Kudo resopló alborotándose el pelo, se levantó de su escritorio y se dirigió al mar de libros que adornaban las paredes de su biblioteca personal para coger uno en particular. Estaba encuadernado con tapas negras y la escritura a mano era elegante y se leía perfectamente. No, no era un libro de Holmes ni una novela de misterio, pero últimamente no podía hacer más que releérselo una y otra vez.

Hojeó las páginas y se volvió a sentar en el escritorio dejándolo al lado de la pila de documentos que tenía sobre la mesa. Tenía demasiado trabajo como para volver a descentrarse en su maldito desastre mental.

Se acercó a un pequeño armario cerca del escritorio y sacó una copa y una botella del interior. Ya era entrada la noche y necesitaría más que un trago si quería acabar todo ese trabajo.

"¿Beber solo a las tantas de la noche no es de borrachos?"

Kudo levantó su mirada para encontrarla delante de la puerta, cuestionándolo con una ceja alzada acompañada de esa sonrisa tan perfecta que tenía. Sus hombros se relajaron con su presencia.

"¿Te apetece acompañarme?" Preguntó estirando la mano para coger otra copa antes de servir el vino.

Ella se acercó a él lentamente y se apoyó en su escritorio aceptando la copa y observando el caos de papeles que tenía ahí montado. "Veo que tienes muchos casos de los que ocuparte." Comentó después de saborear el vino.

"No puedo concentrarme ni abrir mi mente para resolver los caso como antes lo hacía. Estoy bloqueado…" Suspiró con la mirada perdida a la vez que le daba un buen sorbo a su copa.

Hay quién dice que ser detective no es una profesión, sino un modo de vida. Lo que nadie cuenta, es que es el modo de vida mas destructivo que hay, porque cuando uno se levanta cada mañana, tiene que anular sus emociones y cruzar la puerta de horror para trabajar... la puerta del delito, del secuestro, del robo, del crimen...e incluso de la muerte. Esa peculiar monotonía se convierte en nuestra nueva manera de vivir, y sin darnos cuenta, el horror y el crimen se instalan en nuestra vida manchando cada rincón de ella, haciéndoos normalizar a la vista infinidad de cosas de las que antes nos horrorizaríamos. Cosas como las armas, el olor a pólvora, la sangre, la violencia, la agonía, el peligro... y por supuesto nuevamente, la muerte.

"¿Nuestro famoso detective necesita un poco de ayuda?" Le preguntó la pelirroja bromeando mientras cogía un par de fotografías para observarlas con atención. "Hasta no hace mucho, resolvías en una semana decenas de casos como estos…Solo tienes que despejar tu mente. Puedes resolver casos mucho más difíciles que estos."

"Es muy fácil decirlo." Refunfuñó.

"Puede que descansar un poco y comer mejor te ayude un poco." Propuso observando sus ojeras lilosas y su aspecto desmejorado. Se veía a simple vista que había perdido algo de peso y su pelo estaba siempre ligeramente despeinado. "Anclarse en el pasado no sirve de nada."

Kudo la miró sintiendo como parte de su dolor florecía. "No tiene nada de malo recordar." Se defendió.

"Sí lo tiene si te hace daño."

Kudo se levantó para ponerse delante de ella, apoyó sus manos en sus mejillas y puso sus labios a poca distancia de los suyos. "¿Te acuerdas cuando te pedí que nos casáramos?"

"Apenas eras capaz de hablar de los nervios que llevamos y tu cara estaba roja como un tomate." Recordó mirándole con cariño.

"Tú sin embargo, estabas espectacular. Llevabas puesto ese vestido de color caqui que tanto me gusta y tus ojos sonreían de la misma manera que lo hacían tus labios." Dijo separándose de ella lleno de nostalgia para clavar su mirada a ningún lugar. "A día de hoy, no hemos podido celebrar la boda."

"Eso ya no tiene importancia." Dijo ella bajando la mirada para clavarla en el libro que había a su lado. "¿Has vuelto a leerlo?"

"He perdido la cuenta de las veces que lo he hecho. Ahí está toda la historia de tu vida, con tu propio puño y letra." Dijo bajando la mirada hacia el libro, agarrando de nuevo su copa para darle otro trago.

"Lo hice solo para desahogarme, como una terapia, no para acabar en la biblioteca de los Kudo como si fuese una escritora consagrada." Bromeó con una sonrisa. "Me da miedo que Shiori lo lea algún día."

"Es la vida de su madre, estoy seguro que lo amará tanto como yo." Comentó recordando a la pequeña.

"Está creciendo tan rápido…" Dijo ella observando la fotografía que Shinichi había puesto en una esquina de su mesa. Podía ver la cara feliz de Shiori mientras soplaba las velas de su tercer cumpleaños.

"Cada vez se parece más a ti." Comentó bajando la mirada.

"Sin embargo, tiene tu carácter." Sonrió ella.

"Ser padre, es el trabajo más difícil que hubiese imaginado…y para ti, siempre ha parecido ser lo más fácil del mundo."

"Eso es mentira, siempre he estado muerta de miedo, pero supongo que el instinto gana en esos momentos." Comentó levantándose para acercarse a él. "Sé que las cosas no son fáciles, pero el peligro de la organización ya ha acabado, Gin está muerto, has conseguido un buen ascenso en tu trabajo y estás rodeado de gente que te quiere y valora."

"Ya lo sé, sé que me comporto como un idiota y que debería estar agradecido…pero sigo sintiendo rabia." Apretó los puños a la vez que ella le cogía de las mejillas para apoyar su frente en la suya.

"Tranquilo, mi trabajo es cuidar de vosotros." Le dijo con un tono suave.

Kudo notó su tacto frío y cerró los ojos a la vez que un par de lágrimas se resbalaban por su mejilla. Estaba agotado y se sentía sobrepasado.

"No, tu deber es estar aquí, con nosotros." Protestó notando los ojos brillantes por las lágrimas, sintiéndose tentando a coger su rostro con sus manos. "Tendrías que estar agarrando la mano de Shiori mientras crece y ocupando el otro lado de mi cama todas las mañanas…¡Pero estás muerta, joder!" Chilló a la vez que su figura desparecía como humo.

Se removió el pelo a la vez que la furia crecía y cogió la copa medio vacía para estrellarla contra la última dirección donde había visto su espejismo, haciendo que el cristal se rompiera en miles de pedazos y manchase la pared y la moqueta con una oscura mancha burdeos. Caminó or la habitación respirando con fuerza y paró su mirada en la otra copa de vino que había servido minutos atrás, completamente llena e impecable.

Sentía que se estaba volviendo loco.

Una noche estaba acurrucada en su pecho, y a la mañana siguiente, no tenía ni un cuerpo al que enterrar. Era el peor golpe al que se había enfrentado en la vida y no podía permitirse encerrarse en su habitación teniendo a un recién nacido del que cuidar.

Y así fue como acabó encerrándose en el trabajo y en cuidar de Shiori. Porque cuando Kudo se dio cuenta de que su mundo se había vuelto parcialmente oscuro, cuando ya no queda capacidad ara amar, ni esperanza, ni mas espacio para el dolor…solo le quedaba proteger frente a todo a Shiori y quererla lo mejor que podía. Pero al final del día, sentía la misma alegría que dolor.

Observó los fragmentos rotos del suelo y se agachó para recogerlos con cuidado de no cortarse. Intentó limpiar la mancha con el ceño fruncido y volvió a su escritorio para coger la otra copa de vino y darle un largo trago.

Su figura seguía apareciéndosele pasase el tiempo que pasase. Él intentaba tocarla, acariciarla y besarla…pero solo era un frío reflejo que su mente había creado al no afrontar su perdida.

Shinichi no olvidaría nunca ese día. Sucedió una mañana soleada de verano, el profesor, Akai y los más cercanos de la pareja se habían reunido en la mansión Kudo para celebrar el primer año de Shiori. Kudo no dejaba de sonreír y el peligro frente a la organización había sido casi inexistente desde que habían conseguido capturar a la mayoría de los miembros, incluidos el líder de la misma.

Shiho no acostumbraba a salir sola de casa, pero esa mañana lo hizo, se había empeñado en preparar un buen desayuno y se marchó a comprar después de darle un beso rápido en los labios y dedicarle una sonrisa. Y lo siguiente que pudo ver de ella, fue un coche recubierto en llamas del que apenas se pudieron sacar un puñado de cenizas.

Las imágenes de esa escena se reproducirán dentro de su cabeza, provocando que su malestar creciera a la vez que sentía la bilis subirle por la garganta. Se acercó al cubo de basura donde había tirado los cristales rotos y vació el contenido de su estómago en un momento.

Gin la había encontrado, y él había bajado la guardia cuando más debía protegerla. Akai intentó recuperarla cuando sus agentes se percataron de que Gin la había subido a su coche, pero nunca hubiesen imaginado que el rubio quisiese acabar con la vida de ambos de esa manera. El tráfico del corazón de la ciudad, se paralizó con el impacto de esa explosión.

No podía imaginarse como su cuerpo había acabado en nada en cuestión de minutos.

Sacó un pañuelo del interior de su americana y se limpió la boca reincorporándose y apoyándose en su mesa. Se sentía patético.

El ruido de la puerta crujir al cubrirse le hizo volver alzar la cabeza y sus ojos se abrieron cuando vio la pequeña figura entrar lentamente con los pies descalzos.

"¿Papá?"

Shinichi se acercó a la niña y la cogió en brazos acercándola a él. "¿Qué haces despierta a estas horas?"

"No puedo dormir…" Protestó rascándose los ojos y bostezando. "¿Me puedo quedar aquí contigo?"

"Tienes que ir a dormir Shiori." Comentó con un tono suave antes de salir de su despacho para volver a las habitaciones. "¿Qué tal si te leo otro cuento?"

Shiori negó con la cabeza y lo arrastro hacia ella para que se estirara a su lado.

"¿Quieres que me quede aquí a dormir?" Le preguntó Shinichi ampliando su sonrisa al ver que no soltaba sus manos de su cuello. No sabía si era por la soledad que ambos sentían, pero ambos se habían acostumbrado a la compañía del otro al final de cada día. Sí, puede que estubiese mal acostumbrando a su hija, pero en ese momento le daba igual.

Le gustaba contemplar por minutos y horas ese pequeño rostro que le recordaba a la pelirroja que tanto amaba…Shiori era la prueba de lo mucho que se llegaron a querer, y él todavía lo hacía.

La cama era pequeña, pero no le molestaba en absoluto. La niña pareció encontrar el sueño rápidamente después de acomodarse en el echo de su padre y Kudo le acarició el pelo mientras escuchaba como su respiración se tranquilizaba al entrar en un sueño profundo. Si se esforzaba un poco, podía incluso volver a ver a la pelirroja junto a ellos, acomodada en su brazo libre mientras le apartaba con cuidado el pelo de la cara a Shiori.

Se autoconvenció de que esa escena era real y cerró los ojos intentando conciliar el sueño con esa calidez entre sus brazos, sabiendo que cuando se despertase al día siguiente, buscaría su figura por toda la habitación como un tonto.

Ella ya no estaba, pero su presencia tampoco les abandonaba. Y sabía que le iba a dar toda la fuerza que necesitaban para que ellos dos pusiesen ser felices. Siempre iban a ser una familia y ella siempre iba a ser la mujer de su vida.