Los personajes, trama y detalles originales de Fullmetal Alchemist son propiedad de Hiromu Arakawa, Square Enix y Shōnen Gangan (manga), Seiji Mizushima, BONES y Animax (Fullmetal Alchemist), Yasuhiro Irie, BONES y Animax (Fullmetal Alchemist: Brotherhood)

En portada: edición vectorial, fondo, texturas, filtros y elementos varios recuperados de freepik, diseñados por macrovector (editados). Tipografías: Dark Twenty, diseñada por Abas Creative

Para Dolce Piano, tarde, pero con mucha gratitud por su solidaridad.

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Y, si tal vez

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La cuenta de los días parecía más lenta con la entrada del otoño. Las hojas seguramente empezaban a palidecer, pero seguirían lo suficientemente fuertes como para no ceder al viento que soplaba desde el suroeste, haciéndolas sisear suavemente.

Como cada tarde, Roy Mustang había llegado a esa terraza luego de deshacerse de todos los que insistían en ultimar detalles en lugar de irse a su casa. Necesitaba con urgencia un mejor café que el del servicio del edificio administrativo, aunque no podía quejarse realmente, la culpa era en parte por el exiguo presupuesto que siempre se había destinado a esos menesteres, y en parte por el desabasto general que provocaba la postguerra. Si en ese lugar podían permitirse un excelente producto, era porque la familia de la chica que lo regentaba, tenía un cafetal. Había descubierto el lugar casi por casualidad. Normalmente estaba concurrido, pero la chica le reservaba una mesa a la misma hora desde que se percató de su frecuencia.

—Aquí tiene —dijo la joven, con la atención de quien es genuinamente amable.

Giró el rostro levemente, la forma difusa de la taza que había puesto, tocando suavemente su mano para que la pudiera ubicar con facilidad. No tenía más definición que en otros días, sin embargo, tras haber pasado meses en la más absoluta oscuridad, tan solo eso debería ser una razón que alimentara su humor, pero en esa tarde ni siquiera eso le devolvía los ánimos.

Sonrió para sí mismo. Sabía perfectamente los motivos, que eran tan absurdos como irrelevantes, y un hombre como él: militar de profesión, líder por convicción, no debería enfrascarse en esa clase de asuntos. Era casi como en alguno de sus libros. Finalmente, todos esos escenarios hipotéticos de cosas que nunca creyó que viviría para experimentar por sí mismo, empezaban a parecer más de lo que deberían como una necesidad.

Roy respiró profundamente, el olor del café, de la bollería que horneaban en la trastienda y las salchichas condimentadas del local contiguo, despejaron su mente.

Hubo un tiempo en que creyó que había perdido el sentido del olfato. Incluso a solas, en su propia habitación, solo podía percibir el humo, el metal y la sangre. Era increíble el efecto psicológico que podía lograr el cierre simbólico de una era turbia y la conquista del futuro, aunque había quien lo adjudicaba a la ceguera y la adaptación de los demás sentidos.

—¿Algo más que pueda servirle?

—Gracias, estoy bien.

La chica se inclinó levemente, aunque cayendo en cuenta que no podía verla, completamente avergonzada se disculpó y le dejó a solas.

Era una chica agradable, que se esforzaba, como muchos, en salir adelante, cumplir con lo que le tocaba para reestablecer la tranquilidad de su nueva vida.

¿Sería quizás que también podría ser una oportunidad para él?

Se llevó la mano al rostro.

¿Se estaba arrepintiendo de ser juzgado por sus crímenes?

La paz de esa cafetería, de las tardes fuera de la oficina, no eran sino el preludio de lo que tenía que afrontar en nombre de todo lo decente, y por eso, lo mejor era no ahondar en las inquietudes que empezaba a experimentar. Además, no era tren de una dirección. En esa clase de cosas, fuera de las novelas, se necesitaba de ambas partes para que funcionara, y Riza Hawkeye era en muchas maneras, mejor que él para manejarse: serena, objetiva y capaz de discernir entre lo que quería y lo que debía hacer, dispuesta al sacrificio máximo sin dudar.

Por supuesto que él también tenía esas cualidades, solo que, saltaba a la vista en los últimos días que, mientras que él empezaba a flaquear, prestando innecesariamente atención a detalles de una vida simple, ella se mantenía firme, casi apresurando todo trámite pendiente.

Era como si quisiera arrojarse cuanto antes a los brazos del inexorable objetivo que se habían fijado hacía tanto tiempo.

Así era ella. Tan leal, tan determinada, que era imposible no admirarla, incluso amarla, por más innecesario que resultara ese sentimiento para una mujer que se había mantenido a su lado por la convicción del futuro que esperaban ver en Amestris

¿Y si todo se resumía a eso?

¿Al papel que tendrían que cumplir como piezas de un plan mayor?

Él había dictado los términos, él los había convencido y colocado en sus posiciones, él había marcado los límites, las reglas del juego en las que desterrarían cualquier ambición individual en pos del éxito de su misión.

Hughes había creído en eso al punto en que llegó firmemente hasta las últimas consecuencias. Él pudo pensar en su propia seguridad, egoístamente en su familia, así como él ahora pensaba en todas esas cosas que siempre le contó que tenía con Gracia y si hubiese una sola oportunidad, la tomaría.

Amestris realmente ya no lo necesitaba, aunque recuperara su vista por completo, el espíritu revolucionario había inflamado la voluntad de tanta gente que el futuro empezaba a levantarse por sí mismo.

Cerró los ojos solo para aminorar el efecto de la luz, sintiendo el calor en el rostro. Era agradable, e imaginó si pudiera ser así siempre, al menos cada domingo; levantarse tarde, almorzar con los chicos, quizás beberse una simple y ordinaria cerveza sin nada más en qué pensar, salvo en cómo amaba la vida junto a esa mujer.

Por supuesto que decirle algo al respecto era irrisorio, pudo verla claramente con la expresión confundida, pero solo por un segundo, luego relajaría sus facciones adoptando ese gesto severo tan propio de ella, remarcándole lo absurdo que era su idea porque, de hecho, cada domingo se reunían todos, al menos los que no tenían una asignación pendiente.

Luego él intentaría explicar que no era lo mismo, que la esencia de la vida doméstica que él buscaba iba más allá, que quería que le llamara por su nombre, o le diera un apodo tonto, que le dejara acariciar su pelo y ¡maldita sea! ¡sentarla en sus piernas, aunque hubiera asientos disponibles!

¿Qué pensaría si conociera sus banales deseos? ¿Le miraría con la decepción de una mujer que creía haber encontrado una compañía honesta para solo toparse con un hombre más que deseaba lo mismo que todos?

No la culparía, el mismo se lo reprocharía y no se le ocurría la manera convincente de explicar que todos los sentimientos que vagaban entre lo absurdo y lo obsceno, habían nacido de la más profunda admiración a su ser, que pasó de ser la reina de su juego de ajedrez a la reina de su existencia completa.

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Riza apenas levantó la mirada cuando la joven le dejó el té sobre la mesa.

Roy Mustang nunca había sido un adicto al trabajo, por inamovibles que fueran sus objetivos profesionales, mantenía un equilibrio razonable entre el deber y el ocio. Muchas veces pensó que se debía principalmente a la lógica necesidad de mantener un perfil que no despertara ninguna sospecha, pero, con el paso del tiempo, se dio cuenta de cómo era realmente, de todo lo que le gustaba y le preocupaba, de la personalidad naturalmente carismática que facilitaba su tarea de convencer a la gente de participar en un golpe de estado.

Todo lo opuesto a ella, que solo se movía en la dirección en resultaba más útil, resumiendo todo al máximo pragmatismo, por mucho que, en el fondo, lo que la movía no era nada más que la más absoluta entrega a la única persona por la que mataría y moriría.

La última batalla había pasado. Bajo otras circunstancias, mantendría la perspectiva de un optimismo frío. No del tipo que se convencía de que todo iba a estar bien, porque ni las cosas estarían bien, ni era su estilo en general, pero empezaban a marchar de la manera en la que lo habían planeado y solo restaba aceptar las consecuencias.

Quizás él pensaba en eso también, pero como siempre, a su ritmo, a su modo.

La joven dependienta le llevó su café, Roy giró levemente el rostro, sonriéndole con la coquetería habitual de su carácter al estar frente a una chica, como lo había visto hacer muchas otras veces, incluso con ella, pero sabía que ocurría algo en el fondo, el roce apenas perceptible de sus manos y la súbita vergüenza de ella antes de alejarse.

Dejó escapar un suspiro.

Un café luego del trabajo, en un sitio tranquilo, un deseo tan simple que, en ese momento, pareció tan lógico y necesario que se sintió avergonzada de no creer que lo necesitaría.

Siempre, de alguna manera, él acertaba cuando ella necesitaba un contacto, una llamada, una mirada, su simple presencia la reconfortaba, le recordaba la humanidad que aún había en ella, rescatándola de la miseria en que a veces se hundía al recordar la sangre que tenía en las manos, y por la que algún día sería juzgada.

Aun así, la sensación de hundirse crecía, sobre todo después de notar la nueva rutina que el hombre había adoptado, reacio a contar con compañía pese a saberse limitado. Ella no lo había espiado, nunca sería su intención irrumpir en su cotidianidad, pero igualmente se había enterado, y mientras él dedicaba una hora a sus pensamientos, en un limbo entre la oficina y su departamento, ella solo podía conformarse con quitarse el uniforme y cuidar que ningún resentido lo culpara de la crisis devenida por la postguerra, aunque, con la misma facilidad en que lo aclamaron como el héroe de Ishval, ahora lo reconocían como hombre que cambió el mundo.

Pero, ¿y si hubiera algo más?

Claro estaba que se negaría en rotundo a limpiar los expedientes, a fingir que los horrores de las guerras no habían sucedido, porque negar la historia que los había conducido a ese presente, no podría, de ninguna manera, crear el futuro que deseaba. Pero si pudiera tener ese café, quizás en una casa alejada del complejo militar, con una terraza y jardín, con espacio suficiente para que Black Hayate pudiera jugar, y entonces ella...

Sujetó la taza con ambas manos, mirando su reflejo en el agua turbia que ya había dejado de humear.

Nunca imaginó cómo podría ser su vida fuera del ejército. No carecía, en absoluto, de las habilidades indispensables de un adulto funcional, pero más allá de eso, ¿qué tenía que ofrecer a una vida doméstica? ¿Cambiaría sus prácticas de tiro para hacer macramé?

Hacer algo que no implicara lastimar a alguien sería novedoso, pero no se veía capaz de no pensar en los niños muertos en la guerra mientras trataba de completar un cobertor. De modo que, sin importar qué dijera su expediente sobre su valoración de habilidades, resultaría ser la más inadecuada compañera para una vida doméstica.

No le podía dar esa tranquilidad en la terraza de una casa de campo, ni siquiera una taza de café tan buena como la de ese lugar. Solo podía jurar que protegería a ese hombre hasta el final de sus días.

Incluso si era alguien más a quien elegía para apaciguar sus pensamientos antes del inevitable desenlace.

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—Parece que un hombre desvalido es irresistible para las damas.

Riza controló la expresión de su voz y rostro como hacía siempre para no delatar sorpresa alguna, aunque el hecho de que un hombre ciego reparara en su presencia en una concurrida cafetería, no era para menos.

—La gente suele ser más considerada, sí —respondió.

—¿Puedo sentarme? Quisiera despejar una mesa, parece que hay algo de gente esta tarde.

—Adelante.

—¿Y qué es lo que te trae esta hermosa tarde?

—Suelo venir, me gusta el café.

—Oh sí, esos pequeños placeres que demuestran lo impresionante que puede ser la diferencia cuando los pequeños detalles varían en un mismo proceso.

—No era mi intensión entrometerme —dijo de pronto Riza, valorando que sospechara que le estaba vigilando.

—No lo hiciste —respondió —. De hecho, solo me percaté de que estabas aquí por el olor.

—¿Pólvora?

—Vainilla... y limón.

Riza frunció el ceño, y hubiera inclinado la nariz para olerse la ropa, pero ella no usaba perfume. Aunque no estaba realmente prohibido en el reglamento, nunca le pareció práctico, sin embargo, la risa del hombre la detuvo de cualquier otra indagatoria.

—No conozco a mucha gente que le guste el té de vainilla, menos es de este lugar porque es natural, y prácticamente nadie que lo acompañe con limón.

La mujer miró su taza, era bastante obvio, pero no se le había ocurrido. Aun así, la idea de que pudiera reconocerla por cómo olía, habría sido demasiado íntimo.

Él olía a maderas, con un toque especiado, y era por la loción que usaba para afeitarse, y cuando usaba su alquimia, el efecto se intensificaba. Cuando se dio cuenta quiso reírse por la relación inherente, y pensó en una fogata bajo las estrellas, con una botella de vino, sin guerras ni conspiraciones, siendo solo solo una mujer normal.

—Gracias.

Riza levantó la mirada. Él tenía el rostro de frente, aunque sabía que no podía mirarla, el ademán tenía esa intención.

—¿Por qué?

—Por estar conmigo, pese a todo.

—Eso es lo único que siempre he querido. Si es mi decisión, no tiene que agradecerme.

—Pero quiero hacerlo, porque eres una persona muy valiosa para mí, y no quisiera a nadie más a mi lado en lo que aún está por venir.

Riza sintió que sus labios temblaron, pero no se preocupó demasiado, amparada por la recuperación paulatina en sus ojos, no había manera de que se hubiera dado cuenta. Decepcionada por su propia cobardía, dejó escapar un suspiro, y deslizó la mano por la mesa deteniéndose solo a unos centímetros de la de Roy.

Si tan solo tuviera la convicción de que él sentía, aunque fuera solo un poco, lo mismo que ella, en ese mismo momento se levantaría de la mesa y lo besaría. Muy seguramente torpe, carente de todo encanto delicado o romántico, inexperta en comparación a otras mujeres, pero completamente honesta.

Ni siquiera se animó a tocar su mano, pese a que la punta de sus dedos estaba cerca.

—Mi destino será el mismo que el de usted, sea cual sea lo aceptaré.

Roy sonrió, quería tanto ver su rostro al menos una vez más, la voluntad inquebrantable de sus ojos, el color dorado de su pelo, incluso la expresión que hacía cuando le decía "inútil bajo la lluvia". Volvió a sonreírle, dándole un sorbo a su taza ya fría. No le quedaba nada más que contemplar el único vínculo al que podía aspirar en la realidad, en el que él era el hombre que ambicionaba moldear el futuro, y ella la más leal a la causa.


Comentarios y aclaraciones

Creo que una disculpa no es suficiente por la tardanza, pero de entre todos los géneros, el romance es mi talón de Aquiles. Sin embargo, tras un periodo de escribe/borra/escribe finamente hago entrega de este pequeño fragmento de un fandom en el que nunca creí incursionar por mucho que lo ame.

¡Gracias por leer!