Se le paralizó el corazón, al tiempo que su mano iba instintivamente hacia su varita.

-¿Quién es? -preguntó, muy nervioso.

-¡Soy yo, Harry!

Era la voz de Hermione. Se tranquilizó al oírla.

-Adelante -dijo.

La puerta se abrió con un chirrido y la mujer entró a la casa.

-¿No cierras con llave? -preguntó, sorprendida.

-Pues no -confesó él-. Ya no tengo medidas de seguridad. Ni llaves, ni encantamientos... nada.

Se miraron el uno al otro unos breves instantes.

-Pensé en venir a verte. ¿Estabas ocupado? Puedo venir en otro momento…

-No, no estaba haciendo nada. ¿Quieres comer algo?

Hermione asomó la cabeza hacia donde estaba la puerta de la cocina, donde se oía el refregar de la esponja y el agua.

-Suena como si ya comiste. Gracias, igualmente. Pero te acepto un té.

Hermione dejó su abrigo en el perchero y se sentó a la mesa.

-Pensé que podías necesitar algo de compañía -dijo ella, mientras Harry agitaba su varita y dos tazas venían volando desde la cocina-. Ahora que no estás más en el Ministerio, y ya no tengo más a mi madre, estoy bastante sola, a decir verdad…

Harry la miró de reojo mientras apuntaba con su varita a una pava con agua fría, que pronto empezó a calentarse y despedir vapor.

-Quizás soy yo la que necesitaba compañía -admitió ella, mirando la mesa, con una pequeña sonrisa.

-¿Ahora sí serás Ministra de la Magia? -preguntó Harry, haciendo un esfuerzo para sonreírle también.

-No, claro que no -dijo ella rápidamente, acomodándose el cabello tras una oreja-. Aun sigo queriendo ganar un sueldo, y nada más. No he cambiado. Pero, como sabrás, estoy de vuelta en mi viejo Departamento. No está mal. Son ocho horas y ya. Seis, de hecho, porque he pedido que me las reduzcan.

Se encogió de hombros.

-Tampoco necesito tanto oro.

Recibió la taza de té que le pasaba Harry y le agradeció, mientras alzaba la mirada hacia él.

-¿Y cómo te ha ido a ti, sin trabajar?

-Pues aquí he estado, la verdad -dijo él, sentándose y negando con la cabeza, mientras revolvía su té-. Tratando de mejorar, supongo.

Se quedó en silencio y ella lo estudió con la mirada.

-Pensé que no era buena idea estar encima de ti estas semanas -dijo Hermione en voz baja-. Por eso no estuve tratando de acercarme a ti, para no molestarte. Supuse que necesitabas tiempo solo.

Harry pensó que Hermione lo conocía muy bien. No había querido ver a nadie esas semanas. Usó ese tiempo solo en casa para procesar ideas y acomodar la información en su cabeza. La presencia de otra gente, incluso Hermione, no habría ayudado.

-Disculpa la hora, sé que es tarde -dijo Hermione-. Y parece que se viene una tormenta.

-Sí, es verdad. No hay problema, aun no he conseguido dormirme temprano. Eso lo tengo pendiente aún.

-Pues veo que has logrado algunas cosas buenas, igualmente -Hermione se señaló el mentón con un dedo-. Te queda mejor así, afeitado.

Él le devolvió una sonrisa débil y se llevó la taza de té a los labios.

Pasó un rato en el que estuvieron poniéndose al día con las vidas de ambos. Hermione le contó a Harry que había visitado a Malfoy, y este pensó que las vidas de ambos tenían mucho en común en ese momento: Malfoy estaba aun en duelo por la muerte de Astoria, tratando de continuar con su vida a pesar de ello; pero con la tranquilidad de que todo eso había ya acabado. Ya nadie secuestraría a su hijo ni se metería con su familia, ni los utilizaría como un medio para llega a Harry…

Harry asentía mientras la oía hablar. Luego Hermione le contó sobre Crookshanks, que ahora vivía con ella y ya no le provocaba alergias. Al parecer aquello se la había curado solo. Y Hermione vivía en la misma casa de antes, la que solía ser de su madre. También tenía la tranquilidad de que ya nadie intentaría ir allí a buscarla.

La vida de todos parecía haberse vuelto normal, o tan normal como era posible…

Un trueno resonó en el cielo en ese momento, y se desató una tormenta de súbito. En un segundo, el agua golpeó contra el tejado con violencia, y se desató un diluvio impresionante.

Las velas titilaron, y Harry miró hacia la ventana. Lo dudó un instante, y entonces dijo:

-¿Quieres quedarte a dormir?

Hermione giró la cara hacia él.

-Sí, está bien.

-Es decir, hice un cuarto de huéspedes -le explicó él, señalando a una de las puertas que salían de la sala-. Así que ya no es necesario que uno de los dos duerma en el sofá.

Le sonrió, y ella le devolvió la sonrisa. La lluvia caía con fuerza sobre la casa y la luz de los relámpagos alumbraba sus rostros.

-Sí te noto algo cambiado… -susurró ella, aun sonriendo-. Para bien.

Hedwig Junior despertó en ese momento y miró alrededor. Extendió sus alas y empezó a quejarse, mirando a Harry con reproche.

-Ya voy, Junior -dijo él, poniéndose de pie y buscando el alimento del ave.

Hermione se quedó observando la chimenea de Harry, sobre la cual había un recipiente con polvos flú. Evidentemente, Harry ahora estaba conectado a la red, cosa que antes no había hecho por seguridad. Eso significaba que ella tranquilamente podría haberse ido a su casa por allí, sin mojarse en absoluto con la lluvia…

Este descubrimiento, por algún motivo, hizo que la sonrisa de ella se extendiera un poco más.

-Bueno, que tengas buenas noches -dijo Harry, que parecía nervioso, volviéndose hacia ella otra vez-. Te mostraré el cuarto de huéspedes.

-No es necesario -dijo ella entonces, mirándolo a los ojos.

Ambos quedaron mirándose en silencio unos instantes, a la luz de las velas. Harry no le preguntó por qué no era necesario. Se quedó mirando la mano que ella ahora extendía hacia él.

Entonces él se la tomó y de pronto, aun en silencio, ella era la que conducía a Harry por su propia casa. Pero al llegar al cuarto de huéspedes, Hermione siguió de largo y abrió la puerta del dormitorio principal de Harry, llevándolo allí dentro…

Antes de entrar, Hermione agitó su varita una sola vez, y todas las velas de la casa se apagaron al unísono. Los relámpagos pasaron a ser la única iluminación.

Ingresaron a la oscura habitación, Hermione fue hacia un lado de la cama y corrió las mantas. Harry fue hacia el otro, pero no se acostó. Se sentó al borde, de frente a la ventana, y se quedó observando la lluvia caer en el jardín de su casa.

Su ceño estaba algo fruncido, y su pecho se inflaba y desinflaba con su respiración.

De pronto, sin saber cómo, se dio cuenta de que Hermione estaba sentada a su lado.

-¿Estás bien? -le dijo en un susurro casi inaudible.

Harry asintió, aun sin decir nada.

-¿Sabes? -dijo ella, pensativa-. Era verdad cuando te dije que no necesito a nadie… Que puedo estar sola. Que no necesito a nadie que me complemente.

Él giró la cara hacia ella.

-Sí, lo sé -le dijo entonces.

-Pero, aun así… -Hermione dirigió una mano hacia la de él, y sus dedos se cerraron en los suyos. Se miraron a los ojos. -No tienes que estar solo siempre, Harry.

Él asintió, devolviéndole la mirada. Hermione lucía muy hermosa, con su rostro a palmos de distancia iluminado en blanco por los ocasionales relámpagos y su suave mano cerrada en la suya…

Algo dentro de Harry parecía haber cambiado. Muy lentamente, como un débil rayo de sol asomándose en el horizonte al amanecer, había aparecido algo nuevo en él.

No estaba seguro de haberlo logrado, de haber cerrado el ciclo.

Pero el tiempo pasaba, y de nada servía quedarse atrás. Quizás, con el tiempo, lograría dar vuelta la página…

Cerró los ojos y volvió a abrirlos. La lluvia era aún más fuerte ahora.

Sintió a Hermione dejar caer su cabeza en su hombro, y su cabello caer sobre su pecho. Ahora estaban abrazados por la cintura, acariciando la espalda del otro.

Harry la atrajo más hacia sí y la rodeó con ambos brazos. Pronto estaba acariciando su mejilla con la otra mano, sintiendo la suave y delicada piel de ella en sus dedos.

Le apartó el flequillo de la cara y observó esos hermosos ojos castaños en la parcial oscuridad. Hermione lo abrazaba con fuerza, atrayéndolo también hacia ella…

Se besaron en los labios, muy despacio. La fragancia de Hermione lo embargaba con su dulzura. El sabor de su boca en la suya era más potente que diez petacas de tónico energizante.

El beso fue intensificándose, hasta que el ruido de la lluvia en sus oídos fue acompañando por el sonido de la respiración agitada de ambos.

Se dejaron caer hacia atrás, sobre la cama. Harry se colocó encima de ella y le besó la cara y el cuello, mientras le acariciaba todo el cuerpo. Luego empezó a quitarle la ropa, regresando luego a sus labios.

Hermione le quitó la camiseta y luego acarició sus musculosos brazos, ahora desnudos. Empezó a desabotonarle el pantalón, y a tirar hacia abajo…

Harry le quitó el sostén y recorrió sus pechos desnudos con las manos. Luego se los besó. Luego, ambos quedaron desnudos sobre la cama, besándose con locura y recorriendo sus cuerpos llenos de pasión...

Sus expresiones eran de sufrimiento y de goce a la vez. Estaban matando algo, juntos. Una lágrima cayó del rostro de Harry mientras entraba en ella, abrazándola fuerte, apretando la piel de su cuerpo desnudo contra la de ella, penetrándola y besándola fuerte en los labios. Hermione abrazó su cuerpo desnudo mientras se perdía en él, dejando todo en ese momento…

Tras ellos, en la puerta del dormitorio, la perra de Harry, Lila, observaba la escena. El animal ladeó su cabeza unos instantes, contemplando las sombras de sus cuerpos desnudos moviéndose en la cama.

Luego se dio la vuelta, con su cola oscilando de un lado al otro, y se puso a olfatear el suelo. La perra se alejó de allí en dirección a la cocina, donde se recostó de forma triste junto a la puerta vidriada que daba al jardín trasero. Era una perra casi totalmente blanca. La única excepción eran unos pocos pelos rojizos tras sus orejas.

Y se quedó allí, con esa expresión triste en los ojos, mientras observaba la lluvia.


25 de junio de 2005


Era de noche. La mansión Malfoy brillaba con las luces de cientos de velas. Los invitados más rezagados caminaban cruzando los setos y las verjas de entrada, cruzando la explanada flanqueada por ostentosos flamencos rosados.

Kingsley Shacklebolt fumaba un habano en una sala del ala este de la mansión, donde un puñado de magos importantes estaban conversando y compartiendo unos tragos, vertidos en copas de cristal. El mago exhibió una sonrisa de dientes blanquísimos a su interlocutor, un importante empresario del mundo mágico.

-¿Me disculpa un momento, señor Connor? -dijo, con su voz grave y tranquila.

Se apartó del grupo de magos y cruzó la sala, acomodándose su sombrero azul y violeta característico. Atravesó la planta baja de la mansión, donde una gran cantidad de magos de todos lados del mundo mágico, tanto del Ministerio, como de Hogwarts, como de otros lugares, estaban reunidos charlando animosamente, bebiendo tragos y comiendo de las bandejas que otros magos llevaban por las distintas salas.

Kingsley saludó a mucha gente mientras se abría camino: Dolores Umbridge, Ludo Bagman… Consultó su reloj. Todo había sido planeado a la perfección, así que no tenía dudas de que su plan funcionaría.

Ingresó al cuarto de baño. Luego de cerrar la puerta, el sonido de las cientos de voces conversando del otro lado se apagó un poco. Luego de asegurarse de que el baño no contaba con ningún medio que registrara lo que él iba a hacer, sacó unos frascos con pociones del interior de su túnica.

Empezó a mezclarlos sobre el lavabo. La conversión de un mago o bruja en animago era un proceso muy complejo, generalmente. Consistía de dos fases, en el día de la conversión: La primera era beber una serie de pociones. La segunda era con hechizos. Normalmente uno mismo lo hacía, pero también podía ser realizado por alguien más.

Luego de dejar todo en orden, salió del baño con un pequeñísimo frasco escondido bajo la manga de su túnica.

-Harry, Ginny, ¿cómo están? -saludó con su radiante sonrisa, al cruzarse con la pareja, que estaban riendo juntos por un chiste que había contado George Weasley. Los saludó y se quedó unos instantes junto al grupo, sociabilizando. Ginny se llevó su bebida a los labios y bebió un trago mientras sonreía por las cosas que contaba su hermano.

-Muy bueno, George -dijo Kingsley, riendo de su chiste del mago, el duende y el leprechaun en un bar-. Si me disculpan, debo saludar a algunas personas por allí…

Se alejó de ellos, metiendo la mano en el bolsillo de su túnica y dejando caer el frasco allí, que ahora estaba vacío.

La primera fase del plan estaba completa. Era el momento de la fase dos.

Se cruzó con Ron y Hermione, que venían de la mano, los saludó también y continuó avanzando pasando a Peakes, a Longbottom y a Slughorn, a quienes también tuvo que saludar; hasta perderse de regreso en el ala este de la mansión. Dejó transcurrir el tiempo allí, hasta que se hizo la una de la mañana.

Entonces, oyó el estruendo. Al igual que todos a su alrededor, se pegó un sobresalto y sacó su varita, fingiendo que se sorprendía por el sonido de los mortífagos irrumpiendo en la casa. Empezó a correr, con la varita en alto, y vio a varios mortífagos que rompían los vidrios, lanzando encantamientos por todos lados. Corrió hasta llegar donde estaba Harry y fingió que perseguía a uno de ellos por esa zona.

-¡Ginny, huye! -gritó Harry, haciéndole señas a su novia, mientras lanzaba hechizos tras los mortífagos-. ¡Ponte a cubierto!

La mujer puso una expresión de disgusto, pero Harry la miró con los ojos muy abiertos, como diciéndole algo con la mirada.

-¡Ginny! -le gritó de nuevo, mientras un maleficio pasaba cerca de ellos, rozándolos. Kingsley fingía que contraatacaba, lanzando sus hechizos contra la pared en cambio, errándole a sus objetivos a propósito.

Hacía un tiempo que Kingsley sabía sobre la advertencia que Firenze le había hecho a Harry, oyendo furtivamente sus conversaciones con Ron. Y de esa forma también supo que Harry le había hecho prometer a Ginny que, si algo como aquello pasaba, se pondría a cubierto y no trataría de pelear. Y ella, de mala gana, había accedido a la promesa.

Y ahora Kingsley vio por el rabillo del ojo que Ginny resoplaba, con fastidio, y finalmente asentía con la cabeza y corría escaleras arriba, lejos de la batalla.

Mientras tanto, un maleficio asesino pasó rozando a Ron, que pegó un grito y saltó hacia atrás.

-¡PAGARÁS POR ESO! -bramó Hermione, alzando su varita y corriendo tras el mortífago que lo había lanzado, disparando maleficios tras él con gran habilidad, y el mortífago tuvo que huir de la sala para no ser derrotado por ella.

Mientras el caos continuaba, y toda la mansión era destruida con los hechizos que iban y venían por todos lados, los invitados gritando y huyendo en su mayoría, una menor parte contraatacando; Kingsley se puso a correr tras uno de los mortífagos, fingiendo que lo perseguía. Pero, al doblar dentro de otra habitación, enseguida se escondió tras una puerta con agilidad y se aplicó un encantamiento desilusionador tan potente que era casi como llevar una capa para hacerse invisible.

Con tranquilidad, caminó dentro de otra habitación, y luego otra, solo. Luego empezó a subir las escaleras, mientras usaba su varita para buscar rastros humanos en los pisos superiores.

Muchos invitados, de hecho, habían ido a refugiarse a algunas habitaciones de la mansión, ya que el caos estaba teniendo lugar sobre todo en la planta baja y en los jardines exteriores.

Astoria, por ejemplo, corría por el pasillo del tercer piso cuando se dispuso a entrar a una de sus habitaciones. En esa época aun no sabía luchar, y buscaba un lugar donde esconderse. Giró la cabeza al ver a alguien subir las escaleras tras ella. Era Ginny, la reconoció enseguida por su cabello rojo. Le dirigió una mirada fugaz y se metió a uno de los dormitorios de allí, sola, cerrando la puerta tras ella.

Ginny, que estaba ante otra de las puertas de esas habitaciones, con la mano extendida hacia el picaporte, en lugar de entrar decidió girar en redondo y correr de vuelta escaleras abajo.

No iba a esconderse como Astoria. No importaba lo que Harry le hubiera hecho prometer. Ya estaba cansada de ser la única que tenía que esconderse como si no fuera una buena bruja, mientras todos los demás peleaban. Les demostraría que podía pelear tan bien como ellos.

La mujer corrió de regreso hasta el segundo piso, bajando las escaleras, su melena pelirroja en el aire mientras saltaba los escalones. Estaba por llegar al último escalón del tramo, cuando algo invisible la golpeó en la cabeza y todo se volvió negro.

El invisible Kingsley arrastró el inconsciente cuerpo de Ginny por el pasillo del segundo piso y lo metió en una sala con sofás y estanterías llenas de libros, donde no había nadie. Cerró la puerta y se apresuró a limpiar los rastros mágicos que pudieran haber quedado en el pasillo.

Luego se acercó a la inconsciente muchacha y le arrancó varios mechones de cabello con violencia, guardándoselos con cuidado.

Normalmente, el proceso para transformarse en animago podía llevar hasta tres años. Había que pasar un mes entero masticando la hoja de una mandrágora, recitar un conjuro diariamente y beber la poción para animagos en una noche tormentosa.

Kingsley había usado sus influencias como Ministro de la Magia para conseguir alterar una línea entera de la goma de mascar favorita de Ginny, colocando mandrágora triturada dentro de sus ingredientes durante todo un mes. Además, se había infiltrado él mismo en la casa de la bruja con encantamientos desilusionadores todas las veces necesarias para realizar el conjuro Amato Animo Animato Animagus, apuntando con su varita hacia el corazón de ella sin que la bruja lo notara.

Ahora, habiéndola ya hecho ingerir la poción para animagos sin que ella ni nadie lo notara, al verterla en su vaso de forma totalmente imperceptible, solo restaba realizar el encantamiento por una última vez.

Claro que esa noche no era tormentosa, pero eso también era parte del plan. Al arruinar ese pequeño detalle final, tenía esperanzas de que la transformación no fuera del todo correcta. Quizás Ginny acabaría con alguna deformación en su aspecto animal, pero eso sería igual o incluso más efectivo para su plan.

Kingsley apuntó por una última vez su varita al corazón de la chica y realizó el conjuro. Este entró en contacto de inmediato con la poción de animagos y entonces su cuerpo empezó a transformarse…

Pelo blanco le salió del cuello, y luego de los brazos. Empezó a encogerse y a torcerse en cuatro patas. Su melena pelirroja se redujo hasta convertirse en unos pocos cabellos que quedaron detrás de sus orejas…

Las orejas de una hermosa perra de tamaño mediano.

Ahora Ginny era una perra, totalmente blanca a excepción de esos pocos pelos rojos tras sus orejas. Una perra que yacía inconsciente en el suelo.

-Curiosa forma… -comentó Kingsley para sí mismo, mirando la forma animal de la bruja, con el eco del caos abajo resonando aun en la distancia.

No parecía haber salido con deformidades, incluso tratándose de una noche sin tormentas. Había salido de forma perfecta, de hecho.

Ginny ahora era una animaga no registrada. Pero jamás lo sabría, porque jamás podría recordar que había sido una humana antes.

Apuntó su varita hacia la perra que yacía a sus pies y le aplicó el encantamiento desmemorizante más poderoso y potente que se le podía aplicar a un mago o a una bruja, uno que solo los magos más habilidosos del mundo mágico, como él, eran capaces de realizar: el olvido total, la desmemorización completa.

No recordaría absolutamente nada de todo lo vivido en todos sus años de vida.

Cuando acabó, estuvo seguro de que Ginny no recordaría ni su propio nombre, ni que había nacido, ni que había sido humana alguna vez.

Jamás intentaría transformarse de vuelta en su versión humana, porque no sabría cómo hacerlo, porque ni siquiera recordaría que era una bruja.

Entonces prosiguió a aplicarle un encantamiento desilusionador también, la cargó en brazos y salió con ella de la habitación. Ella seguía inconsciente.

Se alejó escaleras abajo cargándola y cuidando de borrar cualquier mínimo rastro de magia o huellas que pudiera haber dejado por allí. Se alejó caminando tranquilamente por la mansión mientras los demás seguían luchando.

En la planta baja, vio que aún quedaban dos mortífagos dándole batalla a los aurores y a Potter mismo. Los demás ya habían sido derrotados, algunos muriendo, a juzgar por el aspecto de sus cuerpos en el suelo.

Mucho mejor. Cuantos más mortífagos murieran, mejor.

Kingsley salió a los terrenos exteriores y creyó ver a un mortífago escapar y Desaparecerse en los terrenos exteriores. "Cobarde", pensó. ¿Cómo se atrevía a huir, y más aun desapareciéndose allí mismo, en los terrenos, donde supuestamente un mago no podía Aparecer y Desaparecer? Alguien podría sospechar que Lucius había removido los hechizos anti-apariciones esa noche.

Se aseguraría de que ese mortífago no sobreviviera. Inventaría una excusa, por si algún invitado lo había visto. Quizás podría instalar la versión de que los mortífagos habían lanzado encantamientos confundus, y que en verdad no se podía Aparecer y Desaparecer allí.

Miró hacia atrás, invisible, y alcanzó a ver que Potter, dentro de la casa, corría escaleras arriba en busca de su novia.

Kingsley avanzó hacia las afueras de la mansión, pasando junto a los flamencos rosados de los Malfoy y pasando los setos de hierba. Sintió que la perra se movía un poco... Estaba despertando, lentamente.

Se apresuró en recorrer el camino exterior, que iba rumbo al pueblo, ya lejos de la mansión. Caminó y caminó por él, varios kilómetros, hasta que la perra estuvo totalmente despierta, agitándose de forma molesta en sus brazos.

Ya estaban casi en el pueblo.

Kingsley bajó al animal de sus brazos y le quitó el encantamiento desilusionador. Sería sospechoso que alguien oyera ladridos donde no había nada o se tropezara con una criatura invisible. El objetivo era no llamar la atención.

Se quedó mirando a la perra. Tenía los mismos ojos que la joven, pero eran ojos comunes después de todo, marrones; y esos mechones rojizos tras sus orejas sí se parecían un poco a su cabello original, pero habían quedado pequeños y más oscuros. No era nada grave. Aunque el mismo Potter se cruzara a esta perra, jamás sospecharía, ni en un millón de años, quién era en verdad.

Pasaba tranquilamente por un perro callejero común y corriente. Nadie se fijaría en ella. Nadie registraría su muerte si la atropellaba un coche, ni le prestaría atención si la veían vagando por allí.

Estaba seguro de que la desmemorización había sido exitosa. La perra lucía completamente perdida, de hecho, totalmente confundida, aparentemente sin estar segura ni de cómo caminar.

Al no recordar nada, ella pensaría que era solo un perro. Andaría por las calles sin recuerdos de ningún tipo, creyendo que era un perro y que siempre lo había sido.

Un plan perfecto, francamente.

Pero ya era hora de regresar a la fiesta, antes de que alguien notara su ausencia. Kingsley se dio la vuelta, serio, y empezó a caminar de regreso allí.

No estaba feliz, ni nada parecido. No le hacía gracia tener que hacer aquello. Él no era un villano. Lo estaba haciendo por una causa mucho más importante que una vida, sea de quien fuera.

Cuando el mago desapareció de regreso por el oscuro camino que iba hacia la mansión, perdiéndose en la noche, invisible; la perra se quedó mirando hacia allí, como si supiera que había sido llevada allí por alguien invisible y que esta persona acababa de abandonarla.

Luego de unos instantes, una mirada triste se formó en la cara del animal.

La perra empezó a olfatear el suelo. Parecía muy perdida, en todo sentido. Olfateó el suelo y empezó a andar en dirección al pueblo, como si buscara algo.

Y los días pasaron. Uno tras otro.

Y la perra andaba por las calles, cada vez más delgada, cada vez con menos fuerzas. No sabía qué buscaba, pero no dejaba de olfatear el suelo y andar por las calles. Comía basura de las esquinas, y pronto encontró un lugar donde un simpático muggle le daba huesos con carne en la acera, así que se quedaba ahí esperando y, luego de comer, continuaba su camino, olfateando todo por las calles de ese pueblo.

-Vaya, debe estar perdida, pobrecita -comentó el muggle que atendía esa carnicería a su compañero-. Me da mucha pena. No conoces a nadie que haya perdido un perro, ¿verdad?

-Creo que la señora Fernsby… Pero no, ahora que lo pienso. Ya lo encontró. Y no he visto letreros de "se busca".

La perra volvió todos los días, y siempre recibió su trozo de hueso con carne. Luego se iba a revolver la basura a la esquina, y luego se alejaba por las calles olfateando enloquecida el suelo, corriendo y cruzando de acera.

Unos días más tarde, estaba echada masticando un trozo de hueso frente a la carnicería. Estaba muy delgada, parecía desnutrida. Un joven que venía caminando se fijó en ella y se le acercó.

Harry se arrodilló a su lado y le acarició el suave pelaje blanco. La perra lo miró con sus ojos castaños y movió la cola, con emoción. Algo en esos ojos le atraía mucho a él, que lucía tan triste y en mal estado como el animal.

-Ah, tú eres el nuevo del pueblo, ¿verdad? -saludó el carnicero muggle, asomándose a la puerta del negocio. Harry no respondió. En su lugar, señaló a la perra.

-¿Es suya? -preguntó.

-No, es de la calle -dijo él-. Creo que está perdida. Viene todos los días.

-Se ve muy desnutrida, pobrecita.

-Sí, pero hace tiempo que está aquí en la calle y no parece ser de nadie -dijo el hombre, refregándose las manos con un trapo-. Pero bueno, qué se la va a hacer, ¿no?

-Podría quedármela -sugirió Harry-. Yo la cuidaré.

Harry le hizo señas a la perra para que lo siguiera.

-Ven, vamos -le susurró, y la perra se incorporó y fue tras él por la calle.

Parecía muy emocionada con él, yendo a su lado todo el tiempo, sin dejar de mover la cola de un lado al otro.

-Sé lo que es estar solo -le susurró Harry con tristeza, mientras iban lado a lado, ahora solos, calle arriba-. Te llevaré a casa para darte de comer… ¿Tienes nombre? -buscó, pero vio que ella no llevaba collar-. De acuerdo, habrá que ponerte uno… ¿Qué te parece Lily…? No, mejor no... ¿Lila, quizás? Sí, ese me gusta. Te llamarás Lila.

La perra movió la cola como toda respuesta, yendo muy contenta a su lado.


Este fic es una versión alternativa de "Esa Noche", un fic que escribí en la cuarentena. Si bien lo publico casi 2 años después, en verdad esta era mi idea original para el final, desde que lo empecé. ¿Demasiado terrible? Sí, eso pensé yo a mitad de camino, y por eso acabé decidiéndome por el otro. Si quieres, puedes buscar ese en mis historias y luego me dices qué final es mejor, o menos malo! Pd.: Para quien haya leído rápido o sin tanta atención, el motivo por el que Hermione no descubre la verdad aquí, a pesar de ser tan brillante, es porque en el comienzo del capítulo 10 Harry jamás le cuenta dónde encontró a Lila, a diferencia de en "Esa Noche". Las pequeñas cosas de la vida xd Saludos!