En lo alto del cielo, el sol se encuentra.
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Sentado un un bordillo al lado de la única tienda del pueblo, lames un insípido polo de vanilla. No es precisamente tu sabor favorito, pero es el único que llega a la pequeña tienda del pueblo.
La gente dice que la vida en los pequeños pueblos es una disfrutable. Lo dice, la gente que vive en la ciudad. Los has oído, hablando en la radio del viejo Pete o en la vieja tele cúbica que tiene uno de los niños ricos del pueblos.
Estos adultos que vienen en ciudades, rodeados de todo lo que deseen, hablan como les gustaría vivir en el campo.
Sin ruidos, dicen.
Junto a la naturaleza, rodeados de todos tipo de Mon-Mons. Y sin un helado de menta y chocolate andando varios días a pie.
Quizás estos adultos son tan insípidos como helado que estás lamiendo.
Lo que les puedo asegurar es que ese silencio que buscan sí que no se encuentra. Es decir, no es que a ti tampoco te haga gracia el escándalo que cientos de esas bestias de metal llamadas coches crean. Pero es algo controlado, seguro, esperable.
Un grito en medio de la noche de algún Mon-Mon salvaje no lo es.
En cuanto uno pone un pie en una hierba un poco más alta sus propias rodillas algún bicho extraño aparecerá en cuestión de segundos.
Y sus intenciones raramente son buenas.
Para empezar, no esperes la suerte y lleva algo que le puedas tirar para distraerlo y echa a correr. No es que la comida seas tú si no es el caso... pero no te quieres acercar a un Mon-Mon salvaje. ¿Crees que se va a dejar acariciar o algo? Ja, muy gracioso.
Di adiós a tus dedos como pilles uno con mala personalidad.
Incluso los más buenos que solo quieren jugar te van a destrozar. Buena suerte, un par de heridas y quemaduras leves. Mala suerte, un par de huesos rotos.
Rodeados de civilización la gente se olvida de la verdadera naturaleza de una bestia salvaje. Y esos "extraño seres" llamados Mon-Mon, tienen un poder que pondría a llorar al más temible león.
¡Pam, pam!¡Pam, pam!
Algo te distrae de tu usual monologo interior.
Oh, genial. Otra vez los críos están con el balón. El otro motivo de falta de silencio.
Niños que aún no han alcanzado la edad para ir a venturarse por el ancho y largo mundo. Y prácticamente tampoco la necesaria para dejar de llevar pañales.
A veces cogen un balón y se ponen a darle patadas contra la pared trasera de la tienda, junto a los cubos de basura. Puede sonar cruel, pero esta descripción es un poco subjetiva. Ellos simplemente se pasan el balón entre ellos, haciéndolo rebotar en la pared entremedia. No es que lo hagan para enfadar al dueño de la tienda ni nada.
Claro, la opinión de susodicho dueño es otra.
"¡Malditos críos! ¡Me vais a estallar la cabeza!"
Coincido, señor vendedor. Coincido.
Echo una rabia la puerta de la tienda se abre automáticamente, casi no lo suficientemente rápido y el vendedor sale apresurado y con una cara roja en dirección a la parte de atrás.
Le sigue las voces de los críos y alguna reprimenda, que acaba en nada. Como de costumbre, vamos.
¿Acaso cambiar algo alguna vez en este pueblo?
Sí, el vendedor se queja.
No solo a los niños, después de la tercera o quinta vez se quejó también los padres.
Pero estos lo dejaron pasar. "Son cosas de crio, no ten calientes la cabeza hombre. Jajaja." Bueno, no sé lo de la risa sonara, pero algo así por lo que he oído por uno de los mocosos.
El vendedor, un nieto del viejo Pete que con la avanzada edad de su abuelo vino a hacerse cargo de la tienda, es tratado como un extranjero. El chico nuevo en el colegio. Pese a que lleva viviendo en el pueblo ya más de tres años.
Con tanto escándalo parece que he lamido rápidamente y el polo se ha convertido en un palo de madera. "Sin premio." Rezan las palabras en el inútil trozo.
Miras al cielo, al sol y el calor que hace; y decides volver a casa.
De camino te encuentras a la panda de mocosos jugando con algunos bichos y te quedas mirando un rato las tonterías que hacen antes de continuar tu camino.
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Desde la cocina, el sonido de algo hirviendo llega tus oídos.
Junto a él, el sonido de la voz tu madre.
"¿Cómo ha ido el día cariño?"
"Como siempre." dices en una pesada y baja voz. Dándose cuenta que en ese tono no te puedo oír vuelve a repetirlo de nuevo. "¡Como siempre, Mamá!"
La voz de tu madre gritando de vuelta que te ha oído, te contesta. Y más seseantes sonidos de cocina vienen con ella.
Te sientas en la mesa del comedor a la espera de la cena.
El sol hace tiempo que ha desaparecido del cielo y ahora una luna igual de brillante puede ser observada desde la ventana de casa.
Los sonidos de la cocina empiezan disminuir y no pasa mucho tiempo antes de que tu madre aparezca con la cena. Algo más llenos que de costumbre los platos, tienes la intención de preguntar medio en broma si ha pasado algo especial, eh, quizás se te ha olvidado tu propio cumpleaños... no vayamos por ahí. Pero cuando otro plato igual o más grande del anterior es colocado en la mesa, te das cuenta que SÍ que tiene que haber pasado algo. Y te empiezas a preocupar cuando otro tercer plato a rebosar de comida es colocado finalmente en la mesa.
"Tengo una noticia que contar." Dice tu madre.
"¿Es buena o mala?" Preguntas, con el tono más calmado que puedes, preparándote para esquivar cualquier cosa o incluso salir corriendo de la casa mientras que haces un plano mental de donde dejaste aquella mochila llena de provisiones por si lo peor posible pasaba.
Pero: "Es buena, muy buena. Algo curiosa." Y la emoción de tu madre te relaja.
"Me ha tocado algo."
"La lotería, para ser más concretos."
La sonrisa en la cara de tu madre, esto no es una broma. Ella no hace broma con dinero. Si le mencionas dinero siempre se pone a discutir y solo lo menciona para quejarse de vez en cuando de lo caro que está todo.
"¿En serio...?" Aún preguntas con estupor.
"Sí." Responde sonriente y resuelta.
Haces la pregunta. "¿Cuánto?
"Bueno... esa es la parte curiosa... y de lo que quiero hablar..."
Su tono se vuelve algo serio.
"Es una especie de viaje." Empieza a contar.
"¿Recuerdas hace dos semanas cuando fui a la ciudad a comprar una par de cosas con la vecina? Bueno, en el supermercado al que fuimos se estaba haciendo una lotería, un ticket gratis a comprar superiores de 200.000 nendesos. Era una de esta loterías especiales organizadas por las tiendas del supermercado, siendo los premios productos de estos."
"¿Así que el premio no es dinero?"
"No, no exactamente."
"Es un viaje."
"¿Sabes dónde está Alola?"
Busco en mi cabeza las clases de geografía que di de pequeño. Biología es la clase que finalmente recuerdo.
"¿Un archipiélago de pequeñas islas en el sur?" Llenas de únicas especies de Mon-Mon, un popular destino vacacional común en todo el mundo.
"Sí, exacto."
"La cosa..." La voz de mi madre empieza a cambiar, es el tono que pone cuando ese tema sale.
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Tengo 11 años.
Es costumbre que a la edad de los 10 años, los niños y en ocasiones niñas, obtengan un Mon-Mon y viajen con él por el mundo. Es un rito, una costumbre de cientos de años que separa a los niños de los adultos.
En el pasado uno debía adentrarse en la naturaleza y encontrar el mismo un compañero. Hoy en día, incluso el niño de más remoto pueblo recibe un Mon-Mon de parte de uno de los varios lavatorios de estudio de estos.
Sin entrar en detalles en los cuales no quiero entrar, algo pasó en mi caso. Y sin Mon-Mon, permanezco en mi casa.
Rompiendo la tradición.
Por supuesto esto está mal visto por todos. Es incorrecto. Está mal. Los ojos de los adultos me miran con pena y los niños me llaman mariquita.
Incluso mi amable madre no está bien con esto.
Así que es un tema de discusión, constante.
Habla de psicólogos, de ir a expertos para que me miren. De contratar entrenadores profesionales para ayudarme con mi relación en esa cosa.
Como si tuviéramos el dinero para esos timos.
Dice que a ella también le afecta. ¿En este estúpido pueblo donde todo el mundo se conoce, tan arraigado a las tradiciones? Somos parias, todo por mi culpa.
Y las discusiones continúan, y la voz se levanta.
Una y otra.
Una y otra vez.
¿Para qué?
Para nada. Pues en este pueblo, nada cambia nunca.
"La cosa, es que está mirando información sobre Alola."
"Y creo que encontré algo interesante..."
Dudo entre si levantarme de la mesa e irme a mi habitación, o simplemente comer en silencio sin prestar demasiada atención.
"Mira, no quiero discutir." Dice mi madre como siempre. Para luego ser la que empieza a discutir y a no escucharme.
Viendo la comida, elijo la segunda opción. Yo.
Con este banquete puedo aguantar un par de enfados.
Mientras que mi madre habla de lo suyo, empiezo a devorar la comida.
"Al parecer en Alola tiene unas costumbres algo diferentes a las nuestras."
"Normalmente los niños suelen quedarse desde pequeños ayudando a sus familiar en los negocios familiares y no van a la escuela cuando son pequeños. Así que empiezan a ir a clase mucho más tarde, cuando llegan a la mayoría de edad."
"Y cómo viven en unas islas pequeñas tampoco tiene la costumbre de viajar cuando completan sus estudios, si no que suele quedarse continuando el negocio de la familia."
"He estado pensando. Quizás algo así te vendría bien, volver a empezar desde cero."
"Quien sabe... un lugar nuevo y diferente..."
"Quizás te vuelve la pasión de vuelta."
"Quizás, por fin puedes avanzar."
Trago la comida de mi boca y miro por la ventana, suspirando.
Claro que no, de que estás hablando... piensas.
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Pero cuando miras la luna en el cielo, cuando observas su brillo...
Decides. Decido.
"Está bien. Vamos a probar."
