-Volveré pronto, amor.

Draco besó a su mujer en los labios, se puso su capa de viaje y caminó hasta la puerta de la mansión Malfoy.

-Cuídate mucho -le dijo Astoria, mirándolo afligida desde el umbral de la puerta.

-Lo haré -serio, el hombre rubio con amplias entradas y cabello que aun usaba engominado hacia atrás caminó hasta las verjas exteriores de su mansión, frunciendo la nariz, como si algo le desagradara. Acomodó una petaca en el interior de su túnica, que resplandeció con los pocos rayos de luz que se filtraban entre las espesas nubes. Cruzó las verjas, las cerró y luego giró sobre sí mismo para desaparecerse.

Apareció de nuevo en una ciudad, en una calle donde varios muggles andaban con prisa. Ninguno pareció fijarse en él. Pero entonces, cuando se disponía a avanzar, vio que una señora se lo había quedado mirando. ¿Acaso lo vio aparecer allí?

La miró con atención: Era una mujer gorda, de rulos, usando un vestido rosa. La ignoró y siguió caminando. Llevaba prisa.

-¿Eres tú? -preguntó una voz, a kilómetros de distancia.

-Sí -la mujer de cabello rubio se apuntó a sí misma con su varita. De pronto, el cabello cambió su peinado radicalmente, su maquillaje se alteró y algo en su expresión también cambió de forma. Sin necesidad de una transformación mágica completa, el cambio pareció mostrar a una persona diferente ahora.

-Wow, impresionante -dijo su interlocutora, con una sonrisa en su rostro ancho-. No te reconocí en absoluto. ¿Qué fue ese hechizo?

-Soy experta en el arte del disfraz -comentó la rubia, de forma misteriosa, arqueando las cejas pronunciadamente-. Conozco todo sobre los distintos hechizos que permiten alterar tu rostro de formas mínimas que no pensarías que son importantes, pero que te dejan luciendo totalmente irreconocible.

La otra mujer aplaudió tres veces, con la espalda muy derecha, y profirió una aguda e insoportable risita antes de hablar.

-Eres la compañera de trabajo… perfecta. No sé cómo no nos habíamos juntado antes.

-Sin dudas, tú y yo seremos un equipo… explosivo -dijo la rubia, con malicia en su voz. Dejó ver sus blancos dientes con una sonrisa atrevida.

-¿Cómo te ha ido espiando a Potter?

-Lo vi en un bar con su amiga, Hermione Granger. Hacía siglos que no se los veía juntos. Pero allí estaban. Compartiendo un café.

-Interesante, interesante… Bien, ven conmigo. Tenemos mucho trabajo por delante.

Se tomaron del brazo y se alejaron juntas, riendo de forma exagerada.

Harry escribía a toda velocidad en su despacho, respondiendo una carta. Cuando terminó, la envió con una lechuza e inmediatamente abrió el reporte diario de sus empleados y empezó a marcar el presentismo, tratando de no perder demasiado tiempo con aquello.

Peakes, Jimmy – Cargo: Auror – Asistencia: Presente.

Volvió a una parte más arriba y se quedó mirando un campo que no había completado:

Granger, Hermione – Cargo: Asistente administrativo – Asistencia:

A toda velocidad, se puso a buscar de nuevo en los cajones el pergamino que había enviado Hermione, y finalmente lo encontró. No pudo ir ese día al trabajo porque debía acompañar a su madre al médico. Adjuntó al reporte el justificativo, y puso "día médico" en la planilla. Luego dobló la planilla entera hasta que quedó con la forma de un avión de papel, la lanzó por el aire y esta se fue volando mágicamente fuera de la oficina y hacia otra parte del Ministerio.

-Bien, una cosa menos… -dijo Harry, buscando más cosas en sus cajones. Entonces, de forma casi sorpresiva, vio una foto de Ginny en uno de ellos.

Fue un momento inesperado y emotivo. Recordaba perfectamente esa foto. Él mismo la había guardado en ese cajón, mucho tiempo atrás. Pero luego había quedado en el fondo, tapada con una pila de papeles que ahora se había reducido considerablemente.

La tomó y se la quedó mirando, con nostalgia. Ginny sonreía con su uniforme de las Arpías de Holyhead. Era de la época en la que había entrado al equipo, cuando recién empezaba como jugadora profesional de Quidditch.

Harry se quedó mirando a Ginny volar muy feliz con su escoba por la foto, y una lágrima cayó sobre el papel en el preciso momento en que alguien llamó a la puerta.

-Un segundo -dijo, guardando la foto con prisa y limpiándose la cara a toda velocidad. -Adelante.

-Disculpe, señor Potter -era Michael Stevens, ese hombrecillo gordito y calvo que entró con sus lentes inclinados y cara de tonto-. Le traje el reporte que me pidió.

El mago se sonrojó, nervioso. Era un hombre muy nervioso e introvertido. Tenía aspecto de nerd total. No era muy bueno con el trabajo de campo, así que Harry lo mantenía en la oficina con papeleríos, por lo general.

-Muchas gracias, Michael, puedes dejarlo allí -dijo Harry, amablemente, indicándole una parte vacía de su escritorio. El mago obedeció y se retiró. Casi de inmediato, alguien más llamó a la puerta, que aún no se había cerrado del todo. -Adelante -repitió Harry, frotándose los ojos con un puño, cansado.

-Hola, Potter -era Morgan. Ese hombre, por otro lado, era despierto y proactivo. Pero le inspiraba menos confianza. -Ya terminé con el caso Gudjman.

-¿Buscaste residuos de magia? ¿Entrevistaste familiares? ¿Hiciste el análisis completo de la escena del crimen? -Harry decía todo eso mientras se estrujaba los ojos con los dedos, agotado.

-Sí, ya está todo. Fue un suicidio. Comprobadísimo, no hay dudas. Aquí está todo.

El mago dejó caer un pesado informe de al menos cien páginas sobre el escritorio de Harry. Este levantó un pulgar como toda respuesta, y Morgan se dio la vuelta para marcharse. Pero entonces Harry lo detuvo:

-Espera -le dijo, acomodándose en la silla-. ¿Peakes no te asignó ningún otro caso, en mi ausencia?

-No -dijo él, de inmediato-. Estuve con esto toda la semana. No tuve ningún otro caso.

Harry guardó silencio unos segundos antes de contestar.

-De acuerdo, ve. Pero no descanses mucho. Ya te conseguiré algo más, tengo una pila de casos pendientes aquí.

-A la orden, jefe -dijo él, sonriéndole, le dirigió un saludo militar y se marchó.

Solo otra vez, Harry frunció el ceño. Se llevó un dedo al mentón, pensativo, mientras dirigía una mirada sospechosa a la puerta de su despacho. Se puso entonces a guardar papeles en su maletín a toda velocidad, como hacía siempre que estaba por irse de viaje y abandonar su oficina por largos períodos de tiempo. Luego se puso de pie y salió de su despecho. Pero, antes de abandonar la oficina, se dirigió a largas zancadas al escritorio de Peakes.

Este levantó la mirada del pergamino que estaba escribiendo. Tenía una taza humeando café caliente a su lado y sus lentes puestos.

-Peakes, me voy a ir -anunció Harry, a toda velocidad-. Sé que Kingsley te nombró encargado en mi ausencia, pero…

-Kingsley no me nombró nada en tu ausencia -dijo él, con resentimiento-. Kingsley entró aquí y dijo "¿qué no hay nadie a cargo?" y me señaló con el dedo y se marchó. No llamaría a eso "nombrar a alguien".

Decía eso con la voz cargada de resentimiento, pero Harry no tenía tiempo para él.

-De acuerdo, ahora yo sí te nombro a cargo por el resto del día -dijo Harry, de mal humor-. Pero no te acostumbres, porque es solo por hoy. A partir de mañana Hermione quedará a cargo. No sé cuándo volveré de este viaje.

Se dio la vuelta para marcharse, pero la exclamación de indignación de Peakes lo detuvo.

-¿Granger? -susurró este, con desprecio-. ¿Dejarás a Granger a cargo? -el tono de su voz empezó a subir a medida de su indignación crecía-. ¡Ella ni siquiera es aurora! ¡Solo es una asistente administrativa! ¡Acaba de entrar aquí…!

Harry lo enfrentó, con furia, poniendo ambas manos sobre su escritorio, y prácticamente todos en la oficina levantaron la mirada hacia ellos, hambrientos de entretenimiento de oficina para luego chismear horas y horas.

-¿Acaso eres el jefe del Departamento de Aurores? -preguntó Harry, irritado. El brillo de sus ojos y sus pesadísimos brazos sobre el escritorio ponían los pelos de punta, y el delgado mago ante él cambió de actitud de inmediato.

-No, señor -dijo rápidamente, acomodándose los lentes y bajando la mirada.

-Eso pensé. Ahora deja de discutir mis órdenes y ponte a responder memos. Mientras estabas a cargo, hubo quejas de todos los demás departamentos porque los memos interdepartamentales no obtenían respuesta. Puede ser que Hermione no sea aurora, pero estoy seguro de que es mil veces más prolija y ordenada que tú, y eso es lo que necesito.

Dicho eso, se marchó de la oficina con prisa, cerrando la puerta tras él con fuerza. En cuanto se fue, todos los empleados miraron a sus compañeros del escritorio de al lado y empezaron a chismear sobre cómo Harry había puesto en su lugar a Peakes.

Este lucía lleno de ira contenida, y se mordió los labios con furia mientras rayaba su pergamino, apretando la pluma con demasiada fuerza.

-Peakes va a estallar -decía Rachel, en uno de los escritorios del fondo, a otra aurora que estaba en el escritorio de al lado. Ambas eran las reinas del chisme en esa oficina. -Lo odia, desde el primer día. Desde que Harry entró aquí, ¿cuándo fue? ¿En el 2004?

-Creo que en el 2003.

-Sí. Lo odia desde ese mismo día. Todos saben que siempre quiso su puesto.

-Recuerdo que ambos entraron juntos, casi al mismo tiempo -susurró la otra, mascando unas gragueas Bertie Bott de todos los sabores y convidándole a su compañera-. Peakes venía adelantado, ¿no es así? ¿Qué no había completado el entrenamiento antes? Porque terminó Hogwarts después, más tarde que Harry.

-Sí, creo que le iba mejor porque estudiaba mucho. Pero, ¿quién le daría el puesto de jefe a Peakes? -dijo Rachel, con una mueca burlona-. No sabe distinguir un tatuaje con la marca tenebrosa de un escudo de los Chudley Cannons.

Las dos brujas rieron en voz baja y regresaron a su trabajo.

Cerca de allí, Stevens miraba una foto en su escritorio, con disimulo. Una foto de Hermione Granger.

En la foto, Hermione, con menos de veinte años de edad, saludaba sonriente a la cámara. El mago acarició el papel, con una mirada obsesiva.

-Mi amor… -susurró, acariciando la foto-. Eres mi amor platónico desde hace veinte años, Hermione Granger -su tono de voz era tan bajo que prácticamente estaba moviendo los labios sin hablar-. Desde que supe de ti por haber derrotado al Innombrable junto a tus amigos. Desde que te vi en las portadas de las revistas y periódicos. Jamás he deseado tanto a nadie. Eres tan bella, tan perfecta… Qué increíble. Qué increíble que hayas entrado a trabajar aquí, a mi mismo departamento, a solo cinco escritorios de distancia del viejo Stevens…

Algo en su mirada psicótica, en la forma en que miraba esa fotografía, obsesivamente, daba una sensación de peligro.

El mago alzó la mirada para comprobar que nadie lo miraba. Se puso de pie y se acomodó los lentes. Luego fingió que se dirigía a la máquina de café, mirando a los demás con disimulo. Pero nadie lo miraba, no sabían ni que él existía. Se acercó al escritorio vacío de Hermione y se detuvo allí, nervioso. Nadie miraba. Todos estaban metidos en lo suyo, charlando o enviando memos.

El mago abrió un cajón con un dedo y empezó a revolver su contenido, mirando con disimulo su interior de reojo.

-¿Hermione?

La mujer volvió a abrir la puerta que acababa de cerrar y asomó la cabeza.

-¿Sí, mamá?

-Voy a salir un rato a caminar.

-¿Qué?

Hermione cruzó el pasillo de su casa e ingresó al living, donde su madre guardaba cosas en su cartera, preparándose para salir.

-No digas tonterías, mamá -dijo Hermione, yendo hacia ella y tomándola del brazo-. Recién llegamos del médico. Aun no te has recuperado, vuelve a la cama…

-Pero si me siento bien -insistió ella.

-No, mamá, no estás bien. Te dije que debimos ir a un sanador.

-No soy una bruja, Hermione, no necesito un sanador. Un médico es más que suficiente.

-De acuerdo, pero el médico dijo que hagas reposo hasta el jueves. Así que vamos, ven conmigo.

La mujer chasqueó la lengua, pero no discutió. Hermione la condujo de regreso a su cuarto, en el preciso momento en que alguien golpeaba la puerta de entrada de la casa.

-Vamos, acuéstate -le dijo a su madre-. Voy a ver quién es.

Hermione salió apresuradamente de allí y cruzó la casa a zancadas hasta la puerta principal. Miró hacia afuera por la mirilla, y casi le da un infarto. Abrió la puerta de golpe, muy sorprendida.

-¿Harry? -dijo-. ¿Qué haces aquí?

Harry estaba de pie ante ella, bajo el sol del mediodía, con una camisa en la que se marcaban sus enormes músculos, y la misma expresión de tragedia de siempre.

-Necesitaba verte -dijo él, simplemente.

-Claro… -sin salir del asombro, Hermione se apartó-. Pasa.

Harry entró y ella cerró. Esa debía ser una de las muy, muy pocas veces en que Harry había ido allí, a la casa de ella, la misma en la que había vivido de joven, con sus padres, y donde ahora vivía sola, con su madre.

-¿Ocurrió algo? -preguntó Hermione entonces, preocupada.

-No -Harry se quedó allí de pie, en medio del recibidor, mirando al suelo, con una expresión extraña.

-¿Estás seguro?

Entonces alzó la mirada hacia ella.

-Tenemos que hablar.

-Bien… -insegura, ella señaló a los sofás-. Toma asiento, si quieres. Hemos llegado hace un rato del médico…

-Escucha -dijo él, ignorándola, sin tomar asiento-. Necesito que te vayas del Departamento de Aurores.

Hermione no respondió. Se cruzó de brazos y miró a Harry a los ojos, evaluándolo.

-¿Es por algún motivo relacionado… conmigo regresando a mis antiguas ambiciones, ser Ministra de la Magia, y todo eso?

-Necesito que te vayas del Departamento de Aurores -repitió él-. Y también de mi vida.

-¿Qué? -exclamó ella, casi indignada-. ¿Por qué dices eso?

-Eso es lo que vine a decirte -dijo él, allí de pie. Sacó del bolsillo trasero de sus jeans una petaca de metal, plateada, y empezó a beber, a pesar de que era apenas el mediodía. Caminó hasta una mesita que había tras el sofá y se apoyó en ella con ambas manos, dándole la espalda. Dejó la petaca allí arriba, al parecer sumido en pensamientos. Hermione pensó que la ropa que vestía el hombre ese día era algo distinta de lo usual.

Harry volvió a hablar, aun dándole la espalda:

-No quiero esto. Que nos estemos hablando otra vez. Quiero que sigamos como hasta ahora, tú en tu oficina y yo en la mía. Cada uno con sus asuntos. Cada uno con su vida. No quiero que vuelvas a dirigirme la palabra, ¿entiendes?

La ira se apoderó de Hermione tan rápido que no sabía por dónde empezar a hablar. Pero él habló primero:

-No me obligues a despedirte del Ministerio -dijo de súbito, inesperadamente, con total frialdad-. Espero que tú seas quien pida el cambio de oficina, y regreses a donde estabas. Por el bien de los dos.

Harry se dio la vuelta otra vez, enfrentándola. Ella lucía indignada y estupefacta, a la vez. Y entonces él empezó a caminar hacia la puerta, dispuesto a marcharse.

-Espera, espera, espera… -ella lo detuvo, interponiéndose entre él y la salida-. Ni siquiera vayas a pensar que vas a marcharte así… ¿Cómo te atreves…? Vienes aquí, a mi casa, a decirme todo esto, ¿y simplemente caminas hacia la salida, como si…?

-No tengo nada más que decir -añadió él, frío como el hielo, mirándola con sus ojos verdes de una forma tan fría y hostil que parecía que no fuera él. Ahora sí que no era más el Harry que ella había conocido.

Quiso ir hacia la puerta, de nuevo, pero ella volvió a interponerse en su camino.

-No te vas a ningún lado -le dijo, en un susurro lleno de cólera-. No te irás hasta explicarme bien qué es esto. Hasta que te sientes y hablemos, como debimos hacer hace tiempo ya, ¿no lo crees?

-No hay nada que hablar.

-Yo creo que sí hay -dijo ella-. De acuerdo. No te hablaré nunca más en la vida, si eso quieres. Dejaré de molestarte. Me iré del Departamento. No me interesa nada de eso.

-Bien -dijo él, y hasta se atrevió a esbozar una sonrisa que la dejó helada-. Estamos de acuerdo, entonces.

-¡No te vas! -repitió ella, bloqueándole el camino a la salida otra vez-. Vas a sentarte en ese sofá, y antes de irte vamos a hablar detenidamente de todo esto. Es lo mínimo que puedes hacer por mí… Luego te irás. Y luego dejaremos de hablar. ¿Te parece bien así?

Él no parecía contento con la idea, pero pareció darse cuenta de que no tenía opción. Finalmente asintió.

-De acuerdo -dijo-. Necesito usar el baño primero.

Ella arrugó la cara. Cada actitud suya le parecía más extraña, con cada minuto.

-Sí, claro -dijo, encogiéndose de hombros. Señaló hacia el pasillo que salía del recibidor. -Segunda puerta a tu derecha.

-Ya vengo -dijo él, con la misma frialdad, y abandonó el cuarto, hacia allí.

Hermione se cruzó de brazos, mirando la alfombra del suelo, sin salir de su asombro. Harry ya había estado allí antes, aunque hubieran sido pocas veces… Entonces, alzó la mirada y la depositó en la petaca plateada, que el hombre había dejado sobre la mesita. Lanzó una mirada rápida al pasillo, para asegurarse de que Harry hubiera entrado al baño ya, y caminó hacia ella.

Hermione la destapó y olió su interior. No tenía olor a alcohol. Derramó un poco de líquido sobre la palma de su mano y observó la textura y el color.

Aquello no era alcohol. Era una poción. Y no cualquier poción. Era…

Abrió los ojos de par en par.

Con las manos temblando, volvió a dejar la petaca donde estaba y caminó con prisa hacia la cocina, que estaba del lado opuesto al pasillo, lo más lejos posible del alcance de los oídos del hombre que había ingresado al baño.

Entró, cerró la puerta tras de sí y apoyó la espalda en ella, sus ojos como platos y respirando con dificultad. Sacó su celular del bolsillo con las manos temblando y marcó un número a toda velocidad, tan rápido como pudo.

-¿Sí? -dijo una voz masculina en su oído.

-Ha… ¿Harry? -dijo Hermione, con un hilo de voz.

-Hola, Hermione -dijo la voz de Harry, en el teléfono-. ¿Todo bien? Estoy yéndome de viaje. ¿Necesitas algo?

-Es… una emergencia -dijo ella, en un susurro aterrado. Harry percibió la urgencia en su tono de voz.

-¿Qué? ¿Qué pasa? Hermione, ¿estás bien?

-Por favor, ven ya mismo.

-¡Sí, claro! ¿Dónde estás?

-En mi casa -dijo ella, con terror-. Con mi madre. Harry, hay alguien haciéndose pasar por ti con poción multijugos aquí. Fue al baño. Tengo miedo.

-Mierda -se oyó decir a Harry-. Hermione, tienes que salir de allí. ¡Vete ahora mismo! Voy para allá. Toma a tu madre y vete con ella. ¡No pierdas tiempo!

-No -dijo ella, tomando valor-. Voy a entretenerlo. Tú ven tan rápido como puedas y captúralo. Quizás tenga información valiosa...

-¡NO! -gritó Harry, con temor-. ¡HERMIONE, NO! ¡NO LO HAGAS! ¡VETE DE AHÍ! ¡VETE AHORA MISMO…!

Pero ella cortó el teléfono, y en ese preciso instante oyó el sonido de la cadena en el baño.

Respiró muy hondo, se refregó la cara con ambas manos, tratando de eliminar cualquier rastro de temor en ella, abrió la puerta y caminó resuelta hacia el recibidor, otra vez.

La persona suplantando a Harry, que lucía exactamente igual a él, apareció ante ella por el pasillo y de inmediato la miró de una forma diferente a antes, como si sospechara algo. Hermione se esforzó más en aparentar normalidad y señaló hacia los sofás.

-¿Ahora sí? -le dijo, tratando de fingir un tono de voz indignado, retomando la forma en la que se había sentido antes, cuando pensó que era Harry, diciéndole todo aquello-. ¿Vas a explicarme toda… toda esta… mierda?

Deseó no haber sobreactuado. Lo miró a los ojos, tratando de sacar cualquier dote actoral que hubiera podido haber tenido en su vida. Y se quedó allí, fingiendo que sus nervios se debían a la ira que sentía, fingiendo que por eso respiraba agitada, tan nerviosa, mientras seguía señalando al sofá.

Y aquella persona, por suerte, le creyó.

Actuando también, claramente, caminó hasta el sofá y se sentó.

-De acuerdo -dijo, tapándose la cara, sentado allí-. Pero no hay nada que hablar. Ya dije lo que debía decirte. No sé qué más quieres…

-Lo que quiero -dijo Hermione, sentándose en otro sofá más pequeño, enfrentado a ese-. Es una explicación. Sabes que me gusta el Departamento de Aurores. Quiero trabajar allí. ¿Por qué debería dejarlo?

Él quitó las manos de sus ojos y miró alrededor. Hermione sintió un frío recorrerle toda la espalda, porque él se quedó mirando su petaca, y no apartaba la mirada de ella.

-¡¿Me estás oyendo?! -gritó Hermione, tratando de llamar su atención. Pero aquella vez sí que sobreactuó, y se notó. Y también se notaron los nervios en su voz.

Aquella persona que lucía como Harry se puso de pie y caminó hasta su petaca. Entonces, Hermione vio algo que hizo que el terror se apoderara de ella: la había dejado con la tapa abierta. Y no solo eso. También chorreaba un poco de poción del pico.

Él se volvió hacia ella, con más frialdad.

-Realmente eres una bruja inteligente, Granger -dijo, lentamente.

Hermione se puso de pie, sacó su varita y lo apuntó con ella.

Y, en ese preciso instante, se oyó una voz acercándose por el pasillo. La madre de Hermione ingresó en la habitación provocándole un susto a aquella persona, que debía pensar que estaban solos allí.

-Hermione, ¿quién está aquí? -dijo la mujer, entrando al recibidor-. ¿Quién…?

-¡AVADA KEDAVRA!

-¡NOOOOOOOOOOOO!

El haz de luz verde emitido por la varita del intruso golpeó a la madre de Hermione en el pecho, que con una expresión de sorpresa voló hacia atrás, contra una pared. El chillido de Hermione resonó por toda la habitación, y en ese momento se abrió la puerta principal de par en par, y el verdadero Harry apareció allí.

El impostor corrió a toda velocidad hasta la ventana más próxima y saltó a través de ella, rompiendo los cristales con su pesado cuerpo y atravesándola. Casi al instante, giró sobre sí mismo y se desapareció.

-¡NOOO! ¡NOOO! ¡MAMÁ! -Hermione corrió junto a su madre y se lanzó al suelo de rodillas, tomándole el pulso y llorando sin control. Mientras tanto, Harry había salido afuera, pero era demasiado tarde: el impostor se había desaparecido ya. Harry empezó a hacer encantamientos a toda velocidad en el lugar donde este se había ido, apuntando allí con su varita y murmurando palabras, mientras los lamentos de Hermione se oían por todos lados.

-¡Mierda! -protestó Harry, pasándose una mano por el cabello. Giró y volvió a entrar a la casa. Corrió hasta Hermione y la tomó por los hombros. Con terror, vio el cuerpo de la mujer muerta desplomado en el suelo. Se arrodilló junto a Hermione y la abrazó.

El llanto de esta última se intensificó. Era un llanto desconsolado, trágico. Un grito. La mujer se inclinó hacia adelante y abrazó el cuerpo sin vida de su madre, sacudiéndose y llorando sin control.

Harry se tapó la cara con una mano y luego miró desesperado alrededor. Sus ojos estaban desorbitados. Sus manos temblaban.


12 de marzo de 2003


-¿Se vieron? ¿Otra vez?

-Tranquilo, Harry, no es nada, solo somos amigos.

-Ginny, no tengo problemas con que seas amiga de quien quieras -dijo Harry, que no parecía para nada tranquilo con aquello-. Pero es que estamos hablando de Draco Malfoy.

-Lo sé, Harry, sé que han sido eternos rivales -dijo ella, que en el fondo parecía algo molesta-. Pero si confías en mí…

-Claro que confío en ti.

-Pues no lo parece.

-¡Es que…! Tú lo dijiste, es Draco Malfoy, mi eterno enemigo. No puedo evitar que me moleste, un poco, que ahora tú y él sean amigos. De pronto.

-¿Qué tiene de malo? Él no es una mala persona.

-Fue un mortífago.

-Sabes bien que jamás lo fue, no realmente.

-Tiene la marca tenebrosa, eso es suficiente para mí.

-Vamos, amor -Ginny se acercó y lo tomó de la mano-. Necesito tener amigos…

-Sí, claro que sí. Pero, ¿por qué él?

-Creo que es una persona interesante, eso es todo.

Harry resopló, pero finalmente asintió con la cabeza y trató de sonreírle.

-Bien, siento comportarme así. Sé que… Sé que él no es malo, en el fondo. Es que toda la vida me ha molestado, se ha burlado de mí, me ha hecho la vida imposible… Pero sí, entiendo que nunca mató a nadie, ni nada así. Era su familia la que lo quería llevar por ese camino…

-Exacto, es lo mismo que creo yo.

-De acuerdo… Confío en ti, Ginny.

Ginny sonrió al oír eso, y lo besó en los labios. Retrocedieron y cayeron juntos sobre el sofá de la casa de Harry. Se besaron cada vez más, hasta que el calor los invadió por completo y no pudieron resistirlo. Se empezaron a quitar la ropa, el uno al otro, hasta que ambos quedaron desnudos.

Hicieron el amor durante horas en el sofá de Harry. El sudor caía por sus cuerpos. Sus labios no dejaban de encontrarse. Su piel se rozaba entre sí. Harry oía los gemidos de ella, mientras la penetraba. Ella oía la respiración agitada de él, sentía sus caricias en sus pechos. Sus manos acariciaban cada parte de sus cuerpos desnudos.

Harry estaba perdido en ella, en todo lo que era ella. No podía haber nada ni nadie más que lo hiciera sentir así, de la forma en que lo hacía sentir ella.

Era Ginny.

Ginny para siempre.