Un gran silencio reinaba en una habitación solitaria, donde apenas a través de las cortinas la luz exterior se colaba. Dos siluetas podían diferenciarse en el centro de la misma, sentados en cada extremo de una mesa; conectaban sus miradas, sin perder la tensión del momento e intensidad que cada vez aumenta entre más duraba ese duelo mutuo.
En unas tierras abandonadas por el tiempo, ella gobernaba desde que tenía uso de razón; siendo la única regente por derecho hereditario, asidua a la soledad sin objeciones, vivió lo suficiente para ser consiente de esto, más no esperaba estar en dicha circunstancia actual, ante ese hombre tan enigmático.
Tantas dudas generaba, inexplicablemente una atracción invisible provocaba aquello, o eso creía; lejos de su rutina de saber anticipar al otro, que siempre le ayudaba a lidiar con todo lo que se presentaba en su camino; él, era todo lo contrario como ahora mismo sucedía.
¿Sería ese extraño color que desprendía de sus pupilas? Llegó a creer que era un veneno, que inconsciente la envolvía pero no, el contemplar semejante posibilidad la acercaba a la ignorancia total de alguien que desconoce el mundo o al menos iniciaba su vida en el.
Un sonido abrupto de una silla correrse con brusquedad irrumpió la quietud del lugar; levantaba la vista para seguir el andar de él, más fue inútil, casi desprevenida aunque realmente no deseaba reconocer que ella permitió por propio deseo, perderlo a su ver para dejar ser.
Sin cortejo de por medio ni palabras, una fuerte mano aprovechó su tamaño para tomarla desde atrás y aferrarse a su seno izquierdo; reclamandola como suya.
— No importa que seas más alto, sigue siendo un capricho de un niño.— En un gruñir exhaló aguantando sus ganas de reír de ese instante, mientras su espalda se encontraba con el torso marcado de él. Apenas se inclina para con sus labios, probar los suyos, nuevamente recordó aquel primer día donde comenzó todo, lentamente se agitaba a su par para continuar la faena dónde sus cuerpos una vez más, se conocerían.
