Advertencia: Capítulo con contenido sensible: consentimiento dudoso de menores de edad, abuso, descuido infantil, lenguaje vulgar leve. Leer bajo su propia discreción.
Posesiva
[Cero]
A Hinata no le gusta la soledad, era algo que sabía desde que era muy pequeña.
Su infancia, la etapa que se suponía debería ser la más feliz de su vida, simplemente no lo fue. La mayor parte del tiempo la obligaban a estar encerrada en su habitación, estudiando, repasando, memorizando cada palabra del libro de texto del profesor en turno, solamente para ser bombardeada con preguntas truculentas sobre hechos históricos que nunca ocurrieron, tratando de que se equivocara y reprobarla sin segundas oportunidades para responder.
Solo tenía siete años en ese entonces.
Cuando sus profesores particulares se iban tenía unas pocas horas para jugar con sus muñecas y otros juguetes hasta que las criadas entraran para bañarla, vestirla y llevarla a cenar.
La cena era, sin duda, el mejor momento de su día.
Incluso si no veía a su madre, que nunca salía de su habitación presa de su propio estado de ánimo, al menos podía pasar tiempo con su padre, abuelo, tío y primo.
En esos momentos eran como esas familias felices que se veían en los anuncios de la televisión, charlando, riendo y agradeciendo por la comida.
Incluso si no entendía de qué hablaban los mayores, ella y su primo, Neji, se encerraban en su propio mundo charlando de todo y de nada.
Luego los mayores le preguntaban sobre su día, sus clases y ella les haría un pequeño resumen de todo lo aprendido, sonriendo ampliamente por las felicitaciones que recibiría luego de otra ronda de preguntas perfectamente contestadas, volviendo cada quien a su propio mundo.
Pero las cosas que la hacían felices nunca duraban para siempre.
Su madre murió, su tío fue asesinado y poco después su abuelo enfermó; lo vio por última vez cuando dormía dentro de una caja que era descendida bajo tierra.
Todo en un lapso menor a un año.
Ya no había cenas familiares, su primo nunca estaba en casa y su padre mucho menos. Desde entonces era solo ella sentada a la cabeza de una mesa para ocho personas con siete sillas vacías, mientras era rodeada por todo un equipo de criadas que controlaban su dieta, porciones y modales.
"No ponga los codos sobre la mesa, Hinata-sama"
"La carne solo se sirve los miércoles, Hinata-sama"
"Ya casi está en su peso ideal, Hinata-sama, no podemos arruinar todo el progreso con un postre, no es saludable"
Pero esa era su normalidad, lo aceptó todo e ignoró lo gris que se había vuelto vida.
La pubertad fue, sin dudas, el momento más confuso de todos.
Tenía doce años cuando se levantó y notó la gran mancha roja sobre su colchón y pantalones de dormir. En ese momento tuvo toda una crisis, nunca le habían hablado sobre el periodo menstrual y ver toda aquella sangre le hizo pensar que estaba muriendo, tal vez de lo mismo que había muerto su madre.
Las criadas, al escuchar sus gritos y lloros, entraron rápidamente a la habitación, listas para encargarse de cualquier situación que pudiera estar presente, solo tomándose un momento para buscar alrededor de la habitación hasta que finalmente sus miradas aterrizaron en ella y en la mancha sobre la cama que parecía hacerse más grande.
El caos se desató, las mucamas empezaron a revolotear por su habitación, entre risas y ordenes de la líder de todas ellas.
La metieron al baño y le ayudaron a limpiarse, fue todo confuso para ella al momento en que la sacaron, envuelta en su toalla, y rápidamente le pasaron su ropa interior, ya lista con una toalla íntima en ella.
Notó que ya su colchón no estaba en la cama, probablemente lo habían quitado para limpiarlo. Terminó de vestirse con la ropa que le pasaban y luego se sentó en la silla de su escritorio, escuchando la gran explicación sobre el ciclo menstrual y todo lo que implicaba.
"Ya es toda una mujer, Hinata-Sama" fue lo que dijo una de las mucamas, emocionada y con una expresión de orgullo en su rostro, como si no fuera algo aterrador de lo que enterarse a esa edad.
Sin embargo, lo aceptó y abrazó todo lo que venía con ello.
La nueva privacidad era un alivio muy grande, se dio cuenta, el no tener tantas mujeres con ella en el baño mientras se bañaba o en la habitación mientras se cambiaba era un nuevo respiro muy bienvenido, sobre todo en ese momento, cuando su cuerpo empezó a desarrollarse tan rápidamente. Le enseñaron a maquillarse de una forma ligera y nada estridente "como debería ser para una señorita de su estatus" dijeron. El tipo de ropa cambió, no era nada revelador, pero los estampados de animales y las frases jocosas cambiaron por frases más maduras o ropas lisas, las zapatillas cambiaron gradualmente a tacones, y los vestidos en su closet se hicieron más presentes que nunca.
Aun así seguía estando encerrada en casa, estudiando y esperando a que su padre volviera a aparecer más allá que un fin de semana al mes.
A los catorce años, casi entrando a los quince, un nuevo profesor particular apareció.
Era un hombre joven, veintitrés años apenas, pero con grandes conocimientos sobre literatura, enfocado sobre todo en el romanticismo.
Era divertido, la había hecho reír desde el primer día y no era estricto como sus demás profesores.
Su ánimo mejoró considerablemente con este nuevo profesor, e incluso sus cuidadoras se habían percatado de aquello, sintiéndose genuinamente feliz por ella.
Las tardes de los martes, luego de sus clases de piano, eran sus momentos favoritos. Este nuevo profesor era amable, cuando le hacía una pregunta y ella respondía correctamente él la felicitaba y le daba pequeñas palmadas sobre su cabeza o en su hombro. En las pruebas, cuando obtenía la puntuación máxima vitoreaba por ella y volvía a la semana siguiente con un pequeño regalo: chocolates, llaveros, una flor; todas esas cosas pequeñas que pudiera llevar en su portafolios y que mantenían en secreto entre ellos dos.
Si en algún momento dudaba de su respuesta o no podía contestar, él la animaba poniendo su mano sobre su rodilla y acariciándola.
Un día en el que llevaba una falda, esa mano se metió a medias bajo el dobladillo de la tela.
Le gustó la sensación de su mano sobre su muslo.
A partir de ese día empezó a vestir faldas con más frecuencia sobre todo los martes y luego también los jueves, después de que solicitara un segundo día para las clases de literatura.
El problema era que ella era muy buena en esta clase, no solía fallar las preguntas muy seguido, entonces, presa de la absoluta curiosidad y deseo de volver a sentir aquello, empezó a contestar mal intencionalmente.
Al principio era una o dos preguntas sencillas que ella ya había contestado en el pasado y que se ganaron miradas extrañas de su tutor, de confusión, pero él lo dejaba pasar y llamaba a un descanso palmeándole la rodilla, nada más.
Al no tener el resultado que ella quería, intensificó sus esfuerzos.
Fallaba en cuatro de cada cinco preguntas incluso si él le daba pistas más que claras para que contestara bien. Mientras más se equivocaba, más visible era la frustración de él, pero su profesor ya no le animaba, solamente se volvió más estricto y le dejaba más tareas, cruzándose de brazos en su asiento mientras esperaba que ella realizara sus asignaciones hasta que llegaba la hora de que se fuera.
Ella no entendía porque no funcionaba, pero no desistió en ningún momento.
Hasta que finalmente su profesor estalló.
Ese martes entró a su habitación con ceño fruncido y un papel arrugado en la misma mano en la que agarraba su maletín.
A pesar de que podía notar las ganas que tenía de azotar la puerta, él no lo hizo, y en su lugar la cerró con suavidad, dejando escapar un pesado suspiro y acercándose al escritorio donde extendió el papel sobre la madera, un gran cero rojo dibujado furiosamente en el centro y pequeñas x al lado de cada una de sus respuestas. Él agarró la silla y con la mirada le indicó que se sentara, empezando a leer las preguntas y respuestas en el papel, su tono endureciéndose mientras más avanzaba enlistando sus errores, aquellos que sabía incluso bordeaban lo absurdo.
"Repasamos todo esto Hinata, y cada vez respondiste más que bien a cada pregunta" le dijo luego de finalizar, con las palabras desbordando con decepción "Eras la mejor entre todas mis estudiantes ¿Qué pasó?"
Escuchar eso la llevó a morderse el labio y apretar los bordes de su falda ¿Le enseñaba a alguien más? ¿A varias chicas? Ella siempre creyó ser la única para su profesor.
Él se agachó frente a ella y ella casi se estremece de emoción cuando ambas de sus manos se colocaron sobre sus rodillas, haciendo movimientos circulares con sus pulgares, buscando darle el consuelo que le había estado negando tanto últimamente.
"¿Qué pasó, Hinata?" preguntó de nuevo, más suavemente "¿Hice algo mal? ¿Hay algo que te esté molestando? O ya no me quieres como tu tutor"
Ella le quiso gritar que sí, que era su culpa, pero no por las razones que él expresaba: era su culpa por no prestarle la misma atención que al principio, por negarle las sensaciones que él mismo le había enseñado en primer lugar, por hacerla sentir tan confundida y no explicarle porque se sentía así.
…Pero las palabras simplemente no abandonaban su boca, como si se le hubieran gastado repentinamente y ya no tenía nada que pudiera decir.
Así que pensó mejor demostrarlo.
Lenta pero con firmeza, ambas de sus manos se posaron sobre las propias de él, sosteniéndolas suavemente y deslizándolas sobre sus piernas, haciéndolas subir cada vez más, mirando sus ojos incrédulos mientras ella continuaba con el movimiento hasta que sus manos estuvieron bajo su falda, solo por curiosidad llevándolas más allá de lo que él nunca lo hizo.
Él se soltó de su agarre y cayó hacia atrás, quedando sentado en el piso con los ojos abiertos a más no poder y los labios separados, mostrando incredulidad.
Sin decir nada se paró rápidamente y se fue, apenas llegando a cerrar la puerta, dejándola ahí, sola y destrozada mientras lágrimas empezaban a deslizarse por sus mejillas.
Ese día no volvió, tampoco lo hizo el martes siguiente.
Ella no entendía que hizo mal, solo sabía que lloraría durante las tres horas que en las que se suponía él debería estar con ella, enseñándole.
Él no me quiere.
No valgo nada para él.
Soy un error.
Esos eran los pensamientos que se repetían en su cabeza, en tono burlón mientras estaba acostada en su cama en posición fetal, llorando.
Sin embargo, el jueves, volvió.
Y al principio no lo creyó, no era la primera vez que su imaginación jugaba con ella, haciéndole creer que escuchaba un suave "Hinata" con su voz, solo para voltear y encontrarse con la habitación vacía, o que se dormiría y soñaría con él, e incluso lo sentiría dentro de sus sueños.
Por eso al principio no le hizo caso, ignoró su puerta abrirse y cerrarse, ignoró el casi inexistente sonido del seguro, ignoró el hundimiento de su colchón que le decía que alguien subió a su cama, e incluso ignoró el toque junto al llamado de su nombre.
Pero no pudo ignorar cuando su brazo fue agarrado para jalarla, o cuando sus ojos miraron los de él, encendidos en algo desconocido que nunca había visto de su parte, y mucho menos cuando la misma mano desvergonzada que le había agarrado se metió sin tapujos entre sus pantalones de pijamas, bajo su ropa interior, tocando aquel sitio entre sus piernas de una forma que ni siquiera ella lo había hecho.
Aprendió cosas nuevas a partir de ese momento.
Aprendió a usar sus manos y su boca de formas completamente diferentes a lo que estaba acostumbrada, aprendió que podía existir el dolor antes del placer, aprendió frases y palabras vulgares que le eran dichas o que le pedía que dijera, aprendió el poder que llegaban a tener, el poder que ella tenía.
Él la exploró por completo, se metía entre sus piernas con sus manos, sus labios, su lengua y su pene, e incluso en esas posiciones vergonzosas nunca dejó de enseñarle aquello para lo que fue contratado.
Una de las cosas más importantes que aprendió fue a mentir, porque a veces se le olvidaba que su cuerpo estaba marcado por hematomas y mordidas, así que tenía que inventar excusas que sonaran convincentes para no preocupar a sus cuidadoras, que a veces entraban a su habitación sin siquiera llamar, preguntándole por los moretones que la decoraban.
No importaba mientras tuviera a su amado tutor, aquel en quien había aprendido a pensar mientras se tocaba los días que no lo veía.
Pero, como siempre, todo lo que amaba nunca duraba lo suficiente.
Todos sus tutores fueron despedidos sin aviso alguno y le anunciaron que a partir de la próxima semana empezaría a ir a un colegio por primera vez en su vida, a mitad del ciclo escolar.
Todo aquello fue repentino, pero lo que más le mortificó fue cuando intentó llamar a su antiguo tutor, pero era rápidamente derivada al correo de voz.
Empezó el colegio, y a pesar de que se sentía nerviosa por esta extraña decisión, no pudo dejar de pensar en él, de intentar llamarlo, de sentirse insegura y de enojarse al punto de llorar cuando la persistente idea de que pudiera estar con otra persona llegaba cada vez con más frecuencia a su mente.
Un día, cuando llegó a casa dispuesta a llamarlo una vez más, sintió curiosidad al escuchar el extraño sonido de la televisión de la sala de estar privada, aquella que siempre pensó que era un simple objeto decorativo sin una función real.
Cuando se acercó se sorprendió al ver a su padre ahí, rodeado de hombres con trajes negros mientras miraba impasible las noticias, anunciando el hallazgo de un cadáver flotando en un rio cercano.
"La víctima fue identificada como Hayata Himori, de veintitrés años de edad reportado como desaparecido hace aproximadamente tres días. El cuerpo presenta signos de violencia y hay especulaciones preliminares de que la muerte ha sido más reciente y el cadáver abandonado entre la noche de ayer y la madrugada de hoy"
Junto a la reportera se mostró una foto que le quitó el aliento y le apretó la garganta.
Era su profesor.
"Himori era un conocido tutor de literatura entre la alta sociedad especializado en literatura antigua. Anteriormente Himori también fue conocido por ser una de las personas más jóvenes de Japón en ser solicitado por doce de las universidades más prestigiosas del mundo a la edad de catorce años…"
Finalmente sus piernas no resistieron, tuvo que agarrarse de la pared sin poder asimilar lo que veía y escuchaba.
Solo cuando sintió que era agarrada por los brazos, alzada y abrazada fue que se dio cuenta de que su padre se había acercado a ella, susurrándole palabras que ella no podía entender. El shock de todo aquello era muy fuerte, y lo único que pudo registrar su cerebro fue a su padre diciendo "ya estoy aquí" una y otra vez, mientras ella aún tenía los ojos pegados a la televisión, donde un nuevo reportaje ya se daba paso en la pantalla.
Hiashi volvió a casa, pero que no regresó solo.
Junto a él, una mujer considerablemente más joven y una niña llegaron a su hogar.
Una hermana y una madrastra de las que nunca había tenido conocimiento.
La nueva esposa de su padre –o bueno, tal vez no nueva para él, pero definitivamente si para ella –era trece años menor que él, con un cuerpo curvilíneo a la que se le notaba que siempre estaba arreglada y maquillada, la definición perfecta de una esposa trofeo.
La niña se llamaba Hanabi, era su media hermana y tenía diez años, cinco años menor que Hinata, lo cual significaba que había nacido dos años antes de la muerte de su madre. Aquello sería un conocimiento agridulce en una situación normal, pero en ese momento no podía pensar algo más que sobre su profesor muerto.
Así que se encerró en su habitación, lloró por unas horas y luego se enfrascó en las tareas y proyectos que le dejaron para compensar su entrada tardía al colegio.
En la noche se dio cuenta de que en realidad no dolía como debería doler la muerte de un ser querido.
En realidad, ya no sentía tristeza.
Por lo que, cuando la llamaron a cenar, salió de la habitación y se sentó en la mesa, ya no a la cabeza, pero si frente a esta, de cara a su padre, su esposa a la derecha de él y Hanabi a la izquierda.
Observó en silencio la dinámica entre los tres y no pudo evitar sentirse celosa de lo abiertamente afectuoso que era él con la más pequeña: escuchándola, sonriéndole, abrazándola, todas esas cosas que le había negado con su ausencia en los últimos años.
Pero nuevamente, lo aceptó, porque esa era su normalidad.
Hanabi también entró a su colegio, ambas eran dejadas en las puertas por uno de los choferes de la familia porque su padre era un hombre muy ocupado sin tiempo para llevarlas y su madrastra tenía toda una rutina mañanera que seguir, además de que había hecho de su misión personal la redecoración de todo su hogar, deshaciéndose de todo aquello que su madre hizo alguna vez.
Obediente a las órdenes de su padre, Hanabi se mantuvo agarrada de su mano mientras ella trataba de guiarla por aquella estructura que realmente aún no conocía del todo para llevarla a su clase. Habló hasta por los codos en todo el camino, y Hinata secretamente se preguntó si tendría un interruptor de apagado escondido en algún lugar. Cuando finalmente -¡Finalmente!- encontró el curso al que asistiría, la soltó sin más en la puerta, sin dirigirle una palabra más mientras se daba la vuelta, marchándose.
Inmediatamente llegando a su propio salón sonrió antes de traspasar por la puerta, siendo recibida por un perfecto coro de "¡Hinata!" por parte de todos sus compañeros allí presentes.
A pesar de ser nueva, había sido la comidilla del colegio desde el primer momento: era linda, inteligente y amable, esas eran las palabras con las que todos se expresaban si algún otro le preguntaba sobre ella. Su apellido y el hecho de entrar en un momento tan extraño al colegio solamente aumentaron la curiosidad que todos sentían sobre ella.
También decían cosas malas, sin embargo; hablaban sobre su familia, sobre a lo que se dedicaban y lo extraño que era el hecho de que su madre, tío y abuelo murieran en tan extrañas circunstancias tantos años atrás.
A ella no le importaba, bueno o malo, disfrutaba de la atención constante que la gente tenía sobre ella, e incluso si no podía demostrarlo por su total inexperiencia en las relaciones sociales consecuencia de su educación en casa, todos los demás solo se enfrascaban más a su alrededor, entendiendo su aparente timidez como algo "lindo" y "adorable" que solo les hacían querer estar más a su alrededor.
Su popularidad naturalmente atrajo también muchos pretendientes, chicos que gozaban de la misma atención que era puesta en ella y también de aquellos más marginados que entre tartamudeos confesaban sus sentimientos, de vez en cuando una que otra chica que con la misma valentía la citaba en algún lugar detrás del colegio.
Nunca los rechazó, todos salían del lugar con una sonrisa y las mejillas completamente rojas luego de recibir un beso y, con suerte, algo más de su parte.
Claro que había reglas no escritas que se debían de seguir antes de intentar cualquier cosa con ella:
Ser sincero y decirle que era las cosas que más les gustaban de ella antes de confesarse.
No llegar con las manos vacías, incluso el pétalo de una flor es suficiente.
Su hermana –a quien había aprendido a querer luego de un año y medio de vivir juntas –debía ser tratada de la mejor forma posible, ya que como la tratasen a Hanabi, sería como la tratarían a ella.
Si sale con alguien, espera a la inevitable ruptura y una semana después.
Esta última era la más difícil de todas, pues ella siempre estaba saliendo con alguien, nunca estaba sola por mucho tiempo y para cuando todos se enteraran, ya tenía un novio nuevo.
Sus relaciones solían ser efímeras, la más larga de ella duró tres meses y la chica con la que había estado en ese momento se mudó repentinamente a otra ciudad, rompiéndole el corazón en mil pedazos que tardaron dos semanas después de interminables llamadas y correos, finalmente fue reparado por su más reciente interés amoroso.
Si alguien se atrevía a confesarse mientras ella ya salía con alguien podía pasar una de dos cosas: captarías su completa atención en ese momento o ella solamente besaría tu mejilla y se daría la vuelta sin decir nada más, sin rechazos ni respuestas.
Para su último año escolar seguía siendo la sweetheart del colegio, pero también era la chica fácil, la puta, la que todos han tenido.
Y lo aceptó porque era su normalidad, y prefería que todos dijeran incluso peores cosas que a estar nuevamente sola e ignorada.
Su último novio de colegio terminó con ella una semana después de la graduación, y este, a diferencia de todos los demás, no tuvo reparos en decirle todas las razones directamente en su cara antes de marcharse apresuradamente al aeropuerto, donde abordaría un avión a otro país en otro continente.
Intensa.
Loca.
Completamente obsesionada.
Incluso si le pidió entre lágrimas y gritos que se quedara, que podía cambiar, fue ignorada y abandonada en la puerta delantera de su propio hogar, histérica.
Estoy sola.
Nadie me quiere.
No valgo nada.
Esos mismos pensamientos intrusivos que siempre se repetían como disco rayado en su mente cada vez que alguien terminaba con ella, más estridentes que nunca.
Intentó arreglar las cosas ¡Por Dios que lo intentó! Pero cualquier forma de comunicación que tuviera con su ex novio desapareció: Su número dejó de funcionar, sus redes sociales no estaban y sus correos electrónicos eran devueltos a ella, con el mensaje de "usuario no encontrado" como la causa de aquello.
En medio de su desesperación, su padre tuvo suficiente.
Su relación, ya fracturada por el pasado, simplemente terminó de romperse en aquel momento en el que mandó a recoger sus cosas y la envió varias ciudades al este, donde Neji terminaba sus estudios universitarios para que ella hiciera lo mismo.
"No me importa a lo que te quiera dedicar, pero esta maldita actitud debe de parar" le había dicho aquella vez "Nunca te voy a abandonar, pero arregla tu maldita vida y cuando lo hagas podrás volver a casa" le dio como ultimátum antes de cerrarle la puerta en la cara en forma de despedida mientras que su chofer esperaba por ella para llevarla a su destino.
En contra de todo pronóstico, resultó ser lo que necesitaba.
Incluso si en su cabeza su vida se repetía desde la muerte de su madre hasta el presente como una mala comedia, incluso si los pensamientos de autodestrucción la llamaban cada vez más fuerte, rápidamente al llegar a la casa donde su primo se había escondido por todos esos años se dio cuenta de que esto era lo que le faltaba.
Él era lo que le faltaba.
Neji era lo que le faltaba.
Lo supo por como la abrazó y por lo cómoda que se sintió entre sus brazos.
Lo supo por la sonrisa que se extendió en su propio rostro al ver la de él.
Lo supo porque los malos pensamientos… todos los pensamientos se callaron, dejando su mente en paz por primera vez en lo que se sentía como siglos.
Lo supo porque ya no se sentía sola.
Esto era lo que necesitaba, necesitaba a su primo y todo lo que él le pudiera ofrecer, así que, tal y como demandó su padre "arregló su vida".
A pesar de que nunca había tenido una ambición real sobre a lo que quería dedicarse, al final optó por la carrera de contabilidad, siempre había sido buena con los números, así que pensó sería algo fácil.
Entró a la misma universidad que su primo y ambos trataban de mantener sus horarios lo más compatibles posible para poder ir y venir juntos, aunque siempre había uno que otro día donde ella tendría que salir más tarde, y a pesar de que le decía que no era necesario, Neji siempre esperaba por ella.
Para el inicio de su tercer semestre podía decir que tenía todo en orden. No había entrado en una relación con nadie a pesar de que tuvo varios pretendientes, algo que había logrado con la ayuda de Neji y el psicólogo al que había empezado a asistir, algo que al principio fue solo para llenar requisitos para inscribirse en la universidad, pero tuvo una experiencia tan buena y se sintió tan bien luego de que las tres sesiones requeridas por la universidad a ser cumplidas, que decidió seguir con las consultas.
Uno de esos días después de su cita con el psicólogo y mientras esperaba a Neji en una cafetería cercana frente al parque principal de la ciudad y la cual se encontraba casi vacía como siempre, ella se encontraba navegando por internet, viendo cosas que quería comprar. Neji estaba retrasado, le había mandado un mensaje diciéndole que llegaría un poco más tarde y que no saliera hasta que llegara, a lo que ella respondió con emojis de un pulgar arriba y una carita sonriente.
Estaba concentrada en su teléfono, pero no lo suficiente como para no escuchar la campanilla de la puerta principal, lo que la llevó a reaccionar de forma automática, recogiendo sus cosas y poniéndose de pie, pero cuando subió la mirada se detuvo de inmediato porque, a pesar de que se topó directamente con unos ojos igual de claros que los de su primo, esos no eran los suyos, estos nuevos ojos eran más pequeños, azulados. No había una pizca de color en su pelo, al contrario, era todo blanco, corto y algo ondulado, todo lo contrario del pelo de Neji.
Ella y ese hombre que recién entraba a aquella cafetería se quedaron viéndose uno al otro, y sin previo aviso, él empezó a caminar hacia ella, acercándose, presentándose y desvergonzadamente haciéndole un cumplido que le llenó las mejillas del exquisito calor que hace años no sentía.
Ese día lo conoció.
Ese día, conoció a Toneri Otsutsuki.
