Las risas contenidas sonaban como si aquello fuera un aula de niños de trece años de Hogwarts y no el pasillo de una institución "seria" como se suponía que fuera el Ministerio de la Magia, que en teoría estaba ocupado por personas adultas.

-¿De verdad fue tan imbécil? -oyó que decía una de las voces.

Peakes se pegó más a la pared para que no lo vieran. Estaba en un recodo que más adelante desembocaba en el Departamento de Aurores, semioculto de la vista de sus compañeros de oficina, a los que oía del otro lado.

-Sí, eso dijo Potter -dijo otra de las voces-. ¡Se lo confundió con un puto escudo de los Chudley Cannons!

Y entonces todos estallaron en carcajadas, como si aquello fuera la fiesta de sus vidas.

Explotando de una mezcla de rabia y extrema vergüenza, el mago se giró en redondo y trató de huir de allí antes de que los demás supieran que había estado a punto de toparse con ellos.

-¿Peakes?

Oh, no... Ya era tarde.

Lo habían visto.

-¿Peakes? -muchos años después, la voz de Hermione Granger le llegó desde el otro lado de la puerta del despacho del Jefe de Departamento. El mago se espabiló de sus recuerdos traumáticos para prestar atención a la recién llegada.

-Lo siento, golpeé…

-Adelante -le dijo, de mal humor.

Hermione entró a la oficina y vio que el mago estaba escribiendo una carta y tenía una pila de papeles sobre su escritorio.

-Terminé el informe sobre el robo de calderos en el Callejón Diagon -anunció Hermione. La mujer llevaba una falda ajustada y una camisa formal, además de mucho maquillaje.

-De acuerdo, puedes dejarlo ahí -Peakes apuntó con el dedo a un costado de su escritorio, sin alzar la mirada de su carta.

-Bien -Hermione puso su informe allí y se quedó observando a su compañero de trabajo-. ¿Alguna noticia de Harry?

Hubo un silencio donde él no dejó de escribir a toda prisa. Sin alzar la mirada, con fastidio, murmuró:

-No tengo idea. ¿Por qué no le preguntas tú, que eres su amiga? Pero supongo que vendrá cuando se le antoje, como siempre.

Hermione no dijo más nada. Se marchó del despacho del mago que suplantaba a Harry durante su ausencia esos días, y caminó de regreso a su escritorio, que estaba en un costado de la oficina donde funcionaba el Departamento de Aurores. Michael Stevens, un auror gordo y calvo, con lentes, que estaba enviando un memorándum en ese momento, la vio y se acercó a ella, sonriente.

-¿Cómo estás, Hermione? ¿Cómo está Peakes ahí dentro?

-De mal humor, para variar.

-No le hagas caso, Peakes es un idiota -dijo él, muy simpático-. No sabe distinguir un tatuaje con la marca tenebrosa de uno de los Chudley Cannons. O eso dicen, ¿no es así?

-Sí, lo he oído -comentó ella, avanzando hacia su escritorio. Stevens fue tras ella, muy simpático. Era un mago que le caía bien, algo mayor a ella, pero a veces era algo intenso al acercarse a hablarle.

Hermione frunció el ceño y dijo:

-Hablando de Quidditch, ¿sabes quién está con el caso de la jugadora de las Arpías de Holyhead que perdió la memoria? Ludo Bagman envió tres memos interdepartamentales esta mañana desde el Departamento de Deportes y Juegos Mágicos pidiendo novedades. Sé que no me corresponde meterme en eso, porque soy nueva aquí, pero no pude evitar notar que nadie le respondió.

-No lo sé, creo que Peakes le asignó el caso a Morgan -dijo él, encogiéndose de hombros-. Si me lo preguntas, algo pasa con esas Arpías de Holyhead. Creo que los dirigentes del club andan en cosas raras. Oye, Hermione -agregó, sin dejar de seguirle el paso-. ¿Estás saliendo con alguien? Disculpa la pregunta…

-No, con nadie -dijo ella de inmediato, cortante, sus zapatos de taco resonando en el suelo con rapidez. Él, que con su abultada barriga tenía dificultades para seguirle el paso, insistió:

-¿Qué haces el sábado por la noche…?

-Estaré ocupada -dijo ella rápidamente-. Lo siento, Michael. Debo volver al trabajo. Tengo que ponerme con el caso del incendio que vio la señora Finnigan y luego desapareció.

-Bah, esa mujer solo es paranoica. Vamos, con un marido que prende fuego absolutamente todo lo que toca, no es de extrañar que la mujer vea incendios por todos lados.

-Lo siento, Michael.

Stevens se dio por vencido y regresó a su escritorio, arrastrando los pies. Hermione se sentó en el suyo, abrumada y nerviosa por la invitación que acababa de recibir. No se la esperaba, y a pesar de que el mago la había querido deslizar de forma casual, algo dentro suyo le decía que debía haberlo planeado algún tiempo.

Mientras pensaba en ello, su mirada se clavó en una carta que había allí, entre algunos de sus papeles. Se podía ver la mayor parte de la firma del remitente: "Draco Mal…"

En ese momento, la mujer alzó la mirada y vio, en la otra punta de la oficina, que la puerta se abría y entraba nada más y nada menos… que Harry.

-Oh -dejó escapar, al ver cómo el hombre entraba haciendo temblar el suelo con los kilos de masa muscular que llevaba a todas partes, su cabello despeinado, su barba larga, sus ojos verdes con aspecto agobiados y brillantes detrás de sus lentes, como siempre, sin mirar a nadie y atravesando la oficina como una bala hacia el pequeño despacho del director que le pertenecía. La mujer escondió la carta y buscó con prisa dos tazas vacías en los cajones de su escritorio y se apresuró con ellas hacia la máquina de café, que estaba cerca de la salida.

Poco después, Peakes salió con incluso peor humor que antes del despacho, lo que indicaba que Harry lo había enviado de regreso a su puesto. Hermione llenó las dos tazas con abundante café y se acercó nuevamente al despacho del jefe de la oficina. Golpeó la puerta con un zapato y esperó a oír el "¡adelante!" de Harry antes de ingresar.

-Hola -le dijo, sonriéndole. Harry alzó la mirada y le devolvió una suerte de sonrisa. -¿Cómo estás?

-Bien, supongo -dijo él, encogiéndose de hombros-. Recién llego de Bulgaria…

-¿Cómo resultó todo? -preguntó ella, dejándole una de las tazas de café adelante. Él la tomó y bebió un sorbo.

-Gracias -dijo, antes de responder-. Como siempre. Atrapé a Macnair. Me dijo otras ubicaciones… Más pistas que seguir. Más cosas que buscar.

De inmediato, Harry abrió un cajón y empezó a revolver papeles que había en él.

-Diablos, ¿dónde están los archivos del caso Rogers? Sé que los dejé aquí. Estúpido Peakes…

Se puso de pie, como una bala, y Hermione alzó una mano para detenerlo.

-Tranquilo, Peakes no irá a ningún lado. Recién llegas. Relájate un poco…

-No puedo, Hermione. Tengo que encontrar a Dolohov. Él podría saber algo…

-Algo que te llevará a otro mortífago, y a otra pista, y luego a otra cosa que ocurrirá y que te llevará por otro camino… -lo miró a los ojos, con una sonrisita triste-. Tienes que relajarte.

Harry volvió a sentarse, resoplando. Se tapó la cara con ambas manos. Lucía agotado y devastado, como siempre.

-Tienes que tratar de encontrar momentos donde no pienses en el trabajo -dijo ella, con delicadeza-. Hagamos algo, ¿quieres? Esta noche. Podemos cenar…

Harry alzó la mirada hacia ella con el ceño fruncido.

-¿Cenar?

-Te hará bien.

-Solo para que quede claro -dijo él, negando rápidamente-, no tengo intenciones de relajarme. Déjalo, ¿quieres? Esto no es "otra cosa más" que ocurrió. Se trata de Scorpius Malfoy. El hijo de Draco. El nieto de Lucius. Su secuestro es lo más importante que haya pasado, en relación con el caso de… de Ginny -respiró hondo-, en los últimos años. No voy a descansar hasta saber por qué Dolohov lo hizo.

Se puso de pie otra vez, tenso.

-Lo que necesito en este momento -dijo, más para sí mismo que para ella-, son los archivos del caso Rogers. ¡Peakes! -gritó, en voz muy alta-. ¡Ven aquí!

Salió del despacho hecho una furia, y Hermione se quedó allí, con su propia taza de café en la mano, mirando el piso.


10 de noviembre de 2013


Harry no podía dormir. Daba vueltas por su casa, sin dejar de pensar. No podía serenarse. Se movía inquieto, de un lado al otro. Oyó un ruido que le puso los pelos de punta y le hizo dar un salto: el ruido de unos golpecitos en el vidrio de su ventana.

Sacó la varita de inmediato de su bolsillo y la apuntó hacia allí.

Pero era solo una lechuza. El animal, que no recordaba haber visto antes, tenía una carta y golpeaba el vidrio con el pico. Harry fue hasta allí y abrió, para dejarla pasar.

Su propia lechuza, Hedwig Junior, que estaba allí, miró a la recién llegada y pareció enfadarse, poniéndose tensa de pronto y ululando fuerte.

-Tranquila, Junior -dijo Harry.

Se acercó a la lechuza, que era de tamaño regular y color negro, y tomó el sobre. Era inusual recibir una carta a esas horas, a menos que viniera de lejos y el ave hubiera tardado mucho en entregarla.

Pensando que debía tratarse de esto último, sin causarle demasiada sorpresa, abrió el sobre rápidamente y metió la mano dentro esperando sentir, como siempre, el tacto de una hoja de pergamino en él.

Sin embargo, no fue así.

Sus dedos tocaron algo que lo hizo quedar paralizado. Sus ojos se abrieron exageradamente y el hombre miró alrededor como esperando ver a alguien más allí, en su casa, a pesar de que vivía solo.

Aquella sensación en sus dedos le ocasionó un terror del que jamás se olvidaría.

No había pergamino allí. No había carta, ni notas. Había una sola cosa, que no tenía nada que ver con eso. Sabía exactamente lo que era, solo con el tacto, pero estaba demasiado aterrado para comprobarlo. Para sacarlo y verlo con sus propios ojos.

La lechuza negra emprendió vuelo y huyó de allí tan rápido que Harry no llegó a reaccionar. Ya se había ido por la ventana cuando Junior aumentó el volumen de sus chillidos, agitando las alas, muy nerviosa.

Harry se acercó a la ventana y miró hacia afuera, pero no vio a nadie allí. Solo una desierta calle de ese barrio muggle donde vivía. La lechuza se había desvanecido en la noche.

Volvió a la mesa y a la carta, y supo que no había más nada que hacer: Tenía que sacar lo que había adentro.

Sintiendo un terror que trepó por su espalda y hasta su nuca, Harry dio vuelta el sobre.

Un mechón de cabello rojo intenso cayó sobre la mesa.

Se quedó allí, respirando con dificultad, mirando aquello. Unas lágrimas cayeron por su rostro consternado y en shock.

No había nada más en el sobre. No había una nota, ni ningún mensaje que lo acompañara, ni nada. Solo eso.

Sabía que era auténtico. Era del mismo largo que el de ella. Del mismo tono de rojo.

Aquello era cabello de Ginny.

Empezó a temblar, sin control. Se sujetó a un mueble que había atrás, y no se dio cuenta que un adorno de cerámica caía al suelo y se hacía añicos. Se llevó una mano a la boca y se la tapó.

No podía dejar de mirar el mechón de cabello.