupada.

— ¡Nunca lo suficientemente ocupada para mi mejor amiga! Y si se trata de un chisme jugoso, mucho menos. — Ginny rió al decirlo, pero esa vez ni siquiera se inmutó. — ¿Quieres conversarlo cara a cara?

— En la medida de lo posible y si no es mucha molestia.

— De acuerdo, dame un momento mientras le aviso a mi madre que volveré para la cena.

La forma del rostro de Ginny se deshizo en los carbones, así que decidió tomarse ese breve tiempo para pensar en la mejor forma de explicárselo sin causarle mucha impresión.

Que no estaba segura de que fuese del todo posible, pero no estaba de más intentarlo por la estabilidad mental de ambas.

Al aparecer su mejor amiga, en un remolino de hollín y pequeñas chispas de la chimenea, optó por simplemente ofrecerle la arrugada carta con manos temblorosas, esperando cualquiera que fuera la reacción a las palabras del profesor Snape.

El silencio y la tensión en la habitación mientras la pelirroja leía, podía cortarse con un cuchillo.

— ¿Es ésto una broma de mal gusto, Hermione? — quería decir que no se lo esperaba, pero estaría mintiendo. Ginny sonreía con ambas cejas arqueadas en una muy evidente expresión de no habérselo creído o siquiera haberlo tomado con la seriedad que para ella aquel pergamino debía ser considerado. — Como si en verdad el profesor Snape pudiera expresarse así acerca de tí. — volvió a arrugar la carta con una de sus manos y a continuación miró a su mejor amiga, estudiando su expresión adusta. — Debo admitir que me sorprende lo bien que puedes imitar su letra e incluso su firma. Pero creo que no estamos a tiempo para una broma de los inocentes.

— No estoy bromeando, Ginny. — deseaba con todo su ser que así fuese y esperaba que la seriedad en su tono de voz, fuese suficiente para que su mejor amiga le creyera. — El profesor Snape en verdad me envió esa carta, hace unos días y solicitó mi presencia en su despacho. — hizo una breve pausa para respirar profundamente y continuar, tratando de no olvidar ni un solo detalle, aunque detestaba incluso pensar en poner énfasis para recordarlo. — Dijo que lo había estudiado detenidamente y que debía ser yo quien se casara con él y concibiera un hijo con él.

La expresión que adoptó al escucharlo, le resultó mucho más realista y lo que esperaba ver.

— Y tú por supuesto le gritaste como la leona que se supone que eres, asegurándole que finalmente se le botó la canica y que ibas directo con McGonagall a acusarlo por semejante insulto.

Negó con la cabeza y su mejor amiga suspiró frustrada. Lo entendía, ella también se habría sentido así de estar en su posición.

Deseaba que se tratara de alguien más y no ella, pero jamás le desearía algo así a nadie más. Ni siquiera a sus mejores amigos.

— No pude hacerlo. Estaba tan sorprendida y tan... asustada, que no supe cómo reaccionar. Prácticamente estaba congelada, ahí, de pie en su despacho. Creo que lo único que me permitió continuar hablando y sosteniéndole la mirada, fue la misma incredulidad de que algo así estuviera pasando. Parecía tan irreal que creí, en algún momento finalmente despertaría de esa horrible pesadilla en la que estaba.

Recibió un imperioso abrazo y finalmente sintió que pudo derrumbarse tranquilamente. Temblar y sollozar el miedo fuera de su sistema. Ginny esperó pacientemente mientras se aferraba a su delgada forma, tanto como podía.

— Hay que decírselo a los muchachos. — resolvió la joven Gryffindor con ambas manos sobre los hombros de Hermione e intentando infundir el suficiente valor como para hablar del problema libremente, a pesar de la amenaza velada de las palabras del profesor en la carta. — me importa un comino lo que ese hombre diga. Nosotros somos más y si se atreve a poner un dedo sobre Ronald, Harry o peor aún, sobre tí, te juro que se pudrirá en Azkaban como debió hacerlo desde hace mucho.

Nunca dejaba de agradecer esa mirada determinada en su amiga, que a pesar de ser más joven que ella no parecía temerle a casi nada.

Y no era para menos, luego de la guerra y el haber perdido a uno de sus hermanos en ella.

— Pero Ginny... el profesor Snape...

— Podrá haberte hecho prometer que McGonagall no debía enterarse, pero es totalmente ridículo. ¿Qué acaso se casarán a escondidas y te mantendrá entonces, prisionera en su despacho sin que siquiera puedas ver la luz del día? Que yo sepa, esas bodas organizadas por el ministerio, son una gran ceremonia que de ningún modo se celebraría de forma clandestina y mucho menos, sin el consentimiento de ambas partes. Así que el profesor Snape tiene un tiempo muy reducido para intentar convencerte de casarte con él, y me gustaría verle intentarlo. Verle poner a prueba, esas dichosas técnicas de cortejo de las que tanto presume en esa estúpida carta.

Negó con la cabeza y tan pronto como una muy fea y cruenta escena de un duelo se formuló en su mente.

Había algo que de lo que sí estaba segura y ello era que no quería ser la culpable si alguno de los tres decidía matar al batirse a duelo. Y a pesar de que iba a resultar una pelea un poco injusta para el profesor, de algún modo sentía que el hombre era lo suficientemente capaz de vencer tanto a Harry como a Ron, en un duelo.

— Imagina el caos que eso provocaría, Ginny. — tragó pesadamente y por un momento quiso beber un gran vaso con agua, para sofocar la quemazón en su garganta. — Ron sería el primero en entrar como un demonio al despacho del profesor y lo próximo que sabríamos es que habrá perdido un duelo y saldrá por aquella puerta con grandes heridas o peor aún... muerto. ¿Tal vez?

— Hermione, eso es totalmente una ridiculez, insisto. Como si la profesora McGonagall fuese a permitirlo. — la pelirroja observó la desesperación en los ojos de su mejor amiga y suspirando nuevamente, tuvo que aceptar uno de sus términos, de mala gana. — Pero si te hace felíz y consideras que sería lo mejor, podemos hablarlo al principio con Harry y ver si en algo puede ayudarnos. Aunque no puedo prometerte que no vaya a reaccionar como mi hermano lo haría.

Esperaba que al menos Harry fuese un poco más sensato, pero no podía negar que la idea resultaba toda una posibilidad. Y no podría culparlo de querer defender a una de sus mejores amigas de la infancia.

De pronto se sintió mareada de solo pensarlo y Ginny lo entendió enseguida.

Agradeció tener ese tipo de conexión con ella. Ese fuerte lazo que les permitía de algún modo, entenderse sin decirse muchas palabras.

— Normalmente en una situación de estrés, te invitaría a quedarte conmigo en La Madriguera, pero creo que en éste caso necesitamos de un tiempo a solas para pensar. Le escribiré a mamá y le diré que me quedaré a dormir ésta noche y así podremos pensar en la mejor forma de decírselo a Harry. ¿Qué te parece?

Asintió más rápido de lo que esperaba y de lo que jamás lo había hecho, con pequeñas lágrimas que ni cuenta de había dado de que comenzaban a agolparse en sus ojos.

— Muy bien. Y pediremos algo de comer, lo que más te guste. O tal vez mamá haga aparecer un sin fín de platos con notas cursis.

Río, secando las lágrimas con el dorso de sus manos y en un abrir y cerrar de ojos, en un par de movimientos de varita, su amiga lo tenía todo para pasar la noche en su apartamento.

Cepillo de dientes incluído y comida casera como había dicho, además de galletas recién hechas y otra de las dulces cartas de la señora Weasley, que siempre atesoraba celosamente.