Ambos sentían la necesidad de hacerlo, pero aun no se había dado la ocasión.

Hasta ese momento.

Se encontraban en la jungla, resguardados bajo las hojas de un gran árbol, de entre las cuales se colaban los finos rayos del sol, no muy lejos del cráter dentro del cual se encontraba el pueblo.

Ambos se besaban con ternura. Ella, tumbada sobre el pasto, sintió que estuvo a punto de desfallecer cuando él deslizó la mano bajo su falda, acariciándole suavemente el muslo.

—Luffy... —suspiró.

Hancock le abrazó y, tímidamente, acarició su espalda. Estos torpes y adorables toques le sacaron al chico una linda y susurrante sonrisa muy cerca del oído de su pareja, provocando en ella más de un cosquilleo por todo el cuerpo.

Luffy dio un último beso y se alejó levemente. Comenzó a quitarse la camisa. A Hancock casi le da un infarto en ese mismo instante.

Estaba tan nerviosa.

Cuando volvió a la carga, la emperatriz no podía evitar temblar de expectación. Volvió a besarla, pero, esta vez, el siguiente beso fue en la mejilla, en la mandíbula, en la oreja y así hasta llegar a su cuello, donde ella ya no pudo soportarlo más.

Fue tanta la emoción, fue tanto el amor que sintió... que se desmayó.

—¡Ah, Hancock! —llamó asustado, zarandeándola—. ¡Oh, no! ¡La he matado!

A partir de ese momento, lo único que se podía escuchar en la jungla eran los gritos de auxilio de un hombre angustiado y desesperado por salvar a su amada, a la par que corría sosteniéndola entre sus brazos hacia el pueblo de las Kuja.

Mientras, ella se encontraba en el paraíso.