Alianzas
Spider-mare abrió sus ojos lentamente, sintiendo su cuerpo quejarse de dolor, obligándose a levantarse. Tras el cristal roto vio que los científicos ya parecían empezar a despertarse, y los que mejor se encontraban, estaban ayudando a los demás. Era obvio que había pasado un buen rato, y muy probable que Octopus se hubiera escapado, por lo que si quería saber que pretendía, esa era su oportunidad, antes de que Kingpin o la policía se lo impidiera. Se acerco a uno de los ponis presentes, que retrocedió al verla.
- Bien, tengo a un pulpo loco de remate que se ha escapado con lo que sea que teníais aquí. Así que, si queréis ayudarme a atraparle... ¿Qué es lo que tenía ese paquete sorpresa?
Varios de los presentes se miraron inseguros, no queriendo decirle nada, hasta que un unicornio se adelanto.
- Robo el orbe del proyecto Solaris.
- ¡¿Estás loco?!- grito un terrestre, mirando entre su compañero y Spider-mare.- ¡Kingpin va a...!
- ¿A hacerme lo mismo que le hizo a Otto? Ya le has visto, ha perdido la razón... y tu y yo no hicimos nada por impedirlo- el terrestre apartó la mirada, y el unicornio asintió ante eso, observando a Spider-mare, que esperaba pacientemente.- Debes detenerle, en su estado actual, tengo miedo de lo que pueda pasar.
- ¿Y qué puede pasar?
- El orbe... se supone que es una fuente de energía ilimitada, pero si no está debidamente contenido, los resultados pueden ser... apocalípticos. Sin su contención, primero entra en la primera fase, solo expulsará energía, y puede provocar daños severos si alcanza a alguien, tras dos minutos, entra en la segunda fase, donde seguirá degradándose continuamente durante dos horas, dejará de expulsar energía para empezar a acumularla, y es aquí cuando la única forma de estabilizarlo es undiéndolo en aguas con temperaturas bajo cero. Pero si no es así, llega a la fase final y...
- ¿Y...?- dijo Spider-mare con algo de nerviosismo.
- Explota.
- ¿Estamos hablando de una explosión tipo petardo o...?
- Una explosión capaz de convertir Manehattan y dos kilómetros a su alrededor en un cráter.
Spider-mare abrió sus ojos bajo la máscara, de repente muy consciente de la amenaza a la que se enfrentaba.
- Vale... trataré de encontrarle... Avisad a la policía para que puedan...
- No podemos- dijo el unicornio apartando la mirada.
- ¿Estás de coña? ¿Qué diablos te impide...?
- Kingpin- contestó el terrestre, con la mirada baja.
Spider-mare pasó la vista por la sala y vio que todos los científicos tenían expresiones similares, haciendo que soltara un suspiro. Por supuesto, si se habían animado a decírselo a ella, es porque Kingpin no estaría pendiente de lo que dirían. Sacudió la cabeza y miro decidida al unicornio que le había confiado toda esa información.
- Te prometo que evitaré que ese pulpo destroce Manehattan, tienes mi palabra.
El unicornio asintió y observo como Spider-mare se alejaba de allí, lista para abandonar el edificio.
Sun observaba fijamente las puertas del ascensor que la llevarían al hogar de su amigo, teniendo algo de nerviosismo. Al fin y al cabo, la última vez que hablo con él, fue después de que Babs se hubiera negado en redondo a decirles que le pasaba. Eso seguía doliéndole, pero no tanto como estar peleada con su mejor amiga, y pensaba resolverlo. Al abrirse las puertas, la unicornio entró con cautela, viendo el salón vacío, pero pudo ver que Green Osborn estaba sentado en una pequeña mesa en el balcón. Este se fijo a través de los cristales en la joven yegua, asintiéndole y señalando al interior, enviando un mensaje claro, Autumn estaba en su habitación. Agradeciéndole con un gesto de cabeza, se internó en la casa, ya conociendo su distribución, y llegó en poco tiempo a su destino.
El unicornio estaba sentado en un escritorio de dibujo bastante grande, colocado justo al lado de un gran ventanal que daba a otro balcón, un poco más pequeño. El cuarto era enorme, una cama a la derecha de la puerta, con vistas a la ciudad, varias estanterías donde se podían ver cómics, libros y varios álbumes de música, y para ello tenía una radio de último modelo, con reproductor y altavoces a cada lado. A parte de uno o dos pósters, la habitación estaba repleta de cuadros, algunos pintados por el propio Autumn y otros con fotografías de su madre y sus amigas, y Sun suspiro feliz al ver que no había eliminado a Babs de estas. Respirando profundamente, sonrió débilmente y se preparo para la charla, una que no sería muy agradable, pero era necesaria.
- Hola, Autumn.
El aludido salto del susto, girándose para ver a Sun, sonriendo en respuesta.
- Hey, Sun, ¿qué haces aquí?
- Bueno, quería hablar contigo sobre... Babs... la última vez, no tuvimos mucho tiempo.
Autumn frunció el ceño y se dio la vuelta, centrándose en su dibujo.
- ¿Qué hay que hablar? Babs nos miente y se niega a decirnos nada. Se supone que debemos confiar unos en los otros, pero ella no parece querer hacerlo.
- Autumn...- Sun suspiro, a sabiendas de que el tema sería complicado. Entró en la habitación y se sento detrás de su amigo, obligándose a continuar.- Se como te sientes, pero... tal vez... tal vez tiene una muy buena razón para no contarnos lo que le pasa. Tu solo la conoces desde hace unos dos años, pero yo la conozco desde los 8, y puedo decirte que jamás me ha ocultado algo por mucho tiempo. Al final, nos lo dirá, cuando se sienta lista, por el momento, debemos mostrarle que estaremos allí para ella...
Autumn no respondió, quedándose en silencio, haciendo que Sun suspirara antes de levantarse y se dispusiera a irse.
- Appleblom me escribió diciendo que su hermana piensa celebrar con sus amigas, la tía Sweet y Babs el calentamiento del hogar, han reservado una sala de fiestas solo para eso y los dos estamos invitados. Si estas dispuesto a perdonarla y apoyarla, ven a la fiesta.
Tras esto, Sun se fue, dejando a un Autumn muy pensativo. ¿Estaba dispuesto a perdonar a su amiga?
Octopus observaba, amparado por la sombra del edificio en el que estaba, un lujoso casino, esperando a que la noche sustituyera al día. Una vez la luna ocupó su lugar en el cielo, se impulso con ayuda de sus brazos hacia el tejado del lugar, caminando hacia la puerta de acceso. Durante un tiempo no se encontró con nadie, y cuando lo hizo, fue con un guardia que hacía su ruta, quien enseguida sacó su pistola y le apuntó.
- ¡Quieto!
- Por supuesto- dijo Octopus mientras se sentaba y levantaba sus cascos y brazos, estos en una actitud pacífica, aunque el delantero derecho no soltó un maletín.- Sólo quería reunirme con su jefe para una propuesta, sospecho que mi aspecto habría asustado a sus clientes.
El guardia le miró de arriba a abajo antes de indicarle que se colocara por delante y empezó a guiarle, siempre apuntándole con su arma. Después de unos minutos, llegaron a una puerta escoltada por dos guardias que miraron a su compañero con confusión. Tras contar lo que sucedía, uno de ellos entró en el despacho, y tras dos minutos, volvió a salir y permitió entrar a Octopus. Hammerhead le observo con una curiosidad inmensa, antes de señalar uno de los asientos, una invitación a que Otto se sentara, cosa que hizo con un gesto de agradecimiento. Sus brazos se mantuvieron bajos, y el que poseía el maletín se poso en el suelo, aún firmemente agarrado a este.
- ¿Le apetece algo de beber?- dijo Hammerhead con calma, reclinándose en su silla.
- Si es tan amable- contestó Octopus con una sonrisa modesta.
Hammerhead asintió a uno de los dos sementales que estaban allí, que se acerco a los armarios y sacó una botella de vino con su magia, pues era un unicornio. Mientras, el mafioso observo a su invitado con curiosidad, era incapaz de saber que pensaba realmente. Puede que estuviera sonriendo, pero sus ojos estaban ocultos por esas gafas, haciendo difícil leer bien su expresión. Pronto, la bebida estuvo lista y el poni se acerco con una bandeja, y el brazo izquierdo delantero fue a coger el vaso, deteniéndose al notar el miedo del camarero improvisado, que observo a su jefe. Este le asintió, permitiendo que el tentáculo acabara por agarrar el vaso y llevarlo hacia Octopus, que espero a que su anfitrión tuviera el suyo antes de dar un sorbo y murmurar su aprobación.
- Y dígame- dijo Hammerhead mientras daba su propio sorbo-, ¿qué hace el mejor científico de Kingpin aquí?
- Supongo que no ha escuchado la noticia.
- Ilumineme.
- En primer lugar, ya no trabajo para Kingpin... digamos que... presente mi dimisión- Octopus dio un buen trago antes de dejar el vaso sobre la mesa e inclinarse hacia Hammerhead.- De echo, estoy aquí para proponerle un trato a usted.
- ¿De verdad?- dijo Hammerhead con una ceja alzada, dudoso.
- Si, a usted, injustamente menospreciado.
- Nadie me menosprecia- gruño el mafioso, a lo que Octopus sonrió.
- ¿Y qué hay de Kingpin?
- ¿De qué diablos hablas?
- El te menosprecia más que nadie.
- Creo que he escuchado suficiente, lárgate- dijo Hammerhead con el ceño fruncido, asintiendo a sus sementales.
Antes de poder hacerlo, los dos brazos traseros se lanzaron a los guardias, alzándolos en el aire mientras su amo seguía observando a Hammerhead, que se levantó con agresividad. Octopus volvió a beber un sorbo antes de hablar.
- Por favor, haga el favor de escucharme al menos, si no le interesa, me iré por donde he venido.
Tras unos minutos, Hammerhead no hizo nada, pero al final, asintió, y Octopus dejó a los guardias en el suelo, aún centrado en el mafioso, que se sentó en su silla sin apartar la vista del científico loco frente a el.
- Muy bien, te escucho. ¿Por qué crees que Kingpin me menosprecia?
- ¿No lo has notado? Deja que te ilumine el camino- comento Octopus con un tono condescendiente que no gustó mucho a Hammerhead, pero se mantuvo en silencio.- En primer lugar, el vive en una mansión gigantesca, y su base de operaciones es una torre inmensa, mientras que tu te conformas con un pequeño chalet, lujoso, si, pero una chavola en comparación con Kingpin, y tienes que trabajar en un casino.
- ¿Y? Eso no significa que me menosprecie.
- No, tienes razón, pero lo hace si, cada vez que habla de ti, lo hace como si fueras un perro callejero.
Octopus sabía que no era así, Kingpin siempre había hablado bien de Hammerhead, pero lo necesitaba para que su siguiente punto diera un mejor golpe. El mafioso frente a él frunció el ceño, la duda en su rostro, y Otto sonrió, la semilla había sido plantada, ahora sólo había que hacer que germinara.
- Y por si fuera poco, de todo lo que haces tú, todo el dinero que tanto trabajo te cuesta reunir, le tienes que dar un 40%, ¿por qué?
- Es... su territorio...
- ¿Ves a sus sementales en tus calles? Ni un solo camello, traficante o cualquier otro viene por aquí en su nombre, ¿me equivoco?- Hammerhead permaneció en silencio, y Octopus continuo.- Estas calles son tuyas, y sin embargo, le tienes que dar una parte a Kingpin porque si. ¿Te parece eso algo que haría alguien que te considere a su altura? Lo que hace, es impedir que puedas superarle, porque en el fondo, te tiene miedo.
Hammerhead se quedó en silencio, rumiando esa información, y al ver a los dos guardias, estos se miraban entre sí, también pensando en esas palabras. Era verdad, Kingpin no había puesto ni un solo casco en esa parte de la ciudad, era suya, de su propio imperio, y estaba estancado por culpa de Fisk. Si lo pensaba, era lógico que el unicornio le tuviera miedo, miedo de que pudiera sustituirle, y... no sonaba mal. Hammerhead, rey del crimen... definitivamente, era un título que le gustaba.
- ¿Y qué propones tú?- dijo Hammerhead tranquilamente, sin dejar ver su aprobación.
- Mis servicios- Octopus alzó el maletin y lo dejo sobre la mesa, pero el brazo no dejo de sostenerlo.- Esto es un proyecto en el que he trabajado toda mi vida, y Kingpin me lo estuvo financiando hasta que me harte de su tiranía. La cosa es simple, con esto, tienes una fuente de energía ilimitada y te puede hacer rico, podrás destronar a Fisk.
- ¿Solo con eso?
- Créeme, esto destruirá su imperio, confía en mí.
Hammerhead observo a Octopus detenidamente, debatiendo si aceptar o no. La oferta era jugosa, y aunque sabía los riesgos de que Kingpin se enterara de esto, no podía dejar pasar la oportunidad.
- ¿Qué necesitas?
- Un lugar espacioso para trabajar, unos cuantos de tus sementales para hacerme de guardias y ayudantes y equipo científico de calidad para asegurarme de que esto... funcione- dijo con una sonrisa siniestra, y Hammerhead supuso que estaba viendo a Fisk cayendo en la miseria.
- Lo primero puedo hacerlo, tengo un almacén en la zona comercial, es bastante discreto.
- ¿Esta cerca del río?
- A una hora caminando llegas al paseo marítimo más cercano, ¿por qué?
- Seguridad- comentó Octopus criptidamente, a lo que su anfitrión alzó una ceja pero no preguntó.
- Te daré unos cincuenta ponis, en cuanto al equipo... necesito tiempo, el que seguramente querrás costará mucho dinero y...
- Lo conseguiré yo mismo.
Hammerhead mostró gran curiosidad ante eso, mirando atentamente al terrestre frente a él.
- ¿De verdad?
- ¿Tienes dinero en algún banco de Kingpin?
- No...
- Perfecto, en ese caso, ¿podrías decirme donde esta ese almacén? Necesito un lugar donde descansar y poner esto a buen recaudo- dijo mientras el brazo que tenía el maletín se alzaba.
Hammerhead asintió y se levantó, dispuesto a acompañar a su nuevo socio a su lugar de trabajo. Presentía que se acercaba algo grande de verdad, y el pensaba estar en primera fila.
Babs abrió sus ojos lentamente, aún con bastante sueño, y viendo el mundo a su alrededor. Los rayos del sol entraban a raudales por su ventana, y pudo ver una de las mangas de su traje sobresalir de debajo de su cama, pues lo había puesto ahí antes de acostarse. Se levantó con pesadez y observo el reloj que su tía le había obligado a comprar, abriendo sus ojos como platos al verlo. Eran las doce y media de la mañana, se había perdido medio día, cosa normal, pues la noche pasada se escapó después de asegurarse de que su tía estuviera dormida y no volvió hasta las tres de la madrugada. Se pasó la noche buscando a Octopus, cosa en la que no tuvo mucho éxito, y estuvo más deteniendo delitos menores que otra cosa, casi parecía que había desaparecido en el aire.
Con un gruñido de sueño, salió de su habitación, no sin guardar bien el traje en su armario, y bajo a la pequeña cocina de su casa. Allí vio a su tía Sweet, que estaba cortando un par de pepinos para el almuerzo, deteniéndose al escuchar a su sobrina. Dejando el cuchillo a un lado, se giro para mirar a Babs con ojo crítico, señalando uno de los asientos de la pequeña mesa. La joven captó fácilmente el mensaje, por lo que se sentó al tiempo que su tía lo hacía en la otra, dejando vacía la tercera silla, aquella que había pertenecido a su tío.
- Babs...- comenzó su tía, dando un profundo suspiro y mirando con el ceño fruncido a su sobrina.- ¿Dónde estuviste anoche?
- E... en mi cama...
- No te atrevas a mentirme, cuando me levante de madrugada, fui a ver como estabas, y tu cuarto estaba vacío. ¿Dónde estabas?
Babs observo el enfado y preocupación de su tía, al tiempo que su cerebro trataba de dar una escusa convincente.
- Yo... t... tuve una pesadilla...
- ¿Y eso justifica que te marcharas en plena noche?
Babs trato de pensar un buen motivo, y una pequeña idea se le vino a la mente. No quería hacerlo, pero no tenía otra opción. Respirando profundamente, se dispuso a tratar de evitar preguntas que no quería responder.
- Soñé con... el tío Juice...- Babs vio que su tía abría sus ojos como platos y se llevaba un casco al hocico, bueno, había funcionado al menos.- Yo... no pude dormir, y necesitaba algo de aire... Lo siento, tía Sweet.
- Babs...
Su tía se levantó y fue al lado de su sobrina, abrazándola con fuerza antes de hablar nuevamente.
- Por favor, la próxima vez, háblalo conmigo... Creo que a las dos nos vendría bien...
Babs asintió débilmente, estrechando el abrazo en busca de consuelo, más por haber usado a su tío en una mentira que por una pesadilla. Su tía se separó al fin, dándole una pequeña sonrisa.
- ¿Quieres ayudarme a hacer la comida?
Babs mostró una sonrisa propia antes de asentir y levantarse, Octopus podía esperar un poco.
Ya daban las cuatro cuando Octopus entró en uno de los muchos bancos que habían contratado los servicios de seguridad de White Fisk, uno que estaba entre dos edificios más y tenía una altura de veinte pisos. Había metido sus brazos dentro de su abrigo, replegándolos lo máximo que pudo y enrrollándolos alrededor de su cintura. Junto a él llevaba unas cuatro bolsas de deporte, que pese a que destacaban, no lo hacían tanto como sus tentáculos. Lo primero que vio al entrar fue una serie de asientos donde los ponis esperaban para ser atendidos, tras estos, una gran cantidad de mesas con empleados que atendían a los clientes. Al fondo estaba un gran mostrador que recorría toda la pared, con dos pequeñas portezuelas, empleados en varios cubículos donde atendían a aquellos ponis a los que no les fuera necesario ir a alguna de las mesas, y detrás de todo, en el centro, una gran puerta de acero que daba a la cámara acorazada.
Octopus camino con calma, pasando delante de los que esperaban, que le miraron con una mezcla de confusión y enfado. El único que estaba libre era un terrestre que estaba revisando unos papeles, que alzó la vista y vio a Otto caminar sin prisa hacia el. Con confusión, miró a sus lados, viendo que los otros estaban con sus propios clientes, que le dieron una mirada extrañada a Otto antes de seguir con lo suyo. Cuando al fin estuvo justo en frente, el terrestre le dio una sonrisa, pero el empleado no pudo correspondela, esas gafas le daban un aspecto algo siniestro.
- Perdone, pero debe esperar su turno. En la entrada hay un dispensador que...
- No vengo para eso, vengo a retirar dinero.
El empleado le miró atentamente antes de volver a señalar la salida.
- Fuera tiene cajeros, introduzca su documento de identidad y...
- Creo que no lo ha entendido- dijo Octopus mientras sonreía.- Esto es un atraco.
En poco tiempo, sus brazos salieron de su escondite y se mostraron en todo su esplendor, elevando a su amo muy por encima del largo mostrador. El terrestre que había hablado con el le miró aterrorizado antes de salir corriendo, y los más cercanos le imitaron. Aquellos que estaban más alejados activaron la alarma silenciosa mientras empezaban a abandonar sus puestos, imitando a sus compañeros y clientes. Octopus, por su parte, se acerco a la puerta acorazada, colocándose en sus cuatro patas y alzando los tentáculos antes de que se clavaran en sus soportes. Tras un minuto casi completo, logró arrancar la puerta, dejándola a un lado, y vio satisfecho las bolsas llenas de bits y estanterias con oro al fondo, dejando caer las bolsas y preparándose para llenarlas.
