La tumba en la que Astoria Greengrass descansaría por la eternidad estaba abierta durante el funeral de esa mañana en el cementerio de Little Chippenham, rodeada de prolijo césped verde. Vestidos de luto, Malfoy y Scorpius estaban abrazados, rodeados de un gran grupo de magos y brujas, mientras un mago frente a todos hacía bajar el ataúd con su varita. Malfoy tenía todo un costado de la cara y el cuerpo cubiertos de vendajes, y un brazo enyesado.

Cuando la ceremonia terminó, los invitados se dieron la vuelta y se alejaron de la tumba lentamente, cabizbajos y hablando en murmullos muy bajos.

Harry y Hermione estaban de pie a mayor distancia de la tumba, abrazados por la cintura. Llevaban túnicas negras y sus rostros aun tenían heridas cicatrizadas y marcas de golpes.

Malfoy, que había estado sosteniendo a su hijo por los hombros, lo dejó con su abuela y se acercó hasta donde estaban ellos dos, cabizbajo.

-Ella fue allí para llegar al fondo de esto -les susurró, serio como la muerte-. Para proteger a nuestra familia. Y vamos a lograrlo. Vamos a descubrir a la persona detrás de esto. De esa forma, completaré la misión que ella empezó.

Dicho esto, Malfoy siguió de largo. Lo observaron alejarse hacia donde Narcissa y Scorpius estaban ahora, alejándose de allí con los demás magos y brujas vestidos de negro.

Harry y Hermione caminaron juntos también, apartándose del grupo hasta llegar a un borde lejano del cementerio, donde no había nadie.

Se separaron y quedaron enfrentados el uno al otro.

-Es mi segundo funeral este mes -se lamentó ella.

-Lo siento mucho, Hermione.

Se miraron entre sí.

-Esto es el fin, Hermione. Tenías razón… Tenías razón, todo este tiempo.

Los pájaros revoloteaban en los árboles a su alrededor. Por un momento, solo podían oír su canto.

-No podemos llegar al fondo de esto. No ha habido ninguna pista en Neusnottar. Todos los sospechosos quedaron descartados. No era Dolohov, no era Stevens, no eran Draco o Astoria, no era nadie relacionado con ellos, no eran Skeeter y Umbridge… Estoy más lejos que nunca en descubrir quién es… Solo sé que tú y yo no podemos volver a vernos. Es demasiado peligroso. Debemos separar nuestros caminos.

-Lo sé -coincidió Hermione, con una lágrima cayendo por sus mejillas.

-Tú harás tu vida, y yo la mía, y no volveremos a vernos. Es lo único que podemos hacer. Tengo que estar solo. Cualquier persona que esté a mi lado corre un peligro mortal.

Hermione asintió, lentamente.

-Te traje esto -Harry alzó un pequeño bolsito de cuentas, que ella se quedó mirando antes de tomar-. Puse todas tus pertenencias aquí antes de venir. Y las mías aquí -le mostró una mochila pequeña que llevaba también consigo-. Desvalijé toda la casa, para que no tengamos que volver. Es peligroso. Ellos, o él, o quien sea, saben que vivíamos ahí.

Hermione tomó el bolsito de cuentas y entonces le dirigió una mirada muy triste.

-¿A dónde irás?

-Al sur. Frente al mar. Voy a alejarme de todos tanto como sea posible… Y te alquilé una casa a ti también -añadió-. En Londres, pensé que te gustaría allí. Aunque sea por unas semanas, hasta que se olviden de ti y sepan que ya no estás conmigo. Quizás luego puedas regresar a tu casa, finalmente.

Le pasó un sobre de papel.

-Aquí están la dirección y las llaves. También te anoté mi nueva dirección, por si necesitas algo -añadió-. Pero lo mejor será que no nos volvamos a ver.

Ella volvió a asentir, tomando el sobre.

-Gracias, Harry.

-No, gracias a ti -dijo él, muy serio, sus ojos enmarcados en profundas ojeras tras sus anteojos-. Estas semanas contigo… Me sentí distinto. Me has acompañado, y me he sentido… un poco más como me sentía antes, hace quince años.

-Yo también -dijo ella, con la voz ahogada por las lágrimas-. Como antes de la muerte de Ron.

-Pero ya es hora de que dejes de cuidar a la gente que te rodea. Y de que te ocupes de ti misma. De ser feliz tú. Te agradezco muchísimo por haber estado conmigo… Pero ahora podrás seguir adelante, ser libre. Ya no debes cuidar de mí, ni de nadie.

-No estaba cuidando de ti. Eras tú el que cuidaba de mí.

Se miraron fijamente.

-Harry, prométeme que tú también tratarás de ser feliz. O más feliz, al menos. Y que dejarás de investigar.

-Sí, ya no tiene sentido investigar -dijo él-. Me quedé sin sospechosos, y creo que tú tenías razón... No he estado haciendo más que darle el gusto a esta persona, siguiendo las pistas y los caminos que ha trazado para mí todo este tiempo… Ahora me doy cuenta de que investigar no va a llevarme a ningún lado.

Se quedó mirando las tumbas a lo lejos, con el rostro más sombrío que nunca.

-Ginny debería estar aquí, en un lugar como este -las lágrimas empezaron a caer por su rostro también-. Porque ha muerto. Hace mucho tiempo ya.

Tuvo que limpiarse las lágrimas y respirar hondo para poder continuar.

-No es justo que su cuerpo no esté en un lugar como este… Pero sí ha muerto. Ya no puedo engañarme a mí mismo con eso.

Y entonces Harry rompió en lágrimas, totalmente derrumbado.

Y Hermione se lanzó encima suyo y lo abrazó con todas sus fuerzas.

Y ambos lloraron, totalmente desmoronados.

-No pude resolver el caso… -susurró Harry en su oído, mientras temblaba en sus brazos-. No pude hacer justicia por ella…

Hermione le acarició el cabello y la cara, hundiendo su rostro en su hombro y llorando ella también en él. Se quedaron abrazados un largo rato, y luego se separaron unos centímetros, tranquilizándose un poco, lentamente.

Ninguno dijo más nada por un buen rato. Finalmente, se limpiaron las lágrimas y volvieron a mirarse a los ojos.

-Te extrañaré, Hermione.

-Y yo a ti.

Harry extendió un brazo, le dio una caricia en el hombro y entonces se dio la vuelta y empezó a alejarse de ella, acomodándose la mochila al hombro.

Ella le lanzó una última mirada y entonces empezó a caminar también, alejándose de él.

Se fueron caminando en direcciones opuestas. Harry avanzó hacia una punta distante del cementerio, pasando entre las lápidas y sintiendo como si estuviera dejando una parte de sí mismo detrás. Hermione no solo había sido una reconfortante compañía en esa etapa oscura y triste de su vida, sino que también había sido lo más parecido que hubiera tenido a alguien como Ginny.

Pero su vida ya no era la misma que quince años atrás. Claro que no.

Todo era distinto ahora.

Harry llegó a una de las salidas del cementerio, giró sobre sí mismo y se desapareció.

Horas después, el sol caía por el lado derecho del océano. Sus rayos anaranjados alumbraban un acantilado rocoso, sobre el cual Harry era golpeado por el furioso viento. Había una casita de madera detrás, a varios metros. Su mochila extendida mediante magia estaba tirada en la puerta, con todo adentro. Ni siquiera había desempacado.

Más allá, solo había un prado con árboles y un camino de tierra que salía desde la casita, la única allí, y se extendía muchos kilómetros hasta el pueblo más cercano. Era un lugar remoto y totalmente aislado. El acantilado desembocaba en una hilera de filosas rocas puntiagudas, y más allá el océano se extendía hasta el final del campo visual.

Harry entornó los ojos, mirando hacia su derecha, al sol poniente.

Era un paisaje hermoso. Hermoso y triste. Y también perfecto.

Estaba de pie al borde del precipicio, y bajo él había una gran distancia antes de la hilera de rocas debajo…

Harry no solo le había dado su nueva dirección a Hermione, sino también la había mandado al Ministerio de la Magia en una carta, con el propósito de que lo encontraran rápidamente.

A kilómetros de distancia, en Londres, en un lugar completamente diferente, rodeada de edificios muggles, Hermione estaba dentro de su nueva casa, la que le había alquilado Harry, desempacando con igual tristeza.

La mujer sacaba sus objetos convocándolos con su varita y los ponía sin ganas en alguna esquina. Hasta que de pronto escuchó un ladrido proveniente del interior del bolsito de cuentas.

Arrugó la cara, sin comprender. Luego asomó la cabeza dentro del bolso que Harry le había preparado, con sus cosas.

-¿Hay alguien ahí?

Oyó el maullido de un gato. Crookshanks estaba allí dentro. Y también Lila. Consternada, Hermione apuntó al interior del bolso con su varita y sacó a ambos animales de allí, con cuidado.

No entendía nada. ¿Por qué Harry le había dejado a ella sus mascotas, si eran de él? Bueno, Crookshanks técnicamente era de ella, y al vivir con él no había desarrollado su alergia otra vez, lo que quería decir que a lo mejor estaba curada y ya no tendría que estar alejada del gato. Pero Lila sí que era cien por ciento de Harry.

No tenía el menor sentido que le hubiera dejado su perra a ella sin decirle absolutamente nada al respecto.

A menos que…

El rostro de Hermione se ensombreció, mientras la terrible verdad caía sobre ella.

Harry estaba asomado al borde del acantilado, observando cómo las olas del océano rompían a muchos pies bajo él.

Corrió un pie hacia adelante, por encima del borde.

Todo había acabado. La investigación había finalizado. Seguir con vida solo seguiría poniendo en peligro a todos a su alrededor. Solo significaría permitir que el autor de todo aquello continuara tratando de llevarlo por los caminos diseñados para él. Que continuara atormentándolo, a donde sea que él fuera…

Harry observó el mar bajo él por última vez y levantó la pierna en alto por sobre el borde del abismo, preparándose para dar un paso adelante.

Aquello era el fin.

Abajo, el mar golpeaba violentamente contra las rocas.

Harry cerró los ojos y respiró hondo.

Empezó a inclinarse hacia adelante…

Y entonces, oyó el sonido de un animal. Un ulular de lechuza. Abrió los ojos.

La lechuza negra estaba volando hacia él. Se acercaba, pequeña contra el sol poniente, una sombra oscura que volaba atravesando el cielo por encima del borde del acantilado, a su derecha.

Era ella, otra vez. La misma. La reconocía perfectamente.

La lechuza negra voló hacia él, dejó caer una carta y continuó su vuelo, más allá, bordeando el acantilado y hacia los cielos. Harry la observó alejarse, sin poder mover un solo músculo.

Sus ojos se dirigieron hacia la carta en el suelo. Se dio la vuelta y la tomó, respirando entrecortadamente.

Las manos le temblaban. Sus dedos sudaban mientras abrían el sobre.

Esperaba cosas terribles, como cada vez que aquella ave había aparecido ante él.

Pero al ver el mensaje, encontró algo inesperado: No había mechones de cabello, ni notas escritas con letras recortadas de El Profeta, ni cosas terribles.

Lo que había era una carta del Ministerio de la Magia, con el mismo tipo de pergamino que se usaba para enviar notificaciones oficiales a magos y brujas desde ese lugar.

Arrugó la frente, tratando de buscar a la lechuza en el cielo otra vez, pero ya había desaparecido.

Estaba seguro de que era la misma lechuza…

Leyó la carta:


Querido Harry,

Estoy grave. Muy grave. Mi enfermedad ha empeorado, y dicen que me quedan pocas horas de vida. Es posible que no llegue a mañana. Pero antes de partir de este mundo, necesito verte.

Necesito decirte toda la verdad, la que me he guardado todos estos años. Por favor, ven a verme a San Mungo lo antes posible. Y entonces te daré todas las respuestas.

Sinceramente,

Kingsley


Harry se quedó allí, inmóvil, con la carta en la mano. El sol terminó de desaparecer tras el océano en ese preciso momento, y se hizo de noche.

La oscuridad invadió el acantilado, el océano oscuro a sus pies y un último débil rayo de sol anaranjado acabando de desaparecer en el horizonte.

El rostro de Harry se endureció como si le hubieran lanzado un petrificus totalus. Las sombras lo habían cubierto por completo.

El pergamino resbaló de entre sus dedos y se fue volando con el viento, desapareciendo en dirección al mar.